

Nunca he sido amigo de las lecturas sociopolíticas, la semiótica o los análisis antropológicos de las películas, los tebeos y los libros. Me permito aconsejarles a ustedes que desconfíen de esos teóricos exaltados que se marcan veinticinco folios sobre “la violencia como alegoría contemporánea en las películas de Tarantino” o “el papel de la mujer en los cómics de superhéroes”, como si sólo ellos lo hubiesen comprendido todo y los demás fuésemos lelos. Créanme: las películas, los tebeos y los libros están hechos (los hacemos) para rellenar el tiempo de ocio, para llevar a algún sitio o hablar de algo con un ligue y, a veces, para pensar un poco sobre las cosas de la vida. No hace falta comprenderlas. Ahora bien, me voy a contradecir por una vez, y espero que me disculpen. En el caso de los zombis resulta inevitable leerlos a veces como una metáfora divertida (el humor en este género es tan importante como el miedo) de algo. En El amanecer de los muertos vivientes (Dawn of the Living Dead, 1978), los nomuertos se han adueñado del planeta obligando a un grupo de seres humanos a refugiarse en una gran superficie comercial, donde encuentran todo lo que les falta para sobrevivir (comida, ropa, popy cards...). Los zombis les rodean y por fin consiguen entrar, pero una vez dentro se limitan a deambular frente a los escaparates de las tiendas y a subir y bajar por las escaleras mecánicas. En ese momento el protagonista dice: “Es posible que cuando estaban vivos, venir al centro comercial fuera su única diversión. Ahora que están muertos, siguen viniendo aunque no saben por qué.” ¿Brillante, verdad? ¿Qué tipo de vida es la que consiste en trabajar durante toda la semana para pagar el alquiler, la comunión de la niña y las letras del coche, ver la televisión, pasar los sábados por la tarde en el Carrefour y luego jubilarse con una pensión de pena? ¿No es ésa una forma de muerte en vida? Sí, lo es. Entonces, ¿no somos todos, acaso, un poco zombis?
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.