
No hay duda de que el ordenador personal es uno de los símbolos de nuestra época: ha revolucionado el trabajo, la comunicación y el entretenimiento. Permite estar en todas partes y que cualquier lugar sea el centro del mundo, que no es otro que ser el centro de todas las relaciones posibles. Las consecuencias que supone su uso y su democratización son tan inconmensurables que apenas podemos imaginarnos cómo se llegará a transformar, aún más, nuestra consideración del mundo y de nuestra incidencia sobre él. Si el ordenador es símbolo de nuestra época, el Apple Macintosh es el mito que ocupa el cenit de todas las mitologías, por su ligereza, su transparencia, su ductibilidad y su constante dominio de todos los parámetros que pretende alcanzar y que siempre llega a superar con creces.
Los
antiguos ordenadores requerían un conocimiento especializado para trabajar con ellos y exigían un aprendizaje lento y meticuloso para familiarizarse con las novísimas prestaciones que tales artefactos proporcionaban. El Apple Macintosh, en cambio, cuando se comercializó en 1984, transformó definitivamente la relación del usuario con su ordenador personal con una revolucionaria forma de computadora, con una interfaz gráfica, ratón e iconos. Las teclas y sus combinaciones -que realizaban las tareas de las computadoras convencionales- fueron sustituidas por dibujos, sonidos y movimientos que recordaban los dibujos animados y que no eran una forma seria de computación. A partir de entonces todas siguieron las innovaciones del Apple Macintosh e introdujeron los dibujos cómicos, sus sonidos y su dinamismo, con toda la caradura de la apropiación y el plagio.
Pero Apple sigue manteniendo su mitología. Nadie puede competir con su elegantísimo diseño, clásico e hipermoderno, ligero e inconsútil, compacto e inconsistente, con la fragilidad de una nube y la fortaleza de un titán. Una idea tan perfecta que su realización supera el propio origen. La tentación de la manzana para ser tanto como dios.