

En una Iglesia del casco antiguo de la ciudad se está celebrando una misa. Los turistas, irreverentes, entran y avanzan por las naves laterales sin prestar atención al párroco tras el altar. Cuchichean las maravillas que surgen de las sombras de cada capilla y abusan de sus flashes inmortalizadores. El párroco está a punto de hacer la consagración cuando en el ábside resuena el "God save the Queen" de los Sex Pistols; se trata del teléfono móvil de un británico cuya cara se pone roja instantáneamente si es que no lo estaba ya por el sol. La beata de la primera fila le lanza una mirada furibunda y se torna hacia el párroco con otra mirada más bien apremiante. Los otros turistas se ríen entre dientes y continúan sus exploraciones. La misa prosigue cuando, de repente, una luz cegadora surge por un instante del pantocrátor. Toda la gente se hinca de rodillas, asustada. "¡Milagro, milagro!", grita la beata. El párroco se gira hacia el Cristo crucificado y cree notar una sonrisa displicente en Su cara, piensa: "Señor, ¿por qué nos hacéis una foto sin darnos tiempo siquiera a peinar nuestros pecados?".
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.