

Aún no he perdido el afán aventurero que guiaba mis pasos de infancia por los rincones de la casa de mis abuelos en el pueblo. Cuando voy de vacaciones me gusta escabullirme hasta el desván, sin que nadie lo sepa para que nadie me encuentre, y allí pasar largas horas curioseando entre la ingente cantidad de cosas viejas que el tiempo ha ido desprendiendo de la vida de mis abuelos y depositando en el olvido. Para mí es un misterio toparme con una radio vieja quemada en una tormenta traicionera, o con un molinillo de café manual que recuerdo haber usado, o una bicicleta de piñón fijo, o un hervidor de leche atacado por el óxido. Recuerdo que en una de mis incursiones descubrí un viejo objeto nuevo: viejo por los años que tenía y nuevo porque no lo había visto nunca antes. Era una lámpara de aceite propicia para vivienda de genios encantados y, dado que en el desván poco me importa mi edad, comencé a frotarla suavemente con la ilusión de ver aparecer el genio que, como es lógico, me concedería tres deseos. Cual no sería mi sorpresa cuando, tras las primeras pasadas de mi manga, apareció un vapor azulado por la boquilla acompañado de un suave siseo. El vapor se convirtió en nube, y la nube se comenzó a diluir hasta dejar ver el torso de un genio que me miraba con autoridad:
-Humano, me has liberado de mi prisión y, en agradecimiento, te concederé tres deseos. Pero piénsalo bien, sólo tendrás una oportunidad.
Es comprensible que en esos momentos me encontrase bastante azorado ante la aparición, por lo que es de agradecer que tuviese la paciencia de esperarse a que yo recobrase un poco la compostura. Al cabo de un rato, después de meditar bien mis deseos, le dije:
-Pues quiero salud, dinero y amor.
El genio entonces negó con la cabeza y me dijo:
-No seré yo quién te otorgue esos tres deseos. Tu propio destino será el que se encargue de ello.
Y se esfumó.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.