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El otro día leí un dato que me acabó de corroborar algo curioso. Según un estudio, el 62% de la población opina que si alguien encuentra dos llamadas perdidas del mismo número en su móvil está obligado a devolver la llamada porque se supone ya has contactado con él. Me explico: seis de cada 10 personas creen que si llaman dos veces a alguien y no lo encuentran, en realidad éste sí sabe que le buscas. Sin duda, esto es lo que menos me gusta de los móviles, las presunciones.
A ver, si no te encuentras, no te encuentran. Antes, cuando solo había fijos, no te fiabas del hermano ni de la madre. Llamabas y rellamabas hasta hablar con la persona. Os he de confesar que, a veces, añoro tanto los teléfonos fijos... Sobre todo, aquellos de disco giratorio. (...)
Los teléfonos fijos de disco me encantaban por una única razón. Y tiene que ver con lo complicado que era hacer o no hacer la llamada. Recuerdo lo que costaba marcar cinco números, escuchando el sonido del disco volviendo cada vez. Y al sexto número finalmente colgabas, te dabas cuenta que no te atrevías. Que épicas son las primeras llamadas a alguien.
Necesitabas tanta fuerza y coraje para marcarlos todos. Y aquel ruido del disco era el sonido de la heroicidad. Ahora, si llamas y cuelgas, creen que es una perdida y te la devuelven.
Así que os he de confesar que a veces, aunque tenga el número memorizado, lo marco y mentalmente escucho el crack crack y me vuelvo a sentir un héroe.

| Avancen lentament per la ruta enfangada, mes ara ja no pensen en la muller ni en els fills ni en la casa que deixaren enrera, abandonada. Macilents avancen i canten himnes de violència sota el sol d’aquesta terra aspra i ennegrida. La Mort, però, els empeny llargament en corrues de tristos destins, ombres del que foren un dia. Mai més no retrobaran la pau d’aquelles hores que visqueren, llunyans com en la blanca pantalla del cinema, com en la set d’aquell diumenge en què ofrenaren el seu tímid amor. |

Era de noche y Él estaba solo.
Y vio a lo lejos los muros de una ciudad amurallada y se encaminó a la ciudad.
Y cuando estuvo cerca oyó los pasos de los pies de la alegría dentro de la ciudad, y la risa de la boca del gozo y los fuertes sones de numerosos laúdes. Y llamó golpeando a la puerta y le abrieron algunos de los guardianes.
Y se quedó contemplando una casa de mármol con hermosos pilares de mármol en la fachada. De los pilares pendían guirnaldas, y había antorchas de cedro dentro y fuera. Y entró en la casa.
Y cuando hubo atravesado la sala de calcedonia y la sala de jaspe, y hubo llegado a la larga sala del festín, vio a un hombre reclinado en un lecho de púrpura marina; tenía los cabellos coronados de rosas rojas y los labios rojos de vino.
Y Él se acercó por detrás y le tocó en el hombro y le dijo:
-¿Por qué llevas esta vida?
Y el joven se volvió y le reconoció, y respondiendo le dijo:
-Era leproso y me curaste. ¿De qué otro modo había de vivir?
Y Él salió de la casa de nuevo a la calle.
Y, transcurrido un rato, vio a una mujer con la cara pintada y el vestido de colores llamativos y con perlas calzándole los pies. E iba tras ella, a pasos lentos como un cazador, un joven cubierto con un manto de dos colores. El rostro de la mujer parecía el rostro hermoso de un ídolo, y los ojos del joven brillaban de lujuria.
Y Él les siguió deprisa y le tocó al joven en la mano y le dijo:
-¿Por qué miras a esta mujer y de ese modo?
Y el joven se volvió y le reconoció y dijo:
-Era ciego y me diste la vista. ¿Qué otra cosa había de mirar?
Y Él se adelantó corriendo y tocó la ropa de color llamativo de la mujer y le dijo:
-¿No hay otra senda en que andar más que la senda del pecado?
Y la mujer se volvió y le reconoció, y riéndose dijo:
-Tú me perdonaste los pecados y el camino que sigo es agradable.
Y Él salió de la ciudad.
Y cuando hubo salido de la ciudad, vio a un joven que lloraba sentado al borde del camino.
Y se acercó a él y le tocó los largos bucles del cabello y le dijo:
-¿Por qué lloras?
Y alzó el joven la mirada y le reconoció y respondió:
-Estaba muerto y me resucitaste de entre los muertos. ¿Qué otra cosa iba a hacer más que llorar?

Se cree, a veces, que consiste en la satisfacción de todos nuestros deseos. Pero, si tal fuera el caso, jamás seríamos dichosos, y nos veríamos obligados, ¡ay!, a ser kantianos: la felicidad sería «un ideal, no de la razón, sino de la imaginación». ¿Cómo podrían satisfacerse todos nuestros deseos si el mundo no nos obedece y, casi siempre, no sabemos desear sino lo que nos falta? Esta felicidad es sólo un sueño, que nos impide alcanzarla.
Otros quieren ver en ella una alegría continua o constante. Pero ¿cómo la alegría -que es paso, brote, turbulencia- podría serlo?
La dicha no es la saciedad (la satisfacción de todas nuestras inclinaciones), ni la felicidad (una alegría permanente), ni la beatitud (una alegría eterna). Implica la duración, como había visto Aristóteles («una golondrina no hace verano, ni un solo día la felicidad»), y en consecuencia también las fluctuaciones, los altos y los bajos, las intermitencias del corazón, como en el amor, o del alma... Ser dichoso no consiste en estar siempre alegre (¿quién puede estarlo?), ni en no estarlo jamás: es poder estarlo, sin que se tenga para ello necesidad de que algo decisivo suceda o cambie. Que se trate de una posibilidad deja lugar a la esperanza y al temor, a la privación, a lo aproximado... que la distinguen de la beatitud. La dicha pertenece al tiempo: es un estado de la vida cotidiana. Estado subjetivo, por supuesto, evidentemente relativo, cuya existencia incluso se puede negar. Pero quien ha conocido la desdicha no comete tales ingenuidades y sabe, al menos por contraste, que también la dicha existe. Confundirla con la felicidad es ponerla en entredicho. Con la beatitud, es renunciar a ella. Pecados de adolescente y de filósofo. El sabio no es tan tonto.
Se puede llamar dicha, en todo caso es la definición que yo propongo, a todo lapso de tiempo en que la alegría se percibe, incluso retrospectivamente, como inmediatamente posible. Y desdicha, a la inversa, a todo lapso de tiempo en que la alegría parece inmediatamente imposible (en que no se podría ser alegre, ése es al menos el sentimiento que se tiene, si ningún acontecimiento decisivo cambiara el curso del mundo).
Porque se trata de una alegría únicamente posible, la dicha es un estado imaginario. ¿Es darle la razón a Kant? No necesariamente. Porque eso no impide ser dichoso (es un estado, no un ideal), ni alegrarse (lo real forma parte de lo posible), e incluso es ya un motivo para ser dichoso (lo imaginario forma parte de lo real) y regocijarse (¡qué dicha no ser desdichado!). Así, la alegría es el contenido -a veces efectivo, a veces imaginario- de la dicha, del mismo modo que la dicha es el lugar natural de la alegría. Es una especie de joyero: el error consiste en buscarla por sí misma, cuando sólo vale por la perla que contiene.
El error consiste incluso en buscarla simplemente. Es esperarla para mañana, donde no estamos, y privarse de vivirla hoy. Ocúpate mejor de lo que verdaderamente cuenta: el trabajo, la acción, el placer, el amor, es decir, el mundo. La dicha, si se da, se dará por añadidura, y, si no se da, la echarás menos en falta. Es más fácil de alcanzar cuando uno ha dejado de ocuparse de ella. «La dicha es una recompensa -decía Alain- que se les da a los que no la habían pretendido.»

| Voy de negro y te preguntas el por qué, porque no visto otros colores sé muy bien que mi apariencia puede resultar sombría y gris; tengo razones para vestir así. Llevo el negro por los pobres y también por los vencidos puestos contra la pared lo llevo por el preso que paga el sueldo de una ley hecha a medida del poder. Llevo el negro por aquellos que jamás hicieron caso a Cristo al proclamar que existe un camino de amor y de piedad; hablo claro, tú me entenderás. Voy de negro por la injusta soledad de los viejos y de los que acabarán fríos como piedras después de cabalgar mientras alguien se hace rico en su sofá. Voy de negro por el joven que caerá en la guerra creyendo tener detrás a Dios y a su madre de su lado, y no es verdad, es la carne del juego de un general. Sé que hay cosas que nunca estarán bien pero nada es imposible, mírame. Yo canto esta canción que puedes hacer tú, mira hacia dentro y carga con tu cruz. Quiero enseñar un arcoiris al cantar pero en mi espalda cae la oscuridad y hasta que la luz no brille de verdad voy de negro, de negro me verás. |

Y pensar que estuve a punto de no ir. Hacía unos días que lo tenía marcado en rojo en el programa de actividades. Pero después de cenar me acometió la saudade y, hasta el momento que finalmente salí de casa, estuve bregando contra el desasosiego que quería encerrarme en mí mismo y alejarme de los demás. El día estaba nublado, dentro y fuera. Ir solo es duro, quedarse es peor. Finalmente triunfó mi instinto cultural, si acaso tal existe, y encaminé mis pasos hacia los Jardins Rubió i Lluch, lugar del evento gratuito, como las cosas que no tienen precio. Sin embargo, al llegar allí nada vi salvo a un miembro de la organización que me informó de que, ante el riesgo de lluvia, se habían trasladado al auditorio del CCCB: doscientas plazas de aforo limitado, menos de treinta minutos para comenzar, a diez minutos de allí a paso ligero. Tardé cinco en llegar, guardé cola (desordenada, como es habitual) y conseguí un asiento en el paraíso.
Comenzó Névoa (Núria Piferrer, voz; Publio Delgado, guitarra portuguesa; Vicenç Solsona, guitarra; Guillermo Prats, contrabajo) con una hora de fados en catalán, castellano y portugués, de su disco entre les pedres i els peixos. Mientras escribo esto se me ponen los pelos de punta de nuevo, tan cercano es el recuerdo. Siguió Gerard Quintana (voz) y Francesc Beltran (guitarra) con algo más de una hora de canciones de su disco Treu banya, recitación de algún que otro poema y comentarios ingeniosos que provocaron risa sana en el público. ¿Qué más decir?, pues que fue y yo estuve allí.
| L’ombra |Névoa| [fado triplicado] |
| Sóc desig no consumat, cos cansat sense pecat quan la nit em desempara. Ni la lluna m’il·lumina, hi ha una pena que em domina, sóc la creu de cada cara. Hi ha un camí que he de seguir, del destí no puc fugir, sóc una ombra sense rostre. Al cor hi tinc un escull, als ulls hi tinc orgull i a la boca un parenostre. Sóc la dona de ningú, marge nu, sense llum d’un carrer sense sortida. Els racons de la ciutat saben tota la veritat: sóc el fruit d’una mentida. |
| Mataró-Llavaneres |Jordi Cornudella| [cantat per Gerard Quintana] |
| Fills de la Gran Puta d’ombra allargada i petja diminuta: llenguallargs llepaculs de gasetilla, funcionaris de patilla i de cartilla, tous de carrera i bufats de bandera creuhonorats in pectore o a la pitrera, aprovats purulents i pestilents de nota, putrefactes doctors en bancarrota, catedràtics, apàtics, limfàtics, raquítics, torracollons públicament mefítics, àugurs falsaris de sèquits gregaris arraïmats pels lladrucs dels sicaris, cagallons, cagadurs i cagadubtes estupradors de ruïnes abruptes, comerciants de merda selenita llorejats amb corones d’uralita, crítics cretins, crenetistes frenètics, pixatinters d’excessos diurètics, bards neotísics i protorreumàtics més bufanúvols que nefelobàtics, cecs acadèmics, prostàtics i endèmics, i saltimbanquis recontraacadèmics, alts ocupants de poltrones i càrrecs ben acoflats al tou dels vostres fems, aneu-s’en tots plegats a fregir espàrrecs, oh pústules de sempre i del meu temps! |

Hora crepuscular en la bohemia radical del mundo finito. Fran Gomar ha muerto sobre la mesa de tragos cortos, en el rincón más húmedo del bar de la Gertru. Nadie se ha dado cuenta. Gomar siempre finge morirse los viernes de tempestad, no hay por qué extrañarse de que su cabeza haya caído en seco sobre un mal juego de naipes. A su lado, Lina Calavera sonríe indefinidamente mientras acaricia sus cartas con los dedos.
Las sirenas no han parado de sonar en toda la noche, y eso que el sobrino de la Gertru se ha marcado media docena de tangos españoles y un mix de Vivaldi con la máquina de “tus canciones favoritas”. Han sido unas horas muy agitadas para el retén de policía que hay en la esquina. Gertru sabe que hoy los agentes harán buena caja en su bar. Todos los viernes ocurre lo mismo: un par de accidentes de tráfico, tres violaciones mixtas, un robo... y el cuartelillo al completo regresa a torpes horas para ahogar su sensibilidad en el carajillo especial de la Gertru.
Mientras aguarda a la tropa, el local permanece embadurnado de humo y conversaciones macedónicas. Como Gomar está roncando, Lina Calavera ha dejado los naipes sobre la mesa, eso sí, boca abajo, para buscar a alguien que quiera terminar el juego con ella. Está irritada porque Gomar siempre la deja a medias, y porque no hay nada más cruel y villano que abandonar a la prójima en estado de suma excitación. En la mesa de al lado hay dos jóvenes: uno calvo y desaliñado, otro con una larga melena publicitaria y corbata de seda... o de nylon. Lina se sienta con ellos y les cuenta su desdicha. Los muchachos parecen prestarle mucha atención. Han pedido otra jarra de espuma, y quizá luego pidan más.
Gertru está encantada porque le encanta estar rodeada de personas encantadoras que hablen mucho y de vez en cuando digan algo interesante. A veces, se pasa horas sentada en la proa de su barra, escuchando y observando conversaciones y caras ajenas. Con ella, apenas nadie habla. Tuvo la desgracia de ser demasiado hermosa en su juventud, y de ser demasiado horrible ahora, en su madurez, tanto ayer y hoy, que nadie se atrevió nunca a intimar con ella, porque creían que no era de este mundo o que lo era demasiado. Pero ella se ha acostumbrado a vivir de este modo, sin decir palabra y hablando sólo con la presencia. Es por eso que le gusta tanto observar a Lina, a la que conoce de años, porque es tan normal, tan vulgar, que parece caerle bien a todo el mundo, aunque su padre gustara de nombrarla “Calavera”.
En estos momentos, parece que Lina ha convencido a los muchachos para que continúen la partida con ella, y el grupo intenta sacar las cartas de debajo de la cabeza de Fran Gomar. Lina da saltitos de júbilo y corre a pedirle a la Gertru un chupito de algo que la estimule para enfrentar bien el juego. A Gomar lo han corrido con la silla hacia otro lado. Lina bebe de un trago y regresa a la mesa. Aunque conoce de pocos minutos a sus nuevos amigos, la común afición a la baraja y a la cerveza vaticinan una larga y estrecha unión entre ella y ellos. Gertru sonríe asomada a la barra, como si se asomara a un balcón con los pies ocultos por las flores.
Gomar, mientras tanto, se ha quedado frágilmente recostado sobre su silla, demasiado cerca de un grupo de universitarios que debaten acaloradamente la obra de Nietzsche, así como el mal gusto con que se viste su profesora de Estética. Poco a poco, el brazo de Gomar va desprendiéndose del tronco hasta caer bruscamente y quedarse prendido en el aire. Tras unos instantes indecisos -quién sabe si la conciencia de Gomar se domina a sí misma aún etilizada; a veces, Gertru ha llegado a pensar que todo lo hace a propósito para fastidiar-, cae la cabeza y todo su peso, con tan mala surte que aterriza en la espalda de una de las chicas del grupo. La muchacha salta sobresaltada y la cabeza de Gomar va a parar al suelo pegajoso. Para colmo, una partícula de ceniza iluminada sale propulsada hacia Josema, el joven sin cabello que juega a las cartas con Lina. Los universitarios se levantan de la mesa confundidos, y Josema también se levanta, provocado. La Gertru, que lo ha visto todo, corre a serenar a sus clientes, pero Josema ya está estrujando la camiseta de uno de los universitarios, cualquiera, al azar. Lina intenta separarlos, pero “no te acerques, no me gustaría tener que pegar a una mujer”. Sin embargo, la Gertru impone, y además de ser la dueña, nadie ve claro su sexo, así que el incidente termina con la marcha escandalizada de los universitarios y el abandono de la partida de cartas por Josema, porque ya no puede concentrarse. Lina tiembla de rabia y sujeta con las garras al otro jugador.
La Gertru avisa a sus asiduos del crepúsculo, tres taxistas de avanzada edad y que gustan de las bebidas calientes, que incluso tienen asientos con sus nombres al final de la barra. Entre los cuatro, intentan recoger a Gomar, que ha estado todo el rato inconsciente en el suelo, y lo llevan al wáter para espabilarlo. Lo sientan en la tapa del retrete y le mojan la nuca y los mofletes con agua, pero Gomar se empeña en seguir muerto, así que la Gertru decide dejarlo ahí de momento, para que se espabile. Uno de los taxistas, que en sus días mozos cursó un seminario de criminología, entorna la puerta con discreción para que nadie se piense nada raro sin verlo de cerca.
Lina empapa sus cartas con el sudor de las manos. El joven de la melena no tiene ni idea del juego, ¡no sabe jugar!, pero él no lo dice. Los labios resecos de la mujer mantienen una mueca de disgusto que incomoda al muchacho. Éste decide acabar pronto con el juego y hace un intento suicida por perder. Lina lo esquiva y se deja ganar, porque no quiere acabar tan pronto la partida. Los ojos de ambos mantienen una intensa lucha de mentiras, hasta que el joven, con voz temblorosa, le dice que se ha de marchar a su casa, que aunque parezca raro, mañana es sábado y él utiliza ese día para trabajar, y el resto de la semana lo usa para vivir. Luego se levanta y se va. Lina se siente tan angustiada que permanece paralizada en su asiento, aguantando las cartas con la rigidez de una top-muñeca.
Mientras tanto, el bar ha sido tomado a traición por una ola de uniformes informales. Serán unos quince o veinte, de peso y estatura estándar y edades muy variadas. Todos los oficiales piden el carajillo especial de la Gertru, la receta que le hizo famosa, hace ya casi diez años, en todos los retenes del barrio: leche caliente, polvos de pimienta, y dos gotas de café tocado con licor de banana. La Gertru está entusiasmada.
El “rin rin” de la caja es un aluvión de bisiestas esperanzas para su miseria. Eufórica, manda a su sobrino para que ponga unos blues drogadictivos que caldeen aún más el ambiente. Son las cuatro de la mañana y el bar es un estadio abarrotado de voces anónimas, dientes brillantes y ojos llorosos.
Lina ha encontrado una nueva pareja de juego, un policía muy sonriente que se ha ofrecido para acabar la partida “por unos ojos tan bonitos que no deben estar tristes”. A Lina le da igual que el tipo quiera ligar con ella; al acabar el juego se lo quita de encima y ya está. Lo importante ahora es jugar, lo cual implica un final con un resultado, es una simple cuestión de causa y efecto, en la que Lina no admite variables intermedias. En cuanto consiga ese final que tanto ansía se irá a casa y caerá oronda sobre la cama, también sin intermedios, relajada y feliz.
La Gertru sigue con la mirada a una señora muy arreglada que acaba de entrar sola, muy ligera, y que acude directa al water: “¿dónde está el excusado de señoras, por favor?”, pregunta a Gertru. “Allí”, responde ella señalando con el dedo y aguantándose la risa ante tanta finura. Luego, la ve salir fugaz del local, con cara descompuesta. Gertru se queda extrañada. Frecuentemente entra gente al bar sólo para orinar la cerveza, pero esta mujer apenas había tenido tiempo material de soltar una gotita... ¡Gomar! Gomar se ha quedado sentado en la tapa del retrete, y ahora que tiene el bar tomado por la ley. Discretamente, agarra a su flacucho sobrino del brazo y se lo lleva hacia los servicios. Cuando abren la puerta, Gomar tiene la cabeza dentro del lavabo y continúa muerto. Tía y sobrino, sobrino y tía, cargan como pueden con el hombre y lo arrastran con una silla hasta detrás de la barra, que afortunadamente está ahí mismo. Suerte que la insignificancia con que la naturaleza dotó a la Gertru y a su sobrino los convierta tantas veces en invisibles y libres de reproches cívicos. Nadie los ha visto.
Alrededor de la mesa donde juegan Lina y el agente Romeo se ha formado un círculo perfecto de uniformes. Detrás del grupo, una pareja se besa febrilmente entre los efluvios de una nube de cannabis. La Gertru los observa con energía maternal. Su sobrino los contempla con otro tipo de energía. El blues suena y ya hace un buen rato que se callaron las sirenas. Se comenta por el local que hoy murió un tipo a causa del ruido de un frenazo de coche y que una mujer intentó quemar el colegio donde trabajaba de maestra.
Cuando ya hace doce minutos que la luz atraviesa los ventanales del bar, Lina, por fin, asoma su cabeza triunfadora por entre las cabezas despeinadas del público, y sin decir adiós a nadie, desairando cruelmente el babeo de Romeo, se marcha del bar como quien hubiera entrado hace sólo un momento.
A Gertru no le importa quién haya ganado la partida, no tiene fuerzas para escuchar de Romeo su intensa decepción, tan solo le apetece dormir, dormir esa larga noche que una vez más ha sido su vida, un transcurso de horas extrañas junto a raras compañías. Dueña y autoritaria pese a su carestía, desaloja con voz indeterminada como toda ella a los uniformes, los besos, los borrachos, el sobrino, la mendiga y los demás extras. Ahora se ha quedado sola. Paciente pero ágil, porque ya son muchos los años de profesión, friega los suelos, limpia las mesas, friega los vasos, limpia el wáter, friega el humo de las paredes... cierra el bar y se marcha a la cama sin sueño, aunque tampoco tiene fuerzas.
Ya dormida, observa en alta definición a toda la gente que vino hoy al bar, siempre con la ventaja de que a ella no la mira nadie, siempre con esa incertidumbre de quien quiere hablar pero olvidó la palabra exacta, el instante oportuno, de quien acostumbra a no estar presente ni compartir con nadie... demasiado plácido para que dure más de dos minutos: Gomar quedó allá, en la trasera de la barra. Gertru cae de la cama, simulando una voltereta lateral, y baja las escaleras de cinco en cinco hasta llegar nuevamente al bar. Gomar aún sigue muerto.
El suelo está mojado y ella va descalza, pero sus pies están tan dormidos que no sentiría ni aunque se estuvieran ahogando. En ese momento, y así a oscuras, Gomar abre los ojos de pronto y se incorpora. La Gertru le ha suministrado con embudo una razonable cantidad de calimocho caliente. Autómata, Gomar se despide de la Gertru, le paga lo que ya había pagado antes y se acomoda el cuello del abrigo, porque fuera hace mucho frío, o por lo menos, eso pasó ayer.

Todo lo que pretenda en algún sentido ser realidad tendrá que aparecer de algún modo dentro de mi vida.
Pero la vida humana no es una realidad hacia afuera -quiero decir, la vida de cada uno de ustedes no es lo que, sin más, veo yo de ellas mirándolas desde mi sitio, desde mí mismo-. Al contrario: eso que yo, sin más, veo de ustedes no es la vida de ustedes, sino precisamente una porción de la mía, de mi vida. A mí me acontece ahora tenerlos a ustedes de oyentes, tener que hablarles; los encuentro delante de mí con el variado aspecto que me presentan -muchachos y muchachas que estudian, personas mayores, varones y damas-, y yo al hablar me veo obligado, entre otras cosas, a buscar un modo de expresión que sea comprensible a todos; es decir, que tengo que contar con ustedes, tengo que habérmelas con ustedes, son ustedes ahora, en este momento, un elemento. de mi destino, de mi circunstancia. Pero claro es que la vida de cada uno de ustedes no es lo que cada uno de ustedes es para mí, lo que es hacia mí, por tanto, hacia fuera de cada uno de ustedes- sino que es la que cada uno de ustedes vive por sí, desde sí y hacia sí-. Y en esa vida de ustedes soy yo ahora no más que un ingrediente de la circunstancia en que ustedes viven, soy un ingrediente de su destino. (...)
La realidad de la vida consiste, pues, no en lo que es para quien desde fuera la ve, sino en lo que es para quien desde dentro de ella la es, para el que se la va viviendo mientras y en tanto que la vive. De aquí que conocer otra vida que no es la nuestra obliga a intentar verla no desde nosotros, sino desde ella misma, desde el sujeto que la vive.
(...) El hombre puede siempre dejar de vivir. (...) Esta idea de la posibilidad siempre abierta para el hombre de huir de la vida (...) descubre un carácter principalísimo de nuestra vida, que es éste: no nos la hemos dado a nosotros, sino que nos la encontramos o nos encontramos en ella al encontrarnos con nosotros mismos -pero al encontrarnos en la vida podríamos muy bien abandonarla-. Si no la abandonamos es porque queremos vivir. Pero entonces noten ustedes lo que resulta: si, según hemos visto, nos pasan todas las cosas porque nos pasa vivir, como este esencial pasar lo aceptamos al querer vivir, es evidente que todo lo demás que nos pasa, aun lo más adverso y desesperante, nos pasa porque queremos -se entiende, porque queremos ser-. El hombre es afán de ser -afán en absoluto de ser, de subsistir- y afán de ser tal, de realizar nuestro individualísimo yo.
(...) Bien; pero sólo puede sentir afán de ser quien no está seguro de ser, quien siente constantemente problemático si será o no en el momento que viene, y si será tal o cual, de este o del otro modo. De suerte que nuestra vida es afán de ser precisamente porque es, al mismo tiempo, en su raíz, radical inseguridad.

El mundo se horrorizó ante la barbarie del nazismo cuando Hitler murió. Es sorprendente que nadie se hubiese dado cuenta antes de lo que era capaz de hacer ese líder fanático y, por tanto, lo denunciase. Pues bien, sí hubo una persona que lo hizo: Kressmann Taylor (pseudónimo de Katherine Kresssmann Taylor), que publicó su breve novela (apenas setenta hojas) el año 1938, antes de la Segunda Guerra Mundial. Da miedo ver cómo nadie está a salvo de que un líder sea capaz de convertirnos tan fácilmente en víctimas o en verdugos, sin términos medios. Dice la contraportada del libro:
Adreça desconeguda va publicar-se per primera vegada el 1938, i en poc temps va ser considerada una obra mestra. Visionària, incisiva i de desenllaç imprevisible, aquest llibre ha estat tot un esdeveniment literari, el senyal d’alarma més estremidor contra el nazisme. Una història escrita sense complaença ni demagògia que descriu la tragèdia íntima i col·lectiva de l’Alemanya nazi.

No te he dado, Adán, ninguna morada ni forma que te sea exclusiva, ni ninguna función peculiar, con el fin de que, de acuerdo con tu deseo y con tu juicio, puedas tener y poseer la morada, la forma y las funciones que tú mismo escojas. La naturaleza de todos los otros seres es limitada y está constreñida por las leyes que Nosotros hemos prescrito. Tú, sin límites que te compelan, de acuerdo con tu propio libre albedrío, en cuyas manos te he puesto, ordenarás por ti mismo los límites de tu naturaleza. Te he situado en el centro del mundo para que puedas desde allí observar más fácilmente todo lo que hay en él. No te he hecho ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, de modo que, con libertad de elección y con honor, como árbitro y artífice de ti mismo, te des la forma que prefieras.

Maleïda nissaga de Ruddigore que, per sobreviure, han de matar... de riure al públic. I és ben cert que ho aconsegueixen. Maleït sia qui vagi a veure-la i beneït/beneit qui no. En resum, una obra mestra que s’ha de viure/riure.
Diu el pamflet de l’obra:
La nissaga dels baronets de Ruddigore està maleïda. Tots els que hereten el títol estan obligats a cometre un crim mortal cada dia si no volen morir en terrible agonia. Un granger que amaga un secret horrible, un mariner amb bon cor, una donzella en edat de merèixer, la presidenta de l’Associació de Familiars de les Futures Víctimes i una núvia boja intentaran esquivar la mort un dia més. Qui serà la propera víctima del malvat baró de Ruddigore?
Un musical sobrenatural, ple d’amor, mort, traïció i matarrates.

| Cuando el amor, ese desesperado afán de no estar solo, tiñe de azul mi corazón, y se acercan a mí todas las criaturas de su mano, de repente me asalta una imprevista furia por seguir siendo yo solamente, pobre y frío yo, en mi desmantelada guarida, que ni para ser sepulcro sirve pero es mía. No quiero mirar nada a través de otros ojos, ni dormitar sobre la dúctil gracia de una cintura o una mano, del arco de unos labios o unas cejas. Quiero ser yo, ser mío, ser mi dueño y mi esclavo, morir en mi tiniebla. Que muera en mi tiniebla todo aquello que pudo ser mi hijo, sangre mía, mi casta, regusto de mi boca. Que cada amanecer en sí mismo se cierre, sin verter su palabra al oído de un cómplice. |

Un joven era muy querido por la gente de su pueblo porque, hacia la hora del crepúsculo, todos se reunían a su alrededor, le hacían preguntas y él contaba las muchas cosas extrañas que había visto durante el día.
-Contemplé tres sirenas en el mar -decía-, que cepillaban sus cabellos verdes con un peine dorado.
Y cuando lo urgían a contar más decía algo así:
-A través de una piedra hueca espié a un centauro. Al encontrarse nuestras miradas, se giró lentamente para retirarse y me observó con tristeza, por encima del hombro.
Y si ellos insistían ansiosamente:
-Dinos ¿qué más has visto?
Él les contaba:
-En un bosquecillo, un joven fauno tocaba su flauta para los habitantes del bosque, que bailaban al ritmo de su música.
Sin embargo, un día que salió de paseo vio surgir entre las olas a tres sirenas que alisaban sus cabellos con un peine dorado, y cuando se hubieron ido, un centauro lo miró a través de un risco hueco, y más tarde, al pasar junto a un bosquecillo, contempló a un fauno que tocaba su caramillo para los habitantes del bosque.
Esa noche, cuando la gente del pueblo se reunió bajo el crepúsculo y le espetaron:
-Dinos ¿qué has visto hoy?
Él respondió con tristeza:
-Hoy no he visto nada.

We hold these truths to be self-evident: that all men are created equal; that they are endowed by their Creator with certain inalienable rights; that among these are life, liberty and the pursuit of happiness.
Consideramos evidentes las siguientes verdades: que todos los hombres han sido creados iguales; que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables; entre ellos el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

| Cuando sientas tu herida sangrar cuando sientas tu voz sollozar cuenta conmigo. (de una canción de Carlos Puebla) | |
| Compañera usted sabe que puede contar conmigo no hasta dos o hasta diez sino contar conmigo si alguna vez advierte que la miro a los ojos y una veta de amor reconoce en los míos no alerte sus fusiles ni piense qué delirio a pesar de la veta o tal vez porque existe usted puede contar conmigo si otras veces me encuentra huraño sin motivo no piense qué flojera igual puede contar conmigo pero hagamos un trato yo quisiera contar con usted es tan lindo saber que usted existe uno se siente vivo y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos aunque sea hasta cinco no ya para que acuda presurosa en mi auxilio sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo. |
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.