

Lo que os deseo para este año que comienza ―es decir, para el tiempo que necesita el sol hasta llegar a su cénit y luego descender hasta su punto más bajo― es que no digáis ni penséis que todo va de mal en peor. «Esa sed de dinero, ese frenesí por los placeres, ese olvido de los deberes, esa insolencia de la juventud, esos robos y crímenes inusitados, esa impudicia de las pasiones y, encima, estas estaciones enloquecidas, que casi nos traen noches tibias en pleno invierno...» Este estribillo, viejo como el mundo de los hombres, significa únicamente una cosa: «Ya no tengo el estómago ni la alegría de mis veinte años».
Si por lo menos esta no fuese más que una manera de decir lo que uno experimenta, soportaríamos este discurso como soportamos la tristeza de los enfermos. Pero los discursos tienen por sí mismos una importancia desmesurada; exageran la tristeza, la engordan y cubren con ella todas las cosas como un abrigo, de modo que el efecto se convierte en causa (un niño puede llegar a tener mucho miedo de un compañero de juegos a quien él mismo ha disfrazado de oso o de león).
Si un hombre, movido por su tristeza natural, decora su casa como un catafalco, sólo conseguirá sentirse más triste, porque todo lo que le rodea le recordará amargamente su pena. Lo mismo ocurre con nuestras ideas: si a causa de nuestro humor pintamos a los hombres con colores sombríos y los asuntos públicos en descomposición, la contemplación de ese mamarracho, a su vez, nos sumirá en la desesperación. A menudo, el hombre más inteligente es aquel que se engaña a sí mismo lo mejor posible, porque sus declamaciones tienen una lógica y un aire de razón.
Lo peor es que esta enfermedad se contrae; es como un cólera de los espíritus. Conozco gente en presencia de quien no puede decirse que los funcionarios sean, en conjunto, más honestos y diligentes que antes. Quienes siguen el impulso de sus pasiones tienen una elocuencia tan natural, una sinceridad tan conmovedora, que se ganan fácilmente al auditorio; quien aspira a ser justo, desempeña entonces el papel de un bobo o de un malasombra. Así, la jeremiada se establece como un dogma y pronto forma parte de las normas de educación.
Ayer, un tapicero, con el fin de mantener una conversación de circunstancias, me decía ingenuamente: «Las estaciones se han perdido. ¿Quién creería que estamos en pleno invierno? Y el verano igual: ya no sabemos lo que es». Decía esto después de los fuertes calores de este año que, sin embargo, ha sentido como los otros. Pero el tópico es más fuerte que los hechos. Y vosotros que os reís de mi tapicero, desconfiad de vosotros mismos, puesto que no todos los hechos son tan claros ni tan presentes en el recuerdo como el hermoso verano de mil novecientos once.
Mi conclusión es que la alegría no tiene autoridad, porque es muy joven, y que la tristeza está entronizada y goza de un respeto exagerado. De ahí deduzco que hay que resistirse a la tristeza, no sólo porque la alegría es buena ―lo que sería ya una especie de razón― sino porque hay que ser justos, y la tristeza, siempre elocuente, siempre imperiosa, nunca quiere que seamos justos.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.