

Quisiera hablar de títeres pero sin caer en la tentación de apelar a la imagen del titiritero que los controla, con hilos desde lo alto o la mano en sus entrañas. Sería fácil decir que todos somos un poco títeres, que con frecuencia nos dejamos manejar por miedo a tomar el control. Pero no lo diré, no por fácil, ni por menos cierto, sino porque ya lo he dicho en la frase anterior.
La función única del Cabaret de Títeres, pergeñado por Pep Gómez, Núria Mestres y Andrea Lorenzetti, se celebró en La Cova de les Cultures del barrio de Gràcia. La noche estaba desapacible, con esa lluvia intermitente que, bajando de la oscuridad en infinitos hilos, pretende controlar nuestra mojadura. Incluso dentro de la cueva se hacía notar a ratos corriendo como loca por los desagües, como un telón más entre las escenas. El maestro de ceremonias fue el genial Pep, papirofléxico ácrata y cabaretero sensacional. Núria dejó a Quimeta y Squitx la labor de franquearnos la puerta de la fantasía y la ternura. Por último, Andrea se parapetó detrás de una maleta vieja y nos trasladó a un mundo surrealista de cuentos con moraleja.
Un señor mudo porque le habían operado recientemente de la laringe, fue mordido por un perro malo mientras paseaba por el barrio chino de Barcelona. Nadie podía escuchar sus gritos de socorro faltos de sonido, cuando muchas veces ni siquiera escuchamos los de los que sí tienen voz. Por suerte, un rato más tarde lo encontró un vecino del barrio. Quiso llamar a la ambulancia pero el señor mudo no le dejó y, levantándose a duras penas, se fue para su casa. La herida no parecía grave, aunque la sangre era mucha. Unos días más tarde, el vecino estaba tomando una cervecita en su bar habitual, cuando le preguntó al dueño si sabía algo del señor mudo al que había mordido un perro malo. El dueño le respondió que había muerto... Así es la vida.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.