
Al llegar a casa encontró a su padre tendido en el pasillo. Se acercó temeroso y, al no ver señales de vida en el cuerpo, se abalanzó sobre el teléfono. Descolgó y esperó a tener señal para marcar el 061, pero la señal no venía. Un leve siseo, como de viento en el páramo, era lo único que se escuchaba, hasta que apareció una voz, su padre:
-Hijo, vanos serían los esfuerzos para devolverme a la vida, he muerto. Tu madre, que tanto te quiere, me estaba esperando aquí y me ha pedido que te llame. Lo hubiera hecho ella misma pero aquí uno se olvida pronto de hablar, cosa que me pasará a mí también. Ya fue suficientemente doloroso que ella desapareciese por culpa de aquel conductor beodo, que quedaran tantas cosas por decir, toda una vida por compartir. Acababas de cumplir ocho años y me dijiste que odiabas a tu madre por haberse ido sin un beso ni un adiós, el beso protector que recibías cada noche. ¿Quién ahuyentaría entonces los monstruos para poder dormir?, me dijiste también. Yo lo intenté, aunque con poco éxito en vista de los que te acosaban después en las pesadillas. Y ella que lo veía desde aquí, la pobre, cuánto lo sintió, pero por entonces ya se había olvidado de hablar. Y ahora desaparezco yo mientras tú estás en la oficina, cosas de corazón débil en todos los aspectos. Eres un hombre hecho y derecho, un orgullo para nosotros que te quisimos tanto. Pero tu madre me ha pedido que te llame, no podía volver a suceder de nuevo. Hijo, tu madre y yo te mandamos nuestro beso de despedida, te queremos.
En ese momento el teléfono dio señal. Colgó llorando.