

Es ver lo que es tal como es, más que como uno querría que fuera. Por eso la lucidez se parece mucho al pesimismo: no porque las cosas vayan siempre de mal en peor (¿por qué habría de ser así?), sino porque no es usual que sucedan como querríamos, ni habitual que queramos que sucedan como efectivamente suceden. Así, la lucidez señala ante todo la distancia entre el orden del mundo y el de nuestros deseos, negándose a rechazar -porque entonces ya no habría distancia- tanto a uno como a otro. Es el amor de la verdad, cuando ésta no resulta amable.
Esto es válido también para uno mismo. Pues, en definitiva, conocerse tal como uno es, casi siempre es decepcionante. La lucidez bien entendida comienza por uno mismo: ése es el secreto de la humildad.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.