

Detrás de muchas variaciones y diferencias regionales de estilo y de gestión, la lógica de casi todas las organizaciones empresariales puede sintetizarse en una ecuación sencilla y árida:
INSUMOS (materias primas + mano de obra + maquinaria) = RENDIMIENTOS (producto + beneficio)
Toda organización tratará de reunir materias primas, mano de obra y maquinaria al menor precio posible, con el fin de combinar todos esos elementos en la elaboración de un producto que pueda venderse al mayor precio posible. Desde una perspectiva económica, no existen diferencias entre los tres elementos de la parte de la ecuación correspondiente a los insumos. Todos son mercancías que la organización racional intentará explotar a poco coste y manejar eficientemente en busca de beneficios.
No obstante, resulta turbador que entre la «mano de obra» y el resto de los elementos exista una diferencia que la economía convencional carece de medios para representar o calibrar, aunque es algo inevitable en el mundo: la mano de obra siente dolor.
Cuando las cadenas de montaje se hacen prohibitivas pueden ser desconectadas y no gritan por la aparente injusticia de su destino. Una empresa puede dejar de utilizar carbón para emplear gas natural sin que la energía rechazada se arroje por un precipicio. En cambio, la mano de obra tiene la costumbre de enfrentarse emocionalmente a los intentos de reducir su precio o su presencia. Solloza en los cubículos de los retretes, bebe para calmar su miedo a no estar a la altura de las circunstancias y puede preferir la muerte al despido.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.