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  • Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2009.

    Resumen

    La desmemoria |Eduardo Galeano|

    Tema: P E N S A R ~ 01/03/2009 18:14 ~ Hay 6 comentarios.

    20090215174815-la-desmemoria.jpg

    Estoy leyendo una novela de Louise Erdrich.
     
    A cierta altura, un bisabuelo encuentra a su bisnieto.
     
    El bisabuelo está completamente chocho (sus pensamientos tienen el color del agua) y sonríe con la misma beatífica sonrisa de su bisnieto recién nacido. El bisabuelo es feliz porque ha perdido la memoria que tenía. El bisnieto es feliz porque no tiene, todavía, ninguna memoria.
     
    He aquí, pienso, la felicidad perfecta. Yo no la quiero.

    La vida según Quino |Quino|

    Tema: S E N T I R ~ 02/03/2009 21:18 ~ Hay 7 comentarios.

    20090302211545-la-vida-segui-n-quino.jpg

    Pienso que la forma en la que la vida fluye está mal. Debería ser al revés: Uno debería morir primero, para salir de eso de una vez.
     
    Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí. Entonces empiezas a trabajar, trabajar por cuarenta años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación. Luego fiestas, parrrandas, drogas, alcohol. Diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estás listo para entrar a la secundaria...
     
    Después pasas a la primaria, y eres un niño(a) que se la pasa jugando sin responsabilidades de ningún tipo...
     
    Luego pasas a ser un bebé, y vas de nuevo al vientre materno, y ahí pasas los mejores y últimos 9 meses de tu vida flotando en un líquido tibio, hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo...
     
    ¡¡¡ESO SÍ ES VIDA!!!

    El recuerdo |José Agustín Goytisolo|

    Tema: S E N T I R ~ 03/03/2009 20:54 ~ No hay comentarios. Comentar.

    20090215175710-el-recuerdo.jpg

    Me asomo al miedo escucho
    las voces que aún resuenan
    que suben de la tierra
    gritando nombres fechas
    lugares de traición
    crímenes sordos
    y sin querer lo temo
    por mi vida por mí
    pedazo de bandera
    por mi casa por todo
    lo que fui rescatando
    de aquel montón de ruinas
    que dejaste al partir
    hacia ese mar oscuro
    en donde permaneces
    tan espantosamente
    callada todavía.

    De lo que no hay (I) |Fernando Savater| [fragmento]

    Tema: P E N S A R ~ 04/03/2009 20:41 ~ No hay comentarios. Comentar.

    20090228193106-de-lo-que-no-hay-i.jpg

    A mi modo de ver, el problema de cualquier filosofía, que no se dedique al mero juego erudito o a la consolación de quienes nunca se han parado de veras a saber por qué están desconsolados, es que resulta aterradora. Para quien la soporta desde una relativa inconsciencia, empleando sólo su fuerza intelectual en resolver meras dificultades instrumentales, la realidad es bronca, alarmante en ocasiones, pero a fin de cuentas tolerable si las circunstancias no son totalmente adversas; para quien se dedica a pensarla sin subterfugios, la realidad es literalmente espantosa. No espantosa en sí misma, lo cual no tiene ningún sentido, sino espantosa precisamente para nosotros, los pensantes... y porque la pensamos. De aquí que el pensamiento filosófico suela tomar antes o después el abrigo de la religión: para arroparse un poco, para no temblar a la intemperie. “Pensar la vida, ésa es la tarea”, decía Hegel: claro que sí, pero ¿cómo puede soportarla realmente un ser mortal, que envejece y desfallece, rodeado por la injusticia de los hombres y las intemperancias de la naturaleza, que va perdiendo cuanto ama en el torbellino del tiempo? Hacen falta nervios de acero para no reclamar lo que aquel personaje femenino de Bernard Shaw llamaba “el soborno del cielo”. Decir que los males del mundo no son nada en sí mismos, que sólo nos parecen malos a nosotros por lo inadecuado de nuestras ideas (Spinoza) ni nos alivia ni nos rescata: porque precisamente ese “para nosotros” es el comienzo de la exigencia filosófica, que no se aviene salvo retóricamente a un punto de vista meramente objetivo, suprahumano, au dessus de la mélee. La filosofía es pensar la realidad con nosotros dentro, la realidad para nosotros, a la que nosotros respondemos, “nuestra” realidad. Y esa tarea tropieza enseguida con el obstáculo de nuestra negación, de nuestra frustración, de nuestra inconsistencia constitutiva. El que ya se ha asomado a esa ventana trata enseguida de velar el desolado paisaje a los que vienen detrás, contarles algo más o menos edificante, tónico, positivo. Lo cierto es que la filosofía mínimamente digna de ese nombre siempre es positivamente... negativa. Hay que llegar hasta lo más hondo que se pueda en esa negación para atisbar lo que debe ser afirmado y en lo que nos afirmamos. Y tal afirmación ―la indecible, la ininteligible alegría― es siempre trágica: en el mejor de los casos tan alegre como trágica, pero nunca más.

    EL PROFETA ERMITAÑO |Gibrán Jalil Gibrán|

    Tema: S E N T I R ~ 05/03/2009 21:03 ~ Hay 7 comentarios.

    20090215175914-el-profeta-ermitani-o.jpg

    En cierta ocasión hubo un profeta ermitaño que cada tres lunas bajaba a la ciudad y en las plazas del mercado predicaba el hecho de dar y de compartir. Y era elocuente, y su fama se extendía por la tierra.
     
    Cierta tarde, tres hombres se acercaron a la ermita y lo saludaron: «Tú predicas el dar y el compartir. Y enseñas a quienes poseen mucho que den a los que apenas poseen nada; y estamos seguros de que tu fama te ha dado riquezas. Ahora ven y danos tus riquezas, porque somos necesitados.»
     
    Y el ermitaño contestó: «Amigos míos: sólo tengo esta cama, esta estera y este jarro de agua. Si lo queréis, lleváoslo. No tengo ni oro ni plata.»
     
    Entonces le miraron desdeñosos y le dieron la espalda; pero el último hombre se detuvo en la puerta un instante y le gritó: «¡Impostor! Nos engañas. Enseñas y predicas lo que tú mismo no haces.»

    Com goses? |Mesclat| [cançó]

    Tema: S E N T I R ~ 06/03/2009 18:37 ~ Hay 2 comentarios.

    20090228193608-com-goses.jpg

    Si tens un déu que és jueu
    i gastes gas algerià.
    Si menges pasta italiana
    i et fumes un havà.
    Si agafes una turca
    bevent whisky escocès
    i te’n vas a fer l’indi
    amb el teu cotxe japonès.
     
    Ja em diràs com goses dir
    estranger al teu veí.
     
    Si plantes la canadenca
    tot fumant costo afganès.
    Si menges cols de Brussel·les
    mentre et fan un francès.
    Si a casa tens un canari,
    i el teu rellotge és suís.
    Si utilitzes la i grega
    per escriure el teu país.
     
    Ja em diràs com goses dir
    estranger al teu veí.
     
    Tant si duus americana
    com mocador palestí.
    Si beus aigua de Colònia
    quan se t’ha acabat el vi.
    Si t’enganyen com un xino
    i has d’acabar fent-te el suec.
    Si fas moros al teu pare
    i és primavera al corteinglès.
     
    Ja em diràs com goses dir
    estranger al teu veí.

    De lo que no hay (II) |Fernando Savater| [fragmento]

    Tema: P E N S A R ~ 07/03/2009 21:14 ~ Hay 2 comentarios.

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    Lo fascinante para nosotros, de Parménides hasta hoy, es que siempre que pensamos, tenemos que pensar que hay algo. Que lo llamemos “ser” o “nada” es lo mismo, como bien señaló Hegel al comienzo de su lógica: si pensamos, pensamos en lo que hay, pero sobre todo en que algo hay. ¡Ay, ese maldito “hay”! Nunca puede dejar de haber... si no hay, es que ya no pienso. Todas las búsquedas y las especulaciones se estrellan en la misma palabrita infranqueable: si queremos buscar detrás de lo que hay, será para encontrar que hay algo... y que por tanto aún no estamos “detrás”. Recuerda el verso de Borges, en su poema “Ajedrez”: “¿Qué Dios, detrás de Dios, la trama empieza / de tiempo y polvo y sueño y agonía...?”. “Dios” es “hay”: el que hay detrás de todos los hay... pero que también es un “hay” como los demás. O sea, creer en Dios es reconocer que no se puede dejar de decir “hay”, pero que tampoco se puede ir nunca más allá de ese “haber algo”. En ese sentido, todos somos creyentes, ¿no? Las personas ingenuas y bondadosas, cuando uno hace impertinente profesión de ateísmo ante ellas, reconocen que en efecto el antropomorfo Dios personal de los cristianos o cualquier otro son entidades notablemente inverosímiles (por lo evidentemente que nos convienen) pero de inmediato añaden: “Y sin embargo, yo creo que debe de haber algo...”. En eso aciertan de modo incontrovertible: siempre debe de haber algo. La alarma que despierta la imposible noción de nuestra muerte es que dejaremos de ser... pero siempre habrá algo. ¡Qué fastidio y que horror, constatar que siempre hubo, hay y habrá algo pero que no siempre hubo y no siempre habrá “yo”, el cronista de cuanto hay! El sueño metafísico es alcanzar el punto en que uno sorprenda el no haber convirtiéndose en “hay”, el “hay” tan adelgazado y replegado sobre sí mismo que está reuniendo fuerzas para decidirse a “haber”... Y nada de nada: eso es lo que hay.

    El insigne cohete |Oscar Wilde|

    Tema: S E N T I R ~ 08/03/2009 19:11 ~ Hay 3 comentarios.

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    El hijo del rey iba a casarse, así es que los regocijos eran generales. Había esperado un año entero a la novia, y por fin había llegado. Era una princesa rusa, y había hecho todo el camino desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos. El trineo tenía la forma de un gran cisne dorado, y entre las alas del cisne iba la princesa misma. Su largo manto de armiño le caía hasta los pies y en la cabeza llevaba un gorrito diminuto de tisú de plata. Era tan pálida como el palacio de nieve en el que había vivido siempre. Tan pálida era que al recorrer las calles toda la gente se quedaba admirada.
     
    ―Es como una rosa blanca ―exclamaba la gente.
     
    Y le arrojaban flores desde los balcones.
     
    A la entrada del castillo estaba esperando el príncipe para recibirla. Tenía ojos soñadores color violeta y cabellos como oro fino. Cuando la vio hincó una rodilla en tierra y le besó la mano.
     
    ―Vuestro retrato era hermoso ―musitó―, pero sois más hermosa que vuestro retrato.
     
    Y la princesita se ruborizó.
     
    ―Antes parecía una rosa blanca ―dijo un joven paje al que tenía más próximo―, pero ahora parece una rosa roja.
     
    Y toda la corte estaba complacida.
     
    Durante los tres días que siguieron todo el mundo iba diciendo:
     
    ―Rosa blanca, rosa roja; rosa roja, rosa blanca.
     
    Y el rey dio orden de que doblaran la paga del paje. Como no recibía paga alguna esto no le sirvió de mucho, pero se consideró un gran honor, y se publicó debidamente en la Gaceta de la Corte.
     
    Transcurridos tres días se celebraron las bodas. Fue una ceremonia magnífica, y los novios iban de la mano andando bajo un palio de terciopelo púrpura bordado con pequeñas perlas. Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas. El príncipe y la princesa se sentaron a la cabecera del gran salón y bebieron en copa de claro cristal. Sólo los verdaderos enamorados podían beber en esa copa, pues si la tocaran labios falaces se empañaría, tornándose gris y turbia.
     
    ―Está claro que se aman ―dijo el pajecillo―, ¡tan claro como el cristal!
     
    ―¡Qué honor! ―exclamaron todos los cortesanos.
    Después del banquete iba a haber un baile. La novia tenía que bailar la danza de la rosa con el novio, y el rey había prometido tocar la flauta. La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido a decírselo nunca, porque era el rey. En verdad, sólo sabía dos melodías, y nunca estaba completamente seguro de cuál de las dos estaba tocando, pero daba lo mismo, pues hiciera lo que hiciera todo el mundo exclamaba:
     
    ―¡Encantador!, ¡encantador!
     
    El final del programa era una gran quema de fuegos artificiales, que debían dispararse exactamente a medianoche. La princesita no había visto nunca fuegos artificiales, así es que el rey había ordenado que el pirotécnico de palacio estuviera de servicio en el día de la boda.
     
    ―¿Cómo son los fuegos artificiales? ―había preguntado ella al príncipe una mañana cuando paseaba por la terraza.
     
    ―Son como la aurora boreal ―dijo el rey, que siempre respondía a las preguntas que se hacían a los demás―, sólo que mucho más naturales. Yo los prefiero a las estrellas, pues siempre se sabe cuándo van a aparecer, y son tan deliciosos como las melodías que yo toco con mi flauta. Ciertamente, debéis verlos.
     
    Así es que al fondo de los jardines reales habían levantado un gran tablado. Y tan pronto como el pirotécnico de palacio hubo puesto cada cosa en su sitio, los fuegos artificiales empezaron a charlar.
     
    ―El mundo es ciertamente muy hermoso ―exclamó un pequeño buscapiés―. Y si no, mirad esos tulipanes amarillos; si fueran petardos de verdad, no podrían ser más bonitos de lo que son. Me alegro mucho de haber viajado; viajar desarrolla el espíritu de un modo asombroso, y acaba con todos los prejuicios.
     
    ―El jardín del rey no es el mundo, necio buscapiés ―dijo una gran candela romana―; el mundo es un lugar enorme y tardarías tres días en verlo del todo.
     
    ―Cualquier lugar que se ame es el mundo para uno ―exclamó una girándula taciturna, que de jovencita había estado muy unida a un viejo cajón de madera de pino, y hacía alarde de tener el corazón hecho pedazos―; pero el amor ya no está de moda, lo han matado los poetas. Han escrito tanto sobre él, que nadie les cree, y a mí no me sorprende. El amor verdadero sufre y guarda silencio. Yo recuerdo que una vez... Pero no importa ahora. Lo romántico pertenece al pasado.
     
    ―¡Qué tontería! ―dijo la candela romana―, lo romántico nunca muere. Es como la luna, y vive siempre. Los recién casados, por ejemplo, se aman tiernamente. Se lo oí decir esta mañana a un cartucho de papel de estraza, que estaba casualmente en el mismo cajón que yo, y que sabía las últimas noticias de la corte.
     
    Pero la girándula negó con la cabeza:
     
    ―Lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto ―musitaba.
     
    Era una de esas que piensan que si se dice la misma cosa una y otra vez repitiéndolo muchísimas veces acaba siendo verdad.
    De pronto, se oyó una tos fuerte y seca, y todos miraron a su alrededor.
     
    Procedía de un cohete alto y de porte arrogante, que estaba atado al extremo de una larga varilla. Siempre tosía antes de hacer alguna observación, con el fin de llamar la atención.
     
    ―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo.
     
    Y todo el mundo se puso a escuchar, excepto la pobre girándula, que estaba todavía meneando la cabeza y murmurando:
     
    ―Lo romántico ha muerto.
     
    ―¡Orden!, ¡orden en la sala! ―gritó un petardo.
     
    Tenía algunas cualidades de político, y siempre había desempeñado un papel relevante en las elecciones locales, de modo que sabía usar las expresiones parlamentarias convenientes.
     
    ―Muerto y bien muerto ―susurró la girándula; y se quedó dormida.
     
    En cuanto hubo un completo silencio, el cohete tosió por tercera vez y empezó a hablar. Hablaba con voz muy clara y lenta, como si estuviera dictando sus memorias, y siempre miraba por encima del hombro a la persona a quien se dirigía. Realmente tenía unos modales sumamente distinguidos.
     
    ―¡Qué afortunado es el hijo del rey ―observó―, que va a casarse el mismo día en que me van a disparar a mí! Verdaderamente, ni aunque lo hubieran dispuesto de antemano hubiera podido resultar mejor para él; pero es que los príncipes siempre tienen suerte.
     
    ―¡Válgame Dios! ―dijo el pequeño buscapiés―, yo creía que era justo lo contrario, y que nos iban a disparar en honor del príncipe.
     
    ―Puede que sea ese tu caso ―respondió―; a decir verdad, no me cabe duda de que es así, pero en el mío es diferente. Yo soy un cohete extraordinario, y desciendo de padres insignes. Mi madre fue la girándula más célebre de su tiempo, y era famosa por su grácil danza. Cuando hizo su gran aparición en público giró diecinueve veces antes de dispararse, y cada vez que lo hacía lanzaba al aire siete estrellas de color de rosa. Tenía tres pies y medio de diámetro, y estaba cargada con pólvora de primera calidad. Mi padre era un cohete, como yo, y de origen francés. Voló tan alto que la gente temía que no volviera a bajar. Bajó, sin embargo, pues era amable por naturaleza, e hizo un descenso muy brillante, en una cascada de lluvia de oro. Los periódicos dieron cuenta de su actuación en términos muy halagüeños; de hecho, la Gaceta de la Corte lo llamó un triunfo del arte pilotécnico.
     
    ―Pirotécnico, pirotécnico, querrás decir ―corrigió una bengala―. Sé que se dice pirotécnico porque lo he visto escrito en mi caja de hojalata.
     
    ―Bien, pilotécnico es lo que he dicho ―respondió el cohete en tono severo.
     
    Y la bengala se sintió tan humillada que al punto empezó a intimidar a los pequeños buscapiés, para mostrar que era todavía una persona de cierta importancia.
     
    ―Estaba diciendo ―prosiguió el cohete―, estaba diciendo... ¿Qué estaba yo diciendo?
     
    ―Estabas hablando de ti mismo ―replicó la candela romana.
     
    ―Naturalmente; ya sabía yo que estaba tratando de algún asunto interesante cuando fui tan descortésmente interrumpido. Detesto la descortesía y cualquier falta de educación, pues soy sensible en extremo. No hay nadie en el mundo entero tan sensible como yo, estoy completamente seguro de ello.
     
    ―¿Qué es una persona sensible? ―preguntó el petardo a la candela romana.
     
    ―Una persona que porque tiene ella callos siempre pisa a los demás ―respondió la candela romana en un susurro apenas audible.
     
    Y el petardo casi explotó de risa.
     
    ―Haz el favor de decirme de qué te ríes ―preguntó el cohete―; yo no me estoy riendo.
     
    ―Me río porque soy feliz ―replicó el petardo.
     
    ―Esa es una razón muy egoísta ―dijo el cohete airadamente―. ¿Qué derecho tienes a ser feliz? Debieras pensar en los demás; de hecho, debieras estar pensando en mí. Yo siempre pienso en mí, y espero que todos los demás hagan lo mismo, eso es lo que se llama simpatía. Es una hermosa virtud, y yo la poseo en alto grado. Supón, por ejemplo, que me ocurriera algo esta noche, ¡qué desgracia sería para todos! El príncipe y la princesa no volverían a ser felices, toda su vida matrimonial se echaría a perder; y en cuanto al rey, yo sé que no lo soportaría. Realmente, cuando me pongo a reflexionar sobre la importancia de mi posición social me conmuevo hasta casi derramar lágrimas.
     
    ―Si quieres agradar a los demás ―exclamó la candela romana―, harías bien en mantenerte seco.
     
    ―Ciertamente ―corroboró la bengala, que estaba ya de mejor humor―; eso es de sentido común.
     
    ―¡Sentido común!, ¡vaya cosa! ―dijo el cohete indignado―; olvidas que yo no soy común, sino extraordinario. Cualquiera puede tener sentido común, con tal de que no tenga imaginación, pero yo sí tengo imaginación, pues no pienso nunca en las cosas como son en realidad; siempre pienso en ellas como si fueran completamente diferentes. En cuanto a mantenerme seco, evidentemente no hay nadie aquí que pueda apreciar en absoluto un carácter emotivo. Por fortuna para mí, me tiene sin cuidado. Lo único que le sostiene a uno en la vida es el ser consciente de la inmensa inferioridad de todos los demás, y este es un sentimiento que yo he cultivado siempre. Pero ninguno de vosotros tiene corazón, aquí estáis riéndoos y divirtiéndoos precisamente como si los príncipes no acabaran de casarse.
     
    ―Bueno, en realidad, ¿y por qué no? ―exclamó un pequeño globo de fuego―. Es una ocasión del mayor regocijo, y cuando yo me remonte en el aire tengo la intención de contárselo a las estrellas. Veréis cómo parpadean cuando yo les hable de la linda novia.
     
    ―¡Ah, qué modo tan trivial de considerar la vida! ―dijo el cohete―; pero es justo lo que yo me esperaba. No hay nada dentro de vosotros, estáis huecos y vacíos. ¡Cómo!, tal vez el príncipe y la princesa se vayan a vivir a un país en que haya un río profundo, y acaso tengan sólo un hijo, un niño de cabello rubio y ojos violeta como los del príncipe, y quizá un día salga a pasear con la niñera; y tal vez la niñera se quede dormida al pie de un gran saúco; y quizá el niño se caiga al río profundo y se ahogue. ¡Qué desgracia tan terrible! ¡Pobre gente!, ¡perder a su único hijo! ¡Es verdaderamente demasiado terrible! Yo nunca podré soportarlo.
     
    ―Pero no han perdido a su hijo único ―dijo la candela romana―; no les ha ocurrido ninguna desgracia.
     
    ―Yo nunca dije que les hubiera ocurrido―replicó el cohete―; dije que pudiera ocurrirles. Si hubieran perdido a su hijo único, no serviría de nada hablar más sobre el asunto. Detesto a la gente que llora por el cántaro roto, como en el cuento de la lechera. Pero cuando pienso que pudieran perder a su único hijo, ciertamente me siento muy afectado.
     
    ―¡Ciertamente, afectado lo eres! ―exclamó la bengala―. En realidad eres la persona más afectada que he visto en mi vida.
     
    ―Y tú eres la persona más grosera que he visto yo en la mía ―dijo el cohete―, y no puedes entender mi amistad con el príncipe.
     
    ―¡Cómo, si ni siquiera le conoces! ―rezongó la candela romana.
     
    ―Yo nunca dije que le conociera ―respondió el cohete―. Me atrevo a decir que si le conociera no sería amigo suyo de ningún modo. Es muy peligroso conocer a los amigos.
     
    ―Realmente, sería mejor que no te mojaras ―dijo el globo de fuego―. Eso es lo importante.
     
    ―Muy importante para ti, no me cabe duda ―replicó el cohete―, pero yo lloraré si me place.
     
    Y, en efecto, rompió a llorar con auténticas lágrimas que rodaban por su varilla como gotas de lluvia, y casi ahogaron a dos pequeños escarabajos que estaban precisamente pensando en crear un hogar, y buscaban un bonito lugar seco para vivir.
     
    ―Debe ser verdaderamente romántico por naturaleza ―dijo la girándula―, pues llora cuando no hay nada por que llorar.
     
    Y lanzó un hondo suspiro, y pensó en el cajón de madera de pino.
     
    Pero la candela romana y la bengala estaban muy indignadas, y no hacían más que decir lo más alto que podían:
     
    ―¡Paparruchas!, ¡paparruchas!
     
    Eran extremadamente prácticas, y siempre que tenían algo que objetar llamaban a las cosas paparruchas.
     
    Entonces salió la luna, semejante a un maravilloso escudo de plata; y comenzaron a brillar las estrellas, y llegó del palacio el sonido de la música.
     
    El príncipe y la princesa dirigían el baile. Danzaban de un modo tan hermoso que los esbeltos lirios blancos se asomaban a verlos por la ventana, y las grandes amapolas rojas movían la cabeza llevando el compás.
     
    Luego dieron las diez, y después las once, y más tarde las doce, y a la última campanada de medianoche todo el mundo salió a la terraza, y el rey mandó llamar al pirotécnico de palacio.
     
    ―¡Que empiecen los fuegos artificiales! ―dijo el rey.
     
    Y el pirotécnico de palacio hizo una profunda reverencia y fue al fondo del jardín. Le acompañaban seis ayudantes, cada uno de los cuales llevaba una antorcha encendida al extremo de una larga vara.
     
    Fue ciertamente un espectáculo magnífico.
     
    ―¡Ssss! ¡Ssss! ―silbó la girándula, mientras giraba y giraba.
     
    ―¡Bum! ¡Bum! ―tronó la candela romana.
     
    Luego los buscapiés danzaron por todas partes, y las bengalas hicieron que todo pareciera escarlata.
     
    ―¡Adiós! ―gritó el globo de fuego, mientras se remontaba dejando caer diminutas chispas azules.
     
    ―¡Bang! ¡Bang! ―respondieron los petardos, que estaban divirtiéndose muchísimo.
     
    Todos tuvieron un gran éxito, menos el cohete insigne. Estaba tan mojado por el llanto que no pudo dispararse. Lo mejor de él era la pólvora, y ésta estaba tan húmeda por las lágrimas que era inservible. Todos sus parientes pobres, a quienes nunca dirigía la palabra si no era con desdén, se dispararon al cielo como maravillosas flores de oro con corazón de fuego.
     
    ―¡Bravo! ¡Bravo! ―gritaba la corte.
     
    Y la princesa reía de placer.
     
    ―Supongo que me reservan para alguna gran ocasión ―dijo el cohete―; indudablemente, eso es lo que esto significa.
     
    Y tomó un aire más arrogante que nunca.
     
    Al día siguiente fueron los obreros a limpiar y a ordenar las cosas.
     
    ―Esto es evidentemente una comisión ―se dijo el cohete―; les recibiré con la dignidad que conviene.
     
    Irguió, pues, la cabeza, y empezó a fruncir el entrecejo con aire grave, como si estuviera pensando en algún asunto muy importante. Pero no le prestaron atención alguno hasta que no estaban a punto de irse. Entonces uno de ellos se fijó en él.
     
    ―¡Caramba! ―exclamó―, ¡aquí tenemos un mal cohete!
     
    Y lo tiró por encima del muro a la acequia.
     
    ―¿Mal cohete?, ¿mal cohete? ―se dijo, mientras daba vueltas vertiginosas por el aire―; ¡imposible! ¡Gran cohete!, eso es lo que ha dicho el hombre. Mal y gran suenan muy parecido, y, a decir verdad, con frecuencia son la misma cosa.
     
    Y cayó en el lodo.
     
    ―No se está cómodo aquí ―observó―, pero indudablemente es algún balneario de moda, y me habrán enviado a recobrar la salud. Tengo los nervios destrozados, y necesito descanso.
     
    Entonces llegó hasta él nadando una ranita de ojos como joyas brillantes y vestida con un verde manto jaspeado.
     
    ―¡Recién llegado, ya veo! ―dijo la rana―. ¡Bueno!, después de todo no hay nada como el barro. ¡Dadme un tiempo lluvioso y una acequia y soy completamente feliz! ¿Crees que va a ser una tarde de agua? Yo no he perdido las esperanzas de que sea así; pero el cielo está enteramente azul y despejado. ¡Qué lástima!
     
    ―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo el cohete airadamente, poniéndose a toser.
     
    ―¡Qué voz tan deliciosa tienes! ―exclamó la rana―. Realmente parece como si croaras, y desde luego el sonido que se hace al croar es el más musical del mundo. Ya oirás nuestro orfeón esta noche. Nos instalamos en el viejo estanque de los patos, muy cerca de la casa de labranza, y en cuanto sale la luna empezamos. Es tan delicioso que todo el mundo se queda despierto para escucharnos. De hecho, ayer mismo oí a la mujer del labrador decir a su madre que no había podido pegar un ojo en toda la noche por causa nuestra. Es muy agradable saberse tan popular.
     
    ―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo el cohete airadamente.
     
    Estaba muy molesto por no poder decir una palabra.
     
    ―Una voz deliciosa, ciertamente –prosiguió la rana―. Espero que vengas a vernos al estanque de los patos. Me voy en busca de mis hijas. Tengo seis bellas hijas, y me da mucho miedo que las encuentre el lucio; es un verdadero monstruo, y no vacilaría en comérselas para desayunar. Bueno, ¡adiós!; he disfrutado mucho con nuestra conversación, te lo aseguro.
     
    ―Conversación ―dijo el cohete―. Si has estado tú hablando todo el tiempo. Eso no es conversación.
     
    ―Alguien tiene que escuchar ―respondió la rana―, y a mí me gusta decirlo todo, eso ahorra tiempo y evita las discusiones.
     
    ―Pero a mí me gustan las discusiones ―dijo el cohete.
     
    ―Confío en que no ―repuso la rana con aire satisfecho―. Las discusiones son extremadamente vulgares, pues toda la gente de la buena sociedad tiene exactamente las mismas opiniones. Adiós por segunda vez; estoy viendo a mis hijas allá lejos.
     
    Y la ranita se fue nadando.
     
    ―Eres una persona irritante ―dijo el cohete―, y muy mal educada. Odio a la gente que habla de sí misma, como haces tú, cuando uno quiere hablar de sí mismo, como me ocurre a mí. Eso es lo que yo llamo egoísmo, y el egoísmo es algo absolutamente detestable, en especial para alguien que tenga mi temperamento, pues yo soy muy conocido por ser amable por naturaleza. De hecho, deberías tomarme como ejemplo; no podrás tener un modelo mejor. Ahora que se te presenta la ocasión harías bien en aprovecharla, pues me voy a volver a la corte casi inmediatamente. Soy un gran favorito de la corte; de hecho, los príncipes se casaron ayer en honor mío. Naturalmente tú no sabes nada de estas cosas, pues eres una provinciana.
     
    ―Es inútil que hables con ella ―dijo una libélula, que estaba posada en lo alto de una elevada espadaña parda―, absolutamente inútil, pues se ha ido.
     
    ―Bueno, peor para ella, no para mí ―respondió el cohete―. No voy a dejar de hablarle meramente porque no preste atención. Me gusta escucharme cuando hablo; es uno de mis grandes placeres. A menudo sostengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una sola palabra de lo que me digo.
     
    ―Entonces debieras dar conferencias sobre filosofía, ciertamente ―dijo la libélula.
     
    Y extendió un par de hermosas alas de gasa y se remontó en el cielo.
     
    ―¡Qué tonta es no quedándose aquí! ―dijo el cohete―. Estoy seguro de que no tiene a menudo la ocasión de cultivar su mente. Sin embargo, no me importa nada; un genio como el mío ha de apreciarse algún día, con toda seguridad.
     
    Y se hundió un poco más en el cieno.
     
    Al cabo de un rato llegó nadando hasta él una gran pata blanca. Tenía patas amarillas y pies palmeados, y se la consideraba una gran belleza por su modo de andar contoneándose.
     
    ―¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac! ―dijo―. ¡Qué tipo tan curioso tienes! ¿Puedo preguntarte si es de nacimiento o es el resultado de un accidente?
     
    ―Es evidente que has vivido siempre en el campo ―respondió el cohete―, de otro modo sabrías quién soy. Sin embargo, disculpo tu ignorancia. No sería justo esperar que los demás fueran tan extraordinarios como uno mismo. Sin duda te sorprenderá oír que puedo subir volando al cielo y bajar en una cascada de lluvia dorada.
     
    ―No me parece nada extraordinario ―dijo la pata―, pues no veo de qué le sirve eso a nadie. Ahora bien, si supieras arar los campos, como el buey, o tirar de un carro, como el caballo, o cuidar de las ovejas, como el perro pastor, eso sí que sería algo.
     
    ―¡Pero criatura ―exclamó el cohete en un tono de voz muy altanero―, veo que perteneces a las clases más bajas! Una persona de mi rango no es nunca útil. Tenemos ciertas dotes y eso es más que suficiente. En cuanto a mí, no tengo simpatía por el trabajo de ninguna clase, y mucho menos por la clase de trabajos que parece que recomiendas. A decir verdad, yo he opinado siempre que los trabajos de carga son simplemente el refugio de la gente que no tiene otra cosa que hacer.
     
    ―Bueno, bueno ―repuso la pata, que era de carácter muy pacífico, y nunca reñía con nadie―, cada cual tiene sus gustos. Espero, de cualquier modo, que fijes tu residencia aquí.
     
    ―¡Oh, no! ―exclamó el cohete―; soy solamente un visitante, un visitante distinguido. La verdad es que encuentro este lugar bastante aburrido. Aquí no hay ni sociedad ni soledad. De hecho, es un lugar esencialmente suburbano. Volveré probablemente a la corte, pues sé que estoy destinado a causar sensación en el mundo.
     
    ―Yo tuve una vez pensamientos de entrar en la vida pública ―observó la pata―. ¡Hay tantas cosas que necesitan reforma! Por cierto, presidí una asamblea hace algún tiempo, y aprobamos resoluciones condenando todo lo que no nos gustaba. Sin embargo, no parece que hayan tenido mucho efecto. Ahora me he metido en casa, y cuido a mi familia.
     
    ―Yo estoy hecho para la vida pública ―dijo el cohete―, lo mismo que todos mis parientes, incluso los más humildes. Siempre que aparecemos atraemos una gran atención. Yo en realidad no he hecho todavía mi aparición, pero cuando la haga será un espectáculo magnífico. En cuanto a meterse en casa, le hace a uno envejecer rápidamente, y distrae la mente de cosas más altas.
     
    ―¡Ah, las cosas más altas de la vida, qué bellas son! ―dijo la pata―, y eso me recuerda qué hambre tengo.
     
    Y se fue nadando corriente abajo, diciendo:
     
    ―¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac!
     
    ―¡Vuelve, vuelve! ―gritó el cohete―; tengo muchas cosas que decirte.
     
    Pero la pata no le prestó atención.
     
    ―Me alegro que se haya ido ―se dijo para sí―, tiene una mentalidad claramente de clase media.
     
    Y se hundió un poco más aún en el cieno. Y estaba empezando a pensar en la soledad de los genios cuando, de pronto, dos niños vestidos con delantal blanco llegaron corriendo por la orilla, con una marmita y algo de leña.
     
    ―Esta debe de ser la comisión ―dijo el cohete, e intentó adoptar un porte muy digno.
     
    ―¡Eh! ―gritó uno de los niños―, ¡mira este palo viejo! Me pregunto cómo ha venido a para aquí.
     
    Y cogió el cohete sacándolo de la acequia.
     
    ―¡Palo viejo! ―dijo el cohete―, ¡imposible! ¡Palo egregio!, eso es lo que dijo. Palo egregio es un cumplido. ¡Realmente me confunde con uno de los dignatarios de la corte!
     
    ―¡Echémoslo al fuego! ―dijo el otro muchacho―, ayudará a que hierva la marmita.
     
    Así que apilaron la leña y pusieron el cohete en lo alto, y encendieron el fuego.
     
    ―Esto es magnífico ―exclamó el cohete―, van a dispararme a plena luz del día, para que pueda verme todo el mundo.
     
    ―Vamos a echarnos a dormir ahora ―dijeron los niños―, y cuando despertemos habrá hervido la marmita.
     
    Y se tendieron en la hierba y cerraron los ojos.
     
    El cohete estaba muy mojado, así es que tardó mucho tiempo en arder. Por fin, sin embargo, le prendió el fuego.
     
    ―¡Ahora me voy a disparar! ―gritó.
     
    Y se puso muy tieso y derecho.
     
    ―Sé que voy a subir mucho más alto que las estrellas, mucho más alto que la luna, mucho más alto que el sol. Sí, subiré tan alto que...
     
    ―¡Fiss! ¡Fiss! ¡Fiss! ―silbó, y se fue derecho por los aires.
     
    ―¡Delicioso! ―gritó―, seguiré así para siempre. ¡Qué éxito el mío!
    Pero no le vio nadie.
     
    Entonces empezó a sentir una sensación extraña de hormigueo por todo el cuerpo.
     
    ―Ahora voy a explotar ―gritó―. Incendiaré el mundo entero, y haré tal ruido que nadie hablará de otra cosa durante todo un año.
     
    Y ciertamente explotó.
     
    ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!, hizo la pólvora.
     
    No cabía ninguna duda.
     
    Pero nadie lo oyó, ni siquiera los dos niños, pues estaban profundamente dormidos.
     
    Luego, todo lo que quedó de él fue la varilla, y esta le cayó encima a una oca que estaba dando un paseo a lo largo de la acequia.
     
    ―¡Cielo santo! ―gritó la oca―. Van a llover palos.
     
    Y se metió precipitadamente en el agua.
     
    ―Sabía que iba a causar una gran sensación ―dijo el cohete dando las últimas bocanadas.
     
    Y se apagó.

    Miraba los otoñales |Andrés Trapiello|

    Tema: S E N T I R ~ 10/03/2009 22:19 ~ No hay comentarios. Comentar.

    20090228194610-miraba-los-otoni-ales.jpg

    MIRABA los otoñales
    goterones resbalar.
    ¿Irán, me decía, al mar
    los ríos de los cristales?
     
    Tras las gotas, el camino
    encharcado se perdía
    en una vuelta. Había
    un cierto color de vino
     
    en la tranquila arboleda
    y desgastados azules
    velados como entre tules
    de una cansada humareda.
     
    Yo miraba la mañana
    como a través de las gotas
    y me parecían rotas
    estampas de la ventana.
     
    ¿Irán al mar, me decía?
    Y el eco me respondía
    como acostumbra la muerte:
    todo es cuestión de suerte.

    Normas matusalénicas |Julio Camba|

    Tema: P E N S A R ~ 11/03/2009 23:12 ~ No hay comentarios. Comentar.

    20090307205711-normas-matusalei-nicas.jpg

    Un repórter, falto de asuntos, se fue un día a ver un centenario.
     
    ―¿Ha sido usted fumador? ―le preguntó―. ¿Ha trasnochado? ¿Ha bebido mucho alcohol en su vida? ¿A qué atribuye usted su avanzada edad?
     
    ―He sido fumador ―le respondió el centenario―, he trasnochado, he bebido en mi vida bastante alcohol, y si actualmente paso de los cien años sólo puedo atribuirlo al hecho de haber nacido en el 1840...
     
    Generalmente se cree que todos los centenarios han sido siempre hombres de costumbres muy morigeradas, pero, si se tiene en cuenta que ninguno de ellos obtuvo el título de centenario hasta que no cumplió los cien años, se le perdonará fácilmente cualquier exceso que haya podido cometer en los primeros noventa y nueve, cuando aún no había ingresado ni sabía si iba a ingresar en el gremio. Durante su juventud y su edad madura, los centenarios son hombres como los demás y no es nada extraño el que de vez en cuando se tomen unas copitas, que fumen alguna tagarnina que otra, que hagan una partida de tute con los amigos o que se acuesten con cualquier pretexto a las mil y quinientas. A ciertas personas una conducta así quizá les acortase un tanto la vida, pero a otras, por el contrario, parece que se la prolonga de un modo considerable y el candidato a centenario carecerá siempre de normas fijas a qué atenerse.
     
    Se dice que el buen carácter es una de las cosas que más desarrollan la longevidad, pero, así como hay centenarios de un natural dulce y ecuánime, que no pillaron un berrinche en toda su vida, así los hay también tan irascibles y cascarrabias que le dan a uno la impresión de estar conservados en vinagre, igual que los pepinillos. Tampoco es cierto el que todos los centenarios se hayan pasado la vida en comunión con la naturaleza respirando los aires salutíferos del campo o de la montaña. Los centenarios rústicos habrán podido hacerlo así, pero los urbanos no tuvieron más remedio que adaptar su aparato respiratorio a la atmósfera de los cafés, en donde se pasaban todos los días horas y más horas.
     
    No. No existen las que pudiéramos llamar normas matusalénicas y ni siquiera la buena salud constituye una garantía de longevidad, porque hay organismos muy fuertes y robustos que se desmoronan como un castillo de naipes al primer resfriado, y hay quien llega a los cien años en fuerza de toser y carraspear. Ahora, el que haya tenido unos padres centenarios, parece que está, por herencia biológica, en mejores condiciones que otros para llegar a su vez a la centena, y esto, que sostiene con gran acopio de datos el profesor Raymond Pearl, le da nueva luz al cuento del centenario y los turistas.
     
    ―No. Nunca he tomado una gota de alcohol ―decía el centenario―. Nunca he fumado. Nunca he trasnochado.
     
    Y, cuando los turistas estaban más firmes en su convicción de que no hay longevidad posible fuera de la moderación y el método, se oyó una gran trapatiesta en medio de la calle.
     
    ―¿Qué pasa? ―preguntaron.
     
    ―No se alarmen ustedes ―les respondió el centenario de buenas costumbres―. Seguramente es mi padre que, como todas las noches, ha bebido más de la cuenta y andará escandalizando por ahí...

    El caracol y el rosal |Hans Christian Andersen| [fragmento]

    Tema: S E N T I R ~ 12/03/2009 20:53 ~ No hay comentarios. Comentar.

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    ―Nada ha cambiado ―dijo―. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace. Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta que llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se escondió bajo el suelo. Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.
     
    ―Ahora ya eres un rosal viejo ―dijo el caracol―. Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco... ¿Te das cuenta de lo que quiero decirte?
     
    ―Me asustas ―dijo el rosal―. Nunca he pensado en ello.
     
    ―Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?
     
    ―No ―contestó el rosal―. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!... Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa; respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendía también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profunda siempre, y así tenía que florecer sin remedio. Tal era mi vida; no podía hacer otra cosa.
     
    ―Tu vida fue demasiado fácil ―dijo el caracol.
     
    ―Cierto ―dijo el rosal―. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se proponen asombrar al mundo algún día.
     
    ―No, no, de ningún modo ―dijo el caracol―. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.
     
    ―¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle?
     
    ―¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que los castaños produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.
     
    Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.
     
    ―¡Qué pena! ―dijo el rosal―. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi, cómo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.
     
    Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía allá dentro de su casa. El mundo nada significaba para él. Y pasaron los años. El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del libro de oraciones había desaparecido... Pero en el jardín brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para ellos. ¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma.

    Prisioneros |Salomón de la Selva|

    Tema: S E N T I R ~ 13/03/2009 20:21 ~ Hay 4 comentarios.

    20090307205927-prisioneros.jpg

    Son gente.
    De eso no cabe duda.
    Gente como nosotros,
    que come, que duerme, que se entume, que suda,
    que odia, que ama.
    Gente como toda la gente,
    y sin embargo ― diferente.
     
    Como les hemos arrancado
    todos los botones,
    caminan agarrándose
    los pantalones,
    y llevan el cuerpo doblegado.
     
    Pudiera ser cansancio,
    pero no es eso.
    Pudiera ser vergüenza...
    En fin, qué nos importa:
    ¡Son nuestros prisioneros!
     
    Está prohibido darles cigarrillos.
    Bien. Se los daré a escondidas.
    Alguno de ellos debe de haber leído
    a Goethe; o será de la familia de Beethoven
    o de Kant; o sabrá tocar el violoncelo...

    La buena CRISIS |Jordi Pigem|

    Tema: P E N S A R ~ 14/03/2009 20:24 ~ Hay 2 comentarios.

    20090314202809-la-buena-crisis.png

    La solución a la crisis económica no puede ser sólo económica. La situación actual responde a un complejo entramado que nos remite, en el fondo, a una crisis de percepción. Y no podemos seguir obviando su dimensión ecológica y psicológica.
     
    Imaginemos que en este año internacional de la Astronomía se produjera en pleno día un eclipse de sol que nadie hubiera previsto. No bastaría con dar un tirón de orejas a los profesionales de la astronomía. Sería evidente que la teoría astronómica requiere un cambio de paradigma, como el que en su día introdujeron Copérnico, Kepler y Galileo en la cosmología medieval. En vez de remendar la vieja teoría astronómica con más epiciclos, deferentes y excéntricas, habría que transformarla por completo.
     
    En 1989 se dijo que todos los politólogos tendrían que dimitir por no haber previsto ninguno la inminente caída del muro de Berlín. También se ha dicho ahora que los grandes profesionales de la economía deberían dimitir por no haber previsto la magnitud de la crisis global en la que hemos entrado. Aparte de Nouriel Roubini (tachado de excéntrico y apocalíptico) ningún economista convencional la vio venir a tiempo. Lo reconoce incluso Paul Krugman, el reciente Nobel de Economía. No menos grave que la crisis del sistema económico es el colapso de las teorías económicas convencionales, que se han visto completamente desbordadas por la realidad. Las caras largas del último encuentro de Davos no sólo tienen que ver con el deterioro de la economía. Tienen mucho que ver con el hecho de que los mapas que usábamos ya no sirven. Los dioses que adorábamos resultaron ser falsos. Aunque nos empeñemos, por inercia, en seguir dando crédito a los mismos métodos y a los mismos expertos.
     
    Un periodista del Corriere della Sera, Federico Fubini, hizo este año en Davos una encuesta a directores de bancos centrales y otras figuras clave del sistema financiero global. Les preguntó si creen que han hecho algo a lo largo de su vida “que pueda haber contribuido, aunque sea mínimamente, a la crisis financiera”. No, respondió sin titubeos el 63,5 por ciento. David Rubinstein, cofundador y director ejecutivo del Carlyle Group. comentó irónicamente: “Creí que el cien por cien diría que no tiene nada que ver”. Al fin y al cabo, es habitual que quienes se aferran a un paradigma obsoleto no se den cuenta de su propia responsabilidad o de lo que hay ante sus ojos. Tampoco los teólogos de hace cuatro siglos veían nada cuando miraban a través del telescopio de Galileo.
     
    Hay una burbuja mucho más antigua y mucho mayor que la burbuja bursátil y la burbuja inmobiliaria. Es la burbuja epistemológica: La burbuja en la que flota la visión economicista del mundo, la creencia en la economía como un sistema puramente cuantificable, abstracto y autosuficiente, independiente tanto de la biosfera que la alberga como de las inquietudes humanas que la nutren. En este sentido, la crisis del sistema económico tiene su origen en una crisis de percepción. La economía ecológica de Joan Martínez Alier y la psiconomía de Àlex Rovira son lentes correctoras de ambos tipos de miopía. La solución a la crisis económica no puede ser sólo económica.
     
    Hoy se habla de volver a Keynes. Pero hace setenta años Keynes ya criticaba que todo se reduzca a valores económicos: “Destrozamos la belleza de los campos porque los esplendores no explotados de la naturaleza no tienen valor económico. Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no nos dan dividendos”. En sus últimos años Keynes señaló a un joven economista alemán como el más indicado para continuar su legado. Se trataba de E.F. Schumacher, que en los años setenta publicaría un libro de referencia de la economía ecológica. Lo pequeño es hermoso, en el que criticaba la obsesión moderna por el gigantismo y la aceleración y proponía algo insólito: “Una economía como si la gente tuviera importancia”. Schumacher sabía que las teorías económicas se basan en una determinada visión del mundo y de la naturaleza humana. Y todavía hoy, en el siglo XXI, pese a la física cuántica y la psicología transpersonal, la economía imperante se basa en una ontología decimonónica: ve el mudno como una suma aleatoria de objetos inertes y cuantificables, es reduccionista y fragmentadora y tiende a oponer a los seres humanos entre sí y contra la naturaleza. Schumacher ya diagnosticó en 1973 que “la economía moderna se mueve por una locura de ambición insaciable y se recrea en una orgía de envidia, y ello da lugar precisamente a su éxito expansionista”. Y añadió que hoy la humanidad “es demasiado inteligente para ser capaz de sobrevivir sin sabiduría”.
     
    No pocos bioeconomistas y economistas ecológicos, conscientes de que el crecimiento económico se había convertido en una carrera contra la geología, contra la biosfera y contra el sentido común, veían venir esta crisis desde que se aceleró la globalización. Otros parecen haberla intuido mucho antes. El economista suizo Hans Christoph Biswanger analizó en Dinero y magia la segunda parte del Fausto de Goethe como una crítica premonitoria de la fáustica economía moderna. El dinero (nuestro símbolo favorito de inmortalidad) se vuelve adictivo y el individuo entrega su alma por él. En el cuarto acto Fausto define así su deseo más profundo: “¡Obtendré posesiones y riquezas!” (y anticipando nuestra sociedad hiperactiva añade: “La acción lo es todo”). La alquimia ha sido sustituida por la especulación financiera: se trata e crear oro artificial que a partir de la nada pueda multiplicarse sin límites.
     
    Goethe aparte, hoy sabemos que nuestro rumbo no es sostenible a escala económica, energética, ecológica o psicológica. Mientras la economía crecía creíamos poder ignorar el incremento de las desigualdades y el deterioro ecológico, o soñar que serían resueltos por la bonanza económica. Ahora ya no. La burbuja epistemológica empieza a desvanecerse: el mundo real existe y llama con fuerza a nuestras puertas, por ejemplo en forma de imprevisibles cambios climáticos y de escasez de materias primas. Las crisis interrelacionadas del mundo de hoy nos sitúan, a escala planetaria y a escala personal, ante un rito de paso sin precedentes. Nuestra sociedad tiene mucho de rebelión e hiperactividad adolescentes: rebelión contra la biosfera que nos sustenta y contra un cosmos en el que nos sentimos como extraños, hiperactividad en el consumismo y en la aceleración que nos lleva a posponer la plenitud a un futuro que nunca llega. La crisis como rito de paso nos desafía a alcanzar una madurez sostenible y serena que redescubra el regalo de la existencia en el aquí y ahora.
     
    Realidad, ilusión
    Hace ahora cuatro siglos, en el año 9 del siglo XVII, Kepler publicó su Astronomia nova y Galileo empezó a explorar los cielos con su telescopio. Ambos sentaron las bases de una astronomía que sabe predecir con precisión los movimientos planetarios. Pero el método se llevó a un extremo, identificando el mundo con un libro escrito en lenguaje matemático y reduciendo la realidad a lo que es cuantificable. De modo que los colores, olores, sabores, toda apreciación de sentido o belleza y todo lo que constituye nuestra experiencia inmediata del mundo serían sólo ilusiones. La geometrización del mundo nos ha brindado un enorme poder, sin duda. Pero hemos acabado reduciéndolo todo a códigos de barras, cifras, estadísticas y redes de abstracciones. Como las que rigen la economía, cada vez más ajenas a la experiencia concreta de tierras y gentes. Ajenas, incluso, a sus propias crisis.
     
    La palabra crisis viene del griego krinein (decidir, distinguir, escoger), raíz también de crítica y criterio. Durante las crisis resulta decisivo saber usar nuestro mejor criterio. Uno de los significados de krisis en griego era el momento decisivo en el curso de una enfermedad, cuando la situación súbitamente mejora o empeora. Este sentido médico es el sentido principal que crisis tuvo en latín y en la mayoría de lenguas europeas hasta el siglo XVII, y sigue siendo el primero que da el Diccionario de la Real Academia (hay que esperar al siglo XVIII para que surja en francés el sentido político de crisis, aplicando metafóricamente al cuerpo social lo que era propio del cuerpo humano). Durante siglos se ha hablado con toda naturalidad de la buena crisis que conduce a la curación del enfermo. Joan Coromines recoge algún ejemplo del siglo XVII: “Lo malalt ha tingut una bòna crisa”. En este sentido, una crisis es una oportunidad. O una especie de viaje por los espacios que analiza la teoría del caos, en los que una pequeña fluctuación puede dar lugar a desarrollos sorprendentes y duraderos. Lo único que está claro en un momento de crisis es que las cosas no seguirán igual.
     
    Los años venideros están llamados a ser un rito de paso para la humanidad y la Tierra, un tiempo crucial en el largo caminar de la evolución humana. Podemos imaginar que participaremos en transformaciones radicales y muy diversas, en amaneceres sorprendentes y crepúsculos intensos, y que el colapso e las estructuras materiales e ideológicas con las que habíamos intentado dominar el mundo abrirá espacios para la aparición de nuevas formas de plenitud.
     
    En este rito de paso del final de la modernidad una mala crisis nos conduciría a extender la sed de control, la colonización de la naturaleza y de los demás y nuestro propio desarraigo. Una buena crisis, en cambio, nos conducirá a una cultura transmoderna, en la que una economía reintegrada en los ciclos naturales esté al servicio de las personas y de la sociedad, en la que la existencia gire en torno al crear y celebrar en vez del competir y consumir, y en la que la conciencia humana no se vea como un epifenómeno de un mundo inerte, sino como un atributo esencial de una realidad viva e inteligente en la que participamos a fondo. Si en nuestro rito de paso conseguimos avanzar hacia una sociedad más sana, sabia y ecológica y hacia un mundo más lleno de sentido, habremos vivido una buena crisis.
     
    Buena crisis y buena suerte.

    El cuento del viejo abuelo y el nieto |Jacob y Wilhelm Grimm|

    Tema: S E N T I R ~ 15/03/2009 19:31 ~ Hay 7 comentarios.

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    Érase una vez un hombre muy anciano, al que los ojos habían vuelto turbios, sordos los oídos, y las rodillas le temblaban. Cuando estaba sentado a la mesa y ya casi no podía sostener la cuchara, derramaba algo de sopa sobre el mantel, y otro poco de sopa le volvía a salir también de la boca. Su hijo, y la esposa de su hijo, sentían asco de ello, y, en consecuencia, el viejo abuelo hubo de sentarse, finalmente, en la esquina detrás de la estufa. Le daban la comida en un cuenco de barro, y ésta ni siquiera era suficiente para saciarle. Cierto día, sus manos temblorosas no pudieron sujetar el cuenco y éste cayó al suelo y se rompió. La mujer joven le regañó, más él no dijo nada y se limitó a suspirar. Entonces ella le compró por pocas monedas una vasija de madera de la que él habría de comer en adelante. Cuando de esta forma están sentados, el nieto pequeño, de cuatro años comienza a acarrear tablitas y a dejarlas en el suelo. “¿Qué es lo que estás haciendo?”, le preguntó el padre. “Voy a hacer un comedero”, respondió el niño, “para que coman papá y mamá cuando yo sea grande”. Entonces el padre y la madre se miraron un rato de hito en hito, comenzaron finalmente a llorar y se apresuraron a traer el viejo abuelo a la mesa. Desde entonces le dejaron comer siempre junto a ellos, y tampoco dijeron nada si, alguna vez, derramaba un poco de sopa.

    SI PARLO DE LA MORT |Miquel Martí i Pol|

    Tema: S E N T I R ~ 16/03/2009 22:39 ~ Hay 4 comentarios.

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    Si parlo de la mort és perquè em moro
    i al capdavall més val parlar de coses
    que hom coneix intensament. La meva
    mort, per exemple, la tinc ben sabuda;
    fa molt de temps que convivim i encara
    conviurem molt de temps, fins que es resolgui
    d’un cop per sempre el plet, que mai no aporta,
    malgrat els aldarulls, sengles sorpreses.
    Llavors serà el moment de l’elegia
    i algú hi haurà per fer-me el panegíric
    (en català, si us plau, i en decasíl·labs)
    que jo, bo i mort, escoltaré amb respecte.
    Mentrestant parlo de la mort, tal volta
    perquè és allò que tinc més viu i pròxim,
    per no caure en subtils pedanteries
    que, fet i fet, no porten a cap banda.
    Parlo, doncs, de la mort, i a més em moro.
    No es pot pas demanar més honradesa.

    Control del pensamiento |Marvin Harris| [año 1983]

    Tema: P E N S A R ~ 18/03/2009 21:56 ~ Hay 3 comentarios.

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    El Estado y el control del pensamiento

     

    Las grandes poblaciones, el anonimato, el empleo de dinero y las vastas diferencias en riqueza hacen que el mantenimiento de la ley y el orden sea más difícil en las sociedades estatales que en las bandas, aldeas y jefaturas.
     
    Esto explica la gran complejidad tanto de las fuerzas policiales y paramilitares como de las demás instituciones y especialistas estatales que se ocupan del crimen y del castigo. Aunque, en última instancia, todo Estado se halla preparado para aplastar a los criminales y subversivos políticos encarcelándolos, mutilándolos o ejecutándolos, el peso de la labor cotidiana de mantener la ley y el orden frente a individuos o grupos descontentos lo soportan, en su mayor parte, instituciones que tratan de confundir, distraer o desmoralizar a los alborotadores en potencia antes de que sea necesario someterlos a la fuerza. Por tanto, todo Estado, antiguo o moderno, dispone de especialistas que realizan servicios ideológicos en apoyo del statu quo. A menudo, estos servicios se prestan de formas y en contextos que no parecen tener relación con los problemas económicos y políticos.
     
    El principal aparato de control del pensamiento de los sistemas estatales preindustriales consiste en instituciones mágico-religiosas. Las complejas religiones de los incas, aztecas, antiguos egipcios y otras civilizaciones preindustriales santificaban los privilegios y poderes de la élite dirigente. Defendían la doctrina de la filiación divina del Inca y del faraón y enseñaban que el equilibrio y continuidad del universo exigían la subordinación de los plebeyos a personas de nacimiento noble y divino. Entre los aztecas, los sacerdotes estaban convencidos de que los dioses debían ser alimentados con sangre humana; y arrancaban personalmente los corazones palpitantes de los prisioneros de guerra en lo alto de las pirámides de Tenochtitlán. En muchos estados, la religión ha sido utilizada para condicionar a grandes masas a aceptar la depauperación relativa como una necesidad, a esperar recompensas materiales en la otra vida en vez de en la presente y a mostrarse agradecidos por los pequeños favores recibidos de los superiores (pues la ingratitud acarrea una retribución llameante en esta vida o en un infierno futuro).
     
    Para transmitir mensajes de este tipo y demostrar las verdades en las que están basados, las sociedades estatales invierten una gran parte de la riqueza nacional en arquitectura monumental. Desde las pirámides de Egipto o Teotihuacán hasta las catedrales góticas de la Europa medieval, el monumentalismo de los edificios religiosos subvencionados por el Estado hace que el individuo se sienta impotente e insignificante. Los grandes edificios públicos, ya parezcan flotar como en el caso de la catedral de Amiens o aplastar el suelo con su peso infinito como en el caso de las pirámides Khufu, enseñan la inutilidad del descontento, la invencibilidad de los que gobiernan y la gloria del cielo y los dioses. (Esto no quiere decir que no enseñen nada más.)

     

    El control del pensamiento en contextos modernos

     

    Una manera importante de lograr el control del pensamiento consiste no en asustar o amenazar a las masas, sino en invitarlas a identificarse con la élite gobernante y gozar indirectamente de la pompa de los acontecimientos estatales. Espectáculos públicos como procesiones religiosas, coronaciones y desfiles de victoria operan en contra de los efectos alienantes de la pobreza y la explotación. Durante la época romana, las masas eran sometidas a control permitiéndoles contemplar combates de gladiadores y otros espectáculos circenses. Los sistemas estatales modernos tienen en las películas, la televisión, la radio, los deportes organizados, la puesta en órbita de satélites y los aterrizajes lunares técnicas infinitamente más poderosas para distraer y entretener a sus ciudadanos. A través de los modernos medios de comunicación la conciencia de millones de oyentes, lectores y espectadores es a menudo manipulada según vías determinadas con precisión por especialistas a sueldo del gobierno. Pero tal vez la forma más efectiva de «circo romano» hasta ahora ideada sean los «entretenimientos» transmitidos por el aire directamente hasta la chabola o el apartamento. La televisión y la radio no sólo reducen el descontento al divertir al espectador, sino que también mantienen a la gente fuera de las calles.
     
    Sin embargo, los medios modernos más poderosos de control del pensamiento puede que no estén en los narcóticos electrónicos de la industria del entretenimiento, sino en el aparato de educación obligatoria apoyado por el Estado. Maestros y escuelas satisfacen evidentemente las necesidades instrumentales de las complejas civilizaciones industriales adiestrando a cada generación en los servicios técnicos y de organización necesarios para la supervivencia y bienestar. Pero maestros y escuelas también dedican mucho tiempo a una educación no instrumental: formación cívica, historia, educación política y estudios sociales. Estas materias están llenas de supuestos implícitos y explícitos sobre la cultura, el ser humano y la naturaleza que indican la superioridad del sistema político-económico en el que son enseñadas. En la Unión Soviética y otros países comunistas muy centralizados, no se hace ningún intento para enmascarar el hecho de que una de las principales funciones de la educación obligatoria es el adoctrinamiento político. Las democracias capitalistas occidentales son, en general, menos propensas a reconocer que sus sistemas educativos son también instrumentos de control político. Muchos maestros y alumnos, al carecer de una perspectiva comparativa, no son conscientes del grado en que sus libros, planes de estudios y exposiciones en clase apoyan al statu quo. Sin embargo, en otras partes, consejos locales de educación, juntas de regentes y comités legislativos exigen abiertamente la conformidad con el statu quo.
     
    Los modernos sistemas de educación obligatoria, desde los jardines de infancia hasta las universidades, operan con un doble modelo políticamente útil. En la esfera de las matemáticas y de las ciencias biofísicas, se estimula a los estudiantes a que sean creativos, perseverantes, metódicos, lógicos e inquisitivos. Por otra parte, los cursos que tratan de los fenómenos culturales evitan sistemáticamente los «temas controvertidos» (por ejemplo, la concentración de riqueza, la propiedad de las multinacionales, la nacionalización de las compañías petrolíferas, la involucración de bancos e inmobiliarias en la especulación del suelo urbano, los puntos de vista de las minorías étnicas y raciales, el control de los medios de comunicación de masas, el presupuesto de defensa militar, los puntos de vista de las naciones subdesarrolladas, las alternativas al capitalismo y al nacionalismo, el ateísmo, etc.). Pero las escuelas van más allá de la mera evitación de temas controvertidos. Algunos puntos de vista políticos son tan esenciales para el mantenimiento de la ley y el orden que no se pueden confiar a métodos objetivos de educación; en vez de ello, se implantan en la mente de los jóvenes apelando al miedo y al odio. La reacción de los norteamericanos ante el socialismo y el comunismo no es menos resultado del adoctrinamiento que la reacción de los rusos ante el capitalismo. Los saludos a la bandera, juramentos de fidelidad, canciones y ritos patrióticos (asambleas, juegos y desfiles) son algunos de los aspectos políticamente ritualizados más familiares en los planes de estudios en las escuelas primarias.
     
    Jules Henry, quien pasó del estudio de los indios en Brasil al estudio de los institutos de enseñanza media en St. Louis, ha contribuido a la comprensión de algunas de las maneras en que la educación universal moldea la pauta de conformidad nacional. Henry muestra en su libro Culture against Man cómo incluso en las lecciones de ortografía y canto puede haber un adiestramiento básico en apoyo del «sistema competitivo de libre empresa». A los niños se les enseña a tener miedo al fracaso; también se les enseña a ser competitivos. De ahí que pronto empiecen a ver en los demás la principal causa de fracaso y tengan miedo unos de otros. Como observa Henry: «La escuela es, en efecto, un adiestramiento para la vida posterior no porque enseñe (mejor o peor) la lectura, escritura y aritmética, sino porque inculca la pesadilla cultural esencial: miedo al fracaso, envidia del éxito...».
     
    En los Estados Unidos, actualmente, la aceptación de la desigualdad económica depende mucho más del control del pensamiento que del ejercicio de la pura fuerza represiva. A los hijos de familias económicamente débiles se les enseña a creer que el principal obstáculo que les impide alcanzar riqueza y poder son sus propios méritos intelectuales, resistencia física y voluntad de competir. A los pobres se les enseña a cargar con la culpa de su pobreza y, así, dirigen su resentimiento, primordialmente, contra sí mismos o contra aquellos con quienes deben competir y que se encuentran en el mismo peldaño de la escala de movilidad ascendente. Por añadidura, a la porción económicamente débil de la población se le enseña a creer que el proceso electoral garantiza la separación de los abusos de ricos y poderosos mediante la legislación que tiene como objetivo la redistribución de la riqueza. Por último, a la mayor parte de la población se la mantiene en la ignorancia del funcionamiento real del sistema político-económico y del poder desproporcionado que ejercen lobbies representativos de corporaciones y otros grupos de interés. Henry concluye que las escuelas de Estados Unidos, pese a su ostensible dedicación a la investigación creadora, castigan al niño que manifiesta ideas intelectualmente creativas respecto a la vida social y cultural:
     
    Aprender estudios sociales es, en gran medida, en la escuela primaria o en la universidad, aprender a ser estúpido. La mayoría de nosotros realizamos esta tarea antes de entrar en el instituto de enseñanza media. Pero el niño con imaginación socialmente creadora no se le alentará a jugar con sistemas sociales, valores y relaciones nuevos; no hay mucha probabilidad de que esto suceda por la sencilla razón de que los profesores de estudios sociales catalogarán a tal niño como un estudiante mediocre. Además, este niño sencillamente no podrá comprender los absurdos que al maestro le parecen verdades transparentes... Aprender a ser un idiota o, como dice Camus, aprender a ser absurdo, forma parte del desarrollo. Así, el niño a quien le resulta imposible aprender a pensar que lo absurdo es la verdad... normalmente llega a considerarse un estúpido.

    Sucedidos |Eduardo Galeano|

    Tema: S E N T I R ~ 19/03/2009 21:57 ~ Hay 3 comentarios.

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    En los fogones de Paysandú, el Mellado Iturria cuenta sucedidos. Los sucedidos sucedieron alguna vez, o casi sucedieron, o no sucedieron nunca, pero lo bueno que tienen es que suceden cada vez que se cuentan.
     
    Éste es el triste sucedido del bagrecito del arroyo Negro.
     
    Tenía bigotes de púas, era bizco y de ojos saltones. Nunca el Mellado había visto un pescado tan feo. El bagre venía pegado a sus talones desde la orilla del arroyo, y el Mellado no conseguía espantarlo. Cuando llegó a las casas, con el bagre como sombra, ya se había resignado.
     
    Con el tiempo, le fue tomando cariño. El Mellado nunca había tenido un amigo sin patas. Desde el amanecer, el bagre lo acompañaba a ordeñar y a recorrer campo. A la caída de la tarde, tomaban mate juntos; y el bagre le escuchaba las confidencias.
     
    Los perros, celosos, lo miraban con rencor; la cocinera, con malas intenciones. El Mellado pensó ponerle nombre, para tener cómo llamarlo y para hacerlo respetar, pero no conocía ningún nombre de pescado, y ponerle Sinforoso o Hermenegildo podía caerle mal a Dios.
     
    No le quitaba un ojo de encima. El bagre tenía una notoria tendencia a las diabluras. Aprovechaba cualquier descuido y se iba a espantar a las gallinas o a provocar a los perros:
     
    -Comportesé -le decía Mellado.
     
    Una mañana de mucho calor, que andaban las lagartijas con sombrilla y el bagrecito abanicándose a todo dar con las aletas, el Mellado tuvo la idea fatal:
     
    -Vamos a bañarnos al arroyo -propuso.
     
    Y allá fueron.
     
    El bagre se ahogó.

    Pasatiempo |Mario Benedetti|

    Tema: S E N T I R ~ 21/03/2009 23:14 ~ Hay 4 comentarios.

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    Cuando éramos niños
    los viejos tenían como treinta
    un charco era un océano
    la muerte lisa y llana
    no existía
     
    luego cuando muchachos
    los viejos eran gente de cuarenta
    un estanque era océano
    la muerte solamente
    una palabra
     
    ya cuando nos casamos
    los ancianos estaban en cincuenta
    un lago era un océano
    la muerte era la muerte
    de los otros
     
    ahora veteranos
    ya le dimos alcance a la verdad
    el océano es por fin el océano
    pero la muerte empieza a ser
    la nuestra.

    La democracia del espectador |Noam Chomsky| [fragmento]

    Tema: P E N S A R ~ 22/03/2009 19:33 ~ Hay 2 comentarios.

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    Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo los mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí mismas.
     
    [Walter] Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de protegernos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y traspasado ésta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.
     
    Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.
     
    Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita ―e incluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos― tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones. Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir Puedo ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen todos en su función de espectadores de la acción, liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de entre los que tienen a su disposición para elegir.

    · ad maiorem Dei gloriam ·

    Tema: e s b o z o s ~ 25/03/2009 21:48 ~ Hay 2 comentarios.

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    En una Iglesia del casco antiguo de la ciudad se está celebrando una misa. Los turistas, irreverentes, entran y avanzan por las naves laterales sin prestar atención al párroco tras el altar. Cuchichean las maravillas que surgen de las sombras de cada capilla y abusan de sus flashes inmortalizadores. El párroco está a punto de hacer la consagración cuando en el ábside resuena el "God save the Queen" de los Sex Pistols; se trata del teléfono móvil de un británico cuya cara se pone roja instantáneamente si es que no lo estaba ya por el sol. La beata de la primera fila le lanza una mirada furibunda y se torna hacia el párroco con otra mirada más bien apremiante. Los otros turistas se ríen entre dientes y continúan sus exploraciones. La misa prosigue cuando, de repente, una luz cegadora surge por un instante del pantocrátor. Toda la gente se hinca de rodillas, asustada. "¡Milagro, milagro!", grita la beata. El párroco se gira hacia el Cristo crucificado y cree notar una sonrisa displicente en Su cara, piensa: "Señor, ¿por qué nos hacéis una foto sin darnos tiempo siquiera a peinar nuestros pecados?".

    ENCARA EL TRAM |Joan Salvat-Papasseit|

    Tema: S E N T I R ~ 26/03/2009 22:41 ~ Hay 2 comentarios.

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    Noia del tram, tens l’esguard en el llibre,
    i el full s’irisa
                         en veure’s cobejat.
    I el cobrador s’intriga si giraràs el full:
    sols per veure’t els ulls!
     
    Que les cames se’t veuen
                                              i la mitja és ben fina;
                                              i tot el tram ets tu.
    Però els ull no se’t veuen.
     
    I la teva mà és clara
    que fa rosa el teu cos de tafetà vermell,
                                        i el teu mocadoret ha tornat de bugada.
    Però els ulls no els sabem!
     
    I si jo ara baixés? -Mai no et sabria els ulls...
    Té, ara, ja he baixat!

    De mercenario |Miguel Gila|

    Tema: S E N T I R ~ 29/03/2009 13:26 ~ Hay 4 comentarios.

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    Antes de contarles nada, voy a hacer una llamada muy importante, porque tenemos un follón con la guerra que no nos aclaramos. Y todo lo tengo que hacer yo, el general se pasa el día con los prismáticos oteando los balcones y diciendo: «¡Huy, cómo está ésa!». Nunca mira para las trincheras, siempre a los balcones, pero llega la hora de repartir las medallas y todas para él. Empieza: «Dame ésa, y ésa y ésa y la redonda, ésa no, que la tengo repe».
     
    Yo tengo ésta porque me la dio un cura, le dije: «Padre, deme una medallita», y me la dio, es de San Antonio, y está dedicada por detrás, dice: «A Gila, con un abrazo de su amigo San Antonio».
     
    Y ésta sí que no la tiene nadie, ni Franco, que tenía el brazo de Santa Teresa, pero sin dedicar. Y no será porque no me las merezco, porque mato yo..., no es por chulearme, pero cómo mato. Un día, en un combate, le pegué un tiro a uno, y dijo: «¡Que me has dao’!». Y dije: «Pues no seas enemigo. ¿Qué quieres que te dé, un beso en la boca?». Dijo: «Es que me has hecho un agujero». Dije: «Pues ponte un corcho». Y dijo: «¿Y con qué tapo la cantimplora?». Total, que quería conversación, que viene el coronel y me ve hablando con el enemigo y... Tengo un coronel que tiene una mala leche...
     
    Ahora, también tiene buenos sentimientos. A veces estamos en pleno combate y cruza un ciego o una ancianita y dice: «¡Alto el fuego!», y hasta que no termina de pasar no seguimos. Yo ya no trabajo para la patria porque es muy aburrido, trabajo como mercenario para Estados Unidos.
     
    Da gloria trabajar para Estados Unidos. ¡Cómo hacen la guerra esta gente! Primero mandan los portaaviones , luego la aviación lanza los misiles, después la artillería pesada y detrás los tanques, cuando llegamos los de infantería ya está todo barrido.
     
    Bueno, siempre hay algún enemigo que se esconde en un agujero, pero llegamos nosotros con el lanzallamas y le dejamos como un pollo a la parrilla. Y es que los americanos tienen de todo, bazokas, minas, morteros, misiles con cabeza nuclear, lanzacohetes de bolsillo, submarinos atómicos, galletas, chicles... bueno, de todo. Es una gloria trabajar con ellos.
     
    Yo no sé qué opinión tienen ustedes de las guerras, a mí me encantan, porque te hinchas a matar, y la policía, nada. Un día maté a treinta y tantos, y pasaba la policía y dije: «He sido yo, ¿qué pasa?». Y dijeron: «Nada, nada, perdón». Dejo el tanque aparcado en doble fila, y a ver si tiene pelotas el de la grúa a llevárselo: le meto un cañonazo en la gorra que le jodo pa’vino.
     
    A mí lo que más me cabrea de las guerras son las broncas que tengo con mi mujer cuando vuelvo. Me abre la puerta y empieza: «Mira, mira cómo vienes de guarro, que te fuiste hecho un pincel y mira cómo vienes». Y digo: «Porque nos tenemos que arrastrar por el barro». Y dice: «Pues pon periódicos».
     
    ¡Periódicos! Me gustaría verla a ella arrastrándose por debajo de las alambradas, a ver qué hacía con el culo, que cuando vamos de excursión, dice la gente: «Que se le cae a su mujer la mochila», y nunca falta el galante de turno, que dice: «Yo se la levanto». Un día se me presenta en las trincheras con los niños, y digo: «¿Qué haces aquí?». Dice: «Que no encuentro las llaves». La que se armó. El pequeño se tragó una bala, le llevamos al médico de urgencias y éste dijo: «No es grave, pero no apunten a nadie con el niño».
     
    Y por si fuera poco, tengo un teniente bizco que me da una vida... Dice: «Yo, donde pongo el ojo, pongo la bala». Y yo todo el día pendiente. A ver dónde pone ese cabrón el ojo, porque es lo que yo digo, si pusiera los dos para el mismo lado, pero es que los cruza y te vuelve loco...
     
    A mí me gusta la guerra por libre, porque trabajar por libre tiene muchas ventajas, me asciendo y me desciendo cuando quiero. Que me levanto de buen humor, me hago coronel; que me levanto con mal sabor de boca, esos días que te despiertas y dices: «Hoy no me encuentro yo muy fino», me desciendo a sargento.
     
    La ventaja de trabajar por libre es que te contratas, como yo, con los americanos y no te falta trabajo. Y lo bien que pagan... Yo les cobro ocho dólares el muerto, y devolviéndo el casco, dos dólares más. Los chinos más baratos, porque como hay tantos, yo a los chinos, ni les mato, les hago: «¡Ajjjjjj!», y les meto un susto... El susto no lo pagan, pero cómo te diviertes... Lo malo de los chinos es que como son todos iguales, si no te fijas bien, matas seis veces al mismo.
     
    A mí es que las guerras me encantan, porque no es lo mismo que cuando te toca hacer la mili. Como nunca hay una guerra, te aburres, y si hay una guerra, te dicen: «Estás defendiendo a la patria», que yo no digo que a lo mejor algún día haya una guerra, pero te tienen dos años haciendo la instrucción, y ni guerra ni nada, te pasas dos años pelando patatas, fregando perolas y limpiando retretes; sin embargo, con los americanos tienes la guerra asegurada, cuando no es en un país es en otro, pero tu guerra no te falta. Bueno, con permiso de ustedes voy a seguir matando, porque si se enteran en el Pentágono que no mato, me regañan.

    Mai |Ánchel Conte|

    Tema: S E N T I R ~ 30/03/2009 20:46 ~ No hay comentarios. Comentar.

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    Mai, mira-me as mans,
    las trayo buedas,
    lasas d’amar...
    Son dos alas
    d’un biello pardal
    que no puede
    sisquiera bolar.
     
    Mai, mira-me os güellos,
    n’o zielo perdius
    n’un fondo silenzio...
    Son dos purnas
    chitadas d’o fuego
    que no alumbran
    ni matan o chelo.
     
    Mai, mira-me l’alma
    aflamada de sete,
    enxuta d’asperanza...
    Ye un campo labrau
    an no i crexen que allagas
    que punchan a bida
    dica que la matan.
     
    Mai, mira-me á yo.
    ¿Me reconoxes, mai?
    Fue o tuyo ninón...
    Güei só un ombre
    que no sé como só.
    Mai, ¿me reconoxes?
    ¡¡MAI, ¿ni siquiera tú?!!
     Madre, mírame las manos,
    las traigo vacías,
    faltas de amar...
    Son dos alas
    de un viejo gorrión
    que no puede
    ni siquiera volar.
     
    Madre, mírame los ojos,
    en el cielo perdidos
    en un hondo silencio...
    Son dos chispas
    arrojadas del fuego
    que no alumbran
    ni matan el hielo.
     
    Madre, mírame el alma
    agostada de sed,
    seca de esperanza...
    Es un campo labrado
    donde sólo crecen aliagas
    que pinchan la vida
    hasta matarla.
     
    Madre, mírame a mí.
    ¿Me reconoces madre?
    Fui tu niño...
    Hoy soy un hombre
    que no sé como soy.
    Madre, ¿me reconoces?
    ¡¡MADRE, ¿ni siquiera tú?!!


    ...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.

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