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Antes de cerrar la mochila busqué un libro manejable para mi vuelo hasta Sevilla. En la estantería de pendientes estaba La carretera, de Cormac McCarthy, ganadora del premio Pulitzer 2007. Esperaba encontrar doscientas páginas de buena compañía y, ciertamente, la encontré de la mano de un padre y su hijo, sólo dos pero todo un mundo (especialmente teniendo en cuenta que eran de los pocos supervivientes tras un cataclismo). En esta historia donde el suelo está cubierto de ceniza, los árboles calcinados, el cielo es gris y la nieve está sucia, los dos protagonistas luchan por no perder el color y calor humano que, como una llama de cálido fuego, perdura entre los “buenos”. Para todos aquellos que andan perdidos les recomiendo que sigan La carretera hacia el sur.
| Todavía tengo casi todos mis dientes casi todos mis cabellos y poquísimas canas puedo hacer y deshacer el amor trepar una escalera de dos en dos y correr cuarenta metros detrás del ómnibus o sea que no debería sentirme viejo pero el grave problema es que antes no me fijaba en estos detalles. |
Algunas imágenes, sean del cine, la fotografía o la vida -aquello a lo que asistimos-, permanecen en nuestra retina y son una parte importante de nuestros procesos asociativos, con frecuencia involuntarios. A mí, cuando leo en la prensa sobre el asesinato o el homicidio de una mujer a manos de su marido o novio o cortejador, o de quienes lo fueron y se niegan a dejar de serlo, se me aparece a menudo la imagen de la actriz Shelley Winters, sin duda porque le tocó interpretar ese papel de víctima al menos tres veces, o en tres películas memorables [“Lolita” de Kubrick, “Un lugar en el sol” de George Stevens y “La noche del cazador” de Charles Laughton]. Pero la asociación se produce también por un detalle: uno de los más llamativos y recurrentes en los casos de violencia doméstica o semiconyugal contra las mujeres es que -leemos- éstas rara vez luchan contra sus agresores, ni siquiera cuando las están matando. Tratan de huir o se cubren con las manos inútilmente, piden auxilio o en ocasiones imploran, pero casi nunca pelean ni tratan de devolver los golpes. La explicación más obvia -saben que ante la superior fuerza física de un varón tienen poco que hacer, o la batalla siempre perdida- no resulta muy convincente, porque aun así, aun sabiéndose que no hay esperanza para el más débil en lo que antiguamente se llamaba “desigual pelea”, el instinto de supervivencia lleva por lo general a cualquiera a defenderse con uñas y dientes. Y nunca mejor dicha esta expresión coloquial y tantas veces metafórica, porque muchas mujeres disponen tan sólo de eso, de sus uñas y sus dientes.
Iba mirando el periódico que acababa de comprar y por eso no advirtió su presencia hasta que casi chocó contra ella.
-Perdone -dijo él, aún distraído y manoteando torpemente el diario.
-Vaya, pero si eres tú -dijo ella.
Tomás alzó la vista. Rosario estaba frente a él, con gesto sorprendido, sonriente. Tenía exactamente el mismo aspecto de siempre: Tomás incluso creyó reconocer la chaqueta de mezclilla que llevaba. Qué bárbaro, cinco años sin verse y vestía la misma chaqueta que antes. Con lo mucho que se cambiaba de ropa por entonces y la cantidad de dinero que se gastaba en trapos.
-Pues sí, soy yo.
Se quedaron unos instantes sin saber qué decirse.
-Estás igual -dijo él.
-Tú también -dijo ella.
Tomás se pasó disimuladamente una mano por el pelo, mucho más ralo que antes, y metió tripa.
-Acabo de llegar -explicaba Rosario-. Hace un par de días. Y ya no me voy más. Se acabó la aventura americana.
Era verdad, sí. Ahora Tomás recordaba vagamente que Rosario le había escrito que pensaba regresar a Madrid. Pero eso había sido muchos meses atrás.
-Te debo carta, por cierto -recordó de pronto Tomás, sintiéndose culpable.
-No te preocupes: ahora ya me podrás decir las cosas cara a cara. O por teléfono.
Rieron los dos, Rosario enseñando sus dientecitos pequeños y parejos, como de niña. Una mujer tan estupenda, Rosario. Pero ¿qué cosas? ¿Qué cosas podría decirle? ¿De qué podría hablarle? Ni por carta, ni por teléfono, ni cara a cara: no se le ocurría nada que contarle a esa mujer estupenda con la que había vivido cuatro años.
-¿Qué tal te va la vida? -preguntó ella.
-Bien. Bueno... Sí, bien. ¿Y a ti? -titubeó él.
-Muy bien. Ya ves. En pleno cambio.
Y, sin embargo, los primeros seis meses de su relación habían sido un incendio. No en el terreno de la complicidad verbal: ahí nunca brillaron. Los dos eran demasiado introvertidos, demasiado pasivos, demasiado callados. Debió de ser por eso por lo que fracasó la relación, años después. Pero al principio, en los primeros tiempos: al principio la piel echaba chispas, el silencio del otro era un enigma que avivaba el deseo y por las venas corría lava en vez de sangre. Tomás nunca había mantenido una relación sexual tan descomunal y tan febril como con Rosario. Cuando se encerraban el uno con el otro estallaban cohetes, se calcinaban las estrellas, el mundo era un perpetuo redoble de tambor. Se bastaban. No necesitaban nada más. Era la apoteosis de los cuerpos.
-¿Sigues teniendo el mismo piso que antes?
-Sí. Y tú, ¿dónde vas a vivir?
-Oh, ahora, de momento, estoy en casa de mi hermana, pero me estoy buscando un apartamento. Quiero comprar algo.
Era la misma, exactamente la misma mujer que le volvió loco tiempo atrás, pero algo se había roto definitivamente. Al sutil mecanismo de la pasión le faltaba una pieza. Era como un reloj estropeado: si no marca la hora, se convierte en materia desordenada y absurda, en tuercas, cristales, ruedecillas inútiles. El reloj pierde su sustancia y ni siquiera es. Del mismo modo, los dientecitos de Rosario, antes irresistibles, un sortilegio de dulces mordeduras, eran hoy unos dientes vulgares, ajenos, inanimados. Años atrás no hubiera podido estar tan cerca de ella sin temblar y hoy estaba deseando marcharse.
-¿Y tu madre?
-Muy bien. Con sus achaques de artritis, pero bien. ¿Y tus padres?
-Estupendos. Desde que se jubilaron se pasan el día viajando. Ahora están en Alicante.
-Qué bien.
Coincidieron los dos, años atrás, en una esquina del tiempo y del espacio. Pero después el mundo siguió girando y se perdieron. Y, sin embargo, ahora aún la quería. Se querían mucho los dos, de eso estaba seguro: con un amor antiguo y animal, con la costumbre de quien ha compartido infinidad de gripes y de insomnios, con el mismo entrañamiento con que quieres a ese hermano con el que nunca sabes de qué hablar.
-Bueno, Tomás, me voy a tener que ir -sonrió ella-. A ver si un día quedamos y comemos.
A Rosario, la conocía bien, le pasaba lo mismo: estaba huyendo. Se miraron, se sonrieron; y se abrazaron estrechamente, con el dulce recuerdo de los abrazos de antaño. Que seas feliz, pensó Tomás; que seas muy feliz, deseó desde el fondo de su corazón, con todas sus fuerzas. Y después se separaron los dos, muy aliviados.
¿Qué es mejor, la felicidad eterna o un bocadillo de jamón? Podría parecer que la felicidad eterna es mejor, ¡pero esto no es realmente así! Después de todo, nada es mejor que la felicidad eterna, y un bocadillo de jamón es ciertamente mejor que nada. Por lo tanto un bocadillo de jamón es mejor que la felicidad eterna.
| Señor compañero, Señor de la noche, haz que vuelva su rostro quien no quiso mirarme. Que sus ojos me busquen sostenidos y azules por detrás de la barra. Que pregunte mi nombre y se acerque despacio a pedirme tabaco. Si prefiere quedarse, haz que todos se vayan y este bar se despueble para dejarnos solos con la canción más lenta. Si decide marcharse, que la luna disponga su luz en nuestro beso y que las calles sepan también dejarnos solos. Señor compañero, Señor de la noche, haz que no cante el gallo sobre los edificios, que se retrase el día y que duren tus sombras el tiempo necesario. El tiempo que ella tarde en decidirse. |
Su autobiografía fue un éxito rotundo, más que cualquiera de sus novelas. Todos estaban asombrados ante esa vida tan intensa que el autor relataba sin el menor recato. La crítica opinó que era su mejor obra, además de insinuar que más le hubiera valido dedicarse desde el principio a las biografías y los estudios históricos. Opinaban que, visto lo visto, lo suyo no era la ficción. Sin embargo, nadie daba la menor importancia al hecho de que en la autobiografía apareciese relatada la muerte y el entierro del autor.
Os habrá sucedido que os despertáis por la mañana con una sensación dulcísima. De inmediato pensamos que este bienestar responde a un sueño hermosísimo. Tratamos de recordarlo y prolongar este placer, pero no lo logramos. Por muy hábiles que seáis en recuperar el recuerdo de los sueños, no conseguiréis recordar éste. Simplemente porque no hay ningún sueño. Lo que ha pasado es que por casualidad habéis estado más tiempo de lo habitual suspendidos entre el sueño y la vigilia: aún no despiertos, ya no dormidos.
| Éste era zapatero, éste hacía barriles, y aquél servía de mozo en un hotel de puerto... Todos han dicho lo que eran antes de ser soldados; ¿y yo? ¿Yo qué sería que ya no lo recuerdo? ¿Poeta? ¡No! Decirlo me daría vergüenza. |

Des de ben aviat, a set o vuit anys, mostro signes d’idiotisme profund. Amb una llima, serro els barrots del bressol i visito les vuitanta-set biblioteques públiques de la Xarxa d’Equipaments Associats d’Art, Societat i Cultura. Llegeixo la Crítica de la raó pura i, tot seguit, la Crítica de la raó pràctica. L’obra completa de Dostoievski, Manganelli, Flaubert, Hamsun, Nietzsche, La Rochefoucauld i alguna cosa de Cioran. També la Fenomenologia de l’esperit i El món com a voluntat i representació. Buffon, Papini i Pepys vénen després, i Thomas Bernhard de tant en tant, només per despistar als vigilants.
Naturalment, em porten a l’hospital. Allà em fan moltes proves, sobretot al cap: una pila de radiografies en què es veuen les circumvolucions cranials i els circuits neuronals. El metge es mira les radiografies a contrallum, comenta alguna cosa amb els seus col·legues, homes que fan olor de loció d’afaitar i porten esclops blancs, esclops amb una retícula de puntets de ventilació a les empenyes, cadascun taponat amb una unça de ronya. Un dels batablanques té setanta-sis mencions al Google.
M’han d’operar, ja tinc hora al quiròfan. La nit abans, obro la porta del lavabo. Poso el tamboret damunt del dipòsit, m’hi enfilo i trec el cap per la finestra. Els senyals van d’un pavelló a l’altre, projectats amb una llanterna i ombres que fan pam i pipa. Però l’home que fa capses de cartró avui no diu res.
El metge, després de sedar-me, comença a trepanar. Del forat que fa a l’occipital en treu un cuc llarg i glutinós. Compto ben bé cinc pams de bèstia, que van a parar a una safata en forma de ronyó i d’aquí el fiquen en una galleda d’alumini que llencen a les escombraries. Em donen l’alta.
A casa, faig vida normal. Aprenc a cuinar, passo l’escombra, planto llavors de sobre. Una tarda, llegeixo tot Kafka, Zweig, Pazzi i el Tractatus logico-philosophicus.
Immediatament, em tornen a dur a l’hospital. M’hi fan més proves.
-Cal tornar a trepanar -diu el metge-. El cap del cuc s’ha quedat a dins.
PREÁMBULO
| Sólo una vez tú y yo estuvimos juntos, luego el tiempo y la muerte se afanaron en abrir una brecha entre los dos. Sólo una vez unidos. Sale el sol y se pone cada día y el fruto se renueva con cada primavera, mas jamás vuelve a unirse aquello que separa la muerte. Que la eternidad, pues, nos mantenga a los dos en la dulce esperanza de un reencuentro más allá del tiempo, puesto que nos quedó el hambre de estar juntos. |

En una ciudad en donde las cosas erradas se pagaban caras, el rey dictaminó que una persona debía ser ejecutada. Y para ello, decidió ahorcarlo. Para darle un poco más de sabor, colocaron en dos plataformas dos horcas. A una la llamaron «el altar de la verdad» y a la otra, «el altar de la mentira».
Cuando estuvieron frente al reo, le explicaron las reglas:
-Tendrás oportunidad de decir tus últimas palabras, como es de estilo. De acuerdo con que lo que digas sea verdad o mentira, serás ejecutado en este altar (señalando el de la verdad) o en el otro. Es tu decisión.
El preso pensó un rato y dijo que estaba listo para pronunciar sus últimas palabras. Se hizo silencio y todos se prepararon para escucharlo. Y dijo:
-Ustedes me van a colgar en el altar de la mentira.
-¿Es todo? -le preguntaron.
-Sí -respondió.
Los verdugos se acercaron a esta persona y se dispusieron a llevarla al altar de la mentira. Cuando la tuvieron al lado, uno de ellos dijo:
-Un momento, por favor. No podemos colgarlo aquí, porque si lo hiciéramos sus últimas palabras habrían sido ciertas. Y para cumplir con las reglas, nosotros le dijimos que lo colgaríamos de acuerdo con la validez de sus últimas palabras. Él dijo que lo colgaríamos en el altar de la mentira. Luego, allí no podemos colgarlo porque sus palabras serían ciertas.
Otro de los que participaba arriesgó:
-Claro. Corresponde que lo colguemos en el altar de la verdad.
-Falso -gritó uno de atrás-. Si fuera así, lo estaríamos premiando ya que sus últimas palabras fueron mentira. No lo podemos colgar en el altar de la verdad.
Ciertamente confundidos, todos los que pensaban ejecutar al preso se trenzaron en una discusión eterna. El reo escapó y hoy escribe libros de lógica.
Teniendo conciencia de que la ciencia y en particular sus resultados pueden ocasionar perjuicios a la sociedad y al ser humano cuando se encuentran ausentes los controles éticos, ¿juráis que la investigación científica y tecnológica que desarrollaréis será para beneficio de la humanidad y a favor de la paz, que os comprometéis firmemente a que vuestra capacidad como científicos nunca servirá a fines que lesionen la dignidad humana guiándoos por vuestras convicciones y creencias personales, asentadas en auténtico conocimiento de las situaciones que os rodean y de las posibles consecuencias de los resultados que puedan derivarse de vuestra labor, no anteponiendo la remuneración o el prestigio, ni subordinándolos a los intereses de empleadores o dirigentes políticos?
| La servante au grand coeur dont vous étiez jalouse, Et qui dort son sommeil sous une humble pelouse, Nous devrions pourtant lui porter quelques fleurs, Les morts, les pauvres morts, ont de grandes douleurs, Et quand Octobre souffle, émondeur des vieux arbres, Son vent mélancolique à l’entour de leurs marbres, Certe, ils doivent trouver les vivants bien ingrats, À dormir, comme ils font, chaudement dans leurs draps, Tandis que, dévorés de noires songeries, Sans compagnon de lit, sans bonnes causeries, Vieux squelettes gelés travaillés par le ver, Ils sentent s’égoutter les neiges de l’hiver Et le siècle couler, sans qu’amis ni famille Remplacent les lambeaux qui pendent à leur grille. Lorsque la bûche siffle et chante, si le soir, Calme, dans le fauteuil je la voyais s’asseoir, Si, par une nuit bleue et froide de décembre, Je la trouvais tapie en un coin de ma chambre, Grave, et venant du fond de son lit éternel Couver l’enfant grandi de son oeil maternel, Que pourrais-je répondre à cette âme pieuse, Voyant tomber des pleurs de sa paupière creuse? |
A la sirvienta, tan buena, de la que eras celosa, |
La obra de teatro 2666, dirigida por Àlex Rigola, está basada en la novela homónima de Roberto Bolaño. La novela gira en torno a los crímenes de Ciudad Juárez, transmutada en la ficticia ciudad de Santa Teresa. Ésta es la forma más cómoda de comenzar la crítica: primero planteo un hecho para, luego, dar una interpretación personal del mismo. Es decir, lo normal, ¿lo normal? Casi todo lo que consideramos hechos lo son bajo el prisma de nuestra visión personal que, para permitir su conocimiento, los antecede. En fin, que esto es una crítica teatral, creo, y no un grito de impotencia, tal vez.| Adriana Martínez Martínez Adriana Saucedo Juárez Adriana Torres Márquez Aída Carrillo Alejandra Viescas Castro Alicia Herrera Alma García Alma Mireya Chavira (o Chavarría) Fávila Alma P. o Leticia Palafox Z. Amalia Saucedo Díaz de León Amelia Lucio Borja Amparo Guzmán Caixba Ana Gil Bravo Ana Hipólito Campos Ana Ma. Gardea Villalobos Apolonia Fierro P. Araceli Gómez Martínez Araceli Lozano Bolaños Araceli R. Martínez Montañés Aracely Esmeralda Martínez Aracely Gallardo Rodríguez Aracely Manríquez Gómez Aracely Núñez Santos Argelia Irene Salazar Crispín Bárbara Araceli Martínez Ramos Bertha Luz Briones Blanca Estela Velázquez Valenzuela Blanca Yadira Nuñez Brenda Alfaro Luna Brenda Berenice Delgado Rodríguez Brenda Herrera Brenda Lizeth Nájera Flores Brenda Patricia Méndez Vásquez Brisa Narváez Santos Carolina Carrera Cecilia Covarrubias Aguilar Cecilia Sáenz Parra Celia Guadalupe Gómez de la Cruz Cynthia Rocío Acosta Alvarado Clara Hernández Martínez Clara Zapata Zepeda Álvarez Claudia Ivette González Claudia Ramos López Cristina Quezada Mauricio Cynthia Portillo de González Dalia Maribel Prieto Deisy Salcido Rueda Domitila Trujillo Posadas Donna Maurine Striplin Boggs Dora Alicia Martínez Mendoza Elba Reséndiz Rodríguez Elba Verónica Olivas Elena García Alvarado Elena Salcido Meraz Elsa Rivera Rodríguez Elizabeth Castro García Elizabeth Flores Sánchez Elizabeth Gómez Elizabeth Martínez Rodríguez Elizabeth Ramos Elizabeth Robles Gómez Elizabeth Soto Flores Elodia Payán Núñez Elsa América Arrequín Mendoza Elva Hernández Martínez Elvira Carrillo de la Fuente Emilia García Hernández Eréndira Buendía Muñoz Eréndira Ivonne Ponce Hernández Erica García Moreno Erika Ivonne Ruiz Zavala Erika Pérez Esmeralda Juárez Alarcón Esmeralda Leyva Rodríguez Esmeralda Urías Sáenz Estefanía Corral González Eugenia Martínez Poo Fabiola Zamudio Fátima Vanessa Flores Díaz Flor Idalia Márquez Francisca Epigmenia Hernández Francisca Lucero Gallardo Francisca Sánchez Gutiérrez Gabriela ?La China? (2004) Gabriela Bueno Hernández Gabriela Domínguez Aguilar Gabriela Edith Márquez Calvillo Gladys Janeth Fierro Vargas Gladys Lizeth Ramos Esc Gloria Betances Rodríguez Gloria Elena Escobedo Piña Gloria Escalante Rodríguez Gloria Olivas Morales Gloria Rivas Martínez Graciela García Primero Guadalupe Ivonne Estrada Salas Guadalupe Luna de la Rosa Guadalupe Verónica Castro Pando Guillermina Hernández Chávez Hester Van Nierop Hilda Fierro Olivas Hilda Rodríguez Núñez Ignacia Morales Soto Inés Silvia Merchant Irene Castillo Irma Angélica Rosales Lozano Irma Arellano Castillo Irma Márquez Irma Rebeca Fuentes Irma Valdez Sánchez Jacqueline Cristina Sánchez Hernández Jessica Lizalde León Jessica Martínez Morales Juana González Piñón Juana Iñiguez Mares Juana Sandoval Reyna Julia Luna Vera Julieta Enríquez González Karina Ávila Ochoa Karina Daniela Gutiérrez Karina Candelaria Ramos González Karina Soto Cruz Laura Alondra Márquez Laura Ana Inere Laura Berenice Ramos Monárrez Laura Georgina Vargas Laura Lourdes Cordero García Leticia Armendáriz Chavira Leticia Caldera Arvídez Leticia de la Cruz Bañuelos Leticia García Rosales Leticia Quintero Moreno Leticia Reyes Benítez Leticia Vargas Flores Lilia Alejandra García Andrade Lilia Juliana Reyes Espinoza Liliana Frayre Bustillos Liliana Hodging de Santiago Linda Ramos Sandoval Lorenza Isela González Alamillo Lourdes Gutiérrez Rosales Lourdes Ivette Lucero Campos Lucila Silva Dávalos | Luz Adriana Martínez Reyes |
Dado que el universo no tiene estructura, que el hombre no es sino un accidente de la materia, que el mundo es perecedero y el alma mortal; dado que ninguna inteligencia, ninguna finalidad, sino sólo la causalidad ciega y el azar presiden todas las creaciones de la naturaleza, que los más grandes males que asolan el mundo y al hombre no son sino accidentes que nadie quiere y que nada significan; dado que no hay ni justicia, ni moral, ni derechos, ni otros deberes que los que resultan del pacto social de no agresión; dado que la historia, al menos en tanto que algo que sucede, carece de sentido; en fin, dado que el placer no puede incrementarse de forma indefinida (de modo que todos los esfuerzos de la civilización por aumentar los bienes y los placeres de nada sirven pues no pueden aumentar la capacidad humana de la alegría), el sabio, que, sabiendo todo eso se ha librado de las ilusiones que producen los temores vanos y los falsos deseos, puede, consciente y con el espíritu en paz, experimentar la alegría pura y, sin ser eterno, vivir en la eternidad como un dios.
Fue por los ocres tiempos del otoño cuando veía desde mi lecho de enfermo las hojas de los árboles cambiar de color, y te pregunté:
-Madre, ¿es que ya florecen los árboles?
-No, hijo, amarillean.
Tus ojos estaban tristes. Tu voz, lejana.
Amarilleaban las hojas de los árboles y se les caían una a una y muchas a muchas al roce del viento. ¡Pobres árboles desnudos en las noches escarchadas! ¡Pobres árboles desnudos!...
Mi madre rezaba desde el alba a las estrellas por mi salud y hacía violencia al cielo con los ojos en llanto. Cuando, al fin, dejé la cama y otra vez los árboles tuvieron hojas y flores, me ordenó:
-Irás descalzo al Cebrero. Te ofrecí si curabas.
Até, pues, los zapatos uno con el otro por los cordones, les metí dentro los calcetines y me los eché de alforjas al hombro.
A más de mitad de camino, en un prado de corta hierba y poca agua pastaba un borriquillo.
-Con tal de ir descalzo -pensé- igual valdrá hacerlo a pie que a caballo.
Monté a pelo y proseguí hacia el Santo Milagro del Cebrero (en castellano, o del Cebreiro en galego), altísimo lugar, no sólo por santo, sino por sus elevadas cumbres de lobos, nieves, ventiscas, nieblas y fríos que en los inviernos azotan el rostro y encogen los ánimos.
Cuanto más subíamos, más aumentaban los devotos confluyendo por caminos y senderos.
Aún no muy lejos de donde cogí el burro, antes del pueblo de La Faba, tres labriegos se nos cruzaron con las hachas y las azadas al hombro.
-¿No es el burro de Anselmo? -murmuró uno, volviéndose a mirarnos.
-Lo parece -asintió otro.
-¡Lo vendería! -el tercero se encogió de hombros- ¡O no lo será!
Pero lo que más le llamaba la atención era verme descalzo y cabalgando.
En el santuario, al que llegué sin gran esfuerzo, me dispuse a pasar unas horas festivas entre tantos devotos y mercaderes, con la tranquilidad que da el deber cumplido. Después emprendí el camino de regreso, a caballo de mi borrico, hasta cerca de donde lo había tomado y donde ya venían a buscarme dos mocetones que viéndome llegar, gritaron:
-¡Ladrón!
Corrían detrás de mí tirándome piedras y aún corría yo más esquivándolas. Tropecé, caí, desgarré la piel y me quedé sin un zapato. A mi casa llegué con el pie izquierdo maltrecho. Mi madre me puso agua con sal y mientras me lavaba los pies decía:
-¡Pero hijo, ni que hubieras andado por el monte buscando los sitios peores!
-Fui por atajos de cabras.
-¡Yo te ofrecí a ir por el camino!
-Así regresé antes. ¿No ves qué pronto he vuelto?
-Te faltó tiempo para rezar un Padrenuestro.
-Poco recé al ir, cierto, pero lo compensé al volver. ¡Si supieras con cuánta emoción me acordaba de todos los santos de la parroquia!... ¡Hasta del Ángel de Parajís!
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.