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    Resumen

    Kitabal idq el farid |Ibn Abd Rabbih| (tomo III)

    Tema: S E N T I R ~ 02/08/2008 12:42 ~ Hay 6 comentarios.

    20080614183222-kitabal-idq-el-farid.jpg
    Kardan cayó enfermo. Su tío le dijo:
    -¿Qué deseas comer?
    -La cabeza de dos corderos.
    -No hay.
    -Entonces, las dos cabezas de un cordero.
    -No hay.
    -Entonces no quiero nada.

    ¿Quieres mi Amor? |Robert Rodevensky|

    Tema: S E N T I R ~ 03/08/2008 18:40 ~ Hay 9 comentarios.

    20080803184258-quieres-mi-amor.jpg
    -¿Quieres mi amor?
    -¡Tu amor!
    -Está sucio
    -Dámelo
    -Prefiere descubrirte
    -Descúbreme
    -Además, quiero saber
    -Pregunta...
    -¿Supón que toco tu puerta?
    -Te dejo entrar
    -¿Supón que te llamo?
    -Y te respondo
    -¿Supón que si te llamo hay una desgracia?
    -Pero a pesar de todo te dejo entrar
    -¿Y si llamando miento?
    -Te perdono
    -¿Y si te digo canta?
    -Canto
    -¿Y que le tires la puerta a tus amigos?
    -Se la tiro
    -¿Y si te digo mata?
    -Mato
    -¿Y muere?
    -Muero
    -¿Y si me ahogo?
    -Te salvo
    -¿Y si te duele?
    -Aguanto
    -¿Y si de pronto una pared?
    -La tumbo
    -¿Y si de pronto un nudo?
    -Lo desenredo
    -¿Y si son cien nudos?
    -No me importa
    -¿Quieres mi amor?
    -Tu amor...
    -¡Jamás te lo daré!
    -¿Por qué?
    -Porque detesto a los esclavos.

    Por una vez... |Óscar Aibar|

    Tema: P E N S A R ~ 05/08/2008 20:45 ~ Hay 7 comentarios.

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    Nunca he sido amigo de las lecturas sociopolíticas, la semiótica o los análisis antropológicos de las películas, los tebeos y los libros. Me permito aconsejarles a ustedes que desconfíen de esos teóricos exaltados que se marcan veinticinco folios sobre “la violencia como alegoría contemporánea en las películas de Tarantino” o “el papel de la mujer en los cómics de superhéroes”, como si sólo ellos lo hubiesen comprendido todo y los demás fuésemos lelos. Créanme: las películas, los tebeos y los libros están hechos (los hacemos) para rellenar el tiempo de ocio, para llevar a algún sitio o hablar de algo con un ligue y, a veces, para pensar un poco sobre las cosas de la vida. No hace falta comprenderlas. Ahora bien, me voy a contradecir por una vez, y espero que me disculpen. En el caso de los zombis resulta inevitable leerlos a veces como una metáfora divertida (el humor en este género es tan importante como el miedo) de algo. En El amanecer de los muertos vivientes (Dawn of the Living Dead, 1978), los nomuertos se han adueñado del planeta obligando a un grupo de seres humanos a refugiarse en una gran superficie comercial, donde encuentran todo lo que les falta para sobrevivir (comida, ropa, popy cards...). Los zombis les rodean y por fin consiguen entrar, pero una vez dentro se limitan a deambular frente a los escaparates de las tiendas y a subir y bajar por las escaleras mecánicas. En ese momento el protagonista dice: “Es posible que cuando estaban vivos, venir al centro comercial fuera su única diversión. Ahora que están muertos, siguen viniendo aunque no saben por qué.” ¿Brillante, verdad? ¿Qué tipo de vida es la que consiste en trabajar durante toda la semana para pagar el alquiler, la comunión de la niña y las letras del coche, ver la televisión, pasar los sábados por la tarde en el Carrefour y luego jubilarse con una pensión de pena? ¿No es ésa una forma de muerte en vida? Sí, lo es. Entonces, ¿no somos todos, acaso, un poco zombis?

    · El desván ·

    Tema: e s b o z o s ~ 07/08/2008 18:39 ~ Hay 7 comentarios.

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    Aún no he perdido el afán aventurero que guiaba mis pasos de infancia por los rincones de la casa de mis abuelos en el pueblo. Cuando voy de vacaciones me gusta escabullirme hasta el desván, sin que nadie lo sepa para que nadie me encuentre, y allí pasar largas horas curioseando entre la ingente cantidad de cosas viejas que el tiempo ha ido desprendiendo de la vida de mis abuelos y depositando en el olvido. Para mí es un misterio toparme con una radio vieja quemada en una tormenta traicionera, o con un molinillo de café manual que recuerdo haber usado, o una bicicleta de piñón fijo, o un hervidor de leche atacado por el óxido. Recuerdo que en una de mis incursiones descubrí un viejo objeto nuevo: viejo por los años que tenía y nuevo porque no lo había visto nunca antes. Era una lámpara de aceite propicia para vivienda de genios encantados y, dado que en el desván poco me importa mi edad, comencé a frotarla suavemente con la ilusión de ver aparecer el genio que, como es lógico, me concedería tres deseos. Cual no sería mi sorpresa cuando, tras las primeras pasadas de mi manga, apareció un vapor azulado por la boquilla acompañado de un suave siseo. El vapor se convirtió en nube, y la nube se comenzó a diluir hasta dejar ver el torso de un genio que me miraba con autoridad:
     
    -Humano, me has liberado de mi prisión y, en agradecimiento, te concederé tres deseos. Pero piénsalo bien, sólo tendrás una oportunidad.
     
    Es comprensible que en esos momentos me encontrase bastante azorado ante la aparición, por lo que es de agradecer que tuviese la paciencia de esperarse a que yo recobrase un poco la compostura. Al cabo de un rato, después de meditar bien mis deseos, le dije:
     
    -Pues quiero salud, dinero y amor.
     
    El genio entonces negó con la cabeza y me dijo:
     
    -No seré yo quién te otorgue esos tres deseos. Tu propio destino será el que se encargue de ello.
     
    Y se esfumó.

    Ritual de mis piernas |Pablo Neruda|

    Tema: S E N T I R ~ 10/08/2008 21:29 ~ Hay 5 comentarios.

    20080810214308-ritual-de-mis-piernas.jpg
    Largamente he permanecido mirando mis largas piernas
    con ternura infinita y curiosa, con mi acostumbrada pasión,
    como si hubieran sido las piernas de una mujer divina
    profundamente sumida en el abismo de mi tórax:
    y es que, la verdad, cuando el tiempo, el tiempo pasa,
    sobre la tierra, sobre el techo, sobre mi impura cabeza,
    y pasa, el tiempo pasa, y en mi lecho no siento de noche que
    una mujer está respirando, durmiendo, desnuda y a mi lado,
    entonces, extrañas, oscuras cosas toman el lugar de la ausente,
    viciosos, melancólicos pensamientos
    siembran pesadas posibilidades en mi dormitorio,
    y así, pues, miro mis piernas como si pertenecieran a otro cuerpo,
    y fuerte y dulcemente estuvieran pegadas a mis entrañas.
     
    Como tallos o femeninas, adorables cosas,
    desde las rodillas suben, cilíndricas y espesas,
    con turbado y compacto material de existencia:
    como brutales, gruesos brazos de diosa,
    como árboles monstruosamente vestidos de seres humanos,
    como fatales, inmensos labios sedientos y tranquilos,
    son allí la mejor parte de mi cuerpo:
    lo enteramente substancial, sin complicado contenido
    de sentidos o tráqueas o intestinos o ganglios:
    nada, sino lo puro, lo dulce, lo espeso de mi propia vida,
    nada, sino la forma y el volumen existiendo,
    guardando la vida, sin embargo, de una manera completa.
     
    Las gentes cruzan el mundo en la actualidad
    sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en él la vida,
    y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo,
    y se habla favorablemente de la ropa,
    de pantalones es posible hablar, trajes,
    y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de “señoras”),
    como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo
    y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo.
     
    Tienen existencia los trajes, color, forma, designio,
    y profundo lugar en nuestros mitos, demasiado lugar,
    demasiados muebles y demasiadas habitaciones hay en el mundo,
    y mi cuerpo vive entre y bajo tantas cosas abatido,
    con un pensamiento fijo de esclavitud y de cadenas.
     
    Bueno, mis rodillas, como nudos,
    particulares, funcionarios, evidentes,
    separan las mitades de mis piernas en forma seca:
    y en realidad dos mundos diferentes, dos sexos diferentes
    no son tan diferentes como las dos mitades de mis piernas.
     
    Desde la rodilla hasta el pie una forma dura,
    mineral, fríamente útil aparece,
    una criatura de hueso y persistencia,
    y los tobillos no son ya sino el propósito desnudo,
    la exactitud y lo necesario dispuestos en definitiva.
     
    Sin sensualidad, cortas y duras, y masculinas,
    son allí mis piernas, y dotadas
    de grupos musculares como animales complementarios,
    y allí también una vida, una sólida, sutil, aguda vida
    sin temblar permanece, aguardando y actuando.
     
    En mis pies cosquillosos,
    y duros como el sol, y abiertos como flores,
    y perpetuos, magníficos soldados
    en la guerra gris del espacio,
    todo termina, la vida termina definitivamente en mis pies,
    lo extranjero y lo hostil allí comienza,
    los nombres del mundo, lo fronterizo y lo remoto,
    lo sustantivo y lo adjetivo que no caben en mi corazón,
    con densa y fría constancia allí se originan.
     
    Siempre,
    productos manufacturados, medias, zapatos,
    o simplemente aire infinito,
    habrá entre mis pies y la tierra
    extremando lo aislado y lo solitario de mi ser,
    algo tenazmente supuesto entre mi vida y la tierra,
    algo abiertamente invencible y enemigo.

    La proximidad de la muerte |Norbert Bilbeny| [fragmento]

    Tema: P E N S A R ~ 12/08/2008 20:50 ~ Hay 6 comentarios.

    20080803172014-la-proximidad-de-la-muerte.jpg

    Aunque luzca el sol sobre nuestras cabezas y haya alegría a nuestro alrededor, la muerte está cerca de nosotros. Lo común, no obstante, es pensar que solo se muere el prójimo y que la muerte no atañe ni al que está próximo ni a nosotros mismos. Nada más engañoso. Quien no parece que vaya a morir más pronto de lo previsto, puede que tenga sus días contados, por naturaleza o accidente, y hasta que lo sepa. Nuestra vida da un vuelco cuando se nos comunica la proximidad de la muerte, ajena o propia. Pero nadie puede que no estuviera, de algún modo, «avisado».
     
    Nos morimos porque somos seres evolucionados, y tememos que suceda porque somos, además, humanos. Los primeros seres unicelulares nunca «murieron». Se dividieron en dos y continuaban multiplicando su vida. El que un organismo muera definitivamente es el resultado de la complejidad de la vida. Y que se angustie por ello, como el ser humano, es una obra sutil de la cultura. Por eso la madurez de la filosofía clásica, con el estoicismo romano, se dio cuenta de que filosofar era meditar la muerte, con el propósito de consolar la vida. Marco Aurelio escribe: «Vive cada día como si fuera el último». Así no se desaprovecha la vida. Ni siquiera la muerte ha de preocupar, escribió antes Epicuro, si pensamos que cuando nosotros aún estamos ella no está, y cuando ella está, nosotros ya no estamos. No obstante, lo que nos ofrece la filosofía frente a la muerte son sólo «argumentos». También lo dijo Freud: «En mi opinión, los filósofos piensan en este punto demasiado filosóficamente». Es decir, no nos ofrecen «consolaciones», ni menos «experiencias» para afrontar la muerte.
     
    ¿Por qué? Quizá porque la muerte es siempre como una presencia ausente, mientras que el ser muerto de verdad es como una ausencia presente. Ante esta realidad, la filosofía se detiene. El pensamiento sólo desata sus recursos cuando trata de la muerte, que está siempre ausente, y enmudece frente a los muertos y el morirse uno, que no son una idea, sino una experiencia propia, algo que nos oprime físicamente con su presencia. Aunque otro motivo de este silencio ante el hecho de morir es que nadie ha pasado, en realidad, por la «experiencia» de la muerte. Eso pertenece sólo a los muertos, quienes no pueden decirnos -puede que sea mejor así- «qué» es morir y «cómo» deberíamos hacerlo. Mientras, los vivos no tenemos una base experimental para pensar la muerte. Paul Bowles sostiene que «no hay idea de la muerte que tenga algo en común con la presencia de la muerte». Es evidente que a los que estamos de acuerdo con esto se nos podría replicar: ¿Y usted cómo lo sabe? Porque el hecho es que estamos vivos aún. Pero sólo podría contestar a aquello con una respuesta negativa: porque ningún argumento nos consuela ante la proximidad de la muerte; de la muerte del prójimo o de la cercanía anunciada de nuestra propia muerte.
     
    Al margen de esto, lo único que sabemos es que nos hemos de morir y que cada día morimos un poco. El ser humano no sólo es, por condición, mortal o «moridor», sino además «muriente» en su vida. En cierta manera somos predifuntos y, a la vez, agonizantes progresivos. No podemos no saberlo, y eso es lo que nos hace, frente a la muerte, tan distintos de otras especies. Para empezar, vivimos con el constante presentimiento de nuestro fin. No nos consta en otros animales, o por lo menos que «arreglen» su vida conforme a este preanuncio, como hacemos nosotros. Para continuar, el ser humano es aquel que puede, por sí mismo, avanzar su propia muerte. Podría pensarse en el suicidio como la cuestión humana por excelencia. Y, por último, somos aquellos que se atreven a desafiar su propia muerte. A veces no sólo no tememos poner en riesgo la vida, sino que buscamos el peligro de muerte expresamente. Ningún otro animal es «aventurero», ni conoce la máxima aventura que es arriesgar la vida.
     
    De modo que sabemos algunas cosas sobre la muerte, pero desconocemos, con todo, las principales, aquellas más ligadas a nuestro fondo personal. Así, no sabemos «cuándo» vamos a morir (Mors certa, hora incerta, una expresión exacta), ni tampoco «cómo» sucederá eso, ni en realidad, insisto en lo ya dicho, en «qué» consistirá nuestra muerte o la de cualquiera. Ningún vivo ha pasado por esta experiencia. Como mucho, conocemos el «morir» de los otros, es decir, los aspectos externos de su muerte, pero no nuestro morir, ni menos la muerte en sí misma, propia o ajena. La muerte nos es desconocida. Más aún, en general es algo que, aunque presentido, «no nos afecta». No hay nada que nos tomemos con mayor disimulo que el constante anuncio de la muerte. En resumen, sabemos que somos mortales, pero ignoramos la muerte misma. Tenemos datos del morir orgánico, pero no de la muerte personal, de uno mismo y de cualquiera. Entonces...
     
    Entonces, ¿por qué nos preocupamos tanto de ella? Dice Spinoza que nada le preocupa menos a una persona sabia que su propia muerte. Pero tiene que ser sabia. Alguien así, los filósofos primero, debería renunciar a especular sobre la muerte. Es absurdo hacerse «ideas» sobre ella y de poco sirven los «argumentos» contra ella o a favor de un «buen morir». El afán de un vivir sensato y sin prejuicios sólo nos autoriza a tener una visión pragmática de la muerte, no a darle vueltas como si pudiéramos saber de cierto sobre esta experiencia. Ante ella, de nada vale la teoría y todo se vuelve de repente silencio. Los argumentos, las «razones», nos resultan extraños, no van con nosotros, y el habla, las palabras, retornan a su modesta condición original: signos de entendimiento, no de vida, ni menos que nos devuelvan la vida. Por contra, una visión pragmática de la muerte, no teórica, se limitará a ofrecernos «consuelos», ya no doctrinas ni consejos, para soportar el hecho inevitable de vivir pensando en la muerte. Creo que pueden servir los siguientes.
     
    Ante todo, para nosotros no es lo mismo la muerte si la pensamos con prejuicios y falsas informaciones -de pocos asuntos se deben de haber tenido tantas ideas preconcebidas-, que si la enfocamos libres de tales obstáculos mentales, justo lo que más nos hace temer la muerte y el «modo», en especial, con que vendrá nuestro fin. Incluso para los espíritus religiosos, o más dados a la fantasía, es supersticioso pensar que nuestra muerte más o menos próxima es «voluntad de Dios», parte del «destino» o una cruel «mala suerte». Lo es también sobrecargarla de un signo moral, o no querer ver sus causas naturales, cuando proclamamos, respectivamente, el «fracaso» o el «absurdo» que representa la proximidad de nuestro fin. La muerte es un hecho natural o bien accidental, y no podemos atribuirle nada más. Ante lo cual sólo queda llorar por el desaparecido, expresar que lo habríamos querido con nosotros, y recordarlo, que es la manera de no morir del todo. «Morir -dice Séneca- es una ley, no un castigo». Ni el que quiere a la vida de verdad, ni el que la detesta, piensan, cada uno con sus motivos, que la muerte sea un «castigo».
     
    Mientras, suele decirse, con acierto, que la muerte causa menos sufrimiento que estar «a la espera» de ella. Por eso, y quizá éste sea un segundo consuelo, no es lo mismo la muerte cuando no hemos aprendido a morir un poco cada día, que si se han aprovechado las enseñanzas de la vida misma para familiarizarnos con ella. En cierta manera se «aprende» a morir con la experiencia del dolor y la enfermedad que nos alcanzan, tarde o temprano, a todos, pero también con la muerte y el morir de los demás, en especial de aquellos más queridos, y hasta con la labor de la imaginación -por ejemplo, a través del cine o de lecturas- y la actividad inconsciente de los sueños, que a veces nos sitúan en peligro de muerte o ante nuestro propio cadáver. Todo eso contribuye a que la proximidad de la muerte nos coja menos desprevenidos. Pero son modos pasivos, aún, de acostumbrarnos a ella. Los hay más activos.
     
    Algunos de esos modos vienen con la vida y sus sucesivas edades. «Morimos» al pasar de la infancia a la adolescencia, de la juventud a la madurez, de esta a la ancianidad. Perdimos por el camino al niño que fuimos; al joven; a la mujer o el hombre mayores, pero aún autónomos, y luego dependientes de los demás en la vejez. Son tránsitos de vida y muerte a la vez. Aunque el aprendizaje práctico del morir puede ser también un ejercicio voluntario con método incluido. Se trata, como en los casos anteriores, de adoptar una disposición personal menos angustiada frente a la muerte. Para ello hay que aprender a vivir con lo mínimo y  a valorar lo esencial, no lo superfluo. En gran parte del mundo eso es ir a contracorriente. Supone un «desaprender» para aprender, al fin, a prescindir de aquellas cosas a las que nos hemos habituado y que consideramos «imprescindibles». Especialmente de todo aquello que es motivo de nuestro orgullo o vanidad. Cuanto más apego le tengamos, más dolor nos causará dejarlo. Una habitación sencilla como la del célebre cuadro de Van Gogh es más que suficiente. La mayoría de los objetos que nos rodean, sobran. Casi todos los actos más triviales de cada día son más importantes para el aprecio de la vida, desde el respirar, los saludos habituales o el modo de retirarnos a dormir, que las obras de nuestro trabajo o los placeres por los que hay que pagar. Pero nunca desaprenderemos lo bastante como para saber lo básico y no temer a la muerte.
     
    Por otra parte, tampoco es lo mismo la proximidad del final si la persona no ha acertado en «saber vivir», o de hacerlo con cierto cuidado de sí misma, que si hemos tratado bien el cuerpo y el alma, e incluso obtenido un «provecho de la vida». Pienso que el mayor de estos rendimientos consiste en haber amado, y por tanto en que nos hayan amado también, así como en haber sido de algún modo creativos, con lo cual el mundo se habrá vuelto creador a nuestros ojos. Hace falta amar para que «la vida de los muertos» esté, como dice Cicerón, en «el recuerdo de los vivos». Y hay que haber aportado algo al mundo para que se pueda creer, con Horacio: «No moriré todo yo». Desde luego, para poder acercarse a estos dos logros, el del amor y la creación -y todo pequeño aporte a la vida ya es creativo-, es necesario no tener una muerte demasiado prematura. Pero supuesta esta ventaja, esos dos consuelos de base tan personal contra los primeros lamidos de la muerte están, más o menos, al alcance de casi todos.
     
    Puede que sirva también de consolación el admitir que muchos otros han muerto antes que nosotros y que no somos los primeros en presentir un final cercano. Van a ser muchos más los desaparecidos -unos ochenta mil millones hasta ahora- que los que nos sobrevivan. Tengamos en cuenta, además, que nos han precedido individuos más grandes, muchos de ellos mejores que nosotros, o si se quiere, desde una perspectiva egoísta, muchísimos a una edad más temprana que la nuestra. Sin tantos cálculos, recordemos a los que quisimos de todo corazón, parientes y amigos que partieron también más pronto. Y aún otro posible consuelo. No es lo mismo la muerte cuando sólo vemos en ella algo totalmente negativo que cuando reconocemos que tiene alguna parte positiva y la sentimos incluso como una «liberación». Morir nos evita ser inmortales, una condena superior a la de ser mortal. Ella pondrá fin, por otro lado, al dolor y a las carencias de nuestro ser que continuarían, de otra forma, atormentándonos. Y con la muerte acaban, en suma, las «responsabilidades» y todas las dobles «reglas de juego» de la vida. Acta est fabula: la comedia se ha acabado, dijo al morir el emperador Augusto. Con la muerte pasamos a ser tan «inconscientes» como habíamos deseado a menudo, y en todo caso, «descansamos», porque estar vivo ya es un trabajo.

    Farfalla di Dinard |Eugenio Montale| [fragmento]

    Tema: S E N T I R ~ 14/08/2008 02:40 ~ Hay 3 comentarios.

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    Paseaba por el corredor, en pantuflas y piyama, superando ocasionalmente montones de ropa sucia. Mi hotel era de primera categoría, porque tenía dos ascensores y un montacarga (casi siempre descompuestos), pero no disponía de un lugar para las sábanas, fundas y toallas en transitorio desuso y las camareras debían amontonarlas aquí y allá, en los ángulos muertos. Entrada la noche yo llegaba a esos ángulos muertos y es por eso que las camareras no me amaban. Sin embargo, después de haber repartido algunas propinas obtuve el permiso tácito de deambular por donde quisiera. Era la media noche pasada. Sonó suave el teléfono. ¿Sería en mi cuarto? Me acerqué con pasos afelpados, pero oí que alguien respondía; era el número 22, la habitación cercana a la mía. Estaba por retirarme cuando la voz que contestaba, una voz de mujer, dijo: «Todavía no vengas, Attilio: en el corredor hay un hombre en piyama. Se pasea en un lado a otro. Y podría verte.»
     
    Escuché, del otro lado, un refunfuño confuso: «No», respondió ella, «no sé quién es. Es un desgraciado que siempre hace así. Por favor, no vengas. En todo caso, yo te aviso.» Colgó ruidosamente, oí pasos en el cuarto. Me alejé de prisa, resbalando como sobre dos patines. En el fondo del corredor había un sofá, un segundo montón de ropa sucia y un muro. Oí que se abría la puerta de la habitación 22; por una rendija la mujer me observaba. No podía quedarme allá en el fondo; regresé lentamente. Tenía alrededor de diez segundos antes de pasar frente al 22. Rápidamente examiné las diferentes hipótesis posibles. 1) Volver a mi cuarto y encerrarme adentro. 2) Idem, con una variante, esto es, informando a la señora que había escuchado todo y que mi intención era retirarme y hacerle así un favor. 3) Preguntarle si verdaderamente tenía ganas de recibir a Attilio o si yo era el pretexto elegido por ella para eximirse de un ingrato bullfight nocturno. 4) Ignorar el coloquio telefónico y continuar mi paseo. 5) Preguntarle a la señora si eventualmente pretendía sustituirme al hombre del teléfono, para cuyos fines véase el número tres. 6) Exigir explicaciones sobre la palabra «desgraciado» con la cual se había permitido designarme. 7) ... la séptima se esforzaba por formarse en mi cabeza. Pero ya había llegado frente a la rendija. Dos ojos negros, una liseuse roja sobre un camisón de seda, una cabellera corta, pero más bien rizada. Fue un instante, la rendija se cerró de golpe. El corazón me latía fuerte. Entré a mi cuarto y una vez más oí el teléfono que sonaba en el número 22. La mujer hablaba bajo, no entendía las palabras. Volví al corredor con paso de lobo y entonces logré distinguir algo: «Es imposible, Attilio, te digo que es imposible...» Luego el clic del receptor y sus pasos hacia la puerta. De un salto me precipité hacia el montón de inmundicias número dos, revolviendo en mi corazón las hipótesis 2, 3 y 5. De nuevo se abrió la rendija. Era imposible que me quedara allí parado. Me dije: soy un desgraciado. Pero ella ¿cómo logró saberlo? ¿Y si paseándome la salvara de Attilio? ¿O bien salvara a Attilio de ella? No estoy hecho para ser el árbitro de nada y mucho menos de la vida de los demás. Regresé arrastrando una funda con una pantufla. La rendija era más amplia, la cabeza rizada más hacia afuera. Me encontraba a un metro de esa cabeza. Me coloqué en posición de firme después de haberme liberado de la pantufla con una patada. Luego dije con una voz demasiado fuerte que retumbó en el corredor: «He terminado de pasear, señora. Pero usted, ¿cómo sabe que soy un desgraciado?»
     
    «Lo somos todos», dijo ella, y volvió a cerrar la puerta de golpe. Adentro sonó de nuevo el teléfono.

    AIXÍ UN NÚVOL ES FON... |Màrius Torres|

    Tema: S E N T I R ~ 16/08/2008 11:52 ~ Hay 8 comentarios.

    20080815131018-aixi-un-nuvol-es-fon.jpg
    Així un núvol es fon i deixa el cel més blau.
    Així una fulla pensa que es fa lliure quan cau,
    i s’apaga aquest vespre tan lent i tan segur,
    sobre els camps, pels camins on ja no va ningú.
    Així en la fosca es perd el pas d’un vagabund...
                    Déu meu, ja estic a punt.
    Ja vençut, però encara sota el meu estandard
                    -més tard, potser seria massa tard.

    Filosofía |André Comte-Sponville| [extracto de su Diccionario filosófico]

    Tema: P E N S A R ~ 19/08/2008 02:32 ~ Hay 6 comentarios.

    20080819024544-filosofia-sponville.jpg

    Es una práctica teórica (pero no científica), que tiene el todo como objeto, la razón como medio y la sabiduría como finalidad. Se trata de pensar mejor, para vivir mejor.
     
    La filosofía no es una ciencia, ni siquiera un conocimiento (no es un saber más, sino una reflexión sobre los saberes disponibles), y por eso, como decía Kant, no se puede aprender la filosofía: sólo se puede aprender a filosofar. El propio Kant, en un texto famoso, reducía el dominio de la filosofía a cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar? ¿Qué es el hombre? Las tres primeras «se remiten a la última», señalaba (Lógica, «Introducción», III). Pero las cuatro desembocan, añadiría yo, en una quinta, que es, en consecuencia, la pregunta principal de la filosofía, hasta el punto de que casi podría bastar para definirla: ¿Cómo vivir? Desde que se intenta contestar inteligentemente a esta pregunta, se hace filosofía, más o menos, bien o mal. Y como es una pregunta cuyo planteamiento no se puede evitar, hay que concluir que sólo se elude la filosofía por necedad u oscurantismo.
     
    He definido la filosofía, o el acto de filosofar, incluso de un modo más simple: filosofar es pensar la propia vida y vivir el propio pensamiento. No, por supuesto, porque haya que contentarse con la introspección o el egocentrismo. Pensar la propia vida es pensarla donde se encuentra: aquí y ahora, desde luego, pero también en la sociedad, en la historia y en el mundo, cuyo centro no es la vida, que es sólo su efecto. Y vivir el propio pensamiento es actuar, tanto como se pueda o se deba, porque, de otro modo, sólo se podría padecer o soñar. Así, la filosofía es una actividad en el pensamiento, que desemboca en una vida más activa, más feliz, más lúcida, más libre, es decir, más sabia.

    La burocracia |Eduardo Galeano|

    Tema: S E N T I R ~ 20/08/2008 20:08 ~ Hay 8 comentarios.

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    Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.
     
    En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería.
     
    Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca.

    · La noche de Cagliostro y otros relatos de terror |José María Latorre| ·

    Tema: t e s o r o s ~ 21/08/2008 20:23 ~ Hay 6 comentarios.

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    Hay dos tipos de cuentos de terror: aquellos que llegar al final supone un agradable alivio después de tanto susto, y aquellos en que el punto final sólo está en el papel, pues la inquietud salta hasta nuestra imaginación para que el cuento continúe con nuevos protagonistas, quizá nosotros mismos. A cuentos del segundo tipo me refiero cuando quiero recomendar fervorosamente el libro de José María Latorre, La noche de Cagliostro y otros relatos de terror (editorial Valdemar, colección El Club Diógenes, nº 239). Copio a continuación el cuento de terror más breve que he leído nunca:

     

    FRENTE A LA TUMBA
     
    El hombre se sentó frente a la tumba y esperó a que ésta se abriera.

    Eröffnungsrede |Quim Monzó| [9. Oktober 2007]

    Tema: P E N S A R ~ 22/08/2008 17:04 ~ Hay 10 comentarios.

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    Senyores i senyors,
     
    Com que de discursos no n’he fet mai (i no sé si en sabria) els explicaré un conte.
     
    El conte va d’un escriptor (un escriptor que sempre parla molt de pressa) a qui, un dia, li proposen de fer el protocol·lari discurs inicial de la Fira del Llibre de Frankfurt.
     
    Això passa l’any que la cultura catalana n’és la convidada. Un any que pot ser, per exemple, el 2007. Abans d’acceptar l’encàrrec, l’escriptor en qüestió -català i, per tant, gat escaldat- dubta. Pensa: “I ara ¿què faig? ¿Accepto la invitació? ¿No l’accepto? ¿La declino amb alguna excusa amable? Si l’accepto, ¿què en pensarà la gent? Si no l’accepto, ¿què en pensarà també la gent?”
     
    No sé com van les coses a d’altres països, però els asseguro que al meu la gent té tendència a pensar moltes coses, i a treure moltes conclusions. Si un dia expliques que, quan vas a cal sastre, l’home, mentre et pren les mides, pregunta: “¿Cap a quina banda carrega vostè?”, i tu contestes que carregues cap a la dreta (o que carregues cap a l’esquerra), la gent treu conclusions. Si vas a la fruiteria i demanes pomes treu conclusions. Si demanes taronges també en treu.
     
    Facis una cosa o facis l’altra -carreguis cap a la dreta o cap a l’esquerra, compris pomes o taronges- la gent té un alt nivell de clarividència. La gent és molt perspicaç i sempre dedueix coses, fins i tot ciutats que no són a cap mapa. Si fas un pas endavant, malament per no haver-te quedat quiet. Si et quedes quiet, malament per no haver avançat.
     
    Però passa que l’escriptor en qüestió creu que no ha de demanar perdó a ningú per sentir-se part de la cultura que aquell any han convidat a Frankfurt; de manera que decideix acceptar. És evident que no l’hi proposaran pas -fer el protocol·lari discurs inicial- l’any que la cultura convidada a la Fira de Frankfurt sigui la turca, la vietnamesa o la n’gndunga. Així, doncs, diu que sí, que el farà, i tot seguit s’asseu a una taula, agafa un bolígraf i una llibreta i comença a rumiar què hi ha de dir.
     
    Una mica, se sent perplex. Al llarg dels temps, la bonança de la història no ha estat al costat de la literatura catalana. Les llengües i les literatures no haurien de rebre mai el càstig de les estratègies geopolítiques, però el reben, i ben fort. Per això el sorprèn que un muntatge com aquest -la Fira de Frankfurt, dedicada a la gran glòria de la indústria editorial- hagi decidit convidar una cultura amb una literatura desestructurada, repartida entre diversos Estats en cap dels quals és llengua realment oficial (encara que n’hi hagi un i mig que ho proclamin sempre i quan aquesta proclamació no molesti els turistes, els esquiadors o els repartidors de butà).
     
    Per això té dubtes a propòsit de la invitació a Frankfurt. ¿De cop i volta el món s’ha tornat magnànim amb ells, quan n’hi ha tants que els volen perpètuament perifèrics? Recorda, a més, que, en un altre muntatge literari -més nòrdic i bastant més pompós-, ara fa poc més d’un segle (el 1904) el jurat del premi Nobel de literatura va premiar Frederic Mistral. Frederic Mistral no era català. Era occità. Però la referència serveix -no sols perquè alguns catalans i alguns occitans se senten a prop- sinó perquè el premi va molestar tant els puristes de la Nació- Estat (“Soyez propre, parlez français!”) que -mai més a la vida- cap literatura sense Estat ha tornat a tenir un premi Nobel.
     
    A més de la sensació de perplexitat, el personatge del nostre conte té una sensació de justícia. Potser “justícia” no és la paraula exacta. Alguna cosa semblant. Tot i que -com s’ha dit- als catalans els avatars polítics ens han anat d’una manera que no convida a gaire alegries, la literatura catalana és, clarament, una de les pedres fundacionals de la cultura europea. Cap literatura sense Estat d’aquesta Europa (que ara diuen que construïm entre tots), no ha estat ni és tan sòlida, tan dúctil i tan continuada.
     
    ¿Ha d’explicar tot això, en el discurs? Potser podria començar dient que la potència inicial que va fer que la literatura catalana tingués lloc preferent a Europa durantl’Edat Mitjana neix de Ramon Llull (Raymundus Lullus, Raimundo Lulio, Raymond Llull, Raymond Lully: com els agradi més). Ramon Llull era filòsof, narrador i poeta. Era mallorquí, d’aquesta Mallorca avui esdevinguda un ‘Bundesland’ geriàtricoturístic alemany. Nascut molt abans que els ‘tour operators’, els avions de baix cost i la ‘balearització’ dictessin les normes de vida d’aquelles costes, centennis abans de l’arribada de Boris Becker i de Claudia Schiffer, en ple segle XIII Ramon Llull va estructurar una llengua travada i rigorosa, la mateixa llengua en la que, de manera vibrant i corrompuda, encara parlem i escrivim ara.
     
    Però l’escriptor té altres dubtes. Ja que ha de parlar a Frankfurt, ¿ho hauria d’amanir amb detalls que poguessin interessar els germanoparlants? Hauria d’esmentar l’Arxiduc Lluís Salvador d’Àustria-Toscana, S’Arxiduc? ¿Hauria d’esmentar el senyor Damm i el senyor Moritz, cervesers de terres germàniques fundadors d’algunes de les marques de cervesa que els catalans encara bevem ara? És evident que, si ho fes, li dirien frívol, i això encara l’impel·leix més a fer-ho. Ja posats, podria esmentar el senyor Otto Zutz, gran oftalmòleg -“diplomat a Espanya i Alemanya”- que ha acabat donant nom a una esplèndida discoteca de Barcelona i que, en vida, graduava la vista de molts barcelonins. D’alguns membres de la família del poeta Carles Riba, per exemple, segons es desprèn del que el seu nét -Pau Riba, també poeta i, a més, cantant- diu al text que acompanya el disc “Dioptria”.
     
    Tampoc no sap si hauria de citar els més grans dels que han configurat el fil literari que ens du fins avui: Bernat Metge, JV Foix, Narcís Oller, Anselm Turmeda, Joan Brossa, Joanot Martorell, Llorenç Villalonga, Jordi de Sant Jordi, Jaume Roig, Josep Carner, Jacint Verdaguer, Isabel de Villena, Josep Maria de Sagarra, Àngel Guimerà, Santiago Rusiñol, Joan Maragall, Eugeni d’Ors, Josep Pla, Joan Sales, Mercè Rodoreda... I ¿ho hauria de fer d’aquesta manera apilonada o els hauria d’esmentar per ordre cronològic?
     
    ¿O potser fóra millor no citar-ne cap?
     
    Citar tots aquests escriptors (la majoria desconeguts pel món literari que es belluga per Frankfurt) ¿no farà que els assistents a la cerimònia d’obertura de la Fira del Llibre s’avorreixin de sentir noms que els sonen poc? ¿No farà que mirin el rellotge i pensin: “Quin rotllo, aquest home!”? Per això, doncs, decideix que no dirà cap nom (tot i que, de fet, ja els hagi dit en el mateix procés de descriure els dubtes sobre si els ha de dir o no). A més, segons ha llegit, a la mateixa Fira del Llibre hi haurà instal·lada una exposició que parlarà d’això. Encara que -siguem sincers- ¿quantes de les persones que assisteixin a aquest acte inaugural visitaran després aquesta exposició amb un interès no merament protocol·lari? Siguem sincers i optimistes: ben poques. Tot i que es tracti d’una Fira del Llibre, i els escriptors més desconeguts haurien de ser els que més excitessin la set de lectura de les persones interessades a descobrir meravelles literàries, i no a seguir, simplement, el tam-tam comercial del que toca en cada moment.
     
    Però, com més hi rumia, menys clar veu com hauria de ser el discurs. Ja que molta gent té del món una idea feta a partir de la geometria actual del poder políticocultural, potser podria explicar que, a Europa -esqueixat ja el llatí en llengües vulgars-, el primer tractat de Dret va ser el català “Consolat de Mar”, pel qual es van regir les relacions marítimes al Mediterrani. Potser podria afegir que alguns dels primers tractats europeus de medicina, dietètica, filosofia, cirurgia o gastronomia eren també escrits en llengua catalana.
     
    Però, ¿tantes dades servirien gaire de res? ¿Què han dit altres escriptors en anteriors discursos inaugurals d’aquesta mateixa Fira? L’escriptor busca aleshores alguns d’aquests discursos inicials i els llegeix. Gairebé sempre, en tots aquests discursos hi ha una gran exaltació de la cultura pròpia, i veu clar que, sempre (en cada cas passa el mateix), a qui no pertany a la cultura exaltada tots aquests discursos li sonen distants, com la remor de l’aigua que va riu avall sense que hi parem atenció.
     
    Són discursos a l’estil d’aquell que, durant la dictadura franquista, va fer a Nova York, a les Nacions Unides, el violoncel·lista Pau Casals. Va ser un discurs que va emocionar els catalans amb la mateixa intensitat que va deixar indiferents la resta d’habitants del planeta: “I am a Catalan. Today, a province of Spain. But what has been Catalonia?...”: “Sóc català. Catalunya avui és una província d’Espanya, però ¿què ha estat Catalunya? Catalunya ha estat la nació més gran del món. Us explicaré per què. Catalunya va tenir el primer Parlament, molt abans que Anglaterra. Catalunya va tenir les primeres Nacions Unides...”
     
    També veu que altres escriptors que han fet discursos inicials de la Fira del Llibre hi intercalen poemes. Potser ell també ho faci. Podria, per exemple, llegir aquell travallengua que, un dia (en una fenomenal paròdia de discurs militar), va recitar el grandíssim Salvador Dalí, com si fos la poesia més excelsa del món:
     
    “Una polla xica, pica, pellarica, camatorta i becarica
    va tenir sis polls xics, pics, pellarics, camatorts i becarics.
    Si la polla no hagués sigut xica, pica, pellarica, camatorta i becarica,
    els sis polls no haguessin sigut xics, pics, pellarics, camatorts i becarics”.
     
    De fet, si el discurs és part d’un ritual i, com en tots els rituals, el que importa realment és la forma, el protocol, l’americana, la corbata (o l’absència de corbata), ¿importa gaire què s’hi diu exactament? ¿En una cerimònia religiosa feta en una llengua morta (una missa en llatí, per exemple), importa gaire que part dels fidels no entenguin el text? Encara més: ¿cal dir res en concret? Els polítics són grans malabaristes, i per això els seus discursos són exemplars: plens de paraulescomodins que, amb gran mestria -per quedar com a gent responsable-, apliquen en el moment just encara que, de fet, siguin fum i prou: lletres que formen síl·labes que formen paraules per cobrir l’expedient.
     
    En un disc, aquest músic fenomenal que és Carles Santos va gravar fa anys una peça esplèndida que consisteix en una barreja de declaració d’amor i discurs de polític. És un text on les vacuïtats i les promeses han estat substituïdes per una repetició constant de la paraula “Sargantaneta”, adobada amb adjectius exaltats. (“Sargantaneta” -“Sagrantaneta”- és el nom de la seva barca de pesca.) ¿No seria, doncs, un text ple de paraules-comodins, de “sagrantanetes”, el discurs ideal per un acte com el de la inauguració de la Fira del Llibre? Un text tan abstracte i tan buit que, sense canviar cap frase, es pogués utilitzar també per qualsevol altra mena d’acte: literari, esportiu, cinegètic o filatèlic. Que tant servís per presentar un nou llibre de poesia lírica com per inaugurar una línia ferroviària. Un discurs tan ambigu que fos tot ritme -ritme, ritme!-, però que en el fons no digués res: absolutament res.
     
    Tot això és el que l’escriptor que sempre parla molt de pressa (i a qui un dia li proposen de fer el protocol·lari discurs inicial de la Fira del Llibre de Frankfurt) dubta si ha de dir o no. Dubta també si -si ho diu- els que l’escolten hi pararan gaire atenció. Dubta també si -si hi paren atenció- entendran gaire què vol dir. Pensa també que, de fet, podria dir qualsevol altra cosa sense que en el fons canviés gaire res si, en tota la resta de detalls, compleix el cerimonial. Una de les particularitats més importants del qual cerimonial és, per cert, el temps. I això sí que ho té clar: quan arribi el moment d’acabar -el màxim de minuts estipulats són quinze- mirarà el rellotge [mira el rellotge] i dirà:
     
    -Res més. Moltes gràcies. Bona tarda.
    .............


     
    Señoras y señores:
     
    Como nunca he pronunciado ningún discurso (y no sé si se me daría bien) les voy a contar un cuento.
     
    El cuento trata de un escritor (un escritor que siempre habla muy aprisa) que, un buen día, recibe la propuesta de pronunciar el protocolario discurso inicial de la Feria del Libro de Francfort.
     
    Ello sucede el año en que la cultura catalana es la invitada de honor. Pongamos que es en 2007. Antes de aceptar el encargo, el escritor en cuestión -catalán y, por lo tanto, gato escaldado- duda. Piensa: “Y ahora ¿qué hago? ¿Acepto la invitación? ¿No la acepto? ¿La declino con alguna excusa amable? Si la acepto, ¿qué pensará la gente? Si no la acepto, ¿qué pensará a su vez esa misma gente?”
     
    No sé como funcionan las cosas en otros países, pero les aseguro que en el mío la gente tiene tendencia a pensar muchas cosas, y a sacar muchas conclusiones. Si un día cuentas que, en la sastrería, mientras toma tus medidas el sastre te pregunta “¿Hacia qué lado carga usted?”, y tú contestas que hacia la derecha (o hacia la izquierda), la gente saca conclusiones. Si vas a la frutería y pides manzanas saca conclusiones. Y si pides naranjas, lo mismo.
     
    Hagas lo que hagas -cargues hacia la derecha o hacia la izquierda, compres manzanas o naranjas- la gente tiene un alto nivel de clarividencia. La gente es muy perspicaz y siempre deduce cosas, incluso ciudades que no aparecen en ningún mapa. Si das un paso hacia delante, ¿por qué no te quedaste quieto? Si te quedas quieto, ¿por qué no avanzaste?
     
    Pero sucede que el escritor en cuestión cree que no tiene que pedir perdón a nadie por sentirse parte de la cultura que ese año han invitado a Francfort; así que decide aceptar. Es evidente que no le van a proponer pronunciar el protocolario discurso inicial el año en el que la cultura invitada a la Feria de Francfort sea la turca, la vietnamita o la n’gndunga. Así pues, dice que sí, que lo va a hacer, y a continuación se sienta en una mesa, coge un bolígrafo y una libreta y empieza a calibrar qué es lo que va a decir.
     
    Se siente un poco perplejo. A lo largo de los tiempos, la bonanza nunca ha estado junto a la literatura catalana. Las lenguas y las literaturas no tendrían que recibir nunca el castigo de las estrategias geopolíticas, pero lo reciben, y mucho. Por esto le sorprende que un montaje como éste -la Feria de Francfort, dedicada a la gran gloria de la industria editorial- haya decidido invitar a una cultura con una literatura desestructurada, repartida entre diversos Estados en ninguno de los cuales es lengua verdaderamente oficial (a pesar de que haya Estado y medio que así lo proclamen, siempre que esa proclamación no moleste a los turistas, los esquiadores o los repartidores de butano).
     
    Por eso tiene dudas sobre la invitación a Francfort. ¿De golpe y porrazo el mundo se ha vuelto magnánimo con ellos, si tantos hay que los quieren perpetuamente periféricos? Recuerda, además, que en otro montaje literario -más nórdico y bastante más pomposo-, hace poco más de un siglo (en 1904), el jurado del Nobel de literatura premió a Frederic Mistral. Frederic Mistral no era catalán. Era occitano. La referencia sirve -no sólo porque algunos catalanes y occitanos se sienten próximos- sino porque el premio molestó tanto a los puristas de la Nación-Estado (“Soyez propre, parlez français!”) que nunca jamás otra literatura sin Estado ha vuelto a recibir un premio Nobel.
     
    Además de la sensación de perplejidad, el personaje de nuestro cuento tiene una sensación de justicia. Quizá “justicia” no sea la palabra exacta. Algo parecido, pues. A pesar de que -como ya se ha dicho- los avatares políticos nos han ido de forma que no invita a demasiadas alegrías, la literatura catalana es, claramente, una de las piedras fundacionales de la cultura europea. Ninguna literatura sin Estado de esta Europa (que ahora dicen que construimos entre todos) ha sido y es tan sólida, tan dúctil y tan continuada.
     
    ¿Tiene que mencionar todo esto en el discurso? Quizá podría empezar diciendo que la potencia inicial que hizo que la literatura catalana ocupara un lugar preferente en Europa durante la Edad Media nace con Ramon Llull (Raymundus Lullus, Raimundo Lulio, Raymond Llull, Raymond Lully: como prefieran ustedes). Ramon Llull era filósofo, narrador y poeta. Era mallorquín, de esa Mallorca convertida hoy en día en un ‘Bundesland’ geriatrico-turísto alemán. Nacido mucho antes que los ‘tour operators’, los vuelos de bajo coste y la ‘balearización’ dictaran las normas de vida en esas costas, cientos de años antes de la llegada de Boris Becker y de Claudia Schiffer, en pleno siglo XIII Ramon Llull estructuró una lengua coherente y rigurosa, la misma lengua en la que, de manera vibrante y corrompida, hablamos y escribimos todavía en la actualidad.
     
    Pero al escritor le asaltan otras dudas. Puesto que va a hablar en Francfort, ¿tendría que ilustrar su discurso con detalles que pudieran ser del interés de los germanohablantes? ¿Tendría que mencionar al Archiduque Luis Salvador de Austria-Toscana, ‘S’Arxiduc’? ¿Tendría que mencionar al señor Damm y al señor Moritz, cerveceros de tierras germánicas y fundadores de algunas de las marcas de cerveza que los catalanes aún tomamos hoy en día? Si así lo hiciera seguro que le llamarían frívolo, y eso aún le empuja más a hacerlo. Ya puestos, podría mencionar al señor Otto Zutz, gran oftalmólogo -“diplomado en España y Alemania”- que ha terminado por dar nombre a una espléndida discoteca de Barcelona y que, en vida, graduaba la vista de muchos barceloneses. De algunos miembros de la familia del poeta Carles Riba, por ejemplo, según explica su nieto -Pau Riba, también poeta, además de cantante- en el texto que acompaña a su disco “Dioptria”.
     
    Tampoco sabe si debería citar los nombres de los más grandes que han configurado el hilo literario que llega hasta hoy: Bernat Metge, J.V. Foix, Narcís Oller, Anselm Turmeda, Joan Brossa, Joanot Martorell, Llorenç Villalonga, Jordi de Sant Jordi, Jaume Roig, Josep Carner, Jacint Verdaguer, Isabel de Villena, Josep Maria de Sagarra, Àngel Guimerà, Santiago Rusiñol, Joan Maragall, Eugeni D’Ors, Josep Pla, Joan Sales, Mercè Rodoreda... Y ¿tendría que hacerlo de forma amontonada o los tendría que mencionar por orden cronológico?
     
    ¿O quizá sería preferible no citar a ninguno?
     
    Citar todos estos escritores (la mayoría de ellos desconocidos por el mundo literario que revolotea por Francfort) ¿no hará que los asistentes a la ceremonia de apertura de la Feria del Libro se aburran al escuchar nombres que les suenan más bien poco? ¿No les incitará a mirar el reloj mientras piensan: “¡Qué rollo, este hombre!”? Por eso decide que no va a nombrar a ninguno (aunque, de hecho, ya los haya nombrado durante el mismo proceso de dudar si los tiene que nombrar o no). Además, por lo que ha leído, en la Feria del Libro habrá una exposición que hablará de ello. Aunque -seamos sinceros- ¿cuántos de los asistentes a este acto inaugural van a visitar después esa exposición con un interés no meramente protocolario? Seamos sinceros y optimistas: muy pocos. A pesar de que se trate de una Feria del Libro y los escritores más desconocidos sean precisamente los que tendrían que excitar las ganas de leer de los interesados en descubrir maravillas literarias y no en dejarse llevar simplemente por el tam-tam comercial de lo que toca en cada momento.
     
    Pero, cuanto más piensa en ello, menos se imagina como tendría que ser su discurso. Teniendo en cuenta que mucha gente tiene del mundo una idea preconcebida, a partir de la geometría actual del poder político-cultural, quizá podría contar que, en Europa -desgarrado ya el latín en lenguas vulgares-, el primer tratado de Derecho fue el catalán “Consolat de Mar”, por el cual se rigieron las relaciones marítimas en el Mediterráneo. Quizá podría añadir que algunos de los primeros tratados europeos sobre medicina, dietética, filosofía, cirugía o gastronomía se escribieron también en lengua catalana.
     
    Pero, ¿servirían de algo tantos datos? ¿Qué es lo que otros escritores han dicho en anteriores discursos inaugurales de esta misma Feria? El escritor busca entonces algunos de esos discursos iniciales y los lee. Casi siempre, en esos discursos, se da una gran exaltación de la cultura propia, y ve que siempre (en cada caso es lo mismo) a quien no pertenece a la cultura exaltada los discursos le suenan vacíos, como el murmullo del agua que corre río abajo sin que nos percatemos.
     
    Son discursos al estilo del que, durante la dictadura franquista, pronunció en Nueva York, en la sede de las Naciones Unidas, el violonchelista Pau Casals. Fue un discurso que emocionó a los catalanes con la misma intensidad con la que dejó indiferentes al resto de los habitantes del planeta: “I am a Catalan. Today, a province of Spain. But what has been Catalonia...?”: “Soy catalán. Cataluña es hoy en día una provincia de España, pero ¿qué fue Cataluña? Cataluña fue la nación más grande del mundo. Les diré por qué. Cataluña tuvo el primer Parlamento, mucho antes que Inglaterra. Cataluña tuvo las primeras Naciones Unidas...”
     
    También ve que otros escritores que han pronunciado discursos iniciales en la Feria del Libro han intercalado poemas. Quizá también él lo haga. Podría, por ejemplo, leer el trabalenguas que un día (en una fenomenal parodia de discurso militar) recitó el grandísimo Salvador Dalí, como si se tratara de la poesía más excelsa del mundo:
     
    Era una gallina pinta, pipiripinta, gorda, pipirigorda, pipiripintiva y sorda
    que tenía tres pollitos pintos, pipiripintos, gordos, pipirigordos, pipiripintivos y sordos.
    Si la gallina no hubiera sido pinta, pipiripinta, gorda, pipirigorda, pipiripintiva y sorda,
    los pollitos no hubieran sido pintos, pipiripintos, gordos, pipirigordos, pipiripintivos y sordos.

     
    De hecho, si el discurso es parte de un ritual y, como en todos los rituales, lo que realmente importa es la forma, el protocolo, la americana, la corbata (o la ausencia de corbata), ¿importa mucho lo que uno dice exactamente? ¿En una ceremonia religiosa en una lengua muerta (una misa en latín, por ejemplo), es importante que los fieles no entiendan el texto? Aún más: ¿hace falta decir algo en concreto? Los políticos son hábiles malabaristas, y por eso sus discursos resultan ejemplares: repletos de palabras-comodines que, con gran maestría -para parecer gente responsable-, aplican en el momento justo aunque, de hecho, se las acabe llevando el viento: letras que forman sílabas que forman palabras para cubrir el expediente.
     
    En un disco, ese músico fenomenal que es Carles Santos grabó hace años una pieza espléndida que consiste en una mezcla de declaración de amor y discurso de político. Se trata de un texto donde las vacuidades y las promesas se sustituyen por una repetición constante de la palabra “Sargantaneta”, aliñada con adjetivos exaltados. (“Sargantaneta” -lagartijita- es el nombre de su barca de pesca). Entonces, ¿no sería un texto lleno de palabras-comodines, de ‘lagartijitas’, el discurso ideal para un acto como el de la inauguración de la Feria del Libro? Un texto tan abstracto y tan vacío que, sin cambiar ni una frase, pudiera utilizarse también en cualquier otro tipo de acto: literario, deportivo, cinegético o filatélico. Que tanto sirviera para presentar un libro de poesía lírica como para inaugurar una línea ferroviaria. Un discurso tan ambiguo que fuera todo ritmo -¡ritmo, ritmo!- pero que en el fondo no tuviese sentido alguno.
     
    Todo esto es lo que el escritor que siempre habla muy aprisa (y que, un buen día, recibe la propuesta de pronunciar el protocolario discurso inicial de la Feria del Libro de Francfort) duda si tiene o no que decir. Duda a su vez si -si lo dice- le van a escuchar con atención. En caso de que fuera así, duda también si van a entender qué quiere explicar exactamente. También piensa que, de hecho, podría decir cualquier otra cosa (sin que en el fondo cambiase nada) si, en el resto de detalles, cumpliera a rajatabla con el ceremonial. Una de cuyas particularidades importantes es, por cierto, el tiempo. Y eso sí que lo tiene claro: cuando llegue el momento de acabar -el máximo de minutos estipulados son quince- mirará su reloj [mira su reloj] y dirá:
     
    -Nada más. Muchas gracias. Buenas tardes.
    .............

    La Serenata |José Manuel Marroquín|

    Tema: S E N T I R ~ 22/08/2008 17:35 ~ Hay 7 comentarios.

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    Ahora que los ladros perran,
    ahora que los cantos gallan,
    ahora que albando la toca
    las altas suenas campanan;
    y que los rebuznos burran,
    y que los gorjeos pájaran
    y que los silbos serenan
    y que los gruños marranan
    y que la aurorada rosa
    los extensos doros campa,
    perlando líquidas viertas
    cual yo lágrimo derramas
    y friando de tirito
    si bien el abrasa almada,
    vengo a suspirar mis lanzos
    ventano de tus debajas.
    Tú en tanto duerma tranquiles
    en tu rega camalada
    ingratándote así burla
    de las amas del que te ansia
    ¡Oh, ventánate a tu asoma!
    ¡Persiane un poco la abra
    y suspire los recibos
    que esta pobra exhale alma!
    Ven, endecha las escuchas
    en que mi exhala se alma
    que un milicio de musicas
    me flauta con su compaña,
    en tinieblo de las medias
    de esta madruga oscurada.
    Ven y haz miradar tus brillas
    a fin de angustiar mis calmas.
    Esas tus arcas son cejos
    con que flechando disparas.
    Cupido peche mi hiero
    y ante tus postras me planta.
    Tus estrellos son dos ojas,
    tus rosos son como labias,
    tus perles son como dientas,
    tu palme como una talla,
    tu cisne como el de un cuello,
    un garganto tu alabastra,
    tus tornos hechos a brazo,
    tu reinar como el de un anda.
    Y por eso horo a estas vengas
    a rejar junto a tus cantas
    ¡y a suspirar mis exhalos
    ventano de tus debajas!

    EL ERMITAÑO Y LAS BESTIAS |Gibrán Jalil Gibrán|

    Tema: S E N T I R ~ 24/08/2008 11:25 ~ Hay 8 comentarios.

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    En cierta ocasión vivía un ermitaño en las verdes colinas. Era puro de espíritu y tierno de corazón. Y todos los animales de la tierra y las aves del cielo se acercaban a él por parejas; y él les hablaba. Ellos le escuchaban alegres a su alrededor, y no se marchaban hasta la noche, cuando el ermitaño les despedía confiándolos al viento y al bosque con su bendición.
     
    Cierta tarde, en que el ermitaño hablaba del amor, un leopardo alzó la cabeza y le dijo: «Nos hablas del amor. Dinos entonces dónde está tu compañera.»
     
    Y el ermitaño contestó: «No tengo compañera.»
     
    Entonces un clamor de sorpresa se elevó del coro de bestias y aves que empezaron a decirse: «¿Cómo puede hablarnos del amor y del compañerismo si no sabe nada de ello?» Y lentamente, con actitud despectiva, le abandonaron.
     
    Esa noche el ermitaño se tendió sobre su estera, con el rostro contra la tierra, y lloró amargamente, y se golpeó el pecho con los puños.

    Carta a Kügelmann |Karl Marx| [fragmento]

    Tema: P E N S A R ~ 25/08/2008 20:54 ~ Hay 3 comentarios.

    20080815204346-carta-a-kugelmann.jpg

    Hasta hoy pensaba que la formación de los mitos cristianos durante el imperio romano sólo fue posible porque la imprenta no se había inventado aún. Hoy, la prensa diaria y el telégrafo, que difunden sus inventos por todo el universo en un abrir y cerrar de ojos, fabrican en un solo día más mitos que los que antes se creaban en un siglo.

    Canto a mí mismo (sección 11) |Walt Whitman| [traducido por J.L. Borges]

    Tema: S E N T I R ~ 26/08/2008 20:58 ~ Hay 3 comentarios.

    20080815124631-canto-a-mi-mismo.jpg
    Veintiocho muchachos bañándose en la orilla,
    Veintiocho muchachos tan llenos de vida,
    Veintiocho años de vida de mujer y tan solitarios.
     
    Es dueña de la linda casa de la barranca,
    Se oculta hermosa y bien vestida tras el postigo de la ventana.
    ¿Cuál de los muchachos le gusta más?
     
    ¡El menos agraciado es para ella hermoso!
    ¿Adónde va usted, señora? Porque la he visto,
    Juega usted con el agua y, sin embargo, permanece en la casa.
     
    Bailando y riendo viene una mujer por la orilla,
    Los hombres no la ven, pero los ve y los ama.
     
    El agua brilla en la barba de los muchachos,
    Se escurre por sus largos cabellos,
    Leves arroyos corren por sus cuerpos.
     
    Una invisible mano también acaricia sus carnes,
    Desciende trémula por las sienes y por los pechos.
     
    Los muchachos nadan de espaldas, sus blancos vientres se curvan al sol,
             no se preguntan quién se une a ellos.
    No saben quién jadea y se hunde con la espalda curvada,
    No saben a quién están salpicando con la espuma del agua.

    La grúa |Enrique Tierno Galván| [extracto del bando madrileño de noviembre de 1982]

    Tema: P E N S A R ~ 27/08/2008 20:54 ~ Hay 4 comentarios.

    20080815123429-la-grua.jpg

    (...) Viene muy a propósito cuanto antecede si consideramos el descuido, si no malicia, con que muchos vecinos dejan coches y carricoches en el lugar que mejor les peta, sin mirar si es recodo, rincón, esquina o entrada de zaguán con razón prohibidos por el Concejo para proveer con más acierto el apacible transcurrir de los viandantes y a la mayor holgura para la colocación y permanencia de los carruajes. Adviértase también por el presente bando que algunas de las calles y plazas de la parte más antigua de Madrid, que llaman de los Austrias, se están convirtiendo en plazas y calles de sólo andar, que en tiempos de incuria y atrevimiento dieron en llamar peatonales, para que, sin perjuicio de hacer más fácil el tránsito de quienes por ellos discurren, los vecinos huelguen y en honesta ociosidad disfruten de tertulias, corros y mentideros a los que tan aficionados son los moradores de esta Villa.

    LA MADRE |Italo Svevo|

    Tema: S E N T I R ~ 29/08/2008 01:06 ~ Hay 13 comentarios.

    20080829010953-la-madre.jpg

    En un valle cerrado por colinas boscosas, que convergían con los colores de la primavera, se alzaban, una junto a otra, dos grandes casas sin adornos: piedra y cal. Parecían hechas por la misma mano y también los jardines, cerrados por setos y situados delante de cada una de ellas, eran de las mismas dimensiones y forma, pero quienes vivían en ellas no tenían el mismo destino.
     
    En uno de los jardines, mientras el perro dormía encadenado y el campesino se afanaba en torno al huerto, algunos polluelos, apartados en un rincón, hablaban de sus grandes experiencias. Había otros mayores en el jardín, pero los pequeñines, cuyo cuerpo conservaba aún la forma del huevo del que habían salido, gustaban de examinar entre sí la vida en la que habían caído, porque aún no estaban tan habituados a ella como para no verla. Y habían sufrido y gozado, porque la vida de pocos días es más larga de lo que puede parecer a quien la ha padecido durante años, y sabían mucho, en vista de que una parte de la gran experiencia la habían traído consigo del huevo. En efecto, nada más llegar a la luz, habían sabido que habían de examinar bien las cosas -primero con un ojo y después con el otro- para ver si se debían comer o no.
     
    Y hablaron del mundo y de su vastedad, con aquellos árboles y aquellos setos que lo cerraban y aquella casa tan vasta y tan alta, cosas, todas ellas, que ya se veían, pero mejor aún comentándolas.
     
    Pero uno de ellos, de pelusa amarilla, saciado -y, por tanto, desocupado- no se contentó con hablar de las cosas que se veían, sino que la tibieza del sol le trajo un recuerdo, que se apresuró a expresar: «Desde luego, estamos bien, porque hay sol, pero he sabido que en este mundo se puede estar aún mejor, cosa que me desagrada mucho, y os lo digo para que os desagrade también a vosotros. La hija del campesino dijo que somos desdichados porque nos falta la madre. Lo dijo con un tono de tan intensa compasión, que no pude por menos de echarme a llorar».
     
    Otro, más blanco y unas horas más joven que el primero, por lo que recordaba aún con gratitud la dulce atmósfera de la que había nacido, protestó: «Nosotros hemos tenido una madre. Es ese armarito siempre caliente, incluso cuando hace el frío más intenso, del que salen los polluelos bonitos y hechos».
     
    El amarillo, que desde hacía tiempo llevaba grabadas en el ánimo las palabras de la campesina, por lo que había tenido tiempo de hincharlas soñando con aquella madre hasta imaginársela tan grande como todo el jardín y buena como el pienso, exclamó, con un desprecio destinado tanto a su interlocutor como a la madre a la que éste se refería: «Si se tratara de una madre muerta, todos la tendrían, pero la madre está viva y corre mucho más que nosotros. Tal vez tenga ruedas como el carro del campesino. Por eso, puede venir junto a ti sin que necesites llamarla, para calentarte, cuando estás a punto de morir con el frío de este mundo. Qué hermoso debe de ser tener al lado, de noche, una madre semejante».
     
    Intervino un tercer polluelo, hermano de los otros, porque había salido de la misma incubadora, si bien ésta lo había forjado un poco diferente: con pico más largo y patitas más cortas. Lo llamaban el polluelo maleducado, porque, cuando comía, se oía golpear su piquito, cuando, en realidad era un anadón, al que en su pueblo habrían considerado de lo más cumplido. También delante de él había hablado la campesina de la madre. Había ocurrido en aquella ocasión en que había muerto un polluelo que se había desplomado en la hierba, exhausto de frío y rodeado de los demás polluelos, que no lo habían socorrido, porque no sentían el frío que afecta a los otros, y el anadón, con la expresión ingenua de su carita invadida por la amplia base de su piquito, afirmó incluso que, cuando estaba la madre, los polluelos no podían morir.
     
    El deseo de la madre no tardó en infectar a todo el gallinero y se volvió más vivo, más inquietante, en la mente de los polluelos mayores. Muchas veces las enfermedades infantiles atacan a los adultos y les resultan más peligrosas y a veces también las ideas. La imagen de la madre, tal como se había formado en aquellas cabecitas calentadas por la primavera, se desarrolló desmesuradamente y todo el bien se llamó «madre», el buen tiempo y la abundancia, y, cuando sufrían, polluelos, anadones y pavitos pasaban a ser auténticos hermanos, porque suspiraban por la misma madre.
     
    Uno de los de más edad juró un día que encontraría a la madre, porque no quería seguir privado de ella. Era el único del gallinero que estaba bautizado y se llamaba Curra, porque, cuando la campesina con el pienso en el delantal, llamaba: «curra, curra», él era el primero en llegar corriendo. Era ya vigoroso, un gallito en cuyo generoso ánimo alboreaba la combatividad. Fino y largo como una cuchilla, exigía la madre ante todo para que lo admirara: la madre de la que se decía que sabía procurar toda clase de dulzura y, por tanto, también la satisfacción de las ambiciones y la vanidad.
     
    Un día, Curra, muy decidido, se escabulló fuera del tupido seto que circundaba el jardín nativo. Fuera, se detuvo de pronto, aturdido. ¿Dónde encontrar a la madre en la inmensidad de aquel valle sobre el que se cernía un cielo aún más extenso? A él, tan pequeño, no le era posible rebuscar en aquella inmensidad. Por eso, no se alejó demasiado del jardín nativo, el mundo que conocía, y recorrió, pensativo, su contorno. Casi fue a encontrarse delante del seto del otro jardín.
     
    “Si la madre estuviera ahí dentro”, pensó, “la encontraría en seguida”. Tras substraerse al azoramiento inspirado por el espacio infinito, no tuvo más vacilaciones. De un salto atravesó también aquel seto y se encontró en un jardín similar a aquel del que procedía.
     
    También allí había un enjambre de polluelos jovencísimos que se debatían en la espesa hierba, pero había también un animal que faltaba en el otro jardín. Un polluelo enorme, tal vez diez veces mayor que Curra, descollaba en medio de los animalillos cubiertos con su pelusa, que consideraban -se veía al instante- al grande y poderoso animal su jefe y protector y éste se ocupaba de todos ellos. Lanzaba advertencias a quien se alejaba demasiado, con sonidos muy semejantes a los que la campesina del otro jardín usaba para llamar a sus polluelos, pero también hacía algo más. A cada momento, se agachaba sobre los más débiles y los cubría con todo su cuerpo, para comunicarles su propio calor, desde luego.
     
    “Ésa es la madre”, pensó Curra con alegría. “La he encontrado y ahora ya no me separo más de ella y, además, me resultará fácil ser obediente, porque ya la amo. ¡Qué bella y majestuosa es! Yo ya la amo y quiero someterme a ella. La ayudaré también a proteger a todos estos insensatos”.
     
    Sin mirarlo, la madre llamó. Curra se acercó creyendo que lo llamaba precisamente a él. La vio ocupada removiendo la tierra con golpes rápidos de sus poderosas garras y se quedó contemplando, curioso, aquella labor que presenciaba por primera vez. Cuando se detuvo, un pequeño gusanillo se retorcía delante de ella en el terreno desprovisto de hierba. Ahora cloqueaba, mientras los polluelos en derredor no comprendían y la miraban arrobados.
     
    “¡Qué tontos!”, pensó Curra. “Ni siquiera entienden que quiere que se coman el gusanillo”. E, impulsado también por su entusiasmo con la obediencia, se precipitó, rápido, sobre la presa y se la tragó.
     
    Y entonces -¡pobre Curra!- la madre se lanzó sobre él furiosa. No entendió en seguida, porque creyó que ella, como acababa de descubrirlo, quería acariciarlo con gran vehemencia. Habría aceptado agradecido todas las caricias de las que no sabía nada y que, por tanto, podían -lo reconocía- hacer daño, pero los golpes del duro pico, que llovieron sobre él, no eran, desde luego, besos y le disiparon todas las dudas. Quiso huir, pero la gran ave lo golpeó y, tras tumbarlo, le saltó encima y le hincó las garras en el vientre.
     
    Con un esfuerzo descomunal, Curra se levantó y corrió hasta el seto. En su loca carrera, derribó a otros polluelos, que se quedaron ahí, con las patitas al aire y piando desesperados. Por eso, pudo salvarse, porque su enemiga se quedó un instante junto a los caídos. Al llegar al seto, Curra, de un salto, pese a las muchas ramas, sacó su pequeño y ágil cuerpo al aire libre.
     
    En cambio, la madre quedó detenida por una tupida maraña de frondas y ahí se quedó, majestuosa, mirando como desde una ventana al intruso que, exhausto, se había detenido también. Lo miraba con terribles ojos redondos, rojos de ira. «¿Quién eres tú, que te has apropiado la comida que con tanto esfuerzo había yo extraído del suelo?»
     
    «Soy Curra», dijo, humilde, el polluelo, «pero, ¿quién eres tú y por qué me has hecho tanto daño?»
     
    A las dos preguntas ella dio una sola respuesta: «Yo soy la madre», y le volvió, desdeñosa, la espalda.
     
    Algún tiempo después, Curra, que ya era un magnífico gallo de raza, se encontraba en un gallinero muy diferente y un día oyó hablar a todos sus nuevos compañeros con afecto y añoranza de su madre.
     
    Asombrado ante su atroz destino, dijo con tristeza: «En cambio, mi madre fue un animalazo horrendo y habría sido mejor para mí no haberla conocido nunca».

    Il est dans tout autre art des dégrés différents,... |Boileau|

    Tema: S E N T I R ~ 31/08/2008 18:28 ~ Hay 2 comentarios.

    20080831183559-il-est-dans-tout-autre-art-des-degres-differents.jpg
    Il est dans tout autre art des dégrés différents,
    On peut avec honneur remplir les seconds rangs,
    Mais dans l’art dangereux de rimer et d’écrire
    Il n’est pont de dégré du médiocre au pire.
     
    En cualquier otro arte se hallan grados diversos,
    y los segundos puestos tienen su propio honor,
    pero en el arriesgado arte de rimar versos
    apenas hay distancia del mediocre al peor.

    ...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.

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