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    Resumen

    Se reencuentran ellos |Antonio Gala|

    Tema: S E N T I R ~ 02/12/2008 12:01 ~ Hay 5 comentarios.

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    Se reencuentran ellos, que en mi frente
    no faltó tu presencia ni un momento,
    ni te ausentaste de mi pensamiento
    el tiempo de un suspiro solamente.
     
    Cegada y sordomuda, el alma hirviente
    se entronizó sobre su sentimiento
    y olió la noche, por si acaso el viento
    le acercaba tu aroma incandescente.
     
    Sólo ellos se reencuentran, no nosotros,
    que nunca nos habíamos perdido,
    un dulce yugo sobre los dos cuellos.
     
    Piafan, relinchan, triscan como potros,
    se mecen entre el gozo y el gemido.
    Son tu cuerpo y mi cuerpo, sólo ellos.

    Bichos |Javier Sagarna|

    Tema: S E N T I R ~ 03/12/2008 10:43 ~ Hay 14 comentarios.

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    Lo cierto es que no sé por qué me dio por pegarles fuego. A la culebra, a las hormigas, tampoco al alacrán. Me dio el punto, pero yo no soy así. Aunque quemara a los bichos. Me puse nervioso, se retorcían y me puse nervioso. Joder, estaban matándose. Y el brazo me dolía una burrada. Y para colmo el imbécil de Antón no paraba con aquello de “te has pasado, Javi”, y lagrimeaba, eso es lo que hacía, lagrimeaba, “eres un bestia”, decía, “pobres bichos”, y no paraba de lagrimear. Hay que ser imbécil, por eso se le llena la piscina de bichos, por imbécil y por llorón.
     
    Estábamos en su casa. Sí, yo estaba en casa de ese imbécil, en su jardín, me dejaba probar la bicicleta nueva que le han regalado. No está mal, pero a mí me dolía horrores lo que mi padre me había hecho en el brazo. Casi no podía llevarla. Y andaban por allí las gemelas, arrastrándose por el suelo de grava. Por todas partes, como si hubiera muchas. Las dos igual de enanas e igual de negras. Eso negras, eso es lo que parecen. Arrastrándose por todas partes. Había que andarse con ojo para no pasarles por encima.
     
    Nos llamó su padre.
     
    ―Mirad, chicos, hay una culebra en la piscina ―eso dijo.
     
    Fuimos. Era una culebra de más de un palma y nadaba retorciéndose. El agua estaba muy azul y el bicho se retorcía dentro. Recuerdo que lo primero que pensé es si sería venenosa. El padre de Antón quería pescarla con la red de sacar las hojas del agua. Es un tipo ágil el padre de Antón, muy delgado, uno de esos tipos que no paran en todo el fin de semana, de los que siegan el césped y hacen paellas en una hoguera. Me cae bien, siempre me ha caído bien, pero me puso nervioso que cogiera aquella cosa. Echó la mano dentro de la red y cogió la culebra por la cabeza. El bicho se retorcía y luego le enroscó la cola hasta la muñeca.
     
    ―Mirad ―decía―, no es venenosa, sólo es una culebra.
     
    Y abrazaba a Antón con el brazo libre. Era para vomitar. La culebra enroscada en aquel tipo y él enroscado en Antón.
     
    ―Vamos a matarla ―dije.
     
    No sé por qué lo dije. Simplemente se me ocurrió.
     
    ―A ti sí que habría que matarte ―escuché detrás de mí. Y una mano me revolvió el pelo.
     
    Allí estaba Lalita, detrás de mí. Lalita es su madre, la madre de Antón y yo sé que me odia, aunque supongo que aquello lo había dicho en broma. Sonreía como siempre, una sonrisa falsa, y fue a enroscarse también con Antón. Hacían una bonita foto, los tres abrazados sonriéndole a la culebra. Como si no les diera ningún asco. Para vomitar.
     
    Lalita la cogió y dejó que se le enroscara en la mano. Tiene las manos finas, los dedos largos como aguijones.
     
    ―Mira ―me dijo―, puedes tocarla. ¿Ves como no hace nada?
     
    No quería tocarla. De ninguna manera quería tocarla, pero ellos estaban abrazados, y me miraban, y sonreían, y acabé por alargar el brazo. Le rocé la cabeza al bicho. Entonces ella me vio la herida.
     
    ―¿Qué te ha pasado? ―preguntó.
     
    ―Nada.
     
    Y tiré de la manga del niki.
     
    ―Ha sido él, ¿verdad?
     
    Él es mi padre. Creo que no he oído su nombre desde que se largó mamá. No contesté.
     
    ―Anda ven que te cure.
     
    Y no paró hasta que me lavó la herida y me la untó con alcohol. Me dolió, me dolió una burrada. Pero no le conté lo que había pasado.
     
    ―Lo que podéis hacer es meterla en un bote y soltarla en el río ―dijo el padre de Antón cuando salimos.
     
    Todavía tenía la culebra en la mano. Enroscada, Retorciéndose. Daba asco. Cualquiera sabe por qué se casó con la tía venenosa esa. Venenosa, eso es lo que es.
     
    ―Pero antes te tomas un vaso de leche, ¿vale cariño? ―dijo Lalita. Se lo dijo al imbécil. Y le besuqueaba. A mí también quería darme. Me puso un vaso―. Y me tenéis que prometer que vais a tener cuidado.
     
    Antón se bebió la leche y Lalita terminó por darnos un bote de mermelada vacío y se fue a dar de comer a las gemelas. Las dos enanas se habían puesto a llorar al tiempo, berreaban como diez, estaban frenéticas. Chillaban y les caían mocos de la nariz.
     
    En vez de al río fuimos a mi casa. Antón no quería venir, pero yo llevaba el bote de la culebra en la cesta de mi bicicleta. El muy imbécil tuvo que sudar para seguirme. Y eso que el brazo me dolía. Luego no quería entrar. No lo dice, pero sé que tiene miedo de papá. Todos lo tienen. Yo sólo pensaba en encontrar un hormiguero y entrar allí dentro la bicha. Para que se la comieran. Sí, eso quería, que se la comieran las hormigas. Pero no se lo dije a Antón y acabó por seguirme. Nos pusimos a levantar piedras en la parte del jardín más alejada de la casa. Levantábamos piedras y debajo siempre olía a humedad y había bichos. Bichos de bola, lombrices, de todo menos hormigas. Al levantar una grande salió el alacrán. Eso dijo Antón que era. Saltó hacia atrás gritando que son venenosos, que sacan un aguijón largo y te pican. Se me ocurrió que sería estupendo meterlo con la culebra y ver qué pasaba. Me extrañó que Antón estuviera de acuerdo.
     
    Lo cogí con dos palos y lo metí en el bote. Durante un rato vimos cómo luchaban allí dentro, la culebra se había abrazado al alacrán que trataba de morderla. Se retorcían. Era asqueroso.
     
    Luego seguimos levantando piedras hasta que encontramos el hormiguero. Las hicimos salir metiendo palos. Eran hormigas negras, pequeñas, todas iguales. De las que más muerden. Había millones arrastrándose por el suelo. Estaban frenéticas cuando abrí la tapa del bote y les eché los otros bichos. La culebra y el alacrán, enroscados, mordiéndose mientras las hormigas se los comían. Era asqueroso, asqueroso de verdad. Estaban matándose, se retorcían. Me dieron unas ganas horribles de vomitar. Sentía pinchazos en la herida.
     
    ―Páralo, Javi, páralo de una vez ―decía Antón entre gemidos.
     
    Pero yo sólo quería largarme. Y sobre todo quería vomitar. Y que el condenado brazo dejara de dolerme.
     
    ―No se te ocurra tocarlos o te mato ―le dije a Antón.
     
    Y salí corriendo hasta la casa. Mi padre estaba tirado en el sofá, retorcido, roncaba. Había dejado la navaja encima de la mesa. Toda la habitación apestaba a sudor y a ginebra.
     
    Me metí corriendo en el baño. Se me habían quitado las ganas de vomitar, pero el brazo me dolía, me dolía cada vez más. Entonces pensé en el alcohol. Había un bote de plástico casi lleno en el armario. Alcohol etílico, ponía en letras rojas. Lo cogí, también las cerillas de la cocina y volví al hormiguero. Antón seguía embobado, mirando cómo se mataban los bichos. Lloriqueaba.
     
    Lo quité de en medio y rocié a los bichos con el alcohol. Les pegué fuego, eso es lo que hice. Los abrasé a todos. A la culebra, a las hormigas y al alacrán. Seguían mordiéndose mientras ardían. Retorciéndose todos.
     
    Antón lloriqueaba a mi lado. “Te has pasado, Javi”, decía, “pobres bichos, pobres bichos”, y no paraba de lagrimear el imbécil, y se le caían los mocos, y tenía toda la pinta de estar a punto de vomitar. Me dieron verdaderas ganas de meterle la cabeza allí, en el fuego, con los bichos.

    El hombre feliz |Bertrand Russell| [fragmento]

    Tema: P E N S A R ~ 04/12/2008 20:43 ~ Hay 13 comentarios.

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    Es evidente que la felicidad depende, en parte, de las circunstancias y, en parte, de uno mismo. En este libro [La conquista de la felicidad] nos hemos ocupado de la parte que depende de uno mismo, y hemos llegado a la conclusión de que la receta para la felicidad es muy sencilla. Muchos creen, y entre ellos mister Krutch, de quien he hablado en un capítulo anterior, que es imposible la felicidad sin un credo más o menos religioso. Muchos que son desgraciados creen que su infortunio es de raíces complicadas y muy intelectuales. Yo no creo que sean éstas las causas de la felicidad ni de la desgracia; creo que no son más que síntomas. El hombre desgraciado tiende a adoptar un credo desgraciado y el hombre feliz un credo feliz: cada uno atribuye su felicidad o su desgracia a sus ideas, cuando ocurre todo lo contrario. (...) Cuando las circunstancias exteriores no son definitivamente adversas, el hombre debería ser feliz siempre que sus pasiones se dirijan hacia afuera, no hacia dentro. Nuestro esfuerzo debiera, pues, tender, tanto en la educación como en las relaciones sociales, a evitar las pasiones egocéntricas y la adquisición de afectos e intereses que impidan a nuestro pensamiento encerrarse perpetuamente dentro de sí mismo. Los hombres no son felices en una prisión, y las pasiones encerradas dentro de nosotros mismos constituyen la peor de las prisiones. (...)
     
    El hombre feliz es el que vive objetivamente, el que tiene afectos libres y se interesa en cosas de importancia, el que asegura su felicidad gracias a esos afectos e intereses, y por el hecho de que le han de convertir a su vez en objeto de interés y de cariño para muchas otras personas. El cariño recibido es una causa importante de felicidad; pero no es precisamente la persona que lo pide aquella a quien se lo dan. De una manera general, puede decirse que el que recibe cariño es quien a su vez lo da. Pero es inútil procurar darlo por cálculo, a la manera que se presta dinero con interés, porque el cariño calculado no es legítimo, y así lo cree quien lo recibe.
     
    (...) No cabe duda de que deseamos la felicidad de aquellos a quienes amamos; pero no como una alternativa para nuestra propia felicidad. De hecho, la antítesis entre el yo y el resto del mundo implícita en la doctrina de la abnegación, desaparece tan pronto como tengamos un interés verdadero por personas o cosas ajenas a nosotros mismos. Gracias a tales intereses, el hombre llega a sentirse como una parte de la corriente de la vida, y no una entidad fríamente separada como una bola de billar que no tiene más relación que la del choque con las otras bolas. Toda desgracia depende de alguna clase de desintegración o falta de integración; hay desintegración dentro del yo por falta de coordinación entre lo consciente y lo inconsciente; hay falta de integración entre el individuo y la sociedad cuando no están unidos por la fuerza de intereses y afectos objetivos. El hombre feliz es el que no siente el fracaso de unidad alguna, aquel cuya personalidad no se escinde contra sí mismo ni se alza contra el mundo. El que se siente ciudadano del universo y goza libremente del espectáculo que le ofrece y de las alegrías que le brinda, impávido ante la muerte, porque no se cree separado de los que vienen en pos de él. En esta unión profunda e instintiva con la corriente de la vida se halla la dicha verdadera.

    Cuando la luna es de melón |Ana Akhmatova|

    Tema: S E N T I R ~ 05/12/2008 19:45 ~ Hay 3 comentarios.

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    Cuando la luna es de melón una tajada en la ventana
    y en redor es la calina cerrada la puerta y la casa encantada
    por las azules ramas de glicinas y en la fuente de arcilla hay agua fría
    y la nieve del paño y arde una bujía de cera
    tal que en la niñez, mariposas zumban
    la calma, que no oye mi palabra, retumba
    entonces de lo negro de rincones rembrandtianos algo se ovilla de pronto
    y se esconde allí a mano, pero no me estremezco, ni me asusto siquiera...
    la soledad en sus redes me hizo prisionera
    el gato negro el alma me mira, como ojos centenarios
    y en el espejo mi doble es tal vez mi contrario.
    Voy a dormir dulcemente, buenas noches, noche.

    · La princesa prometida |William Goldman| ·

    Tema: t e s o r o s ~ 07/12/2008 18:47 ~ Hay 9 comentarios.

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    Érase una vez un tiempo en el que consideraba oro todo lo que tocaba Mark Knopfler. Adoraba sus dIRE sTRAITS y todas las colaboraciones que tuviese a bien perpetrar, que eran muchas por aquellos entonces: bandas sonoras de películas e instrumentista de lujo en otros discos. Entre las primeras supe de La princesa prometida y me la grabé en cassette (¡qué rústico suena hoy en día!), en la misma cinta de Local Hero. Entonces, cuando más tarde la pude ver por televisión, estaba más pendiente de la música que de las imágenes. Sin embargo, esa atención auditiva no fue mucho más allá de los primeros acordes, pues me descubrí absorto en las imágenes y la historia que contaban. Me gustó tanto la película que, cuando supe que estaba basada en un libro de William Goldman, apunté en alguna de las neuronas del fondo, las que reservo para la memoria a largo plazo, el leerme el libro. Pues bien, esta crítica es precisamente para hablar del libro (aunque hable de tantas otras cosas, más que nada para despistar o situaros). En tres días lo he leído y ¡no me ha gustado! ¡Horror!, es la primera vez que me pasa. Otras experiencias previas de película y libro me aportaban el doble de satisfacción, pues nunca las películas son tan fieles al libro como para que el libro no permita vivir de nuevo la historia. Recuerdo ahora un par de casos de doble disfrute: Chocolat de Joanne Harris y El nombre de la Rosa de Umberto Eco. Sin embargo, leer La princesa prometida es descubrir cómo el bello ideal del amor verdadero es algo ridículo. Y eso es triste.

    Después de la guerra |Alejandro Jodorowsky|

    Tema: S E N T I R ~ 08/12/2008 17:45 ~ Hay 4 comentarios.

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    El último ser humano vivo lanzó la última paletada de tierra sobre el último muerto. En ese instante mismo supo que era inmortal, porque la muerte sólo existe en la mirada del otro.

    Animales mortales |John Gray|

    Tema: P E N S A R ~ 10/12/2008 22:29 ~ Hay 8 comentarios.

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    Creemos ser distintos a los demás animales porque nosotros sí que sabemos que vamos a morir algún día, cuando, en realidad, no sabemos más que ellos acerca de lo que conlleva la muerte. Todo nos indica que supone la extinción, pero no podemos hacernos siquiera una idea inicial de lo que eso significa. Lo cierto es que no tememos el paso del tiempo porque conozcamos la inexorabilidad de la muerte, sino que tememos la muerte porque nos resistimos al paso del tiempo. Si otros animales no temen la muerte como nosotros, no es porque nosotros sepamos algo que ellos no saben. Es porque el tiempo no supone para ellos una carga.
     
    Nosotros creemos que el suicidio es un privilegio exclusivamente humano. Nos mostramos ciegos al parecido que hay entre las formas mediante las que tanto nosotros como otros animales ponemos fin a nuestras vidas. Hasta hace aproximadamente un siglo, era habitual que las personas se dejasen vencer por la neumonía («la amiga del viejo») o aumentasen su ingesta diaria de opiáceos hasta quedarse dormidas para siempre. Los hombres y las mujeres que hacían esto recurrían a la muerte, de manera consciente en ocasiones, pero, de forma más habitual, en un arrebato instintivo en nada distinto al del gato que busca un lugar tranquilo para esperar su final.
     
    A medida que la humanidad se ha ido tornando más «moral», ha ido poniendo más obstáculos a ese tipo de muertes. Los griegos y los romanos preferían la muerte a una vida que no valiera la pena. Hoy, hemos convertido la libertad de elección en un fetiche, pero está prohibido elegir la muerte. Quizá lo que distingue a los humanos de otros animales es que los seres humanos han aprendido a aferrarse con mayor vileza a la vida.
     
    Una de las escasas ocasiones en las que un escritor europeo ha afirmado que las muertes de los humanos no se diferencian en nada de las de otros animales ha sido bajo el heterónimo de Bernardo Soares.
     
    Si considero atentamente la vida que viven los hombres, nada encuentro en ella que la diferencie de la vida que viven los animales. Unos y otros se ven lanzados inconscientemente a través de las cosas y el mundo; unos y otros se entretienen con intervalos; unos y otros recorren diariamente el mismo trayecto orgánico; unos y otros no piensan más allá de lo que piensan, ni viven más allá de lo que viven. El gato se revuelca al sol y allí duerme. El hombre se revuelca en la vida, con todas sus complejidades, y allí duerme. Ni uno ni otro se libera de la ley fatal de ser como es.
     
    «Bernardo Soares» era una de las numerosas identidades imaginarias asumidas por el gran escritor portugués Fernando Pessoa. Hay verdades imposibles de explicar si no es a través de la ficción.

    Las cosas |Jorge Luis Borges|

    Tema: S E N T I R ~ 11/12/2008 21:08 ~ Hay 9 comentarios.

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    El bastón, las monedas, el llavero,
    la dócil cerradura, las tardías
    notas que no leerán los pocos días
    que me quedan, los naipes y el tablero,
    un libro y en sus páginas la ajada
    violeta, monumento de una tarde
    sin duda inolvidable y ya olvidada,
    el rojo espejo occidental en que arde
    una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
    láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
    nos sirven como tácitos esclavos,
    ciegas y extrañamente sigilosas!
    Durarán más allá de nuestro olvido;
    no sabrán nunca que nos hemos ido. 

    · En defensa de los hombres ·

    Tema: e s b o z o s ~ 14/12/2008 16:44 ~ Hay 13 comentarios.

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    Se me revuelven las gónadas al ver como los hombres somos motivo de befa y bufa por culpa de nuestra condición: ¿Acaso tenemos culpa de que nos falte un trozo de cromosoma? Mis gónadas y sus habitantes se han puesto a dar brincos en señal de protesta, con la consecuente molestia, y me han reclamado que defienda sus intereses de género. Y como estaba ocioso he decidido darle gusto al cuerpo y he dejado de tocarme las pel... peliagudas idiosincrasias masculinas. Empecemos por el principio, como norma general el hombre es un macho peludo con el cerebro en el cu... cuerpo (aunque para cuerpo el de las mujeres). Como norma general es bastante penosa porque entonces la cabra de la legión también sería un hombre, además de que no todos los hombres son peludos y que algunas alemanas son más peludas que muchos de ellos. Así que aventuraré otra definición de hombre: macho peludo que no es cabrón ni alemana, con cerebro. Vale, la primera parte creo que ya queda clara pero, ¿y la segunda? Me temo que por el momento no he encontrado ningún estudio científico que asegure la existencia de cerebro dentro de la cabeza masculina, y eso que he consultado el fondo bibliográfico de todos los sex-shops de Barcelona. Este tema es delicado porque hay diferentes teorías acerca de lo que ocupa el espacio interior de la cabeza masculina: el vacío absoluto, un depósito de reserva para los espermatozoides, varios números atrasados del PlayBoy, una libreta con chistes machistas, neuronas (sólo tres o cuatro y no se hablan entre ellas), etc. En todo caso y para mayor profundidad en el tema irse a la biblioteca del buque Prestige.
     
    Una vez aclarado lo que es un hombre (porque ha quedado claro, vamos), vamos a analizar por qué habríamos de ser motivo de burla. Que yo sepa los hombres somos perfectos, siempre lo he oído decir: "¡Eres un perfecto gilipollas!" oí decir aún no hace mucho a una joven airada en medio de la calle. También somos delicados y sensibles pues, por ejemplo, no soportamos el roce de unos gallumbos recién sacados del cajón ni el olor a limpio. En fin, como muestra bien vale un botón (por cierto, ¿qué es un "botón"? ¿para qué sirve?... ah, ya recuerdo, es eso que cuando te acuerdas de él es que lo acabas de perder), y ahora que mis gónadas vuelven a estar tranquilas, voy a dedicarme nuevamente a tocarme las pel... peliagudas idiosincrasias masculinas mientras analizo la documentación gráfica almacenada en mi cerebro.

    Villancico en Central Park |José Hierro|

    Tema: S E N T I R ~ 15/12/2008 22:06 ~ Hay 12 comentarios.

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    Mañanitas floridas
    del frío invierno
    recordad a mi niño
    que duerme al hielo.
    LOPE DE VEGA

    Vistió la noche, copo a copo,
    pluma a pluma,
    lo que fue llama y oro,
    cota de malla del guerrero otoño
    y ahora es reino de la blancura.
    ¿Qué hago yo, profanando, pisando
    tan fragilísimo plumaje?
    Y arranco con mis manos
    un puñado, un pichón de nieve,
    y con amor, y con delicadeza y con ternura
    lo acaricio, lo acuno, lo protejo.
    Para que no llore de frío.

    Lucidez |André Comte-Sponville| [extracto de su Diccionario filosófico]

    Tema: P E N S A R ~ 17/12/2008 19:24 ~ Hay 5 comentarios.

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    Es ver lo que es tal como es, más que como uno querría que fuera. Por eso la lucidez se parece mucho al pesimismo: no porque las cosas vayan siempre de mal en peor (¿por qué habría de ser así?), sino porque no es usual que sucedan como querríamos, ni habitual que queramos que sucedan como efectivamente suceden. Así, la lucidez señala ante todo la distancia entre el orden del mundo y el de nuestros deseos, negándose a rechazar -porque entonces ya no habría distancia- tanto a uno como a otro. Es el amor de la verdad, cuando ésta no resulta amable.
     
    Esto es válido también para uno mismo. Pues, en definitiva, conocerse tal como uno es, casi siempre es decepcionante. La lucidez bien entendida comienza por uno mismo: ése es el secreto de la humildad.

    Leyenda albanesa [recopilada por Marguerite Yourcenar]

    Tema: S E N T I R ~ 18/12/2008 21:58 ~ Hay 4 comentarios.

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    Éranse tres hermanos que trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran vigilar a los bandidos turcos. Habían emprendido la tarea ellos mismos, sea porque la mano de obra fuese cara, sea porque, como buenos campesinos, no se fiaban más que de sus propios brazos, y sus mujeres se turnaban para llevarles la comida. Pero cada vez que conseguían llevar a buen término su trabajo para colocar un ramo de hierbas en el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña derribaban su torre lo mismo que Dios derribó la de Babel. Puede haber múltiples razones para que una torre no se mantenga en pie, y puede culparse de ello a la torpeza de los obreros, a la mala voluntad del terreno o a la insuficiencia del cemento que traba las piedras. Pero los campesinos servios, albaneses o búlgaros, no reconocen más que una causa de semejante desastre: saben que un edificio se hunde por no haber tenido cuidado de encerrar en sus cimientos a un hombre o a una mujer, cuyo esqueleto sostendrá, hasta que llegue el día del Juicio Final, la carne pesada de las piedras. En Arta, en Grecia, enseñan un puente en donde fue emparedada de este modo una muchacha: parte de su cabellera se escapa por una grieta y cuelga sobre el agua como una planta rubia. Los tres hermanos empezaban a mirarse con desconfianza y ponían gran cuidado en no proyectar su sombra sobre el muro inacabado, ya que es posible, a falta de algo mejor, encerrar dentro de un edificio en construcción a esa negra prolongación del hombre, que tal vez sea su alma, y aquel cuya sombra es apresada de esta manera muere como un desventurado que padece penas de amores.
     
    Por la noche, cada uno de los tres hermanos trataba de sentarse lo más lejos posible del fuego, por miedo a que alguien se le acercara cautelosamente por detrás, le arrojara un saco sobre su sombra y se la llevara, medio estrangulada, como una paloma negra. Empezaba a flojear su entusiasmo por el trabajo, y la angustia, ya que no la fatiga, bañaba de sudor sus frentes morenas. Por fin, un día, el mayor de los hermanos reunió a su alrededor a los más pequeños y les dijo:
     
    - Hermanitos, hermanos en la sangre, la leche y el bautismo, si nuestra torre se queda sin terminar, los turcos volverán a penetrar por las márgenes del lago, escondidos tras los juncos. Violarán a las hijas de nuestros granjeros, quemarán en nuestros campos la promesa del pan futuro, crucificarán a nuestros campesinos en los espantapájaros que hay en nuestros huertos y que se transformarán de este modo en pasto para los cuervos. Hermanitos, nos necesitamos unos a otros y nunca el trébol sacrificó una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa, cuyos hombros y cuya hermosa nuca están acostumbrados a soportar el peso de la carga. No decidamos nada, hermanos míos: dejemos que elija el Azar, ese testaferro de Dios. Mañana, cuando llegue el alba, cogeremos, para emparedarla en los cimientos de la torre, a aquella de nuestras mujeres que venga a traernos la comida. No os pido más que el silencio de una noche, hermanos míos, y asimismo que no abracéis hoy con demasiadas lágrimas y suspiros a la que, al fin y al cabo, tiene dos probabilidades sobre tres de seguir respirando cuando se ponga el sol.
     
    Le era fácil hablar así, pues aborrecía a su mujer y quería deshacerse de ella para sustituirla por una hermosa muchacha griega de pelo rojizo. El hermano segundo no hizo ninguna objeción, ya que contaba prevenir a su mujer en cuanto regresara, y el único que protestó fue el pequeño, pues tenía por costumbre cumplir sus promesas. Enternecido por la magnanimidad de sus hermanos mayores, dispuestos a renunciar a lo que más querían en favor de la obra, acabó por dejarse convencer y prometió callar toda la noche.
     
    Regresaron al campamento a la hora del crepúsculo, cuando el fantasma de la luz moribunda ronda aún por los campos. El hermano segundo entró en su tienda de muy mal humor y ordenó con rudeza a su mujer que le ayudara a quitarse las botas. Cuando la vio agachada delante de él, le arrojó las botas a la cara y dijo:
     
    - Hace ocho días que llevo puesta la misma camisa, y llegará el domingo sin que pueda ponerme ropa blanca. ¡Maldita gandula! Mañana, en cuanto apunte el día, marcharás al lago con tu cesto de ropa y te quedarás allí hasta la noche, entre tu cepillo y tu pala. Si te alejas del lago un solo paso, morirás.
     
    Y la joven prometió temblando que dedicaría todo el día siguiente a la colada.
     
    El mayor volvió a casa muy decidido a no decirle nada a su mujer, cuyos besos le cansaban y cuya rolliza belleza había dejado de agradarle. Pero tenía una debilidad: hablaba en sueños. La opulenta matrona albanesa no durmió bien aquella noche, pues se preguntaba en qué podía haber desagradado a su señor. De repente oyó a su marido gruñir, mientras tiraba de la manta hacia él:
     
    - Corazón, corazón mío... pronto serás viudo... ¡Qué tranquilos vamos a estar, separados de esa morenota por los buenos y fuertes ladrillos de la torre!...
     
    Pero el más pequeño entró en su tienda pálido y resignado, como un hombre que acabara de tropezar con la Muerte en persona, con su guadaña al hombro, camino de la siega. Besó a su hijo en su cuna de mimbre y cogió tiernamente en brazos a su mujer; durante toda la noche le oyó ella llorar contra su corazón. Pero la joven era discreta y no le preguntó la causa de aquella pena tan grande, pues no quería obligarle a que le hiciese confidencias y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para tratar de consolarlo.
     
    Al día siguiente, los tres hermanos cogieron sus picos y sus martillos y salieron en dirección a la torre. La mujer del hermano segundo preparó su cesto de ropa y fue a arrodillarse delante de la mujer del hermano mayor.
     
    - Hermana –le dijo-, querida hermana, hoy me toca a mí ir a llevarles la comida a los hombres, pero mi marido me ha ordenado, bajo pena de muerte, que le lave sus camisas blancas, y mi cesto está lleno.
     
    - Hermana, querida hermana –dijo la mujer del hermano mayor-, con mucho gusto iría yo a llevarles la comida a nuestros hombres, pero un demonio se me metió anoche en una muela... ¡Uy, uy, uy..., esto que no sirvo para nada..., todo lo más para gritar de dolor!
     
    Y dio una palmada, sin más preámbulos, para llamar a la mujer del hermano pequeño.
     
    - Mujer de nuestro hermano pequeño –dijo-, querida mujercita del menor de los nuestros, vete tú hoy en nuestro lugar a llevar la comida a los hombres, pues el camino es largo, nuestros pies están cansados, y somos menos jóvenes y menos ligeras que tú. Ve, querida muchacha, que vamos a llenarte la cesta con un montón de cosas suculentas, para que nuestros hombres te acojan con una sonrisa, a ti que serás la mensajera que vas a aplacar su hambre.
     
    Y le llenaron la cesta con peces del lago confitados en miel y pasas de Corinto, con arroz envuelto en hojas de parra, con queso de cabra y con pastelillos de almendras saladas. La joven puso tiernamente a su hijo en brazos de sus cuñadas y se fue sola por el camino, con su fardo a la cabeza, y su destino alrededor del cuello como una medalla bendita, invisible para todos, en la que Dios mismo había escrito a qué clase de muerte se hallaba destinada y cuál era el lugar que ocuparía en el cielo.
     
    Cuando los tres hombres la vieron llegar desde lejos, figurilla pequeña que aún no se distinguía, corrieron hacia ella; los dos primeros, inquietos por saber si había tenido éxito su estratagema. El mayor se tragó una blasfemia al descubrir que no era su morenaza, y el segundo dio gracias al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el pequeño se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la muchacha, y le pidió perdón gimiendo. Después, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó que tuvieran piedad. Finalmente, se levantó y el acero de su cuchillo brilló al sol. Un martillazo en la nuca lo arrojó, aún palpitante, a orillas del camino. La joven, horrorizada, había dejado caer su cesta y las vituallas dispersas fueron el deleite de los perros del rebaño. Cuando comprendió de qué se trataba, tendió las manos al cielo:
     
    - Hermanos a los que yo jamás falté, hermanos por el anillo de boda y la bendición del sacerdote, no me matéis; avisad a mi padre, que es jefe de clan en la montaña, y él os proporcionará mil sirvientas, a quien podréis sacrificar. No me matéis, ¡amo tanto la vida!... No pongáis, entre mi bienamado y yo, una pared de piedras.
     
    Pero se calló de repente, pues advirtió que su marido, tendido a la orilla del camino, ya no movía los párpados, y que sus cabellos negros estaban manchados de sesos y de sangre. Entonces, sin gritos ni lágrimas, se dejó arrastrar por los dos hermanos hasta el nicho que habían horadado en la muralla redonda de la torre: puesto que iba a morir, para qué llorar. Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo ante sus pies calzados con sandalias rojas, recordó a su hijo, que acostumbraba a mordisquear sus zapatos como un perrillo juguetón. Unas cálidas lágrimas resbalaron por sus mejillas y fueron a mezclarse con el cemento que la llana alisaba sobre la piedra.
     
    - ¡Ay, piececitos míos! –dijo-. Ya no me llevaréis como solíais hasta la cumbre de la colina, para que mi bienamado viera antes mi cuerpo. Ya no sabréis del frescor del agua que corre: tan sólo os lavarán los Ángeles, en la mañana de la Resurrección...
     
    La construcción de ladrillos y de piedras se alzaba ya hasta sus rodillas, tapadas con una falda dorada. Muy erguida en el fondo de su nicho, parecía una Virgen María de pie tras de su altar.
     
    - Adiós, mis queridas rodillas –dijo la joven-. Ya no podréis mecer a mi hijo, ni sentada bajo el hermoso árbol del huerto, que da al mismo tiempo alimento y sombra, podré yo llenaros de rica fruta...
     
    El muro se elevó un poco más y la joven prosiguió:
     
    - Adiós, mis manos queridas, que colgáis a ambos lados de mi cuerpo, manos que ya no podréis hacer la comida, ni hilar la lana, manos que ya no abrazarán a mi bienamado. Adiós, mis caderas y mi vientre, que ya no conocerá lo que es dar a luz ni amar. Hijos que yo hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de darle a mi hijo, me acompañaréis dentro de esta prisión, que será mi tumba, y donde tendré que permanecer de pie, sin dormir, hasta el día del Juicio Final.
     
    El muro le llegaba ya al pecho. En aquel momento, un estremecimiento recorrió la parte superior del cuerpo de la joven, y sus ojos suplicaron con una mirada semejante al ademán de dos manos tendidas.
     
    - Cuñados –dijo-, por consideración no a mí, sino a vuestro hermano muerto, pensad en mi hijo y no lo dejéis morir de hambre. No emparedéis mis pechos, hermanos, que mis dos senos permanezcan libres bajo mi camisa bordada, y que me traigan todos los días a mi hijo, por la mañana, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden unas gotas de vida, bajarán hasta la punta de mis senos para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día en que ya no me quede leche, beberá mi alma. Consentid esto, malvados hermanos, y si lo hacéis así, ni mi marido ni yo os pediremos cuentas cuando nos encontremos en la casa de Dios.
     
    Los hermanos, intimidados, consintieron en satisfacer aquel último deseo y dejaron un intervalo de dos ladrillos a la altura de los pechos. Entonces, la joven murmuró:
     
    - Hermanos queridos, poned vuestros ladrillos delante de mi boca, pues los besos de los muertos dan miedo a los vivos, mas dejad una ranura delante de mis ojos, para que yo pueda ver si mi leche le aprovecha a mi niño.
     
    Hicieron como ella les pedía y dejaron abierta una ranura horizontal a la altura de los ojos. Al llegar el crepúsculo, a la hora en que su madre tenía por costumbre darle de mamar, trajeron al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos pequeños, medio comidos por las cabras, y la emparedada saludó la llegada del niño con gritos de alegría y bendiciones a los dos hermanos. Unos chorros de leche empezaron a brotar de sus dos senos, duros y tibios, y cuando el nicho, hecho de la misma sustancia que su corazón, se durmió contra sus pechos, empezó a cantar con voz amortiguada por el muro de ladrillos. En cuanto le quitaron al niño del pecho, ordenó que lo llevaran al campamento para dormir, pero durante toda la noche se oyó la tierna melopea bajo las estrellas, y aquella canción de cuna, a pesar de la distancia, bastaba para impedir que el niño llorase. Al día siguiente, ella ya no cantaba y su voz era muy débil cuando preguntó cómo había pasado Vania la noche. Al día siguiente, calló, pero aún respiraba, pues sus pechos, todavía habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente dentro de su jaula. Unos días más tarde, su soplo de vida fue a juntarse con su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño, dormido en el hueco que formaban, oía aún latir su corazón. Luego, aquel corazón tan acorde con la vida fue espaciando sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la ranura ya no se vio nada más que dos pupilas vidriosas, que ya no miraban al cielo. Aquellas pupilas acabaron por licuarse y dejaron lugar a dos órbitas huecas, en cuyo fondo veíase la Muerte, pero el pecho joven permanecía intacto y durante dos años más, al llegar la aurora, al mediodía y al crepúsculo, continuaba manando el surtidor milagroso, hasta que el niño dejó de mamar por su propia voluntad.
     
    Tan sólo entonces los pechos agotados se redujeron a polvo y en el borde de ladrillo ya no quedaron más que unas pocas cenizas blancas. Durante varios siglos, las madres enternecidas acudieron a la torre, para seguir con el dedo, a lo largo del ladrillo rojizo, los surcos trazados por la leche maravillosa, y luego la misma torre desapareció, y el peso de la bóveda dejó de aplastar el ligero esqueleto de mujer. Por último, hasta los mismos frágiles huesos acabaron por dispersarse y ahora ya no queda nada en pie.

    Modern love 2 |Felipe Juaristi|

    Tema: S E N T I R ~ 20/12/2008 21:01 ~ Hay 3 comentarios.

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    Min handia da neurriz kampo sentitzea,
    Gaitz larria, ordea, sentitzea ezer ez.
    Beldurrez edo lotsaz atzean geratzen denak
    Galtzen du adoretik flata zaiona.
    Aitzitik, bulartsu arriskatzen denak
    Irabaz dezake soberan izango duena.
    Mugaz harantzago edo honantzago,
    Erdiko bidetik inoiz ez.
    Oso barkatzen baitzaio oso maitatu duenari.
    Denbora iragiatean, eta oroitzean,
    Gozoago da izan ez denaren nostalgia;
    Zorrotzagoa izan ez denarena: hilkorragoa.
    Horrek, hala ere, eredutzat baliorik ez,
    Gizonak ez baititu biltzen
    Hiru denborak denbora bakarrean.
    Iraganean zabal jotaku duenak
    Ukituto du zentzumenekin geroa.
    Es gran dolor sentir demasiado,
    Peor mal es, sin embargo, no sentir nada
    Quien por temor o vergüenza queda atrás
    Pierde en valor lo que le falta.
    Por el contrario, quien ardiente se arriesga
    Ganará lo que luego tendrá de sobra.
    Más allá o más acá del límite,
    Nunca jamás por el camino del medio.
    Mucho se perdona a quien mucho ha amado.
    Al transcurrir el tiempo y al recordar
    Es más tierna la nostalgia de lo que fue;
    Más cruel y perecedera la que de lo que no sucedió,
    Sin embargo, nada de esto nos sirve de ejemplo
    Porque el ser humano no reúne
    Los tres tiempos en un tiempo único.
    Quien fue generoso en el pasado
    Acariciará con sus sentidos el futuro.

    No soy nada materialista |Hugh Jackman| [fragmento de entrevista]

    Tema: P E N S A R ~ 21/12/2008 17:27 ~ Hay 6 comentarios.

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    P: ¿Qué hace para recargar las pilas?
    R: Medito dos veces al día. Para mí es como llevar un diario, una manera de mantener la conexión con la verdadera fuente de energía, de felicidad y vitalidad. También hago ejercicio diariamente porque si no me siento un poco débil. Y también procuro pasar tiempo con mi familia. Cuando trabajo, trabajo duro. Pero cuando no estoy trabajando, la clave es apagar el ordenador, desactivar el teléfono y pasar el rato con ellos.
     
    P: ¿Qué tipo de meditación hace?
    R: Meditación transcendental. Me cambió mucho.
     
    P: ¿Cómo se introdujo en ese mundillo?
    R: Estudié en una escuela de filosofía práctica. Y me introduje en la meditación tras 18 meses de curso. Sigo siendo miembro de esa escuela. Es un lugar para reunirse y hablar de ideas y del estudio de las Escrituras para luego aplicarlo de forma práctica en tu vida. Estoy en ella desde que entré en la escuela de teatro, en 1992.
     
    P: ¿Y cómo ha influido en su vida?
    R: De muchas maneras. Mi nivel de felicidad, mi capacidad para enfrentarme a las personas y los distintos retos, mi entendimiento y conocimiento del mundo, han aumentado. Mi capacidad para confiar en mí mismo y no verme superado, también. Solía verme un poco abrumado a menudo. También ha mejorado mi eficiencia, soy mucho más eficaz de lo que solía ser. Ahora el día parece tener más horas, y de hecho siento que hago el doble de cosas de las que hacía antes. Me siento más conectado a las personas. Sobretodo, la meditación me mantiene muy pegado a la tierra, en particular al mundo en el que me muevo ahora. Meditar dos veces al día me recuerda lo que es real, considerando que casi todo en lo que estoy involucrado es tan sólo una ilusión.

    · La voz de la conciencia ·

    Tema: e s b o z o s ~ 23/12/2008 21:44 ~ Hay 6 comentarios.

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    Joder, como duele el puto tobillo de los cojones. ¡Quién coño me manda a mí ayudar! El vejestorio va y me dice: "Señor, ¿me puede ayudar a bajar las escaleras?" Y yo, como un repelente empollón cuatrojos baboso le cedo mi brazo como el Cary Grant ése de las películas ñoñas y plastas. Menos mal que mis colegas no me han visto porque estaban en ese momento poniéndose de cervezas hasta el culo en el antro del Luisete, menudo mamonazo, perdió todo el prestigio cuando se enrolló con la Tere, la muy puta, aunque todos nosotros hubiéramos querido estar en su lugar jodiendo. Y ahora aquí, con la matusalena mirándome el pie al pie de unas escaleras finitas que por su culpa se me hicieron eternas. Vaya con la momia, como para escapar con ella de un incendio. "Ay, pobrecito, ¿te duele mucho?, espérame aquí que voy a buscar ayuda." ¿Ayuda?, para cuando vuelva soy más viejo que ella, me cago en todos los del Inserso. "Gracias señora, es usted muy amable pero no es necesario, ha sido sólo un mal gesto, ¿ve?, ya puedo andar, puede ir usted tranquila" ¡a tomar por culo!

    CONFIO MOLT |Miquel Martí i Pol|

    Tema: S E N T I R ~ 25/12/2008 10:47 ~ Hay 6 comentarios.

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    Confio molt que sempre hi haurà algun
    desconegut que en llegir els meus poemes
    se sentirà commòs, talment com jo
    m’hi sento quan els escric. Hi confio
    profundament, i puc imaginar
    els clars estímuls de la descoberta,
    la molt fecunda i estimable enveja
    que establirà lligams irreversibles,
    per tal com jo mateix n’he estat i en sóc
    protagonista atent moltes vegades.
    L’estimo ja des d’ara aquest lector
    desconegut i amic. Sovint hi penso
    i no tan sols en el moment d’escriure.
    Entre ell i jo hi ha aquell profund amor
    que per distant i net i essencial
    no provoca ni dol ni patiment.
    Ell ―ho sé bé― no faltarà a la cita
    just al moment establert. Jo, des d’ara,
    li’n dono ja sincerament les gràcies.

    La primera broma de la historia |Jorge Wagensberg|

    Tema: P E N S A R ~ 27/12/2008 18:07 ~ Hay 4 comentarios.

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    Nada más remoto en el tiempo que unas pisadas dejadas por unos homínidos durante el Plioceno. Nada menos familiar, en principio, que el paisaje de la meseta de Eyasi en Tanzania donde, en 1977, se encontraron tales huellas fósiles. Y, sin embargo, hay algo muy íntimo en estos restos. Tres individuos bípedos, quizás un varón, una hembra y un niño, caminaban durante un cálido atardecer, poco antes de que una lluvia de ceniza volcánica sacara un molde de su rastro en el húmedo terreno: una auténtica fotocopia en piedra de veinticinco metros de longitud. Un testimonio de tres millones y medio de años para un suceso que apenas había durado unos segundos. Algo había oído decir de las pisadas fósiles de Laetoli atribuidas a Australopithecus afarensis. Ponerse de pie y liberar las manos es lo primero que hace falta para desarrollar la inteligencia. Disponer del concepto mano es condición necesaria para poder convertir ideas en objetos, teoría en práctica, y para, en definitiva, empezar a hacer ciencia, probablemente la forma de conocimiento más antigua del mundo (he aquí, por cierto, el tapón evolutivo con que se enfrenta, pongamos por caso, el ya de por sí despabilado delfín). Pasmado ante una fiel reproducción de las célebres huellas en el Musée de l’Homme, a uno le daba casi por jalear mentalmente a la evolución biológica: «¡ánimo Australopithecus, ya estás en pie!». Era el principio de un largo camino: aún habían de transcurrir más de un millón de años para la industria lítica, tres millones de años para descubrir el fuego y casi tres y medio para enterrar a los muertos. Pero nadie me había comentado nunca un detalle extraordinario de las huellas de Laetoli. Las huellas del paseante de tamaño medio están ¡todas! meticulosamente sobreimpresas en el interior de las huellas del adulto. Éste era el detalle entrañable. Entrañable... ¿por qué?
     
    El adulto va delante. La huella de tamaño intermedio es necesariamente posterior a la de mayor tamaño. Poco importa si su autor, llamémosle Lucy, iba sólo unos metros detrás o si pasó por allí al día siguiente (según los expertos, la diferencia no pudo ser superior a unas dos semanas). Lo que sí está claro es que Lucy caminaba mirando al suelo, atentísima a las huellas que la precedían y, dada su menor estatura, acaso se viera obligada a forzar el paso o incluso a dar graciosos saltitos. ¿Había alguna razón para un comportamiento así? Un peligro tipo campo de minas no parece muy verosímil, ni tampoco cierto raro automatismo, pues, en tal caso, el tercer individuo hubiera actuado de la misma manera. ¿De qué se trataba entonces? ¿De un juego?
     
    Seguro, pero de un juego muy especial. De hecho, los cachorros de muchos animales juegan y el juego les sirve para aprender a ser mayor. Pero el juego de Lucy tiene unas reglas demasiado rigurosas y caprichosas, casi obsesivas. Lucy no tiene ni un solo fallo en su absurdo juego. Y sobre todo eso: su juego no sirve para nada. Lucy, sencillamente, se aburre. Juega para matar el aburrimiento. El juego no está al alcance de la otra cría, demasiado joven, y el aburrimiento no afecta al cabeza de familia, tal preocupado por alcanzar un refugio antes del anochecer. En otras palabras, se trataba, literalmente, de hacer el burro. Y, como todo el mundo sabe, ciertas burradas requieren inteligencia, en especial las deliberadamente inútiles.
     
    Hace unas semanas le sugería a un eminente paleoantropólogo que en Laetoli quizá se había encontrado la primera broma fósil de la historia. «Lo sé por pura casualidad...», respondí, «¡yo hacía exactamente lo mismo en la playa, cuando era un niño!» (Y todavía lo hago, aunque ahora sólo cuando estoy seguro de que nadie se fija en mí y de que no se avecina ninguna erupción volcánica en la comarca.)

    Cigarrillo |Manuel Vicent| [fragmento]

    Tema: P E N S A R ~ 28/12/2008 21:16 ~ Hay 3 comentarios.

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    Un día de abril de 1945, un soldado alemán de dieciocho años, afiliado a las Juventudes Hitlerianas, optó por desertar del ejército que se batía en retirada bajo el fuego soviético, y antes de ser capturado por las tropas norteamericanas anduvo perdido sin saber a qué patria pertenecían los sucesivos incendios del horizonte. Huyendo de sí mismo sin destino alguno, sus botas le llevaron hasta un pueblo abandonado en la frontera de Polonia. Durante su larga fuga a través de campos calcinados, el joven hitleriano no se había encontrado con un solo ser vivo, ni siquiera con un perro, de forma que pudo haber imaginado que era el único hombre que quedaba en el mundo después de la hecatombe. Cuando caía la noche y la oscuridad le permitía vislumbrar la realidad de las cosas, el soldado se sentó a descansar en los escombros de una plaza desierta. Tenía el fusil cargado entre las rodillas y en el macuto llevaba un libro de teología. En el momento en que se disponía a fumar el último cigarrillo que le quedaba, vislumbró la sombra de un hombre que emergía de los soportales derruidos. El soldado alemán se puso en pie, aprestó el cerrojo del fusil y apuntó al desconocido, que se le acercaba atraído por la brasa de su pitillo. Se trataba de un joven polaco, de unos veinticinco años, que había desertado del trabajo en una cantera de Cracovia para escapar de una redada de los nazis. Había sido actor de un teatro clandestino, su novia había muerto en Auschwitz y también sentía inclinación por la teología, pero entre ellos ahora no había ningún Dios que les ahorrara el odio. Los dos prófugos, cada uno de un bando contrario, se situaron frente a frente. El soldado alemán ignoraba si aquel individuo venía armado y estuvo a punto de dispararle un tiro en el corazón. Si esto hubiera sucedido, ninguno de los dos habría llegado a papa. Pudieron haber hablado de Dios, de la maldad humana, del mundo que se hundía, pero el polaco Wojtyla se limitó a preguntar: «¿Tiene un cigarrillo?». El soldado Ratzinger le contestó: «Lo siento, me estoy fumando el último cigarrillo de la historia». No hubo más palabras, porque en el mutuo terror de los ojos descubrieron cuánto se temían. Wojtyla se fue alejando por encima de los escombros y a veces volvía el rostro para asegurarse de que Ratzinger no le iba a disparar por la espalda. En Roma, aquel soldado alemán, ahora vestido de blanco, (...) va a hacer santo a aquel actor polaco. Atrás queda la brasa de aquel último cigarrillo brillando aún en la noche.

    Los nadies |Eduardo Galeano|

    Tema: S E N T I R ~ 29/12/2008 21:17 ~ Hay 5 comentarios.

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    Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
     
    Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
     
    Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
     
    Que no son, aunque sean.
     
    Que no hablan idiomas, sino dialectos.
     
    Que no profesan religiones, sino supersticiones.
     
    Que no hacen arte, sino artesanía.
     
    Que no practican cultura, sino folklore.
     
    Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
     
    Que no tienen cara, sino brazos.
     
    Que no tienen nombre, sino número.
     
    Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
     
    Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

    · Joan Brossa ·

    Tema: m i r a d a s ~ 30/12/2008 06:53 ~ Hay 5 comentarios.

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    Hoy hace diez años de la muerte de un poeta, lo cual demuestra que los sentimientos son tan humildes que no necesitan a nadie que les cante para seguir manifestándose. Por eso mismo son tan necesarios los poetas, porque no hacen falta pero su presencia llena un vacío lleno de nada.
     
    Joan Brossa amaba la libertad y, consecuentemente, liberó las letras que estaban encadenadas en sus versos. Todas se fueron animadas a ver mundo, y de sus visiones conjuntas y particulares surgieron poemas etéreos; recuerdos de sus viajes más allá de sí mismo de tan adentro como llegaban. Su obra es precisamente eso: un enorme álbum de recuerdos de la vida de las letras que viven en todos nosotros.
     
    A Joan Brossa lo echamos de menos, de la A a la Z. Hoy hace dieZ.

    Una voz en nochevieja |Ignacio García-Valiño|

    Tema: S E N T I R ~ 31/12/2008 16:36 ~ Hay 2 comentarios.

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    Para empezar el día con buen pie, nada como un buen cepillado de zapatos. Eso es lo primero que hacía Moncho Pompa al levantarse. Los zapatos le miraban desde una esquina con sus enormes bocas oblicuas y abiertas pidiendo comida. Aún en pijama, sacaba su maletín y les daba su ración. Después, él y su periquito se desayunaban con cereales. Entre cucharada y cucharada leía las ofertas de trabajo del periódico. Vivía con su pájaro en un ático de Atocha y le quedaban dos meses para agotar la herencia de su madre. Ella había muerto de un infarto agudo en Navidad; en un par de meses haría tres años de aquello. Si no encontraba pronto un empleo se vería en apuros.
     
    Confiaba en su buen currículum. Había dejado los estudios de secundaria, pero a cambio había podido leer más de mil libros con los que había reunido una estupenda biblioteca con las estanterías hechas por su propia mano. También había construido una trirreme griega con palillos, una orquesta sinfónica de músicos con cáscaras de huevos vacíos y un escenario de papiroflexia. Además de dar lustre a los zapatos como nadie, sabía leer en braille, contar cuentos de los que hacen llorar, poner bonita una casa, borrar de los pies cien caminatas con un masaje, recitar un poema al derecho y al revés, preparar recetas de cocina japonesa y otras labores de indudable utilidad con las que contaba para encontrar un empleo. Y estaba motorizado: tenía un imponente sidecar.
     
    Se presentó temprano en un local de las afueras en el que buscaban a un repartidor de pizzas. Él era el único candidato. El entrevistador, un tipo delgado con mostacho prusiano, lo hizo pasar a un minúsculo despacho dividido en dos por una mesa atestada de papeles y ceniceros rebosantes de colillas. Ocuparon así sendos extremos del despacho. El prusiano le explicaba las exigencias del repartidor de pizzas que querían para el local recién abierto, y mientras tanto, Moncho Pompa asentía y miraba alternativamente a su rostro y al retrato caricaturesco que tenía justo encima de la cabeza el prusiano, y se regocijaba para sus adentros constatando el insólito parecido, cómo había captado el artista la desproporción de sus bigotes que saltaban como un cepillo de cuerdas de cerda, la curvatura muequeante de la boca, la forma apepinada de la cabeza y ese inequívoco aire de tonto de capirote. Se dio cuenta de que el dibujo era el modelo natural y la cabeza parlante era la caricatura.
     
    Llevó su primer pedido a las diez de la mañana. Le picaba la curiosidad por conocer a un individuo que se desayunaba con pizzas, y con estos pensamientos se entretenía conduciendo su sidecar.
     
    Llamó al timbre y esperó. Tardaron varios minutos en abrir. En la puerta apareció una mujer joven en camisón, medio dormida, pestañeando y deslumbrada por la luz. Moncho Pompa puso la mejor de sus sonrisas, aunque no estuvo seguro de haber dado con la adecuada:
     
    ―Sus Cuatro estaciones, señorita.
     
    Ella bostezó silenciosamente, lo miró como a través de brumas y retrocedió tambaleándose por el sueño. Moncho esperó un rato más a que volviera con el dinero, pero la mujer no aparecía.
     
    ―¿Señorita? ―se adelantó al umbral―. ¿Señorita?
     
    No respondía. Se atrevió a asomarse al vestíbulo con su pizza envuelta en el maletín de plástico y la vio tendida en un sillón de la sala de estar, completamente dormida. Volvió a llamarla con cierto escrúpulo, bajando la voz para no molestarla más que lo imprescindible. No quería parecer un intruso, pero tampoco podía regresar con las manos vacías. Ella ya no le oía. Confuso, Moncho dejó la pizza en una mesa y contempló a la mujer. El pelo castaño le emborronaba la cara, y entre los rizos parecía sonreír un poco en sueños. El cuerpo descansaba laxo y plácido en el sillón. Pompa se fijó en sus pies pequeñísimos y blancos, como de niña. Unos pies que parecían haber sido pensados para un mundo sólo de prados mullidos, o bancos de fina arena. Unos pies de leche. Así, a ojo, le calculaba una talla treinta y cuatro.
     
    ―Despierte, señorita ―susurró, inclinándose cerca de su oreja―, le he traído su pizza.
     
    Al final, obedeciendo a un impulso irresistible, le tocó un instante los pies. Ella gimió de placer y mudó la postura, pero siguió dormida. Se los tocó de nuevo, ahora como cosquilleándola. Al fin le arrancó un profundo suspiro. Ella abrió un poco los ojos y le miró. Moncho, comprendiendo su delicada situación, se ruborizó.
     
    ―Los pies. Me duelen ―dijo ella.
     
    ―Pero... señorita, su pizza se enfría.
     
    ―De acuerdo. Sigue acariciándome los pies.
     
    Pompa había oído que ciertas aristócratas chinas se vendaban los pies desde niñas para que no crecieran, como señal de distinción. Pero esa mujer no tenía aspecto oriental, quizá sólo sus pies eran chinos. Él conocía algunos rudimentos del masaje chino, sabía cómo localizar en la planta del pie el órgano de la risa, el del sueño y el del amor. De modo que allí comenzó su trabajo como repartidor de pizzas. Ella ronroneó de placer y suspiró.
     
    ―Esto es lo que necesitaba para despertar.
     
    Le pagó la pizza con una generosa propina y le dijo que le trajera otra mañana a la misma hora.
     
    Regresó algo confuso; ¡qué trabajo más extraño aquél! El prusiano le esperaba de mal humor, sus mostachos erizados como púas. El cliente se había quejado de que no le había llegado el pedido. Moncho tardó un poco en comprender su error: la había llevado al piso principal en vez de al primero. Su jefe se calmó un poco al recibir el dinero y la propina.
     
    ―Vuelve a equivocarte y estás despedido ―le avisó.
     
    ---
     
    Durante un mes estuvo llevando dos pizzas a las once de la mañana a la misma dirección. Entregaba una Cuatro estaciones en el primero a un señor cada mañana más gordo y de muy mal aliento, e inmediatamente bajaba al principal, donde le abría la señorita soñolienta con el camisón pegado a la piel que al momento se derrumbaba en un sillón con un gemido lánguido. Moncho conocía bien esta parte del trabajo. Se arrodillaba junto a ella y le hacía un masaje a sus pies tibios y pequeños, y no lo habría hecho con más fervor a una reina siendo su esclavo. Ella iba abriendo poco a poco los ojos, se desperezaba, y al final clavaba en él una mirada dulce y no decía nada, pues al parecer no le gustaba hablar al despertarse. Le pegaba dos veces lo que valía la pizza y así Moncho iba sacando su pequeño beneficio del que no daba cuenta al prusiano. El resto del día pensaba en los pies de su amiga.
     
    Un día hubo de llevar un envío aún más temprano. Una mujer de unos cuarenta años, en bata, le miró con agrado y curiosidad. Le invitó a pasar y se derrumbó en un sillón. Fingía dormir pero Moncho adivinó tras un cojín una sonrisa traviesa. También quería un masaje y conocía las condiciones.
     
    Sus pies eran callosos y duros, habituados al rigor del asfalto y a los estragos de un calzado inconveniente, pero el segundo día ella encontró mucho más agradable que le acariciara el pelo. “Córreme el pelo”, murmuraba. Pompa le encontró pronto el deleite a escarbar dentro de aquella cabellera espesa y olorosa y llena de femeninas esencias. A ésta sí le gustaba hablar por las mañanas. Se llamaba Elvira y había enviudado de un peluquero antes de poder tener hijos. Guardaba aún una copiosa correspondencia de cuando eran novios y él vivía en Valladolid. Con el tiempo se animó a leerle estar cartas mientras él le corría el pelo de un lado para otro, buscando también una secreta geografía interior. También ella le leía sus poemas de amor y le pedía su opinión. A Pompa le parecían muy románticos y sinceros, y le hacían gracia las rimas. Permanecía una hora con ella y luego se iba a ver a su geisha.
     
    Anhelaba ese baño de silencio y la intimidad de los pies.
     
    Cerca de allí hubo otra mujer que requirió sus servicios, aunque de noche. Era una madre soltera. Su niña le pedía cuentos pero ella no sabía relatárselos. Empezó contándoselos a la madre para que luego pudiera contárselos a su hija. Pompa le narró el del barquero que llegó remando a la luna, aunque se equivocó de cara, y el de la piraña vegetariana, el del cocodrilo desdentado y algunos otros más que también se inventaba mientras conducía su sidecar. La madre era una buena mujer. Le hacía un hueco en la cama y se quedaba dormida como una niña. Moncho nunca vio a su hija.
     
    El prusiano estaba satisfecho con él. Era el único empleado al que le hacían pedidos, y a cualquier hora. Siempre alegre en su extravagante sidecar, con sus zapatos relucientes. ¿Cuál sería su secreto?
     
    La madre soltera que no era madre, aunque sí soltera, le pidió una noche que la desnudara. Se sentó en el borde de la cama con los ojos cerrados y la luz apagada. Pompa se arrodilló junto a ella, la descalzó, le desabotonó la blusa, le retiró la falda y las medias, le puso el camisón, la acostó y le contó un cuento. Descubrió que era la directora general de una importante compañía de seguros y trabajaba diez horas al día, y llegaba agotada por la noche; se quitaba la máscara de ejecutiva implacable y sólo deseaba volver a ser una niña. Ella tampoco hablaba mucho, como la mujer de los pies pequeños, de la que era muy amiga. Y odiaba la pizza.
     
    Algunas pizzas las compartía; tal era el caso de Natalia. Esta buena mujer estaba un poco desesperada, y hablaba sin cesar, con prisa por soltarlo todo. Antes de acabar una frase se enredaba con la siguiente, porque su pensamiento iba tan rápido que su lengua no lo alcanzaba. Tenía infinidad de problemas: amigas que la engañaban, bancos que la asediaban con sus deudas, una madre con alzheimer, un hijo que se atiborraba de pastillas en las discotecas y que no dormía en casa los fines de semana, un marido que en el fondo no la comprendía, una cocina que siempre estaba hecha un asco, la nevera vacía, un coche en algún taller, un jefe explotador y desconsiderado, y también le preocupaba la vejez, las arrugas, la menopausia, la vida que pasaba sin que la disfrutase. Moncho la escuchaba largo rato. A veces hablaban de países exóticos. Natalia estaba enamorada de África, y de Asia también, e incluso de Australia. Quería viajar a la India, al Nepal, a Filipinas, cada día escogía una nueva ruta. Moncho se documentaba bien y aportaba itinerarios reales, con escalas en islas de coral y alojamiento en hoteles de ensueño.
     
    No todas eran infelices o solitarias. Conoció a Laura, una artista muy joven y desenfadada, amiga de alguna de las anteriores. Fue la única que le obligó a desnudarse. Posaba para ella junto a su pizza. También posó con su sidecar. Era morena, mediterránea, el pelo azabache le ondeaba en una cola de caballo, andaba con insólita precisión entre pilas de lienzos, botes de óleo y acrílicos desparramados por el suelo. Le interesaba el cuerpo masculino. Y mientras pintaba le hablaba de lo mucho que se estaba complicando la vida. Estaba enamorada de tres o cuatro hombres a la vez, se acostaba con todos ellos y a ninguno le decía la verdad. Hacía muchas exposiciones en salas de ayuntamientos municipales, y siempre exhibía los mismos cuadros, los pocos que le gustaban; cada mes mudaba esa docena de cuadros de una sala a otra e inauguraba la misma exposición en otra sala con sus mismos amigos, recibía de nuevo sus comentarios elogiosos y se emborrachaban juntos. Quería comprarle su sidecar. Estaba obsesionada con el sidecar. De vez en cuando ella le pedía que le contase sus problemas.
     
    ―Yo no tengo problemas ―contestaba él.
     
    ―¿Cómo que no tienes problemas? Todo el mundo tiene problemas.
     
    ―Es posible. Pero yo no sé cuáles son mis problemas.
     
    ―Cuanto pides por tu sidecar. ¡Y no me digas que no está en venta!
     
    ―No está en venta.
     
    ---
     
    Con la llegada de la Navidad sus amigas se fueron de vacaciones para reunirse con su familia o visitar a parientes lejanos. Lo que más sintió fue perder de vista los pies de su amiga. Le había comprado unos zapatos a su medida para regalárselos el veinticinco de diciembre, pero ella se había ausentado de Madrid. De la pizzería llegaban cada vez más pedidos de personas que querían una pizza, por asombroso que pareciera. Aún así, Moncho no perdía la esperanza. Detrás de cada puerta esperaba encontrar una mano amiga, y no una que le quitara la pizza y le pagase.
     
    Fue a llevar flores a la tumba de su madre, como cada Navidad. En estas fechas era proclive a la melancolía y a los catarros, así que iba envuelto en lanas y bufandas y con el corazón aletargado. Se acordaba de su buena madre y se preguntaba qué le parecería su nuevo trabajo. Procuraba seguir sus consejos, los que aún recordaba, como no comer nunca con las manos, ni siquiera tratándose de pollo. Patrullaba con su sidecar por un Madrid engalanado de luces, siempre con su mercancía en el maletín negro. Se fijaba en las familias, en la actividad frenética de las calles. Todo el mundo entraba y salía de las tiendas. Los escaparates atraían su atención, decorados con polvo de nieve y estrellas de plata. Le gustaban los maniquíes. Se compró un sombreo para resguardar sus orejas del viento, pero lo perdió por la M-30. A veces alzaba la vista y contemplaba las ventanas de las casas y su luz hogareña, y se preguntaba si allí vivirían mujeres solas y necesitadas de compañía.
     
    Su Telepizza había preparado una pizza “Especial Navidad”, con caviar. Para este encargo tenía que ponerse una barba de Papá Noel y un abrigo rojo muy incómodo que a juzgar por la talla habría pertenecido al prusiano. Cada día visitaba una veintena de pisos, y podía atisbar por un hueco de la puerta el ambiente de dentro. Le recibían tipos cubiertos de confeti, o con una copa de champán en la mano, a veces le ofrecían un trago, pero nunca le dejaban pasar. En una de ésas se enganchó la barba de algodón en el ascensor y la dejó hecha una pena. Estaba desconsolado.
     
    Decidió tomarse él también unas vacaciones. Le compró una jaula nueva a su periquito, más grande y con una compañera de color amarillo limón. Una tarde sonó el teléfono y se abalanzó a descolgarlo. Era la pintora hippie. Le pedía prestado su sidecar para una fiesta de disfraces. Moncho se negó. ¿Es que nadie se acordaba de él?
     
    Llegó nochevieja con un viento frío que decían que venía de la misma Siberia. ¿Cómo podía llegar un viento desde tan lejos? Aun así, la gente salía a la calle a conjurar el invierno con festejos. Él se quedó en su casa leyendo. Desde su cuarto podían oírse los ruidos del rellano de la escalera. Había una discusión por una pizza que había llegado demasiado fría. Se levantó y echó el ojo a la mirilla. La repartidora era una chica joven. Debía de ser su primer empleo: aquella pizza no merecía un solo ruego. El otro no la aceptó y le cerró la puerta. Era un vecino desconsiderado. La chica se quedó allí, temblando de frío con su pizza, sin saber qué hacer. Llamo entonces a su puerta. Pompa se tomó unos segundos antes de abrir.
     
    ―He traído su pizza Cinco quesos ―dijo.
     
    Le encantó su voz. Era como un regalo en ese día. Quiso oírla otra vez:
     
    ―Perdón, ¿cómo dice?
     
    ―¿Pidió usted una pizza Cinco quesos?
     
    Definitivamente, aquella era la voz que necesitaba.
     
    ―Por supuesto ―la alegría le iluminó tanto el rostro que se la contagió a ella―. Pasa adentro, que te vas a helar ahí.
     
    Ella agradeció su hospitalidad y entró frotándose las manos. Claro, claro que aceptaría un café cerca de la estufa: la tarde estaba tan desapacible...


    ...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.

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