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En una entrevista a Marjane Satrapi (cuya vida narra la película PERSÉPOLIS a partir de sus propios dibujos) le preguntaron si echaba de menos Irán. Su respuesta fue:
Todos aquellos que, griegos o bárbaros, se ejercitan en la sabiduría llevan una vida recta e irreprochable, absteniéndose a voluntad de cometer ninguna injusticia o de hacérsela cometer a otros, evitando el trato con personas intrigantes y condenando los lugares que esos individuos frecuentan, como tribunales, asambleas, plazas públicas y magistraturas, esas reuniones y agrupaciones de gentes desconsideradas. Aspirando a una vida de paz y serenidad, contemplan la naturaleza y cuanto ésta encierra, investigan con la mayor atención la tierra, el mar, el aire, el cielo en sus más variados aspectos, acompañan mediante su pensamiento a la luna y al sol, las evoluciones de los demás astros errantes o fijos, pues a pesar de que sus cuerpos permanecen atados a la tierra ellos proporcionan alas a sus almas para que, al elevarse en el éter, puedan observar las fuerzas que se les aparecen, lo cual es propio de aquellos que, convertidos realmente en ciudadanos del mundo, consideran el mundo como su ciudad, como una ciudad cuyos ciudadanos están familiarizados con la sabiduría y que han recibido sus derechos civiles de la Virtud, la cual tiene como cargo la presidencia del gobierno del Universo. De este modo, rebosantes de tan perfecta excelencia, acostumbrados a no tomar en consideración los males corporales y los exteriores, se ejercitan en la indiferencia a las cosas indiferentes protegidos contra cualquier placer o deseo, en una palabra, siempre prestos a mantenerse por encima de las pasiones... sin doblegarse ante los golpes de la fortuna puesto que han calculado por adelantado sus ataques (ya que incluso los sucesos que escapan a nuestro control, incluso los más penosos, pueden hacerse más ligeros gracias a la previsión si el pensamiento no se ve sorprendido por lo inesperado de los acontecimientos, mitigando su percepción como si se tratara de cosas antiguas y pasadas). Por supuesto, para tales hombres que encuentran su alegría en la virtud, la vida entera constituye una fiesta.
Un viejo chiste nos informa que “inteligencia militar” son términos contradictorios. Me río de pena ante esa verdad convertida en chascarrillo. El ejército es necesario para protegernos, dicen, supongo que de los ejércitos equivalentes de otros países que también están para protegerse de nosotros, pues el país está desprotegido y el protector que lo proteja primero, bien protegido se queda, menudo trabalenguas de pena, lo siento. Trampa 22 de Joseph Heller no se merece esta lastimosa crítica que estoy escribiendo, pero mis recuerdos del servicio militar me llevan a despotricar contra ese mundo paralelo en el que la obediencia es el único valor y la cobardía se escuda tras tratamientos de usía o vuecencia. El libro es magistralmente absurdo y belicosamente hilarante. Nadie debería de quedar exento de cumplir con el servicio de leerlo, ni siquiera por tener los pies planos. ¡Es una orden!
La acción se desarrolla durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y se centra en una escuadrilla de bombarderos estadounidense. El coronel Cathcart, jefe de la escuadrilla, quiere ser ascendido a general. Y no encuentra mejor manera que enviar a sus hombres a realizar las misiones más peligrosas.
Con una lógica siniestra, Yossarian, un piloto subordinado a Cathcart que intenta ser eximido del servicio alegando enfermedad mental, recibe por respuesta que sólo los locos aceptan misiones aéreas y que su disgusto demuestra que está sano y, por tanto, que es apto para volar. La evolución psicológica de Yossarian refleja la aguda crítica que hace Joseph Heller de un patriotismo mal entendido, que exige sacrificios inadmisibles.
Trampa 22, que se convirtió en el libro de cabecera del movimiento pacifista de los años sesenta, constituye un modelo de humor negro y absurdo en la literatura estadounidense. Esta historia fue llevada a la gran pantalla en 1970, bajo la dirección de Mike Nichols, con Orson Welles y Anthony Perkins en los papeles protagonistas.

| Cada enero ponía mi calzado cabrero a la ventana fría. Nunca tuve zapatos, ni trajes, ni palabras: siempre tuve regatos, siempre penas y cabras. Por el cinco de enero, para el seis, yo quería que fuera el mundo entero una juguetería. Ningún rey coronado tuvo pie, tuvo gana para ver el calzado de mi pobre ventana. Por el cinco de enero, de la majada mía mi calzado cabrero a la escarcha salía. Y hacia el seis, mis miradas hallaban en sus puertas mis abarcas heladas, mis abarcas vacías. |

Dos hermanos viajaban juntos; hacia el mediodía tendiéronse en el bosque para descansar.
Cuando despertaron, vieron cerca de ellos una piedra, con una inscripción; la descifraron y esto fue lo que leyeron:
«Que quien encuentre esta piedra camine por el bosque hacia el Oriente; en su camino hallará un río; que lo atraviese; a la otra ribera verá a una osa con sus oseznos; que coja los oseznos y escape a la montaña sin volverse. Allí verá una casa, y en aquella casa encontrará la dicha.»
Entonces dijo el menor al mayor:
-Vamos juntos; quizá podamos atravesar el río, coger los oseznos, llevarlos a aquella casa y encontrar ambos la dicha.
Pero el mayor replicó:
-No iré en busca de los osos, ni te aconsejo que lo hagas. En primer lugar, porque nada prueba la veracidad de esta inscripción, que acaso sea una broma; en segundo, porque es muy posible que la hayamos leído mal; y en tercero, aun admitiendo que eso sea la verdad, pasaremos la noche en el bosque, no hallaremos el río y nos extraviaremos. Y aun cuando hallásemos el río, ¿podríamos pasarlo? Quizá sea muy ancho y su corriente rápida. Mas, dado que lo pasásemos, ¿crees cosa fácil apoderarse de los oseznos? La osa nos degollaría y en vez de la dicha, encontraríamos la muerte. Por otra parte, aunque consiguiéramos apoderarnos de los oseznos, no nos sería posible escapar sin que descansásemos sino hasta haber llegado a la montaña. Por último, allí no se ve qué dicha es la que se encuentra en aquella casa; quizá sea una dicha de la que nada podamos hacer.
Y el hermano menor repuso:
-No soy de tu opinión; sin objeto no se escribió eso en esta piedra. El sentido de la inscripción es claro y preciso. Desde luego, no hay que correr tan gran peligro. En segundo lugar, si no vamos nosotros podrá otro descubrir esta piedra, hallar la dicha en lugar nuestro y nosotros no obtendremos nada. Por otra parte, nada se consigue en el mundo sin esfuerzo. Y, además, yo no quiero pasar por cobarde.
A lo que dijo el hermano mayor:
-Sabes el proverbio: «La codicia rompe el saco», o aquel otro: «Más vale pájaro en mano que ciento en el aire.»
Replicó el menor:
-Y yo he oído decir: «Quien no se arriesga no pasa la mar», y también: «Bajo una piedra inmóvil no corre el agua.» Pero me parece que es hora de partir.
Marchó el menor y el otro se quedó.
Un poco más lejos, en el bosque, el menor encontró un río, lo atravesó, y junto a la orilla vio una osa que dormía; cogió los oseznos y sin volver la cabeza, echó a correr hacia la montaña.
En cuanto llegó a la cima, una multitud de gente salió a su encuentro y transportole a la ciudad, donde se le nombró rey.
Reinó cinco años; al sexto, otro soberano más fuerte que él, le declaró la guerra, se apoderó de la ciudad y le expulsó.
Entonces, el hermano menor erró de nuevo y volvió a la casa del mayor, que vivía pacíficamente en el campo, ni rico ni pobre.
Ambos hermanos sintieron mucho gusto contándose su vida.
-Bien ves -díjole el mayor- que yo estaba en lo cierto. He vivido sin sobresaltos, y tú, que fuiste rey, piensa cuán atormentada fue tu vida.
Respondió el menor:
-No deploro mi aventura del bosque; cierto que ahora ya no soy nada; pero tengo, para embellecer mi vejez, el corazón lleno de recuerdos, mientras que tú no los tienes.
No hay duda de que el ordenador personal es uno de los símbolos de nuestra época: ha revolucionado el trabajo, la comunicación y el entretenimiento. Permite estar en todas partes y que cualquier lugar sea el centro del mundo, que no es otro que ser el centro de todas las relaciones posibles. Las consecuencias que supone su uso y su democratización son tan inconmensurables que apenas podemos imaginarnos cómo se llegará a transformar, aún más, nuestra consideración del mundo y de nuestra incidencia sobre él. Si el ordenador es símbolo de nuestra época, el Apple Macintosh es el mito que ocupa el cenit de todas las mitologías, por su ligereza, su transparencia, su ductibilidad y su constante dominio de todos los parámetros que pretende alcanzar y que siempre llega a superar con creces.
| Tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable, hija mía es mejor vivir con la alegría de los hombres que llorar ante el muro ciego. Te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola, tal vez querrás no haber nacido, yo sé muy bien que te dirán que la vida no tiene objeto que es un asunto desgraciado, entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso. Un hombre solo una mujer así tomados de uno en uno son como polvo no son nada, pero yo cuando te hablo a ti cuando te escribo estas palabras pienso también en otros hombres, tu destino está en los demás, tu futuro es tu propia vida, tu dignidad es la de todos, entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso. Nunca te entregues ni te apartes junto al camino, nunca digas no puedo más y aquí me quedo, la vida es bella tú verás como a pesar de los pesares tendrás amor tendrás amigos. Por lo demás no hay elección y este mundo tal como es será todo tu patrimonio, perdóname no sé decirte nada más, pero tú comprende que yo aún estoy en el camino, y siempre siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso. |

Érase una vez una ciega que fue a visitar a una sanadora.
-¿Qué te pasa, hermosa mujer?, le preguntó la sanadora.
-Pues que Dios no me dio la vista, respondió la ciega.
-Toma este ungüento y póntelo en los ojos, le dijo la sanadora, porque no es justo que yo lo vea todo y tu con esos hermosos ojos no veas nada.
La ciega se puso el ungüento en los ojos y, a los pocos minutos, empezó a ver.
-¡Dios te bendiga, sanadora, porque me has ayudado a ver! A ver este hermoso cielo lleno de estrellas, a ver esta hermosa luna, a ver estos hermosos árboles, a ver este hermoso mar, a ver estas hermosas flores que tantas veces he olido e imaginado, a ver a esta maravillosa gente, a ver esta hermosa tierra. ¡Gracias por compartir conmigo la hermosura de tu mundo y el Amor con que vives!
Atónita se quedó la sanadora al contemplar la hermosura que le rodeaba y la ciega le describía, contestándole así:
-En verdad te digo, querida ciega, que más ciega que tú estaba yo... ¡y no lo sabía!
Al llarg de la meva vida he pogut veure una evolució semàntica molt interessant a l'hora de referir-nos a la festa, que demanaria l'anàlisi d'algú que fos expert en la matèria per treure'n tot el suc. Per dir-ho curt: primer es va passar del ser festa al fer festa i, darrerament, a l'anar de festa. La idea que sostinc és que aquests canvis en la manera de dir il·lustren canvis en les maneres de fer sobre els quals no sé si tenim una consciència prou clara. Fa anys -dit de manera imprecisa, durant la meva infància- simplement hi havia festes. En majúscula, la majoria de guardar, que volia dir que tocava anar a missa. El calendari era farcit de festes, la majoria amb una significació religiosa cristiana que ja era l'evolució posterior d'una antiga festa pagana i, encara abans, de festes lligades als cicles del treball al camp. La particularitat és que les festes existien, al marge de si hom les celebrava poc o molt. En un cert sentit, hi havia una fatalitat festiva, en la mesura que no depenien de la nostra voluntat particular, cosa que no té res a veure amb el fet que en general fossin molt benvingudes per a tothom. Quan jo era petit, doncs, ara era Nadal, ara era Sant Josep, ara era Pasqua, i naturalment, les aprofitàvem totes.
| El cuento es muy sencillo usted nace contempla atribulado el rojo azul del cielo el pájaro que emigra el torpe escarabajo que su zapato aplastará valiente usted sufre reclama por comida y por costumbre por obligación llora limpio de culpas extenuado hasta que el sueño lo descalifica usted ama se transfigura y ama por una eternidad tan provisoria que hasta el orgullo se le vuelve tierno y el corazón profético se convierte en escombros usted aprende y usa lo aprendido para volverse lentamente sabio para saber que al fin el mundo es esto en su mejor momento una nostalgia en su peor momento un desamparo y siempre siempre un lío entonces usted muere. |
El olmo al borde del camino decidió dar peras. Desde antaño se sabía que el olmo, con sus hojas asimétricas, tenía mucho carácter y sólo dejaba de ser un arbusto cuando él lo decidía. Así que en el pueblo no extrañó demasiado que el olmo del camino presentase ese año rotundas peras pendiendo de sus ramas. Los viejos del lugar comentaban que cuando uno se acostumbra a ver llover ranas nada queda ya sorprendente. Sin embargo, coincidió que un botánico de la capital estaba esos días de turismo rural en una casa del pueblo con aire acondicionado, jacuzzi, televisión vía satélite e internet. En un principio creyó la posibilidad de una broma rústica, como esas que había oído contar de incendiar el pajar en los que una pareja intimaba o, más modernamente, despeñar el coche (lo moderno) en el que una pareja intimaba (lo eterno). Pero una inspección ocular en profundidad de las frondosidades del olmo, tronco, ramas, hojas, flores y yemas, descartó cualquier posible manipulación humana. Arrancó una rama como muestra de esa aberración de la naturaleza y la mandó a analizar a un laboratorio de renombre de Barcelona, el mismo que años antes había analizado los desprendimientos de azulidad celeste. El resto de las vacaciones del botánico fueron un continuo ir y venir hasta donde el olmo estaba, sopesando las peras a dos manos para apreciar su crecimiento, para sonrojo de las beatas que pasaban camino de misa, y tomando fotos desde todos los ángulos posibles, incluso encaramándose al castaño que desde el otro lado del camino permitía una perspectiva aérea y, al romperse el asidero, una perspectiva a ras de suelo. Cuando ya no se esperaba, una mañana de calor canicular, llegó la respuesta del laboratorio de Barcelona que el botánico leyó con avidez: “El olmo con peras, del cual procede la muestra, es la excepción que confirma la regla”.
En el recorrido de la vida hay unos tramos para la pasión y otros para la razón, pero todos pasan por el cauce de la emoción, de la que en un grado u otro dependen y sacan partido. Lamentablemente, para muchos la «madurez» consiste en reprimir las emociones y la pasión, y quien no lo hace es acusado de «inmaduro» o «adolescente». Pero sólo estos, los de la sinceridad a contracorriente, son los que más cerca habrán estado de la felicidad. Ahí está, en la emoción, toda el alma humana y lo que nos hace humanos, porque las diferencias genéticas y funcionales del homo sapiens con los otros primates no son muy destacadas.
| Orillando la alfombra -roja toda de un golpe- Los pulcros cuadrilongos de las mesitas Dan la vuelta a la sala como una guarda griega. Alrededor del piano se amontonan los músicos; Y los mozos, de smoking y delantal, Cruzan la alfombra como diagonales mal hechas. Hombres y mujeres los de todas las noches; Ellos, lampiños y empolvados, peinados hacia atrás; Ellas, pintadas siempre igual. Ante una mesa, y sola, está una mujer; Es una mujer rara, que no baila con nadie. Hace dos o tres noches que la veo En la misma actitud y en el mismo lugar Como si allí estuviera desde el día anterior. Hace dos o tres noches que la veo Con su copa y su tristeza Tomando sorbos de silencio. Es linda, linda, pero como no me mira Me da un poco de rabia que sea tan linda. Yo me quedo observándola; Tomo un trago, otro trago, tomo toda la copa Y digo para mis adentros: ¡Cómo me gusta esa mujer! Pasan delante mío Dos que se van, alegres por haberse encontrado. (En el cabaret sucede siempre eso: Los hastiados se quedan, los alegres se van). Un tango ocupa la sala Con su alegría triste Como un champán sin espuma Y las parejas bailan, bailan, Con los sexos despiertos y las bocas cerradas, Respirándose mutuamente Por las aletas de la nariz. Yo no quiero bailar; Aún no la conozco y ya le soy fiel. Yo no puedo bailar, no puedo hacer nada, Y fumo hasta rodearme de colillas Como de una guardia. Tengo ganas de irme y de quedarme Yo no sé; estoy atado como a dos argollas A los ojos de esa mujer. |

Felix Mottl, el gran director de orquesta, siendo muy joven recibió una lección memorable. Fue durante un ensayo de La walkiria para el primer festival de Bayreuth. El calor estival hacía que todo el mundo se sintiera fatigado y malhumorado. Mottl prestaba servicio en el escenario por primera vez en su vida. Su misión consistía en dar a un tramoyista la señal precisa para abrir bruscamente una puerta. Con la partitura bajo el brazo, paseaba detrás de la escena, cuando se fijó de pronto en Ricardo Wagner, que parecía buscar algo con la mirada.
- ¿Puedo servirle en algo, maestro? -preguntó el joven, solícito.
- Ciertamente, hijo mío -replicó Wagner-. ¿No podría encontrarme un doble de cerveza en alguna parte?
Mottl dejó su partitura, cruzó apresuradamente la calle, consiguió la cerveza y regresó muy ufano para ofrecerla a Wagner. Pero entretanto había pasado el momento preciso, la puerta no se había abierto y hubo que interrumpir el ensayo. Siempre con el doble de cerveza en la mano, Mottl se acercó al maestro. Wagner le miró.
- ¿Dónde diablo se ha metido? -vociferó-. ¡Ha fallado usted la señal! ¿Está usted aquí contratado como maestro o como camarero? -y mirando el vaso de cerveza en la mano de Mottl, le espetó-: ¡Bébase usted mismo la maldita cerveza!

Dormí con una mujer que, después de una hora, me despertó para preguntarme si mi amor interior hacia ella correspondía a mi capacidad de rendimiento corporal. Pues sin ese «factor espiritual» se sentiría «manchada». Tuve que vestirme deprisa y, mientras buscaba debajo de la cama un botón de mi camisa que había salido rodando, le expliqué que mi alma habitaba siempre en aquellas partes del cuerpo que justamente necesito para la práctica de cualquier actividad. Por ejemplo; cuando salgo de paseo, en los pies, etc.
-Eres un cínico -me dijo.
Si algo he aprendido después de leer Popcorn de Ben Elton es que no soy responsable de lo que mi crítica pueda provocar en las mentes ajenas. Si leéis el libro, allá vosotros, será culpa vuestra el disfrutar con su lectura y olvidar otras tareas quizá más urgentes. Si no lo hacéis, también será culpa vuestra no saber por qué insisto tanto con la responsabilidad y la culpa después de haberlo leído.
Es el amor desinteresado por el prójimo. Que sea desinteresado cae por su propio peso: el prójimo no siempre es interesante.
Dibujar el amor resulta tan pretencioso como querer explicar el silencio. Un corazón atravesado por una flecha, rodeado de múltiples corazoncitos y algún que otro Cupido, es una vulgaridad. Entonces, ¿es posible representarlo? Pues sí, Liz Prince lo consigue en su delicioso cómic ¿Me seguirás queriendo si mojo la cama? (editorial Apa Apa). Porque el amor, si está, se nota; y hasta la acción más cotidiana de la vida en pareja se enriquece con múltiples significados, definiciones del amor.
Este cómic es genial, bonito, gracioso y sin todos esos rollos de la autocompasión (parafraseando la introducción de Jeffrey Brown). Recomendable para enamorados o para enamorables, es decir, todos.
En palabras de Paul Hornschemeier: Hay un millón de momentos que hacen que merezca la pena estar enamorado, a pesar de las muchas dificultades que eso supone. Esos lugares y momentos son difíciles de conservar, como la mayoría de cosas importantes. Pero de algún modo, viñeta a viñeta, Liz lo consigue en este cómic: recoge esos momentos y los teje con líneas cálidas y honestas. Estas páginas son un ejemplo perfecto de vulnerabilidad.

| Marbre o lluna glaçada, errívola, com pensatiu asfòdel navegues per un cel d'esperança mentre tes mans ignoren les macilentes febres, els horrors de la mort sobre el fang o la injúria envilida que sota encoratjadores paraules adrecen els homes a llurs amants secretes. Jo voldria estimar-te com el delicat insecte estima la petita memòria d'una flor o com la terra estima el núvol, tombat serenament a una harmoniosa presència que perduri en la llum del teu cos tan esvelt i tan jove. Però somni que atansa el somni, vida que alena vida no perdona una boca, una inútil tortura; no perdona un amor que arrela com un arbre furiosament alçat damunt d'un ventre o una terra materna. És per això que estimo aquesta vella cançó que agonitza. |
Nuestra historia, nuestras realizaciones y nuestros proyectos nacen con la lucha contra la impunidad y contra las consecuencias de las prácticas represivas que sufrió Argentina durante la vigencia del Terrorismo de Estado, entre 1976 y 1983.
El juez me invitó a pasar al despacho del secretario. Allí me esperaba mi familia, dijo. Familia, dijo, y yo me imaginé una multitud de tíos y primos. No ese viejito que se adelantó enseguida, arrastrando los pies, apenas pasé la puerta. El juez dijo que era mi abuelo paterno. Arrastrando los pies vino hasta mí. Sus manos buscaron las mías, con un gesto brusco. Pero cuando tomó mis manos y las tuvo en las suyas, y las contempló, fue pura tibieza, como si estuviera acunando un pájaro en el hueco de las manos. Y dijo, en voz baja pero firme: «Tiene las manos grandes, como mi nieta». Nos quedamos en silencio y luego repitió: «Tiene las manos grandes, como mi nieta».
Yo era una beba de veinte días cuando pasó lo que pasó. Él me vio sólo dos veces. No me soltaba. Sostenía mis manos con el mismo cuidado y la misma seguridad con que se toca un pájaro asustado. El juez le repitió lo mismo que acababa de decirme a mí: que los análisis genéticos daban 99.99% de probabilidad de inclusión. Pero el viejo no me soltaba.
Después dijo: «Mi nietita tiene un lunar en la cadera en forma de aceituna». Y me soltó, y se quedó mirándome, esperando tal vez que allí mismo, en el despacho del secretario, me bajara los pantalones para que él pudiera ver este lunar espantoso que siempre odié. La mujer que me crió decía que era un antojo. Cosas de gente vieja. Que cuando estaba embarazada tuvo antojo de aceitunas negras y que por eso yo había nacido con esa marca, la marca de su antojo.
Yo le creía. (Como quien hace una travesura, se baja apenas el pantalón, busca el lunar en la cadera y sonríe de pronto, divertida).
Mi abuelo dice que a mi papá le gustaba mucho mi lunar. Que cada vez que me cambiaba los pañales, me daba un beso ahí. Mi papá pintaba. Y mi abuelo cuenta que mi papá decía que era una mancha de tinta china con la que él me había marcado para siempre. A mi mamá le daba un poco de pena pensar que tal vez yo nunca iba a querer ponerme bikini por culpa del lunar. Tenía razón. Pero mi papá decía que ese lunar era como su firma al pie del cuadro, de su cuadro más logrado, que era yo.
Eso me contó después mi abuelo. Ese día, después de que yo le dijera que sí, que tengo un lunar en forma de aceituna en la cadera, apenas dijo, como si estuviera hablando solo: «entonces sí, es mi nietita, porque mi nietita tiene las manos grandes y un lunar en la cadera».

Escribir
un poema
es consuelo
para dar salida
a nuestros duelos,
mas por expresarlos
poco a poco nos volvemos
vulnerables, hurgamos en la herida,
disfrutamos del dolor y no vemos solución
a la situación que si la planteásemos seriamente carecería de poema, el cual es una losa colocada sobre nuestra cabeza que nos impide dejar de mirar al suelo. A veces pienso que es signo de debilidad el escribir poemas, plasmar lo que nos acontece de forma no más retorcida de lo que nuestro interior atormenta. Causan admiración aquellas personas seguras de sí mismas, las inabarcables, las líderes naturales, ¿acaso escriben poemas?, cuesta de imaginar. Tampoco es que abunden los poemas alegres. La felicidad más expansiva se disfruta en directo, en el momento, se agota a cada instante y a cada instante resurge; no queda tiempo para tomar conciencia de su existencia y, a lo sumo, será un vano deseo cuando se torne anhelo porque se fue. Sin embargo la pena, como melancólicos recalcitrantes, procuramos alargarla en el tiempo, dejarla por escrito para recordarnos permanentemente nuestras miserias. Ahora bien, escribimos poemas con la intención
de sobre su base apedazar los trozos del alma
desgarrada después de tanto llorar.
Y sobre estas ruinas la ilusión
brota nuevamente en la rima
de este poema que escribo
porque incluso el dolor
suena aquí bonito.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.