

Escribir
un poema
es consuelo
para dar salida
a nuestros duelos,
mas por expresarlos
poco a poco nos volvemos
vulnerables, hurgamos en la herida,
disfrutamos del dolor y no vemos solución
a la situación que si la planteásemos seriamente carecería de poema, el cual es una losa colocada sobre nuestra cabeza que nos impide dejar de mirar al suelo. A veces pienso que es signo de debilidad el escribir poemas, plasmar lo que nos acontece de forma no más retorcida de lo que nuestro interior atormenta. Causan admiración aquellas personas seguras de sí mismas, las inabarcables, las líderes naturales, ¿acaso escriben poemas?, cuesta de imaginar. Tampoco es que abunden los poemas alegres. La felicidad más expansiva se disfruta en directo, en el momento, se agota a cada instante y a cada instante resurge; no queda tiempo para tomar conciencia de su existencia y, a lo sumo, será un vano deseo cuando se torne anhelo porque se fue. Sin embargo la pena, como melancólicos recalcitrantes, procuramos alargarla en el tiempo, dejarla por escrito para recordarnos permanentemente nuestras miserias. Ahora bien, escribimos poemas con la intención
de sobre su base apedazar los trozos del alma
desgarrada después de tanto llorar.
Y sobre estas ruinas la ilusión
brota nuevamente en la rima
de este poema que escribo
porque incluso el dolor
suena aquí bonito.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.