

La abeja se posó en una de las florecitas que había al lado de la valla que rodeaba el perímetro de la nuclear. Cuando se disponía a libar algo de néctar vio una pequeña partícula radiactiva entre los estambres más alejados. Qué cosa más linda, de verde fosforito, daba incluso calorcito. La tomó entre sus patas delanteras y se la comió. Tenía un regusto metálico y se notaba su tránsito por el esófago abejil, como si lo recorriese un trago de absenta. Entonces despegó con agilidad, con demasiada agilidad. En sus ojos chispeaba una luz extraña.
A Gustavo lo habían expulsado de Barrio Sésamo. Los nuevos niños no estaban interesados en seres fantásticos que no estuviesen pixelados, generasen bolas de energía o mutasen de vez en cuando. Con su mísera pensión apenas si había tenido para comprarse un ajado nenúfar en alguna de las charcas que rodeaban lo delta de l’Ebre. Y sus días transcurrían papando moscas y, si había suerte, alguna abeja, como la que en ese momento se aproximaba. Cuando la tuvo a tiro de lengua, la enganchó y la deglutió con fruición. Un regusto metálico le afloró en la boca y se sintió súbitamente reconfortado. Su piel cobró un ligero brillo fosforescente.
El platillo volante con matrícula de Orión aterrizó al lado de la AP-7, cerca de Tortosa. Ningún conductor se percató de tan ensimismados como estaban en su propio embotellamiento. El mini-robot recolector salió zumbando por una pequeña trampilla lateral y se dirigió a las marismas próximas. Le deslumbró una rana tomando el sol sobre un nenúfar ajado, que brillaba casi tanto como el astro, y hacia allí encaminó sus micro-reactores. Le lanzó un rayo teletransportador y la mandó directa a la olla que ya hervía en la nave. Las ancas de rana eran un bocado exquisito en todo el universo.
El director de la central nuclear estaba hundido en su butaca de mullido cuero, algo más hundido desde que le habían comunicado que debía dimitir después de que se perdiese una partícula radiactiva. Habían peinado la zona y no habían encontrado nada, salvo los restos arqueológicos de una fábrica de calaveras de cristal de la dinastía Indy. “Qué injusticia”, pensaba, “tanto escándalo por una partícula totalmente inofensiva cuando en otros lugares sí suceden cosas realmente tremendas, como esa noticia del periódico según la cual el telescopio Hubble había detectado una enorme explosión de neutrones que había borrado del mapa a la lejana Orión”.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.