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| Oh Tallarines que están en los cielos gourmets Santificada sea tu harina Venga a nosotros tus nutrientes Hágase su voluntad en la Tierra como en los platos Danos hoy nuestras albóndigas de cada día y perdona nuestras gulas así como nosotros perdonamos a los que no te comen. No nos dejes caer en la tentación (de no alimentarnos de vos) y líbranos del hambre... RAmén. |
Un dolor de muelas es siempre el mismo y sigue ahí, aun cuando no hables de él. Pero otra clase de dolores se configuran y acrecientan precisamente al nombrarlos. Por ejemplo, las penas de amor. Hay cosas que sin contarlas tal vez no cobrarían existencia. Y a lo mejor ni falta que hacía.
| ¿Y de qué sirve la guerra? ¡Si al fin he peleado y no sé decirte de veras si soy valiente, porque no me fijé! ¿Pero leíste mi nombre en los periódicos? Dicen que me van a dar una medalla. Te la voy a mandar por si te gusta contar que eres mi novia. Entonces tal vez tenga la guerra algún sentido. Porque todo es vano si no engendra cariño, y hay tanto odio, tanto, que debe ser pecado sin duda ser soldado. Me dan vergüenza las palabras hermosas que me escribes, y tu valentía de hembra que me esconde tus lágrimas. No puedes escondérmelas, que siempre que tú lloras lo siento yo en el alma. Quiero, por si me muero, confesarte que casi todas las noches lloro, pero que sin embargo me estoy poniendo gordo, y ya nada me importa quiénes ganen o pierdan, pues, no sé cómo, ahora lo único que creo es que la guerra es mala. Tus palabras hermosas me avergüenzan por eso. |

Me he casado con un descuartizador de aguacates. Ya comprenderán que mi matrimonio es un fracaso. Cuando conocí a mi marido yo tenía diecinueve años. Por entonces estaba convencida de que el día más hermoso en la vida de una muchacha era el día de su boda, y cada vez que veía una novia me ponía a moquear de emoción como una tonta. Ahora tengo cuarenta y tres años y no me divorcio porque me da miedo vivir sola.
Él es un hombre muy bueno. Es decir, no me pega, no se gasta nuestros sueldos en el juego, no apedrea a los gatos callejeros. Por lo demás, es de un egoísmo insoportable. Viene de la oficina y se tumba en el sofá delante de la tele. Yo también vengo de mi oficina, pero llego a casa dos horas más tarde y cargada como una mula con la compra del hiper. Que me ayudes, le digo. Que ahora voy, responde. Nunca dice que no directamente. Pero yo termino de subir todas las bolsas y él no ha meneado aún el culo del asiento. Voy a la sala, le grito, le insulto, manoteo en el aire, me rompo una uña. Él ni se inmuta. Entonces me siento en una silla de la cocina y me pongo a llorar. Al ratito aparece él, en calcetines. “¿Qué hay de cena?”, pregunta con su voz más inocente. Hago acopio de aire para soltarle una parrafada venenosa, pero él me intercepta con una habilidad nacida de años de práctica: “Ya sé, te voy a preparar una ensalada que te vas a chupar los dedos”, exclama con cara de pillín. Esa ensalada de aguacates y nueces y manzana que tanto le gusta. Así que yo me amanso porque soy idiota y, aunque refunfuñando, le ayudo a sacar los platos, la fruta, los cuchillos, y le ato a la espalda el delantal mientras él mantiene los brazos pomposamente estirados ante sí como si fuera un cirujano a punto de realizar una operación magistral a corazón abierto.
Entonces él empieza a pelar los aguacates y yo, por hacer algo, lavo y corto la lechuga, pico la cebolla, casco y parto las nueces, convierto dos manzanas en pequeños cubitos. Le miro por el rabillo del ojo y él sigue pelando. De modo que saco las patatas, las mondo, las lavo, las corto finitas, que es como a él le gustan; cojo la sartén, echo el aceite, enciendo el fuego, frío primero las patatas bien doradas y luego hago también un par de huevos. El aceite chisporrotea y salta, y, como no tengo puesto el delantal, me mancho de grasa la pechera de la blusa. Le miro: él continúa impertérrito, manipulando morosamente su aguacate. Tan torpe, tan lento y tan inútil que más que cortar el fruto se diría que está haciéndole una meticulosa autopsia. “No sirves para nada”, le gruño. Y él me mira con cara de dignidad ofendida. “¡Y encima no me mires así!”, chillo exasperada. Él frunce el ceño y se desanuda el delantal con parsimonia. Después se va a la sala y se deja caer en el sofá, frente al televisor, mientras se chupa el pringoso verdín que el aguacate ha dejado en sus dedos. Yo sé que ahora pondré la mesa como todas las noches y cenaremos sin decirnos nada.
Lo más terrible es que, en nuestro fracaso como pareja, apenas si hay batallas de mayor envergadura que estos sórdidos conflictos domésticos. Y no es que me importe mucho hacerme cargo de las labores de la casa. No me gustan, pero si hay que hacerlas, pues se hacen. No, lo que me amarga la vida es su presencia. Porque me encanta cocinar para mi hija, por ejemplo, aunque, por desgracia, viene muy poco a vernos; pero servirle a él me desespera. Será que le odio. Hay momentos en los que no soporto ni su manera de abrir el periódico: estira los brazos y sacude el diario delante de sí, antes de darle la vuelta a la hoja, como quien orea una pieza de tela. Hace muchos años ya que, si no es para discutir, apenas si hablamos.
No siempre fue así. Al principio todo era distinto. Él estudiaba dibujo lineal por las noches. Y soñaba con hacerse arquitecto. Quería ser alguien. Es más, yo creía que él era alguien. Pero nunca se atrevió a dejar la gestoría. No sé cuándo le perdí la confianza, pero sé que me decepcionó hace ya mucho. No era ni más listo ni más trabajador ni más capaz que yo. Tampoco era más fuerte, me refiero a más fuerte por dentro; por ejemplo, no me sirvió de nada cuando creíamos que la niña tenía la meningitis. Y yo, para estar enamorada, necesito admirar al que ha de ser mi hombre. Me has decepcionado, le he dicho muchas veces. Y él se calla y se pone a orear el periódico.
Claro que quizá yo también he cambiado. Antes la vida me parecía un lugar lleno de aventuras, y por las noches, mientras me dormía, la cabeza se me llenaba de imágenes felices: nosotros dos con nuestra hija pequeña, envidiados por todos; él trabajando en un estudio de arquitectura y envidiado por todos; nosotros dos viajando en avión por medio mundo y envidiados por todos. Eran estampas quietas, como las de los álbumes de cromos de mi infancia. Después dejé de pensar en esas cosas, porque estaba siempre tan cansada que me dormía nada más acostarme. Y luego se me pasó la juventud. Llega un día en el que te despiertas y te dices: así que en esto consistía la vida. Poca cosa.
Le he engañado en dos ocasiones. Con dos compañeros de la oficina. Fue un desastre. Yo buscaba el amor a través de ellos y me temo que ellos sólo me buscaban a mí. Los dos estaban casados. Me sentí ridícula. Entre unos y otros, entre estas cosas y todas las demás, se me ha agriado el carácter. Yo de joven era muy alegre. Él me lo decía siempre: me encanta tu vitalidad. Y de novios me llamaba Cascabelito. Ahora que lo pienso, quizá para él también haya sido una decepción: últimamente no hago otra cosa que gruñir, protestar y estar de morros todo el día.
A veces, sin embargo, me despierto de madrugada sin saber dónde estoy. Me rodea la oscuridad, me acosa el vértigo, me encuentro sola e indefensa en la inmensidad de un mundo hostil. Entonces mi brazo tropieza con una espalda blanda y cálida. Y el rítmico sonido de una respiración muy conocida cae en mis oídos como un bálsamo. Es él, durmiendo a mi lado; reconozco su olor, su tacto, su tibieza. Poco a poco, las tinieblas dejan de ser tinieblas y la habitación comienza a reconstruirse a mi alrededor: la mesilla, el despertador, la pared del fondo, la blusa manchada de grasa que me quité anoche y que descansa ahora sobre la silla. La cotidianidad triunfa una vez más sobre el vacío. Me abrazo a su espalda y, medio dormida, contemplo cómo el alba pone una línea de luz sobre el tejado de las casas vecinas. Y entonces, sólo entonces, me digo: es mi hombre.

| Na paisagem litúrgica as coisas estão vestidas de malva de lilazes de violetas de heliotrópios como os longos, longos corpos dos santos na quaresma. Há olheiras doloridas de glicínias em tôrno das janelas que olham as coisas quietas, as coisas velhas da vida. Roda no ar parado um cheiro quente abafado moreno pesado de baunilhas. E as distâncias imensas têm uma côr de adeus - de saudades - de ausências. |
Suena el despertador y de un manotazo lo tiro al suelo. Al ver el suelo sembrado de cientos de piezas minúsculas me asombro de los avances de la técnica que, particularmente, tanto dinero me habían costado. En cualquier caso se trataba de un despertador y su función la había cumplido; en el manual no especificaba que fuese capaz de resistir un impacto contra el suelo producido por el manotazo de un somnoliento humano especialmente patoso. Para colmo, al poner uno de los dos pies izquierdos en el suelo siento una punzada: la aguja de las horas se me ha clavado en el talón. Miro sorprendido las primeras gotas de sangre asomar, especialmente teniendo en cuenta que el despertador era digital.
el disc 1 de pomada es una rareza que sólo se podía comprar por correo, en los conciertos o gracias a un golpe de suerte. Pero dado que fue autoeditado sin el apoyo de una discográfica y que el grupo ya ha desaparecido, quizá haya otros imposibles más probables, como erradicar las guerras. Por lo tanto, aparte del propio valor, indudable, hay que añadir el del “artista muerto”.
Pomada eran un dúo de cuatro: a la vista, Carles Belda y Helena, y, en la trastienda, Oriol Casas y Xavier Batllés. Su música es festiva (aquí retomo el presente pues el viento sólo se lleva las palabras, que la música permanece, afortunadamente), profesionalmente casera y ejemplo de buena onda. El resto es historia, es decir, ya forma parte de mí.
El hombre no quiere únicamente la obediencia de la mujer, quiere sus sentimientos. Todos los hombres, salvo los más brutales, desean tener en la mujer más íntimamente relacionada con ellos, no una esclava forzada, sino voluntaria; no simplemente una esclava, sino una favorita. Por eso han hecho todo lo posible por esclavizar su espíritu. Los amos de los demás esclavos cuentan, para mantener la obediencia, con el temor: el que ellos mismos inspiran o el que inspira la religión. Los amos de las mujeres quisieron más que una simple obediencia, y encaminaron toda la fuerza de la educación para conseguir su propósito. Así, todas las mujeres son educadas desde su niñez en la creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente opuesto al del hombre: se les enseña a no tener iniciativa y a no conducirse según su voluntad consciente, sino a someterse y a consentir en la voluntad de los demás.
| Cuando los hombres alzan los hombros y pasan o cuando dejan caer sus nombres hasta que la sombra se asombra cuando un polvo más fino aún que el humo se adhiere a los cristales de la voz y a la piel de los rostros y las cosas cuando los ojos cierran sus ventanas al rayo del sol pródigo y prefieren la ceguera al perdón y el silencio al sollozo cuando la vida o lo que así llamamos inútilmente y que no llega sino con un nombre innombrable se desnuda para saltar al lecho y ahogarse en el alcohol o quemarse en la nieve cuando la vi cuando la vid cuando la vida quiere entregarse cobardemente y a oscuras sin decirnos siquiera el precio de su nombre cuando en la soledad de un cielo muerto brillan unas estrellas olvidadas y es tan grande el silencio del silencio que de pronto quisiéramos que hablara o cuando de una boca que no existe sale un grito inaudito que nos echa a la cara su luz viva y se apaga y nos deja una ciega sordera o cuando todo ha muerto tan dura y lentamente que da miedo alzar la voz y preguntar “quién vive” dudo si responder a la muda pregunta como un grito por temor de saber que ya no existo porque acaso la voz tampoco vive sino como un recuerdo en la garganta y no es la noche sino la ceguera lo que llena de sombra nuestros ojos y porque acaso el grito es la presencia de una palabra antigua opaca y muda que de pronto grita porque vida silencio piel y boca y soledad recuerdo cielo y humo nada son sino sombras de palabras que nos salen al paso de la noche |

...quizá fuera simpático, en el fondo le pasaría lo mismo que a mí, me lo preguntó amable tras rebasar el disco apoyado en el suelo, rompiendo la línea continua, a cien metros del control policial, deténgase, era un chequeo de rutina, me decidió al preguntarme el número de la matrícula, un registro tan de rutina que no encontraron la pipa y la llevaba en la guantera, de memoria el número del documento nacional de identidad, el número de teléfono, el número de la biblia, no me preguntaron un nombre, mi nombre, sino un número, ¿se da cuenta?, ésa es la clave, ya tengo veinte años y eso es lo que soy, un número, el vértice visible del espanto, no es política, que si lo es, no es política sólo, es vida, la abrí como si fuera a coger un papel más, habíamos echado a porras y me había tocado la paja más corta, no estaba decidido, si no hubiera sido por lo de los números hubiera traicionado el objetivo del comando, al aferrar la culata me sentí fáusticamente convencido de que sí lo haría, es la atmósfera, al hacerse irrespirable, la que precipita la violencia, la praxis, es un principio físico de acción y reacción, ya lo dijo Engels o Lavoisier, me da igual, estoy hasta aquí de justificarme con mesiánicas citas dialécticas, es igual, de derecha a izquierda lo que se forma, de fascismo a comunismo, es un inmenso aparato burocrático que no nos interesa a los de nuestra clase, porque si es una auténtica lucha de clases, y la nuestra revolucionaria, a la que nos pertenece el futuro, no es la del proletariado, que si puede serlo, es la de la juventud, ésa es nuestra auténtica clase, la juventud, me siento más unido a un adolescente guaraní que a un treintañero de mi pueblo, ¿lo entiende, matusa?, no imposible, la gente, el socialismo, sí me interesa, la masa no, la masa es un montón de números, el trabajo en equipo es otra cosa, asociación de individuos con nombre propio, santo del día, pero eso es precisamente lo que no le interesa a la política, la política es una infraestructura sistemática de cosificación, el marketing alienante, la burocracia ordenadora, el computador pariendo números binarios o como se llamen, a tantos bits por segundo qué maravilla; todos clasificados, empaquetados y listos para el consumo, para engorde de cerdos, no existe la mujer objeto, no, yo nunca pude quitarle el sujetador, era una estrecha, existe la humanidad objeto, lo dijo Marx, todo lo que puede hacernos sentir vivos está prohibido, es pecado o engorda, Groucho, of course, es una profunda desesperación fría y sin nombre, con su peso en la mano es otra cosa, asienta la personalidad, uno se convierte en alguien, ¿nunca ha empuñado una pistola?, no en la mili, ni las de juguete, ni las de tiro al blanco, una de verdad, cargada, el seguro levantado y el índice, ¿cómo diría para que lo entienda?, en unión sicosomática con el gatillo, algo así, listo para decirle a un hombre, tú, a ti te ha tocado, a un número cualquiera, les llaman así en la guardia civil, la mía es una angulosa Parabellum Brigadier de nueve milímetros, más cómoda que la del nueve largo, inencasquillable, doscientos dólares en origen, buena pipa para la paz y no la guerra, es una prolongación de la mano, cacha contra palma, sus efluvios energéticos te inundan, te elevan a la seguridad de un ego definitivo, eres alguien con una personalidad propia, alguien a quien todos respetan, temen, obedecen, manos arriba y los banqueros, los ejecutivos, los militares, te obedecen, hasta las chavalas por más estrechas que sean, te conviertes en el centro de sus vidas, dejas de ser un número para ser lo más importante, la esencia del meollo de sus vidas, en un minuto te prestan más atención que en todas las reencarnaciones que hubieras podido acumular ante sus narices, no tendría los treinta pero estaba a miles de años luz de mí, le miré a los ojos, no es nada personal, es a un número cualquiera y te ha tocado, lo siento, nada nos unía, para él cumplir los treinta no sería algo obsceno, degradante, la incorporación al sistema, porque ya formaba parte de él, era su celoso perro guardián, era el sistema en persona, más intimo que el crac de las astillas cuando saltaba la silueta de madera, que el clinc de las botellas, incluso que el sordo flasp de la calabaza, blanco y diana en el centro, tirador de primera, el valor se les supone a todos, maldita sea, es una sensación erótica, aprieto el gatillo con un impulso de tres como cinco kilográmetros, según cálculos del catálogo de la fábrica de armas, y lanzo el disparador sobre el fulminante, se enciende la carga de pólvora y las estrías envían la bala con absoluta precisión al cuerpo violado, no hay estrecheces que valgan, es una posesión instantánea, el hecho coincide con el pensamiento, muerto, eso es el poder, el orgasmo, puedes violar lo establecido, penetrarle con una simple proyección, alargas el dedo cargado y le golpeas en el pecho, tú, te ha tocado, quizá sea un triste sucedáneo del amor, una droga más, pero ha sido mi única afirmación en la vida, una afirmación imprescindible para restablecer el equilibrio ecológico de mi personalidad, de la sociedad en que agonizo, la degeneración de los mil mensajes contradictorios de la santísima dualidad de la santísima democracia, a votos y a dedo, libertad y censura, con gas y sin gas, ¡ya está bien! ¿de qué quieren acusarme?, de violar la regla de oro, ya sé, el capital ni se crea ni se destruye, sólo se acumula, Ford, Firestone, Dupont, Schweppes o cualquier otro con nombre de marca registrada y sucursal hispana, número uno de ventas en el mundo libre, míster one en persona, ellos son los increíbles ornitorrincos en el poder, aunque pertenecen a la gran familia mamífera democrática partes de su cuerpo son de reptil gansteriano y partes de ave inquisitorial, patas para el movimiento rastrero y morro para hurgar en el fondo lodoso, supongo que esto tiene algo que ver con la fenomenología política, pero es más, mucho más, frágil, ser humano, manejar con cuidado, la cabeza arriba, no humillar, lo que yo pretendo es recuperar mi yo que nunca conocí, ser yo mismo, así está planteada la lucha de nuestra clase, puede estar grabando declaraciones hasta el día del juicio, nunca mejor dicho, ¿eh?, no diré estupideces, no responderé al infantiloide test de qué le sugiere esta mancha, no me podrán declarar loco, sicópata inestable, mongol acetonúrico, cualquier gaita con al que se apunte un éxito jurídico haciéndoles el juego, mi desesperación es fría, coherente, anarquista, estoy cuerdo de atar y tendrán que hacerlo para librarse de mí, no sé qué nombre le darán a esto, pero me ahoga, no puedo más, sin la pistola me siento desnudo, sé que es una aberración satánica, pero es así, ¿cuantas muertes se necesitan para saber que son demasiadas?, dos, la de un extraño y la propia, demasiado tarde, la única vía kaput, ¿qué queda si la imagen del Estado como producto de un trabajo en equipo desaparece del alma ciudadana?, Hegel o Aranguren, da igual, queda el salivazo, lo siento por el número, era un control rutinario, la metralleta le colgaba floja, quizá fuera simpático y en el fondo le pasaría lo mismo que a mí, me lo preguntó amable...
Baudelaire, una vez, vio a un mendigo arrodillado, estirando la mano, humillado. En vez de darle dinero, Baudelaire le arreó una patada. Y otra. Y otra. Hasta que el mendigo se alzó y le plantó cara. «¡Ahora somos dos iguales! -clamó entonces Baudelaire-. ¡Ahora sí puedo compartir contigo mi dinero!»
| Antes de tirarme a la piscina vi a toda la gente, cada uno en su carril, que no se habla. Y pensé yo que qué triste. Al volver después en autobús vi a toda la gente, cada uno en su asiento, que no se habla. Y pensé yo que qué triste. Entonces sonó mi teléfono y vi que eras tú... no descolgué, no sabía qué decirte, ¡qué triste! |

Estaba sentado en mi oficina limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome cuál sería mi próximo caso. Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de banco tiene también sus ventajas. Nada que ver con las mujeres, que son una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y entró una rubia de pelo largo llamada Heather Butkiss y me dijo que era modelo y que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a segregar desaforadamente. Llevaba una minifalda y un jersey ajustado, y su cuerpo describió una serie de parábolas que habrían podido provocar un ataque cardíaco a un buey.
-¿Qué puedo hacer por ti, muñeca?
-Quiero que encuentre a una persona.
-¿Una persona perdida? ¿Has hablado con la policía?
-No exactamente, señor Lupowitz.
-Llámame Kaiser, muñeca. Pues bien, ¿de quién se trata?
-Dios.
-¿Dios?
-Así es, Dios. El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso. Quiero que usted me lo encuentre.
Ha desfilado ya por mi oficina más de un buen bocado, pero, cuando una chica está tan buena como ésta, uno debe escucharla hasta el final.
-¿Por qué?
-Kaiser, eso es asunto mío. Usted ocúpese de encontrarlo.
-Lo siento, bombón. No has dado con el tipo adecuado...
-Pero, ¿por qué?
-... a no ser que me des toda la información -dije poniéndome de pie.
-Está bien, está bien -dijo ella y se mordió el labio inferior. Enderezó las costuras de sus medias, gesto hecho evidentemente para mí, pero, cuando trabajo, trabajo, y no era el momento de andarse con tonterías.
-No nos apartemos del tema, nena.
-Bueno, la verdad es... que en realidad no soy modelo.
-¿No?
-No. Tampoco me llamo Heather Butkiss. Soy Claire Rosensweig, y estudio en Vassar. Filosofía. Historia del pensamiento occidental y todo eso. Tengo que entregar un trabajo en enero. Sobre religión occidental. Todas las chicas de la clase entregarán estudios teóricos. Pero yo ¡quiero saber! El profesor Grebanier dijo que si alguien descubre la Verdad puede llegar a aprobar el curso. Y mi padre me prometió un Mercedes si apruebo con sobresaliente.
Abrí un paquete de Lucky, luego otro de chiclé, y mastiqué el cigarrillo y fumé el chiclé. La historia empezaba a interesarme. Una estudiante demasiado mimada. Inteligente y con un cuerpo por el que reto a cualquiera haber visto otro mejor.
-Su Dios, ¿qué aspecto tiene?
-Nunca Lo he visto.
-Entonces, ¿cómo sabes que existe?
-Eso es lo que usted tiene que averiguar.
-¡Ah! ¿Con qué no sabes qué aspecto tiene? ¿Ni dónde debo empezar a buscarlo?
-No, en realidad, no. Aunque sospecho que está en todas partes. En el aire, en cada flor, en usted y en mí... en esta silla.
-Ya.
Así que la chica era panteísta. Tomé nota mental del detalle y dije que haría un esfuerzo por cien dólares al día, gastos aparte y una cena con ella. Sonrió y aceptó en el acto. Bajamos juntos en el ascensor. Afuera anochecía. Quizá Dios exista, o quizá no, pero en alguna parte de esta ciudad con seguridad había un montón de tipos que iban a tratar de impedirme averiguarlo.
Mi primera pista fue la del rabino Itzhak Wiseman, un clérigo local que me debía un favor por haberle averiguado quién le ponía cerdo en el sombrero. Me di cuenta en el acto de que algo no pitaba cuando le hice unas preguntas, porque se azaró mucho. Estaba asustado.
-Por supuesto que existe ya-sabe-quién, pero no puedo siquiera pronunciar Su nombre, de lo contrario me fulminaría en el acto. Entre nosotros, le diré que jamás he podido comprender por qué alguien se vuelve tan quisquilloso al pronunciar Su nombre.
-¿Le ha visto alguna vez?
-¿Yo? ¿Está bromeando? ¡Suerte tengo si alcanzo a ver a mis nietos!
-Entonces ¿cómo sabe que existe?
-¿Cómo lo sé? ¡Vaya pregunta! ¿Podría comprarme un traje como éste por catorce dólares si no hubiera nadie allá arriba? ¡Toque, toque esta tela de gabardina! ¿Cómo puede dudar?
-¿No tiene ninguna otra prueba?
-Oiga, ¿qué es para usted el Antiguo Testamento? ¿Un plato de garbanzos? ¿Cómo cree que Moisés pudo sacar a los israelitas de Egipto? ¿Con una sonrisa y un claqué americano? Créame, ¡no se abren las aguas del Mar Rojo con polvo de rascarse! Se necesita poder.
-Así pues, es un duro, ¿eh?
-Sí, un duro. Podría pensarse que con tantos éxitos estaría más amable, pero no.
-¿Cómo es que sabe usted tanto?
-Porque somos el Pueblo Elegido. Cuida más de nosotros que de todas Sus demás criaturas. Éste es un tema que, por cierto, también me gustaría comentar con Él.
-¿Cuánto Le pagáis para ser los elegidos?
-No me lo pregunte.
Entonces, así iba la cosa. Los judíos estaban liados con Dios hasta el cuello. El viejo negocio de la protección. Los cuidaba mientras pasaran por caja. Y por la manera en que hablaba el rabino Wiseman, Él encajaba lo suyo. Me metí en un taxi y me fui al salón de billar Dany en la Décima Avenida. El gerente era un tipo pequeñito y sucio al que no podía tragar.
-¿Está Chicago Phil?
-¿Quién quiere saberlo?
Lo agarré por las solapas pellizcando a la vez un poco de piel.
-¿Qué pasa, basura?
-En la sala del fondo -dijo cambiando de actitud.
Chicago Phil. Falsificador, asaltante de bancos, hombre duro y ateo confeso.
-El tío nunca existió, Kaiser. Información de buena tinta. Es un bulo. No existe tal gran jefe. Es un sindicato internacional. Casi todo en manos de sicilianos. Pero no hay una cabeza visible. Salvo, quizás, el Papa.
-Tengo que ver al Papa.
-Se puede arreglar -dijo guiñando un ojo.
-¿Te dice algo el nombre Claire Rosensweig?
-No.
-¿Y Heather Butkiss?
-¡Eh, espera un minuto! ¡Sí, claro, ya lo tengo! Esa rubia teñida que anda por ahí con los tipos de Radcliffe.
-¿Radcliffe? Me dijo Vassar.
-Pues te está mintiendo. Es maestra en Radcliffe. Estuvo liada con un filósofo durante un tiempo.
-¿Panteísta?
-No, empirista, que yo recuerde. Un tipo poco de fiar. Rechazaba completamente a Hegel y a cualquier metodología dialéctica.
-Conque uno de ésos, ¿eh?
-Sí. Primero fue batería de un trío de jazz. Luego, se dedicó al Positivismo Lógico. Cuando el asunto le fue mal, inventó el Pragmatismo. Lo último que supe de él fue que había robado dinero para montar un curso sobre Schopenhauer en Columbia. A los compañeros les gustaría ponerle la mano encima, o dar con sus libros de texto para poder revenderlos.
-Gracias, Phil.
-Hazme caso, Kaiser. No hay nadie por encima de nosotros. Sólo el vacío. No podría emitir todos esos talones falsos ni joder a la gente como lo hago si por un segundo tuviera conciencia de un Ser Supremo. El universo es estrictamente fenomenológico. No hay nada eterno. Nada tiene sentido.
-¿Quién gano la quinta en [el hipódromo] Aqueduct?
-Santa Baby.
-Esto sí tiene sentido.
Tomé una cerveza en O’Rourke y traté de hilvanar todos los datos, pero no dio resultado. Sócrates era un suicida, o por lo menos eso decían. A Cristo lo mataron. Nietzsche murió loco. Si había realmente alguien responsable de todo eso, era lógico que quisiera que se guardara el secreto.
Y ¿por qué había mentido Claire Rosensweig acerca de Vassar? ¿Podía haber tenido razón Descartes? ¿Era el universo dualista? ¿O es que Kant dio en el clavo cuando postuló la existencia de Dios por razones morales?
Aquella noche cené con Claire. Diez minutos después de que pagara ella la cuenta estábamos en la cama y, hermano, te regalo todo el pensamiento occidental. Organizó para mí una demostración de gimnasia que se hubiera llevado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Tía Juana. Más tarde, descansó sobre la almohada a mi lado con sus largos cabellos rubios desparramados. Nuestros cuerpos, desnudos aún, estaban entrelazados. Yo fumaba y miraba el techo.
-Claire, ¿y si Kierkegaard tuviera razón?
-¿Qué quieres decir?
-Si realmente jamás se pudiera saber. Sólo tener fe.
-Esto es absurdo.
-No seas tan racionalista.
-Nadie es racionalista, Kaiser. -Encendió un cigarrillo-. Lo único que te pido es que no empieces con la ontología. No en este momento. No podría aguantar que fueras ontólogo conmigo, Kaiser.
Se había mosqueado. Me acerqué para besarla cuando sonó el teléfono. Ella contestó.
-Es para ti.
La voz al otro lado de la línea era la del sargento Reed, de Homicidios.
-¿Todavía a la caza de Dios?
-Sí.
-¿Un ser Todopoderoso? ¿El Creador? ¿El Principio Universal? ¿El Ser Supremo?
-Así es.
-Un tipo que se ajusta a la descripción acaba de aparecer en el depósito de cadáveres. Mejor que venga a echarle un vistazo.
Era Él sin lugar a dudas y, por lo que quedaba de Él, se trataba de un trabajo profesional.
-Ya estaba muerto cuando Lo trajeron.
-¿Dónde Lo encontraron?
-En un depósito de la calle Delancey.
-¿Alguna pista?
-Es el trabajo de un existencialista. Estamos seguros.
-¿Cómo lo sabéis?
-Todo hecho muy al azar. No parece que hayan seguido ningún sistema. Un impulso.
-¿Un crimen pasional?
-Eso es. Lo cual significa que eres sospechoso, Kaiser.
-¿Por qué yo?
-Todos los muchachos del departamento conocen tus ideas sobre Jaspers.
-Eso no me convierte en un asesino.
-Aún no, pero sí en un sospechoso.
Una vez en la calle, llené mis pulmones de aire puro y traté de poner orden en mis ideas. Tomé un taxi a Newark y caminé cien metros hasta el restaurante italiano Giordino. Allí, en una mesa del fondo, estaba Su Santidad. Era el Papa, seguro. Sentado con dos tipos que yo había visto media docena de veces en las comisarías en sesiones de identificación.
-Siéntate -dijo levantando los ojos de sus spaghetti. Me acercó el anillo. Sonreí mostrando todos los dientes, pero no se lo besé. Le molestó, y yo me alegré. Un punto para mí-. ¿Te gustarían unos spaghetti?
-No gracias, Santidad. Pero siga comiendo, que no se le enfríen.
-¿No quieres nada? ¿Ni siquiera una ensalada?
-Acabo de comer.
-Como quieras, pero mira que aquí sirven una estupenda salsa Roquefort con la ensalada. No como en el Vaticano, donde es imposible conseguir una comida decente.
-Iré al grano, Pontífice. Estoy buscando a Dios.
-Has llamado a la puerta adecuada.
-Entonces, ¿existe?
Mi pregunta les pareció divertida y se rieron. El hampón sentado a mi lado, dijo:
-¡Eso sí tiene gracia! ¡Un chico inteligente que quiere saber si Él existe!
Moví la silla para estar más cómodo y coloqué mi pierna izquierda sobre el dedo gordo de su pie.
-¡Lo siento! -dije, pero el tipo estaba que bramaba.
El Papa tomó la palabra:
-Por supuesto que Él existe, Lupowitz. Yo soy el único que se comunica con Él. Sólo habla a través de mí.
-¿Por qué usted, amigo?
-Porque yo soy quien lleva el traje rojo.
-¿Este atuendo?
-¡No toques con esos dedos sucios! Me levanto cada mañana, me pongo este traje rojo y, de pronto, me convierto en un gran queso. Todo está en el traje. Imagínate si anduviera por ahí en pantalones estrechos y en camiseta, ¿qué sería de la cristiandad?
-¡El opio del pueblo! ¡Ya me lo temía! ¡Dios no existe!
-No lo sé. Pero ¿qué más da? Mientras haya dinero...
-¿No le preocupa que la tintorería no le devuelva a tiempo el traje rojo y vuelva a ser como todos nosotros?
-Utilizo un servicio especial de veinticuatro horas. Vale la pena gastarse un poco más y estar seguro.
-¿El nombre Claire Rosensweig le dice algo?
-Seguro. Está en el Departamento de Ciencias de Bryn Mawr.
-¿Ciencias, dice? Gracias.
-¿Por qué?
-Por la respuesta, Pontífice.
Me metí en un taxi y crucé volando el puente George Washington. En el camino, me detuve en mi oficina para hacer unas verificaciones rápidas. Durante el trayecto hacia el piso de Claire, aclaré el rompecabezas. Las piezas, por primera vez, encajaban a la perfección. Cuando llegué a su casa, ella llevaba su diáfana bata y parecía estar preocupada por algo.
-Dios ha muerto. La policía estuvo aquí. Te están buscando. Piensan que ha sido un existencialista.
-No, querida, fuiste tú.
-¿Qué? No hagas bromas, Kaiser.
-Tú fuiste quien lo hizo.
-¿Qué estás diciendo?
-Tú, angelito. Ni Heather Butkiss ni Claire Rosensweig, sino la doctora Ellen Shepherd.
-¿Cómo supiste mi nombre?
-Profesora de física en Bryn Mawr. La persona más joven que ha llegado a estar al frente de un departamento en esa universidad. Durante la fiesta de fin de curso, te liaste con un músico de jazz que se inyecta mucha filosofía. Está casado, pero eso no te detuvo. Un par de noches revolcándote con él en el heno y ya te pareció que era el gran amor. Pero no funcionó, porque alguien se interpuso entre los dos: ¡Dios! Ves, muñeca, él creía, o quería creer, pero tú, con esa hermosa cabecita científica, necesitabas la certeza absoluta.
-No, Kaiser, te lo juro.
-Entonces, simulas estudiar filosofía porque eso te da la posibilidad de eliminar ciertos obstáculos. Te deshaces de Sócrates con cierta facilidad, pero aparece Descartes y, entonces, te sirves de Spinoza para liquidar a Descartes y, cuando llega Kant, también tienes que eliminarlo.
-No sabes lo que dices.
-A Leibnitz lo hiciste picadillo, pero eso no fue suficiente, porque sabías que, si alguien oía hablar a Pascal, estabas lista; entonces, también a él tenías que sacártelo de encima, pero allí fue donde cometiste el error, porque confiaste en Martin Buber. Te falló la suerte. Creía en Dios y, por tanto, tenías que librarte del mismo Dios y, por si fuera poco, por tus propias manos.
-¡Kaiser, estás loco!
-No, nena. Te hiciste pasar por panteísta creyendo que eso te conduciría hasta Él, si es que Él existía, y existía. Te llevó a la fiesta Shelby y, cuando Jason no miraba, lo mataste.
-¿Quién diablos son Shelby y Jason?
-¿Qué importancia tiene? Ahora, de cualquier modo, la vida es absurda.
-Kaiser -dijo ella, presa de un repentino estremecimiento-, ¿me entregarás?
-¿Cómo no, muñeca? Cuando el Ser Supremo recibe una paliza como ésta, alguien tiene que pagar los platos rotos.
-Oh, Kaiser, podemos escaparnos juntos, lejos de aquí. Sólo nosotros dos. Podríamos olvidar la filosofía. Establecernos en algún lugar y, tal vez, más tarde, dedicarnos a la semántica.
-Lo lamento, nena. No hay trato.
Ya estaba bañada en lágrimas cuando empezó a bajarse la bata por los hombros. Quedó de pronto desnuda ante mí como una Venus cuyo cuerpo parecía decirme: «Tómame, soy tuya». Una Venus cuya mano derecha me acariciaba el pelo mientras la izquierda empuñaba una 45 que apuntaba a mi espalda. Le descargué en el cuerpo mi 38 antes de que pudiera apretar el gatillo; dejó caer la pistola y se dobló con un gesto de total sorpresa.
-¿Cómo pudiste hacerlo, Kaiser?
Se debilitaba rápidamente, pero me las arreglé para contarle el resto de la historia.
-La manifestación del universo, como una idea compleja en sí misma, en oposición al hecho de ser interior o exterior a su propia Existencia, es inherente a la Nada conceptual en relación con cualquier forma abstracta existente, por existir, o habiendo existido en perpetuidad sin estar sujeto a las leyes de la física, o al análisis de ideas relacionadas con la antimateria, o la carencia de Ser objetivo o subjetivo, y todo lo demás.
Era un concepto sutil, pero espero que lo haya pescado antes de morir.
El hombre es un ser eminentemente nostálgico. Ama lo que ya ha concluido y teme lo que está por suceder. Idolatra mitos antiguos, rara vez encuentra en el presente más inmediato algo evocador y, aunque necesite constantemente ejemplos que seguir, siempre hallará dificultades para descubrir modelos contemporáneos. No se trata además de una conducta exclusiva de nuestra época. En el primer capítulo de Una habitación propia (1929) Virginia Wolf ya comentaba: «Con una especie de celos por nuestros tiempos, supongo, por tontas y absurdas que sean estas comparaciones, me puse a pensar si, honradamente, se podía nombrar a dos poetas vivientes tan grandes como Tennyson y Cristina Rossetti lo habían sido en su tiempo».
Maestro no es quien enseña, sino de quien se aprende. Poco importa entonces que la lección la recibamos de un vivo o un muerto, salvo que la admiración de darse en el primer caso se resuelve en el momento mientras que, en el segundo, hace falta un libro como el de Mauricio Wiesenthal. En su magistral Libro de réquiems están las lecciones menos magistrales que se puedan concebir, es decir, las más íntimas y humanas de sus maestros: sus propias vidas, de las que tanto hay que aprender. Escrito con exquisita elegancia debiera leerse con chaqué, guantes y sombrero, pues sería la única forma de hacerlo adecuadamente. Sus palabras refinadas expresan sentimientos de profunda y sincera gratitud. Quién lo lea no podrá evitar pensar que, llegado el momento, al libro le faltará un capítulo: el que el lector agradecido, nosotros, le dedicaría al autor.
Oración |Mauricio Wiesenthal| [fragmento]
En el cementerio protestante de Capri hay una sepultura con un reloj de sol y una cita de Mazzini, escrita en inglés: THERE IS NO DEATH IN THIS WORLD, ONLY FORGETFULNES (no existe la muerte, sino sólo el olvido).
Este Libro de réquiems es también, en cierta manera, un libro de memorias; porque, en sus páginas, he reunido a grandes y pequeños personajes que forman parte de mi vida. Y no se puede rendir homenaje a los maestros, a los amigos y a los recuerdos sin recurrir a las confesiones personales.
Después de muchos años de ejercer el oficio de escritor, he llegado a la conclusión de que un libro no tiene interés si no lleva dentro una buena parte del corazón de su autor. Por eso, en los últimos años de mi vida, me dediqué a recuperar los recuerdos que no había llevado a mis libros o que había ido dejando dispersos en artículos, en charlas, en citas... Tengo la idea de que el mundo ha caído en un preocupante estado de amnesia. A los malos políticos y a los grandes productores de basura les conviene que no haya referencias de calidad. Así puede venderse todo en una oferta de «novedad». Y las referencias del buen gusto y de la cultura (maestros y artistas, genios e ingenios) desaparecen devoradas por un torrente de vulgaridades que hoy se promocionan en el negocio, se enaltecen en la propaganda y se estudian en las escuelas.
Tuve la suerte de vivir en una época que, culturalmente, era más rica, más exigente, más intensa. Y, guiado por mis maestros, llegué a conocer algunos personajes interesantes. Pero nunca consideré que la cultura pudiera ser un adorno ni una renta útil, esas apariencias que tanto seducen a los burgueses. Aprendí lo mejor en los viajes y en las aventuras, devorando libros que transformaron mi vida, dejándome llevar por los sueños y los deseos, cometiendo y pagando mis propios errores. Por eso creo que tengo una deuda con los jóvenes que hoy se educan, desgraciadamente, en manos de una poderosa industria que les vende lo que quiere: en los libros, en la música, en la televisión, en el cine...
Durante muchos años me negué a dar a la imprenta este libro, porque pienso que el mundo sagrado de la edición se ha profanado con la educación de los escritores en la cultura del premio y del best séller. La literatura es justamente lo contrario: el sueño de dar vida a un libro único, a un libro buscado, a un libro irrepetible, no tanto por su valor -cualidad que siempre es relativa- sino porque lleva la traza personal del ser humano que lo escribió. Todo artesano ama sus herramientas. Y el papel, la pluma y la tinta son los fetiches del escritor. Por eso, no hay página tan disfrutada como la que se escribe a mano, en papel limpio, con pluma de tinta y primorosa letra; aunque luego vaya a la papelera.
(...)
A pesar de que he vivido una época voluntariosa, dominada por la industria y la política, no soy un entusiasta de las epopeyas burguesas de nuestro tiempo. Comprendo que la técnica ha sido la base del progreso. Pero me doy cuenta de que hoy va surgiendo también una idolatría de la técnica, puramente suntuaria y exhibicionista. Se levantan edificios que no son más que un alarde del cálculo de resistencia de los materiales. Se promocionan escritores que no son más que redactores de complicados textos que exigen un gran dominio léxico o gramatical. Y, en la música, cada día encuentro menos artistas y más virtuosos. Por eso, llegados a este exceso, debo confesar que prefiero el barroco en la estética y en la poesía.
El mundo de mi infancia y de mi juventud estaba lleno de personajes pintorescos. Los seres humanos tenían personalidad, estilo, carácter. Poco tiempo después de nacer ya tenían cara de lo que eran o iban a ser: militares, bailarinas, contables, violinistas, cocineras, médicos. Ahora, quizás arrastrados por la estética de las rebajas, el mundo se ha llenado de clones anónimos, reproducidos en serie, multiplicados en masa. Y cuando conoces a un individuo que demuestra ser absolutamente un paleto, te da una tarjeta de visita que dice: MÁSTER POR LA UNIVERSIDAD DE CINCINATTI.
Pero no culpemos al atuendo, porque falta algo más importante: el espíritu, el empaque, la personalidad individual. Preocupados sólo por el atuendo están todos estos narcisos posmodernos que se presentan hoy en sociedad como profesores de estética, diseñadores de sillas, poetas terribles, figurines tristes o filósofos del tercer milenio... ¡Qué estupidez gastar tanto dinero en adornar tanto hueco y en peinar tanta muñeca!
(...)
Recuerdo que Henry Miller tenía un amigo que saludaba siempre al pasar delante de una estatua de Shakespeare. Y el propio Miller se acercaba una y otra vez a la misma librería de Nueva York para ver un retrato de Dostoievski que estaba expuesto en el escaparate. Era una época en que los hombres apreciábamos todavía las cosas insignificantes y sabíamos coleccionar objetos viejos, recomponerlos, cuidarlos, acariciarlos y hablarles como si fuesen gatos. El amor a los objetos rotos es el amor de la diáspora: los emigrantes, los gitanos, los judíos, que aprovechan las cosas que los otros ya no quieren. (...)
Lo último que va quedando vivo en las ciudades son sus muertos: los pobres, los marginados, los emigrantes, los mendigos. Todavía encuentro, de tarde en tarde, un loco que parece pintado por el Greco, una vieja que podría freír huevos en un bodegón de Velázquez, un borracho que canta con buena voz de bajo, un negro elegante que parece salido de un figurín art déco, una gitana angelical que me recuerda a las vírgenes de Andalucía, un dandi que pasea con bastón y sombrero; o un perro vagabundo que lleva la cola en alto, como si fuese a citarse con una dama. Debe de ser que el alma es cosa de pobres muy pobres, o locos muy locos. Hay que nacer con ella, o inventarse una. Los ricos se compran, a veces, un sucedáneo; aunque se les ve la trampa.

| Así, verte de lejos, definitivamente. Tú vas con otro hombre, y yo con otra mujer. Así, como el agua que brota de una fuente, aquellos bellos días ya no pueden volver. Así, verte de lejos y pasar sonriente, como quien ya no siente lo que sentía ayer, y lograr que mi rostro se quede indiferente y que el gesto de hastío parezca de placer. Así, verte de lejos, y no decirte nada ni con una sonrisa, ni con una mirada, y que nunca sospeches cuánto te quiero así. Porque aunque nadie sabe lo que a nadie le digo, la noche entera es corta para soñar contigo y todo el día es poco para pensar en ti. |

Quiso Dios que el hombre y el animal tuviesen el mismo tiempo, treinta años. Pero los animales notaron que era para ellos demasiado tiempo, mientras al hombre le parecía muy poco. Entonces vinieron a un acuerdo y el asno, el perro y el mono entregan una porción de los suyos, que son acumulados al hombre. De este modo consigue la criatura humana vivir setenta años. Los treinta primeros los pasa bien, goza de salud, se divierte y trabaja con alegría, contento con su destino. Pero luego vienen los dieciocho años del asno y tiene que soportar carga tras carga: ha de llevar el grano que otro se come y aguantar puntapiés y garrotazos por sus buenos servicios. Luego vienen los doce años de una vida de perro: el hombre se mete en un rincón, gruñe y enseña los dientes, pero tiene ya pocos dientes para morder. Y cuando este tiempo pasa vienen los diez años de mono, que son los últimos: el hombre se chifla y hace extravagancias, se ocupa en manías ridículas, se queda calvo y sirve sólo de risa a los chicos.
En la amistad, la distancia entre lo ideal y lo real debe ser corta, no podemos proclamar una cosa y hacer otra. Los pactos han de ser respetados, la confianza recompensada.
Un mendigo provoca aversión cuando lo contemplamos desde nuestra satisfacción económica. Apretamos el paso y procuramos mirar a otro lado: “otro borracho”, “otro vago”, pensamos. Lo consideramos un excluido de la sociedad... Craso error, somos nosotros los excluidos de la verdadera realidad. Vivimos en nuestro mundo feliz, mantenido con dinero, confiando ciegamente en un mecanismo implacablemente inhumano que puede lanzarnos fuera en cualquier momento. Despojados de la esclavitud del dinero sólo queda el hombre y, lamentablemente, somos tan poca cosa que, sentados en el suelo de una calle concurrida, los otros apretarán el paso y mirarán a otro lado.
| El palo de los paraguas sopla sus globos de seda para que el cielo los insulte. Pero los paraguas son cínicos y se alejan bajo la lluvia en una panorámica desbandada de cupulitas negras. Y cuando los días claros vengan dándole vuelcos a los cielos infantiles los paraguas se quedarán en casa y mirarán por la ventana pasar las nubes y acaso se pregunten quién los ha desterrado de su patria azul. |

Había una vez un hombre triste que fue a ver al médico para que le curase de su melancolía. El médico lo reconoció a fondo y le dijo:
- No he podido encontrarle nada mal, pero voy a darle un consejo. Hay un circo en la ciudad, vaya esta misma noche. Verá un payaso que es tan divertido que no podrá parar de reírse en una semana.
- Doctor -dijo el paciente triste-, ese payaso soy yo.
Las ideas se desgastan. Usamos y abusamos de ellas, distorsionando o trivializando su significado, de forma que sus aristas se erosionan y que aquello que al principio fue provocador y revolucionario o peligroso -toda idea valiosa contiene alguno de esos ingredientes, o todos a la vez- acaba reducido a la condición de mera banalidad, cuando no a la de puro espantajo o, aún peor, de arma arrojadiza.
En sus vagabundeos, Lucus el Pensador se topó un día con un objeto desconocido: una mujer. Jamás había visto tal cosa, y al principio le causó una viva conmoción el verse muy parecido a ella; pero luego, levemente atemorizado también ante la nueva presencia, pregonó a todos los demás hombres del contorno: “¡Mirad! ¡Yo puedo contemplar su cara, cosa que ella no puede hacer; luego, las mujeres no pueden ser como yo!” Y así demostró él la superioridad de los hombres con respecto a las mujeres, para su tranquilidad y la de sus compañeros masculinos. Marginalmente, la misma argumentación prueba también la superioridad de Lucus con respecto a todos los demás hombres, pero él no hizo hincapié en ello. La mujer, en respuesta, adujo: “Sí, usted puede ver mi cara, cosa que yo no puedo hacer, pero yo puedo ver su cara, ¡cosa que usted no puede hacer! Estamos parejos”. No obstante, Lucus salió con una objeción inesperada: “Perdone, pero se engaña si piensa que puede ver mi cara. Lo que hacen ustedes las mujeres no es lo mismo que hacemos nosotros, los hombres, sino que tiene, como ya lo he señalado, un grado inferior, y no le corresponde ser llamado por el mismo nombre. Llámele, si quiere, ‘femivision’. Ahora bien, el hecho de que pueda usted ‘femiver’ mi cara carece de toda importancia, pues la situación no es simétrica, ya lo ve”. “Lo femiveo”, femicontestó la mujer, y se femifué...

| ¡Oh encanto de la gorda pierna de robustez elefantina que en grasa se desborda! ¡Oh majestad divina del muslo rebozado en gelatina! ... Vivan las adiposas adoratrices del esfuerzo nulo, que dejan las odiosas fatigas para el mulo y comen todo lo que agranda el culo. |

La belleza tiene mala fama y la envidia nos lleva a pensar que tras una hermosa fachada sólo hay idiotez. También los regalos con el mejor envoltorio suelen ser los que más decepcionan. Sin embargo, hay honrosas excepciones cuando quizá la excepción sería que no las hubiese, es decir, al no haber relación entre continente y contenido (que eso es así no admite duda), tampoco hay regla ni excepción. Entonces, ¿qué tiene que ver esta disquisición con el disco que nos ocupa? Pues bien, la portada del disco throwing copper de Live es preciosa (reproducción del cuadro “sisters of mercy” de Peter Howson), la bandeja del CD es rojo translúcido y el disco verde oliva. Mi opinión sería superficial si me quedase sólo en estos detalles, pero las honduras de su música rock son las que verdaderamente me han llevado a escribir estas alabanzas que aquí terminan, el resto depende de ustedes.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.