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| He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados. Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías. Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado La sombra de haber sido un desdichado. |

Estimada Cristina:
Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario (...) y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.
Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.
COSAS QUE DESEO CONSERVAR:
― La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.
― El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.
― El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
― La mancha de rímel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
― La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
― El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
― Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
― Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).
COSAS QUE PUEDES CONSERVAR TÚ:
― Los silencios.
― Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.
― El sabor acre de los insultos y reproches.
― La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.
― Las náuseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
― El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.
― Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.
― Jorge y Cecilia... Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.
Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) sólo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo sólo son eso:... objetos. Por último, recordarte el nº de teléfono de mi abogado (...) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento.
Afectuosamente,
Roberto.

| Mai, mira-me as mans, las trayo buedas, lasas d’amar... Son dos alas d’un biello pardal que no puede sisquiera bolar. Mai, mira-me os güellos, n’o zielo perdius n’un fondo silenzio... Son dos purnas chitadas d’o fuego que no alumbran ni matan o chelo. Mai, mira-me l’alma aflamada de sete, enxuta d’asperanza... Ye un campo labrau an no i crexen que allagas que punchan a bida dica que la matan. Mai, mira-me á yo. ¿Me reconoxes, mai? Fue o tuyo ninón... Güei só un ombre que no sé como só. Mai, ¿me reconoxes? ¡¡MAI, ¿ni siquiera tú?!! | Madre, mírame las manos, las traigo vacías, faltas de amar... Son dos alas de un viejo gorrión que no puede ni siquiera volar. Madre, mírame los ojos, en el cielo perdidos en un hondo silencio... Son dos chispas arrojadas del fuego que no alumbran ni matan el hielo. Madre, mírame el alma agostada de sed, seca de esperanza... Es un campo labrado donde sólo crecen aliagas que pinchan la vida hasta matarla. Madre, mírame a mí. ¿Me reconoces madre? Fui tu niño... Hoy soy un hombre que no sé como soy. Madre, ¿me reconoces? ¡¡MADRE, ¿ni siquiera tú?!! |

Antes de contarles nada, voy a hacer una llamada muy importante, porque tenemos un follón con la guerra que no nos aclaramos. Y todo lo tengo que hacer yo, el general se pasa el día con los prismáticos oteando los balcones y diciendo: «¡Huy, cómo está ésa!». Nunca mira para las trincheras, siempre a los balcones, pero llega la hora de repartir las medallas y todas para él. Empieza: «Dame ésa, y ésa y ésa y la redonda, ésa no, que la tengo repe».
Yo tengo ésta porque me la dio un cura, le dije: «Padre, deme una medallita», y me la dio, es de San Antonio, y está dedicada por detrás, dice: «A Gila, con un abrazo de su amigo San Antonio».
Y ésta sí que no la tiene nadie, ni Franco, que tenía el brazo de Santa Teresa, pero sin dedicar. Y no será porque no me las merezco, porque mato yo..., no es por chulearme, pero cómo mato. Un día, en un combate, le pegué un tiro a uno, y dijo: «¡Que me has dao’!». Y dije: «Pues no seas enemigo. ¿Qué quieres que te dé, un beso en la boca?». Dijo: «Es que me has hecho un agujero». Dije: «Pues ponte un corcho». Y dijo: «¿Y con qué tapo la cantimplora?». Total, que quería conversación, que viene el coronel y me ve hablando con el enemigo y... Tengo un coronel que tiene una mala leche...
Ahora, también tiene buenos sentimientos. A veces estamos en pleno combate y cruza un ciego o una ancianita y dice: «¡Alto el fuego!», y hasta que no termina de pasar no seguimos. Yo ya no trabajo para la patria porque es muy aburrido, trabajo como mercenario para Estados Unidos.
Da gloria trabajar para Estados Unidos. ¡Cómo hacen la guerra esta gente! Primero mandan los portaaviones , luego la aviación lanza los misiles, después la artillería pesada y detrás los tanques, cuando llegamos los de infantería ya está todo barrido.
Bueno, siempre hay algún enemigo que se esconde en un agujero, pero llegamos nosotros con el lanzallamas y le dejamos como un pollo a la parrilla. Y es que los americanos tienen de todo, bazokas, minas, morteros, misiles con cabeza nuclear, lanzacohetes de bolsillo, submarinos atómicos, galletas, chicles... bueno, de todo. Es una gloria trabajar con ellos.
Yo no sé qué opinión tienen ustedes de las guerras, a mí me encantan, porque te hinchas a matar, y la policía, nada. Un día maté a treinta y tantos, y pasaba la policía y dije: «He sido yo, ¿qué pasa?». Y dijeron: «Nada, nada, perdón». Dejo el tanque aparcado en doble fila, y a ver si tiene pelotas el de la grúa a llevárselo: le meto un cañonazo en la gorra que le jodo pa’vino.
A mí lo que más me cabrea de las guerras son las broncas que tengo con mi mujer cuando vuelvo. Me abre la puerta y empieza: «Mira, mira cómo vienes de guarro, que te fuiste hecho un pincel y mira cómo vienes». Y digo: «Porque nos tenemos que arrastrar por el barro». Y dice: «Pues pon periódicos».
¡Periódicos! Me gustaría verla a ella arrastrándose por debajo de las alambradas, a ver qué hacía con el culo, que cuando vamos de excursión, dice la gente: «Que se le cae a su mujer la mochila», y nunca falta el galante de turno, que dice: «Yo se la levanto». Un día se me presenta en las trincheras con los niños, y digo: «¿Qué haces aquí?». Dice: «Que no encuentro las llaves». La que se armó. El pequeño se tragó una bala, le llevamos al médico de urgencias y éste dijo: «No es grave, pero no apunten a nadie con el niño».
Y por si fuera poco, tengo un teniente bizco que me da una vida... Dice: «Yo, donde pongo el ojo, pongo la bala». Y yo todo el día pendiente. A ver dónde pone ese cabrón el ojo, porque es lo que yo digo, si pusiera los dos para el mismo lado, pero es que los cruza y te vuelve loco...
A mí me gusta la guerra por libre, porque trabajar por libre tiene muchas ventajas, me asciendo y me desciendo cuando quiero. Que me levanto de buen humor, me hago coronel; que me levanto con mal sabor de boca, esos días que te despiertas y dices: «Hoy no me encuentro yo muy fino», me desciendo a sargento.
La ventaja de trabajar por libre es que te contratas, como yo, con los americanos y no te falta trabajo. Y lo bien que pagan... Yo les cobro ocho dólares el muerto, y devolviéndo el casco, dos dólares más. Los chinos más baratos, porque como hay tantos, yo a los chinos, ni les mato, les hago: «¡Ajjjjjj!», y les meto un susto... El susto no lo pagan, pero cómo te diviertes... Lo malo de los chinos es que como son todos iguales, si no te fijas bien, matas seis veces al mismo.
A mí es que las guerras me encantan, porque no es lo mismo que cuando te toca hacer la mili. Como nunca hay una guerra, te aburres, y si hay una guerra, te dicen: «Estás defendiendo a la patria», que yo no digo que a lo mejor algún día haya una guerra, pero te tienen dos años haciendo la instrucción, y ni guerra ni nada, te pasas dos años pelando patatas, fregando perolas y limpiando retretes; sin embargo, con los americanos tienes la guerra asegurada, cuando no es en un país es en otro, pero tu guerra no te falta. Bueno, con permiso de ustedes voy a seguir matando, porque si se enteran en el Pentágono que no mato, me regañan.

| Noia del tram, tens l’esguard en el llibre, i el full s’irisa en veure’s cobejat. I el cobrador s’intriga si giraràs el full: sols per veure’t els ulls! Que les cames se’t veuen i la mitja és ben fina; i tot el tram ets tu. Però els ull no se’t veuen. I la teva mà és clara que fa rosa el teu cos de tafetà vermell, i el teu mocadoret ha tornat de bugada. Però els ulls no els sabem! I si jo ara baixés? -Mai no et sabria els ulls... Té, ara, ja he baixat! |

| Cuando éramos niños los viejos tenían como treinta un charco era un océano la muerte lisa y llana no existía luego cuando muchachos los viejos eran gente de cuarenta un estanque era océano la muerte solamente una palabra ya cuando nos casamos los ancianos estaban en cincuenta un lago era un océano la muerte era la muerte de los otros ahora veteranos ya le dimos alcance a la verdad el océano es por fin el océano pero la muerte empieza a ser la nuestra. |

En los fogones de Paysandú, el Mellado Iturria cuenta sucedidos. Los sucedidos sucedieron alguna vez, o casi sucedieron, o no sucedieron nunca, pero lo bueno que tienen es que suceden cada vez que se cuentan.
Éste es el triste sucedido del bagrecito del arroyo Negro.
Tenía bigotes de púas, era bizco y de ojos saltones. Nunca el Mellado había visto un pescado tan feo. El bagre venía pegado a sus talones desde la orilla del arroyo, y el Mellado no conseguía espantarlo. Cuando llegó a las casas, con el bagre como sombra, ya se había resignado.
Con el tiempo, le fue tomando cariño. El Mellado nunca había tenido un amigo sin patas. Desde el amanecer, el bagre lo acompañaba a ordeñar y a recorrer campo. A la caída de la tarde, tomaban mate juntos; y el bagre le escuchaba las confidencias.
Los perros, celosos, lo miraban con rencor; la cocinera, con malas intenciones. El Mellado pensó ponerle nombre, para tener cómo llamarlo y para hacerlo respetar, pero no conocía ningún nombre de pescado, y ponerle Sinforoso o Hermenegildo podía caerle mal a Dios.
No le quitaba un ojo de encima. El bagre tenía una notoria tendencia a las diabluras. Aprovechaba cualquier descuido y se iba a espantar a las gallinas o a provocar a los perros:
-Comportesé -le decía Mellado.
Una mañana de mucho calor, que andaban las lagartijas con sombrilla y el bagrecito abanicándose a todo dar con las aletas, el Mellado tuvo la idea fatal:
-Vamos a bañarnos al arroyo -propuso.
Y allá fueron.
El bagre se ahogó.

| Si parlo de la mort és perquè em moro i al capdavall més val parlar de coses que hom coneix intensament. La meva mort, per exemple, la tinc ben sabuda; fa molt de temps que convivim i encara conviurem molt de temps, fins que es resolgui d’un cop per sempre el plet, que mai no aporta, malgrat els aldarulls, sengles sorpreses. Llavors serà el moment de l’elegia i algú hi haurà per fer-me el panegíric (en català, si us plau, i en decasíl·labs) que jo, bo i mort, escoltaré amb respecte. Mentrestant parlo de la mort, tal volta perquè és allò que tinc més viu i pròxim, per no caure en subtils pedanteries que, fet i fet, no porten a cap banda. Parlo, doncs, de la mort, i a més em moro. No es pot pas demanar més honradesa. |

Érase una vez un hombre muy anciano, al que los ojos habían vuelto turbios, sordos los oídos, y las rodillas le temblaban. Cuando estaba sentado a la mesa y ya casi no podía sostener la cuchara, derramaba algo de sopa sobre el mantel, y otro poco de sopa le volvía a salir también de la boca. Su hijo, y la esposa de su hijo, sentían asco de ello, y, en consecuencia, el viejo abuelo hubo de sentarse, finalmente, en la esquina detrás de la estufa. Le daban la comida en un cuenco de barro, y ésta ni siquiera era suficiente para saciarle. Cierto día, sus manos temblorosas no pudieron sujetar el cuenco y éste cayó al suelo y se rompió. La mujer joven le regañó, más él no dijo nada y se limitó a suspirar. Entonces ella le compró por pocas monedas una vasija de madera de la que él habría de comer en adelante. Cuando de esta forma están sentados, el nieto pequeño, de cuatro años comienza a acarrear tablitas y a dejarlas en el suelo. “¿Qué es lo que estás haciendo?”, le preguntó el padre. “Voy a hacer un comedero”, respondió el niño, “para que coman papá y mamá cuando yo sea grande”. Entonces el padre y la madre se miraron un rato de hito en hito, comenzaron finalmente a llorar y se apresuraron a traer el viejo abuelo a la mesa. Desde entonces le dejaron comer siempre junto a ellos, y tampoco dijeron nada si, alguna vez, derramaba un poco de sopa.

| Son gente. De eso no cabe duda. Gente como nosotros, que come, que duerme, que se entume, que suda, que odia, que ama. Gente como toda la gente, y sin embargo ― diferente. Como les hemos arrancado todos los botones, caminan agarrándose los pantalones, y llevan el cuerpo doblegado. Pudiera ser cansancio, pero no es eso. Pudiera ser vergüenza... En fin, qué nos importa: ¡Son nuestros prisioneros! Está prohibido darles cigarrillos. Bien. Se los daré a escondidas. Alguno de ellos debe de haber leído a Goethe; o será de la familia de Beethoven o de Kant; o sabrá tocar el violoncelo... |

―Nada ha cambiado ―dijo―. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace. Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta que llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se escondió bajo el suelo. Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.
―Ahora ya eres un rosal viejo ―dijo el caracol―. Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco... ¿Te das cuenta de lo que quiero decirte?
―Me asustas ―dijo el rosal―. Nunca he pensado en ello.
―Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?
―No ―contestó el rosal―. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!... Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa; respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendía también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profunda siempre, y así tenía que florecer sin remedio. Tal era mi vida; no podía hacer otra cosa.
―Tu vida fue demasiado fácil ―dijo el caracol.
―Cierto ―dijo el rosal―. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se proponen asombrar al mundo algún día.
―No, no, de ningún modo ―dijo el caracol―. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.
―¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle?
―¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que los castaños produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.
Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.
―¡Qué pena! ―dijo el rosal―. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi, cómo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.
Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía allá dentro de su casa. El mundo nada significaba para él. Y pasaron los años. El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del libro de oraciones había desaparecido... Pero en el jardín brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para ellos. ¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma.

| MIRABA los otoñales goterones resbalar. ¿Irán, me decía, al mar los ríos de los cristales? Tras las gotas, el camino encharcado se perdía en una vuelta. Había un cierto color de vino en la tranquila arboleda y desgastados azules velados como entre tules de una cansada humareda. Yo miraba la mañana como a través de las gotas y me parecían rotas estampas de la ventana. ¿Irán al mar, me decía? Y el eco me respondía como acostumbra la muerte: todo es cuestión de suerte. |

El hijo del rey iba a casarse, así es que los regocijos eran generales. Había esperado un año entero a la novia, y por fin había llegado. Era una princesa rusa, y había hecho todo el camino desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos. El trineo tenía la forma de un gran cisne dorado, y entre las alas del cisne iba la princesa misma. Su largo manto de armiño le caía hasta los pies y en la cabeza llevaba un gorrito diminuto de tisú de plata. Era tan pálida como el palacio de nieve en el que había vivido siempre. Tan pálida era que al recorrer las calles toda la gente se quedaba admirada.
―Es como una rosa blanca ―exclamaba la gente.
Y le arrojaban flores desde los balcones.
A la entrada del castillo estaba esperando el príncipe para recibirla. Tenía ojos soñadores color violeta y cabellos como oro fino. Cuando la vio hincó una rodilla en tierra y le besó la mano.
―Vuestro retrato era hermoso ―musitó―, pero sois más hermosa que vuestro retrato.
Y la princesita se ruborizó.
―Antes parecía una rosa blanca ―dijo un joven paje al que tenía más próximo―, pero ahora parece una rosa roja.
Y toda la corte estaba complacida.
Durante los tres días que siguieron todo el mundo iba diciendo:
―Rosa blanca, rosa roja; rosa roja, rosa blanca.
Y el rey dio orden de que doblaran la paga del paje. Como no recibía paga alguna esto no le sirvió de mucho, pero se consideró un gran honor, y se publicó debidamente en la Gaceta de la Corte.
Transcurridos tres días se celebraron las bodas. Fue una ceremonia magnífica, y los novios iban de la mano andando bajo un palio de terciopelo púrpura bordado con pequeñas perlas. Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas. El príncipe y la princesa se sentaron a la cabecera del gran salón y bebieron en copa de claro cristal. Sólo los verdaderos enamorados podían beber en esa copa, pues si la tocaran labios falaces se empañaría, tornándose gris y turbia.
―Está claro que se aman ―dijo el pajecillo―, ¡tan claro como el cristal!
―¡Qué honor! ―exclamaron todos los cortesanos.
Después del banquete iba a haber un baile. La novia tenía que bailar la danza de la rosa con el novio, y el rey había prometido tocar la flauta. La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido a decírselo nunca, porque era el rey. En verdad, sólo sabía dos melodías, y nunca estaba completamente seguro de cuál de las dos estaba tocando, pero daba lo mismo, pues hiciera lo que hiciera todo el mundo exclamaba:
―¡Encantador!, ¡encantador!
El final del programa era una gran quema de fuegos artificiales, que debían dispararse exactamente a medianoche. La princesita no había visto nunca fuegos artificiales, así es que el rey había ordenado que el pirotécnico de palacio estuviera de servicio en el día de la boda.
―¿Cómo son los fuegos artificiales? ―había preguntado ella al príncipe una mañana cuando paseaba por la terraza.
―Son como la aurora boreal ―dijo el rey, que siempre respondía a las preguntas que se hacían a los demás―, sólo que mucho más naturales. Yo los prefiero a las estrellas, pues siempre se sabe cuándo van a aparecer, y son tan deliciosos como las melodías que yo toco con mi flauta. Ciertamente, debéis verlos.
Así es que al fondo de los jardines reales habían levantado un gran tablado. Y tan pronto como el pirotécnico de palacio hubo puesto cada cosa en su sitio, los fuegos artificiales empezaron a charlar.
―El mundo es ciertamente muy hermoso ―exclamó un pequeño buscapiés―. Y si no, mirad esos tulipanes amarillos; si fueran petardos de verdad, no podrían ser más bonitos de lo que son. Me alegro mucho de haber viajado; viajar desarrolla el espíritu de un modo asombroso, y acaba con todos los prejuicios.
―El jardín del rey no es el mundo, necio buscapiés ―dijo una gran candela romana―; el mundo es un lugar enorme y tardarías tres días en verlo del todo.
―Cualquier lugar que se ame es el mundo para uno ―exclamó una girándula taciturna, que de jovencita había estado muy unida a un viejo cajón de madera de pino, y hacía alarde de tener el corazón hecho pedazos―; pero el amor ya no está de moda, lo han matado los poetas. Han escrito tanto sobre él, que nadie les cree, y a mí no me sorprende. El amor verdadero sufre y guarda silencio. Yo recuerdo que una vez... Pero no importa ahora. Lo romántico pertenece al pasado.
―¡Qué tontería! ―dijo la candela romana―, lo romántico nunca muere. Es como la luna, y vive siempre. Los recién casados, por ejemplo, se aman tiernamente. Se lo oí decir esta mañana a un cartucho de papel de estraza, que estaba casualmente en el mismo cajón que yo, y que sabía las últimas noticias de la corte.
Pero la girándula negó con la cabeza:
―Lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto ―musitaba.
Era una de esas que piensan que si se dice la misma cosa una y otra vez repitiéndolo muchísimas veces acaba siendo verdad.
De pronto, se oyó una tos fuerte y seca, y todos miraron a su alrededor.
Procedía de un cohete alto y de porte arrogante, que estaba atado al extremo de una larga varilla. Siempre tosía antes de hacer alguna observación, con el fin de llamar la atención.
―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo.
Y todo el mundo se puso a escuchar, excepto la pobre girándula, que estaba todavía meneando la cabeza y murmurando:
―Lo romántico ha muerto.
―¡Orden!, ¡orden en la sala! ―gritó un petardo.
Tenía algunas cualidades de político, y siempre había desempeñado un papel relevante en las elecciones locales, de modo que sabía usar las expresiones parlamentarias convenientes.
―Muerto y bien muerto ―susurró la girándula; y se quedó dormida.
En cuanto hubo un completo silencio, el cohete tosió por tercera vez y empezó a hablar. Hablaba con voz muy clara y lenta, como si estuviera dictando sus memorias, y siempre miraba por encima del hombro a la persona a quien se dirigía. Realmente tenía unos modales sumamente distinguidos.
―¡Qué afortunado es el hijo del rey ―observó―, que va a casarse el mismo día en que me van a disparar a mí! Verdaderamente, ni aunque lo hubieran dispuesto de antemano hubiera podido resultar mejor para él; pero es que los príncipes siempre tienen suerte.
―¡Válgame Dios! ―dijo el pequeño buscapiés―, yo creía que era justo lo contrario, y que nos iban a disparar en honor del príncipe.
―Puede que sea ese tu caso ―respondió―; a decir verdad, no me cabe duda de que es así, pero en el mío es diferente. Yo soy un cohete extraordinario, y desciendo de padres insignes. Mi madre fue la girándula más célebre de su tiempo, y era famosa por su grácil danza. Cuando hizo su gran aparición en público giró diecinueve veces antes de dispararse, y cada vez que lo hacía lanzaba al aire siete estrellas de color de rosa. Tenía tres pies y medio de diámetro, y estaba cargada con pólvora de primera calidad. Mi padre era un cohete, como yo, y de origen francés. Voló tan alto que la gente temía que no volviera a bajar. Bajó, sin embargo, pues era amable por naturaleza, e hizo un descenso muy brillante, en una cascada de lluvia de oro. Los periódicos dieron cuenta de su actuación en términos muy halagüeños; de hecho, la Gaceta de la Corte lo llamó un triunfo del arte pilotécnico.
―Pirotécnico, pirotécnico, querrás decir ―corrigió una bengala―. Sé que se dice pirotécnico porque lo he visto escrito en mi caja de hojalata.
―Bien, pilotécnico es lo que he dicho ―respondió el cohete en tono severo.
Y la bengala se sintió tan humillada que al punto empezó a intimidar a los pequeños buscapiés, para mostrar que era todavía una persona de cierta importancia.
―Estaba diciendo ―prosiguió el cohete―, estaba diciendo... ¿Qué estaba yo diciendo?
―Estabas hablando de ti mismo ―replicó la candela romana.
―Naturalmente; ya sabía yo que estaba tratando de algún asunto interesante cuando fui tan descortésmente interrumpido. Detesto la descortesía y cualquier falta de educación, pues soy sensible en extremo. No hay nadie en el mundo entero tan sensible como yo, estoy completamente seguro de ello.
―¿Qué es una persona sensible? ―preguntó el petardo a la candela romana.
―Una persona que porque tiene ella callos siempre pisa a los demás ―respondió la candela romana en un susurro apenas audible.
Y el petardo casi explotó de risa.
―Haz el favor de decirme de qué te ríes ―preguntó el cohete―; yo no me estoy riendo.
―Me río porque soy feliz ―replicó el petardo.
―Esa es una razón muy egoísta ―dijo el cohete airadamente―. ¿Qué derecho tienes a ser feliz? Debieras pensar en los demás; de hecho, debieras estar pensando en mí. Yo siempre pienso en mí, y espero que todos los demás hagan lo mismo, eso es lo que se llama simpatía. Es una hermosa virtud, y yo la poseo en alto grado. Supón, por ejemplo, que me ocurriera algo esta noche, ¡qué desgracia sería para todos! El príncipe y la princesa no volverían a ser felices, toda su vida matrimonial se echaría a perder; y en cuanto al rey, yo sé que no lo soportaría. Realmente, cuando me pongo a reflexionar sobre la importancia de mi posición social me conmuevo hasta casi derramar lágrimas.
―Si quieres agradar a los demás ―exclamó la candela romana―, harías bien en mantenerte seco.
―Ciertamente ―corroboró la bengala, que estaba ya de mejor humor―; eso es de sentido común.
―¡Sentido común!, ¡vaya cosa! ―dijo el cohete indignado―; olvidas que yo no soy común, sino extraordinario. Cualquiera puede tener sentido común, con tal de que no tenga imaginación, pero yo sí tengo imaginación, pues no pienso nunca en las cosas como son en realidad; siempre pienso en ellas como si fueran completamente diferentes. En cuanto a mantenerme seco, evidentemente no hay nadie aquí que pueda apreciar en absoluto un carácter emotivo. Por fortuna para mí, me tiene sin cuidado. Lo único que le sostiene a uno en la vida es el ser consciente de la inmensa inferioridad de todos los demás, y este es un sentimiento que yo he cultivado siempre. Pero ninguno de vosotros tiene corazón, aquí estáis riéndoos y divirtiéndoos precisamente como si los príncipes no acabaran de casarse.
―Bueno, en realidad, ¿y por qué no? ―exclamó un pequeño globo de fuego―. Es una ocasión del mayor regocijo, y cuando yo me remonte en el aire tengo la intención de contárselo a las estrellas. Veréis cómo parpadean cuando yo les hable de la linda novia.
―¡Ah, qué modo tan trivial de considerar la vida! ―dijo el cohete―; pero es justo lo que yo me esperaba. No hay nada dentro de vosotros, estáis huecos y vacíos. ¡Cómo!, tal vez el príncipe y la princesa se vayan a vivir a un país en que haya un río profundo, y acaso tengan sólo un hijo, un niño de cabello rubio y ojos violeta como los del príncipe, y quizá un día salga a pasear con la niñera; y tal vez la niñera se quede dormida al pie de un gran saúco; y quizá el niño se caiga al río profundo y se ahogue. ¡Qué desgracia tan terrible! ¡Pobre gente!, ¡perder a su único hijo! ¡Es verdaderamente demasiado terrible! Yo nunca podré soportarlo.
―Pero no han perdido a su hijo único ―dijo la candela romana―; no les ha ocurrido ninguna desgracia.
―Yo nunca dije que les hubiera ocurrido―replicó el cohete―; dije que pudiera ocurrirles. Si hubieran perdido a su hijo único, no serviría de nada hablar más sobre el asunto. Detesto a la gente que llora por el cántaro roto, como en el cuento de la lechera. Pero cuando pienso que pudieran perder a su único hijo, ciertamente me siento muy afectado.
―¡Ciertamente, afectado lo eres! ―exclamó la bengala―. En realidad eres la persona más afectada que he visto en mi vida.
―Y tú eres la persona más grosera que he visto yo en la mía ―dijo el cohete―, y no puedes entender mi amistad con el príncipe.
―¡Cómo, si ni siquiera le conoces! ―rezongó la candela romana.
―Yo nunca dije que le conociera ―respondió el cohete―. Me atrevo a decir que si le conociera no sería amigo suyo de ningún modo. Es muy peligroso conocer a los amigos.
―Realmente, sería mejor que no te mojaras ―dijo el globo de fuego―. Eso es lo importante.
―Muy importante para ti, no me cabe duda ―replicó el cohete―, pero yo lloraré si me place.
Y, en efecto, rompió a llorar con auténticas lágrimas que rodaban por su varilla como gotas de lluvia, y casi ahogaron a dos pequeños escarabajos que estaban precisamente pensando en crear un hogar, y buscaban un bonito lugar seco para vivir.
―Debe ser verdaderamente romántico por naturaleza ―dijo la girándula―, pues llora cuando no hay nada por que llorar.
Y lanzó un hondo suspiro, y pensó en el cajón de madera de pino.
Pero la candela romana y la bengala estaban muy indignadas, y no hacían más que decir lo más alto que podían:
―¡Paparruchas!, ¡paparruchas!
Eran extremadamente prácticas, y siempre que tenían algo que objetar llamaban a las cosas paparruchas.
Entonces salió la luna, semejante a un maravilloso escudo de plata; y comenzaron a brillar las estrellas, y llegó del palacio el sonido de la música.
El príncipe y la princesa dirigían el baile. Danzaban de un modo tan hermoso que los esbeltos lirios blancos se asomaban a verlos por la ventana, y las grandes amapolas rojas movían la cabeza llevando el compás.
Luego dieron las diez, y después las once, y más tarde las doce, y a la última campanada de medianoche todo el mundo salió a la terraza, y el rey mandó llamar al pirotécnico de palacio.
―¡Que empiecen los fuegos artificiales! ―dijo el rey.
Y el pirotécnico de palacio hizo una profunda reverencia y fue al fondo del jardín. Le acompañaban seis ayudantes, cada uno de los cuales llevaba una antorcha encendida al extremo de una larga vara.
Fue ciertamente un espectáculo magnífico.
―¡Ssss! ¡Ssss! ―silbó la girándula, mientras giraba y giraba.
―¡Bum! ¡Bum! ―tronó la candela romana.
Luego los buscapiés danzaron por todas partes, y las bengalas hicieron que todo pareciera escarlata.
―¡Adiós! ―gritó el globo de fuego, mientras se remontaba dejando caer diminutas chispas azules.
―¡Bang! ¡Bang! ―respondieron los petardos, que estaban divirtiéndose muchísimo.
Todos tuvieron un gran éxito, menos el cohete insigne. Estaba tan mojado por el llanto que no pudo dispararse. Lo mejor de él era la pólvora, y ésta estaba tan húmeda por las lágrimas que era inservible. Todos sus parientes pobres, a quienes nunca dirigía la palabra si no era con desdén, se dispararon al cielo como maravillosas flores de oro con corazón de fuego.
―¡Bravo! ¡Bravo! ―gritaba la corte.
Y la princesa reía de placer.
―Supongo que me reservan para alguna gran ocasión ―dijo el cohete―; indudablemente, eso es lo que esto significa.
Y tomó un aire más arrogante que nunca.
Al día siguiente fueron los obreros a limpiar y a ordenar las cosas.
―Esto es evidentemente una comisión ―se dijo el cohete―; les recibiré con la dignidad que conviene.
Irguió, pues, la cabeza, y empezó a fruncir el entrecejo con aire grave, como si estuviera pensando en algún asunto muy importante. Pero no le prestaron atención alguno hasta que no estaban a punto de irse. Entonces uno de ellos se fijó en él.
―¡Caramba! ―exclamó―, ¡aquí tenemos un mal cohete!
Y lo tiró por encima del muro a la acequia.
―¿Mal cohete?, ¿mal cohete? ―se dijo, mientras daba vueltas vertiginosas por el aire―; ¡imposible! ¡Gran cohete!, eso es lo que ha dicho el hombre. Mal y gran suenan muy parecido, y, a decir verdad, con frecuencia son la misma cosa.
Y cayó en el lodo.
―No se está cómodo aquí ―observó―, pero indudablemente es algún balneario de moda, y me habrán enviado a recobrar la salud. Tengo los nervios destrozados, y necesito descanso.
Entonces llegó hasta él nadando una ranita de ojos como joyas brillantes y vestida con un verde manto jaspeado.
―¡Recién llegado, ya veo! ―dijo la rana―. ¡Bueno!, después de todo no hay nada como el barro. ¡Dadme un tiempo lluvioso y una acequia y soy completamente feliz! ¿Crees que va a ser una tarde de agua? Yo no he perdido las esperanzas de que sea así; pero el cielo está enteramente azul y despejado. ¡Qué lástima!
―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo el cohete airadamente, poniéndose a toser.
―¡Qué voz tan deliciosa tienes! ―exclamó la rana―. Realmente parece como si croaras, y desde luego el sonido que se hace al croar es el más musical del mundo. Ya oirás nuestro orfeón esta noche. Nos instalamos en el viejo estanque de los patos, muy cerca de la casa de labranza, y en cuanto sale la luna empezamos. Es tan delicioso que todo el mundo se queda despierto para escucharnos. De hecho, ayer mismo oí a la mujer del labrador decir a su madre que no había podido pegar un ojo en toda la noche por causa nuestra. Es muy agradable saberse tan popular.
―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo el cohete airadamente.
Estaba muy molesto por no poder decir una palabra.
―Una voz deliciosa, ciertamente –prosiguió la rana―. Espero que vengas a vernos al estanque de los patos. Me voy en busca de mis hijas. Tengo seis bellas hijas, y me da mucho miedo que las encuentre el lucio; es un verdadero monstruo, y no vacilaría en comérselas para desayunar. Bueno, ¡adiós!; he disfrutado mucho con nuestra conversación, te lo aseguro.
―Conversación ―dijo el cohete―. Si has estado tú hablando todo el tiempo. Eso no es conversación.
―Alguien tiene que escuchar ―respondió la rana―, y a mí me gusta decirlo todo, eso ahorra tiempo y evita las discusiones.
―Pero a mí me gustan las discusiones ―dijo el cohete.
―Confío en que no ―repuso la rana con aire satisfecho―. Las discusiones son extremadamente vulgares, pues toda la gente de la buena sociedad tiene exactamente las mismas opiniones. Adiós por segunda vez; estoy viendo a mis hijas allá lejos.
Y la ranita se fue nadando.
―Eres una persona irritante ―dijo el cohete―, y muy mal educada. Odio a la gente que habla de sí misma, como haces tú, cuando uno quiere hablar de sí mismo, como me ocurre a mí. Eso es lo que yo llamo egoísmo, y el egoísmo es algo absolutamente detestable, en especial para alguien que tenga mi temperamento, pues yo soy muy conocido por ser amable por naturaleza. De hecho, deberías tomarme como ejemplo; no podrás tener un modelo mejor. Ahora que se te presenta la ocasión harías bien en aprovecharla, pues me voy a volver a la corte casi inmediatamente. Soy un gran favorito de la corte; de hecho, los príncipes se casaron ayer en honor mío. Naturalmente tú no sabes nada de estas cosas, pues eres una provinciana.
―Es inútil que hables con ella ―dijo una libélula, que estaba posada en lo alto de una elevada espadaña parda―, absolutamente inútil, pues se ha ido.
―Bueno, peor para ella, no para mí ―respondió el cohete―. No voy a dejar de hablarle meramente porque no preste atención. Me gusta escucharme cuando hablo; es uno de mis grandes placeres. A menudo sostengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una sola palabra de lo que me digo.
―Entonces debieras dar conferencias sobre filosofía, ciertamente ―dijo la libélula.
Y extendió un par de hermosas alas de gasa y se remontó en el cielo.
―¡Qué tonta es no quedándose aquí! ―dijo el cohete―. Estoy seguro de que no tiene a menudo la ocasión de cultivar su mente. Sin embargo, no me importa nada; un genio como el mío ha de apreciarse algún día, con toda seguridad.
Y se hundió un poco más en el cieno.
Al cabo de un rato llegó nadando hasta él una gran pata blanca. Tenía patas amarillas y pies palmeados, y se la consideraba una gran belleza por su modo de andar contoneándose.
―¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac! ―dijo―. ¡Qué tipo tan curioso tienes! ¿Puedo preguntarte si es de nacimiento o es el resultado de un accidente?
―Es evidente que has vivido siempre en el campo ―respondió el cohete―, de otro modo sabrías quién soy. Sin embargo, disculpo tu ignorancia. No sería justo esperar que los demás fueran tan extraordinarios como uno mismo. Sin duda te sorprenderá oír que puedo subir volando al cielo y bajar en una cascada de lluvia dorada.
―No me parece nada extraordinario ―dijo la pata―, pues no veo de qué le sirve eso a nadie. Ahora bien, si supieras arar los campos, como el buey, o tirar de un carro, como el caballo, o cuidar de las ovejas, como el perro pastor, eso sí que sería algo.
―¡Pero criatura ―exclamó el cohete en un tono de voz muy altanero―, veo que perteneces a las clases más bajas! Una persona de mi rango no es nunca útil. Tenemos ciertas dotes y eso es más que suficiente. En cuanto a mí, no tengo simpatía por el trabajo de ninguna clase, y mucho menos por la clase de trabajos que parece que recomiendas. A decir verdad, yo he opinado siempre que los trabajos de carga son simplemente el refugio de la gente que no tiene otra cosa que hacer.
―Bueno, bueno ―repuso la pata, que era de carácter muy pacífico, y nunca reñía con nadie―, cada cual tiene sus gustos. Espero, de cualquier modo, que fijes tu residencia aquí.
―¡Oh, no! ―exclamó el cohete―; soy solamente un visitante, un visitante distinguido. La verdad es que encuentro este lugar bastante aburrido. Aquí no hay ni sociedad ni soledad. De hecho, es un lugar esencialmente suburbano. Volveré probablemente a la corte, pues sé que estoy destinado a causar sensación en el mundo.
―Yo tuve una vez pensamientos de entrar en la vida pública ―observó la pata―. ¡Hay tantas cosas que necesitan reforma! Por cierto, presidí una asamblea hace algún tiempo, y aprobamos resoluciones condenando todo lo que no nos gustaba. Sin embargo, no parece que hayan tenido mucho efecto. Ahora me he metido en casa, y cuido a mi familia.
―Yo estoy hecho para la vida pública ―dijo el cohete―, lo mismo que todos mis parientes, incluso los más humildes. Siempre que aparecemos atraemos una gran atención. Yo en realidad no he hecho todavía mi aparición, pero cuando la haga será un espectáculo magnífico. En cuanto a meterse en casa, le hace a uno envejecer rápidamente, y distrae la mente de cosas más altas.
―¡Ah, las cosas más altas de la vida, qué bellas son! ―dijo la pata―, y eso me recuerda qué hambre tengo.
Y se fue nadando corriente abajo, diciendo:
―¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac!
―¡Vuelve, vuelve! ―gritó el cohete―; tengo muchas cosas que decirte.
Pero la pata no le prestó atención.
―Me alegro que se haya ido ―se dijo para sí―, tiene una mentalidad claramente de clase media.
Y se hundió un poco más aún en el cieno. Y estaba empezando a pensar en la soledad de los genios cuando, de pronto, dos niños vestidos con delantal blanco llegaron corriendo por la orilla, con una marmita y algo de leña.
―Esta debe de ser la comisión ―dijo el cohete, e intentó adoptar un porte muy digno.
―¡Eh! ―gritó uno de los niños―, ¡mira este palo viejo! Me pregunto cómo ha venido a para aquí.
Y cogió el cohete sacándolo de la acequia.
―¡Palo viejo! ―dijo el cohete―, ¡imposible! ¡Palo egregio!, eso es lo que dijo. Palo egregio es un cumplido. ¡Realmente me confunde con uno de los dignatarios de la corte!
―¡Echémoslo al fuego! ―dijo el otro muchacho―, ayudará a que hierva la marmita.
Así que apilaron la leña y pusieron el cohete en lo alto, y encendieron el fuego.
―Esto es magnífico ―exclamó el cohete―, van a dispararme a plena luz del día, para que pueda verme todo el mundo.
―Vamos a echarnos a dormir ahora ―dijeron los niños―, y cuando despertemos habrá hervido la marmita.
Y se tendieron en la hierba y cerraron los ojos.
El cohete estaba muy mojado, así es que tardó mucho tiempo en arder. Por fin, sin embargo, le prendió el fuego.
―¡Ahora me voy a disparar! ―gritó.
Y se puso muy tieso y derecho.
―Sé que voy a subir mucho más alto que las estrellas, mucho más alto que la luna, mucho más alto que el sol. Sí, subiré tan alto que...
―¡Fiss! ¡Fiss! ¡Fiss! ―silbó, y se fue derecho por los aires.
―¡Delicioso! ―gritó―, seguiré así para siempre. ¡Qué éxito el mío!
Pero no le vio nadie.
Entonces empezó a sentir una sensación extraña de hormigueo por todo el cuerpo.
―Ahora voy a explotar ―gritó―. Incendiaré el mundo entero, y haré tal ruido que nadie hablará de otra cosa durante todo un año.
Y ciertamente explotó.
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!, hizo la pólvora.
No cabía ninguna duda.
Pero nadie lo oyó, ni siquiera los dos niños, pues estaban profundamente dormidos.
Luego, todo lo que quedó de él fue la varilla, y esta le cayó encima a una oca que estaba dando un paseo a lo largo de la acequia.
―¡Cielo santo! ―gritó la oca―. Van a llover palos.
Y se metió precipitadamente en el agua.
―Sabía que iba a causar una gran sensación ―dijo el cohete dando las últimas bocanadas.
Y se apagó.

| Si tens un déu que és jueu i gastes gas algerià. Si menges pasta italiana i et fumes un havà. Si agafes una turca bevent whisky escocès i te’n vas a fer l’indi amb el teu cotxe japonès. Ja em diràs com goses dir estranger al teu veí. Si plantes la canadenca tot fumant costo afganès. Si menges cols de Brussel·les mentre et fan un francès. Si a casa tens un canari, i el teu rellotge és suís. Si utilitzes la i grega per escriure el teu país. Ja em diràs com goses dir estranger al teu veí. Tant si duus americana com mocador palestí. Si beus aigua de Colònia quan se t’ha acabat el vi. Si t’enganyen com un xino i has d’acabar fent-te el suec. Si fas moros al teu pare i és primavera al corteinglès. Ja em diràs com goses dir estranger al teu veí. |

En cierta ocasión hubo un profeta ermitaño que cada tres lunas bajaba a la ciudad y en las plazas del mercado predicaba el hecho de dar y de compartir. Y era elocuente, y su fama se extendía por la tierra.
Cierta tarde, tres hombres se acercaron a la ermita y lo saludaron: «Tú predicas el dar y el compartir. Y enseñas a quienes poseen mucho que den a los que apenas poseen nada; y estamos seguros de que tu fama te ha dado riquezas. Ahora ven y danos tus riquezas, porque somos necesitados.»
Y el ermitaño contestó: «Amigos míos: sólo tengo esta cama, esta estera y este jarro de agua. Si lo queréis, lleváoslo. No tengo ni oro ni plata.»
Entonces le miraron desdeñosos y le dieron la espalda; pero el último hombre se detuvo en la puerta un instante y le gritó: «¡Impostor! Nos engañas. Enseñas y predicas lo que tú mismo no haces.»

| Me asomo al miedo escucho las voces que aún resuenan que suben de la tierra gritando nombres fechas lugares de traición crímenes sordos y sin querer lo temo por mi vida por mí pedazo de bandera por mi casa por todo lo que fui rescatando de aquel montón de ruinas que dejaste al partir hacia ese mar oscuro en donde permaneces tan espantosamente callada todavía. |

Pienso que la forma en la que la vida fluye está mal. Debería ser al revés: Uno debería morir primero, para salir de eso de una vez.
Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí. Entonces empiezas a trabajar, trabajar por cuarenta años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación. Luego fiestas, parrrandas, drogas, alcohol. Diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estás listo para entrar a la secundaria...
Después pasas a la primaria, y eres un niño(a) que se la pasa jugando sin responsabilidades de ningún tipo...
Luego pasas a ser un bebé, y vas de nuevo al vientre materno, y ahí pasas los mejores y últimos 9 meses de tu vida flotando en un líquido tibio, hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo...
¡¡¡ESO SÍ ES VIDA!!!

| Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. Ya no compartirás la clara luna ni los lentos jardines. Ya no hay una luna que no sea espejo del pasado, cristal de soledad, sol de agonías. Adiós las mutuas manos y las sienes que acercaba el amor. Hoy sólo tienes la fiel memoria y los desiertos días. Nadie pierde (repites vanamente) sino lo que no tiene y no ha tenido nunca, pero no basta ser valiente para aprender el arte del olvido. Un símbolo, una rosa, te desgarra y te puede matar una guitarra. * * * Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas otras cosas en el mundo; un instante cualquiera es más profundo y diverso que el mar. La vida es corta y aunque las horas son tan largas, una oscura maravilla nos acecha, la muerte, ese otro mar, esa otra flecha que nos libra del sol y de la luna y del amor. La dicha que me diste y me quitaste debe ser borrada; lo que era todo tiene que ser nada. Sólo que me queda el goce de estar triste, esa vana costumbre que me inclina al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina. |

Entro en el teletransportador. Ya he estado antes en Marte, pero nada más que por el viejo método, un viaje en nave espacial que dura varias semanas. Esta máquina me enviará a la velocidad de la luz. Sólo tengo que apretar el botón verde. Como otros en mi situación, estoy nervioso. ¿Funcionará? Repaso lo que me han dicho que va a pasar. Cuando apriete el botón, perderé la conciencia y luego despertaré con la impresión de que sólo ha transcurrido un momento. En realidad habré estado inconsciente durante casi una hora. El escáner aquí en la Tierra destruirá mi cerebro y mi cuerpo, mientras registra los estados exactos de todas mis células. Entonces transmitirá esta información por radio. Viajando a la velocidad de la luz, el mensaje tardará tres minutos en llegar al replicador en Marte. Éste creará entonces, partiendo de materia nueva, un cerebro y un cuerpo exactamente como los míos. Será en ese cuerpo donde me despertaré.
Aunque creo que esto es lo que va a ocurrir, todavía vacilo. Pero entonces recuerdo cómo se reía mi mujer cuando, hoy al desayuno, le manifesté mi nerviosismo. Como me recordó, ella ha sido teletransportada a menudo, y nada va mal con ella. Aprieto el botón. Como se me pronosticó, pierdo la conciencia y aparentemente la recobró enseguida, pero en un cubículo diferente. Examinando mi nuevo cuerpo, no encuentro ningún cambio en absoluto. Hasta está todavía en su sitio el corte que me hice en el labio superior esta mañana al afeitarme.
Pasan varios años durante los que soy teletransportado con frecuencia. Estoy otra vez en el cubículo, listo para otro viaje a Marte. Pero esta vez, cuando aprieto el botón verde, no pierdo la conciencia. Se escucha un zumbido, y luego el silencio. Salgo del cubículo y le digo al asistente: «No funciona. ¿Qué hice mal?»
«Sí que funciona», contesta, y me da una tarjeta impresa. Leo: «El nuevo escáner graba un cianotipo de usted mismo sin destruir su cerebro ni su cuerpo. Esperamos que sepa apreciar las oportunidades que este avance técnico ofrece».
El asistente me cuenta que soy una de las primeras personas que usan el nuevo escáner. Añade que si me quedo una hora podré usar el intercomunicador para verme y hablar conmigo en Marte.
«Un momento», contesto, «Si estoy aquí no puedo estar también en Marte».
Alguien tose con mucha cortesía, un hombre de bata blanca que me pide hablar en privado conmigo. Nos vamos a su despacho, me dice que me siente, y hace una pausa. Luego dice: «Me temo que tenemos problemas con el nuevo escáner. Graba su cianotipo con la misma perfección y exactitud, ya lo podrá comprobar cuando se vea y hable consigo mismo en Marte. Pero parece que resulta nocivo para el sistema cardiaco cuando lo explora. A juzgar por los resultados que hemos tenido hasta ahora, aunque estará usted en Marte con una salud perfecta, aquí en la Tierra tiene que esperarun ataque cardíaco en los próximos días».
Después me llama el asistente por el intercomunicador. En la pantalla me veo a mí mismo justo igual que en el espejo por las mañanas. Pero hay dos diferencias. En la pantalla no aparece mi imagen invertida de derecha a izquierda. Y mientras que aquí estoy sin decir palabra, puedo ver y oír cómo empiezo a hablar, en el estudio de Marte.
Como mi Réplica sabe que estoy a punto de morir, trata de consolarme con los mismos pensamientos con los que hace poco intenté consolar a un amigo moribundo. Es triste darse cuenta, cuando a uno le llega el fin, de lo poco que consuelan estos pensamientos. Mi Réplica entonces me asegura que seguirá con mi vida donde yo la dejé. Ama a mi mujer, y entre los dos cuidarán de mis hijos. Y terminará el libro que estoy escribiendo. Además de tener todos mis borradores, tiene todas mis intenciones. Tengo que admitir que puede terminar mi libro tan bien como podría yo. Todas estas cosas me consuelan un poco. Morir cuando sé que tendré una Réplica no es tan malo como morir, simplemente. Aun así, pronto perderé la conciencia, para siempre.

| Porque te tengo y no porque te pienso porque la noche está de ojos abiertos porque la noche pasa y digo amor porque has venido a recoger tu imagen y eres mejor que todas tus imágenes porque eres linda desde el pie hasta el alma porque eres buena desde el alma a mí porque te escondes dulce en el orgullo pequeña y dulce corazón coraza porque eres mía porque no eres mía porque te miro y muero y peor que muero si no te miro amor si no te miro porque tú siempre existes dondequiera pero existes mejor donde te quiero porque tu boca es sangre y tienes frío tengo que amarte amor tengo que amarte aunque esta herida duela como dos aunque te busque y no te encuentre y aunque la noche pase y yo te tenga y no. |

―Maestro, lo más bello que hay en el mundo es la diferencia. Por eso creo que Dios se desespera: todo es igual a él.
―Para su felicidad estás tú que no te le pareces en nada.

| D’aquesta mort que moro en moriran tant aquells que em llegeixen com els altres, que no llegir-me no eximeix ningú, vingut el cas i el lloc, de fer clucaina. No he volgut mai una mort personal, ostentosa, terrible i agressiva, una mort que se’n parli com d’un fet exemplar i potser digne d’estudi. En tinc prou de morir-me decentment, sobretot ara que ja sé que em moro i el veïnatge de la mort no em fa, per dir-ho clar, ni poc ni gens de nosa. D’aquesta mort que visc, en canvi, en pot participar només el que em llegeixi assossegadament, amb el mateix posat tranquil que jo prenc en escriure. La mort que visc és la deixa que faig als meus lector; una deixa que porta segells i proves d’autenticitat i que tothom pot considerar seva. |

Querida nonagenaria:
El propio término ordinal nonagésimo me resulta exótico, como si procediera de otros ámbitos, esa taumaturgia de los números, que es una convención, pero también es una convención el cumpleaños y tantas otras cosas de las que nos rodeamos. Quizás sea menos convencional tu biografía, a caballo de dos siglos, que comienza un poco antes de que en Sarajevo un anarquista asesine al archiduque y comience la I Guerra Mundial, y está llena de quehaceres ajenos a esas circunstancias. La monarquía, la Dictadura de Primo de Rivera, otra vez la monarquía, la República, la Dictadura de Franco, la Democracia, todo ello te pilla trabajando, dentro y fuera de casa, que no tengo memoria de inactividad o de holganza, como si el destino hubiera dispuesto el esfuerzo asociado a tu existencia. Perteneces a una generación que se ha pasado la vida trabajando, pero trabajando siempre y a todas horas, con una asumida mansedumbre que, hoy, al escuchar quejas de pertenecientes a generaciones más jóvenes, no sólo me llena de asombro, sino que me pasma.
Sabes de la vida rural y de la urbana. De las heladas orillas de los ríos, adonde había que acudir a limpiar las ollas ennegrecidas y de las dificultades del transporte público. Nadie te tiene que contar la evolución de la plancha de carbón de la cocina económica a la plancha eléctrica de vapor, o del lavadero público a la lavadora programada, porque has sido testigo, víctima y beneficiaria de esas transformaciones. Y, como es posible que te preguntes, desde la altura de tus noventa años, qué es lo que has hecho, te puedo responder que has hecho feliz a la gente que ha estado a tu lado, y que esa es la labor más importante que puede realizar una persona, porque no hay descubrimiento u obra artística que se le pueda comparar. Hoy espero compartir contigo el pan de la celebración y el soplo de una vela simbólica, que noventa serían demasiadas incluso para los pulmones de un atleta. Así que, hasta dentro de un rato, con permiso de la audiencia, felicidad mi querida nonagenaria, felicidades, mamá.
| I know it’s hard to tell how mixed up you feel hoping what you need is behind every door each time you get hurt, I don’t want you to change because everyone has hopes, you’re human after all the feeling sometimes, wishing you were soomeone else feeling as though you never belong this feeling is not sadness, this feeling is not joy I truly understand. Please, don’t cry now. please don’t go, I want you to stay I’m begging you please, please don’t leave here I don’t want you to hate for all the hurt that you feel the world is just illusion trying to change you being like you are well this is something else, who would comprehend? but some that do, lay claim that divine purpose blesses them that’s not what I believe. It doesn’t matter anyway. A part of your soul ties you to the next world or maybe to the last, I’m still not sure What I do know is, to us the world is different as we are to the world but, I guess you would know that please don’t go, I want you to stay I’m begging you please, please don’t leave here I don’t want you to hate for all the hurt that you feel the world is just illusion trying to change you |

| Soñar es ver la vida de otro modo, y es olvidar un poco lo que es. Un sueño es casi nada y más que todo; más que todo al soñarlo... Casi nada después. |

És una senyora d’uns setanta anys, ben conservada però sense semblar més jove del que és. Va bastant ben arreglada i té els cabells grisos, gairebé blancs, però amb aquell toc lilós-platejat característic de les senyores de setanta anys que acaben de sortir de la perruqueria.
Avui he arribat a casa que ja havia començat el programa, senyora Sardà. Quan he vist que se’m feia tard he trucat al Llorenç des de casa la nena i li he dit: “Llorenç, posa a gravar la tevetrès, corre; i de passada treu uns llucets que hi ha a la nevera i comença a enfarinar-los, que ara vinc”. Diu: “Què m’expliques, a mi, dels llucets”. I ha penjat. No li pots dir més d’una cosa alhora perquè s’atabala, ¿sap? És que es fa gran, últimament. Els anys passen per tothom, només que hi ha persones que ho acusen més que altres.
L’he trobat adormit al sofà, pobre; me l’he quedat mirant i m’he dit: “Mare de Déu Senyor... sembla ahir que festejàvem i aquest juliol vam celebrar els cinquanta anys de casats”. Que per cert, ens van regalar de coses... el vídeo, per exemple, és un regal de la nena. I ara que dic del vídeo: sort que no l’ha sapigut engegar, perquè hi havia ficat la cinta de les bodes d’or que va filmar el meu gendre, i ara imagini’s que s’hagués esborrat un record d’una festa tan senyalada. I el disgust més gros l’hauria tingut ell, pobre Llorenç. Perquè el conec i sé que aquestes coses l’afecten molt.
La Rossita, la pentinadora, que encara és jove però fa temps que el marit la va deixar, sempre em diu: “No sap l’enveja que em fa, senyora Eulàlia, perquè això de tenir algú que et fa costat tota la vida pensi que no es paga amb diners”. I jo li dic: “Sí filla, toca a qui toca”. Perquè el Llorenç, pobre, de costat me’n fa molt. Sobretot d’ençà que es va jubilar, que aviat farà deu anys. Si li he de ser franca li diré que al principi em va venir una mica de nou, perquè és clar: després de treballar tota la vida de viatjant, que hi havia temporades que era fora quatre i cinc setmanes seguides, passar a tenir-lo tot el dia a casa i trobar-te’l pertot arreu no és que no sigui maco, perquè ho és, però sempre costa d’adaptar-t’hi. I és curiós però em va passar una cosa que no m’havia passat mai, que és que em va començar a caure la casa a sobre. Un dia li vaig dir, dic: “Llorenç, ¿per què no ens apuntem a aquestes excursions que fan, de tant en tant?”. Diu: “¿Excursions? Ja hi he anat prou, jo, d’excursió; vés-hi tu, si vols, però a mi no m’atabalis”. D’un altre hauries pogut pensar que ho deia per treure-se’t de sobre, però jo sé que el Llorenç, pobre, el que vol és que em distregui. Jo primer no gosava, perquè és allò que dius: ara que podríem disfrutar junts dels anys que ens queden, també deixar-lo sol i anar-te’n per les teves cada dos per tres... però m’hi va insistir tant, pobre Llorenç, que al final em vaig apuntar a un club de senyores de la meva edat que fan una excursió cada mes. Oh, i no només excursions, fem: també anem a teatre, i organitzem cursets, i conferències... de tot, fem. Als principis li deia: “Pensa, Llorenç, que en aquests cursets que fem també hi poden venir senyors”, veiam si s’animava... fins que un dia em va dir, diu: “Ja us els podeu fotre al cul, els cursets”. Ell no ho va dir per ferir-me, perquè amb els anys que fa que el conec ja sé que de sortides d’aquestes n’ha tingut tota la vida, però vaig pensar: potser que ho deixis córrer i no l’hi diguis més...
I ¿sap què li dic, senyora Sardà? Que no és que no em sàpiga haver d’anar jo sola a tot arreu, però almenys ara tinc coses per explicar-li quan arribo a casa... i és una cosa que sempre va bé perquè els matrimonis, al cap dels anys, no és que deixin d’estimar-se, però sovint passa que s’acaben els temes de conversa i costa de trobar-ne de nous.
També vaig molt a casa la nena, els dies que no tinc cap excursió ni cap activitat. Ho he agafat tant per costum que hi ha vegades que el Llorenç, si veu que arriba aquella hora de la tarda que hi acostumo a anar i encara no sóc fora, em diu: “¿Què, no has d’anar a casa la nena avui?”... Li dic això, senyora Sardà, perquè vegi que no és d’aquells homes que de grans es tornen egoistes: ell, per damunt de tot, vol que jo faci la meva i que no em senti lligada. Sempre m’ha fet molt costat, el Llorenç. La nena sempre m’ho diu. Diu: “Quina companyia que us feu, ¿oi, tu i el papa?”... Però jo sé que s’adona que ens anem fent grans, i ella té el seu marit i dos fills que encara li viuen a casa, i li fa por que tard o d’hora no li siguem una càrrega. Per això l’altre dia li vaig dir, dic: “Nena, el papa i jo de moment encara anem fent, però tu estigues tranquil·la perquè ho tinc molt clar: el dia que un dels dos falti, jo l’endemà mateix me’n vaig a viure en una residència”.

| Twas brillig, and the slithy toves Did gyre and gible in the wabe; All mimsy were the borogoves, And the mome raths outgrabe. "Beware the Jabberwock, my son! The jaws that bite, the claws that catch! Beware the Jubjub bird, and shun The frumious Bandersnatch!" He took his vorpal sword in hand: Long time the manxome foe he sought— So rested he by the Tumtum tree, And stood awhile in thought. And, as in uffish thought he stood, The Jabberwock, with eyes of flame, Came whiffling through the tulgey wood, And burbled as it came! One two! One two! And through and through The vorpal blade went snicker-snack! He left it dead, and with its head He went galumphing back. "And hast thou slain the Jabberwock? Come to my arms, my beamish boy! O frabjous day! Callooh! Callay!" He chortled in his joy. "Twas brillig, ant the slithy toves Did gyre and gimble in the wabe; All mimsy were the borogoves, And the mome raths outgrabe. |
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| Bastardecía y los fleximosos torbios giroscaban barrenando en el rejardo miserandebles estaban los burgobios rugestornaban añoros los bochardos. Cuídate del Jabberwocky, hijo mío, sus mandíbulas trituran y desgarran, cuídate del pájaro yub-yub y huye de la frumiosa zampatarra. Empuñando su vorpalina espada, aguardó a su manfrodio enemigo y a la sombra de un árbol tumtum permaneció inmóvil, pensativo. Y así, mientras cavilaba intosque el Jabberwocky con sus ojos centellando surgió hedoroso del turgulio bosque avanzando raudo, resoflando. ¡Zis, zas!, sin pausa y con fiereza la vorpalina espada crica y tripa lo mata y, cogiendo su cabeza, emprende galofante su regreso. Ven a mis brazos, gradébulo muchacho al Jabberwocky mataste con porfía ¡fratable día!, ¡jurá! ¡jurí! ¡jujía! sonrijoreaba de gozo y alegría. Bastardecía y los fleximosos torbios giroscaban barrenando en el rejardo miserandebles estaban los burgobios rugestornaban añoros los bochardos. |

―Dijo que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas ―exclamó el joven estudiante―; pero no hay ni una sola rosa roja en todo mi jardín.
Desde su nido en la encina le oyó el ruiseñor, y miró a través de las hojas y se quedó extrañado.
―Ni una sola rosa roja en todo mi jardín ―exclamó el estudiante; y sus hermosos ojos se llenaron de lágrimas―. ¡Ah, de qué cosas tan pequeñas depende la felicidad! He leído todo lo que han escrito los sabios, y son míos todos los secretos de la filosofía; sin embargo, por no tener una rosa roja, mi vida se ha vuelto desdichada.
―He aquí por fin un verdadero enamorado ―dijo el ruiseñor―. Noche tras noche le he cantado, aunque no le conocía; noche tras noche he contado su historia a las estrellas, y ahora le estoy viendo. Tiene el cabello oscuro como la flor del jacinto y los labios tan rojos como la rosa de sus deseos; pero la pasión ha hecho que su rostro parezca de pálido marfil, y el dolor le ha puesto su sello sobre la frente.
―El príncipe da un baile mañana por la noche ―musitó el estudiante―, y mi amada estará entre los invitados. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el alba. Si le llevo una rosa roja, la tendré entre mis brazos, y reclinará la cabeza en mi hombro, y su mano estará prisionera en la mía. Pero no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, así es que estaré sentado solo, y ella pasará desdeñándome. No me prestará atención alguna y se me romperá el corazón.
―He aquí ciertamente el verdadero enamorado ―dijo el ruiseñor―. Lo que yo canto, él lo sufre; lo que es para mí alegría es dolor para él. En verdad el amor es maravilloso; es más precioso que las esmeraldas y más costoso que los finos ópalos. No se pueden comprar con perlas ni con granates, ni está a la venta en el mercado, no lo pueden comprar los mercaderes, ni se puede pesar en la balanza a peso de oro.
―Los músicos estarán sentados en su estrado ―dijo el joven estudiante―, y tocarán sus instrumentos de cuerda y mi amada danzará al son del arpa y del violín. Danzará tan ligera que sus pies no rozarán el suelo, y los caballeros de la corte, con sus trajes alegres, estarán todos rodeándola. Pero conmigo no bailará, pues no tengo una rosa roja para darle.
Y se arrojó sobre la hierba, y ocultó el rostro entre las manos y lloró.
―¿Por qué llora? ―preguntó una lagartija verde, cuando pasaba corriendo junto a él con el rabo en el aire.
―Eso, ¿por qué? ―dijo una mariposa que revoloteaba persiguiendo a un rayo de sol.
―Sí, ¿por qué? ―susurró una margarita a su vecina, con una voz suave y baja.
―Está llorando por una rosa roja ―dijo el ruiseñor.
―¡Por una rosa roja! ―exclamaron―; ¡qué ridículo!
Y la lagartija, que era algo cínica, se rió abiertamente.
Pero el ruiseñor comprendía el secreto de la pena del estudiante, y permaneció posado silencioso en la encina, y pensó en el misterio del amor.
De pronto desplegó sus alas pardas para emprender el vuelo y hendió los aires. Pasó por la arboleda como una sombra, y como una sombra voló a través del jardín.
En el medio del césped crecía un hermoso rosal, y al verlo voló hacia él y se posó sobre una rama.
―Dame una rosa roja ―exclamó―, y te cantaré mi más dulce canción.
Pero el rosal negó con la cabeza.
―Mis rosas son blancas ―respondió―; tan blancas como la espuma del mar, y más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve a ver a mi hermano, el que trepa alrededor del viejo reloj de sol y te dará tal vez lo que deseas.
Así es que el ruiseñor se fue volando hasta el rosal que crecía en torno al viejo reloj de sol.
―Dame una rosa roja ―exclamó―, y te cantaré mi más dulce canción.
Pero el rosal negó con la cabeza.
―Mis rosas son amarillas ―respondió―; tan amarillas como el cabello de la sirena que se sienta en un trono de ámbar y más amarillas que el narciso que florece en el prado antes de que llegue el segador con su guadaña. Pero ve a ver a mi hermano, el que crece al pie de la ventana del estudiante, y te dará tal vez lo que deseas.
Así es que el ruiseñor se fue volando hasta el rosal que crecía al pie de la ventana del estudiante.
―Dame una rosa roja ―exclamó―, y te cantaré mi más dulce canción.
Pero el arbusto negó con la cabeza.
―Mis rosas son rojas ―respondió; tan rojas como los pies de la tórtola y más rojas que los grandes abanicos de coral que se mecen y mecen en la sima del océano; pero el invierno me ha congelado las venas, y la escarcha me ha helado los capullos, y la tormenta me ha roto las ramas, y no tendré rosas este año.
―Una rosa roja es todo lo que necesito ―exclamó el ruiseñor―, ¡sólo una rosa roja! ¿No hay ningún medio por el que pueda conseguirla?
―Hay un medio ―respondió el rosal―, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.
―Dímelo ―dijo el ruiseñor―, no tengo miedo.
―Si quieres una rosa roja ―dijo el rosal―, tienes que hacerla con música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Debes cantar para mí con el pecho apoyado en una de mis espinas. A lo largo de toda la noche has de cantar para mí, y la espina tiene que atravesarte el corazón, y la sangre que te da la vida debe fluir por mis venas y ser mía.
―La muerte es un alto precio para pagar una rosa roja ―exclamó el ruiseñor―, y la vida nos es muy querida a todos. Es grato posarse en el bosque verde, y contemplar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perla. Dulce es la fragancia del espino, y dulces son las campanillas azules que se esconden en el valle y el brazo que el viento hace ondear en la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida, ¿y qué es el corazón de un pájaro comparado con el corazón de un hombre?
Así es que desplegó las alas pardas para emprender el vuelo y hendió los aires. Pasó veloz sobre el jardín como una sombra, y como una sombra atravesó volando la arboleda.
El joven estudiante todavía estaba echado en la hierba, donde le había dejado, y las lágrimas aún no se habían secado en sus hermosos ojos.
―¡Sé feliz! ―exclamó el ruiseñor―; ¡sé feliz!; tendrás tu rosa roja. Te la haré de música a la luz de la luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Todo lo que te pido a cambio es que seas un verdadero enamorado, pues el amor es más sabio que la filosofía, por sabia que esta sea, y más fuerte que el poder, por potente que sea este. Del color de la llama son sus alas, y de color de llama tiene el cuerpo. Sus labios son dulces como la miel y su aliento es como el incienso.
El estudiante alzó los ojos de la hierba y escuchó, mas no pudo entender lo que le estaba diciendo el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.
Pero la encina comprendió y se puso triste, porque quería mucho al pequeño ruiseñor que había hecho su nido entre sus ramas.
―Cántame una última canción ―musitó―; me sentiré muy sola cuando te hayas ido.
Así es que el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que sale a borbotones de una jarra de plata.
Cuando hubo terminado su canción, el estudiante se levantó, y sacó un cuaderno y un lápiz de su bolsillo.
―Ella tiene estilo ―dijo para sí, mientras caminaba a través de la arboleda―, eso no se le puede negar, pero ¿tiene sentimientos? Me temo que no. De hecho, es como la mayoría de los artistas, es toda estilo, sin ninguna sinceridad. No se sacrificaría por los demás. Piensa tan sólo en la música, y todo el mundo sabe que las artes son egoístas. Sin embargo, es preciso admitir que hay notas hermosas en su voz. ¡Qué lástima que no signifiquen nada, ni tengan ninguna utilidad práctica!
Y entró en su habitación y se echó sobre el pequeño jergón, y se puso a pensar en su amor, y al cabo de un tiempo se quedó dormido.
Y cuando la luna brilló en el cielo, fue volando al rosal el ruiseñor y puso su pecho contra la espina. Cantó toda la noche con el pecho contra la espina, y la luna de frío cristal se asomó para escuchar. A lo largo de toda la noche estuvo cantando, y la espina penetraba más y más profundamente en su pecho, y la sangre, que era su vida, fluía fuera de él.
Cantó primero el nacimiento del amor en el corazón de un adolescente y de una muchacha. Y en la rama más alta del rosal floreció una rosa admirable, pétalo a pétalo, a medida que una canción seguía a otra canción. Pálida era al principio, como la bruma suspendida sobre el río; pálida como los pies de la mañana, y de plata, como las alas de la aurora. Como la sombra de una rosa en un espejo de plata, como la sombra de una rosa en el estanque, así era la rosa que florecía en la rama más alta del rosal.
Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretara más contra la espina.
―¡Apriétate más, pequeño ruiseñor ―gritaba el rosal―, o llegará el día antes de que esté terminada la rosa!
Así es que el ruiseñor se apretó más contra la espina, y su canto se hizo cada vez más sonoro, pues cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una doncella.
Y un delicado arrebol rosado vino a los pétalos de la rosa, como el rubor del rostro del novio cuando besa los labios de la novia. Pero la espina no había llegado aún al corazón del pájaro, así que el corazón de la rosa seguía siendo blando, pues sólo la sangre del corazón de un ruiseñor puede teñir de carmesí el corazón de una rosa.
Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretara más contra la espina.
―¡Apriétate más, pequeño ruiseñor ―gritaba el rosal―, o llegará el día antes de que esté terminada la rosa!
Así es que el ruiseñor se apretó más contra la espina, y la espina tocó su corazón, y sintió que le atravesaba una intensa punzada de dolor. Amargo, amargo era el dolor, y más y más salvaje se elevó su canto, pues cantaba al amor que se hace perfecto por la muerte, al amor que no muere en la tumba.
Y la rosa admirable se volvió carmesí, como la rosa del cielo en el oriente. Carmesí era el ceñidor de pétalos, y carmesí como un rubí era su corazón.
Pero la voz del ruiseñor se volvió más débil, y sus pequeñas alas empezaron a batir, y un velo le cubrió los ojos. Más y más débil se tornó su canto, y sintió que algo le ahogaba en la garganta.
Moduló entonces un último arpegio musical. La luna blanca lo oyó, y se olvidó del alba, y se quedó rezagada en el cielo. La rosa roja lo oyó, y tembló toda de arrobamiento, y abrió sus pétalos al aire frío de la mañana. El eco se lo llevó a su caverna púrpura de las colinas, y despertó de sus sueños a los pastores dormidos. Flotó a través de los juncos del río, y ellos llevaron su mensaje al mar.
―¡Mira, mira! ―gritó el rosal―. ¡La rosa ya está terminada!
Pero el ruiseñor no respondió, pues yacía muerto en la hierba alta, con la espina en el corazón.
Y al mediodía el estudiante abrió la ventana y se asomó.
―¡Mira!, ¡qué suerte tan maravillosa! ―exclamó―, ¡he aquí una rosa roja! No había visto en mi vida una rosa semejante. Es tan bella que estoy seguro que tiene un largo nombre latino.
Y se inclinó y la arrancó.
Se puso luego el sombrero y se fue corriendo a casa del profesor con la rosa en la mano.
La hija del profesor estaba sentada en el umbral, devanando seda azul alrededor de un carrete, con su perrito echado a sus pies.
―Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja ―exclamó el estudiante―. He aquí la rosa más roja del mundo entero. La llevarás prendida esta noche cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos ella te dirá cuánto te quiero.
Pero la muchacha frunció el ceño.
―Temo que no me vaya bien con el vestido ―respondió―, y, además, el sobrino del chambelán me ha enviado joyas auténticas, y todo el mundo sabe que las joyas cuestan mucho más que las flores.
―¡Bien, a fe mía que eres una ingrata! ―dijo el estudiante muy enfadado.
Y arrojó la rosa a la calle, donde cayó en el arroyo, y la rueda de un carro pasó por encima de ella.
―¿Ingrata? ―dijo la muchacha―. Y yo te digo que tú eres un grosero, y, después de todo, ¿quién eres tú? Sólo un estudiante. ¡Cómo!, no creo que tengas ni siquiera hebillas de plata para los zapatos, como tiene el sobrino del chambelán.
Y se levantó de la silla y entró en la casa.
―¡Qué cosa tan necia es el amor! ―se dijo el estudiante mientras se marchaba―. No es ni la mitad de útil que la lógica, pues no prueba nada, y siempre nos dice cosas que no van a suceder, y nos hace creer cosas que no son ciertas. De hecho, es muy poco práctico, y como en estos tiempos ser práctico lo es todo, me volveré a la filosofía y estudiaré metafísica.
Así es que volvió a su habitación, y sacó un gran libro polvoriento, y se puso a leer.

| Quinze mil dias secos são passados, Quinze mil ocasiões que se perderam, Quinze mil sóis inúteis que nasceram, Hora a hora contados Neste solene, mas grotesco gesto De dar corda a relógios inventados Para buscar, nos anos que esqueceram, A paciência de ir viviendo o resto. |
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| Quince mil días secos han pasado, quince mil ocasiones se perdieron, quince mil soles nulos que nacieron, hora a hora contados en el solemne, mas grotesco gesto de dar cuerda a relojes inventados para buscar, en los años olvidados, la paciencia de ir viviendo el resto. |

Es conta que Potemkin patia depressions greus que es repetien de forma més o menys regular, durant les quals ningú se li podia apropar i estava severíssimament prohibit l’accés a la seva cambra. A la cort no s’esmentava aquest patiment; era especialment sabut que qualsevol al·lusió que se’n fes comportava el desfavor de l’emperadriu Caterina. Una d’aquestes depressions del canceller va perllongar-se de manera extraordinària. Ocasionava ja inconvenients seriosos; als registres s’acumulaven expedients impossibles d’enllestir sense la signatura de Potemkin i que la tsarina volia veure despatxats. Els funcionaris d’alt nivell estaven perplexos En aquell moment va aparèixer per casualitat el petit i insignificant Schuwalkin a les antesales del palau del canceller, on s’aplegaven els consellers d’Estat entre les queixes i els laments de costum. «Què hi ha, excel·lències? ¿En què puc servir les vostres excel·lències?», es va apressar a oferir-se Schuwalkin. Li van explicar el cas, tot lamentant no poder fer cap ús dels seus serveis. «Si no és més que això, senyors meus», va contestar Schuwalkin, «confiïn-me els expedients. Els ho prego.» Els consellers d’Estat, que no hi tenien res a perdre, es van deixar convèncer, i Schuwalkin va emprendre el camí cap al dormitori de Potemkin, amb el lligall d’expedients sota el braç, a través de galeries i passadissos. Sense trucar, fins i tot sense aturar-se, va prémer la maneta de la porta. La cambra no era tancada amb clau. Dins la penombra es trobava Potemkin assegut al llit, abillat amb una bata desgastada i mossegant-se les ungles. Schuwalkin va avançar cap a l’escriptori, va sucar la ploma i sense dir ni un mot la va ficar a la mà de Potemkin, tot estenent un expedient qualsevol sobre els seus genolls. Potemkin, després de llançar a l’intrús una mirada absent, va executar la signatura com en somnis; després, una altra; i així amb totes. Quan va tenir assegurada la darrera, Schuwalkin va deixar l’estança sense cap cerimònia, tal com havia vingut, amb el dossier sota el braç. Va entrar a l’antesala brandant triomfalment els expedients. Els consellers d’Estat es van llançar cap a ell, i li van arrabassar els papers de les mans. Adelerats, van inclinar-se sobre ells. Ningú va pronunciar un mot; el grup va quedar petrificat. De nou va acostar-se Schuwalkin, de nou va preguntar apressat pel motiu de la perplexitat dels senyors. Aleshores va entreveure la signatura. Tots i cada un dels expedients estaven signats: Schuwalkin, Schuwalkin...

| Ya nunca más diré: «Todo termina», sino: «Sonríe, alma, y comencemos.» En nuevas manos pongo nuevos remos y nuevas torres se alzan de la ruina. Otra alegre mañana determina el corazón del mundo y sus extremos. Juntos, alma, tú y yo inauguraremos este otro amor y su preciosa espina. Para mirar mi muerte atrás miraba y encontré renaciente la llanura y sellada la boca de mi herida. Ni el nombre sé yo ya de quien amaba, desmemoriado y terco en la aventura de que quien me mató me dé la vida. |

| Por aquí, qué remedio, si os place vamos tirando. En este viejo suelo y un tanto putrefacto aún somos gente. Nos caemos de idiotas. Nos levantan, y otra vez a la vela, al tiempo, al tajo. Algunos, varios, somos buena tropa fácil de contentar, pues casi nunca dejamos de mascar flores o arcángeles (y a cambio, alguien se come nuestra sopa). Nos rompemos los cascos de correr, de la Ceca a la Meca, por si salva a los honrados hombres, que no piden ayuda y muy contentos marchamos sin cuidado a toda parte, prontos a recoger el premio ―una blasfemia, un rudo gesto―, y así vamos tirando. Aún somos gente. Un día, nos morimos ―qué hacer― y nos disponen una palabra encima. Así. Poeta. Y la gente que pasa se sonríe. Con lástima. De pena. Bien se entiende. |

Una vegada era un llop que, a l’aixecar-se de son jaç de fullaraca en lo bosc, féu un esternut i digué:
-Avui sí que serà dia de bona ventura.
Se posa a caminar, i, en efecte, a les poques passes ja en troba dos marrans que es batien a cops de cap. Ell s’hi acosta i els anuncia que se n’ha de menjar un.
-Això prou -ells li responen-; mes, espera un xic. Ara ens estàvem partint un prat i no ens sabíem avenir. Tu, llop, faràs de jutge; posa’t al mig, nosaltres nos en anirem un a cada banda del prat, arrencarem la correguda cap aquí, i tu et menjaràs al qui primer arribe.
Tal dit, tal fet, i encara millor, vingueren disparats de cada cantó del prat i, arribaran al mig al mateix temps, li donaren una cotassada que el féu fugir sense esperar la segona.
Se’n va vora amunt d’una ribera, troba una truja amb sos porcells i li diu:
-Truja: estic dejú encara, i em desdejunaré amb un de tos porcells.
-Espera un xic, que l’hem de batejar -diu ella.
Se’n van a la vora del riu. Lo llop, curiós, vol veure la cerimònia, quan la truja, amb una morrada, lo rebat a dintre un gorg.
Lo llop, aixís que en pot sortir, se’n va amb les orelles baixes ribera amunt, i en una coromina troba una euga que pastura amb son mulat. Ell l’escomet i li diu:
-Vinc a menjar-me el teu mulat.
-Espera un xic, que tinc una espina en un peu i abans me la trauràs.
Lo llop, afalagat per tan bones paraules, va per traure-li l’espina que tenia en una pota de darrera, quan l’euga, amb una cossa, lo tira un tros lluny estabornit.
Allavors lo llop, desenganyat de si mateix, exclama:
-De ventures prou n’ets atrapades, mes no te n’has sabut aprofitar. Quan has trobat los dos marrans devies començar lo parlament menjant-te’n un; quan has ensopegada la truja, abans de saludar-la devies cruspir-te un porcell, i a l’escometre l’euga ja devies tenir son pollinet coll avall.
»Volgueres fer de repartidor d’un prat entre dos marrans, i amb una mica més te migparteixen a tu; volgueres veure com la truja batejava a sos porcells, i tu en sortires batejat; volgueres fer de cirurgià traient l’espina del peu de l’euga, i per poc t’esbadella el cap. I amb tantes i tan bones aventures que t’han passades, te n’hauràs d’anar al llit sense sopar.

| Estoy aquí contigo. Y pienso en ti, a tu sombra, a tu sombra callada como un agua de otoño. Aquí, con la cabeza caída en tu regazo, como para que pienses que contemplo las nubes. En tu rostro apacible se refleja el crepúsculo, y eres tan bella, amiga, que me duele mirarte. Aquí estoy, a tu sombra, pensando en ti, contigo. Y tú piensas, acaso, que estoy pensando en otra. Tú sonríes, segura del poder de tu beso, y yo cierro los ojos para sentir tu ausencia. Ah, pobre amiga mía, cómo quisiera amarte, amarte como entonces, cuando tú no me amabas... Ah, sí, qué pronto pasan el amor y las nubes... Qué irreparablemente se mustian las espigas... Aquí, bajo este árbol que ignora su silencio, mi corazón se aleja tristemente del tuyo. Y, sin embargo, amiga, ya ves que te sonrío. Y mi boca recorre la distancia del beso. Pero pienso en el modo de dejar de besarte, o en una despedida que no te haga llorar... |

| Y pensar que después que yo muera, aún surgirán mañanas luminosas, que bajo un cielo azul, la primavera indiferente a mi mansión postrera encarnará en la seda de las rosas. Y pensar que desnuda, azul, lasciva, sobre mis huesos danzará la vida, y que habrá nuevos cielos de escarlata bañados por la luz del sol poniente, y noches llenas de esa luz de plata, que inundaban mi vieja serenata cuando aún cantaba Dios bajo mi frente. Y pensar, que no puedo en mi egoísmo, llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja; que he de marchar yo solo, hacia el abismo. Y que la luna brillará lo mismo, y ya no la veré desde mi caja. |

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

| Xa moito aturei Quero rematalo Sei que o que aguantei non podo calalo eu non te parín mais son a tua nai iso que me dis non é o que fas quérote, ámote neno mimado respecto pidoche cal selo pactado a docilidade que sexa espontánea borra o clixé, xefe da manda aínda que nos queda moito camiño para darlle un xeitiño e un bo aliño a túa forza está anunciada de tanto lustre remata esfolada a miña forza escondida na miña suposta debilidade encaixa comigo mais con igualdade fagámo-la festa con naturalidade |

(Los Reyes Magos regresan a su patria por distinto camino del que vinieron, a fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la estrella no les guía ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y a lo lejos resuena el cavernoso rugir de un león.)
BALTASAR (acariciándose la nevada barba y moviendo la anciana cabeza a estilo del que vaticina). – No sé lo que me sucede desde que me puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al Hijo de la Doncella, que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecí al Niño para reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han de rendir! Tributos percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos, decenas de siglos, generación tras generación, y los percibirá de todo el universo, de toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrirán para aclamar su nombre. El oro que le he presentado era poco; apenas llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y veo que al Niño se le erigen templos de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro en torno de los cuales oscilan blancos flábulos de plumas con mango de oro, y que ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo también, incrustada de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la tierra, corren a los pies del Niño: y lo más extraño es que el Niño los contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno de su Madre. ¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le agradará a la criatura celestre el símbolo de la autoridad real? Temo que mis dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.
GASPAR (enderezándose sobre su montura, requiriendo la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos).- Patriarca de los Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es el vil mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de su morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que pudo complacer al primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca; yo mirra, por hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será su mejor título. La mirra, amarga como el vivir y como el vivir sana y fortificante; he ahí lo que conviene a quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis que se puede ser grande y noble y fuerte sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis a mí, ¡oh, sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con tentaciones horribles, me he visto mil veces en manos de mis enemigos y el soplo del martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y sabrosa amargura y quizás su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, Baltasar, pero le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, cometiendo a su yugo a la humanidad, sufriendo y regando con sangra una palma. Bien hice en traerle mirra.
MELCHOR (tímidamente, con humildad profunda). – Yo no sé si habré acertado y, sin embargo, por la alegría que me inunda, presumo que el Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le obsequiaste con oro, considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra, teniéndole por hombre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, el etiope de negra tez, le ofrecí unos granos de incienso, pues mi corazón le presentía Dios.
BALTASAR Y GASPAR (atónitos). - ¡Dios!
MELCHOR (con fe y persuasión ardiente). – Sí, Dios. Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas a sus pies y redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la obscura raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le reconocéis así al pronto, porque es un Dios diferente de los Dioses que van a morir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona, y sólo con acercarme a Él noto en mi corazón una frescura inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica. Así que llegue a mi reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos, condonaré los tributos, daré libertad a mis concubinas y me pondré desarmado en medio de la plaza pública a confesar mis yerros y a que mis enemigos, si lo desean, tomen venganza de mí.
BALTASAR.- Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se asemeja a la locura.
GASPAR.- No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me parece afeminada, impropia de un Rey.
MELCHOR.- No sé defenderla con razones. Hago lo que siento.
BALTASAR.- Mi dádiva era preciosa.
GASPAR. – La mía era digna y noble.
MELCHOR.- La mía expresa mi pequeñez y sólo significa adoración.
BALTASAR.- Reuniendo las tres en una, quizás obtendríamos algo que hiciese sonreír al prodigioso Niño.
GASPAR.- No puede ser. ¿Dónde habrá un don que convenga al Rey, al Hombre y al Dios juntamente?
(La luna brilla con claridad más suave, más misteriosamente dulce y soñadora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el horizonte se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta la orla del trabaje. Lleva en las manos un vaso mirrino llego de ungüento de nardo, cuya fragancia se esparce e impregna la ropa de los Magos y sube hasta su cerebro en delicados y penetrantes efluvios. Y los tres Reyes, apeándose y prosternados sobre el polvo del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora Magdalena.)

| ¡AVANTI! Si te postran diez veces, te levantas otras diez, otras cien, otras quinientas: no han de ser tus caídas tan violentas ni tampoco, por ley, han de ser tantas. Con el hambre genial con que las plantas asimilan el humus avarientas, deglutiendo el rencor de las afrentas se formaron los santos y las santas. Obsesión casi asnal, para ser fuerte, nada más necesita la criatura, y en cualquier infeliz se me figura que se mellan los garfios de la suerte... ¡Todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de su muerte! ¡PIU AVANTI! No te des por vencido, ni aun vencido, no te sientas esclavo, ni aun esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo, y arremete feroz, ya mal herido. Ten el tesón del clavo enmohecido que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo; no la cobarde estupidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido. Procede como Dios que nunca llora; o como Lucifer, que nunca reza; o como el robledal, cuya grandeza necesita del agua y no la implora... Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo, tu cabeza! ¡MOLTO PIU AVANTI! Los que vierten sus lágrimas amantes sobre las penas que no son sus penas; los que olvidan el son de sus cadenas para limar las de los otros antes; Los que van por el mundo delirantes repartiendo su amor a manos llenas, caen, bajo el peso de sus obras buenas, sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes! ¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos! ¡nunca sigas impulsos compasivos! ¡ten los garfios del Odio siempre activos los ojos del juez siempre despiertos! ¡Y al echarte en la caja de los muertos, menosprecia los llantos de los vivos! ¡MOLTO PIU AVANTI ANCORA! El mundo miserable es un estrado donde todo es estólido y fingido, donde cada anfitrión guarda escondido su verdadero ser, tras el tocado: No digas tu verdad ni al mas amado, no demuestres temor ni al mas temido, no creas que jamas te hayan querido por mas besos de amor que te hayan dado. Mira como la nieve se deslíe sin que apostrofe al sol su labio yerto, cómo ansia las nubes el desierto sin que a ninguno su ansiedad confíe... ¡Trema como el infierno, pero rie! ¡Vive la vida plena, pero muerto! ¡MOLTISSIMO PIU AVANTI ANCORA! Si en vez de las estúpidas panteras y los férreos estúpidos leones, encerrasen dos flacos mocetones en esa frágil cárcel de las fieras, No habrían de yacer noches enteras en el blando pajar de sus colchones, sin esperanzas ya, sin reacciones lo mismo que dos plácidos horteras; Cual Napoleones pensativos, graves, no como el tigre sanguinario y maula, escrutarían palmo a palmo su aula, buscando las rendijas, no las llaves... ¡Seas el que tú seas, ya lo sabes: a escrutar las rendijas de tu jaula! |

Para empezar el día con buen pie, nada como un buen cepillado de zapatos. Eso es lo primero que hacía Moncho Pompa al levantarse. Los zapatos le miraban desde una esquina con sus enormes bocas oblicuas y abiertas pidiendo comida. Aún en pijama, sacaba su maletín y les daba su ración. Después, él y su periquito se desayunaban con cereales. Entre cucharada y cucharada leía las ofertas de trabajo del periódico. Vivía con su pájaro en un ático de Atocha y le quedaban dos meses para agotar la herencia de su madre. Ella había muerto de un infarto agudo en Navidad; en un par de meses haría tres años de aquello. Si no encontraba pronto un empleo se vería en apuros.
Confiaba en su buen currículum. Había dejado los estudios de secundaria, pero a cambio había podido leer más de mil libros con los que había reunido una estupenda biblioteca con las estanterías hechas por su propia mano. También había construido una trirreme griega con palillos, una orquesta sinfónica de músicos con cáscaras de huevos vacíos y un escenario de papiroflexia. Además de dar lustre a los zapatos como nadie, sabía leer en braille, contar cuentos de los que hacen llorar, poner bonita una casa, borrar de los pies cien caminatas con un masaje, recitar un poema al derecho y al revés, preparar recetas de cocina japonesa y otras labores de indudable utilidad con las que contaba para encontrar un empleo. Y estaba motorizado: tenía un imponente sidecar.
Se presentó temprano en un local de las afueras en el que buscaban a un repartidor de pizzas. Él era el único candidato. El entrevistador, un tipo delgado con mostacho prusiano, lo hizo pasar a un minúsculo despacho dividido en dos por una mesa atestada de papeles y ceniceros rebosantes de colillas. Ocuparon así sendos extremos del despacho. El prusiano le explicaba las exigencias del repartidor de pizzas que querían para el local recién abierto, y mientras tanto, Moncho Pompa asentía y miraba alternativamente a su rostro y al retrato caricaturesco que tenía justo encima de la cabeza el prusiano, y se regocijaba para sus adentros constatando el insólito parecido, cómo había captado el artista la desproporción de sus bigotes que saltaban como un cepillo de cuerdas de cerda, la curvatura muequeante de la boca, la forma apepinada de la cabeza y ese inequívoco aire de tonto de capirote. Se dio cuenta de que el dibujo era el modelo natural y la cabeza parlante era la caricatura.
Llevó su primer pedido a las diez de la mañana. Le picaba la curiosidad por conocer a un individuo que se desayunaba con pizzas, y con estos pensamientos se entretenía conduciendo su sidecar.
Llamó al timbre y esperó. Tardaron varios minutos en abrir. En la puerta apareció una mujer joven en camisón, medio dormida, pestañeando y deslumbrada por la luz. Moncho Pompa puso la mejor de sus sonrisas, aunque no estuvo seguro de haber dado con la adecuada:
―Sus Cuatro estaciones, señorita.
Ella bostezó silenciosamente, lo miró como a través de brumas y retrocedió tambaleándose por el sueño. Moncho esperó un rato más a que volviera con el dinero, pero la mujer no aparecía.
―¿Señorita? ―se adelantó al umbral―. ¿Señorita?
No respondía. Se atrevió a asomarse al vestíbulo con su pizza envuelta en el maletín de plástico y la vio tendida en un sillón de la sala de estar, completamente dormida. Volvió a llamarla con cierto escrúpulo, bajando la voz para no molestarla más que lo imprescindible. No quería parecer un intruso, pero tampoco podía regresar con las manos vacías. Ella ya no le oía. Confuso, Moncho dejó la pizza en una mesa y contempló a la mujer. El pelo castaño le emborronaba la cara, y entre los rizos parecía sonreír un poco en sueños. El cuerpo descansaba laxo y plácido en el sillón. Pompa se fijó en sus pies pequeñísimos y blancos, como de niña. Unos pies que parecían haber sido pensados para un mundo sólo de prados mullidos, o bancos de fina arena. Unos pies de leche. Así, a ojo, le calculaba una talla treinta y cuatro.
―Despierte, señorita ―susurró, inclinándose cerca de su oreja―, le he traído su pizza.
Al final, obedeciendo a un impulso irresistible, le tocó un instante los pies. Ella gimió de placer y mudó la postura, pero siguió dormida. Se los tocó de nuevo, ahora como cosquilleándola. Al fin le arrancó un profundo suspiro. Ella abrió un poco los ojos y le miró. Moncho, comprendiendo su delicada situación, se ruborizó.
―Los pies. Me duelen ―dijo ella.
―Pero... señorita, su pizza se enfría.
―De acuerdo. Sigue acariciándome los pies.
Pompa había oído que ciertas aristócratas chinas se vendaban los pies desde niñas para que no crecieran, como señal de distinción. Pero esa mujer no tenía aspecto oriental, quizá sólo sus pies eran chinos. Él conocía algunos rudimentos del masaje chino, sabía cómo localizar en la planta del pie el órgano de la risa, el del sueño y el del amor. De modo que allí comenzó su trabajo como repartidor de pizzas. Ella ronroneó de placer y suspiró.
―Esto es lo que necesitaba para despertar.
Le pagó la pizza con una generosa propina y le dijo que le trajera otra mañana a la misma hora.
Regresó algo confuso; ¡qué trabajo más extraño aquél! El prusiano le esperaba de mal humor, sus mostachos erizados como púas. El cliente se había quejado de que no le había llegado el pedido. Moncho tardó un poco en comprender su error: la había llevado al piso principal en vez de al primero. Su jefe se calmó un poco al recibir el dinero y la propina.
―Vuelve a equivocarte y estás despedido ―le avisó.
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Durante un mes estuvo llevando dos pizzas a las once de la mañana a la misma dirección. Entregaba una Cuatro estaciones en el primero a un señor cada mañana más gordo y de muy mal aliento, e inmediatamente bajaba al principal, donde le abría la señorita soñolienta con el camisón pegado a la piel que al momento se derrumbaba en un sillón con un gemido lánguido. Moncho conocía bien esta parte del trabajo. Se arrodillaba junto a ella y le hacía un masaje a sus pies tibios y pequeños, y no lo habría hecho con más fervor a una reina siendo su esclavo. Ella iba abriendo poco a poco los ojos, se desperezaba, y al final clavaba en él una mirada dulce y no decía nada, pues al parecer no le gustaba hablar al despertarse. Le pegaba dos veces lo que valía la pizza y así Moncho iba sacando su pequeño beneficio del que no daba cuenta al prusiano. El resto del día pensaba en los pies de su amiga.
Un día hubo de llevar un envío aún más temprano. Una mujer de unos cuarenta años, en bata, le miró con agrado y curiosidad. Le invitó a pasar y se derrumbó en un sillón. Fingía dormir pero Moncho adivinó tras un cojín una sonrisa traviesa. También quería un masaje y conocía las condiciones.
Sus pies eran callosos y duros, habituados al rigor del asfalto y a los estragos de un calzado inconveniente, pero el segundo día ella encontró mucho más agradable que le acariciara el pelo. “Córreme el pelo”, murmuraba. Pompa le encontró pronto el deleite a escarbar dentro de aquella cabellera espesa y olorosa y llena de femeninas esencias. A ésta sí le gustaba hablar por las mañanas. Se llamaba Elvira y había enviudado de un peluquero antes de poder tener hijos. Guardaba aún una copiosa correspondencia de cuando eran novios y él vivía en Valladolid. Con el tiempo se animó a leerle estar cartas mientras él le corría el pelo de un lado para otro, buscando también una secreta geografía interior. También ella le leía sus poemas de amor y le pedía su opinión. A Pompa le parecían muy románticos y sinceros, y le hacían gracia las rimas. Permanecía una hora con ella y luego se iba a ver a su geisha.
Anhelaba ese baño de silencio y la intimidad de los pies.
Cerca de allí hubo otra mujer que requirió sus servicios, aunque de noche. Era una madre soltera. Su niña le pedía cuentos pero ella no sabía relatárselos. Empezó contándoselos a la madre para que luego pudiera contárselos a su hija. Pompa le narró el del barquero que llegó remando a la luna, aunque se equivocó de cara, y el de la piraña vegetariana, el del cocodrilo desdentado y algunos otros más que también se inventaba mientras conducía su sidecar. La madre era una buena mujer. Le hacía un hueco en la cama y se quedaba dormida como una niña. Moncho nunca vio a su hija.
El prusiano estaba satisfecho con él. Era el único empleado al que le hacían pedidos, y a cualquier hora. Siempre alegre en su extravagante sidecar, con sus zapatos relucientes. ¿Cuál sería su secreto?
La madre soltera que no era madre, aunque sí soltera, le pidió una noche que la desnudara. Se sentó en el borde de la cama con los ojos cerrados y la luz apagada. Pompa se arrodilló junto a ella, la descalzó, le desabotonó la blusa, le retiró la falda y las medias, le puso el camisón, la acostó y le contó un cuento. Descubrió que era la directora general de una importante compañía de seguros y trabajaba diez horas al día, y llegaba agotada por la noche; se quitaba la máscara de ejecutiva implacable y sólo deseaba volver a ser una niña. Ella tampoco hablaba mucho, como la mujer de los pies pequeños, de la que era muy amiga. Y odiaba la pizza.
Algunas pizzas las compartía; tal era el caso de Natalia. Esta buena mujer estaba un poco desesperada, y hablaba sin cesar, con prisa por soltarlo todo. Antes de acabar una frase se enredaba con la siguiente, porque su pensamiento iba tan rápido que su lengua no lo alcanzaba. Tenía infinidad de problemas: amigas que la engañaban, bancos que la asediaban con sus deudas, una madre con alzheimer, un hijo que se atiborraba de pastillas en las discotecas y que no dormía en casa los fines de semana, un marido que en el fondo no la comprendía, una cocina que siempre estaba hecha un asco, la nevera vacía, un coche en algún taller, un jefe explotador y desconsiderado, y también le preocupaba la vejez, las arrugas, la menopausia, la vida que pasaba sin que la disfrutase. Moncho la escuchaba largo rato. A veces hablaban de países exóticos. Natalia estaba enamorada de África, y de Asia también, e incluso de Australia. Quería viajar a la India, al Nepal, a Filipinas, cada día escogía una nueva ruta. Moncho se documentaba bien y aportaba itinerarios reales, con escalas en islas de coral y alojamiento en hoteles de ensueño.
No todas eran infelices o solitarias. Conoció a Laura, una artista muy joven y desenfadada, amiga de alguna de las anteriores. Fue la única que le obligó a desnudarse. Posaba para ella junto a su pizza. También posó con su sidecar. Era morena, mediterránea, el pelo azabache le ondeaba en una cola de caballo, andaba con insólita precisión entre pilas de lienzos, botes de óleo y acrílicos desparramados por el suelo. Le interesaba el cuerpo masculino. Y mientras pintaba le hablaba de lo mucho que se estaba complicando la vida. Estaba enamorada de tres o cuatro hombres a la vez, se acostaba con todos ellos y a ninguno le decía la verdad. Hacía muchas exposiciones en salas de ayuntamientos municipales, y siempre exhibía los mismos cuadros, los pocos que le gustaban; cada mes mudaba esa docena de cuadros de una sala a otra e inauguraba la misma exposición en otra sala con sus mismos amigos, recibía de nuevo sus comentarios elogiosos y se emborrachaban juntos. Quería comprarle su sidecar. Estaba obsesionada con el sidecar. De vez en cuando ella le pedía que le contase sus problemas.
―Yo no tengo problemas ―contestaba él.
―¿Cómo que no tienes problemas? Todo el mundo tiene problemas.
―Es posible. Pero yo no sé cuáles son mis problemas.
―Cuanto pides por tu sidecar. ¡Y no me digas que no está en venta!
―No está en venta.
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Con la llegada de la Navidad sus amigas se fueron de vacaciones para reunirse con su familia o visitar a parientes lejanos. Lo que más sintió fue perder de vista los pies de su amiga. Le había comprado unos zapatos a su medida para regalárselos el veinticinco de diciembre, pero ella se había ausentado de Madrid. De la pizzería llegaban cada vez más pedidos de personas que querían una pizza, por asombroso que pareciera. Aún así, Moncho no perdía la esperanza. Detrás de cada puerta esperaba encontrar una mano amiga, y no una que le quitara la pizza y le pagase.
Fue a llevar flores a la tumba de su madre, como cada Navidad. En estas fechas era proclive a la melancolía y a los catarros, así que iba envuelto en lanas y bufandas y con el corazón aletargado. Se acordaba de su buena madre y se preguntaba qué le parecería su nuevo trabajo. Procuraba seguir sus consejos, los que aún recordaba, como no comer nunca con las manos, ni siquiera tratándose de pollo. Patrullaba con su sidecar por un Madrid engalanado de luces, siempre con su mercancía en el maletín negro. Se fijaba en las familias, en la actividad frenética de las calles. Todo el mundo entraba y salía de las tiendas. Los escaparates atraían su atención, decorados con polvo de nieve y estrellas de plata. Le gustaban los maniquíes. Se compró un sombreo para resguardar sus orejas del viento, pero lo perdió por la M-30. A veces alzaba la vista y contemplaba las ventanas de las casas y su luz hogareña, y se preguntaba si allí vivirían mujeres solas y necesitadas de compañía.
Su Telepizza había preparado una pizza “Especial Navidad”, con caviar. Para este encargo tenía que ponerse una barba de Papá Noel y un abrigo rojo muy incómodo que a juzgar por la talla habría pertenecido al prusiano. Cada día visitaba una veintena de pisos, y podía atisbar por un hueco de la puerta el ambiente de dentro. Le recibían tipos cubiertos de confeti, o con una copa de champán en la mano, a veces le ofrecían un trago, pero nunca le dejaban pasar. En una de ésas se enganchó la barba de algodón en el ascensor y la dejó hecha una pena. Estaba desconsolado.
Decidió tomarse él también unas vacaciones. Le compró una jaula nueva a su periquito, más grande y con una compañera de color amarillo limón. Una tarde sonó el teléfono y se abalanzó a descolgarlo. Era la pintora hippie. Le pedía prestado su sidecar para una fiesta de disfraces. Moncho se negó. ¿Es que nadie se acordaba de él?
Llegó nochevieja con un viento frío que decían que venía de la misma Siberia. ¿Cómo podía llegar un viento desde tan lejos? Aun así, la gente salía a la calle a conjurar el invierno con festejos. Él se quedó en su casa leyendo. Desde su cuarto podían oírse los ruidos del rellano de la escalera. Había una discusión por una pizza que había llegado demasiado fría. Se levantó y echó el ojo a la mirilla. La repartidora era una chica joven. Debía de ser su primer empleo: aquella pizza no merecía un solo ruego. El otro no la aceptó y le cerró la puerta. Era un vecino desconsiderado. La chica se quedó allí, temblando de frío con su pizza, sin saber qué hacer. Llamo entonces a su puerta. Pompa se tomó unos segundos antes de abrir.
―He traído su pizza Cinco quesos ―dijo.
Le encantó su voz. Era como un regalo en ese día. Quiso oírla otra vez:
―Perdón, ¿cómo dice?
―¿Pidió usted una pizza Cinco quesos?
Definitivamente, aquella era la voz que necesitaba.
―Por supuesto ―la alegría le iluminó tanto el rostro que se la contagió a ella―. Pasa adentro, que te vas a helar ahí.
Ella agradeció su hospitalidad y entró frotándose las manos. Claro, claro que aceptaría un café cerca de la estufa: la tarde estaba tan desapacible...

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

| Confio molt que sempre hi haurà algun desconegut que en llegir els meus poemes se sentirà commòs, talment com jo m’hi sento quan els escric. Hi confio profundament, i puc imaginar els clars estímuls de la descoberta, la molt fecunda i estimable enveja que establirà lligams irreversibles, per tal com jo mateix n’he estat i en sóc protagonista atent moltes vegades. L’estimo ja des d’ara aquest lector desconegut i amic. Sovint hi penso i no tan sols en el moment d’escriure. Entre ell i jo hi ha aquell profund amor que per distant i net i essencial no provoca ni dol ni patiment. Ell ―ho sé bé― no faltarà a la cita just al moment establert. Jo, des d’ara, li’n dono ja sincerament les gràcies. |

| Min handia da neurriz kampo sentitzea, Gaitz larria, ordea, sentitzea ezer ez. Beldurrez edo lotsaz atzean geratzen denak Galtzen du adoretik flata zaiona. Aitzitik, bulartsu arriskatzen denak Irabaz dezake soberan izango duena. Mugaz harantzago edo honantzago, Erdiko bidetik inoiz ez. Oso barkatzen baitzaio oso maitatu duenari. Denbora iragiatean, eta oroitzean, Gozoago da izan ez denaren nostalgia; Zorrotzagoa izan ez denarena: hilkorragoa. Horrek, hala ere, eredutzat baliorik ez, Gizonak ez baititu biltzen Hiru denborak denbora bakarrean. Iraganean zabal jotaku duenak Ukituto du zentzumenekin geroa. | Es gran dolor sentir demasiado, Peor mal es, sin embargo, no sentir nada Quien por temor o vergüenza queda atrás Pierde en valor lo que le falta. Por el contrario, quien ardiente se arriesga Ganará lo que luego tendrá de sobra. Más allá o más acá del límite, Nunca jamás por el camino del medio. Mucho se perdona a quien mucho ha amado. Al transcurrir el tiempo y al recordar Es más tierna la nostalgia de lo que fue; Más cruel y perecedera la que de lo que no sucedió, Sin embargo, nada de esto nos sirve de ejemplo Porque el ser humano no reúne Los tres tiempos en un tiempo único. Quien fue generoso en el pasado Acariciará con sus sentidos el futuro. |

Éranse tres hermanos que trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran vigilar a los bandidos turcos. Habían emprendido la tarea ellos mismos, sea porque la mano de obra fuese cara, sea porque, como buenos campesinos, no se fiaban más que de sus propios brazos, y sus mujeres se turnaban para llevarles la comida. Pero cada vez que conseguían llevar a buen término su trabajo para colocar un ramo de hierbas en el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña derribaban su torre lo mismo que Dios derribó la de Babel. Puede haber múltiples razones para que una torre no se mantenga en pie, y puede culparse de ello a la torpeza de los obreros, a la mala voluntad del terreno o a la insuficiencia del cemento que traba las piedras. Pero los campesinos servios, albaneses o búlgaros, no reconocen más que una causa de semejante desastre: saben que un edificio se hunde por no haber tenido cuidado de encerrar en sus cimientos a un hombre o a una mujer, cuyo esqueleto sostendrá, hasta que llegue el día del Juicio Final, la carne pesada de las piedras. En Arta, en Grecia, enseñan un puente en donde fue emparedada de este modo una muchacha: parte de su cabellera se escapa por una grieta y cuelga sobre el agua como una planta rubia. Los tres hermanos empezaban a mirarse con desconfianza y ponían gran cuidado en no proyectar su sombra sobre el muro inacabado, ya que es posible, a falta de algo mejor, encerrar dentro de un edificio en construcción a esa negra prolongación del hombre, que tal vez sea su alma, y aquel cuya sombra es apresada de esta manera muere como un desventurado que padece penas de amores.
Por la noche, cada uno de los tres hermanos trataba de sentarse lo más lejos posible del fuego, por miedo a que alguien se le acercara cautelosamente por detrás, le arrojara un saco sobre su sombra y se la llevara, medio estrangulada, como una paloma negra. Empezaba a flojear su entusiasmo por el trabajo, y la angustia, ya que no la fatiga, bañaba de sudor sus frentes morenas. Por fin, un día, el mayor de los hermanos reunió a su alrededor a los más pequeños y les dijo:
- Hermanitos, hermanos en la sangre, la leche y el bautismo, si nuestra torre se queda sin terminar, los turcos volverán a penetrar por las márgenes del lago, escondidos tras los juncos. Violarán a las hijas de nuestros granjeros, quemarán en nuestros campos la promesa del pan futuro, crucificarán a nuestros campesinos en los espantapájaros que hay en nuestros huertos y que se transformarán de este modo en pasto para los cuervos. Hermanitos, nos necesitamos unos a otros y nunca el trébol sacrificó una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa, cuyos hombros y cuya hermosa nuca están acostumbrados a soportar el peso de la carga. No decidamos nada, hermanos míos: dejemos que elija el Azar, ese testaferro de Dios. Mañana, cuando llegue el alba, cogeremos, para emparedarla en los cimientos de la torre, a aquella de nuestras mujeres que venga a traernos la comida. No os pido más que el silencio de una noche, hermanos míos, y asimismo que no abracéis hoy con demasiadas lágrimas y suspiros a la que, al fin y al cabo, tiene dos probabilidades sobre tres de seguir respirando cuando se ponga el sol.
Le era fácil hablar así, pues aborrecía a su mujer y quería deshacerse de ella para sustituirla por una hermosa muchacha griega de pelo rojizo. El hermano segundo no hizo ninguna objeción, ya que contaba prevenir a su mujer en cuanto regresara, y el único que protestó fue el pequeño, pues tenía por costumbre cumplir sus promesas. Enternecido por la magnanimidad de sus hermanos mayores, dispuestos a renunciar a lo que más querían en favor de la obra, acabó por dejarse convencer y prometió callar toda la noche.
Regresaron al campamento a la hora del crepúsculo, cuando el fantasma de la luz moribunda ronda aún por los campos. El hermano segundo entró en su tienda de muy mal humor y ordenó con rudeza a su mujer que le ayudara a quitarse las botas. Cuando la vio agachada delante de él, le arrojó las botas a la cara y dijo:
- Hace ocho días que llevo puesta la misma camisa, y llegará el domingo sin que pueda ponerme ropa blanca. ¡Maldita gandula! Mañana, en cuanto apunte el día, marcharás al lago con tu cesto de ropa y te quedarás allí hasta la noche, entre tu cepillo y tu pala. Si te alejas del lago un solo paso, morirás.
Y la joven prometió temblando que dedicaría todo el día siguiente a la colada.
El mayor volvió a casa muy decidido a no decirle nada a su mujer, cuyos besos le cansaban y cuya rolliza belleza había dejado de agradarle. Pero tenía una debilidad: hablaba en sueños. La opulenta matrona albanesa no durmió bien aquella noche, pues se preguntaba en qué podía haber desagradado a su señor. De repente oyó a su marido gruñir, mientras tiraba de la manta hacia él:
- Corazón, corazón mío... pronto serás viudo... ¡Qué tranquilos vamos a estar, separados de esa morenota por los buenos y fuertes ladrillos de la torre!...
Pero el más pequeño entró en su tienda pálido y resignado, como un hombre que acabara de tropezar con la Muerte en persona, con su guadaña al hombro, camino de la siega. Besó a su hijo en su cuna de mimbre y cogió tiernamente en brazos a su mujer; durante toda la noche le oyó ella llorar contra su corazón. Pero la joven era discreta y no le preguntó la causa de aquella pena tan grande, pues no quería obligarle a que le hiciese confidencias y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para tratar de consolarlo.
Al día siguiente, los tres hermanos cogieron sus picos y sus martillos y salieron en dirección a la torre. La mujer del hermano segundo preparó su cesto de ropa y fue a arrodillarse delante de la mujer del hermano mayor.
- Hermana –le dijo-, querida hermana, hoy me toca a mí ir a llevarles la comida a los hombres, pero mi marido me ha ordenado, bajo pena de muerte, que le lave sus camisas blancas, y mi cesto está lleno.
- Hermana, querida hermana –dijo la mujer del hermano mayor-, con mucho gusto iría yo a llevarles la comida a nuestros hombres, pero un demonio se me metió anoche en una muela... ¡Uy, uy, uy..., esto que no sirvo para nada..., todo lo más para gritar de dolor!
Y dio una palmada, sin más preámbulos, para llamar a la mujer del hermano pequeño.
- Mujer de nuestro hermano pequeño –dijo-, querida mujercita del menor de los nuestros, vete tú hoy en nuestro lugar a llevar la comida a los hombres, pues el camino es largo, nuestros pies están cansados, y somos menos jóvenes y menos ligeras que tú. Ve, querida muchacha, que vamos a llenarte la cesta con un montón de cosas suculentas, para que nuestros hombres te acojan con una sonrisa, a ti que serás la mensajera que vas a aplacar su hambre.
Y le llenaron la cesta con peces del lago confitados en miel y pasas de Corinto, con arroz envuelto en hojas de parra, con queso de cabra y con pastelillos de almendras saladas. La joven puso tiernamente a su hijo en brazos de sus cuñadas y se fue sola por el camino, con su fardo a la cabeza, y su destino alrededor del cuello como una medalla bendita, invisible para todos, en la que Dios mismo había escrito a qué clase de muerte se hallaba destinada y cuál era el lugar que ocuparía en el cielo.
Cuando los tres hombres la vieron llegar desde lejos, figurilla pequeña que aún no se distinguía, corrieron hacia ella; los dos primeros, inquietos por saber si había tenido éxito su estratagema. El mayor se tragó una blasfemia al descubrir que no era su morenaza, y el segundo dio gracias al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el pequeño se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la muchacha, y le pidió perdón gimiendo. Después, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó que tuvieran piedad. Finalmente, se levantó y el acero de su cuchillo brilló al sol. Un martillazo en la nuca lo arrojó, aún palpitante, a orillas del camino. La joven, horrorizada, había dejado caer su cesta y las vituallas dispersas fueron el deleite de los perros del rebaño. Cuando comprendió de qué se trataba, tendió las manos al cielo:
- Hermanos a los que yo jamás falté, hermanos por el anillo de boda y la bendición del sacerdote, no me matéis; avisad a mi padre, que es jefe de clan en la montaña, y él os proporcionará mil sirvientas, a quien podréis sacrificar. No me matéis, ¡amo tanto la vida!... No pongáis, entre mi bienamado y yo, una pared de piedras.
Pero se calló de repente, pues advirtió que su marido, tendido a la orilla del camino, ya no movía los párpados, y que sus cabellos negros estaban manchados de sesos y de sangre. Entonces, sin gritos ni lágrimas, se dejó arrastrar por los dos hermanos hasta el nicho que habían horadado en la muralla redonda de la torre: puesto que iba a morir, para qué llorar. Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo ante sus pies calzados con sandalias rojas, recordó a su hijo, que acostumbraba a mordisquear sus zapatos como un perrillo juguetón. Unas cálidas lágrimas resbalaron por sus mejillas y fueron a mezclarse con el cemento que la llana alisaba sobre la piedra.
- ¡Ay, piececitos míos! –dijo-. Ya no me llevaréis como solíais hasta la cumbre de la colina, para que mi bienamado viera antes mi cuerpo. Ya no sabréis del frescor del agua que corre: tan sólo os lavarán los Ángeles, en la mañana de la Resurrección...
La construcción de ladrillos y de piedras se alzaba ya hasta sus rodillas, tapadas con una falda dorada. Muy erguida en el fondo de su nicho, parecía una Virgen María de pie tras de su altar.
- Adiós, mis queridas rodillas –dijo la joven-. Ya no podréis mecer a mi hijo, ni sentada bajo el hermoso árbol del huerto, que da al mismo tiempo alimento y sombra, podré yo llenaros de rica fruta...
El muro se elevó un poco más y la joven prosiguió:
- Adiós, mis manos queridas, que colgáis a ambos lados de mi cuerpo, manos que ya no podréis hacer la comida, ni hilar la lana, manos que ya no abrazarán a mi bienamado. Adiós, mis caderas y mi vientre, que ya no conocerá lo que es dar a luz ni amar. Hijos que yo hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de darle a mi hijo, me acompañaréis dentro de esta prisión, que será mi tumba, y donde tendré que permanecer de pie, sin dormir, hasta el día del Juicio Final.
El muro le llegaba ya al pecho. En aquel momento, un estremecimiento recorrió la parte superior del cuerpo de la joven, y sus ojos suplicaron con una mirada semejante al ademán de dos manos tendidas.
- Cuñados –dijo-, por consideración no a mí, sino a vuestro hermano muerto, pensad en mi hijo y no lo dejéis morir de hambre. No emparedéis mis pechos, hermanos, que mis dos senos permanezcan libres bajo mi camisa bordada, y que me traigan todos los días a mi hijo, por la mañana, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden unas gotas de vida, bajarán hasta la punta de mis senos para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día en que ya no me quede leche, beberá mi alma. Consentid esto, malvados hermanos, y si lo hacéis así, ni mi marido ni yo os pediremos cuentas cuando nos encontremos en la casa de Dios.
Los hermanos, intimidados, consintieron en satisfacer aquel último deseo y dejaron un intervalo de dos ladrillos a la altura de los pechos. Entonces, la joven murmuró:
- Hermanos queridos, poned vuestros ladrillos delante de mi boca, pues los besos de los muertos dan miedo a los vivos, mas dejad una ranura delante de mis ojos, para que yo pueda ver si mi leche le aprovecha a mi niño.
Hicieron como ella les pedía y dejaron abierta una ranura horizontal a la altura de los ojos. Al llegar el crepúsculo, a la hora en que su madre tenía por costumbre darle de mamar, trajeron al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos pequeños, medio comidos por las cabras, y la emparedada saludó la llegada del niño con gritos de alegría y bendiciones a los dos hermanos. Unos chorros de leche empezaron a brotar de sus dos senos, duros y tibios, y cuando el nicho, hecho de la misma sustancia que su corazón, se durmió contra sus pechos, empezó a cantar con voz amortiguada por el muro de ladrillos. En cuanto le quitaron al niño del pecho, ordenó que lo llevaran al campamento para dormir, pero durante toda la noche se oyó la tierna melopea bajo las estrellas, y aquella canción de cuna, a pesar de la distancia, bastaba para impedir que el niño llorase. Al día siguiente, ella ya no cantaba y su voz era muy débil cuando preguntó cómo había pasado Vania la noche. Al día siguiente, calló, pero aún respiraba, pues sus pechos, todavía habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente dentro de su jaula. Unos días más tarde, su soplo de vida fue a juntarse con su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño, dormido en el hueco que formaban, oía aún latir su corazón. Luego, aquel corazón tan acorde con la vida fue espaciando sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la ranura ya no se vio nada más que dos pupilas vidriosas, que ya no miraban al cielo. Aquellas pupilas acabaron por licuarse y dejaron lugar a dos órbitas huecas, en cuyo fondo veíase la Muerte, pero el pecho joven permanecía intacto y durante dos años más, al llegar la aurora, al mediodía y al crepúsculo, continuaba manando el surtidor milagroso, hasta que el niño dejó de mamar por su propia voluntad.
Tan sólo entonces los pechos agotados se redujeron a polvo y en el borde de ladrillo ya no quedaron más que unas pocas cenizas blancas. Durante varios siglos, las madres enternecidas acudieron a la torre, para seguir con el dedo, a lo largo del ladrillo rojizo, los surcos trazados por la leche maravillosa, y luego la misma torre desapareció, y el peso de la bóveda dejó de aplastar el ligero esqueleto de mujer. Por último, hasta los mismos frágiles huesos acabaron por dispersarse y ahora ya no queda nada en pie.

Mañanitas floridas
del frío invierno
recordad a mi niño
que duerme al hielo.
LOPE DE VEGA
Vistió la noche, copo a copo,
pluma a pluma,
lo que fue llama y oro,
cota de malla del guerrero otoño
y ahora es reino de la blancura.
¿Qué hago yo, profanando, pisando
tan fragilísimo plumaje?
Y arranco con mis manos
un puñado, un pichón de nieve,
y con amor, y con delicadeza y con ternura
lo acaricio, lo acuno, lo protejo.
Para que no llore de frío.

| El bastón, las monedas, el llavero, la dócil cerradura, las tardías notas que no leerán los pocos días que me quedan, los naipes y el tablero, un libro y en sus páginas la ajada violeta, monumento de una tarde sin duda inolvidable y ya olvidada, el rojo espejo occidental en que arde una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas, láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, nos sirven como tácitos esclavos, ciegas y extrañamente sigilosas! Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido. |

El último ser humano vivo lanzó la última paletada de tierra sobre el último muerto. En ese instante mismo supo que era inmortal, porque la muerte sólo existe en la mirada del otro.

| Cuando la luna es de melón una tajada en la ventana y en redor es la calina cerrada la puerta y la casa encantada por las azules ramas de glicinas y en la fuente de arcilla hay agua fría y la nieve del paño y arde una bujía de cera tal que en la niñez, mariposas zumban la calma, que no oye mi palabra, retumba entonces de lo negro de rincones rembrandtianos algo se ovilla de pronto y se esconde allí a mano, pero no me estremezco, ni me asusto siquiera... la soledad en sus redes me hizo prisionera el gato negro el alma me mira, como ojos centenarios y en el espejo mi doble es tal vez mi contrario. Voy a dormir dulcemente, buenas noches, noche. |

Lo cierto es que no sé por qué me dio por pegarles fuego. A la culebra, a las hormigas, tampoco al alacrán. Me dio el punto, pero yo no soy así. Aunque quemara a los bichos. Me puse nervioso, se retorcían y me puse nervioso. Joder, estaban matándose. Y el brazo me dolía una burrada. Y para colmo el imbécil de Antón no paraba con aquello de “te has pasado, Javi”, y lagrimeaba, eso es lo que hacía, lagrimeaba, “eres un bestia”, decía, “pobres bichos”, y no paraba de lagrimear. Hay que ser imbécil, por eso se le llena la piscina de bichos, por imbécil y por llorón.
Estábamos en su casa. Sí, yo estaba en casa de ese imbécil, en su jardín, me dejaba probar la bicicleta nueva que le han regalado. No está mal, pero a mí me dolía horrores lo que mi padre me había hecho en el brazo. Casi no podía llevarla. Y andaban por allí las gemelas, arrastrándose por el suelo de grava. Por todas partes, como si hubiera muchas. Las dos igual de enanas e igual de negras. Eso negras, eso es lo que parecen. Arrastrándose por todas partes. Había que andarse con ojo para no pasarles por encima.
Nos llamó su padre.
―Mirad, chicos, hay una culebra en la piscina ―eso dijo.
Fuimos. Era una culebra de más de un palma y nadaba retorciéndose. El agua estaba muy azul y el bicho se retorcía dentro. Recuerdo que lo primero que pensé es si sería venenosa. El padre de Antón quería pescarla con la red de sacar las hojas del agua. Es un tipo ágil el padre de Antón, muy delgado, uno de esos tipos que no paran en todo el fin de semana, de los que siegan el césped y hacen paellas en una hoguera. Me cae bien, siempre me ha caído bien, pero me puso nervioso que cogiera aquella cosa. Echó la mano dentro de la red y cogió la culebra por la cabeza. El bicho se retorcía y luego le enroscó la cola hasta la muñeca.
―Mirad ―decía―, no es venenosa, sólo es una culebra.
Y abrazaba a Antón con el brazo libre. Era para vomitar. La culebra enroscada en aquel tipo y él enroscado en Antón.
―Vamos a matarla ―dije.
No sé por qué lo dije. Simplemente se me ocurrió.
―A ti sí que habría que matarte ―escuché detrás de mí. Y una mano me revolvió el pelo.
Allí estaba Lalita, detrás de mí. Lalita es su madre, la madre de Antón y yo sé que me odia, aunque supongo que aquello lo había dicho en broma. Sonreía como siempre, una sonrisa falsa, y fue a enroscarse también con Antón. Hacían una bonita foto, los tres abrazados sonriéndole a la culebra. Como si no les diera ningún asco. Para vomitar.
Lalita la cogió y dejó que se le enroscara en la mano. Tiene las manos finas, los dedos largos como aguijones.
―Mira ―me dijo―, puedes tocarla. ¿Ves como no hace nada?
No quería tocarla. De ninguna manera quería tocarla, pero ellos estaban abrazados, y me miraban, y sonreían, y acabé por alargar el brazo. Le rocé la cabeza al bicho. Entonces ella me vio la herida.
―¿Qué te ha pasado? ―preguntó.
―Nada.
Y tiré de la manga del niki.
―Ha sido él, ¿verdad?
Él es mi padre. Creo que no he oído su nombre desde que se largó mamá. No contesté.
―Anda ven que te cure.
Y no paró hasta que me lavó la herida y me la untó con alcohol. Me dolió, me dolió una burrada. Pero no le conté lo que había pasado.
―Lo que podéis hacer es meterla en un bote y soltarla en el río ―dijo el padre de Antón cuando salimos.
Todavía tenía la culebra en la mano. Enroscada, Retorciéndose. Daba asco. Cualquiera sabe por qué se casó con la tía venenosa esa. Venenosa, eso es lo que es.
―Pero antes te tomas un vaso de leche, ¿vale cariño? ―dijo Lalita. Se lo dijo al imbécil. Y le besuqueaba. A mí también quería darme. Me puso un vaso―. Y me tenéis que prometer que vais a tener cuidado.
Antón se bebió la leche y Lalita terminó por darnos un bote de mermelada vacío y se fue a dar de comer a las gemelas. Las dos enanas se habían puesto a llorar al tiempo, berreaban como diez, estaban frenéticas. Chillaban y les caían mocos de la nariz.
En vez de al río fuimos a mi casa. Antón no quería venir, pero yo llevaba el bote de la culebra en la cesta de mi bicicleta. El muy imbécil tuvo que sudar para seguirme. Y eso que el brazo me dolía. Luego no quería entrar. No lo dice, pero sé que tiene miedo de papá. Todos lo tienen. Yo sólo pensaba en encontrar un hormiguero y entrar allí dentro la bicha. Para que se la comieran. Sí, eso quería, que se la comieran las hormigas. Pero no se lo dije a Antón y acabó por seguirme. Nos pusimos a levantar piedras en la parte del jardín más alejada de la casa. Levantábamos piedras y debajo siempre olía a humedad y había bichos. Bichos de bola, lombrices, de todo menos hormigas. Al levantar una grande salió el alacrán. Eso dijo Antón que era. Saltó hacia atrás gritando que son venenosos, que sacan un aguijón largo y te pican. Se me ocurrió que sería estupendo meterlo con la culebra y ver qué pasaba. Me extrañó que Antón estuviera de acuerdo.
Lo cogí con dos palos y lo metí en el bote. Durante un rato vimos cómo luchaban allí dentro, la culebra se había abrazado al alacrán que trataba de morderla. Se retorcían. Era asqueroso.
Luego seguimos levantando piedras hasta que encontramos el hormiguero. Las hicimos salir metiendo palos. Eran hormigas negras, pequeñas, todas iguales. De las que más muerden. Había millones arrastrándose por el suelo. Estaban frenéticas cuando abrí la tapa del bote y les eché los otros bichos. La culebra y el alacrán, enroscados, mordiéndose mientras las hormigas se los comían. Era asqueroso, asqueroso de verdad. Estaban matándose, se retorcían. Me dieron unas ganas horribles de vomitar. Sentía pinchazos en la herida.
―Páralo, Javi, páralo de una vez ―decía Antón entre gemidos.
Pero yo sólo quería largarme. Y sobre todo quería vomitar. Y que el condenado brazo dejara de dolerme.
―No se te ocurra tocarlos o te mato ―le dije a Antón.
Y salí corriendo hasta la casa. Mi padre estaba tirado en el sofá, retorcido, roncaba. Había dejado la navaja encima de la mesa. Toda la habitación apestaba a sudor y a ginebra.
Me metí corriendo en el baño. Se me habían quitado las ganas de vomitar, pero el brazo me dolía, me dolía cada vez más. Entonces pensé en el alcohol. Había un bote de plástico casi lleno en el armario. Alcohol etílico, ponía en letras rojas. Lo cogí, también las cerillas de la cocina y volví al hormiguero. Antón seguía embobado, mirando cómo se mataban los bichos. Lloriqueaba.
Lo quité de en medio y rocié a los bichos con el alcohol. Les pegué fuego, eso es lo que hice. Los abrasé a todos. A la culebra, a las hormigas y al alacrán. Seguían mordiéndose mientras ardían. Retorciéndose todos.
Antón lloriqueaba a mi lado. “Te has pasado, Javi”, decía, “pobres bichos, pobres bichos”, y no paraba de lagrimear el imbécil, y se le caían los mocos, y tenía toda la pinta de estar a punto de vomitar. Me dieron verdaderas ganas de meterle la cabeza allí, en el fuego, con los bichos.

| Se reencuentran ellos, que en mi frente no faltó tu presencia ni un momento, ni te ausentaste de mi pensamiento el tiempo de un suspiro solamente. Cegada y sordomuda, el alma hirviente se entronizó sobre su sentimiento y olió la noche, por si acaso el viento le acercaba tu aroma incandescente. Sólo ellos se reencuentran, no nosotros, que nunca nos habíamos perdido, un dulce yugo sobre los dos cuellos. Piafan, relinchan, triscan como potros, se mecen entre el gozo y el gemido. Son tu cuerpo y mi cuerpo, sólo ellos. |

Tienes noventa años. Estás vieja, dolorida. Me dices que fuiste la muchacha más hermosa de tu tiempo ― y yo lo creo. No sabes leer. Tienes las manos gruesas y deformadas, los pies como acortezados. Cargaste en la cabeza toneladas de leña y de haces, albuferas de agua. Viste nacer el sol todos los días. Con el pan que has amasado podría hacerse un banquete universal. Criaste personas y ganado, metiste a los lechones en tu cama cuando el frío amenazaba con helarlos. Me contaste historias de apariciones y hombres-lobo, viejas cuestiones de familia, un crimen de muerte. Viga maestra de tu casa, fuego de tu hogar ― siete veces quedaste grávida, siete veces pariste.
No sabes nada del mundo. No entiendes de política, ni de economía, ni de literatura, ni de filosofía, ni de religión. Heredaste unos cientos de palabras prácticas, un vocabulario elemental. Con eso viviste y vas viviendo. Eres sensible a las catástrofes y también a los casos de la calle, a las bodas de las princesas y al robo de los conejos de la vecina. Tienes grandes odios por motivos de los que ya ni el recuerdo te queda, y grandes dedicaciones que se asientan en nada. Vives. Para ti, la palabra Vietnam es sólo un sonido bárbaro que nada tiene que ver con tu círculo vital de legua y media de radio. De hambres, sabes algo: viste ya una bandera negra izada en la torre de la iglesia. (¿Me lo contaste tú, o habré soñado que lo contabas?) Llevas contigo tu pequeño capullo de intereses. Y, sin embargo, tienes ojos claros y eres alegre. Tu risa es como un cohete de colores. Nunca he visto reír a nadie como a ti.
Te tengo delante, y no te entiendo. Soy de tu carne y de tu sangre, pero no te entiendo. Viniste a este mundo y no te has preocupado por saber qué es el mundo. Llegas al final de tu vida, y el mundo es aún para ti lo que era cuando naciste: una interrogación, un misterio inaccesible, algo que no forma parte de tu herencia: quinientas palabras, huerto al que en cinco minutos se da la vuelta, una casa de tejas y el suelo de tierra apisonada. Aprieto tu mano callosa, paso mi mano por tu rostro arrugado y por tu cabello blanco que resistió el peso de las cargas ― y sigo sin entender. Fuiste hermosa, dices, y veo muy bien que eres inteligente. ¿Por qué te han robado, pues, el mundo? ¿Quién te lo robó? Pero quizá de esto entienda yo, y te diría cómo, y por qué, y cuándo, si supiera elegir entre mis innumerables palabras las que tú podrías comprender. Ya no vale la pena. El mundo continuará sin ti ― y sin mí también. No nos habremos dicho el uno al otro lo que más importa.
¿Realmente no nos lo habremos dicho? No te habré dado yo, porque mis palabras no eran las tuyas, el mundo que te era debido. Me quedo con esa culpa de la que me acusas ― y eso es aún peor. Pero, por qué, abuela, por qué te sientas al umbral de tu puerta, abierta hacia la noche estrellada e inmensa, hacia el cielo del que nada sabes y por el que nunca viajarás, hacia el silencio de los campos y de los árboles en sombra, y dices, con la tranquila serenidad de tus noventa años y el fuego de tu adolescencia nunca perdida: «¡El mundo es tan bonito, y me da tanta tristeza morir!».
Eso es lo que yo no entiendo ― pero la culpa no es tuya.

| Maigre immortalité noire et dorée, Consolatrice affreusement laurée, Qui de la mort fait un sein maternel, Le beau mensonge et la pieuse ruse! Qui ne conaît, et qui ne les refuse, Ce crâne vide et ce rire éternel! | Magra inmortalidad negra y dorada, consoladora horriblemente laureada, que de la muerte hace un seno materno, ¡Bella mentira y piadosa excusa! ¡Quién no conoce y quién no los rehúsa, este cráneo vacío y este reír eterno! |

Después de haberse convencido de que Ettore estaba bien muerto (¡qué demonios! Hacía seis meses que no se lo veía), Livia se dejó convencer para que aceptara a otro esposo. Lo acogió con sinceridad y convencida de quererlo. Era un hombre apuesto, alto, derecho, fuerte, con dientes bellísimos y un bigote en modo alguno fin de siècle; last but not least, era rico. Antes de la entrevista, Olga le soltó un sermón. Dudaba ella misma del nuevo amor de su hija y quería explicarle por su bien que lo que en la relación no fuera dictado por el corazón debía ir sugerido por el interés. «Compórtate bien y piensa que para nosotros tal vez sea una suerte que Ettore haya muerto. Éste de aquí tiene...», e hizo con la boca una mueca que significaba «dinero». Livia no protestó: era demasiado evidente y pretender protestar habría sido una falta de sensatez. Emitió un suspiro, al pensar en el ausente, que había muerto, y recordó que la única recomendación que éste le había dejado era la de ser feliz y... se resignó. Dijo al recién llegado que lo quería desde hacía mucho; lo había conocido cuando Ettore estaba aún vivo y, si no lo había querido en seguida, había sido culpa del destino, que la había hecho prometerse antes. El otro escuchaba, muy convencido de su buena suerte, y, mientras se alisaba su hermoso bigote negro, dijo con calma y una sonrisa que no significaba sorpresa precisamente: «¡Ya lo sé, ya lo sé! Ya lo había notado». Livia se quedó asombrada. De modo que ella no lo entendía y, de haber estado en su lugar, lo habría dudado en verdad. ¡Qué fácil resultaba engañarlo! Ettore perseguía la duda por doquier y el nuevo novio quedaba convencido al instante de cualquier declaración. Olga salió a fin de dejar tiempo a los dos para conocerse mejor. Él la tomó al instante entre sus brazos y le dio un beso en la boca de conquistador; a ella le parecía algo un poco duro, pero recordó las recomendaciones de su madre y respondió al abrazo con un gesto de alegría que cesó en seguida al oírse un ruido en la puerta (el alma de Ettore que buligava [se agitaba]). Entonces, ¡estaban de acuerdo! Sólo después comenzó él una larga parrafada, preparada, evidentemente, desde hacía bastante tiempo, en la que le explicó por extenso cuál era su ideal de mujer. En algún momento dijo también palabras ya dichas por Ettore. También él se casaba con una mujer a fin de tenerla enteramente para él, con la única diferencia de que Ettore no había dicho que la mujer del César no debía dar motivo siquiera para comentarios: la mujer de Ettore no era la del César. «¡El pasado te pertenece!», añadió. «Pero», y se rizó el bigote con gesto imperativo, «quiero conocerlo». Ella se lo contó con cierta vacilación. Le habló de K. y él no dijo ni pío. Le habló de M. y él se rió de ella. Por último, quiso hablar de Ettore, pero él la interrumpió: «El recuerdo de ése no me da miedo», dijo con una superioridad sosegada que hizo crujir la puerta dolorosamente. «Ya me ha dicho tu madre que lo aceptaste por compasión». Ella lo miró estupefacta, pero, como resultaba bastante cómodo, no protestó. Ettore estaba bien muerto y, sin embargo, moría una segunda vez.

| |Adam Lindsay Gordon| La vida és majorment escuma i lleugeresa, dues coses s’hi alcen com fars de pedra. La bondat en la dissort dels altres, i en la teva dissort, la fermesa. |Kingsley Amis| La vida és sobretot pena i compunció. Dues coses t’ajuden a passar el més dur. Riure quan el teu veí se la fot, queixar-te quan te la fots tu. |

El pastor Miguel Brun me contó que hace algunos años estuvo con los indios del Chaco paraguayo. Él formaba parte de una misión evangelizadora. Los misioneros visitaron a un cacique que tenía prestigio de muy sabio. El cacique, un gordo quieto y callado, escuchó sin pestañear la propaganda religiosa que le leyeron en lengua de los indios. Cuando la lectura terminó, los misioneros se quedaron esperando.
El cacique se tomó su tiempo. Después, opinó:
-Eso rasca. Y rasca mucho, y rasca muy bien.
Y sentenció:
-Pero rasca donde no pica.

| Dóna’m la mà que anirem per la riba ben a la vora del mar bategant, tindrem la mida de totes les coses només en dir-nos que ens seguim amant. Les barques llunyes i les de la sorra prendran un aire fidel i discret, no ens miraran; miraran noves rutes amb l’esguard lent del copsador distret Dóna’m la mà i arrecera la galta sobre el meu pit, i no temis ningú. I les palmeres ens donaran ombra. I les gavines sota el sol que lluu ens portaran la salabror que amara, a l’amor, tota cosa prop del mar: i jo, aleshores, besaré ta galta; i la besada ens durà el joc d’amar. Dóna’m la mà que anirem per la riba ben a la vora del mar bategant, tindrem la mida de totes les coses només en dir-nos que ens seguim amant. |

Un maestro y su discípulo caminan, y el discípulo pregunta: “¿Adónde vamos, maestro?” Y el maestro responde: “Ya estamos”.

| Yo la amé, y era de otro, que también la quería. Perdónala, Señor, porque la culpa es mía. Después de haber besado sus cabellos de trigo, nada importa la culpa, pues no importa el castigo. Fue un pecado quererla, Señor, y, sin embargo mis labios están dulces por ese amor amargo. Ella fue como un agua callada que corría... Si es culpa tener sed, toda culpa es mía. Perdónala, Señor, tú que le diste a ella su frescura de lluvia y esplendor de estrella. Su alma era transparente como un vaso vacío: Yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío. Pero, ¿cómo no amarla, si tú hiciste que fuera turbadora y fragante como la primavera? ¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío sobre la hierba seca y ávida del estío? Traté de rechazarla, Señor, inútilmente, como un surco que intenta rechazar la simiente. Era de otro. Era de otro que no la merecía, y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía. Era de otro, Señor, pero hay cosas sin dueño: Las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño. Y ella me dio su amor como se da una rosa como quien lo da todo, dando tan poca cosa... Una embriaguez extraña nos venció poco a poco: Ella no fue culpable, Señor... ¡ni yo tampoco! La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella y me diste los ojos para mirarla a ella. Sí. Nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar y si es culpable un río cuando corre hacia el mar. Es tan bella, Señor, y es tan suave, y tan clara, que sería pecado mayor si no la amara. Y por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella, que tú, que hiciste el agua, y la flor, y la estrella, tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre, tú también la amarías, ¡si pudieras ser hombre! |

[Palabras de un secuaz de Stalin:] El partido negaba la voluntad libre del individuo al tiempo que le exigía su entrega voluntaria. Negaba la capacidad de éste para elegir entre dos posibilidades, y le exigía al mismo tiempo que tomara de forma permanente la decisión correcta. Negaba la capacidad del individuo para discernir entre el bien y el mal, y le hablaba al mismo tiempo, en tonos patéticos, de culpa y traición. El individuo estaba en el signo de la fatalidad económica, como una rueda en el mecanismo de relojería que, puesto en marcha antes de todos los tiempos, hacía sonar su tic tac imparable e inaccesible, y el partido exigía que la rueda se rebelara contra el mecanismo de relojería y cambiara su curso. En algún lugar tenía que esconderse un error en este cálculo: no salían las cuentas.

| Te propongo construir un nuevo canal sin esclusas ni excusas que comunique por fin tu mirada atlántica con mi natural pacífico. |

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
-¡Ayudame a mirar!

| Todas as cartas de amor são Ridículas. Não seriam cartas de amor se não fossem Ridículas. Também escrevi em meu tempo cartas de amor, Como as outras, Ridículas. As cartas de amor, se há amor, Têm de ser Ridículas. Mas, afinal, Só as criaturas que nunca escreveram Cartas de amor É que são Ridículas. Quem me dera no tempo em que escrevia Sem dar por iso Cartas de amor Ridículas. A verdade é que hoje As minhas memórias Dessas cartas de amor É que são Ridículas. (Todas as palavras esdrúxulas, Como os sentimentos esdrúxulos, São naturalmente Ridículas). |
| Todas las cartas de amor son ridículas. No serían cartas de amor si no fuesen ridículas. También escribí en mi tiempo cartas de amor, como las demás, ridículas. Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas. Pero, al fin y al cabo, sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor sí que son ridículas. Quién me diera en el tiempo en que escribía sin darme cuenta cartas de amor ridículas. La verdad es que hoy mis recuerdos de esas cartas de amor sí que son ridículos. (Todas las palabras esdrújulas, como los sentimientos esdrújulos, son naturalmente ridículas). |

Un monje tenía siempre una taza de té al lado de su cama. Por la noche, antes de acostarse, la ponía boca abajo y, por la mañana, le daba la vuelta. Cuando un novicio le preguntó perplejo acerca de esa costumbre, el monje explicó que cada noche vaciaba simbólicamente la taza de la vida, como signo de aceptación de su propia mortalidad. El ritual le recordaba que aquel día había hecho cuanto debía y que, por tanto, estaba preparado en el caso de que le sorprendiera la muerte. Y cada mañana ponía la taza boca arriba para aceptar el obsequio de un nuevo día. El monje vivía la vida día a día, reconociendo cada amanecer que constituía un regalo maravilloso, pero también estaba preparado para abandonar este mundo al final de cada jornada.

Un joven aprobó las oposiciones imperiales en Pekín y le dieron un cargo de funcionario en una ciudad de provincias. Fue a despedirse de su protector, que era un alto funcionario de la administración.
- No es fácil trabajar en esas poblaciones de provincias -le dijo su protector-. Deberás tener prudencia.
- Sí, señor. Le agradezco su consejo -dijo el joven-. Le ruego que no se preocupe. He preparado mentalmente cien frases hechas. Cuando tenga que hablar con algún funcionario de allí, le diré una. Seguramente le agradaré.
- ¿Cómo serás capaz de hacer eso? -le preguntó su protector, consternado-. Somos caballeros. Somos personas de principios. No debemos caer en la adulación.
- Por desgracia, la verdad es que la mayoría de la gente le gusta que le adulen -dijo el estudiante con aire de impotencia-. Somos muy pocos los caballeros como usted y yo a los que no nos gusta que nos adulen.
- Puede que tengas razón -le dijo su protector con una sonrisa.
Más tarde, el joven contó esta conversación a un amigo suyo.
- Ya he gastado uno de los artículos de mi reserva. Me quedan noventa y nueve frases hechas.

| Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque ésa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente. Ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror... Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos... |

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desaliento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: «La verdad es que ladro por no llorar.» Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación. ¿Cómo amar entonces sin comunicarse?
Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta, y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: «Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinas de mi forma de ladrar?» La respuesta de Leo fue escueta y sincera: «Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.»

| Hoy quisiera tus dedos escribiéndome historias en el pelo, y quisiera besos en la espalda, acurrucos, que me dijeras las más grandes verdades o las más grandes mentiras, que me dijeras por ejemplo que soy la mujer más linda, que me querés mucho, cosas así, tan sencillas, tan repetidas, que me delinearas el rostro y me quedaras viendo a los ojos como si tu vida entera dependiera de que los míos sonrieran alborotando todas las gaviotas en la espuma. Cosas quiero como que andes mi cuerpo camino arbolado y oloroso, que seas la primera lluvia del invierno dejándote caer despacio y luego en aguacero. Cosas quiero, como una gran ola de ternura deshaciéndome un ruido de caracol, un cardumen de peces en la boca, algo de eso frágil y desnudo, como una flor a punto de entregarse a la primera luz de la mañana, o simplemente una semilla, un árbol, un poco de hierba. |

| Una vieja puritana vive a la orilla de un río y se queja a la policía de que unos jovenzuelos se bañan desnudos delante de su casa. El inspector manda a un subalterno que diga a los chicos que no se bañen delante de la casa, sino río arriba donde ya no hay casas. Al cabo de unos días, la dama llama de nuevo por teléfono: “los jóvenes nadan todavía al alcance de la vista”. El policía vuelve y los manda más arriba. Unos días después, la señora indignada acude otra vez al inspector y se queja: “Desde la ventana del desván todavía puedo verlos con unos prismáticos”. |

| Sovint, quan rellegeixo els meus poemes, penso que, ben mirat, allò que he escrit no ha pas modificat el ritme de les coses. És en va que voldria que aquells versos servessin la duresa de quan els vaig escriure. Aleshores, em dic, jo era un altre i lliurava combat contra cent monstres. Fins i tot sóc capaç d’escriure-ho de manera que convenci la gent. Però sé que no és cert, que aquells poemes foren escrits poc més o menys com aquest, i que tot allò que hi descobreixo, neguitós i en silenci, són els racons que encara no he esbaldit, car, certament, no hi ha res que s’oposi ni al gest ni al pas d’aquell que té una clara, decidida i tenaç voluntat de camí. |

La Esfinge era una criatura irreal, y existe únicamente porque ha sido imaginada. Es bien sabido que en un cosmos infinito todo aquello que pueda ser imaginado tiene que existir en algún sitio, y como una gran parte de los frutos de la imaginación son criaturas que no deberían estar presentes en un marco espacio-temporal mínimamente ordenado acaban viéndose empujadas a una dimensión colateral. Este hecho quizá explique el mal genio crónico que aqueja a la Esfinge, aunque naturalmente cualquier criatura que tenga cuerpo de león, pechos de mujer y alas de águila es propensa a sufrir serias crisis de identidad y no necesita mucho para enfadarse.
Ésa es la razón de que la Esfinge hubiera decidido inventar el Acertijo.
A esas alturas el Acertijo ya había demostrado su utilidad en varias dimensiones, y le había proporcionado considerable diversión e innumerables cenas.
Mientras guiaba a Maldito Bastardo por entre los remolinos de niebla Teppic no sabía nada de todo aquello, pero los huesos que crujían bajo las patas del camello [llamado Maldito Bastardo] bastaron para que se hiciera una idea general de la situación.
Un montón de personas habían muerto allí, y parecía razonable suponer que los añadidos más recientes a la alfombra de huesos habían visto los restos de sus predecesores antes de perecer y habían decidido moverse con la máxima cautela posible. No parecía haberles servido de nada.
Así pues, moverse con sigilo no tenía ningún sentido, y además algunas de las rocas que asomaban de la neblina poseían formas realmente inquietantes. Por ejemplo, aquella de ahí era idéntica a una...
-Alto -dijo la Esfinge.
El silencio que siguió a esa orden fue absoluto, dejando aparte el perezoso gotear de la neblina y algún que otro sonido de aspiración producido por Maldito Bastardo cuando intentaba extraer humedad de la atmósfera.
-Eres una esfinge -dijo Teppic.
-Soy la Esfinge -corrigió la Esfinge.
-Caray. En casa tenemos montones de estatuas tuyas. -Teppic alzó la mirada, se estremeció y siguió alzándola un poquito más-. Siempre te había imaginado más pequeña -añadió.
-Acurrúcate y tiembla, mortal -dijo la Esfinge-, pues te hallas en presencia de la más terrible sabiduría que tu pobre mente puede concebir. -Parpadeó-. Y esas estatuas de las que hablas... ¿Se me parecen?
-Oh, no te hacen justicia -dijo Teppic, y era sincero.
-¿De veras lo crees? Sí, casi siempre tienen problemas con la nariz -dijo la Esfinge-. Me han asegurado que mi mejor perfil es el derecho y...
La Esfinge se dio cuenta de que se estaba desviando del tema y dejó escapar una tosecilla muy seca.
-No podrás seguir adelante a menos que respondas a mi acertijo, oh mortal -dijo.
-¿Por qué? -preguntó Teppic.
-¿Qué?
La Esfinge puso cara de sorpresa y parpadeó. No la habían diseñado para aquel tipo de cosas.
-¿Por qué? ¿Por qué? Pues porque... Eh... Porque... espera un momento... sí, claro, porque si no respondes a mi acertijo te arrancaré la cabeza de un mordisco y me la comeré. Sí, me parece que es por eso.
-De acuerdo -dijo Teppic-. Bueno, pues entonces oigamos el acertijo.
La Esfinge se aclaró la garganta con un estruendoso carraspeo casi idéntico al que produciría un camión vacío despeñándose por una cantera.
-¿Qué es lo que se mueve sobre cuatro piernas por la mañana, sobre dos al mediodía y sobre tres al anochecer? -preguntó con un molesto tonillo de suficiencia.
Teppic meditó en el acertijo.
-Es difícil, ¿eh? -dijo por fin.
-Es el más difícil de todos los acertijos que han existido y existirán -dijo la Esfinge.
-Hum
-Nunca podrás dar con la respuesta.
-Ah -dijo Teppic.
-Oye, ¿te importaría ir quitándote la ropa mientras piensas? Me molesta mucho que se me queden hilos entre los dientes.
-¿No habrá alguna clase de animal al que le vuelven a crecer las piernas que ha...?
-Frío, frío y casi congelado -dijo la Esfinge empezando a sacar las garras.
-Oh.
-No tienes ni la más mínima idea, ¿verdad?
-Sigo pensando -replicó Teppic.
-Nunca lo adivinarás.
-Tienes razón.
Teppic contempló las garras de la Esfinge. «No es un animal acostumbrado a combatir -se dijo intentando tranquilizarse-. Basta con mirarla para ver que está demasiado dotada... Además, aun suponiendo que tenga el cerebro suficiente para saber lo que se hace estoy seguro que esos pechos deben estorbar muchísimo en un cuerpo a cuerpo.»
-La respuesta es «El Hombre» -dijo la Esfinge-. Y ahora te ruego que no opongas resistencia, ¿de acuerdo? La agitación y el nerviosismo hacen que la sangre se sature de sustancias químicas que saben a rayos.
Teppic saltó hacia atrás con el tiempo justo de esquivar el zarpazo que pretendía partirle en dos.
-Espera, espera -dijo Teppic-. ¿Qué quieres decir con eso de «El Hombre»?
-Es muy sencillo -replicó la Esfinge-. El bebé gatea por la mañana, se sostiene sobre dos piernas al mediodía y al atardecer el anciano camina apoyándose en un bastón. Astuto, ¿verdad?
Teppic se mordió el labio inferior.
-Oye, ¿estás segura de que hablamos de un día? -preguntó con voz dubitativa.
El silencio que siguió a sus palabras resultó tan largo como embarazoso.
-Es un... ¿Cómo se llama eso? Ah, sí, una figura retórica -dijo por fin la Esfinge en un tono bastante irritado, y le lanzó otro zarpazo.
-No, no, espera un momento -dijo Teppic después de esquivarlo-. Me gustaría que fuéramos lo más claros posible con respecto a este asunto, ¿de acuerdo? Quiero decir que... Bueno, es lo justo, ¿no te parece?
-Al acertijo no le pasa nada malo -dijo la Esfinge-. Es un acertijo condenadamente bueno, ¿entendido? Llevo usando ese acertijo desde hace cincuenta años, y me ha funcionado tanto de esfinge como de cachorrita. -Pensó en lo que acababa de decir-. Perdón, de polluela -se corrigió.
-Oh, sí, es un acertijo magnífico -dijo Teppic intentando calmarla-. Es muy profundo y... eh... muy conmovedor. Toda la condición humana resumida en unas cuantas palabras. Pero tienes que admitir que todo eso que has dicho no le ocurre a un individuo en un solo día, ¿verdad?
-Bueno... No -admitió la Esfinge-. Pero creo que eso resulta evidente con sólo fijarse un poquito en el contexto, ¿verdad? Todos los acertijos contienen un elemento de analogía dramática -añadió.
A juzgar por su expresión había oído aquella frase hacía mucho tiempo y estaba claro que le había gustado, aunque no lo suficiente para impedirle utilizar como cena al que la había pronunciado.
-Sí, pero... -Teppic se acuclilló delante de la Esfinge y alisó una pequeña extensión de arena con la mano-. En fin, lo que yo me pregunto es si la metáfora posee consistencia interna o no. Supongamos que el promedio de vida es de setenta años, ¿de acuerdo?
-De acuerdo -dijo la Esfinge en el tono inseguro de alguien que ha dejado entrar un vendedor ambulante y empieza a contemplar y lamentar la perspectiva inexorable de un futuro en el que acabará suscribiendo un seguro de vida.
-De acuerdo. Bien, veamos... Así pues, el mediodía llegaría sobre los treinta y cinco años, ¿verdad? Bueno, si consideramos que casi todos los bebés dan sus primeros pasos al cumplir el año, la referencia a las cuatro patas me parece realmente muy poco adecuada, ¿no? Según tu analogía... -Hizo unos cuantos cálculos con un fémur que el destino había tenido la amabilidad de poner a su lado-. Si empezamos a contar partiendo de las cero horas ese hombre metafórico de tu acertijo sólo pasaría unos diez minutos a cuatro patas... media hora como mucho. ¿Tengo razón o no tengo razón? Vamos, sé justa y admítelo.
-Bueno... -murmuró la Esfinge.
-Y si seguimos con los cálculos a las seis de la tarde no usarías un bastón porque sólo tendrías... eh... cincuenta y dos años -dijo Teppic garabateando furiosamente en la arena-. De hecho ni tan siquiera pensarías en ningún tipo de ayuda locomotriz hasta... hasta las nueve y media por lo menos. Eso suponiendo que toda la vida de ese hombre metafórico del que estamos hablando se desarrollara en un día, y creo que ya he dejado bien claro lo ridícula que resulta semejante presuposición. Lo siento. A primera vista todo parece estar bien, pero... Me temo que no funciona.
-Bueno -dijo la Esfinge, ahora con bastante más irritación que antes-, pues me parece que no puedo hacer nada al respecto. No tengo ningún otro acertijo que plantearte. Nunca había necesitado un acertijo de reserva.
-Basta con que lo alteres un poquito.
-¿Qué quieres decir?
-Haz que sea un poquito más realista.
-Hmmm. -La Esfinge se alisó la melena con una zarpa-. De acuerdo -dijo por fin, aunque no parecía muy convencida-. Supongo que podría preguntar qué es lo que camina a cuatro patas...
-Metafóricamente hablando -dijo Teppic.
-A cuatro patas, metafóricamente hablando -dijo la Esfinge-, durante unos...
-Creo que hemos quedado de acuerdo en que eran unos veinte minutos, ¿no?
-... de acuerdo, perfecto, veinte minutos por la mañana, sobre dos piernas...
-Pero creo que usar las palabras «por la mañana» es pasarse un poco -dijo Teppic-. Ha pasado muy poco desde la medianoche. Quiero decir que técnicamente es la mañana, de acuerdo, pero en un sentido muy real todavía sigue siendo anoche. ¿Qué opinas?
La Esfinge le contempló con algo muy parecido al pánico. Sus ojos estaban empezando a vidriarse.
-¿Qué opinas tú? -logró preguntar por fin.
-Veamos qué tenemos hasta el momento, ¿de acuerdo? Metafóricamente hablando, ¿qué es lo que camina a cuatro patas justo después de la medianoche, sosteniéndose sobre dos piernas durante la mayor parte del día...?
-...siempre que no sufra ningún accidente, claro -dijo la Esfinge, impulsada por un deseo francamente patético de demostrar que ella también estaba contribuyendo.
-Sí, muy bien, sosteniéndose sobre dos piernas siempre que no sufra ningún accidente y sigue así por lo menos hasta la hora de la cena, momento en el que camina con tres piernas...
-He conocido a personas que usaban dos bastones -dijo la Esfinge, cada vez más deseosa de ayudar.
-De acuerdo. A ver qué te parece esto... Momento en el que sigue caminando sobre dos piernas o con la ayuda de cualquier dispositivo protésico de su elección.
La Esfinge se lo pensó.
-S-sssí -dijo por fin con mucha seriedad-. Eso parece cubrir todas las eventualidades posibles, ¿no?
-¿Y bien? -preguntó Teppic.
-¿Y bien qué? -replicó la Esfinge.
-Bueno, ¿cuál es la respuesta?
La Esfinge le observó con expresión entre pétrea e impasible, y acabó enseñándole los colmillos.
-Oh, no -dijo-. No creas que vas a pillarme tan fácilmente, muchacho. ¿Crees que soy estúpida? Eres tú quien debe darme la respuesta.
-Oh, vaya -dijo Teppic.
-Creías que ya habías conseguido hacerme caer en la trampa, ¿eh? -dijo la Esfinge.
-Lo siento.
-Creías que podrías confundirme con toda esa palabrería tuya, ¿verdad?
La Esfinge sonrió.
-Bueno, tenía que intentarlo -dijo Teppic.
-No puedo culparte. Bien, ¿cuál es la respuesta?
Teppic se rascó la nariz.
-No tengo ni idea -dijo-. A menos que... y es un auténtico disparo a ciegas, entiéndelo, a menos que sea... ¿El Hombre?
La Esfinge le contempló en silencio durante unos momentos que parecieron hacerse eternos.
-Oye, no habrás estado por aquí antes, ¿verdad? -dijo por fin.
-No.
-Entonces es que alguien se ha ido de la lengua, ¿eh?
-¿Quién podría haberlo hecho? ¿Existe alguien que haya respondido al acertijo antes? -preguntó Teppic.
-¡No!
-Bueno, ahí lo tienes. No se encontraban en condiciones de hablar, ¿verdad?
Las garras de la Esfinge arañaron la roca.
-Supongo que será mejor que sigas tu camino -gruñó.
-Gracias -dijo Teppic.
-Y... Te agradecería que no hablaras de esto con nadie, ¿de acuerdo? -añadió la Esfinge con voz gélida-. Podrías estropearle la diversión a los que vengan después de ti.
Teppic subió a una roca y se instaló sobre la grupa de Maldito Bastardo.
-No hace falta que te preocupes por eso -dijo clavando los talones en los flancos del camello para hacerlo avanzar.
Teppic no pudo evitar el darse cuenta de que los labios de la Esfinge se movían en silencio, como si estuviera dando vueltas a algo que no lograba comprender del todo.

| Si la posesión de un mundo se te ha desvanecido No sufras por ello, no es nada; Y si has conseguido poseer un mundo No te alegres de ello, no es nada. Pasan los dolores y las dichas Todo pasa en el mundo, no es nada. |

Aborrezco el turismo, y mi idea de un desplazamiento largo es una deriva situacionista por los bares del barrio. Es cierto, viajar no es lo mío, y mi localismo de gusano barcelonés la séptima ancla de mi psique multifacial. Como Byron, sólo me iré cuando alguien amenace con matarme a patadas.
“¿Sabes cuanto hace que no vamos de viaje?”
Estoy sentado leyendo un libro de humor inglés de los 50 de Stephen Potter, comiéndome unas anchoas, bebiéndome una cerveza. Es la una y media, una de mis horas del día favoritas; una de esas horas que son preludios de cosas, y que basan todo su placer en la anticipación de lo siguiente. Y es que, como cantaba el grupo femenino Delta 5, “la anticipación es mucho mejor”. Otra de mis obsesiones permanentes.
Al principio aparento no haberlo oído, tratando de recuperar mi instante de inmenso placer solitario. Cuando he releído la misma línea 100 veces me doy cuenta de que Naranja no va a moverse hasta que haga acto de reaccionar ante su presencia; su postura de ciudadano pompeyo atrapado en lava evidencia que planea quedarse inmóvil eternamente. Levanto la vista con cara de trágica inconveniencia.
“Un año y medio”, se autocontesta. Naranja siempre se autocontesta. Nuestras confrontaciones son un frontón dialéctico en el que nadie me ha prestado una raqueta. Naranja, por cierto, es mi novia de colores. Con su cabeza oxidada y su pelaje jaspeado, en estos momentos parece un guepardo a punto de lanzarse sobre un ñu.
“Te agradecería”, continúa, “que si no quieres irte de vacaciones a ninguna parte me lo digas ahora y me busco a otra persona.”
“Lo dices como si no me gustara ir de viaje”, contesto, manso como un mamífero con el cuello rebanado.
“El Carmel y la Barceloneta no cuentan. Me refiero a un viaje de verdad, a otro país. ¿Quieres irte de vacaciones o no?”
Por supuesto que no. Detesto viajar. No me gusta ir en coche, y mucho menos en avión, y cosas que hagan transpirar como la bicicleta están descartadas de entrada. Me pregunto qué provoca en mis congéneres humanos el ansia irrefrenable de ir a hacer el ridículo a lugares lejanos. Imagino que el deseo de unas vacaciones baratas en la miseria de los demás, como decían los Sex Pistols en ‘Holidays in the sun’. Imagino que la ilusión espectacular de superar la aplastante rutina diaria.
Admito que hacia esto último siento empatía aunque, como el dandy protagonista de ‘À rebours’ de J. K. Huysmans, estoy convencido de que no hay viaje que no pueda hacerse en casa con la ayuda de algunos libros, licores intoxicantes y discos adecuados. En caso de requerirse mayor exotismo, tan sólo haría falta añadir láudano, ragas de Ravi Shankar y un poco de incienso del Todo a 100 y ¡alehop! Visiones extracorpóreas en el Ganges, sin mosquitos ni pantalones cortos.
“Por supuesto que sí”, contesto al fin.
“Perfecto. Apunta en este trozo de papel dónde te hace más ilusión ir, y yo haré lo mismo. Luego miramos las que coinciden.”
Durante unos segundos sólo se escucha el crepitar de los lápices sobre el papel. Pasado un tiempo prudencial, le leo mis respuestas.
“Frente del Ebro, 1938. Whitechapel 1860. Soho 1961”, y me echo a reír. Cuando veo sus ojos, paro en seco y empiezo a romper el papel en trozos cada vez más pequeños.

Un toro joven ve que la valla del campo lindante, lleno de vacas, está abierta. Alegre, le dice al toro viejo: «Mira, ¡la puerta está abierta! ¡Apurémonos y aprovechémonos de unas cuantas!». A lo cual el toro viejo responde: «No, vayamos despacio y aprovechémonos de todas».

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

| Nunca preguntan nada de mí en esos tests. En esos tests que te preguntan algo de todo nunca preguntan nada de mí. Los cuestionarios, nunca preguntan si me divierte hablar con mi sombra. Y a mí me gusta contarle cosas. Los cuestionarios tampoco incluyen “dar un paseo” como afición. Hubo una vez que preguntaron sobre los libros. Es un detalle. Los muertos saben contar historias en su silencio. Algunas veces cierro un volumen y lo acaricio. ¡Les quiero tanto! ¡Ah! No preguntan tampoco nunca si hago poemas. Y es una suerte que yo no pinte. Pero da igual. Pienso que al menos, sí, deberían decirlo al menos. Ya sé que yo no contestaría. Pero da igual. No sé quien hace esos cuestionarios. Nunca preguntan nada que sirva. ¿Ellos no buscan una muchacha y se enamoran? ¿No se divierten después diciendo cosas bonitas? ¡Qué raros son! Nunca preguntan nada de mí en esos tests. |

Un alpinista demoró tres días en escalar una montaña, pero, al llegar a lo alto y ver la belleza del paisaje, consideró pagados sus esfuerzos... Un conductor de helicóptero rió:
-Me basta hacer funcionar mi máquina y en un minuto estoy arriba sin cansarme inútilmente.
Así lo hizo. Cuando estuvo al lado del alpinista, le dijo:
-¡No sé por qué encuentras hermoso este insulso paisaje!

| No la soledad como testigo, ni la revelación como tarea. Tampoco una ambición excesiva, sino un distanciamiento mutuo. Algo que deje en entredicho nuestra perseverancia por la vida, que distorsione el ritmo del poema y nos mantenga al borde de la duda. No el mar con su enérgico oleaje, sus bandadas de vientos y símbolos. En todo caso, el charco que la lluvia hizo crecer y abandonó a su suerte. En él se refleja nuestro embate, parco de imágenes, seco de sentidos, pertinaz en su empeño irrisorio tras la tormenta, cuando el sol fustiga. No una vida entera sólo para el verbo, acompañados de la amiga inseparable en busca de algo eterno o fidedigno. De vez en cuando una verdad a medias, un gesto impuro, una mentira limpia que nos retengan en el sitio amado. La vida se sustenta en las palabras, y el consuelo se gana en el silencio. |

Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la habitación. El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba.
Los dos charlaban durante horas. Hablaban de sus esposas y sus familias, de sus hogares, del trabajo, de su estancia en el servicio militar, de los lugares donde habían estado de vacaciones. Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde ella.
El hombre de la otra cama deseaba ardientemente que llegaran esas horas en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con noticias del mundo exterior. Por su compañero sabía que la ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes jugaban en el agua, mientras los niños echaban a volar sus cometas. Los jóvenes enamorados paseaban de la mano entre flores de todos los colores. Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia el bello perfil de la ciudad.
Mientras el hombre describía todo esto con exquisito detalle, el del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica escena. Una tarde calurosa, el hombre de la ventana describió un desfile que estaba pasando. Aunque el otro no podía oír a la banda, podía verlo, con los ojos de su mente, exactamente como lo describía su compañero.
Pasaron días y semanas. Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para bañarles y encontró el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía. Apesadumbrada, llamó a los ayudantes del hospital para que se llevaran el cuerpo.
Cuando lo consideró apropiado, el otro enfermo pidió ser trasladado a la cama al lado de la ventana. La enfermera lo cambió encantada y, tras asegurarse de que estaba cómodo, salió de la habitación. Lentamente, y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo exterior; por fin tendría la alegría de verlo por él mismo. Se esforzó para girarse despacio y mirar por la ventana al lado de la cama... y se encontró con una pared blanca.
El hombre preguntó a la enfermera por qué su compañero muerto le había descrito cosas tan maravillosas a través de aquella ventana. La enfermera le reveló que el hombre era ciego y que no habría podido ver ni la pared, y concluyó: “Quizá sólo quería animarle a usted”.

| Ahora que ya te fuiste, te diré que te quiero. Ahora que no me oyes, ya no debo callar. Tú seguirás tu vida y olvidarás primero... Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar. Hay un amor tranquilo que dura hasta la muerte, y un amor tempestuoso que no puede durar. Acaso aquella noche no quise retenerte... Y ahora estoy recordándote a la orilla del mar. Tú, que nunca supiste lo que yo te quería, quizás entre otros brazos lograrás olvidar... Tal vez mires a otro, igual que a mí aquel día... Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar. El rumor de mi sangre va cantando tu nombre, y el viento de la noche lo repite al pasar. Quizás en este instante tú besas a otro hombre... Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar... Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar... |

No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía.

| Té una existència absorta però mòbil, estúpidament intacte. És com una invulnerable, decidida seguretat. Avança d’una branca a l’altra i retorna a la fulla diminuta amb impassible, delicada cura mentre escruta el senyal viu i exacte de quelcom que ara es forma en el rar ull de gemma. Tota la seva força aquí s’atura, en el somni vivent del seu glatir. Canviarà, i ell ho sap, el color de la fulla i l’ardent aroma de la terra. A l’ull inalterable, però, resta la magnitud del somni i el dolç, sacrificat tremolor de la presa. |

| Il est dans tout autre art des dégrés différents, On peut avec honneur remplir les seconds rangs, Mais dans l’art dangereux de rimer et d’écrire Il n’est pont de dégré du médiocre au pire. |
| En cualquier otro arte se hallan grados diversos, y los segundos puestos tienen su propio honor, pero en el arriesgado arte de rimar versos apenas hay distancia del mediocre al peor. |

En un valle cerrado por colinas boscosas, que convergían con los colores de la primavera, se alzaban, una junto a otra, dos grandes casas sin adornos: piedra y cal. Parecían hechas por la misma mano y también los jardines, cerrados por setos y situados delante de cada una de ellas, eran de las mismas dimensiones y forma, pero quienes vivían en ellas no tenían el mismo destino.
En uno de los jardines, mientras el perro dormía encadenado y el campesino se afanaba en torno al huerto, algunos polluelos, apartados en un rincón, hablaban de sus grandes experiencias. Había otros mayores en el jardín, pero los pequeñines, cuyo cuerpo conservaba aún la forma del huevo del que habían salido, gustaban de examinar entre sí la vida en la que habían caído, porque aún no estaban tan habituados a ella como para no verla. Y habían sufrido y gozado, porque la vida de pocos días es más larga de lo que puede parecer a quien la ha padecido durante años, y sabían mucho, en vista de que una parte de la gran experiencia la habían traído consigo del huevo. En efecto, nada más llegar a la luz, habían sabido que habían de examinar bien las cosas -primero con un ojo y después con el otro- para ver si se debían comer o no.
Y hablaron del mundo y de su vastedad, con aquellos árboles y aquellos setos que lo cerraban y aquella casa tan vasta y tan alta, cosas, todas ellas, que ya se veían, pero mejor aún comentándolas.
Pero uno de ellos, de pelusa amarilla, saciado -y, por tanto, desocupado- no se contentó con hablar de las cosas que se veían, sino que la tibieza del sol le trajo un recuerdo, que se apresuró a expresar: «Desde luego, estamos bien, porque hay sol, pero he sabido que en este mundo se puede estar aún mejor, cosa que me desagrada mucho, y os lo digo para que os desagrade también a vosotros. La hija del campesino dijo que somos desdichados porque nos falta la madre. Lo dijo con un tono de tan intensa compasión, que no pude por menos de echarme a llorar».
Otro, más blanco y unas horas más joven que el primero, por lo que recordaba aún con gratitud la dulce atmósfera de la que había nacido, protestó: «Nosotros hemos tenido una madre. Es ese armarito siempre caliente, incluso cuando hace el frío más intenso, del que salen los polluelos bonitos y hechos».
El amarillo, que desde hacía tiempo llevaba grabadas en el ánimo las palabras de la campesina, por lo que había tenido tiempo de hincharlas soñando con aquella madre hasta imaginársela tan grande como todo el jardín y buena como el pienso, exclamó, con un desprecio destinado tanto a su interlocutor como a la madre a la que éste se refería: «Si se tratara de una madre muerta, todos la tendrían, pero la madre está viva y corre mucho más que nosotros. Tal vez tenga ruedas como el carro del campesino. Por eso, puede venir junto a ti sin que necesites llamarla, para calentarte, cuando estás a punto de morir con el frío de este mundo. Qué hermoso debe de ser tener al lado, de noche, una madre semejante».
Intervino un tercer polluelo, hermano de los otros, porque había salido de la misma incubadora, si bien ésta lo había forjado un poco diferente: con pico más largo y patitas más cortas. Lo llamaban el polluelo maleducado, porque, cuando comía, se oía golpear su piquito, cuando, en realidad era un anadón, al que en su pueblo habrían considerado de lo más cumplido. También delante de él había hablado la campesina de la madre. Había ocurrido en aquella ocasión en que había muerto un polluelo que se había desplomado en la hierba, exhausto de frío y rodeado de los demás polluelos, que no lo habían socorrido, porque no sentían el frío que afecta a los otros, y el anadón, con la expresión ingenua de su carita invadida por la amplia base de su piquito, afirmó incluso que, cuando estaba la madre, los polluelos no podían morir.
El deseo de la madre no tardó en infectar a todo el gallinero y se volvió más vivo, más inquietante, en la mente de los polluelos mayores. Muchas veces las enfermedades infantiles atacan a los adultos y les resultan más peligrosas y a veces también las ideas. La imagen de la madre, tal como se había formado en aquellas cabecitas calentadas por la primavera, se desarrolló desmesuradamente y todo el bien se llamó «madre», el buen tiempo y la abundancia, y, cuando sufrían, polluelos, anadones y pavitos pasaban a ser auténticos hermanos, porque suspiraban por la misma madre.
Uno de los de más edad juró un día que encontraría a la madre, porque no quería seguir privado de ella. Era el único del gallinero que estaba bautizado y se llamaba Curra, porque, cuando la campesina con el pienso en el delantal, llamaba: «curra, curra», él era el primero en llegar corriendo. Era ya vigoroso, un gallito en cuyo generoso ánimo alboreaba la combatividad. Fino y largo como una cuchilla, exigía la madre ante todo para que lo admirara: la madre de la que se decía que sabía procurar toda clase de dulzura y, por tanto, también la satisfacción de las ambiciones y la vanidad.
Un día, Curra, muy decidido, se escabulló fuera del tupido seto que circundaba el jardín nativo. Fuera, se detuvo de pronto, aturdido. ¿Dónde encontrar a la madre en la inmensidad de aquel valle sobre el que se cernía un cielo aún más extenso? A él, tan pequeño, no le era posible rebuscar en aquella inmensidad. Por eso, no se alejó demasiado del jardín nativo, el mundo que conocía, y recorrió, pensativo, su contorno. Casi fue a encontrarse delante del seto del otro jardín.
“Si la madre estuviera ahí dentro”, pensó, “la encontraría en seguida”. Tras substraerse al azoramiento inspirado por el espacio infinito, no tuvo más vacilaciones. De un salto atravesó también aquel seto y se encontró en un jardín similar a aquel del que procedía.
También allí había un enjambre de polluelos jovencísimos que se debatían en la espesa hierba, pero había también un animal que faltaba en el otro jardín. Un polluelo enorme, tal vez diez veces mayor que Curra, descollaba en medio de los animalillos cubiertos con su pelusa, que consideraban -se veía al instante- al grande y poderoso animal su jefe y protector y éste se ocupaba de todos ellos. Lanzaba advertencias a quien se alejaba demasiado, con sonidos muy semejantes a los que la campesina del otro jardín usaba para llamar a sus polluelos, pero también hacía algo más. A cada momento, se agachaba sobre los más débiles y los cubría con todo su cuerpo, para comunicarles su propio calor, desde luego.
“Ésa es la madre”, pensó Curra con alegría. “La he encontrado y ahora ya no me separo más de ella y, además, me resultará fácil ser obediente, porque ya la amo. ¡Qué bella y majestuosa es! Yo ya la amo y quiero someterme a ella. La ayudaré también a proteger a todos estos insensatos”.
Sin mirarlo, la madre llamó. Curra se acercó creyendo que lo llamaba precisamente a él. La vio ocupada removiendo la tierra con golpes rápidos de sus poderosas garras y se quedó contemplando, curioso, aquella labor que presenciaba por primera vez. Cuando se detuvo, un pequeño gusanillo se retorcía delante de ella en el terreno desprovisto de hierba. Ahora cloqueaba, mientras los polluelos en derredor no comprendían y la miraban arrobados.
“¡Qué tontos!”, pensó Curra. “Ni siquiera entienden que quiere que se coman el gusanillo”. E, impulsado también por su entusiasmo con la obediencia, se precipitó, rápido, sobre la presa y se la tragó.
Y entonces -¡pobre Curra!- la madre se lanzó sobre él furiosa. No entendió en seguida, porque creyó que ella, como acababa de descubrirlo, quería acariciarlo con gran vehemencia. Habría aceptado agradecido todas las caricias de las que no sabía nada y que, por tanto, podían -lo reconocía- hacer daño, pero los golpes del duro pico, que llovieron sobre él, no eran, desde luego, besos y le disiparon todas las dudas. Quiso huir, pero la gran ave lo golpeó y, tras tumbarlo, le saltó encima y le hincó las garras en el vientre.
Con un esfuerzo descomunal, Curra se levantó y corrió hasta el seto. En su loca carrera, derribó a otros polluelos, que se quedaron ahí, con las patitas al aire y piando desesperados. Por eso, pudo salvarse, porque su enemiga se quedó un instante junto a los caídos. Al llegar al seto, Curra, de un salto, pese a las muchas ramas, sacó su pequeño y ágil cuerpo al aire libre.
En cambio, la madre quedó detenida por una tupida maraña de frondas y ahí se quedó, majestuosa, mirando como desde una ventana al intruso que, exhausto, se había detenido también. Lo miraba con terribles ojos redondos, rojos de ira. «¿Quién eres tú, que te has apropiado la comida que con tanto esfuerzo había yo extraído del suelo?»
«Soy Curra», dijo, humilde, el polluelo, «pero, ¿quién eres tú y por qué me has hecho tanto daño?»
A las dos preguntas ella dio una sola respuesta: «Yo soy la madre», y le volvió, desdeñosa, la espalda.
Algún tiempo después, Curra, que ya era un magnífico gallo de raza, se encontraba en un gallinero muy diferente y un día oyó hablar a todos sus nuevos compañeros con afecto y añoranza de su madre.
Asombrado ante su atroz destino, dijo con tristeza: «En cambio, mi madre fue un animalazo horrendo y habría sido mejor para mí no haberla conocido nunca».

| Veintiocho muchachos bañándose en la orilla, Veintiocho muchachos tan llenos de vida, Veintiocho años de vida de mujer y tan solitarios. Es dueña de la linda casa de la barranca, Se oculta hermosa y bien vestida tras el postigo de la ventana. ¿Cuál de los muchachos le gusta más? ¡El menos agraciado es para ella hermoso! ¿Adónde va usted, señora? Porque la he visto, Juega usted con el agua y, sin embargo, permanece en la casa. Bailando y riendo viene una mujer por la orilla, Los hombres no la ven, pero los ve y los ama. El agua brilla en la barba de los muchachos, Se escurre por sus largos cabellos, Leves arroyos corren por sus cuerpos. Una invisible mano también acaricia sus carnes, Desciende trémula por las sienes y por los pechos. Los muchachos nadan de espaldas, sus blancos vientres se curvan al sol, no se preguntan quién se une a ellos. No saben quién jadea y se hunde con la espalda curvada, No saben a quién están salpicando con la espuma del agua. |

En cierta ocasión vivía un ermitaño en las verdes colinas. Era puro de espíritu y tierno de corazón. Y todos los animales de la tierra y las aves del cielo se acercaban a él por parejas; y él les hablaba. Ellos le escuchaban alegres a su alrededor, y no se marchaban hasta la noche, cuando el ermitaño les despedía confiándolos al viento y al bosque con su bendición.
Cierta tarde, en que el ermitaño hablaba del amor, un leopardo alzó la cabeza y le dijo: «Nos hablas del amor. Dinos entonces dónde está tu compañera.»
Y el ermitaño contestó: «No tengo compañera.»
Entonces un clamor de sorpresa se elevó del coro de bestias y aves que empezaron a decirse: «¿Cómo puede hablarnos del amor y del compañerismo si no sabe nada de ello?» Y lentamente, con actitud despectiva, le abandonaron.
Esa noche el ermitaño se tendió sobre su estera, con el rostro contra la tierra, y lloró amargamente, y se golpeó el pecho con los puños.

| Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan, ahora que albando la toca las altas suenas campanan; y que los rebuznos burran, y que los gorjeos pájaran y que los silbos serenan y que los gruños marranan y que la aurorada rosa los extensos doros campa, perlando líquidas viertas cual yo lágrimo derramas y friando de tirito si bien el abrasa almada, vengo a suspirar mis lanzos ventano de tus debajas. Tú en tanto duerma tranquiles en tu rega camalada ingratándote así burla de las amas del que te ansia ¡Oh, ventánate a tu asoma! ¡Persiane un poco la abra y suspire los recibos que esta pobra exhale alma! Ven, endecha las escuchas en que mi exhala se alma que un milicio de musicas me flauta con su compaña, en tinieblo de las medias de esta madruga oscurada. Ven y haz miradar tus brillas a fin de angustiar mis calmas. Esas tus arcas son cejos con que flechando disparas. Cupido peche mi hiero y ante tus postras me planta. Tus estrellos son dos ojas, tus rosos son como labias, tus perles son como dientas, tu palme como una talla, tu cisne como el de un cuello, un garganto tu alabastra, tus tornos hechos a brazo, tu reinar como el de un anda. Y por eso horo a estas vengas a rejar junto a tus cantas ¡y a suspirar mis exhalos ventano de tus debajas! |

Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.
En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería.
Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca.

| Així un núvol es fon i deixa el cel més blau. Així una fulla pensa que es fa lliure quan cau, i s’apaga aquest vespre tan lent i tan segur, sobre els camps, pels camins on ja no va ningú. Així en la fosca es perd el pas d’un vagabund... Déu meu, ja estic a punt. Ja vençut, però encara sota el meu estandard -més tard, potser seria massa tard. |

Paseaba por el corredor, en pantuflas y piyama, superando ocasionalmente montones de ropa sucia. Mi hotel era de primera categoría, porque tenía dos ascensores y un montacarga (casi siempre descompuestos), pero no disponía de un lugar para las sábanas, fundas y toallas en transitorio desuso y las camareras debían amontonarlas aquí y allá, en los ángulos muertos. Entrada la noche yo llegaba a esos ángulos muertos y es por eso que las camareras no me amaban. Sin embargo, después de haber repartido algunas propinas obtuve el permiso tácito de deambular por donde quisiera. Era la media noche pasada. Sonó suave el teléfono. ¿Sería en mi cuarto? Me acerqué con pasos afelpados, pero oí que alguien respondía; era el número 22, la habitación cercana a la mía. Estaba por retirarme cuando la voz que contestaba, una voz de mujer, dijo: «Todavía no vengas, Attilio: en el corredor hay un hombre en piyama. Se pasea en un lado a otro. Y podría verte.»
Escuché, del otro lado, un refunfuño confuso: «No», respondió ella, «no sé quién es. Es un desgraciado que siempre hace así. Por favor, no vengas. En todo caso, yo te aviso.» Colgó ruidosamente, oí pasos en el cuarto. Me alejé de prisa, resbalando como sobre dos patines. En el fondo del corredor había un sofá, un segundo montón de ropa sucia y un muro. Oí que se abría la puerta de la habitación 22; por una rendija la mujer me observaba. No podía quedarme allá en el fondo; regresé lentamente. Tenía alrededor de diez segundos antes de pasar frente al 22. Rápidamente examiné las diferentes hipótesis posibles. 1) Volver a mi cuarto y encerrarme adentro. 2) Idem, con una variante, esto es, informando a la señora que había escuchado todo y que mi intención era retirarme y hacerle así un favor. 3) Preguntarle si verdaderamente tenía ganas de recibir a Attilio o si yo era el pretexto elegido por ella para eximirse de un ingrato bullfight nocturno. 4) Ignorar el coloquio telefónico y continuar mi paseo. 5) Preguntarle a la señora si eventualmente pretendía sustituirme al hombre del teléfono, para cuyos fines véase el número tres. 6) Exigir explicaciones sobre la palabra «desgraciado» con la cual se había permitido designarme. 7) ... la séptima se esforzaba por formarse en mi cabeza. Pero ya había llegado frente a la rendija. Dos ojos negros, una liseuse roja sobre un camisón de seda, una cabellera corta, pero más bien rizada. Fue un instante, la rendija se cerró de golpe. El corazón me latía fuerte. Entré a mi cuarto y una vez más oí el teléfono que sonaba en el número 22. La mujer hablaba bajo, no entendía las palabras. Volví al corredor con paso de lobo y entonces logré distinguir algo: «Es imposible, Attilio, te digo que es imposible...» Luego el clic del receptor y sus pasos hacia la puerta. De un salto me precipité hacia el montón de inmundicias número dos, revolviendo en mi corazón las hipótesis 2, 3 y 5. De nuevo se abrió la rendija. Era imposible que me quedara allí parado. Me dije: soy un desgraciado. Pero ella ¿cómo logró saberlo? ¿Y si paseándome la salvara de Attilio? ¿O bien salvara a Attilio de ella? No estoy hecho para ser el árbitro de nada y mucho menos de la vida de los demás. Regresé arrastrando una funda con una pantufla. La rendija era más amplia, la cabeza rizada más hacia afuera. Me encontraba a un metro de esa cabeza. Me coloqué en posición de firme después de haberme liberado de la pantufla con una patada. Luego dije con una voz demasiado fuerte que retumbó en el corredor: «He terminado de pasear, señora. Pero usted, ¿cómo sabe que soy un desgraciado?»
«Lo somos todos», dijo ella, y volvió a cerrar la puerta de golpe. Adentro sonó de nuevo el teléfono.

| Largamente he permanecido mirando mis largas piernas con ternura infinita y curiosa, con mi acostumbrada pasión, como si hubieran sido las piernas de una mujer divina profundamente sumida en el abismo de mi tórax: y es que, la verdad, cuando el tiempo, el tiempo pasa, sobre la tierra, sobre el techo, sobre mi impura cabeza, y pasa, el tiempo pasa, y en mi lecho no siento de noche que una mujer está respirando, durmiendo, desnuda y a mi lado, entonces, extrañas, oscuras cosas toman el lugar de la ausente, viciosos, melancólicos pensamientos siembran pesadas posibilidades en mi dormitorio, y así, pues, miro mis piernas como si pertenecieran a otro cuerpo, y fuerte y dulcemente estuvieran pegadas a mis entrañas. Como tallos o femeninas, adorables cosas, desde las rodillas suben, cilíndricas y espesas, con turbado y compacto material de existencia: como brutales, gruesos brazos de diosa, como árboles monstruosamente vestidos de seres humanos, como fatales, inmensos labios sedientos y tranquilos, son allí la mejor parte de mi cuerpo: lo enteramente substancial, sin complicado contenido de sentidos o tráqueas o intestinos o ganglios: nada, sino lo puro, lo dulce, lo espeso de mi propia vida, nada, sino la forma y el volumen existiendo, guardando la vida, sin embargo, de una manera completa. Las gentes cruzan el mundo en la actualidad sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en él la vida, y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo, y se habla favorablemente de la ropa, de pantalones es posible hablar, trajes, y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de “señoras”), como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo. Tienen existencia los trajes, color, forma, designio, y profundo lugar en nuestros mitos, demasiado lugar, demasiados muebles y demasiadas habitaciones hay en el mundo, y mi cuerpo vive entre y bajo tantas cosas abatido, con un pensamiento fijo de esclavitud y de cadenas. Bueno, mis rodillas, como nudos, particulares, funcionarios, evidentes, separan las mitades de mis piernas en forma seca: y en realidad dos mundos diferentes, dos sexos diferentes no son tan diferentes como las dos mitades de mis piernas. Desde la rodilla hasta el pie una forma dura, mineral, fríamente útil aparece, una criatura de hueso y persistencia, y los tobillos no son ya sino el propósito desnudo, la exactitud y lo necesario dispuestos en definitiva. Sin sensualidad, cortas y duras, y masculinas, son allí mis piernas, y dotadas de grupos musculares como animales complementarios, y allí también una vida, una sólida, sutil, aguda vida sin temblar permanece, aguardando y actuando. En mis pies cosquillosos, y duros como el sol, y abiertos como flores, y perpetuos, magníficos soldados en la guerra gris del espacio, todo termina, la vida termina definitivamente en mis pies, lo extranjero y lo hostil allí comienza, los nombres del mundo, lo fronterizo y lo remoto, lo sustantivo y lo adjetivo que no caben en mi corazón, con densa y fría constancia allí se originan. Siempre, productos manufacturados, medias, zapatos, o simplemente aire infinito, habrá entre mis pies y la tierra extremando lo aislado y lo solitario de mi ser, algo tenazmente supuesto entre mi vida y la tierra, algo abiertamente invencible y enemigo. |

| -¿Quieres mi amor? -¡Tu amor! -Está sucio -Dámelo -Prefiere descubrirte -Descúbreme -Además, quiero saber -Pregunta... -¿Supón que toco tu puerta? -Te dejo entrar -¿Supón que te llamo? -Y te respondo -¿Supón que si te llamo hay una desgracia? -Pero a pesar de todo te dejo entrar -¿Y si llamando miento? -Te perdono -¿Y si te digo canta? -Canto -¿Y que le tires la puerta a tus amigos? -Se la tiro -¿Y si te digo mata? -Mato -¿Y muere? -Muero -¿Y si me ahogo? -Te salvo -¿Y si te duele? -Aguanto -¿Y si de pronto una pared? -La tumbo -¿Y si de pronto un nudo? -Lo desenredo -¿Y si son cien nudos? -No me importa -¿Quieres mi amor? -Tu amor... -¡Jamás te lo daré! -¿Por qué? -Porque detesto a los esclavos. |

| Kardan cayó enfermo. Su tío le dijo: -¿Qué deseas comer? -La cabeza de dos corderos. -No hay. -Entonces, las dos cabezas de un cordero. -No hay. -Entonces no quiero nada. |

| Voy a cerrar los ojos en voz baja voy a meterme a tientas en el sueño. En este instante el odio no trabaja para la muerte, que es su pobre dueño la voluntad suspende su latido y yo me siento lejos, tan pequeño que a Dios invoco, pero no le pido nada, con tal de compartir apenas este universo que hemos conseguido por las malas y a veces por las buenas. ¿Por qué el mundo soñado no es el mismo que este mundo de muerte a manos llenas? Mi pesadilla es siempre el optimismo: me duermo débil, sueño que soy fuerte, pero el futuro aguarda. Es un abismo. No me lo digan cuando me despierte. |

Catania tiene devoción a Santa Ágata. Gracias a su invocación la ciudad se salvó de un incendio provocado por una erupción del Etna, en no sé qué siglo... creo que me he olvidado, o no, tal vez nunca lo he sabido. A mí me lo contó Milena, que es siciliana y cataniana, o cataniesa o catana como las espadas japonesas (cómo se llama la gente de Catania es algo que no he podido olvidar nunca porque lo cierto es que nunca lo he sabido). El caso es que Milena y su amigo Pippo nos condujeron a un local donde se cenaba una pasta alle vonghole de morirse de gusto, y en ese momento nuestro grupo se había hecho tan numeroso que utilizamos todas las mesas de la terraza del restaurante. A ellos, los del restaurante, no les debió importar aquello porque eran amigos de Pippo y porque ya era tardísimo -algo así como las once o tal vez las once y media- y habría sido muy raro que viniera algún cliente más.
Era verano. Un verano extrañamente fresco, por cierto, y el viaje nos había llevado a cinco amigos en una furgoneta desde San Sebastián hasta Catania. En el camino nos habíamos ido encontrando con más y más amigos italianos de modo que cuando cruzamos el estrecho de Messina éramos una comitiva de cuatro coches... o cinco... bueno, no lo sé, esto sí que lo he olvidado, así como los nombres de algunas de esas veinticuatro personas que nos llegamos a juntar en Bivongi.
Pero yo no iba a hablar de Bivongi, ni de su sagra del vino, ni de la intoxicación selectiva que sufrimos allá, ni del baño tan especial que nos dimos en las aguas del río. No, lo que pasa es que los recuerdos y los olvidos se mezclan de manera caprichosa y, aunque no fue hace tanto, uno lo lía todo.
Yo iba a hablar de Catania. Y del vórtice que se abrió esa noche después de cenar.
El local era una especie de albergue juvenil mezclado con casa okupa y restaurante formal, pero lo más impresionante de él (aparte de la pasta alle vonghole) era su subsuelo. Por unas escaleras se accedía a un subterráneo en el que veía transcurrir plácidamente el curso de un pequeño arroyo que salía a la luz ahí mismo, entre las capas de la tierra y luego volvía a enterrarse. En ese sótano se llegaban a ver hasta siete estratos superpuestos de tierra volcánica. Las siete erupciones del Etna que habían sepultado otras tantas veces la ciudad. ¿Exagero? No lo sé, eso es lo que recuerdo, pero ya se sabe cómo son los recuerdos.
El local estaba en una simpática placita, presidida -cómo no- por una pequeña iglesia renacentista. Unos amables peldaños conducían a la entrada principal. Y eran tan amables aquellos peldaños que invitaban a sentarse. Y eso es lo que hacíamos mientras la noche avanzaba: sentarnos y hablar. Hablar, y fumar y beber. Y descubrir secretos.
El desencadenante se le escapó inocentemente a Massimo. Tina (o Milena, o alguna chica, en definitiva) le hizo una pregunta cualquiera; no la recuerdo, así que me inventaré una:
-Massimo, ma all afine hai chimato a Giovanni o no?
Massimo hizo un gesto de ’cazzo’, echó la cabeza hacia atrás, se llevó la mano a la frente y dulcemente recompuso el gesto con una sonrisa de león manso; puso cara de pena y tranquilamente se excusó:
-Ah, sai Tina? Questa tellefonata... l’ho lasciata nel dimenticatoio.
Tina (o Milena, o quienquiera que fuera la chica) puso el grito en el cielo porque Massimo era muy despistado y se olvidaba siempre de todo. Pero Amaia y yo nos quedamos estupefactos: ¿dónde demonios dijo que había dejado la llamada telefónica? Una llamada se hace o no se hace pero... ¿se puede dejar en algún sitio como si fuera un... no sé, una figurita de Lladró por ejemplo? Supusimos que lo que había hecho era olvidarse el número de teléfono de Giovanni escrito en algún sitio. Pero lo que habíamos entendido no era eso.
En el dimenticatoio, Massimo había guardado su llamada telefónica en el dimenticatoio. Eso es lo que nos repitió tres veces seguidas atendiendo a otras tantas preguntas nuestras. No un papelito con el teléfono escrito dejado en un armario, no un teléfono móvil abandonado en un estante: había guardado el hecho-de-hacer-la-llamada en un lugar llamado dimenticatoio.
Yo bebí un trago de la cerveza que tenía en la mano. No lejos de nosotros la mayor parte de nuestros amigos estaban de pie contándose algo gracioso porque se reían mucho. Cecco, uno de los chicos del restaurante-casa-okupa-albergue nos dijo que no armáramos ruido para no despertar a los que dormían. Ya era muy tarde, la noche se había ido deslizando sin querer, y yo concordé con Cecco: era el momento de hablar bajo. Me daba cuenta de que estábamos a punto de descubrir algo importante y ese tipo de cosas suelen preferir palabras quedas, ¿o por qué si no a los secretos les seducen mas los susurros que los gritos?
Dimenticare en italiano significa olvidarse, por lo que cuando preguntamos a Massimo qué era el dimenticatoio él nos respondió naturalmente que es el lugar donde se almacenan los olvidos. Amaia no lo entendió muy bien, ¿era una especie de despensa que Massimo tenía en su casa para guardar las cosas que ya no recordaba para qué servían? Como concepto era bastante alucinante; hace falta una casa muy grande para llegar a tener un cuarto con una función tan específica. Sin embargo eso era más fácil de entender que lo que Massimo había querido decir realmente, eso es: el lugar a donde van los olvidos.
Simplemente.
No reaccionamos de inmediato. Nos costó un poco entender qué era eso que nos estaba contando Massimo. Por una parte, había algo muy extraño en esa idea, y es que nosotros entendemos un olvido algo así como el vacío que deja la ausencia de un recuerdo (nos habría resultado más fácil entender un lugar al que van a parar los recuerdos). La idea de dimenticatoio sugería una despensa donde se almacenaran los agujeros de un queso gruyère en vez del queso en sí. Me vino a la cabeza Oteiza y su búsqueda del vacío y le di otro trago a la cerveza. Por otra parte, creo que buscábamos una palabra en castellano para poder traducirla pero no la hay. No la hay porque no existe el concepto.
-¿En castellano sería algo así como... ’olvidadero’? -aventuré.
-Pero olvidadero suena como a desagüe, ¿no? -decía Amaia.
-Pues precisamente; aunque no sé, a mí olvidadero me suena a... perchero... una especie de armario viejo con olor a naftalina.
Se levantó una brisa fresca de madrugada con olor a mar, y aunque ninguno de nosotros estaba muy abrigado nadie se movió de su sitio. El fuego de la excitación ante el descubrimiento que estábamos haciendo nos calentaba mucho más que nuestras finas sudaderas. Alentados por la noche y la emoción empezamos a preguntar a Massimo más cosas acerca del dimenticatoio; necesitábamos saber cómo era, dónde estaba, si era un lugar mental que cada uno tenía en su cabeza o uno colectivo para todos, cómo se guardaban en él los olvidos, si se mandaban por carta o nuestro inconsciente los llevaba en mano... Massimo y Tina (o Milena) se divertían con aquella febrilidad nuestra pero no nos contestaban. Al parecer todo el mundo en Italia conocía la existencia del dimenticatoio, pero aceptaban con total naturalidad que no tenían ni idea de cómo era, lo cual a mí en ese momento me resultó un poco sospechoso. ¿No sería que los italianos tenían la llave exclusiva a otra dimensión y no querían compartirla con nadie más?
Vale, era un pensamiento fantasioso y hasta conspirofóbico, pero en aquel momento no parecía tan irreal. Las formas de los edificios se desvanecían en la noche, nuestras propias caras eran manchas borrosas, la ciudad estaba en silencio y Catania se me antojaba de repente como el decorado mudo de un escenario que ardía en deseos de enseñarme su parte trasera. Fugazmente me invadió la certeza de que dando la vuelta a la fachada de la iglesia iba a descubrir que era plana y estaba sujeta por unos frágiles entramados de madera.
Apuré lo que quedaba de cerveza y supe que me sentía embriagado no por el alcohol sino por el descubrimiento genial que habíamos hecho: habíamos encontrado la puerta a una nueva dimensión y aunque la puerta estaba cerrada... ¡qué demonios!, con tanta cerveza me habían entrado ganas de hacer pis.
Me dirigí al cuarto de baño del albergue-casa-okupa-restaurante con paso tambaleante. Aquel local no cerraba ni de día ni de noche y aunque no había ningún encargado a la vista allí podías andar sin problemas de un lado para otro.
El cuarto de baño estaba en el sótano, a media altura entre la entrada del local y el subterráneo por donde se veían los estratos de la ciudad y el riachuelo.
El silencio dentro del local era aburridamente real, totalmente ajeno al silencio mágico que se respiraba en la plaza. Dentro del local yo ya no parecía embriagado por la emoción sino simplemente borracho de alcohol, lo cual me resultó un poco triste, la verdad, así que decidí acabar lo que tenía que hacer cuanto antes.
Y sin embargo no fui directamente al cuarto de baño.
Sin saber porqué bajé hasta el subterráneo, que estaba iluminado débilmente por unas antorchas eléctricas. Ahí el silencio era diferente. No era como el de la plaza ni como el del local. Curioso eso de que los silencios puedan ser diferentes. ’Será como lo de los olvidos -pensé-; lo mismo que un olvido no es una simple ausencia de recuerdos, un silencio no debe ser una simple ausencia de sonido’. El silencio de aquel lugar era muy otro, un poco claustrofóbico y sobre todo más inquietante; un olor húmedo y a la vez caliente salía de aquellas paredes que hablaban de tantas vidas enterradas y olvidadas. Dentro del silencio, sé que suena imposible, había un eco. Un eco que repetía una y otra vez (como una gota cayendo de las piedras) una nada de sonido.
Cerré los ojos y las dimensiones del espacio desaparecieron, y se expandieron por el cosmos y me sentí en una gruta de confines inexplorados, un laberinto subterráneo que conectaba toda la ciudad, o incluso que llegaba más allá de ella. Confusamente me vino a la cabeza aquella serie de televisión llamada Dentro del laberinto donde tres adolescentes sufrían todo tipo de penalidades viajando por los túneles infinitos de un laberinto subterráneo que los iba transportando por diferentes lugares y épocas. Había una bruja y un objeto mágico, el Nidus...
Me estaba empezando a marear (aquella serie siempre me produjo un poco de dolor de cabeza) cuando, como un fogonazo, otro pensamiento me sacudió por dentro: ¿no salían los protagonistas de Viaje al centro de la tierra por el mismísimo Etna después de recorrer miles de kilómetros por el subsuelo?
Abrí los ojos. Tontamente me había entrado un poco de vértigo y, por qué no decirlo, también un poco de miedo. Necesitaba recuperar el sentido físico del lugar en el que estaba. ’No era el Etna -me dije estúpidamente y en voz alta como para reconfortarme. Era el volcán de Strómboli por donde Axel y su tío salían’. Como si la pequeña distancia entre el Etna y Strómboli hubiera sido un impedimento para Julio Verne, que recorría tanto sin moverse apenas.
Pero había un niño delante de mí.
Habría soltado un grito de no ser porque mi lengua estaba como pegada al paladar. Acurrucado en una esquina y mirándome fijamente había un niño casi desnudo. Un niño salido de quién sabe dónde porque no estaba allí antes y no había otra entrada que la que quedaba a mis espaldas. No voy a escribir que ’había aparecido un niño delante de mí’. No. Simplemente repetiré lo ya escrito: había un niño delante de mí.
Con unos ojos grandes y negros me miraba fijamente como un animalillo descubierto.
-Ah... ciao -empecé torpemente antes de darme cuanta de que no tenía nada que decirle (o sí, claro; me habría gustado preguntarle algo así como ’¿Has recuperado el Nidus?’ o ’¿Cuántos días llevas vagando por el centro de la tierra? Debes tener hambre’). Nos quedamos los dos mudos escudriñándonos durante un rato como intentando descifrar si aquello era parte de un sueño y, si así lo era, del sueño de quién. Esa idea se me empezó a hacer un poco angustiosa al constatar que el niño parecía sentirse en su territorio: estaba claro que el que sobraba era yo. Decidí salir de allí, en parte por lo incómodo de la situación, en parte para comprobar que el mundo seguía existiendo como yo lo recordaba y en parte porque necesitaba escuchar algún silencio menos físico.
Pero un señor.
Había un señor detrás de mí.
Un señor alto y espigado de edad madura y vestido de blanco me miraba seriamente desde el peldaño más bajo de la escalera.
-Eh... ¿es su hijo... o su nieto?
Abríguelo un poco, porque...
Me callé al notar lo absurdo de la situación.
-Bueno, io vado al bagno fare pipi -me escabullí como pude y entré en un cuarto de baño que Dios sabrá porqué giraba y giraba como una barraca de feria. La puerta del baño no cerraba y el urinario quedaba en un lateral de modo que por el rabillo del ojo yo controlaba quién pasaba por delante de ella. Cuento esto sólo para resaltar que nadie pasó por allí. Nadie subió, nadie bajó.
Y mientras nadie subía ni bajaba yo no acababa nunca, y estuve lo que se me hizo una eternidad intentando colocar en una situación razonable lo último que había pasado. Lo que me resultaba más inquietante no era tanto cómo el hombre y el niño hubieran llegado allí, sino más bien su manera de estar. Era como si aquel lugar fuera el salón de su casa y yo un visitante que se había confundido de piso.
Acabé mi faena, me mojé la cara y decidí salir a respirar de una vez la tan saludable brisa nocturna. Antes de subir las escaleras eché un vistazo hacia atrás para ver qué hacían el señor y el niño.
El señor y el niño no hacían nada porque no había ningún señor ni ningún niño.
Bajé de nuevo, casi asustado, a comprobarlo. Pero allí en aquel espacio de no más de diez metros cuadrados no había nadie. Nadie. Ni puertas. Ni aberturas por las que esconderse. Sólo los siete estratos de tierra volcánica y el manso arroyuelo que seguía impasible su curso. Cualquiera, en semejante situación, habría pensado en fantasmas (no es tan difícil; el Etna, las capas volcánicas, siete destrucciones de una ciudad), pero en ningún momento me pasó eso por la cabeza. Yo había visto otra cosa.
Y entonces todo ocurrió: de pronto, paradójicamente me sentía extrañamente lúcido. La sensación ebria que hasta entonces me había tenido como embotado desapareció. Los sucesos y las conversaciones de la noche se ordenaron como en un engranaje perfecto que con un ’klak’ empezó a rodar, y de alguna manera intuí y entendí que el niño y el señor guardaban alguna relación con el dimenticatoio. Tal vez aquella cueva era una puerta a esa otra dimensión a la que iban los olvidos y yo por alguna inexplicable razón había tenido un fugaz acceso a ella.
Sonreí. Me sentía ligero, leve y bendecido con una gracia especial, una mirada nueva y llena de luz.
Lentamente subí la empinada escalera y atravesé el vestíbulo que aún con sus lámparas apagadas se me hizo luminoso.
Salí afuera, y ya nada era lo mismo para mí, ahora lo veía todo como bañado en una luz diferente. Una extraña claridad rodeaba a cada objeto que miraba multiplicando la sensación de decorado que antes había tenido. En ese momento lo entendí TODO con una clarividencia absoluta. Fue así que los misterios del Universo se revelaron ante mí. Catania era un vórtice, un lugar donde los distintos planos de la existencia se solapan, un lugar donde se abren puertas a lo que nosotros llamamos magia. Un lugar en el que pueden vivir todos los silencios sin hacer absolutamente ningún ruido.
Mis amigos también lo habían entendido, y ahora se hallaban todos reunidos en un respetuoso círculo contemplando lo que no tiene palabras.
Emocionado, avancé hacia ellos.
-¿Dónde estabas? Vamos a desayunar unos cruasanes a la estación, ¿qué te parece?
-¿Desayunar...
Claro, entonces entendí la luz. Simplemente estaba amaneciendo.
Con el sabor del café en la boca (tan real, tan caliente) no me atreví a contar lo que había vivido en el subterráneo. Tan solo pregunté discretamente a unos y a otros si habían visto salir a un señor mayor vestido de blanco junto con un niño poco abrigado. Nadie había visto nada. Pregunté a Pippo quién vivía en esa casa y me respondió que unos amigo suyos y temporalmente jóvenes viajeros que pasaban por allí. Ni un niño. Ni nadie de más de cuarenta años.
...
Creo que fue así como sucedió. O no. No lo sé, fue hace años, aunque no muchos, los suficientes como para que los olvidos hayan tenido tiempo de ir al dimenticatoio y volver como recuerdos (parecidos pero nunca iguales) unas cuantas veces. Era el verano del 2002, un año capicúa y en el que ahora que miro mi cuaderno de viaje, me pasé toda la temporada en Canarias pintando tatuajes de henna y visitando casas abandonadas llenas de fantasmas.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

| Mon ame a son secret... ARVERS |
| Pasarás por mi vida sin saber que pasaste. Pasarás en silencio por mi amor, y, al pasar, fingiré una sonrisa, como un dulce contraste del dolor de quererte... y jamás lo sabrás. Soñaré con el nácar virginal de tu frente; soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar; soñaré con tus labios desesperadamente; soñaré con tus besos... y jamás lo sabrás. Quizás pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá; y, ahogando para siempre mi amor inadvertido, te amaré más que nunca... y jamás lo sabrás. Yo te amaré en silencio, como algo inaccesible, como un sueño que nunca lograré realizar; y el lejano perfume de mi amor imposible rozará tus cabellos... y jamás lo sabrás. Y si un día una lágrima denuncia mi tormento, -el tormento infinito que te debo ocultar-, te diré sonriente: “No es nada... Ha sido el viento”. Me enjugaré la lágrima... ¡y jamás lo sabrás! |

Llegué a Bluefields, en la costa de Nicaragua, al día siguiente de un ataque de la contra. Había muchos muertos y heridos. Yo estaba en el hospital cuando uno de los sobrevivientes del tiroteo, un muchacho, despertó de la anestesia: despertó sin brazos, miró al médico y le pidió:
-Máteme.
Me quedé con un nudo en el estomago.
Esa noche, noche atroz, el aire hervía de calor. Yo me eché en una terraza, solo, cara al cielo. No lejos de allí, sonaba fuerte la música. A pesar de la guerra, a pesar de todo, el pueblo de Bluefields estaba celebrando la fiesta tradicional del Palo de Mayo. El gentío bailaba, jubiloso, en torno del árbol ceremonial. Pero yo, tendido en la terraza, no quería escuchar la música ni quería escuchar nada, y estaba tratando de no sentir, de no recordar, de no pensar: en nada, en nada de nada. Y en eso estaba, espantando sonidos y tristezas y mosquitos, con los ojos clavados en la alta noche, cuando un niño de Bluefields, que yo no conocía, se echó a mi lado y se puso a mirar al cielo, como yo, en silencio.
Entonces cayó una estrella fugaz. Yo podía haber pedido un deseo; pero ni se me ocurrió.
Y el niño me explicó:
-¿Sabes por qué se caen las estrellas? Es culpa de Dios. Es Dios, que las pega mal. Él pega las estrellas con agua de arroz.
Amanecí bailando.

| La última noche que pasamos juntos, lo preguntó: -¿Cuántas estrellas tiene el cielo? -Trescientas cincuenta mil. -¿A que no? -¿A que sí? -Cállate. Esta noche no quiero que preguntes esas cosas. Esta noche, si quieres preguntar cuántas estrellas tiene el cielo, o cualquier otra cosa, pregunta algo así como ¿me quieres? ¿tienes frío? ¿quién dice que tiene hambre? Esta noche, pregunta algo que sea contestado en el mundo sin palabras. Interroga con toda tu sangre algo en que toda la vida del mundo esté preguntando, algo así como ¿quién llora? ¿hace falta algo? Y verás como todo hace falta y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo cuando sepas que el cielo tiene una sola estrella para cada momento, porque con una que se pierda dará un paso de sombra la luz del Universo. |

A diferencia de lo que afirman los ingenuos (todos lo somos una u otra vez), no basta decir la verdad. De poco servirá en el trato de la gente si no es creíble, y tal vez hasta debiera ser ésa su primera cualidad. La verdad es sólo medio camino, la otra mitad se llama credibilidad. Por eso hay mentiras que pasan por verdades, y verdades que son tenidas por mentiras.
Esta introducción, por su tono de sermón de cuaresma, prometería una grave y aguda definición de verdades relativamente absolutas y de mentiras absolutamente relativas. No es así. Es sólo un modo de sangrarme en salud, de esquivar acusaciones, pues, desde el anuncio, la verdad que hoy traigo no es creíble. Vamos a ver ahora si ésta es historia que se pueda creer.
La cosa ocurre en un sanatorio. (...)
Me decía aquel amigo que, allá en el sanatorio, había un enfermo, hombre de unos cincuenta años, que tenía grandes dificultades para andar. La enfermedad pulmonar que padecía nada tenía que ver con el sufrimiento que se reflejaba en su cara, ni con los suspiros de dolor, ni con las contorsiones del cuerpo. Un día apareció incluso con dos toscos bastones en los que se apoyaba al andar, como un inválido. Pero siempre con ayes, gemidos, quejándose de los pies, que aquello era un martirio, que ya no aguantaba más.
Mi amigo le dio un consejo obvio: que mostrara los pies al médico, que tal vez fuese reuma. El otro movía la cabeza, casi llorando, lleno de una inmensa pena por sí mismo, como si pidiera que lo llevaran a hombros. Entonces, mi amigo, que tenía también sus calladas amarguras, y con ellas iba viviendo, se impacientó y fue áspero con él. La actitud dio resultado. Al cabo de dos días, el enfermo de los pies lo llamó y le dijo que iba a mostrárselos al médico. Pero que antes le gustaría enseñárselos a él, su buen consejero.
Y se los mostró. Las uñas, amarillas, se curvaban hacia abajo, contorneaban la punta de los dedos y se prolongaban hacia dentro como punteras o dedales córneos. El espectáculo era repelente, revolvía el estómago. Y cuando le preguntaron a este hombre adulto por qué no se cortaba las uñas, que su mal era sólo éste, respondió: «No sabía que había que hacerlo».
Le cortaron las uñas. Con alicates. Entre ellas y los cascos de los animales no era mucha la diferencia. A fin de cuentas, se precisa mucho trabajo para mantener todas las diferencias, para irlas ampliando poco a poco, a ver si al fin la gente llega a ser humana. (¿No es verdad acaso?)
Pero, de pronto, acontece algo así y nos vemos ante un semejante que no sabe que es preciso defendernos todos los días de la degradación. Y no es en uñas en lo que en estos momentos estoy pensando.

| Como en la trampa cae la alegre caza, caí en tus brazos, donde me debato. Ni de quedar, ni de escaparme trato de esta red que me ahoga y que me abraza. Fuera, la libertad con su amenaza; aquí, el seguro fin tajante y grato. Fácil es desatar, y no desato, el dulce nudo que mi muerte aplaza. Sumisamente inclino la cabeza no sé si para el golpe o para el beso, no sé si para el gozo o la tristeza. Pero, si llega el día del regreso, pues que caí en la trampa por torpeza, no quiero liberarme de ella ileso. |

Se iba muriendo, como mueren los enfermos del pecho. Le veía sentarse cada día, hacia las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar tranquilo, en un banco del paseo. Permanecía algún tiempo inmóvil al calor del sol, contemplando con una mirada triste el Mediterráneo. A veces volvía los ojos hacia la alta montaña con cumbres difusas que encierra la ciudad de Menton; luego cruzaba, con un movimiento muy lento, sus largas piernas tan delgadas que parecían dos huesos, alrededor de las que flotaba el paño del pantalón, y abría un libro, siempre el mismo.
Entonces ya no se movía; leía, leía con la mirada y el pensamiento; todo su pobre cuerpo moribundo parecía leer, toda su alma se hundía, se perdía, desaparecía en aquel libro hasta la hora en que el aire ya más fresco le hacía toser un poco. Entonces se levantaba y volvía al hotel.
Era un alemán alto, de barba rubia, que almorzaba y cenaba en su habitación, y no hablaba con nadie.
Una vaga curiosidad me atrajo hacia él. Un día me senté a su lado, tras haber cogido yo también, para disimular, un volumen de las poesías de Musset.
Y me puse a recorrer Rolla.
Mi vecino me dijo de pronto, en buen francés:
-¿Sabe alemán, señor?
-En absoluto, señor.
-Lo lamento. Ya que el azar nos pone al lado uno de otro, le hubiera prestado, le hubiera hecho ver algo inestimable: este libro que tengo aquí.
-¿Y qué es?
-Es un ejemplar de mi maestro Schopenhauer, anotado de su mano. Todos los márgenes, como ve, están cubiertos con su letra.
Cogí el libro con respeto y contemplé aquellas formas incomprensibles para mí, pero que revelaban el inmortal pensamiento del mayor saqueador de sueños que haya pasado por la tierra.
Y los versos de Musset estallaron en mi memoria:
¿Duermes contento, Voltaire, y tu horrorosa sonrisa
revolotea aún sobre tus huesos descarnados?
Y comparaba involuntariamente el sarcasmo infantil, el sarcasmo religioso de Voltaire con la irresistible ironía del filósofo alemán cuya influencia es para siempre indeleble.
Aunque protestemos y nos enfademos, aunque nos indignemos o nos exaltemos, Schopenhauer ha marcado a la humanidad con el sello de su desprecio y su desencanto.
Gozador desengañado, ha invertido las creencias, las esperanzas, las poesías, las quimeras, destrozado las aspiraciones, devastado la confianza de las almas, matado el amor, derribado el culto ideal de la mujer, reventado las ilusiones del corazón, realizado la tarea de escéptico más gigantesca que se haya hecho nunca. Ha atravesado todo con su burla y lo ha vaciado todo. E incluso hoy, los que le execran parecen tener, a su pesar, en su mente, parcelas de su pensamiento.
Dije al alemán: -¿Usted conoció personalmente a Schopenhauer?
Sonrió tristemente: -Hasta su muerte, señor.
Y me habló de él; me contó la impresión casi sobrenatural que aquel ser extraño causaba en todos aquellos que se le acercaban.
Me contó la entrevista que tuvo el viejo demoledor con un político francés, republicano doctrinario, que quiso ver al hombre y lo encontró en una cervecería tumultuosa, sentado en medio de discípulos, seco, arrugado, riendo con una risa inolvidable, mordiendo y desgarrando las ideas y creencias con una sola palabra, como un perro desgarra de un mordisco las telas con las que juega.
Me repitió las palabras de aquel francés, cuando se fue pasmado, espantado, y gritando: «¡He creído pasar una hora con el diablo!» Luego añadió: -Efectivamente, señor, tenía una sonrisa horrorosa que nos dio miedo, incluso después de su muerte. Es una anécdota casi desconocida que puedo contarle si le interesa.
Y se puso a ello, con una voz cansada, interrumpida a ratos por ataques de tos: -Schopenhauer acababa de morir y decidimos velarle por turnos de dos, hasta la mañana.
»Estaba acostado en una habitación muy sencilla, amplia y oscura. Dos velas ardían en la mesita de noche.
»Eran las doce cuando empecé la guardia, con uno de nuestros compañeros. Los dos amigos a quienes sustituíamos salieron, y fuimos a sentarnos al lado de la cama.
»El rostro no había cambiado. Sonreía. La arruga que conocíamos tan bien se formaba en la comisura de los labios y nos parecía que iba a abrir los ojos, moverse, hablar. Su pensamiento o más bien sus pensamientos nos envolvían; nos sentíamos más que nunca en la atmósfera de su genio, invadidos, poseídos por él. Su dominio nos parecía incluso más soberano ahora que estaba muerto. Un misterio se mezclaba con la potencia de aquel espíritu incomparable.
»El cuerpo de este tipo de hombres desaparece, pero ellos permanecen; y, en la noche que sigue al paro de su corazón, le aseguro, señor, que son horrorosos.
»Hablábamos de él, muy bajito, recordando palabras, fórmulas, las sorprendentes máximas que parecen luces arrojadas, mediante algunas palabras, en las tinieblas de la Vida desconocida.
»-Me parece que va a hablar -dijo mi compañero. Y mirábamos, con una preocupación que rozaba el miedo, el rostro inmóvil y siempre sonriente.
»Poco a poco nos empezamos a sentir a disgusto, oprimidos, desfallecientes. Balbuceé:
»-No sé lo que me pasa, pero te aseguro que estoy enfermo.
»Y fue cuando nos dimos cuenta de que el cadáver olía mal.
»Entonces mi compañero propuso pasar a la habitación contigua, dejando la puerta abierta; y acepté.
»Cogí una de las velas que ardían en la mesilla de noche, dejando la segunda, y fuimos a sentarnos a la otra punta del otro cuarto, de modo que pudiéramos ver desde nuestro sitio la cama y el muerto a plena luz.
»Pero nos seguía obsesionando; parecía que su ser inmaterial, despejado, libre, todopoderoso y dominador, merodeaba a nuestro alrededor. Y a veces también el olor infame del cuerpo descompuesto nos llegaba, nos penetraba, repugnante y vago.
»De pronto, un escalofrío nos recorrió los huesos; un ruido, un pequeño ruido había llegado de la habitación del muerto. Nuestras miradas se volvieron en seguida hacia él y vimos, sí señor, vimos perfectamente, el uno y el otro, algo blanco correr sobre la cama, caer al suelo sobre la alfombra, y desaparecer bajo un sillón.
»Nos pusimos en pie antes de tener tiempo de pensar en nada, enloquecidos por un miedo estúpido, dispuestos a huir. Luego nos miramos. Estábamos horriblemente pálidos. Nuestros corazones latían como para levantar el paño de nuestra ropa. Hablé el primero:
»-¿Has visto?...
»-Sí, he visto.
»-¿Es que no está muerto?
»-Pero ¡si se está empezando a descomponer!
»-¿Qué vamos a hacer?
»Mi compañero dijo vacilando:
»-Hay que ir a ver.
»Cogí nuestra vela y entré el primero, registrando con la mirada el gran cuarto con rincones negros. Ya no se movía nada; y me acerqué a la cama. Pero me quedé estupefacto y espantado: ¡Schopenhauer ya no se reía! Tenía una horrible mueca, la boca apretada, las mejillas profundamente huecas. Balbuceé:
»-¡No está muerto!
»Pero el espantoso olor subía hasta mi nariz, me sofocaba. Y ya no me movía, mirándole fijamente, pasmado como ante una aparición.
»Entonces mi compañero, tras coger la otra vela, se inclinó. Luego me tocó el brazo sin decir una palabra. Seguí su mirada, y vi en el suelo, bajo el sillón próximo a la cama, completamente blanca sobre la oscura alfombra, abierta como para morder, la dentadura postiza de Schopenhauer.
»La labor de descomposición, al aflojar las mandíbulas, la había hecho saltar de la boca.
»Aquel día pasé verdadero miedo, señor.
Y, cuando el sol se acercaba al mar resplandeciente, el alemán tísico se levantó, me saludó, y volvió al hotel.

| I com que ara tant tu com jo, estimada, sabem de cert que només amb paraules no podem moure les muntanyes, valdrà més que assagem de repintar el menjador i la cuina i de jugar altre cop a enamorats com vint anys endarrera. Te’n recordes? Llavors cada capvespre maduraven els fruits i ens omplíem les mans de sorra nova i a cada gest mudàvem pell i ungles. Vam ser feliços, vet-ho aquí, feliços un xic d’esma, potser, com bestioles. I ara, ja ho veus!, no sabem ni què dir-nos i qualsevol pedreta ens entrebanca. Ni tu ni jo no som com aleshores, però et proposo que intentem de fer-nos un ritme nou, com si encara tinguéssim la pell tibada i aquell desig de tot que ens encenia el rostre. Qui sap si el temps aquietat i tebi, que ens ha mudat la sang en aigua dolça, no serva encara un gust de sal novella per tu i per mi si tornem a estimar-nos. |

Érase una vez una joven llamada Cenicienta cuya madre natural había muerto siendo ella muy niña. Pocos años después, su padre había contraído matrimonio con una viuda que tenía dos hijas mayores. La madre política de Cenicienta la trataba con notable crueldad, y sus hermanas políticas le hacían la vida sumamente dura, como si en ella tuvieran a una empleada personal sin derecho a salario.
Un día, les llegó una invitación. El príncipe proyectaba celebrar un baile de disfraces para conmemorar la explotación a la que sometía a los desposeídos y al campesinado marginal. A las hermanas políticas de Cenicienta les emocionó considerablemente verse invitadas a palacio, y comenzaron a planificar los costosos atavíos que habrían de emplear para alterar y esclavizar sus imágenes corporales naturales con vistas a emular modelos irreales de belleza femenina. (Especialmente irreales en su caso, dado que desde el punto de vista estético se hallaban lo bastante limitadas como para parar un tren.) La madre política de Cenicienta también planeaba asistir al baile, por lo que Cenicienta se vio obligada a trabajar como un perro (metáfora tan apropiada como desafortunadamente denigratoria de la especie canina).
Cuando llegó el día del baile, Cenicienta ayudó a su madre y hermanas políticas a ponerse sus vestidos. Se trataba de una tarea formidable: era como intentar apelmazar cuatro kilos y medio de carne animal no humana en un pellejo con capacidad para contener apenas la mitad. A continuación, vino la colosal intensificación cosmética, proceso que resulta preferible no describir aquí en absoluto. Al caer la tarde, la madre y hermanas políticas de Cenicienta la dejaron sola con órdenes de concluir sus labores caseras. Cenicienta se sintió apenada, pero se contentó con la idea de poder escuchar sus discos de canción protesta.
Súbitamente, surgió un destello de luz y Cenicienta pudo ver frente a ella a un hombre ataviado con holgadas prendas de algodón y un sombrero de ala ancha. Al principio, pensó que se trataba de un abogado del Sur o de un director de banda, pero el recién llegado no tardó en sacarla de su error.
-Hola, Cenicienta, soy el responsable de tu padrinazgo en el reino de las hadas o, si lo prefieres, tu representante sobrenatural privado. ¿Así que deseas asistir al baile, no es cierto? ¿Y ceñirte, con ello, al concepto masculino de la belleza? ¿Apretujarte en un estrecho vestido que no hará sino cortarte la circulación? ¿Embutir los pies en unos zapatos de tacón alto que echarán a perder tu estructura ósea? ¿Pintarte el rostro con cosméticos y productos químicos de efectos previamente ensayados en animales no humanos?
-Oh, sí, ya lo creo -repuso ella al instante.
Su representante sobrenatural dejó escapar un profundo suspiro y decidió aplazar la educación política de la joven para otro día. Recurriendo a su magia, la envolvió de una hermosa y brillante luz y la transportó hasta el palacio.
Frente a sus puertas, podía verse aquella noche una interminable hilera de carruajes: aparentemente, a nadie se le había ocurrido compartir su vehículo con otras personas. Y llegó Cenicienta en un pesado carruaje dorado que arrastraba con enorme esfuerzo un tiro de esclavos equinos. La joven iba vestida con una ajustada túnica fabricada con seda arrebatada a inocentes gusanos, y llevaba los cabellos adornados con perlas producto del saqueo de laboriosas ostras indefensas. Y en los pies, por arriesgado que ello pueda parecer, llevaba unos zapatos labrados en fino cristal.
Al entrar Cenicienta en el salón de baile, todas las cabezas se volvieron hacia ella. Los hombres admiraron y codiciaron a aquella mujer que tan perfectamente había sabido satisfacer la estética de muñeca Barbie que unos y otros aplicaban a su concepto de atractivo femenino. Las mujeres, por su parte, adiestradas desde su más tierna edad en el desprecio de sus propios cuerpos, contemplaron a Cenicienta con envidia y rencor. Ni siquiera su propia madre y hermanas políticas, consumidas por los celos, fueron capaces de reconocerla.
Cenicienta no tardó en captar la mirada errante del príncipe, quien se encontraba en aquel momento ocupado discutiendo acerca de torneos y peleas de osos con sus amigotes. Al verla, el príncipe se sintió temporalmente incapaz de hablar con la misma libertad que la generalidad de la población. «He aquí -pensó-, una mujer a la que podría convertir en mi princesa e impregnar con la progenie de mis perfectos genes, lo que me convertiría en la envidia del resto de los príncipes en varios kilómetros a la redonda. ¡Y encima es rubia!»
El príncipe se dispuso a atravesar el salón de baile en dirección a su presa. Sus amigos siguieron sus pasos en pos de Cenicienta, y todos aquellos varones presentes en la sala que contaban menos de setenta años de edad y no estaban ocupados sirviendo copas hicieron lo propio.
Cenicienta, orgullosa de la conmoción que estaba causando, avanzaba con la cabeza alta, adoptando el porte propio de una mujer de elevada condición social. Pronto, sin embargo, resultó evidente que dicha conmoción se estaba convirtiendo en algo desagradable o, al menos, susceptible de producir disfunción social.
El príncipe había declarado de modo inequívoco a sus amigos que tenía intención de «poseer» a aquella joven mujer. Su determinación, no obstante, había irritado a sus compañeros, ya que también ellos la codiciaban y pretendían poseerla. Los hombres comenzaron a gritarse y empujarse unos a otros. El mejor amigo del príncipe, un duque tan robusto como cerebralmente constreñido, le detuvo a medio camino de la pista de baile e insistió en que él sería quien consiguiera a Cenicienta. La respuesta del príncipe consistió en un rápido puntapié en la ingle, lo que dejó al duque temporalmente inactivo. El príncipe, sin embargo, se vio inmovilizado por otros varones sexualmente enloquecidos y desapareció bajo una montaña de animales humanos.
Las mujeres contemplaban la escena, espantadas ante aquella depravada exhibición de testosterona, pero, por más que lo intentaron, se vieron incapaces de separar a los combatientes. A sus ojos, parecía que no era otra que Cenicienta la causa del problema, por lo que la rodearon dando muestras de una nada fraternal hostilidad. Ella trató de escapar, pero sus incómodos zapatos de cristal lo hacían casi imposible. Afortunadamente para ella, ninguna de sus rivales había acudido mejor calzada.
El estruendo creció hasta el punto de que nadie oyó que el reloj de la torre estaba dando las doce. Al sonar la última campanada, la hermosa túnica y los zapatos de Cenicienta se esfumaron y la joven se vio nuevamente ataviada con sus viejos harapos de campesina. Su madre y hermanas políticas la reconocieron de inmediato, pero guardaron silencio para evitar una situación embarazosa.
Ante aquella mágica transformación, todas las mujeres enmudecieron. Liberada del estorbo de su túnica y de sus zapatos, Cenicienta suspiró, se estiró y se rascó los costados. A continuación, sonrió, cerró los ojos y dijo:
-Y ahora, hermanas, podéis matarme si así lo deseáis, pero al menos moriré contenta.
Las mujeres que la rodeaban volvieron a experimentar una sensación de envidia, pero esta vez enfocaron la situación desde una perspectiva diferente: en lugar de perseguir venganza, comenzaron a desprenderse de los corpiños, corsés, zapatos y demás prendas que las limitaban. Inmediatamente, empezaron a bailar, a saltar y a gritar de alegría, pues se sentían al fin cómodas con sus prendas interiores y sus pies descalzos.
De haber distraído los varones la mirada de su machista orgía de destrucción, habrían podido ver a numerosas mujeres ataviadas tal y como normalmente acuden al tocador. Sin embargo, no cesaron de golpearse, aporrearse, patearse y arañarse hasta perecer todos, desde el primero hasta el último.
Las mujeres chasquearon los labios, sin experimentar remordimiento alguno. El palacio y el reino habían pasado a ser suyos. Su primer acto oficial consistió en vestir a los hombres con sus propios vestidos y afirmar ante los medios de comunicación que los disturbios habían surgido cuando algunas personas amenazaron con revelar la tendencia del príncipe y de sus amigos al travestismo. El segundo fue fundar una cooperativa textil destinada únicamente a la producción de prendas femeninas confortables y prácticas. A continuación, colgaron un cartel en el castillo anunciando la venta de CeniPrendas (pues así se denominaba la nueva línea de vestido) y, gracias a su actitud emprendedora y a sus hábiles sistemas de comercialización, todas -incluidas la madre y hermanas políticas de Cenicienta- vivieron felices para siempre.

Un día la Belleza y la Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron: «Bañémonos en el mar.»
Se desnudaron entonces, y nadaron en el agua. Luego Fealdad volvió a la playa y se puso las ropas de Belleza, y se marchó.
También Belleza salió del mar: al no encontrar su ropa, como era demasiado tímida para estar desnuda se puso la ropa de Fealdad, y siguió su camino.
Y hasta el día de hoy hombres y mujeres confunden a una con otra.
Pero hay algunos que contemplan el rostro de la Belleza y saben que no lleva sus ropas. Y otros que conocen el rostro de la Fealdad, y sus ropas no les engañan.

| For he who more lives than one more deaths the one must die. OSCAR WILDE |
| Tú dices que has vivido, quizás. Puede ser cierto. No importa si eres joven ni importa tu vejez. Haber vivido, a veces significa haber muerto, porque a veces los hombres mueren más de una vez. La vida es poca cosa. Qué más da su medida, si el que vive más años no siempre vive más; porque un instante, a veces, llena toda una vida, y a veces ese instante no se vive jamás. Tú dices que has vivido, quizás. Yo no sé nada. No sé lo que te queda del tiempo que se fue. Y acaso, en el misterio de una noche estrellada, te encogerás de hombros sin preguntar por qué. Lo demás llega y pasa: Pobres cosas de un día, fantasma de su sueño, formas de tu ilusión; nada más que hojas secas en tu mano vacía, nada más que hojas secas sobre tu corazón, sin embargo, no importa. Ya llegará el olvido. Después de un gran silencio, como un punto final. Y te sabrá a ceniza lo poco que has vivido, cuando pasen mil años y todo siga igual. |

En medio de una tremenda tempestad, un barco zozobró cerca de la costa. Un hombre quiso lanzarse a salvar a los náufragos, pero sus compañeros se lo impidieron para evitar que el mar embravecido también lo devorara. Tiempo más tarde estalló otra tormenta. Nuestro hombre, sin que nadie lo viera, se lanzó entre las olas gigantescas, luchó durante horas y al fin, al borde del agotamiento, alcanzó la playa, feliz de haber, por fin, salvado a alguien.

| En una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Un rayo de sol, por ejemplo. (Pero hay que encerrarlo muy rápido, si no, se lo come la sombra). Un poco de copo de nieve, quizás una moneda de luna, botones del traje del viento, y mucho, muchísimo más. Les voy a contar un secreto. En una cajita de fósforos yo tengo guardada una lágrima, y nadie, por suerte, la ve. Es claro que ya no me sirve. Es cierto que está muy gastada. Lo sé, pero qué voy a hacer, tirarla me da mucha lástima. Tal vez las personas mayores no entiendan jamás de tesoros. “Basura” dirán, “Cachivaches”, “No sé por qué juntan todo esto”. No importa, que ustedes y yo igual seguiremos guardando palitos, pelusas, botones, tachuelas, virutas de lápiz, carozos, tapitas, papeles, piolín, carreteles, trapitos, hilachas, cascotes y bichos. En una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Las cosas que no tienen mamá. |

| Cuando sientas tu herida sangrar cuando sientas tu voz sollozar cuenta conmigo. (de una canción de Carlos Puebla) | |
| Compañera usted sabe que puede contar conmigo no hasta dos o hasta diez sino contar conmigo si alguna vez advierte que la miro a los ojos y una veta de amor reconoce en los míos no alerte sus fusiles ni piense qué delirio a pesar de la veta o tal vez porque existe usted puede contar conmigo si otras veces me encuentra huraño sin motivo no piense qué flojera igual puede contar conmigo pero hagamos un trato yo quisiera contar con usted es tan lindo saber que usted existe uno se siente vivo y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos aunque sea hasta cinco no ya para que acuda presurosa en mi auxilio sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo. |

Un joven era muy querido por la gente de su pueblo porque, hacia la hora del crepúsculo, todos se reunían a su alrededor, le hacían preguntas y él contaba las muchas cosas extrañas que había visto durante el día.
-Contemplé tres sirenas en el mar -decía-, que cepillaban sus cabellos verdes con un peine dorado.
Y cuando lo urgían a contar más decía algo así:
-A través de una piedra hueca espié a un centauro. Al encontrarse nuestras miradas, se giró lentamente para retirarse y me observó con tristeza, por encima del hombro.
Y si ellos insistían ansiosamente:
-Dinos ¿qué más has visto?
Él les contaba:
-En un bosquecillo, un joven fauno tocaba su flauta para los habitantes del bosque, que bailaban al ritmo de su música.
Sin embargo, un día que salió de paseo vio surgir entre las olas a tres sirenas que alisaban sus cabellos con un peine dorado, y cuando se hubieron ido, un centauro lo miró a través de un risco hueco, y más tarde, al pasar junto a un bosquecillo, contempló a un fauno que tocaba su caramillo para los habitantes del bosque.
Esa noche, cuando la gente del pueblo se reunió bajo el crepúsculo y le espetaron:
-Dinos ¿qué has visto hoy?
Él respondió con tristeza:
-Hoy no he visto nada.

| Cuando el amor, ese desesperado afán de no estar solo, tiñe de azul mi corazón, y se acercan a mí todas las criaturas de su mano, de repente me asalta una imprevista furia por seguir siendo yo solamente, pobre y frío yo, en mi desmantelada guarida, que ni para ser sepulcro sirve pero es mía. No quiero mirar nada a través de otros ojos, ni dormitar sobre la dúctil gracia de una cintura o una mano, del arco de unos labios o unas cejas. Quiero ser yo, ser mío, ser mi dueño y mi esclavo, morir en mi tiniebla. Que muera en mi tiniebla todo aquello que pudo ser mi hijo, sangre mía, mi casta, regusto de mi boca. Que cada amanecer en sí mismo se cierre, sin verter su palabra al oído de un cómplice. |

No te he dado, Adán, ninguna morada ni forma que te sea exclusiva, ni ninguna función peculiar, con el fin de que, de acuerdo con tu deseo y con tu juicio, puedas tener y poseer la morada, la forma y las funciones que tú mismo escojas. La naturaleza de todos los otros seres es limitada y está constreñida por las leyes que Nosotros hemos prescrito. Tú, sin límites que te compelan, de acuerdo con tu propio libre albedrío, en cuyas manos te he puesto, ordenarás por ti mismo los límites de tu naturaleza. Te he situado en el centro del mundo para que puedas desde allí observar más fácilmente todo lo que hay en él. No te he hecho ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, de modo que, con libertad de elección y con honor, como árbitro y artífice de ti mismo, te des la forma que prefieras.

Hora crepuscular en la bohemia radical del mundo finito. Fran Gomar ha muerto sobre la mesa de tragos cortos, en el rincón más húmedo del bar de la Gertru. Nadie se ha dado cuenta. Gomar siempre finge morirse los viernes de tempestad, no hay por qué extrañarse de que su cabeza haya caído en seco sobre un mal juego de naipes. A su lado, Lina Calavera sonríe indefinidamente mientras acaricia sus cartas con los dedos.
Las sirenas no han parado de sonar en toda la noche, y eso que el sobrino de la Gertru se ha marcado media docena de tangos españoles y un mix de Vivaldi con la máquina de “tus canciones favoritas”. Han sido unas horas muy agitadas para el retén de policía que hay en la esquina. Gertru sabe que hoy los agentes harán buena caja en su bar. Todos los viernes ocurre lo mismo: un par de accidentes de tráfico, tres violaciones mixtas, un robo... y el cuartelillo al completo regresa a torpes horas para ahogar su sensibilidad en el carajillo especial de la Gertru.
Mientras aguarda a la tropa, el local permanece embadurnado de humo y conversaciones macedónicas. Como Gomar está roncando, Lina Calavera ha dejado los naipes sobre la mesa, eso sí, boca abajo, para buscar a alguien que quiera terminar el juego con ella. Está irritada porque Gomar siempre la deja a medias, y porque no hay nada más cruel y villano que abandonar a la prójima en estado de suma excitación. En la mesa de al lado hay dos jóvenes: uno calvo y desaliñado, otro con una larga melena publicitaria y corbata de seda... o de nylon. Lina se sienta con ellos y les cuenta su desdicha. Los muchachos parecen prestarle mucha atención. Han pedido otra jarra de espuma, y quizá luego pidan más.
Gertru está encantada porque le encanta estar rodeada de personas encantadoras que hablen mucho y de vez en cuando digan algo interesante. A veces, se pasa horas sentada en la proa de su barra, escuchando y observando conversaciones y caras ajenas. Con ella, apenas nadie habla. Tuvo la desgracia de ser demasiado hermosa en su juventud, y de ser demasiado horrible ahora, en su madurez, tanto ayer y hoy, que nadie se atrevió nunca a intimar con ella, porque creían que no era de este mundo o que lo era demasiado. Pero ella se ha acostumbrado a vivir de este modo, sin decir palabra y hablando sólo con la presencia. Es por eso que le gusta tanto observar a Lina, a la que conoce de años, porque es tan normal, tan vulgar, que parece caerle bien a todo el mundo, aunque su padre gustara de nombrarla “Calavera”.
En estos momentos, parece que Lina ha convencido a los muchachos para que continúen la partida con ella, y el grupo intenta sacar las cartas de debajo de la cabeza de Fran Gomar. Lina da saltitos de júbilo y corre a pedirle a la Gertru un chupito de algo que la estimule para enfrentar bien el juego. A Gomar lo han corrido con la silla hacia otro lado. Lina bebe de un trago y regresa a la mesa. Aunque conoce de pocos minutos a sus nuevos amigos, la común afición a la baraja y a la cerveza vaticinan una larga y estrecha unión entre ella y ellos. Gertru sonríe asomada a la barra, como si se asomara a un balcón con los pies ocultos por las flores.
Gomar, mientras tanto, se ha quedado frágilmente recostado sobre su silla, demasiado cerca de un grupo de universitarios que debaten acaloradamente la obra de Nietzsche, así como el mal gusto con que se viste su profesora de Estética. Poco a poco, el brazo de Gomar va desprendiéndose del tronco hasta caer bruscamente y quedarse prendido en el aire. Tras unos instantes indecisos -quién sabe si la conciencia de Gomar se domina a sí misma aún etilizada; a veces, Gertru ha llegado a pensar que todo lo hace a propósito para fastidiar-, cae la cabeza y todo su peso, con tan mala surte que aterriza en la espalda de una de las chicas del grupo. La muchacha salta sobresaltada y la cabeza de Gomar va a parar al suelo pegajoso. Para colmo, una partícula de ceniza iluminada sale propulsada hacia Josema, el joven sin cabello que juega a las cartas con Lina. Los universitarios se levantan de la mesa confundidos, y Josema también se levanta, provocado. La Gertru, que lo ha visto todo, corre a serenar a sus clientes, pero Josema ya está estrujando la camiseta de uno de los universitarios, cualquiera, al azar. Lina intenta separarlos, pero “no te acerques, no me gustaría tener que pegar a una mujer”. Sin embargo, la Gertru impone, y además de ser la dueña, nadie ve claro su sexo, así que el incidente termina con la marcha escandalizada de los universitarios y el abandono de la partida de cartas por Josema, porque ya no puede concentrarse. Lina tiembla de rabia y sujeta con las garras al otro jugador.
La Gertru avisa a sus asiduos del crepúsculo, tres taxistas de avanzada edad y que gustan de las bebidas calientes, que incluso tienen asientos con sus nombres al final de la barra. Entre los cuatro, intentan recoger a Gomar, que ha estado todo el rato inconsciente en el suelo, y lo llevan al wáter para espabilarlo. Lo sientan en la tapa del retrete y le mojan la nuca y los mofletes con agua, pero Gomar se empeña en seguir muerto, así que la Gertru decide dejarlo ahí de momento, para que se espabile. Uno de los taxistas, que en sus días mozos cursó un seminario de criminología, entorna la puerta con discreción para que nadie se piense nada raro sin verlo de cerca.
Lina empapa sus cartas con el sudor de las manos. El joven de la melena no tiene ni idea del juego, ¡no sabe jugar!, pero él no lo dice. Los labios resecos de la mujer mantienen una mueca de disgusto que incomoda al muchacho. Éste decide acabar pronto con el juego y hace un intento suicida por perder. Lina lo esquiva y se deja ganar, porque no quiere acabar tan pronto la partida. Los ojos de ambos mantienen una intensa lucha de mentiras, hasta que el joven, con voz temblorosa, le dice que se ha de marchar a su casa, que aunque parezca raro, mañana es sábado y él utiliza ese día para trabajar, y el resto de la semana lo usa para vivir. Luego se levanta y se va. Lina se siente tan angustiada que permanece paralizada en su asiento, aguantando las cartas con la rigidez de una top-muñeca.
Mientras tanto, el bar ha sido tomado a traición por una ola de uniformes informales. Serán unos quince o veinte, de peso y estatura estándar y edades muy variadas. Todos los oficiales piden el carajillo especial de la Gertru, la receta que le hizo famosa, hace ya casi diez años, en todos los retenes del barrio: leche caliente, polvos de pimienta, y dos gotas de café tocado con licor de banana. La Gertru está entusiasmada.
El “rin rin” de la caja es un aluvión de bisiestas esperanzas para su miseria. Eufórica, manda a su sobrino para que ponga unos blues drogadictivos que caldeen aún más el ambiente. Son las cuatro de la mañana y el bar es un estadio abarrotado de voces anónimas, dientes brillantes y ojos llorosos.
Lina ha encontrado una nueva pareja de juego, un policía muy sonriente que se ha ofrecido para acabar la partida “por unos ojos tan bonitos que no deben estar tristes”. A Lina le da igual que el tipo quiera ligar con ella; al acabar el juego se lo quita de encima y ya está. Lo importante ahora es jugar, lo cual implica un final con un resultado, es una simple cuestión de causa y efecto, en la que Lina no admite variables intermedias. En cuanto consiga ese final que tanto ansía se irá a casa y caerá oronda sobre la cama, también sin intermedios, relajada y feliz.
La Gertru sigue con la mirada a una señora muy arreglada que acaba de entrar sola, muy ligera, y que acude directa al water: “¿dónde está el excusado de señoras, por favor?”, pregunta a Gertru. “Allí”, responde ella señalando con el dedo y aguantándose la risa ante tanta finura. Luego, la ve salir fugaz del local, con cara descompuesta. Gertru se queda extrañada. Frecuentemente entra gente al bar sólo para orinar la cerveza, pero esta mujer apenas había tenido tiempo material de soltar una gotita... ¡Gomar! Gomar se ha quedado sentado en la tapa del retrete, y ahora que tiene el bar tomado por la ley. Discretamente, agarra a su flacucho sobrino del brazo y se lo lleva hacia los servicios. Cuando abren la puerta, Gomar tiene la cabeza dentro del lavabo y continúa muerto. Tía y sobrino, sobrino y tía, cargan como pueden con el hombre y lo arrastran con una silla hasta detrás de la barra, que afortunadamente está ahí mismo. Suerte que la insignificancia con que la naturaleza dotó a la Gertru y a su sobrino los convierta tantas veces en invisibles y libres de reproches cívicos. Nadie los ha visto.
Alrededor de la mesa donde juegan Lina y el agente Romeo se ha formado un círculo perfecto de uniformes. Detrás del grupo, una pareja se besa febrilmente entre los efluvios de una nube de cannabis. La Gertru los observa con energía maternal. Su sobrino los contempla con otro tipo de energía. El blues suena y ya hace un buen rato que se callaron las sirenas. Se comenta por el local que hoy murió un tipo a causa del ruido de un frenazo de coche y que una mujer intentó quemar el colegio donde trabajaba de maestra.
Cuando ya hace doce minutos que la luz atraviesa los ventanales del bar, Lina, por fin, asoma su cabeza triunfadora por entre las cabezas despeinadas del público, y sin decir adiós a nadie, desairando cruelmente el babeo de Romeo, se marcha del bar como quien hubiera entrado hace sólo un momento.
A Gertru no le importa quién haya ganado la partida, no tiene fuerzas para escuchar de Romeo su intensa decepción, tan solo le apetece dormir, dormir esa larga noche que una vez más ha sido su vida, un transcurso de horas extrañas junto a raras compañías. Dueña y autoritaria pese a su carestía, desaloja con voz indeterminada como toda ella a los uniformes, los besos, los borrachos, el sobrino, la mendiga y los demás extras. Ahora se ha quedado sola. Paciente pero ágil, porque ya son muchos los años de profesión, friega los suelos, limpia las mesas, friega los vasos, limpia el wáter, friega el humo de las paredes... cierra el bar y se marcha a la cama sin sueño, aunque tampoco tiene fuerzas.
Ya dormida, observa en alta definición a toda la gente que vino hoy al bar, siempre con la ventaja de que a ella no la mira nadie, siempre con esa incertidumbre de quien quiere hablar pero olvidó la palabra exacta, el instante oportuno, de quien acostumbra a no estar presente ni compartir con nadie... demasiado plácido para que dure más de dos minutos: Gomar quedó allá, en la trasera de la barra. Gertru cae de la cama, simulando una voltereta lateral, y baja las escaleras de cinco en cinco hasta llegar nuevamente al bar. Gomar aún sigue muerto.
El suelo está mojado y ella va descalza, pero sus pies están tan dormidos que no sentiría ni aunque se estuvieran ahogando. En ese momento, y así a oscuras, Gomar abre los ojos de pronto y se incorpora. La Gertru le ha suministrado con embudo una razonable cantidad de calimocho caliente. Autómata, Gomar se despide de la Gertru, le paga lo que ya había pagado antes y se acomoda el cuello del abrigo, porque fuera hace mucho frío, o por lo menos, eso pasó ayer.

| Voy de negro y te preguntas el por qué, porque no visto otros colores sé muy bien que mi apariencia puede resultar sombría y gris; tengo razones para vestir así. Llevo el negro por los pobres y también por los vencidos puestos contra la pared lo llevo por el preso que paga el sueldo de una ley hecha a medida del poder. Llevo el negro por aquellos que jamás hicieron caso a Cristo al proclamar que existe un camino de amor y de piedad; hablo claro, tú me entenderás. Voy de negro por la injusta soledad de los viejos y de los que acabarán fríos como piedras después de cabalgar mientras alguien se hace rico en su sofá. Voy de negro por el joven que caerá en la guerra creyendo tener detrás a Dios y a su madre de su lado, y no es verdad, es la carne del juego de un general. Sé que hay cosas que nunca estarán bien pero nada es imposible, mírame. Yo canto esta canción que puedes hacer tú, mira hacia dentro y carga con tu cruz. Quiero enseñar un arcoiris al cantar pero en mi espalda cae la oscuridad y hasta que la luz no brille de verdad voy de negro, de negro me verás. |

Era de noche y Él estaba solo.
Y vio a lo lejos los muros de una ciudad amurallada y se encaminó a la ciudad.
Y cuando estuvo cerca oyó los pasos de los pies de la alegría dentro de la ciudad, y la risa de la boca del gozo y los fuertes sones de numerosos laúdes. Y llamó golpeando a la puerta y le abrieron algunos de los guardianes.
Y se quedó contemplando una casa de mármol con hermosos pilares de mármol en la fachada. De los pilares pendían guirnaldas, y había antorchas de cedro dentro y fuera. Y entró en la casa.
Y cuando hubo atravesado la sala de calcedonia y la sala de jaspe, y hubo llegado a la larga sala del festín, vio a un hombre reclinado en un lecho de púrpura marina; tenía los cabellos coronados de rosas rojas y los labios rojos de vino.
Y Él se acercó por detrás y le tocó en el hombro y le dijo:
-¿Por qué llevas esta vida?
Y el joven se volvió y le reconoció, y respondiendo le dijo:
-Era leproso y me curaste. ¿De qué otro modo había de vivir?
Y Él salió de la casa de nuevo a la calle.
Y, transcurrido un rato, vio a una mujer con la cara pintada y el vestido de colores llamativos y con perlas calzándole los pies. E iba tras ella, a pasos lentos como un cazador, un joven cubierto con un manto de dos colores. El rostro de la mujer parecía el rostro hermoso de un ídolo, y los ojos del joven brillaban de lujuria.
Y Él les siguió deprisa y le tocó al joven en la mano y le dijo:
-¿Por qué miras a esta mujer y de ese modo?
Y el joven se volvió y le reconoció y dijo:
-Era ciego y me diste la vista. ¿Qué otra cosa había de mirar?
Y Él se adelantó corriendo y tocó la ropa de color llamativo de la mujer y le dijo:
-¿No hay otra senda en que andar más que la senda del pecado?
Y la mujer se volvió y le reconoció, y riéndose dijo:
-Tú me perdonaste los pecados y el camino que sigo es agradable.
Y Él salió de la ciudad.
Y cuando hubo salido de la ciudad, vio a un joven que lloraba sentado al borde del camino.
Y se acercó a él y le tocó los largos bucles del cabello y le dijo:
-¿Por qué lloras?
Y alzó el joven la mirada y le reconoció y respondió:
-Estaba muerto y me resucitaste de entre los muertos. ¿Qué otra cosa iba a hacer más que llorar?

| Avancen lentament per la ruta enfangada, mes ara ja no pensen en la muller ni en els fills ni en la casa que deixaren enrera, abandonada. Macilents avancen i canten himnes de violència sota el sol d’aquesta terra aspra i ennegrida. La Mort, però, els empeny llargament en corrues de tristos destins, ombres del que foren un dia. Mai més no retrobaran la pau d’aquelles hores que visqueren, llunyans com en la blanca pantalla del cinema, com en la set d’aquell diumenge en què ofrenaren el seu tímid amor. |

-¿Qué es él?
-Un hombre, por supuesto.
-Sí, pero ¿qué hace?
-Vive y es un hombre.
-¡Oh, por supuesto! Pero debe trabajar. Tiene que tener una ocupación de alguna especie.
-¿Por qué?
-Porque obviamente no pertenece a las clases acomodadas.
-No lo sé. Pero tiene mucho tiempo. Y hace unas sillas muy bonitas.
-¡Ahí está entonces! Es ebanista.
-¡No, no!
-En todo caso, carpintero y ensamblador.
-No, en absoluto.
-Pero si tú lo dijiste.
-¿Qué dije yo?
-Que hacía sillas y que era carpintero y ebanista.
-Yo dije que hacía sillas pero no dije que fuera carpintero.
-Muy bien, entonces es un aficionado.
-¡Quizá! ¿Dirías tú que un tordo es un flautista profesional o un aficionado?
-Yo diría que es un pájaro simplemente.
-Y yo digo que es sólo un hombre.
-¡Está bien! Siempre te ha gustado hacer juegos de palabras.

| Que el verso sea como una llave Que abra mil puertas. Una hoja cae; algo pasa volando; Cuanto miren los ojos creado sea, Y el alma del oyente quede temblando. Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; El adjetivo, cuando no da vida, mata. Estamos en el cielo de los nervios. El músculo cuelga, Como recuerdo, en los museos; Mas no por eso tenemos menos fuerza: El vigor verdadero Reside en la cabeza. Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! Hacedla florecer en el poema; Sólo para nosotros Viven todas las cosas bajo el Sol El poeta es un pequeño Dios. |

| Voy a contar un cuento. A la una, a las dos y a las tres: Había una vez. ¿Cómo sigue después? Ya sé, ya sé. Había una casita, una casita que. Me olvidé. Una casita blanca, eso es, donde vivía uno que creo era el Marqués. El Marqués era malo, le pegó con un palo a... No, el Marqués no fue. Me equivoqué. No importa. Sigo. Un día llegó la policía. No, porque no había. Llegó nada más que él, montado en un corcel que andaba muy ligero. Y había un jardinero que era bueno pero. Después pasaba algo que no recuerdo bien. Quizás pasaba el tren. Pero lejos de allí, la Reina en el Palacio jugaba al ta te ti, y dijo varias cosas que no las entendí. Y entonces... Me perdí. Ah, vino la Princesa vestida de organdí. Sí. Vino la Princesa. Seguro que era así. La Reina preguntole, no sé qué preguntó, y la Princesa, triste, le contestó que no. Porque la Princesita quería que el Marqués se casara con ella de una buena vez. No, no, así no era, era al revés. La cuestión es que un día, la Reina que venía dio un paso para atrás. No me acuerdo más. Ah, sí, la Reina dijo: -Hijita, ven acá. Y entonces no sé quién. Mejor que acabe ya. Creo que a mí también me llama mi mamá. |

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

| Part 1 Daddy’s flown across the ocean Leaving just a memory A snap shot in the family album Daddy what else did you leave for me Daddy what d’ya leave behind for me All in all it was just a brick in the wall All in all it was all just bricks in the wall Part 2 We don’t need no education We don’t need no thought control No dark sarcasm in the classroom Teachers leave the kids alone Hay teacher leave us kids alone All in all it’s just another brick in the wall All in all you’re just another brick in the wall Part 3 I don’t need no arms around me I don’t need no drugs to calm me I have seen the writing on the wall Don’t think I need anything at all No don’t think I’ll need anything at all All in all it was all just bricks in the wall All in all you were all just bricks in the wall |

Em van dir que no podia tenir dos fills, els agents repetien una i altra vegada que no era admissible, que eren una amenaça i, depèn de com, un insult. Si no cedia me’ls arrencarien tots dos, me’ls arrencarien dels pits si feia falta. A la policia tampoc no hi podia recórrer perquè llavors, em deien, segur que me’ls segrestaven. La pròpia policia els facturaria allà mateix. Em sentia desorientada, perduda. Decidit ja que la meva lleugeresa s’havia de corregir i que les meves súpliques no els estovarien, havia de triar entre els meus dos fills, en Klaus i en Peter: quin conservava dels dos? A quin li allargava la vida? Havia de pensar-m’ho bé, no fos cas que anés a triar el més malaltís o el més idiota. Tanta inversió s’havia de recuperar. Encara eren massa petits per fer prediccions sobre les seves capacitats. En Klaus era bo, menjava bé i no plorava gaire, m’havia deixat dormir molt. Reia sempre. De vegades, quan reia, treia la llengua i era molt divertit. Les galtes les tenia llustroses, feia venir ganes de pessigar-les-hi. En canvi en Peter m’havia donat la tabarra cada nit. Si sortíem amb el cotxet no em podia quedar aturada parlant amb ningú, perquè immediatament es posava a plorar. L’havia de gronxar i dir-li coses boniques, al malparit. A més, m’agafava cada febrada que déu-n’hi-do i no hi havia manera de fer-li empassar les culleradetes del puré de verdura. La veritat és que m’emprenyava molt. Intentava clavar-li la puta cullerada de puré i anava pensant que el nen no tenia cap virtut, cap virtut i que segurament l’entregaria a ell i salvaria en Klaus, que era tan bo i que enamorava tothom. Però un altre cop em va venir el dubte. En Klaus era massa bo, de vegades aquella carona tendra i bavejant em semblava una cara mig de subnormal. A l’edat que en Peter ja gairebé parlava i distingia algunes lletres i els colors -assenyalava el color vermell i deia «VEMELL!», estava moníssim- en Klaus no arribava a dir ni «mama» -em va cabrejar molt, molt, tot s’ha de dir, que el primer que en Klaus digués fos «iaia» per referir-se a la bruixa de la meva sogra que, per sort, van eutanasiar quan es va posar ja molt pesadeta. En Peter, que semblava més malaltís, era més intel·ligent i més eixerit que en Klaus. Els agents no paraven de repetir-me que triés el més «viable» i, amb els temps que vénen, els més «viables» seran els més intel·ligents, els més astuts, els més fills de puta. No crec que importin els problemes de salut de quan en Peter era més petit. Al contrari, superar aquests virus i aquestes grips enrobusteix els nens, els fa més aptes. Quan menys m’ho esperi a en Klaus, que no s’ha queixat mai i no li ha sortit mai ni un granet, li vindrà un vulgar refredat i se me l’emportarà... i si ja he donat en Peter, ja em diràs quina gràcia. Però al final, què? Amb quin em quedo, amb en Peter?, amb en Klaus? Els agents em donaven pressa, m’havia de decidir ja. Allò no podia continuar. O l’un o l’altre. Quin maldecap! No podia pensar bé, no podia calcular ni els costos ni els beneficis de cada cosa. Estava tan atabalada, tan confusa, amb tantes ganes d’acabar d’una vegada, que al final vaig dir: «Mireu, sabeu què?, aquí us els deixo tots dos i ja us espavilareu, a mi no em toqueu més la figa.»
Em va fer pena, sí, sobretot quan els van fer passar corredor enllà fins a unes escales que pujaven i, mentre en Klaus jugava reconcentrat amb un aneguet que si li premies la panxa de pelfa feia «quaak, quaaak» en Peter, que ja tenia uns cinc anys i mig, es va girar i, des de les escales, em va mirar fixament durant un breu instant, com si no entengués res. Després els van empènyer cap a la sala contigua, pobrets, i una porta es va tancar i em va separar d’ells per sempre. La mirada d’en Peter no me la podré treure mai del damunt. Em va cridar amb la mirada. Un crit agut i nítid que interromp tots els meus somnis. Per reconfortar-me diuen que pensi en mi, que vaig fer bé i que els fills són un pes innecessari. Hi ha moments en els quals penso que em vaig equivocar, que vaig deixar perdre coses importants. Els havia gestat, els havia criat, una part de la feina -la més dura- ja estava encarrilada, i va i jo, quan els havia de veure créixer, quan havia de gaudir de la seva plenitud i de la seva felicitat, els lliuro a una mort sense escrúpols. Aquí els agents em tallaven aviat. Parlar de «compassió» estava tan prohibit com tenir fills. Prou de traumes. De fet, em deien, m’havia de sentir poderosa: qui pot sentenciar els fills nodrits a la seva pròpia matriu no coneix cap dels sentiments que porten a la perdició. Si haig de ser franca, a mi les grans ambicions no em commouen, no he volgut demostrar res, no em veig com un exemple i el meu comportament no es pot qualificar d’heroic ni de res per l’estil. L’únic que haig d’agrair és que, entre tots, m’hagin convençut per dur la vida que volia portar i que era una altra (i molt diferent) de la que t’imposen les obligacions familiars. Total, com que els fills acaben morint igualment, o acaben fets uns cràpules, millor abandonar-los abans no sigui massa tard i et retirin quan ja els sembles inservible. La veritat és que la vida et dóna tantes oportunitats que en Klaus i en Peter haurien encaixat bastant malament. Haurien patit molt. Ara viatjo, aprenc, treballo, guanyo molts diners. És apassionant. Tot i no ser una joveneta encara estic prou bona, els homes se’m rifen i me n’aprofito. Amb els nens em trobava una mica com fora del mercat. D’ençà que els vaig abandonar, en canvi, follo molt. L’altre dia, sense anar més lluny, em vaig repassar un tio amb uns ulls verds i uns pectorals que no s’acabaven mai. Quin home! El vaig seduir amb un sol gest, el vaig atraure arronsant l’índex i assenyalant cap a baix. Ell es va agenollar enmig d’una discoteca, em va abaixar les calces i em va començar a llepar la vagina. Primer va anar temptant les parts allunyades i es va anar acostant cap al centre. Em desfeia. Amb el meu exmarit també he recuperat la relació a base de bons polvos. El millor és que res no ens distreu, la seva mare (que a mi em posava dels nervis) ja està ben morta i enterrada i, en contrapartida, ell no ha de signar cap xec addicional per mantenir els fills. Ens entenem molt millor, però ara no caurem en la trampa de sentir-nos lligats a causa dels bons records comuns ni de comprometre’ns el futur. Planegem un viatge a les antípodes tot i que potser, i ell ho consentirà, m’acabo embolicant amb algun guia de l’expedició. Em sento vivia i afortunada. Tot seria perfecte, si no fos pel crit d’en Peter que encara em fustiga amb la seva última mirada...

a Salvador Novo
| Ni tu silencio duro cristal de dura roca, ni el frío de la mano que me tiendes, ni tus palabras secas, sin tiempo ni color, ni mi nombre, ni siquiera mi nombre que dictas como cifra desnuda de sentido; ni la herida profunda, ni la sangre que mana de sus labios, palpitante, ni la distancia cada vez más fría sábana nieve de hospital de invierno tendida entre los dos como la duda; nada, nada podrá ser más amargo que el mar que llevo dentro, solo y ciego, el mar antiguo edipo que me recorre a tientas desde todos los siglos, cuando mi sangre aún no era mi sangre, cuando mi piel crecía en la piel de otro cuerpo, cuando alguien respiraba por mí que aún no nacía. El mar que sube mudo hasta mis labios, el mar que se satura con el mortal veneno que no mata pues prolonga la vida y duele más que el dolor. El mar que hace un trabajo lento y lento forjando en la caverna de mi pecho el puño airado de mi corazón. Mar sin viento ni cielo, sin olas, desolado, nocturno mar sin espuma en los labios, nocturno mar sin cólera, conforme con lamer las paredes que lo mantienen preso y esclavo que no rompe sus riberas y ciego que no busca la luz que le robaron y amante que no quiere sino su desamor. Mar que arrastra despojos silenciosos, olvidos olvidados y deseos, sílabas de recuerdos y rencores, ahogados sueños de recién nacidos, perfiles y perfumes mutilados, fibras de luz y náufragos cabellos. Nocturno mar amargo que circula en estrechos corredores de corales y arterias y raíces y venas y medusas capilares. Mar que teje en la sombra su tejido flotante, con azules agujas ensartadas con hilos nervios y tensos cordones. Nocturno mar amargo que humedece mi lengua con su lenta saliva, que hacer crecer mis uñas con la fuerza de su marea oscura. Mi oreja sigue su rumor secreto, oigo crecer sus rocas y sus plantas que alargan más y más sus labios dedos. Lo llevo en mí como un remordimiento, pecado ajeno y sueño misterioso, y lo arrullo y lo duermo y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto. |

En cierto pueblo había cuatro brahmanes que eran amigos. Tres habían alcanzado el confín de cuanto los hombres pueden saber, pero les faltaba cordura. El otro desdeñaba el saber; sólo tenía cordura. Un día se reunieron. ¿De qué sirven las prendas, dijeron, si no viajamos, si no logramos el favor de los reyes, si no ganamos dinero? Ante todo, viajaremos.
Pero cuando habían recorrido un trecho, dijo el mayor:
-Uno de nosotros, el cuarto, es un simple, que no tiene más que cordura. Sin el saber, con mera cordura, nadie obtiene el favor de los reyes. Por consiguiente, no compartiremos con él nuestras ganancias. Que se vuelva a su casa.
El segundo dijo:
-Mi inteligente amigo, careces de sabiduría. Vuelve a tu casa.
El tercero dijo:
-Ésta no es manera de proceder. Desde chicos hemos jugado juntos. Ven, mi noble amigo. Tú tendrás tu parte en nuestras ganancias.
Siguieron su camino y en un bosque hallaron los huesos de un león. Uno de ellos dijo:
-Buena ocasión para ejercitar nuestros conocimientos. Aquí hay un animal muerto; resucitémoslo.
El primero dijo:
-Sé componer el esqueleto.
El segundo dijo:
-Puedo suministrar la piel, la carne y la sangre.
El tercero dijo:
-Sé darle vida.
El primero compuso el esqueleto, el segundo suministró la piel, la carne y la sangre. El tercero se disponía a infundir la vida, cuando el hombre cuerdo observó:
-Es un león. Si lo resucitan, nos va a matar a todos.
-Eres muy simple -dijo el otro-. No seré yo el que frustre la labor de la sabiduría.
-En tal caso -respondió el hombre cuerdo- aguarda que me suba a este árbol.
Cuando lo hubo hecho, resucitaron al león; éste se levantó y mató a los tres. El hombre cuerdo esperó que se alejara el león, para bajar del árbol y volver a su casa.

| No em prens ni et prenc. Traço el perfil d’un gest i tanta llum es pobla del teu cos que ja la llum ets tu i tots els colors s’esbalcen i es confonen. Afuats, esdevenim la punta d’un sol crit, d’un sol desig, d’un sol pressentiment. Vibra el silenci. Pluges i metalls mesclen els sons. L’espera és tensa. Tens l’arc del teu cos i alhora acollidor. Marta, et penetro tendrament, i creix en ones lentes, poderós, el goig fins a assolir la fonda plenitud, la balma clara sense tornaveus. Pura i obscena et mostres. Tens els pits suaus i erectes i te’ls beso. Tu somrius a penes, bleixes i m’aculls. Molt dolçament repeteixo el teu nom. |

| Moisés, que enseña que la Ley es todo; Jesús, que enseña que el amor es todo; Marx, que enseña que el dinero es todo; Freud, que enseña que el sexo es todo; Einstein, que enseña... que todo es relativo. |

| Catro cousas hai no mundo que resolven o sentido amar e non ser amado querer e non ser querido Moreniña por morena ténoche o ollo botado has de ser miña muller ou non hei de ter casado A cinta de namorare a cinta namoradeira a cinta de namorare tráiocha na faltriqueira Como bandadas de pombas voan os meus pensamentos todos levan un camiño o camiño do teu peito A lúa vai encuberta a min pouco se me dá a lúa qu’a min m’aluma dentro do teu peito está | Esta mañana temprano mis ojos brillaban más ya no estabas a mi lado y ya nunca lo estarás. Yo me alegro de perderte no dirigirás mi vida ya me siento diferente odio verte cada día. Dentro de tu absurdo mundo tu no sabes donde estoy y tu intentas como siempre controlar la situación. Nuestra relación no existe no tiene pies ni cabeza si yo te pido febrero tu vas y me das cuaresma. Cuando pidas alegría yo te entregaré dolor si te va mal en la vida no tendrás mi compasión. |

En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, respondió:
-Me escupió en la cara y temí matarlo estando yo enojado. Sólo quiero matar a mis enemigos estando puro ante Dios.

| Déjame ahora, amor, que te maldiga con la palabra amarga y el castigo. Déjame que me sienta tu enemigo y a gritos déjame que te lo diga. En la colmena, en la cuajada espiga yo levanto mi voz y te maldigo. En el tesoro de la miel y el trigo, en el fugaz vilano y en la ortiga. Maldito seas en las pleamares, en el jazmín, el ónice, la arena, en el sirguero y en su verde ramo. Maldito en el jacinto y los azahares. Y, en la albahaca, el junco y la azucena, maldito yo también porque te amo. |

| Oh marine oh boy una de tus dificultades consiste en que no sabes distinguir el ser del estar para ti todo es to be así que probemos a aclarar las cosas por ejemplo una mujer es buena cuando entona desafinadamente los salmos y cada dos años cambia el refrigerador y envía mensualmente su perro al analista y sólo enfrenta el sexo los sábados de noche en cambio una mujer está buena cuando la miras y pones los perplejos ojos en blanco y la imaginas y la imaginas y la imaginas y hasta crees que tomando un martini te vendrá el coraje pero ni así por ejemplo un hombre es listo cuando obtiene millones por teléfono y evade la conciencia y los impuestos y abre una buena póliza de seguros a cobrar cuando llegue a sus setenta y sea el momento de viajar en excursión a capri y a parís y consiga violar a la gioconda en pleno louvre con la vertiginosa polaroid en cambio un hombre está listo cuando ustedes oh marine oh boy aparecen en el horizonte para inyectarle democracia. |

| Elles no t'abandonaran. Passarà el temps, s'esborrarà el desig -aquesta fletxa d'ombra- i els rostres sensuals, intel·ligents, bellissims, s'ocultaran en un mirall dins teu. Davallaràs encara, i perdràs, fins i tot, la poesia. El soroll fred de la ciutat als vidres anirà esdevenint l'única música, i les cartes d'amor que hauràs guardat la teva última literatura. |

Dominando la ciudad, sobre una alta columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba sobredorada con láminas delgadas de oro fino, por ojos tenía dos brillantes zafiros, y ardía un gran rubí en la empuñadura de su espada.
Verdaderamente era muy admirado.
-Es tan bello como una veleta -observó uno de los concejales, que quería adquirir fama de tener gustos artísticos-; sólo que no es tan útil -añadió, temiendo que la gente fuera a pensar que carecía de sentido práctico, lo que en realidad no era el caso.
-¿Por qué no te pareces al Príncipe Feliz? -preguntó una madre sensata a un niño que lloraba porque quería la luna-. Al Príncipe Feliz nunca se le ocurriría llorar por nada.
-Me alegro de que haya alguien en el mundo que sea completamente feliz -murmuró un hombre desengañado, mientras contemplaba la maravillosa estatua.
-Parece un ángel -dijeron los niños del hospicio cuando salían de la catedral con sus capas de brillante color escarlata y sus limpios delantales blancos.
-¿Cómo lo sabéis? -dijo el profesor de matemáticas-, nunca habéis visto a ninguno.
-Ah, pero lo hemos visto en sueños -replicaron los niños.
Y el profesor de matemáticas frunció el ceño y tomó un aspecto severo, pues no aprobaba que los niños soñaran.
Una noche, una pequeña golondrina pasó volando por encima de la ciudad. Sus amigas se habían ido a Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado rezagada, pues estaba enamorada del junco más hermoso. Le había conocido al comienzo de la primavera, cuando volaba río abajo persiguiendo a una gran polilla de color amarillo, y le había atraído tanto el talle esbelto del junco que se había detenido a hablarle.
-¿Te parece bien que te ame? -dijo la golondrina, a quien le gustaba ir directamente al asunto.
Y el junco le hizo una profunda reverencia. Así que voló y voló a su alrededor, rozando el agua con las alas y haciendo ondulaciones de plata. Este fue su noviazgo y duró todo el verano.
-Es un cariño ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-; no tiene dinero y tiene demasiados parientes.
Y en verdad, el río estaba completamente lleno de juncos. Luego, cuando llegó el otoño, todas se fueron volando.
Después de su marcha se sintió sola, y empezó a cansarse de su amado.
«No tiene conversación -se dijo-, y me temo que es casquivano, pues está siempre coqueteando con la brisa.»
Y, ciertamente, siempre que soplaba la brisa, le hacía el junco las más graciosas reverencias.
«Tengo que admitir que es hogareño -seguía diciéndose la golondrina-, pero a mí me gusta viajar, y a mi marido, por consiguiente, también debería gustarle.»
-¿Quieres venirte conmigo? -le dijo finalmente.
Pero el junco negó con la cabeza, pues estaba muy apegado a su hogar.
-Has estado jugando con mis sentimientos -gritó la golondrina. Me voy a las Pirámides. ¡Adiós!
Y se marchó volando.
Voló durante todo el día, y cuando era de noche llegó a la ciudad.
«¿Dónde me albergaré? -se dijo-; espero que la ciudad haya hecho los preparativos.»
Entonces vio la estatua sobre su elevada columna.
-Me alojaré ahí -exclamó-; tiene una hermosa situación con abundante aire fresco.
Así es que se posó justamente entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo un dormitorio de oro -dijo bajito para sí, mirando en torno suyo, y se dispuso a dormir.
Pero precisamente cuando estaba metiendo la cabeza debajo del ala cayó sobre ella una gota de agua.
-¡Qué cosa tan curiosa! -exclamó-, no hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y, sin embargo, está lloviendo! El clima del norte de Europa es realmente terrible.
Al junco solía gustarle la lluvia, pero era meramente por egoísmo.
Entonces cayó otra gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no te puede resguardar de la lluvia? -dijo-. Tengo que buscar una buena chimenea.
Y decidió marcharse.
Pero antes de abrir las alas le cayó una tercera gota; miró hacia arriba y vio... Ah, ¿qué estaba viendo? Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas y las lágrimas rodaban por sus doradas mejillas. Su rostro era tan hermoso a la luz de la luna que la pequeña golondrina se llenó de compasión.
-¿Quién eres?
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué estás llorando? -preguntó la golondrina-; me has dejado empapada.
-Cuando yo vivía y tenía un corazón humano -respondió la estatua-, no sabía lo que era el llanto, pues habitaba en el palacio de Sans-Souci, que es el palacio de la Despreocupación, donde al dolor no se le permite entrar. De día jugaba con mis compañeros en el jardín, y por la tarde dirigía la danza en el gran salón. Rodeando el jardín había un muro muy alto, pero nunca me cuidé de inquirir qué había más allá, tan hermoso era todo en torno mío. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y feliz era, en verdad, si el placer fuera la felicidad. Así viví y así me llegó la muerte. Y ahora que estoy muerto me han puesto aquí tan algo que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no puedo por menos de llorar.
«¡Cómo!, ¿no es de oro macizo?», se dijo la golondrina hablando para sí, pues era demasiado educada para hacer observaciones personales en voz alta.
-Allá lejos -continuó la estatua en tono bajo y musical-, allá lejos, en una callejuela hay una casa pobre. Una de las ventanas está abierta, y a través de ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Tiene la cara delgada y demacrada y las manos ásperas y enrojecidas, completamente picoteadas por la aguja, pues es costurera. Está bordando pasionarias en un vestido de raso para que la más bella de las damas de honor de la reina lo lleve en el próximo baile de la corte. En un lecho, en un rincón de la habitación, su niño yace enfermo. Tiene fiebre y está pidiendo naranjas; su madre no tiene nada que darle más que agua del río, así es que el pequeño está llorando. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina, ¿no puedes llevarle el rubí de la empuñadura de mi espada? Mis pies están tan sujetos a este pedestal que no puedo moverme.
-Me esperan en Egipto -dijo la golondrina-. Mis amigas están volando Nilo arriba y Nilo abajo, y charlan con las grandes flores de loto. Pronto se irán a dormir a la tumba del gran rey. El rey mismo está allí en su sarcófago decorado con pinturas, envuelto en lino amarillo y embalsamado con especias. Lleva en torno a su cuello una cadena de jade verde pálido, y sus manos son como hojas marchitas.
-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, ¿no quieres quedarte conmigo por una noche y ser mi mensajera? ¡El muchacho tiene tanta sed y la madre está tan triste!
-No creo que me gusten los muchachos -replicó la golondrina-. El verano pasado, cuando estaba sobre el río, había chicos maleducados, los hijos del molinero, que siempre me estaban tirando piedras. Nunca me dieron, por supuesto; nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para que suceda eso y, además, yo desciendo de una familia famosa por su agilidad; pero, no obstante, era una muestra de falta de respeto.
Pero el Príncipe Feliz parecía tan triste que la pequeña golondrina sintió pena.
-Hace mucho frío aquí -dijo-, pero me quedaré contigo por una noche y seré tu mensajera.
-Gracias, pequeña golondrina -dijo el Príncipe.
Y así la golondrina arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y se fue volando con él en el pico por encima de los tejados de la ciudad.
Pasó junto a la torre de la catedral, donde estaban esculpidos los ángeles de blanco mármol. Paso junto al palacio, y oyó la música del baile. Una bella muchacha salió al balcón con su amado.
-¡Qué maravillosas son las estrellas! -le dijo él-, ¡y qué maravilloso es el poder del amor!
-Espero que mi vestido esté a tiempo para el baile de gala -respondió ella-; he encargado que le borden pasionarias; pero ¡las bordadoras son tan perezosas!
Pasó sobre el río y vio las linternas suspendidas en los mástiles de los barcos. Pasó por encima de la judería, y vio a los judíos viejos haciendo tratos entre sí y pesando monedas en balanzas de cobre. Llegó por último a la casa pobre y miró hacia adentro: el muchacho se estaba agitando febrilmente en el lecho y la madre se había quedado dormida, de cansada que estaba.
Entró de un vuelo y dejó el gran rubí sobre la mesa, al lado del dedal de la mujer. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando la frente del niño con sus alas.
-¡Qué fresquito me siento! -dijo el muchacho-, debo de estar mejorando.
Y se sumió en un sueño delicioso.
Entonces la golondrina volvió volando junto al Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es extraño -observó-, pero siento calor, a pesar de que hace tanto frío.
-Eso es porque has hecho una buena acción -dijo el Príncipe.
Y la golondrina se puso a pensar, y se quedó dormida. El pensar siempre le daba sueño.
Cuando rompió el día bajó volando al río y se bañó.
-¡Qué fenómeno tan notable! -dijo el profesor de ornitología, que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió una larga carta al periódico local tratando de ello. Todo el mundo la citó, ¡tan plagada estaba de palabras que no podían entender!
«Esta noche me voy a Egipto», se dijo la golondrina.
Y se puso contenta sólo con pensarlo.
Visitó todos los monumentos públicos y estuvo posada un largo rato en lo más alto del campanario de la iglesia. Dondequiera que iba, los gorriones piaban y se decían unos a otros:
-¡Qué forastera tan distinguida!
Así es que disfrutó muchísimo.
Cuando salió la luna, volvió volando hasta el Príncipe Feliz.
-¿Tienes algún encargo para Egipto? -le preguntó-. Me marcho ahora mismo.
-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, ¿no quieres quedarte conmigo una noche más?
-Me esperan en Egipto -respondió la golondrina-. Mañana mis amigas remontarán el río hasta la segunda catarata. El hipopótamo se acuesta allí entre las espadañas, y el dios Memnón está sentado en un gran trono de granito. Toda la noche observa las estrellas, y cuando brilla el lucero del alba, lanza un grito de alegría y luego vuelve a quedarse silencioso. A mediodía, los rubios leones bajan a beber al borde del agua; tienen los ojos como verdes berilos, y su rugido es más sonoro que el estrépito de la catarata.
-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, allá lejos, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla; está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles, y en un vaso a su lado hay un ramillete de violetas marchitas. Tiene el cabello castaño y rizado, los labios rojos como una granada y grandes ojos soñadores. Está intentando terminar una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío para seguir escribiendo. No hay fuego en los llares, y el hambre le ha debilitado.
-Me quedaré contigo una noche más -dijo la golondrina, que realmente tenía buen corazón-. ¿Tengo que llevarle otro rubí?
-¡Ay! Ya no tengo rubíes -dijo el Príncipe-. Todo lo que me queda son los ojos. Son zafiros excepcionales, traídos de la India hace mil años. Arranca uno de ellos y llévaselo; se lo venderá al joyero, y comprará alimentos y leña, y terminará su obra.
-Querido Príncipe -dijo la golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se echó a llorar.
-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe, haz lo que te ordeno.
Así es que la golondrina arrancó un ojo del Príncipe y se fue volando a la buhardilla del estudiante.
Fue muy fácil entrar, ya que había un boquete en el tejado. Se lanzó a través de él y entró en la habitación. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos, así que no oyó el aleteo del pájaro, y cuando alzó la mirada encontró el hermoso zafiro sobre las violetas marchitas.
-Están empezando a estimarme -exclamó-; esto viene de algún ferviente admirador. Ya puedo terminar mi obra.
Y parecía muy feliz.
Al día siguiente, la golondrina bajó volando al puerto. Se posó sobre el mástil de un gran navío y estuvo observando cómo los marineros subían grandes cajones de la bodega tirando de cuerdas.
-¡Ízalo! -gritaban cuando subía cada cajón.
-Me voy a Egipto -gritó la golondrina.
Pero nadie le prestaba atención, y cuando salió la luna volvió volando junto al Príncipe Feliz.
-He venido a decirte adiós -exclamó.
-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, ¿no quieres quedarte conmigo una noche más?
-Es invierno -respondió la golondrina-, y pronto estará aquí la fría nieve. En Egipto, el sol es tibio sobre las palmeras verdes, y los cocodrilos yacen en el cieno mirando perezosamente en torno suyo. Mis compañeras están haciendo el nido sobre el Templo de Baalbec, y las tórtolas blancas y rosadas las observan y se arrullan. Querido Príncipe, debo dejarte, pero nunca me olvidaré de ti, y la próxima primavera te traeré a mi regreso dos bellas joyas a cambio de las que tú has dado. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro será tan azul como el vasto mar.
-Abajo, en la plaza -dijo el Príncipe Feliz-, está una pequeña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, y se han estropeado todas. Su padre le pegará si no lleva dinero a casa, y está llorando. Va descalza, sin medias ni zapatos, y lleva la cabecita descubierta. Arráncame el otro ojo y dáselo, y así su padre no le pegará.
-Me quedaré contigo una noche más -dijo la golondrina-, pero no puedo arrancarte el ojo; te quedarías completamente ciego.
-Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, haz lo que te ordeno.
Así es que arrancó el otro ojo del Príncipe y se lanzó de un vuelo llevándoselo.
Descendió rauda ante la cerillera y le deslizó la joya en la palma de la mano.
-¡Qué trocito de cristal tan hermoso! -exclamó la muchacha.
Y se fue a casa corriendo y riéndose.
Entonces volvió la golondrina con el Príncipe.
-Ahora estás ciego -dijo-, así que me quedaré contigo para siempre.
-No, pequeña golondrina -dijo el pobre Príncipe-; debes irte a Egipto.
-Me quedaré siempre contigo -dijo la golondrina.
Y se durmió a los pies del Príncipe.
Todo el día siguiente estuvo posada en el hombro del Príncipe contándole historias de lo que había visto en tierras extrañas. Le habló de los rojos ibis, que están en largas hileras a las orillas del Nilo y pescan peces de oro con el pico; de la Esfinge, que es tan vieja como el mundo mismo y habita en el desierto, y lo sabe todo; de los mercaderes, que caminan lentamente al lado de sus camellos, y llevan en las manos sartas de cuentas de ámbar; del rey de las Montañas de la Luna, que es tan negro como el ébano, y que adora a un enorme cristal; de la gran serpiente verde, que duerme en una palmera, y tiene veinte sacerdotes para alimentarla con pasteles de miel; de los pigmeos que navegan en un gran lago sobre grandes hojas planas, y están siempre en guerra con las mariposas.
-Querida golondrina -dijo el Príncipe-, me estás contando cosas maravillosas, pero más admirable que ninguna otra cosa es el sufrimiento de los seres humanos. No hay ningún misterio tan grande como la miseria. Vuela sobre la ciudad, pequeña golondrina, y cuéntame lo que veas en ella.
Así es que la golondrina voló sobre la ciudad, y vio a los ricos pasándoselo bien en sus casas hermosas, mientras que los mendigos estaban sentados a las puertas. Voló por callejuelas oscuras, y vio las caras pálidas de los niños hambrientos que miraban sin alegría alguna las calles negras. Bajo el arco de un puente dos niños estaban tumbados en brazos uno del otro intentando darse calor.
-¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No podéis tumbaros aquí! -gritó el vigilante.
Y se fueron a vagar bajo la lluvia.
Entonces volvió volando la golondrina y contó al Príncipe lo que había visto.
-Estoy recubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; debes arrancarlo hoja por hoja y dárselo a mis pobres; los que viven siempre creen que el oro puede hacerles felices.
Hoja por hoja, arrancó la golondrina el oro fino, hasta que el Príncipe Feliz se volvió mate y gris. Hoja tras hoja, llevó a los pobres el oro fino, y los rostros de los niños se volvieron más rosados, y reían y jugaban en la calle.
-¡Ahora tenemos pan! -gritaban.
Luego llegó la nieve, y después de la nieve vino la helada. Las calles parecían de plata, de tan brillantes y relucientes que estaban; largos carámbanos semejantes a dagas de cristal pendían de los aleros de las casas. Todo el mundo iba cubierto de pieles, y los niños llevaban gorros escarlata y patinaban sobre el hielo.
La pobre golondrina tenía cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe, de tanto como le amaba. Picoteaba las migas de la puerta de la panadería cuando no estaba mirando el panadero, y trataba de entrar en calor batiendo las alas.
Pero al fin supo que iba a morir. Sólo le quedaban fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe una vez más.
-¡Adiós, querido Príncipe! -musitó-, ¿me permites que te bese la mano?
-Me alegro de que te vayas a Egipto por fin, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-; te has quedado aquí demasiado tiempo; pero debes besarme en los labios, pues te amo.
-No es a Egipto a donde voy -dijo la golondrina-. Me voy a la Casa de la Muerte. La muerte es la hermana del sueño, ¿no es así?
Y besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies.
En ese momento sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si algo se hubiera roto dentro. Y en verdad el corazón de plomo había estallado partiéndose en dos. Ciertamente era una helada terriblemente fuerte.
Al día siguiente, muy de mañana, paseaba el alcalde por la plaza acompañado de los concejales. Al pasar junto a la columna, alzó los ojos hacia la estatua.
-¡Válgame Dios! ¡Qué aspecto tan descuidado tiene el Príncipe Feliz! -dijo.
-¡Qué descuidado, efectivamente! -exclamaron los concejales, que siempre estaban de acuerdo con el alcalde.
Y subieron a mirarlo.
-Se le ha caído el rubí de la espada, le han desaparecido los ojos y ya no es de oro -dijo el alcalde-; ¡realmente, casi parece un mendigo!
-¡Casi parece un mendigo! -dijeron los concejales.
-¡Y hasta un pájaro muerto a sus pies! -continuó el alcalde-. Ciertamente tenemos que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota de la propuesta.
Así es que derribaron la estatua del Príncipe Feliz.
-Como ya no es hermoso, ha dejado de ser útil -dijo el profesor de arte de la universidad.
Luego fundieron la estatua en un horno, y el alcalde celebró una sesión de la corporación municipal para decidir qué iba a hacerse con el metal.
-Debemos tener otra estatua, desde luego -dijo-, y ha de ser una estatua mía.
-¡Mía! -dijeron los concejales.
Y empezaron a discutir. La última vez que tuve noticias de ellos, estaban discutiendo todavía.
-¡Qué cosa tan extraña! -dijo el capataz de la fundición-. Este corazón roto de plomo no se funde en el horno. Tenemos que tirarlo.
Así es que lo tiraron a un montón de basura donde estaba también la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más valiosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido rectamente -dijo Dios-, pues en mi jardín del paraíso cantará eternamente este pajarillo y en mi ciudad de oro dirá mis alabanzas el Príncipe Feliz.

1
Dos poemas de metro y rima libre, un breve ensayo impresionista autobiográfico sobre poetisas contemporáneas, media docena de carantoñas a bebés desconocidos
-¿sonrieron?
-sonrieron
Asistencia a una anciana en un cajero automático, limpieza a fondo de la casa, tres coitos de más de treinta minutos...
-¿orgasmos?
-propios, tres; ajenos, dos
-¿sabe que eso lleva penalización?
-ya...
Y algunas entradas para la enciclopedia monotemática que el supervisor se encarga de tomar al dictado: “Porque el dinero, por supuesto, nunca es sólo dinero. Siempre es otra cosa, siempre es algo más, y siempre tiene la última palabra. Paul Auster. A salto de mata. Página 12”.
-¿Más?
-bueno, he contabilizado lo que gastó Warhol en material fotográfico según sus Diarios entre el 24 de noviembre de 1976 y junio de 1979...
-interesante... ¿cuánto?
-278 dólares con 77 centavos.
El supervisor toma nota de la última información revelada, aparta la vista de la pantalla y mira a Marcos por si tuviera algo más que ofrecer. No hay más. De momento.
-Dentro de unos días, una semana, como mucho, podré traer la cifra total de lo que gastó Warhol en taxis a lo largo de todos sus Diarios.
El empleado hace la suma en su máquina calculadora: dos poemas a 100 dólares poema, 200; un ensayo breve, otros 100; seis sonrisas indiscriminadas a bebés, 72 dólares las seis; cuidado del hogar, 20 dólares; tres encuentros sexuales 180, menos la penalización, 155. Dos entradas para la enciclopedia: 50 dólares por la textual, 28 por la numérica. Total: 625 dólares.
Al salir del despacho, Marcos piensa que aunque parece mucho dinero por una semana de trabajo, casi la mitad lo va a tener que entregar en la sección de gastos. Por lo menos la mitad: las más de diez veces que la televisión le había hecho sonreír, los buenos consejos que había recibido el día anterior de Paula... Debería empezar a reducir gastos: usar menos el teléfono, eliminar sus dudas, o al menos tratar de no manifestarlas ante los demás, siempre deseosos de poder echar una mano, llevados por la ambición. Aunque él no sea mejor. Nadie lo es. Se lo ha demostrado al declarar las seis carantoñas efectivas, sin haber tenido en cuenta la súplica de aquella madre para que no dijera nada, “por favor, ya son demasiados gastos, un niño pequeño es una ruina para una madre soltera: todo el mundo se cree con derecho a ayudar, a ser atento...”. Aunque entonces no había anotado su número en la libreta, lo había memorizado para poder apuntarlo después en el formulario laboral. Ahora esa mujer tendría que pagar un recargo por fraude. Si fuese la primera vez, no pasaría nada, se consideraría un olvido involuntario y sólo se aplicaría un diez por ciento más, pero si fuera reincidente, la multa sería bastante mayor, casi el triple del importe omitido. Nadie es mejor. Por mucha mala conciencia.
Marcos abandona el ministerio con 400 dólares en el bolsillo y marcha hacia su casa para terminar de leer los Diarios de Andy Warhol y así poder entregar a la semana siguiente el total de gastos en taxis, revistas, propinas, libros y material fotográfico.
2
Al cabo de dos semanas, el funcionario del ministerio de trabajo telefoneó a Marcos para interesarse por las cifras de los Diarios de Warhol prometidas. Si un funcionario farfulla “interesante” ante la propuesta de algún ciudadano, no cabe duda de que se tomará interés.
-Pensaba ir por allí esta misma mañana
-estupendo.
Desde el 24 de noviembre de 1976 cuando Warhol empezó a dictar sus diarios, hasta el 17 de febrero de 1987, cinco días antes de su muerte y último de los registrados, Andy Warhol contabilizó un gasto de 4.981,4 dólares en taxis
-cuatro mil novecientos ochenta y un dólares con cuarenta centavos...
Mientras que en esos casi doce años, sólo aparecen libros por un importe de 393 con 62
-perfecto... ¿alguna otra cosa?
-lo cierto es que no... no me ha dado tiempo a más
-no se preocupe. Es un trabajo excelente. Muy concienzudo
-gracias
-veamos; de una información de cinco mil trescientos setenta y cinco dólares con dos centavos... le corresponden quinientos treinta y siete dólares con cincuenta: un diez por ciento del total, ¿de acuerdo?
-de acuerdo.
A Marcos se le hace tan raro salir del edificio sin haber tenido que entregar ni un solo dólar para pagar sus gastos. Desde la última vez que había acudido allí, había pasado dos semanas sin salir de casa, ni encender el televisor. Había estado leyendo, comiendo las sobras que había ido encontrando en la despensa o en la nevera, sin contestar ninguna llamada que le pudiese interrumpir en su labor.
“Así se hace dinero”, pensó. Y de camino a casa, tras hacer algunas compras sin cargarse demasiado para no necesitar ayuda alguna, sonriendo a diestro y siniestro por algo de calderilla en “mejora convivencial” entró en una bibilioteca para hacerse con otro libro que le diera más cifras que vender. Se decidió por Dinero de Martin Amis. Tardó sólo un para de días en leerlo, pero supo que no sacaría ni un dólar por él. No había cifras, y las citas que halló le parecieron soflamas progubernamentales que le habría repugnado entregar. Al menos, contar los dólares que Warhol había ido gastando en moverse en coche por ahí, había sido, de alguna manera, una labor de investigación. “Así no se hace dinero”. Pensó.
-Esperábamos algo más de usted. Tras su última visita, informé al comité sobre sus capacidades y quedaron muy impresionados
-lo siento
-quince sonrisas fugaces en una semana no son un gran resultado
-lo sé
-sólo puedo darle noventa dólares
-bueno...
-aguarde. ¿Qué esperaba usted encontrar en el libro de Martin Amis?
-no sé; alguna cifra para la enciclopedia
-¿y nada?
-nada
-¿ni siquiera una cita?
-no
-¿ni siquiera “si pudiésemos extender el dinero como una delgada capa por encima de todas las cosas, quizá la vida se suavizara. El mundo estaría más acolchado. Pero la vida, qué dura es la vida. La vida es durísima”. Página doscientos setenta y seis. Nos habría encantado que la hubiera traído. Confiábamos tanto en usted...
-lo siento
La semana con 90 dólares coincidió con la llegada del frío. Marcos apenas había ahorrado nada para pagar el calor. Todas las mañanas al levantarse, antes incluso del desayuno, se sentaba en su mesa a escribir, con la ilusión de algún poema en la recámara, de ser capaz de un par de ellos que le dieran, por lo menos, para la calefacción. Pero no. Ya después de desayunar salía a la calle a buscar lo que fuera: algún minusválido atrapado en la nieve (ayuda en emergencia: 75$), niños extraviados (búsqueda de personas: 50$), el cuerpo de un mendigo (recogida de cadáveres: 100$)... lo que fuera. Pero sólo encontraba otros como él que le sonreían y a los que evitaba mirar a toda costa.
3
No permitió que Paula le diera ningún consejo, incluso la interrumpió con brusquedad cuando ella le abrazó contra su pecho y quiso empezar a recitarle la fábula de la cigarra y la hormiga. No podía permitirse tirar ni un dólar en apoyo emocional. Había ido a verla sólo para poder meterse juntos en la cama y masturbarla tantas veces como pudieran aguantar: ella despierta, él sin eyacular
-me parece que esta noche me vas a salir carísimo
-hay cosas que no se pagan con dinero...
-hace tiempo que eso ya no es verdad
-lo sé
Marcos entonces pensó por primera vez en la prostitución. No en la sexual que pudiera parecer esa noche junto a Paula, arrancándole un orgasmo tras otro para poder comprar comida y pagar la calefacción. Pensó en todas las maneras de prostitución, en todos sus modos de ganar dinero: en poemas inéditos que quedaban archivados en un ministerio como facturas, en sonrisas, lecturas, notas, amabilidad...
-pero tú no eres peor que los demás. Todos actuamos igual
-si crees que eso es un consuelo, lo voy a tener que declarar
-no, no creo que sea ningún consuelo, la verdad
Otra solución que ambos discuten es recurrir a la asociación familiar, al matrimonio con hijos que es una fuente segura de ingresos suficientes: matrimonio heterosexual: 3.000 dólares mensuales en concepto de atenciones mutuas, actitud ejemplificadora, estabilización social y mejora emocional recíproca. 5.000 dólares al mes si se tiene un hijo y 1.500 dólares mensuales más por cada hijo a partir del segundo
-si nos casamos puedes dejar de escribir, de leer un libro tras otro, de sonreír a los bebés o ayudar a las viejitas. Si nos casamos, Marcos, podrás vivir como desees
-¿y tú?
-por mí no te preocupes. Estaré bien
-“Es cuando hace frío. Éste es el momento en que realmente notas que tienes dinero”
-¿qué quieres decir?
-nada. Son sólo unas frases del último libro que leí...

| No son las cosas mismas las que al hombre alborotan y espantan sino las opiniones engañosas que tiene el hombre de las mismas cosas: (...) Por esto, cuantas veces tu seso turbaren ilusiones culparás a tus propias opiniones y no a las cosas mismas, ya propias ya ajenas, pues en ellas todas son buenas. Por esto debes advertir en todo que quien por su maldad o su desprecio al otro culpa, es necio; que quien se culpa a sí y a nadie culpa, ya que no es ignorante, es solamente honesto principiante; mas el varón que ni a sí ni a otro acusa en cualquier trabajo o accidente, es el sabio y bueno juntamente. |

| Un paquete de Winston, tres cafés, y no sé cuántos folios, para decirte en un poema que te quiero. Imagínate, si me metiese con tu cuerpo. |

-Bienvenido. En esta compañía de teléfonos, pensamos ante todo en su bienestar y su confort. Si desea conocer nuestras nuevas ofertas, diga uno. Si desea asesoría técnica, diga dos. Si desea hablar con un operador, diga tres. Si desea...
-Tres.
En este momento, todos nuestros operadores están ocupados. Por favor, permanezca en línea. Tuturi-tiriri-titura-tarara-tuturi-tiriri-tarara-tuturiii-tuturi-tiriri-titura-tarara-tuturi-tiriri-tarara-tuturiii...
-Venga...
-Le habla Carlota ¿en qué puedo ayudarle?
-Sólo quiero cambiar el contrato de mi móvil. He formado una empresa, y necesito que las facturas me lleguen a nombre de la empresa.
-¿Me puede dar su número de teléfono?
-695333987.
-¿Y su nombre para dirigirme a usted?
-Santiago.
-Señor Santiago, espere un minuto por favor...
-Pero, oiga...
-Tuturi-tiriri-titura-tarara-tuturi-tiriri-tarara-tuturiii-tuturi-tiriri-titura-tarara-tuturi-tiriri-tarara-tuturiii...
-¿Hola?
-Señor Santiago, esta operación la tiene que hacer en un local físico de nuestra compañía.
-Pero es que acabo de estar en el local físico, y ahí me han dado este número.
-Entonces le transferiré con un operador.
-Pero, señorita...
-Bienvenido. En esta compañía de teléfonos, pensamos ante todo en su bienestar y su confort. Tuturi-tiriri-titura-tarara-tuturi-tiriri-tarara-tuturiii-tuturi-tiriri-titura-tarara-tuturi-tiriri-tarara-tuturiii...
-Hola. ¿Hay alguien ahí?
-Le habla Domingo, ¿en qué puedo ayudarle?
-Mire, quisiera cambiar la tarifa de mi móvil. He formado una empresa, y necesito que las facturas me lleguen a nombre de la empresa.
-Entiendo. Vamos a necesitar su número de contrato y su número de terminal.
-¿Mi número de qué?
-De contrato y de terminal. El primero está en su contrato, y el segundo, en su terminal.
-No los tengo. Mi contrato es muy antiguo. ¿Hay alguien que pueda proporcionarme esos números, por favor?
-Sí, le transferiré con un operador.
-Bienvenido. En esta compañía de teléfonos, pensamos ante todo en su bienestar y su confort. Si desea conocer nuestras nuevas ofertas, diga uno. Si desea asesoría técnica, diga dos. Si desea hablar con un operador, diga tres. Si desea...
-Tres.
-Le habla Antonio. ¿Me puede dar su número de teléfono?
-695333987.
-¿Y su nombre para dirigirme a usted?
-Santiago...
-¿En qué puedo ayudarlo?
-He formado una empresa, y quisiera que me facturen el teléfono a nombre de ella.
-¿De qué es la empresa?
-De lo que yo hago. En realidad, todo sigue igual. Sólo es un cambio de nombre para fines contables.
-Esta operación la tiene que hacer en un local de nuestra compañía.
-Pero es que acabo de estar en el local físico, y ahí me han dado este numero.
-Tiene que marcar el 471.
-¡Ya marqué el 471! Hace media hora, cuando marqué, este número era el 471.
-Entonces necesitará el número de contrato y el de terminal. Lo transferiré a un operador para...
-Escucha Antonio, te seré sincero: todo es mentira. En realidad, yo pago el teléfono y lo seguiré pagando yo. ¿Comprendes? Sólo necesito que aparezca otro nombre, del que también soy dueño. Es fácil. ¿Verdad que es fácil? Todo es falso. ¿Comprendes?
-Ya. Lo transferiré con un operador...
-No, no por favor, Antonio. No me hagas esto. Háblame.
-Bien, necesitará el número de contrato y el de terminal.
-Te odio, Antonio.
-¿Quiere que lo transfiera con un operador que le proporcione esos números?
-Voy a comerme tus intestinos fritos, y te voy a arrancar los ojos con dos cucharas...
-Lo transferiré.
-Y luego me suicidaré. Ya lo estoy haciendo. Me estoy estrangulando con el cable del teléfono. ¿Lo oyes? Y tú tienes la culpa.
-Bienvenido. En esta compañía de teléfonos, pensamos ante todo en su bienestar y su confort. En este momento, todos nuestros operadores están ocupados. Por favor, permanezca en línea. Tuturi-tiriri-titura-tarara-tuturi-tiriri-tarara-tuturiii-tuturi-tiriri-titura-tarara-tuturi-tiriri-tarara-tuturiii...

| Que golpee y golpee hasta que nadie pueda ya hacerse el sordo que golpee y golpee hasta que el poeta sepa o por lo menos crea que es a él a quien llaman. |

En el año 1011 de la hégira musulmana, había en el Cairo un príncipe que buscaba un tesoro aunque ignoraba su naturaleza y el imán de la mezquita de Ibn Tulun le dijo que viajara a Alejandría y allí un mensajero saldría a su encuentro para revelarle el lugar exacto donde ese tesoro se encontraba. El príncipe cabalgó al galope hacia Alejandría en su caballo y al entrar en la ciudad se le acercó un mendigo en medio de la multitud harapienta y le entregó un pergamino lacrado que contenía un plano minucioso. El príncipe lo abrió y el propio mendigo le ayudó a interpretarlo. Le reveló que aquellos trazos obsesivos y los signos escritos al margen indicaban un mandato: debía volver al Cairo porque el tesoro se hallaba en las dependencias privadas de su propio palacio. Después de cruzar de nuevo el delta del Nilo, unido a una caravana de mercaderes, el príncipe llegó a palacio y en su aposento más íntimo le estaba esperando una mujer bellísima sentada en el borde del lecho.

Hace ya tiempo que una joven y bella mujer era cortejada por un admirador. Sin embargo, ella, continuamente preocupada por su alma y honestidad, le rechazaba sin cesar. La resistencia frente a las pretensiones del hombre encontró apoyo en un sacerdote del lugar que continuamente la amonestaba para que conservara su virtud. Una vez que éste tuvo que ausentarse de la ciudad para emprender un viaje a Venecia, consiguió de la mujer el solemne juramento de que no sería débil durante su ausencia. Ella se lo prometió bajo la condición de que de Venecia le trajera uno de aquellos célebres espejos. Efectivamente, durante la ausencia del sacerdote, resistió todas las tentaciones. Tras su regreso, sin embargo, ella le preguntó por el prometido espejo veneciano. Entonces, el sacerdote sacó una calavera de debajo de la sotana y se la puso a la joven mujer ante la cara con gesto cínico: «Mujer vanidosa, ¡aquí ves tu verdadero rostro! Piensa que tienes que morir y que ante Dios no eres nadie». La mujer se asustó en tal medida que aquella misma noche se entregó a su amante y disfrutó a partir de ahí los goces del amor.
Tan pronto como el cristianismo se reconozca en la calavera como en un espejo, puede llegar allí donde el miedo a la muerte retrocede ante el miedo de no haber vivido. Entonces comprende lo que significa exactamente el «puto mundo», subir a la cama con él representa una oportunidad de vida irrepetible.

| He retrobat la vida i el respir de la terra, la deliciosa fuga de l'abril sota els llibres, vers el rostre que redreça el somrís, vers l'esperança a la deriva d'una veu. Cal donar al viatger la pau de casa, l'hora que fou viscuda, tan alegre. Els anys, però, no tornen. |

Amables dones, si contemplem amb ment sana l’ordre de les coses, prou fàcilment comprenem que la universal multitud de dones està sotmesa, per la natura, pels costums i per les lleis, als homes, i que s’han de regir i governar segons la discreció d’aquells; per tant, aquelles que volen tenir amb els homes amb qui es relacionen quietud, consolació i repòs, han d’ésser humils, pacients i obedients, a més d’ésser honestes, la qual és summe i especial tresor de tota dona sàvia. I si les lleis, que en tot miren al bé comú, no ens ho ensenyessin, així com els usatges, o diguem-ne costum, les forces del qual són molt grans i venerables, ens ho mostra prou bé la natura, la qual ens ha fet en els cossos delicades i frèvoles, en els esperits tímides i porugues, en els sentiments benignes i compassives, i ens ha donat unes forces corporals lleugeres, unes veus plaents i uns moviments suaus dels membres; les quals coses testifiquen que necessitem el govern d’altri. I qui necessita ésser ajudat i governat, la raó li demana d’ésser obedient, submís i reverent al seu governant: i qui tenim nosaltres de governants i ajudadors sinó els homes? Així doncs, hem d’estar sota els homes, honorant-los summament; i la qui s’aparta d’això, considero que és ben mereixedora no sols d’una repressió greu, sinó d’un fort càstig.

| Para que surja un artista es necesario que concurran algunas circunstancias como éstas: que su familia esté bien avenida que la madre no cuente sus desastres que el padre deje de comportarse como un bestia que el tirano de turno ame los libros que los periodistas sean misericordiosos que nadie defraude las esperanzas que no se hable de derechos humanos que cierren los colegios y las cárceles que todo el mundo pueda pisar el césped que ningún hombre quiera salvar a los demás. Y en fin para que surja un artista se precisa que nazca un niño y luego no muera del disgusto. |

Autoridad Provisional de la Coalición (APC): El hecho de que el pollo haya cruzado la carretera demuestra que la autoridad que toma las decisiones ha pasado al pollo antes de la fecha límite para la entrega del poder del 30 de junio. De ahora en adelante, el pollo será el responsable de las decisiones que tome.
Halliburton: Nos pidieron que ayudáramos al pollo a cruzar la carretera. Dado el riesgo inherente que comporta cruzar la carretera y los pocos pollos que la cruzan, la operación costará solamente 326.004 dólares.
Clérigo chií Moqtada al Sadr: El pollo era un instrumento de la malvada coalición y será sacrificado.
Policía militar estadounidense: Nos ordenaron preparar al pollo para cruzar la carretera. Como parte de estos preparativos, varios de nuestros soldados atropellaron varias veces al pollo y luego lo desplumaron. Lamentamos profundamente cualquier posible violación de los derechos del pollo que se haya cometido.
Peshmerga: El pollo ha cruzado la carretera y seguirá cruzándola para demostrar que es un pollo independiente y para transportar las armas que necesita para defenderse a sí mismo. Sin embargo, en el futuro y para evitar problemas, el pollo se hará llamar pato y usará un pico de plástico.
Al Yazira: El pollo fue obligado a cruzar la carretera varias veces a punta de pistola por un grupo de soldados de las fuerzas de ocupación, según testigos presenciales. El pollo fue luego tiroteado intencionadamente, en una muestra más del abuso que sufren los inocentes pollos iraquíes.
CIA: No podemos confirmar ni negar ninguna clase de implicación en el incidente del cruce de la carretera por parte del pollo.
Traductores: Pollo él cruzó calle porque mal ella regulación entendió. Futuro pollo mesa contra mi petición.

En el último cajón de mi cómoda, al fondo, encerradas con llave, hay cuatrocientas cincuenta y tres cartas de mujer. Son cartas de amor, dirigidas a mí, todas de la misma mujer, de una mujer a la que ya no amo desde hace mucho tiempo, a la que no he visto más, que no sé donde está. Son cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor; son todo lo que queda de un gran amor.
Ese cajón lleno de cartas me turba. Yo no soy un sentimental. Soy muy frío: más observador que apasionado. De esas cartas, cenizas de un fuego, he hecho un estudio. Todo puede ser objeto científico. Quiero librarme de ellas de esta manera. Si las destruyera permanecerían allí como un vano lamento de mi corazón vacío. Ante todo he empezado numerándolas una a una. Son cuatrocientos cincuenta y tres, ni una más, ni una menos, de eso estoy seguro. Las he puesto por orden cronológico: van de 1903 a 1906. Las he atado en paquetes, mes por mes: enero 1903, cuatro; febrero 1903, diez; marzo 1903, treinta y dos, y así sucesivamente. Crecen, crecen; a medida que pasan los meses, los paquetes son cada vez mayores. El máximo es el del mes de junio de 1904: cincuenta y siete cartas. Pero con 1905 los paquetes adelgazan y llegamos al mes de octubre de 1906: una sola, la última, ¡si Dios quiere!
Las he pesado también (porque las cartas más espirituales y líricas tienen, según los empleados de correos, su peso), las he pesado cuidadosamente unas cuantas a la vez; son en total 6740 gramos; más de seis kilos y medio, casi siete kilos. Es un peso discreto para un amor, y si tuviera que llevarlo en un saco todo junto, no haría mucho bulto.
He contado, también, una a una, las páginas. El número de las páginas es espantoso: las mujeres escriben con una facilidad de la que no tenemos idea. Para ellas, las palabras, tanto habladas como escritas, no son monedas sagradas, sino céntimos que se pueden gastar a todas horas con la más byroniana prodigalidad. Es verdad que esta mujer tenía una escritura muy grande y dejaba mucho espacio entre líneas, pero, a pesar de todo, no puedo convencerme que en sólo cuatrocientos cincuenta y tres cartas haya podido escribir tres mil doscientas noventa páginas. Ninguna carta tiene menos de cuatro páginas y hay bastantes de ocho, de diez , de doce, e incluso de dieciséis. Las cuentas salen, pero el asombro sigue siendo grande igualmente. Pienso que si hubiera tenido que escribir todas esas páginas seguidas -esas tres mil doscientas noventa páginas-, aunque hubiera podido escribir diez por hora, habría invertido trescientas veintidós horas, es decir, trece días y trece noches seguidas, sin descansar nunca. Creo que su amor, aunque es grandísimo, no hubiese resistido semejante prueba.
No he tenido la paciencia, ni el tiempo, de contar las palabras y sílabas, pero mis investigaciones no se han detenido aquí. He observado, por ejemplo, con cierto interés, que los tipos de papel y de los sobres son cuatro. Algunas cartas están en papel hecho a mano, gordo y pesado, de color amarillo marfil viejo; otras, en papel pergamino, con sobres largos y bajos; otras, en feísimo papel comercial blanco, pobre y filamentoso. Pero la mayoría está en un papel ligero, a la inglesa, encerradas en aquellos sobres azul oscuro impresos por dentro con trazos grises y negros para que no se puedan leer las palabras desde afuera.
Tampoco he olvidado el lado cómico de mi epistolario. Todo ese papel ha sido fabricado, vendido al por mayor y luego revendido al detalle. Según mis cálculos, que creo bastante exactos, porque también yo he probado varios tipos de papel de cartas, considero que el costo total del papel asciende a unas diecinueve liras y algunos céntimos. No es una suma despreciable para quién no sea muy rico. Con diecinueve liras se pueden hacer muchas cosas, sin comprar papel de cartas. Entran, por lo menos, cinco novelas francesas de tres cincuenta cada una.
Pero el gasto de papel es lo de menos. Cada una de estas cartas tiene un sello. De estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas, hay ciento doce que vienen de ciudades lejanas y trescientas cuarenta y una que vienen de la misma ciudad donde vivo yo. Se trata, pues, de ciento doce sellos de quince céntimos, que equivalen a dieciséis liras con ochenta céntimos, y de trescientos cuarenta y un sellos de un céntimo, que importan diecisiete liras con cinco céntimos. Sumándolo todo, papel y sellos, se ve que el gasto obtenido por aquella pobre mujer enamorada es de unas cincuenta y dos liras. Pero ¿dónde dejamos la tinta? Para escribir tres mil doscientas noventa páginas se necesitan, por lo menos, cuatro botellas de tinta. Pongamos que cada botella valga solamente sesenta céntimos, y el gasto total asciende a casi cincuenta y cinco liras. Yo creo, en efecto, que el gasto vivo, en dinero, de este amor ha sido, para mi corresponsal, un poco superior a las cincuenta y cinco liras, y juraría que no puede haber llegado a sesenta. Su valor actual es indudablemente bastante menos, casi nulo. El papel escrito no es muy buscado y hay quien lo paga apenas a dos céntimos el kilo. De todo el episodio yo no sacaría más de sesenta y cinco céntimos como máximo. Está claro que no vale la pena desprenderse de un recuerdo tan poético por tan poco.
Sin embargo, hay algo más -tanto para un historiador como para un poeta- en estas cartas de lo que había cuando eran simples cajas de papeles en la tienda del papelero. Hay todas las palabras escritas, hay toda la pasión de tres años, hay una cantidad enorme de imágenes, de adjetivos y de besos: hay, en suma, para abreviar, un poco de la vida profunda de un hombre y de una mujer. ¡Y todo eso ya no vale nada!
Siento que soy inmensamente idiota con todos estos cálculos y esas reflexiones. Yo estoy hecho así. No soy un sentimental. Soy un observador de las cosas. Cuando veo un muerto, pienso en cuánto habrán gastado los parientes en todas aquellas medicinas que no lo han podido salvar, y cuando una madre llora, busco adivinar cuantos decilitros de lágrimas verterá en una jornada, comprendida la noche. ¿Qué quieren? Yo estoy hecho así: no soy un sentimental.
Y estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor, encerradas con llave en el último cajón de mi cómoda, me fastidian un poco. No quisiera tenerlas y no quisiera quemarlas. Y he hecho todo lo que he podido para sacármelas del alma. Lo he contado y calculado todo y, sin embargo, hay algo en el fondo de mi corazón que muge y gime y no está satisfecho. Pero no hago caso. Yo no soy un sentimental.

| He donat el meu cor a una dona barata. Se’m podria a les mans. Qui l’hauria volgut? En les escombraries una vella sabata fa el mateix goig i sembla un tresor mig perdut. Totes les noies fines que ronden a ma vora no han tingut la virtut de donar-me el consol que dóna una abraçada, puix que l’home no plora pels ulls, plora pel sexe, i és amarg plorar sol. Vull que ho sàpiguen bé les parentes i amigues: Josep Palau no és àngel ni és un infant model. Si tenien de mi una imatge bonica, ara jo els ofereixo una de ben fidel. No vull més ficcions al voltant de la vida. Aquella mascarada ha durat massa temps. Com que us angunieja que us mostri la ferida, per això deixo encara la sabata en els fems. |

| ¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de que le llaméis hombre? ¿Cuántos mares debe surcar la blanca paloma antes de dormir sobre la arena? ¿Cuántas veces deben volar las balas de cañón antes de ser prohibidas para siempre? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, la respuesta está flotando en el viento. ¿Cuántas veces debe un hombre mirar hacia arriba para poder ver el cielo? ¿Cuántos oídos debe tener un hombre para poder oír a la gente llorar? ¿Cuántas muertes serán necesarias para que comprenda que ya ha habido demasiados muertos? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, la respuesta está flotando en el viento. ¿Cuántos años puede permanecer una montaña antes de ser arrastrada al mar? ¿Cuántos años pueden algunas gentes vivir antes de conocer la libertad? ¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza fingiendo no ver nada? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, la respuesta está flotando en el viento. |

Em desperto amb unes ganes intenses de plorar, però, com que avui tinc molta feina, decideixo que ja ploraré més tard. Surto cap a l’oficina i arribo just a temps per la primera reunió del dia. Mentre la directora general llegeix un informe sobre l’augment de costos i la retallada de despeses (o viceversa), dibuixo una falç i un martell en un bloc de notes. A l’estómac encara em belluga una bossa de llàgrimes que, tard o d’hora, hauré de rebentar. Un cop al despatx, collo proveïdors i repasso escandalls. A les dues em poso l’americana i surto ràpidament per no fer tard a la reunió amb la tutora del meu fill. Arribo a l’escola al mateix temps que la meva ex. Durant l’entrevista la tutora es dirigeix més a mi que no pas a ella, i això m’incomoda, encara que potser em fixo en aquest detall perquè no em ve de gust escoltar què ens explica. El nen té problemes, diu. Es distreu molt i mossega les seves companyes, sobretot les -la tutora subratlla l’adjectiu- subsaharianes. Em comprometo a prendre mesures, tot i que sé que, si el règim de visites dictat pel jutge només em permet veure’l un cap de setmana sí i l’altre no, poc que puc fer-hi res. En el moment d’acomiadar-nos, l’ex i jo intentem concretar un dia per parlar-ne amb tranquil·litat, però tots dos tenim pressa i ho enllestim amb un «ja ens trucarem» poc convincent. Malgrat el col·lapse circulatori, arribo a temps a la presentació d’un projecte per a un possible nou client. Exposo estratègies, desplego gràfics i m’escarrasso per enlluernar el gerent de l’empresa candidata a contractar els nostres serveis, que s’enduu, em fa l’efecte, una bona impressió. En acabat, la secretària em demana un consell. Amb un fil de veu autocompassiva, m’explica que té una oferta d’una multinacional i que s’està plantejant si és o no l’oportunitat idònia per canviar d’aires. Com que desitjo el millor per a ella, li recomano que accepti la feina. Quan noto que això la desconcerta, dedueixo que només feia servir aquesta oferta inexistent per aconseguir, a través meu, un augment de sou. Em decep però callo, perquè jo també dec haver-la decebut alguna vegada. Prenc una pastilla vasodilatadora i, abans d’anar-me’n, parlo per telèfon amb la mare («En comptes de venir diumenge, vindré dissabte»), la meva germana («T’he enviat les mostres, però en falta una que encara no els havia arribat»), i la bústia de veu del capità de l’equip de futbol sala de l’empresa («Duré la pilota»). Quan arribo a casa, sopo una llauna de tonyina en escabetx i un iogurt. M’estic una estona arrepapat al sofà, calculant quantes hores falten per al cap de setmana amb el meu fill. Em despullo al dormitori. Davant del mirall, em pessigo els sacsons. Em rento les dents i m’hi passo un fil dental fins a fer-me sang. Assegut al llit, sospeso la possibilitat de masturbar-me. Me n’estic. Després d’un moment de dubte durant el qual em pregunto si em queda res per fer i em responc que no, apago el llum, m’estiro i començo a plorar, amb el cap contra el coixí, per no molestar els veïns.

Dos rabinos, que cenan juntos, discuten acerca de la existencia de Dios, y llegan de común acuerdo a la conclusión de que Dios, finalmente, no existe. Después, se van a acostar... El día amanece. Uno de nuestros rabinos se levanta, va a buscar a su amigo, no lo encuentra en casa, sale a buscarlo fuera, y lo encuentra en el jardín, realizando su oración ritual de la mañana. Se acerca algo desconcertado.