

Un viejo chiste nos informa que “inteligencia militar” son términos contradictorios. Me río de pena ante esa verdad convertida en chascarrillo. El ejército es necesario para protegernos, dicen, supongo que de los ejércitos equivalentes de otros países que también están para protegerse de nosotros, pues el país está desprotegido y el protector que lo proteja primero, bien protegido se queda, menudo trabalenguas de pena, lo siento. Trampa 22 de Joseph Heller no se merece esta lastimosa crítica que estoy escribiendo, pero mis recuerdos del servicio militar me llevan a despotricar contra ese mundo paralelo en el que la obediencia es el único valor y la cobardía se escuda tras tratamientos de usía o vuecencia. El libro es magistralmente absurdo y belicosamente hilarante. Nadie debería de quedar exento de cumplir con el servicio de leerlo, ni siquiera por tener los pies planos. ¡Es una orden!
La acción se desarrolla durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y se centra en una escuadrilla de bombarderos estadounidense. El coronel Cathcart, jefe de la escuadrilla, quiere ser ascendido a general. Y no encuentra mejor manera que enviar a sus hombres a realizar las misiones más peligrosas.
Con una lógica siniestra, Yossarian, un piloto subordinado a Cathcart que intenta ser eximido del servicio alegando enfermedad mental, recibe por respuesta que sólo los locos aceptan misiones aéreas y que su disgusto demuestra que está sano y, por tanto, que es apto para volar. La evolución psicológica de Yossarian refleja la aguda crítica que hace Joseph Heller de un patriotismo mal entendido, que exige sacrificios inadmisibles.
Trampa 22, que se convirtió en el libro de cabecera del movimiento pacifista de los años sesenta, constituye un modelo de humor negro y absurdo en la literatura estadounidense. Esta historia fue llevada a la gran pantalla en 1970, bajo la dirección de Mike Nichols, con Orson Welles y Anthony Perkins en los papeles protagonistas.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.