

Tumbado en el nicho de este mausoleo hace frío. Mi carne cada vez más escasa deja los huesos a la vista aunque no tenga ojos para contemplarlo, lo primero que se comieron. El ataúd podrido me arropa bajo su escombro pero no me protege del silencio, más frío que la fría piedra. Tu ausencia me hiere más que el paso del tiempo, la humedad y los bichos. Siempre te quejaste de que no tenía tiempo para ti, tiempo para pensar en nosotros. Vivía por inercia y todo lo que hice fue desde la inmensidad de la corriente que me arrastraba, como a los demás. Y ahora, cuando lo que queda de mí es el raciocinio enganchado a este montón de carne putrefacta, es ya demasiado tarde. Los besos no dados fueron mi último aliento y las caricias desperdiciadas el último espasmo. Los ojos que no se cerraban retenían tu último reflejo, vana ilusión moribunda. Pienso en ti con todo el corazón que no late ni tan siquiera tengo ya. Amor, no te mueras nunca.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.