
Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007.
Pues teniendo la mente en la mayoría de los casos, como se ve en la experiencia, el poder de suspender la ejecución y satisfacción de alguno de sus deseos, y así de todos, uno tras otro, es libre de considerar los objetos de éstos, examinarlos por todos los lados, compararlos con otros. En esto reside la libertad que tiene el hombre; y por no usar su derecho viene toda la variedad de errores, equivocaciones y faltas en las que incurrimos en la conducción de nuestra vida y en nuestros esfuerzos por procurarnos la felicidad; y así precipitamos la determinación de nuestra voluntad y nos comprometemos demasiado pronto, antes del debido examen. Para evitar esto, tenemos el poder de suspender la prosecución de ese o aquel deseo (...). Durante la suspensión del deseo, tenemos la oportunidad de examinar, considerar y juzgar lo bueno y lo malo de lo que haremos; y cuando, basándonos en el debido examen, juzgamos que hemos cumplido con nuestro deber y hecho todo lo que podíamos o debíamos hacer en prosecución de la felicidad; y no es una falta sino una perfección de nuestra naturaleza desear, poder y actuar de acuerdo con el último resultado de un análisis justo.
-Ayuntamiento de Ventanilla, buenas tardes, le atiende Silvia.
| Por la encendida calle antillana Va Tembandumba de la Quimbamba -Rumba, macumba, candombe, bámbula- Entre dos filas de negras caras. Ante ella un congo -gongo y maraca- Ritma una conga bomba que bamba. Culipandeando la Reina avanza, Y de su inmensa grupa resbalan Meneos cachondos que el gongo cuaja En ríos de azúcar y de melaza. Prieto trapiche de sensual zafra, El caderamen, masa con masa, Exprime ritmos, suda que sangra, Y la molienda culmina en danza. Por la encendida calle antillana Va Tembandumba de la Quimbamba. Flor de Tortola, rosa de Uganda, Por ti crepitan bombas y bámbulas; Por ti en calendas desenfrenadas Quema la Antilla su sangre ñáñiga. Haití te ofrece sus calabazas; Fogosos rones te da Jamaica; Cuba te dice: ¡Dale, mulata! Y Puerto Rico: ¡Melao, melamba! ¡Sús, mis cocolos de negras caras! Tronad, tambores; vibrad, maracas. Por la encendida calle antillana -Rumba, macumba, candombe, bámbula- Va Tembandumba de la Quimbamba. |
El feminismo no está acabado y no ha fracasado, pero es necesario que aparezca algo nuevo: la chica rompedora. El feminismo nos enseñó a ser más reflexivas y a descubrir la opresión, pero ahora se ve reducido constantemente a actuar a la defensiva y de manera reactiva. La chica rompedora es ofensiva y activa, jamás se siente culpable y nunca se justifica. No tolera las restricciones ni las actitudes sexistas. La próxima vez que un tipo te toque el culo, tenga una actitud prepotente, diga pestes de tu cuerpo y, en general, te trate como a una basura, olvídate de todas las consideraciones morales, olvídate de que le han inculcado el patriarcado y él también es una víctima, olvídate de los razonamientos y el debate. Simplemente, déjalo seco, al cabrón.
| “Dios es uno y trino” dice el manual de instrucciones de la religión, también denominado Biblia o, en su edición abreviada de bolsillo, catecismo. ¿Y eso lo califican de Misterio? Cada uno de nosotros no sólo es uno y trino, sino múltiple y variado dentro de sí mismo. Va a ratos, como el deseo de ser divinos. |
Sr. Juez,
La red del pescador existe debido al pez; una vez atrapado el pez, uno puede prescindir de la red. La trampa de conejos existe debido al conejo; una vez cazado el conejo se puede prescindir de la trampa. Las palabras existen debido a su significado; una vez obtenido el significado se puede prescindir de las palabras. ¿Dónde encontraré a un hombre que pueda olvidarse de las palabras para poder hablar con él?
| Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar. |

Érase una vez un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.
-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo: «Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...». Y, haciendo una pausa, agregó: «Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar».
-E... encantado, maestro -titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergados.
-Bien -continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió-: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Eso que has dicho es muy importante, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
-¿Cincuenta y ocho monedas? -exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.

WATCHMEN es una novela gráfica con guión de Alan Moore y dibujos de Dave Gibbons. Me ha gustado mucho. Bien, ¿y ahora qué? Está muy bien dibujada, vale, pero lo que me ha impulsado a escribir esta crítica es el fascinante y apocalíptico guión de Alan Moore, pero... ¿cómo discutir lo sucedido sin mentarlo?, ¿qué conclusiones extraer sin dejar entrever el final? Evidentemente pienso en los futuros lectores que podrán descubrir la maravilla de la historia por sí mismos. Ellos, con su presencia ausente, me impiden argumentar pese a las muchas ganas que tengo, porque la historia tiene miga, mucha miga, y yo aquí sin poder comentarla, diantre. Así que esta crítica queda abierta a que, algún día en cualquier lugar, la terminemos; eso sí: sin máscaras. Por cierto, quis custodiet ipsos custodes.
Sangre en el hombro de Palas |Daniel Dreiberg|
¿Es posible, me pregunto, estudiar un pájaro tan de cerca, observar y catalogar sus peculiaridades con un detallismo tal, que se vuelva invisible? ¿Es posible que, mientras se mide con tedio la envergadura de sus alas o la longitud de su tarso, perdamos de vista su poesía? ¿Que en nuestras descripciones pedestres de un plumaje marmóreo o vermiculado, dejemos de lado su semejanza a lienzos vivos, las cascadas de delicados tonos marrones y dorados que avergonzarían al propio Kandinsky, las neblinosas explosiones de color que rivalizarían con Monet? Creo que sí. Creo que, al examinar a nuestros animales desde el punto de vista de estadistas y diseccionadores, nos distanciamos cada vez más del maravilloso y mágico mundo de la imaginación, cuya gravedad nos atrajo hasta este campo en un primer momento.
Eso no quiere decir que debamos dejar de establecer hechos y verificar datos; sólo sugiero que a menos que esos hechos se complementen con el fogonazo de una imagen poética, se convertirán en gemas sin tallar; piedras semipreciosas que casi no valdrá la pena coleccionar.
Cuando miramos al ópalo negro y catatónico del ojo del periquito, debemos aprender a vislumbrar la fría locura alienígena que Max Ernst percibió cuando decidió vestir a sus novias desnudas con plumas escarlata y las monstruosas cabezas transplantadas de pájaros exóticos. Cuando capturamos algún milano o alguna golondrina de mar bajo la mirada aguda y azul de nuestras lentes Zeiss, debemos conseguir ver el vuelo detenido de las gaviotas color sepia que aparecen en las primeras fotografías cinéticas de Muybridge, batiendo sus alas blancas que trazan una lenta línea osciloscópica a través del tiempo y del espacio.
Al mirar a un halcón, vemos las minúsculas diferencias en la anchura del cañón de sus plumas, donde antaño los egipcios veían a Horus y al ojo ardiente de la venganza sagrada encarnado. Hasta que transformemos nuestras meras imágenes en visiones genuinas; hasta que nuestro oído haya madurado lo bastante para escuchar una sinfonía entre el pandemonium de un aviario; hasta entonces, puede que tengamos un hobby, pero no tendremos una pasión.
De niño, sentía pasión por los búhos. Durante los largos veranos de los 50, mientras medio país miraba hacia el cielo en busca de platillos volantes o misiles soviéticos, yo corría por los campos de Nueva Inglaterra en plena noche, masticando chocolate y mirando mi reloj mientras aguardaba a contemplar un espectáculo diferente, aguzando el oído a la espera del grito que significaría que un viejo pájaro bajaba de las ramas oscuras en busca de alimento, emitiendo un chillido de ermitaño loco, muy diferente del siseo enronquecido de los búhos más jóvenes.
En algún momento de aquellos años, entre los aburridos años posteriores a una guerra merecidamente ganada y el día de hoy, acechaba la ominosa sombra de una guerra imposible de ganar; en algún momento, mi pasión se perdió, convirtiéndose sin que me diera cuenta en un banal y tedioso sistema de clasificación. Aquel cambio me pasó desapercibido hasta que acabó convirtiéndose en un hábito inconsciente. No fue hasta hace muy poco que vislumbré mi antigua pasión, medio oculta entre el polvo acumulado de mi estudio metódico y académico; al visitar a un amigo enfermo en un hospital de Maine por consejo de un conocido común, cuando volvía caminando a través de un aparcamiento oscuro, con mi mente vacua perdida entre los acontecimientos del día, escuché, de repente, el grito de un búho de caza.
Era un ave anciana, y su grito era el de un hombre enloquecido, que resonaba por el oscuro y frío cielo, por entre las andrajosas nubes nocturnas, y que me hizo detener por un momento. Es una falacia suponer que los búhos gritan para asustar a su presa para que así salga de su escondrijo, como algunos han sugerido; el grito del búho de caza es una voz salida del Infierno, y convierte a los pequeños campañoles en estatuas, paraliza por completo a la comadreja. En aquel momento de parálisis, en el brillante macadán, entre los automóviles dormidos, entendí el propósito de aquel grito con una claridad diáfana, tal y como lo había entendido de niño, con la tripa apoyada contra el suelo cálido de verano. En aquel momento eterno, sentí un vínculo de puro miedo animal con todas las demás criaturas mucho más pequeñas y vulnerables que yo, que habían oído el grito igual que yo, y que estaban tan paralizadas como yo. El búho no intentaba atemorizar a su presa para que saliera al descubierto. Posado en una rama con una desconcertante quietud durante horas, bebiendo la oscuridad a través de sus dilatadas y sedientas pupilas, el búho ya había descubierto a su presa. El chillido únicamente servía para petrificar a la víctima elegida, pegándola al suelo con un clavo estremecedor de terror ciego y absoluto. Como yo no sabía a cuál de nosotros había elegido, permanecía helado junto con el resto de roedores, con mi corazón latiendo a toda velocidad mientras aguardaba el toque de sus garras de acero, la primera y única indicación de que la víctima escogida había sido yo. Las plumas del búho son suaves; no emiten ningún sonido mientras el pájaro se precipita a través del cielo. El silencio que precede al ataque del búho es como el que precede a una Bomba V, y nunca llegas a saber qué es lo que te ha atacado.
En algún lugar de la oscuridad crepuscular, más allá de los jardines del hospital, bañados de luz amarilla, me pareció escuchar cómo algún roedor emitía su último sonido. El momento había pasado. Podía moverme otra vez, igual que los demás habitantes invisibles (y ahora aliviados) de la hierba alta. Estábamos seguros. No chillaba por nosotros, no en esa ocasión. Podíamos continuar con nuestros asuntos nocturnos, con nuestras vidas, buscar una comida, o un compañero. No nos estremeceríamos nerviosamente en la apestosa oscuridad, no estábamos siendo devorados por aquel horror volante, nuestras colas no colgarían patéticamente de aquel violento pico en forma de cimitarra durante horas antes de que nuestros cuartos traseros y nuestra pelvis fueran devorados, y nuestra piel vuelta del revés en el proceso.
Aunque había recuperado mi capacidad motriz una vez el búho había finalizado su grito, me di cuenta de que no era tan fácil recuperar mi equilibrio. Alguna faceta de aquella experiencia había tocado una cuerda en mi interior, había creado una conexión entre mi personalidad adulta, monótona y aburrida, y el niño que se echaba en el suelo bajo la luz de las estrellas mientras los grandes cazadores nocturnos representaban grandes dramas de furia y muerte en el opaco cielo por encima mío. Un ansia por experimentar en vez de registrar volvió a avivarse en mi interior, activando los procesos mentales, el autoexamen que me llevó a escribir este artículo.
Como he dicho anteriormente, no pretendo que se abandonen por completo todas las actividades académicas y de investigación para salir corriendo desnudos a vivir una existencia primordial en los bosques. Al contrario: yo reemprendí el estudio de los pájaros con mayor fervor, pues ahora podía ver los hechos y las descripciones con la misma luz mágica y transformadora que me bañaba cuando era joven. La comprensión científica del hermoso, sincronizado y articulado movimiento de las plumas del búho durante su vuelo no nos impide apreciar la poesía del mismo fenómeno. Más bien, los dos se complementan entre sí, y la mirada lírica proporcionará a los fríos datos un romanticismo del que llevan demasiado tiempo apartados.
Al sumergirme ávidamente en los polvorientos libros de referencia, abandonados hace tiempo, me tropecé con pasajes olvidados que casi me quitaron el aliento, con tomos de aspecto ominoso que se revelarían como verdaderas tesorerías de maravillas iridiscentes. Volvía a descubrir gemas olvidadas entre las telarañas, antiguas frases en prosa descriptiva que expresaban sin esfuerzo la esencia terrible y violenta de su tema principal.
Volví a tropezarme con la absorbente narración de T.A. Coward de su encuentro con un búho águila: “En Noruega vi un pájaro que había sido atrapado al salir de su nido, pero sólo asumió su habitual conducta amenazadora, sino que también se debatió furiosamente entre las redes, golpeándolas con las garras. Sacudió sus plumas, metió la cabeza entre sus alas y emitió una serie de fuertes graznidos con su pico. Pero lo que más me llamó la atención fue el resplandor brillante de sus grandes ojos anaranjados.”
Y por supuesto, la descripción de Hudson de un búho águila de Magallanes al que había herido en la Patagonia: “Los iris eran de un intenso color naranja, pero cada vez que intentaba acercarme al pájaro, se convertían en globos de llamas amarillas, y las pupilas negras se veían rodeadas de una luz carmesí resplandeciente que llenaba el aire de chispas amarillas.” En palabras enterradas, semejantes a las que acabo de reproducir, capturé algo de la intensidad apocalíptica que había sentido en el aparcamiento de Maine.
Hoy en día, cuando observo algún espécimen de Carine noctua, intento ver más allá del color gris de sus garras, de las líneas de manchas blancas que le recorren la frente como fuegos artificiales. Intento ver al pájaro cuya imagen los griegos tallaron en sus monedas, sentado paciente junto a los oídos de Palas Atenea, compartiendo en silencio su sabiduría inmortal.
Quizás, en lugar de medir el plumaje que rodea sus oídos, deberíamos especular sobre lo que esos oídos han escuchado. Quizás cuando nos fijemos en cómo sus garras se aferran a la rama, con los dos pulgares por delante y el espolón trasero agarrándola por detrás, debamos pararnos a pensar un momento y reconocer que esas mismas garras debieron hacer sangrar antaño los hombros de Palas.

Había una vez una mujer cuyo oficio era contar cuentos. Iba por todas partes ofreciendo su mercadería, relatos de aventuras, de suspenso, de horror o de lujuria, todo a precio justo. Un mediodía de agosto se encontraba en el centro de una plaza, cuando vio avanzar hacia ella un hombre soberbio, delgado y duro como un sable. Venía cansado, con un arma en el brazo, cubierto del polvo de lugares distantes y cuando se detuvo, ella notó un olor de tristeza y supo al punto que ese hombre venía de la guerra. La soledad y la violencia le habían metido esquirlas de hierro en el alma y lo habían privado de la facultad de amarse a sí mismo. ¿Tú eres la que cuenta cuentos?, preguntó el extranjero. Para servirle, replicó ella. El hombre sacó cinco monedas de oro y se las puso en la mano. Entonces véndeme un pasado, porque el mío está lleno de sangre y de lamentos y no me sirve para transitar por la vida, he estado en tantas batallas, que por allí se me perdió hasta el nombre de mi madre, dijo. Ella no pudo negarse, porque temió que el extranjero se derrumbara en la plaza convertido en un puñado de polvo, como le ocurre finalmente a quien carece de buenos recuerdos. Le indicó que se sentara a su lado y al ver sus ojos de cerca se le dio vuelta la lástima y sintió un deseo poderoso de aprisionarlo en sus brazos. Comenzó a hablar. Toda la tarde y toda la noche estuvo construyendo un buen pasado para ese guerrero, poniendo en la tarea su vasta experiencia y la pasión que el desconocido había provocado en ella. Fue un largo discurso, porque quiso ofrecerle un destino de novela y tuvo que inventarlo todo, desde su nacimiento hasta el día presente, sus sueños, anhelos y secretos, la vida de sus padres y hermanos y hasta la geografía y la historia de su tierra. Por fin amaneció y en la primera luz del día ella comprobó que el olor de la tristeza se había esfumado. Suspiró, cerró los ojos y al sentir su espíritu vacío como el de un recién nacido, comprendió que en el afán de complacerlo le había entregado su propia memoria, ya no sabía qué era suyo y cuánto ahora pertenecía a él, sus pasados habían quedado anudados en una sola trenza. Había entrado hasta el fondo en su propio cuento y ya no podía recoger sus palabras, pero tampoco quiso hacerlo y se abandonó al placer de fundirse con él en la misma historia...
Todo el mundo cuenta con un conjunto de creencias generales, y la mayor parte de la gente en cualquier momento puntual (y a lo largo de la historia) tiene un cierto subconjunto compartido de tales creencias. En ocasiones denominamos «filosofías» a dichos subconjuntos, aunque ello puede suponer un abuso del lenguaje. Lo que puede contar como filosofía es la actividad de conservar en el camino estas creencias iniciales, o disposiciones, abiertas a la verdad sobre las cosas, libres de confusiones autoinfligidas. La filosofía ordena frecuentemente los recordatorios con el propósito estratégico de guardar la mente popular abierta y crítica. Aquí propongo unas cuantas de tales advertencias, todas ellas máximas tópicas, una renovada llamada de atención a lo que puede ayudar a precavernos contra algunas de las populares preconcepciones de nuestro tiempo. Dado que mi objetivo es vasto, amorfo y no autoconsistente, uno no ha de esperar más que generalidades y pontificaciones.
| Yo que canté un día la belleza violenta y la alegría de las locomotoras y de los aeroplanos, qué serpentina loca le lanzaré hoy al mundo para cantar tu arcano tus vivos cilindros sonámbulos, tu fuego profundo ¡oh, tú, el motor oculto de mi alma y de mis manos! ¡Qué llama enloquecida se enreda en tus fogones y hace girar la rueda líquida de la sangre y atiranta las poleas de los músculos para mecer los columpios súbitos de las sensaciones, cuando corro, beso anhelo, callo, sufro, espero, miro, salta mi alma en una loca carcajada, floto en sedas de suspiro o en el charco solitario de la sombra en que me estiro se me copia el corazón como una estrella desolada. ¡Y qué electricidades se me van por los alambres calientes de los nervios hasta el cerebro, caja de las velocidades azules y negras y rojas de todos los sueños...! Zumba la turbina sutil de hondos dolores y saltan imágenes, y hacia donde ya no alcanza el ojo triste con sus sedientas ruedas de colores corre el tren de las imágenes... Y qué émbolos oscuros se agitan sin cesar, y qué carbón jadeante de soles escondidos te hacen andar a todo vapor, a todo vapor, cuando se me hincha el corazón de una salvaje alegría, o se me quiere romper de dolor y de melancolía. Motor humano: tú eres la única maravilla de este mundo doloroso, por tu inmortal prodigio: el beso de las mujeres, el pensamiento firme y armonioso, la palabra que salta rotunda, patética y viva, por la célula furtiva que trabaja en sus telares nuestro ritmo misterioso; teje un día la Esperanza, otro día el Sufrimiento, otro día la Alegría. Yo siento cuando queda tensa y viva sobre mi alma la Energía. ¡Motor de la explosión de toda la vida mía! ¡Hondo motor que hace mi cólera y llanto mi callada pasión y mi fuerza y mi canto, más ligero, más ligero, con la carga de esperanza que es única conquista: tú, la máquina del único sendero sin sendero; yo, tu alado y sangriento maquinista! |
Cada vez que voy a tomar el tren oigo a la gente decir: «No llegaremos hasta tal hora; ¡qué viaje tan lento y aburrido!». El problema está en que creen que será así; nuestro estoico andaba cargado de razón cuando decía: «Suprime el juicio y suprimirás el mal».
La Verana era una dona preciosa que tenia tants pretendents que no aconseguia escollir-ne cap i sempre rondinava que necessitava més temps per prendre una decisió. Un bon dia, un bruixot li va donar un beuratge màgic i li va dir que quan se n’hagués begut la meitat viuria per sempre més. D’aquesta manera tindria tot el temps que volgués per buscar l’home indicat per compartir-hi la vida. Quan el trobés, només calia que li fes beure la resta del beuratge i així tots dos viurien eternament. La Verana es va afanyar a beure la seva part i va viure molts anys sense aconseguir decidir-se per cap home. Van passar cent anys i ella es mantenia igual de jove i bonica, però a mesura que passava el temps cada cop se li feia més feixuc haver de triar. Va comprendre que el beuratge encara havia fet més difícil la tria i, a més, tenia massa temps per decidir-se, sinó que encara ho complicava més la condició que l’home que triés no hauria d’estar al seu costat tan sols una generació, sinó tota l’eternitat. Al cap de dos-cents anys, la Verana havia conegut tants pretendents que ja no era capaç d’estimar cap home. Malgrat to, continuava condemnada a viure a la terra per sempre més i encara avui dia va errant pel món. Per això, quan un home s’enamora d’una dona que no se sap decidir, ha d’estar a l’aguait perquè potser ha trobat la Verana, freda i irresoluta. I hi ha molts homes que han perdut el cap i la joventut per la Verana, però ningú no la tindrà mai.

| Meu coração não se cansa De ter esperança De um dia ser tudo a que quer Meu coração de criança Não é só a lembrança De um vulto feliz de mulher Que passou por meus sonhos Sem dizer adeus E fez dos olhos meus Um chorar mais sem fim Meu coração vagabundo Quer guardar o mundo Em mim |
Dice la rata de laboratorio, satisfecha, a su amiga: «¿Ves como tengo al investigador de bata blanca perfectamente amaestrado?: cada vez que presiono la palanca, él obedece y me da un terrón de azúcar.» Es el mismo argumento que le escuché a un tigre que también había amaestrado a su domador.
No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exhibición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”... y a los pocos segundos ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes, la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

| Pare nostre que esteu en el cel sia augmentat sovint el nostre sou, vingui a nosaltres la jornada de set hores, faci’s un xic la nostra voluntat així com la d’aquells que sempre manen. El nostre pa de cada dia doneu-nos-el més fàcil que no pas el d’avui, perdoneu els nostres pecats així com nosaltres perdonem els dels nostres encarregats i no ens deixeu caure a les mans del director, ans advertiu-nos si s’apropa, amén. |
Desde que la sociedad burguesa empezó a tender puentes entre el saber de los de arriba y el de los de abajo del todo, pretendiendo fundar íntegramente su imagen del mundo sobre el realismo, los extremos se van entrelazando cada vez más. Hoy día, el cínico aparece como un tipo de masas: un carácter social de tipo medio en la supraestructura elevada. Y es tipo de masas no sólo porque la avanzada civilización industrial haya producido el tipo del individualista amargado como fenómeno de masas, sino que son las mismas ciudades las que se han convertido en difusos conglomerados que han perdido la capacidad de crear public characters aceptados generalmente. La presión hacia una individualización ha bajado en el moderno clima urbano y de «medios». De esta manera, el cínico moderno, tal y como se da, sobre todo desde la Primera Guerra Mundial, en cantidades masivas en Alemania, ha dejado de ser un marginado. Pero aparece menos que nunca como tipo plásticamente desarrollado. El moderno cínico de masas pierde su mordacidad individual y se ahorra el riesgo de la exposición pública. Hace ya largo tiempo que renunció a exponerse como un tipo original a la atención y a la burla de los demás. El hombre de la clara «mirada malvada» se ha sumergido en la masa; sólo el anonimato es el gran espacio de la discordancia cínica. El cínico moderno es un integrado antisocial que rivaliza con cualquier hippy en la subliminal carencia de ilusiones. Ni siquiera a él mismo su perversa y clara mirada se le manifiesta como un defecto personal o como un capricho amoral del que debe responsabilizarse en privado. De una manera instintiva no entiende su manera de ser como algo que tenga que ver con el ser malvado, sino como una participación en un modo de ver colectivo y moderado por el realismo. Tal es, en general, la forma más extendida, entre gentes ilustradas, de comprobar que ellos no son los tontos. Incluso en ello parece existir algo sano, cosa a cuyo favor está la voluntad de autoconservación. Se trata de personas que tienen claro que los tiempos de la ingenuidad han pasado.
| Supiste cambiar para subir de barrio y conquistaste la cima del baile, en solitario. Del bajo fulardo pasaste al intelecto alto piano, violín, bandoneón, un bajo y... canto. Con la cabeza, das un breve quebranto antes del melodioso momento del primer contacto. Falda entreabierta, costura en medias, -ella-, tacón alto elegancia de gestos, traje de sastre -él-; y sombrero ancho. Gira el cuerpo, tu pareja te envuelve alargas la pierna, ella salta el obstáculo; frenesí de vueltas, sensuales contactos armoniosos reencuentros, ocupáis poco espacio. El cantor en una estrofa, gesticula una mueca y al abrir las piernas, extiende lentamente el brazo; enfatiza en la historia que nos está contando alrededor suyo, las parejas siguen bailando. Letra que sentimenta el canto música de ritmo acompasado; conseguir bien bailarlo, un goce logrado estamos señores hablando, de “Su majestad El TANGO”. |
A Acetre los descubrí por casualidad, tanta que ni siquiera recuerdo cómo fue. Proceden de Olivenza (Badajoz) y su música bebe en las aguas extremeñas y portuguesas del cercano río Guadiana. Su esquiva discografía de los últimos tiempos la integran tres discos: Canto de Gamusinos, Barrunto y Dehesario. Al comprar este último por correspondencia, seguro de acertar pues ya tenía los dos anteriores, curioseé en la agenda de conciertos previstos de la banda y, oh casualidad, venían a Barcelona, por fin, a tiro de tranvía T3, invitados por la Casa Regional de Extremadura. No soy extremeño, qué se le va a hacer, pero como la música une y no separa, para allí me fui con el alma en vilo y la atención dispuesta. La entrada era libre, no había que pagar nada, como suele suceder en los grandes espectáculos (la noche estrellada, el atardecer sobre el mar, una sonrisa, etc.). Aparecieron sobre el escenario y comenzaron a tocar. El concierto duró unas dos horas y media y ojalá hubiera durado más, mucho más.
Tres montañeros filosóficos y su sherpa decidieron escalar la montaña más alta del mundo. Era una montaña inexplorada, tan alta que desde su cima se esperaba que uno pudiera ser capaz de ver el mundo entero. Así que se dispusieron a atacar la cima un día soleado. Algunos milenios más tarde finalmente la alcanzaron. Sus ojos contemplaron el espectáculo en derredor y después se miraron unos a otros perplejos. Podían atisbar el mundo entero, pero su altura era tan grande que todo lo que había abajo se mezclaba en una compacta masa gris. Podían ver todo de una vez, pero nada en particular.
El primer montañero, que era partidario de la filosofía oriental, exclamó: «Hemos llegado a dominar todo y logrado la Nada final. Ya no existimos». Se sentó y cerró los ojos.
El segundo montañero, formado en la filosofía continental, se lamentó: «Nuestra larga tradición de alpinismo metafísico nos ha conducido a un encuentro con el nihilismo. Debemos minar los fundamentos de esta montaña, y sólo entonces seremos capaces de verlo todo». Cogió una pala y empezó a cavar.
El tercero, entrenado en la filosofía analítica, dijo: «Simplemente no hemos llegado a un punto suficientemente alto. Por fortuna, hemos desarrollado algunas tecnologías para llevarnos a una altura superior». Buscó una escalera por los alrededores.
El sherpa, con la impresión de que sus clientes estaban insatisfechos, dijo, un tanto a la defensiva: «Lo siento, no se admiten devoluciones».
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.