

Érase una vez un tiempo en el que consideraba oro todo lo que tocaba Mark Knopfler. Adoraba sus dIRE sTRAITS y todas las colaboraciones que tuviese a bien perpetrar, que eran muchas por aquellos entonces: bandas sonoras de películas e instrumentista de lujo en otros discos. Entre las primeras supe de La princesa prometida y me la grabé en cassette (¡qué rústico suena hoy en día!), en la misma cinta de Local Hero. Entonces, cuando más tarde la pude ver por televisión, estaba más pendiente de la música que de las imágenes. Sin embargo, esa atención auditiva no fue mucho más allá de los primeros acordes, pues me descubrí absorto en las imágenes y la historia que contaban. Me gustó tanto la película que, cuando supe que estaba basada en un libro de William Goldman, apunté en alguna de las neuronas del fondo, las que reservo para la memoria a largo plazo, el leerme el libro. Pues bien, esta crítica es precisamente para hablar del libro (aunque hable de tantas otras cosas, más que nada para despistar o situaros). En tres días lo he leído y ¡no me ha gustado! ¡Horror!, es la primera vez que me pasa. Otras experiencias previas de película y libro me aportaban el doble de satisfacción, pues nunca las películas son tan fieles al libro como para que el libro no permita vivir de nuevo la historia. Recuerdo ahora un par de casos de doble disfrute: Chocolat de Joanne Harris y El nombre de la Rosa de Umberto Eco. Sin embargo, leer La princesa prometida es descubrir cómo el bello ideal del amor verdadero es algo ridículo. Y eso es triste.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.