
Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2008.

Cada individuo tiene derecho a:

-¿Dónde estás? -preguntó ella.
-¿Qué quieres? -respondió él.
-Bueno, quería saber cómo estabas... ¿dónde estás?
-Vamos a ver, si quieres saber cómo estoy, ¿qué importancia tiene dónde esté como estoy?
-¿No me lo quieres decir?
-¿El qué?: ¿cómo o dónde estoy?
-Es igual, nos vemos esta tarde donde siempre, adiós.
-Aquí te espero.

| Té una existència absorta però mòbil, estúpidament intacte. És com una invulnerable, decidida seguretat. Avança d’una branca a l’altra i retorna a la fulla diminuta amb impassible, delicada cura mentre escruta el senyal viu i exacte de quelcom que ara es forma en el rar ull de gemma. Tota la seva força aquí s’atura, en el somni vivent del seu glatir. Canviarà, i ell ho sap, el color de la fulla i l’ardent aroma de la terra. A l’ull inalterable, però, resta la magnitud del somni i el dolç, sacrificat tremolor de la presa. |

Detrás de muchas variaciones y diferencias regionales de estilo y de gestión, la lógica de casi todas las organizaciones empresariales puede sintetizarse en una ecuación sencilla y árida:
INSUMOS (materias primas + mano de obra + maquinaria) = RENDIMIENTOS (producto + beneficio)
Toda organización tratará de reunir materias primas, mano de obra y maquinaria al menor precio posible, con el fin de combinar todos esos elementos en la elaboración de un producto que pueda venderse al mayor precio posible. Desde una perspectiva económica, no existen diferencias entre los tres elementos de la parte de la ecuación correspondiente a los insumos. Todos son mercancías que la organización racional intentará explotar a poco coste y manejar eficientemente en busca de beneficios.
No obstante, resulta turbador que entre la «mano de obra» y el resto de los elementos exista una diferencia que la economía convencional carece de medios para representar o calibrar, aunque es algo inevitable en el mundo: la mano de obra siente dolor.
Cuando las cadenas de montaje se hacen prohibitivas pueden ser desconectadas y no gritan por la aparente injusticia de su destino. Una empresa puede dejar de utilizar carbón para emplear gas natural sin que la energía rechazada se arroje por un precipicio. En cambio, la mano de obra tiene la costumbre de enfrentarse emocionalmente a los intentos de reducir su precio o su presencia. Solloza en los cubículos de los retretes, bebe para calmar su miedo a no estar a la altura de las circunstancias y puede preferir la muerte al despido.

No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía.

| Ahora que ya te fuiste, te diré que te quiero. Ahora que no me oyes, ya no debo callar. Tú seguirás tu vida y olvidarás primero... Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar. Hay un amor tranquilo que dura hasta la muerte, y un amor tempestuoso que no puede durar. Acaso aquella noche no quise retenerte... Y ahora estoy recordándote a la orilla del mar. Tú, que nunca supiste lo que yo te quería, quizás entre otros brazos lograrás olvidar... Tal vez mires a otro, igual que a mí aquel día... Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar. El rumor de mi sangre va cantando tu nombre, y el viento de la noche lo repite al pasar. Quizás en este instante tú besas a otro hombre... Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar... Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar... |

És realment necessari que hi hagi escriptors? Ningú no dubta, avui, que és necessari que hi hagi informàtics, metges, funcionaris, futbolistes o fabricants de cotxes. Però podrien desaparèixer tots els escriptors, i bastants milions de persones es quedarien tan tranquil·les.
Si no acceptem aquest fet, no estem preparats per entendre’ns nosaltres mateixos ni per entendre la multitud que constitueixen “els altres”. El que es podria dir, em sembla, és que alguns escriptors són necessaris per a un determinat grup de persones -minúscul, en el total de la humanitat- que han fet “vot de lectura”. Com uns altres raríssims humans han fet vot de castedat. Josep Pla ho deia d’una manera radical: “La literatura no és més que l’entreteniment de quatre gats”, i demanava que valdria més que poséssim una mica d’aigua al vi i que aquest petit món no fos tan pedant i tan fatxenda.
Però encara que sigui en un àmbit molt reduït, es manté la tradició de llegir llibres, una tradició relativament moderna, perquè abans només llegien i escrivien els eclesiàstics. Aquesta tradició la van ampliar una mica poquíssimes persones a partir de la invenció de la impremta. Però la tradició més permanent, més sòlida i més universal és la de l’analfabetisme.
De tota manera, si algú encara vol llegir, és evident que hi ha d’haver escriptors. Tenint en compte la demografia, és prudent que ens presentem amb l’adequada modèstia. Des d’aquest punt de vista, un escriptor pretensiós fa més el ridícul que un vanitós cantant de pop. Les minories sempre han de procurar no enganyar-se sobre la seva condició de minories.
(...)
L’àmbit vital de l’escriptor literari és el propi d’una espècie rara, hauria d’estar enormement agraït a la seva sort si és que algú ha decidit llegir-lo. I pot ser que el lector vulgui fins i tot repetir, llegint un altre llibre, i si aquest segon llibre és del mateix autor estem davant d’un prodigi i podem dir que, en efecte, l’escriptor és necessari. Siguem prudents: ho és per a aquella persona, o per a unes quantes.
En alguns casos, els lectors interessats poden arribar a ser cinc mil -fins i tot cinc milions, no importa-, però si pensem en els milers de milions de sers humans que en aquest moment ens acompanyen en el planeta, “l’entreteniment de quatre gats”, com qualifica Pla la literatura, és una expressió popular bastant raonable.

Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la habitación. El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba.
Los dos charlaban durante horas. Hablaban de sus esposas y sus familias, de sus hogares, del trabajo, de su estancia en el servicio militar, de los lugares donde habían estado de vacaciones. Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde ella.
El hombre de la otra cama deseaba ardientemente que llegaran esas horas en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con noticias del mundo exterior. Por su compañero sabía que la ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes jugaban en el agua, mientras los niños echaban a volar sus cometas. Los jóvenes enamorados paseaban de la mano entre flores de todos los colores. Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia el bello perfil de la ciudad.
Mientras el hombre describía todo esto con exquisito detalle, el del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica escena. Una tarde calurosa, el hombre de la ventana describió un desfile que estaba pasando. Aunque el otro no podía oír a la banda, podía verlo, con los ojos de su mente, exactamente como lo describía su compañero.
Pasaron días y semanas. Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para bañarles y encontró el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía. Apesadumbrada, llamó a los ayudantes del hospital para que se llevaran el cuerpo.
Cuando lo consideró apropiado, el otro enfermo pidió ser trasladado a la cama al lado de la ventana. La enfermera lo cambió encantada y, tras asegurarse de que estaba cómodo, salió de la habitación. Lentamente, y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo exterior; por fin tendría la alegría de verlo por él mismo. Se esforzó para girarse despacio y mirar por la ventana al lado de la cama... y se encontró con una pared blanca.
El hombre preguntó a la enfermera por qué su compañero muerto le había descrito cosas tan maravillosas a través de aquella ventana. La enfermera le reveló que el hombre era ciego y que no habría podido ver ni la pared, y concluyó: “Quizá sólo quería animarle a usted”.
No creo ni en dios ni en la patria, sólo creo en ti si te dejas creer.

Sigo empeñado en recuperar la costumbre de escribir a mano. Me lanzo sobre cualquier hoja despejada con la esperanza de ver danzar las musas delante de mi pluma (sí, puestos a ser arcaicos, mejor una pluma, aunque no de ganso, que tampoco hay que pasarse). Escribo una frase, a lo sumo dos, entonces vuelvo atrás para añadir aquí, tachar allá, escribo una tercera frase, miro el resultado, arrugo el entrecejo y el papel, y practico la puntería. ¿Para cuando un concurso de lanzamiento de bodrios? Entonces lo achaco al ambiente, claro, no estoy en una buhardilla sentado ante una austera mesa de madera, cerca de la claraboya para que la luna ilumine lo que la vela no alcanza. Al final, resignado, me voy a encender el ordenador para comenzar a escribir “de otra forma”.
En la estupenda charla-coloquio Escriure en temps digitals de la biblioteca Tecla Sala se habló de los blogs y de la tecnología, y de la influencia de todo ello en la literatura. Personas divertidas, que pusieron su empeño en ser amenas (y lo consiguieron), dijeron muchas cosas interesantes. En la frase anterior he resumido casi dos horas, esto se llama síntesis aunque también podría ser pereza. Al terminar, mientras tomábamos el helado de chocolate gentileza del lugar, pude charlar un poco con el veí de dalt, que ya había visitado virtualmente con admiración pero sin osar comentar. También me permití saludar a sfer (gracias a su blog supe de este evento), la organizadora y hacedora de fotos, aunque no sé si fue Amkiel quien le dio la mano o quien detrás de este pseudónimo se esconde. En conclusión, la proximidad de la gente contando sus experiencias es una sensación muy enriquecedora, bastante más que leerlo de alguien que me lo cuenta en su blog, como ahora éste.

| No la soledad como testigo, ni la revelación como tarea. Tampoco una ambición excesiva, sino un distanciamiento mutuo. Algo que deje en entredicho nuestra perseverancia por la vida, que distorsione el ritmo del poema y nos mantenga al borde de la duda. No el mar con su enérgico oleaje, sus bandadas de vientos y símbolos. En todo caso, el charco que la lluvia hizo crecer y abandonó a su suerte. En él se refleja nuestro embate, parco de imágenes, seco de sentidos, pertinaz en su empeño irrisorio tras la tormenta, cuando el sol fustiga. No una vida entera sólo para el verbo, acompañados de la amiga inseparable en busca de algo eterno o fidedigno. De vez en cuando una verdad a medias, un gesto impuro, una mentira limpia que nos retengan en el sitio amado. La vida se sustenta en las palabras, y el consuelo se gana en el silencio. |

Un alpinista demoró tres días en escalar una montaña, pero, al llegar a lo alto y ver la belleza del paisaje, consideró pagados sus esfuerzos... Un conductor de helicóptero rió:
-Me basta hacer funcionar mi máquina y en un minuto estoy arriba sin cansarme inútilmente.
Así lo hizo. Cuando estuvo al lado del alpinista, le dijo:
-¡No sé por qué encuentras hermoso este insulso paisaje!

Pone en la contraportada del libro: “Es mentira que ésta sea una novela sobre la muerte, sobre la experiencia de estar muerto o sobre la memoria de los difuntos, aunque algo de eso haya. No es mentira que este simulacro de vida sea una gran novela en la que la realidad y la ficción se entreveran para acercarnos a la verdad, y un relato que reflexiona sobre el arte de narrar el pasado -el arte, el juego de contar mentiras- y una subyugante novela sobre la credulidad, sobre las relaciones humanas y las mentiras que las anudan, sobre los ritos y los mitos, sobre la textura sentimental de la que estamos hechos.” Compré el libro porque me creí todas las mentiras que me contaban en la contraportada; jamás me he sentido tan orgulloso de ser tan crédulo. Mentira, la novela de Enrique de Hériz, es una novela estupenda, magistral, fantástica, y no miento.

Cuando se piensa en algo como la muerte, tras la cual (mientras no haya pruebas que demuestren lo contrario) podemos extinguirnos como la llama de una vela, probablemente no importa si nos esforzamos demasiado, si a veces somos extravagantes, si nos preocupamos en exceso, si somos demasiado curiosos sobre la naturaleza, o demasiado abiertos a la experiencia, o disfrutamos de un gasto sin pausas de los sentidos en el esfuerzo por conocer la vida íntima y amorosamente. Probablemente no importa si, cuando tratamos de ser modestos y ávidos observadores de los muchos espectáculos de la vida, a veces parecemos torpes o nos ensuciamos o hacemos preguntas estúpidas o revelamos nuestra ignorancia o decimos lo que no debemos o nos encendemos de placer como los niños que somos.

| Nunca preguntan nada de mí en esos tests. En esos tests que te preguntan algo de todo nunca preguntan nada de mí. Los cuestionarios, nunca preguntan si me divierte hablar con mi sombra. Y a mí me gusta contarle cosas. Los cuestionarios tampoco incluyen “dar un paseo” como afición. Hubo una vez que preguntaron sobre los libros. Es un detalle. Los muertos saben contar historias en su silencio. Algunas veces cierro un volumen y lo acaricio. ¡Les quiero tanto! ¡Ah! No preguntan tampoco nunca si hago poemas. Y es una suerte que yo no pinte. Pero da igual. Pienso que al menos, sí, deberían decirlo al menos. Ya sé que yo no contestaría. Pero da igual. No sé quien hace esos cuestionarios. Nunca preguntan nada que sirva. ¿Ellos no buscan una muchacha y se enamoran? ¿No se divierten después diciendo cosas bonitas? ¡Qué raros son! Nunca preguntan nada de mí en esos tests. |

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.