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  • Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2007.

    Resumen

    · dixit X ·

    Tema: c u a d e r n o ~ 01/05/2007 18:54 ~ Hay 3 comentarios.

    Soy libre incluso cuando no estoy dispuesto a disponer de mi libertad. Si dudo es porque la decisión está ahí, al alcance, con su sombra de oscuras consecuencias que de tan sabidas ya las he olvidado. Es tanta la responsabilidad y tan pocas las opciones que, aun a costa de los errores cometidos, aun obviando el futuro en el que transcurrirá el resultado, la angustia del dilema acude rauda al núcleo de la indecisión. Y una tras otra surgen más pruebas para mi libertad, incesantemente se ponen a prueba mi paciencia y mi cordura, ¿acaso he pedido demostrar que no soy esclavo? Sí, soy libre, radicalmente libre, condenadamente libre. ¡Puedo elegir la respuesta!... pero no la pregunta.

    · dixit XI ·

    Tema: c u a d e r n o ~ 01/05/2007 19:05 ~ Hay 3 comentarios.

    Platón creyó ser una burda imitación de la perfección. Nuestros ojos con su mirada no se posan en la belleza de las cosas sino que la traspasan en busca de la esencia. Vivir resulta difícil por cuanto la vida está idealmente en otra parte.
     
    Nietzsche nos dio aviso que Dios había muerto aunque nadie ha encontrado todavía el cadáver. Desde su montaña nos gritaba que nada valía la pena y visto que nadie le hacía caso abandonó este mundo antes de morir. Al desaparecer sus palabras resucitaron.
     
    Einstein nos enseñó que somos energía, ocupamos un lugar en el espacio y a nuestros cambios los llamamos tiempo. En su insigne fórmula se encierra la afirmación de que nuestra existencia se afirma mediante la acción. Somos lo que hacemos.
     
    Conclusión: Vivimos atravesados por razones ajenas en la sinrazón de nuestra propia vida.

    Vigésimo segunda reflexión |Francesco Alberoni| [fragmento]

    Tema: P E N S A R ~ 01/05/2007 20:14 ~ Hay 8 comentarios.

    20070501174720-vigesimo-segunda-reflexion.jpgTengo ante mi una carta: «Soy divorciada, con un buen trabajo, no tengo ningún gran amor, no tengo hijos, no tengo ni siquiera padres a los que acudir. Mi vida no es infeliz, por el contrario, está llena de intereses y gratificaciones. Sin embargo, a veces, me pregunto si no soy la personificación de un cierto tipo de egoísmo y de avidez. Entonces me respondo que esta pregunta es sólo el efecto del más estúpido condicionamiento femenino al sacrificio. Las mujeres fuimos educadas desde la infancia durante siglos con la idea de prodigarnos por alguien. En cambio, yo no tengo hijos, no tengo marido, no tengo a nadie por quien afanarme hasta la extenuación y por quien sufrir. Pero el viejo condicionamiento sigue obrando y me hace sentir culpable. Un varón, educado para afirmarse en el mundo, para pensar sólo en sí mismo, no sentiría nada parecido. Estaría feliz y contento, y basta».
     
    Es el egoísmo que trata de justificarse. Algo que hacemos todos, por turno, varones y mujeres, en el intento de legitimar moralmente el interés exclusivo por nosotros mismos. Sin embargo, es un intento que fracasa. Ese sentimiento de culpa, esa sensación de aridez y de vacío que la mujer dice sentir es la prueba de que tampoco su justificación se sostiene. La verdad es otra, elemental y evidente: que todos los seres humanos, mujeres y hombres, tenemos una extraordinaria e implacable necesidad de dedicarnos a algún otro, a alguna otra cosa. Que no podemos tomarnos a nosotros mismos como objeto de amor, de interés y de preocupación: necesitamos dedicarnos a una mujer, a un amante, o bien a una empresa, a un partido, a un libro, acaso incluso sólo a un perro o un gato. En cualquier caso, a algo exterior a nosotros, que no es nuestra persona individual. (...) Una vida que no está “dedicada” carece de sentido.

    Pequeño interior |Luis Muñoz|

    Tema: S E N T I R ~ 02/05/2007 21:39 ~ Hay 10 comentarios.

    20070502213902-pequeno-interior.jpg
    Acoge los recuerdos
    como a huéspedes cálidos.
    Deja que se conozcan,
    que se hurguen entre ellos, que se lleven bien.
     
    Enséñales la casa paso a paso:
    dónde guardas la foto que los fijó un momento,
    dónde filtran las sombras su cuerpo definido,
    dónde pueden estar sin que los notes.
     
    Cuando adopten su sitio plenamente,
    cuando aprendan la voz de tu rutina
    y el incierto dictado a que responde,
    deja que duerman hasta tarde,
    que paseen sin rumbo, que se estiren,
    que se encojan, se fundan con tus sueños.
     
    Pero no aceptes
    si quieren que los sigas.

    El tamboril de la muerte |Popular (Ancares)|

    Tema: S E N T I R ~ 03/05/2007 21:16 ~ Hay 3 comentarios.

    20070503211719-el-tamboril-de-la-muerte.jpg

    Habla mi tío Firme que una noche de luna llena en verano, había ido a echar agua a un prado, y permanecer allí la noche entera distribuyendo, por zonas, el agua de un sitio para otro.
     
    Muy avanzada la noche, sintió llegar de un bosque una música de una asombrosa armonía. Mil imágenes de historias de viejos que hablaban del tamboril y de la música de la muerte bullían en su cerebro sin conseguir apartárselas de él.
     
    El temor que le embargaba le obliga a buscar amparo entre unos setos para protegerse de la maléfica influencia del diablo, y cada vez que debía cambiar el agua, lo hacía a toda prisa y regresaba aceleradamente al abrigo de los setos y tapaba los oídos.
     
    Ya por el temor al ridículo, ya fuese porque el amanecer estaba próximo, resistió toda la noche, y al romper el alba, coincidió con otro que regresaba de echar el agua y le preguntó:
     
    - ¡Ay hombre! ¿No sentirías de noche una música que procedía de Rudimeu?
    - Sí hombre. Era mi radio que estaba colgada en las ramas de un avellano.

    El 11-S y el factor humano |Ariel Jerez|

    Tema: P E N S A R ~ 04/05/2007 20:42 ~ No hay comentarios. Comentar.

    20070501171109-el-11-s-y-el-factor-humano.jpgEl factor humano y el dominio del mundo. Gira y gira. La porquería que siempre fue se transforma caleidoscópicamente al ritmo del proceso histórico de la globalización y de sus geometrías variables. Con el actual estado de las utopías todavía no sabemos la porquería que puede llegar a ser. En el mientras tanto el factor humano de los globalizados teje resistencias comunitarias y ensaya propuestas de salidas colectivas. Imagina y trabaja para generar las condiciones en las que los envalentonamientos sociales puedan llegar a ser culturales y la Humanidad pueda pensarse a sí misma desde otro lado. Construye utopías con lo que tiene: olvido, silencio, ignorancia y sufrimiento llevan el factor humano al 11-S.
     
    El factor humano en manos de los globalizadores perfecciona cotidianamente la estructura militar-comunicativa del poder político-financiero con el que unas élites autocomplacientes buscan preservarse intocadas y diciéndonos que este «mundo va bien». Toscamente materialistas no parecen preocuparse por los frágiles equilibrios internos de la delicada sostenibilidad de la reproducción del factor humano. Al parecer Operación Triunfo es la nueva utopía que nos hace libres.

    La contraria |Dietrich Schwanitz|

    Tema: S E N T I R ~ 05/05/2007 16:58 ~ Hay 5 comentarios.

    20070421184350-la-contraria.jpg

    - Siempre me llevas la contraria.
    - No siempre te llevo la contraria.
    - Ves, ya vuelves a llevarme la contraria.

    · Epigrama ·

    Tema: e s b o z o s ~ 06/05/2007 19:32 ~ Hay 12 comentarios.

    20070506193214-epigrama.jpg

    Viaje a la gran nada |Jorge Oteiza| [escultor]

    Tema: P E N S A R ~ 07/05/2007 22:02 ~ Hay 2 comentarios.

    20070421190805-viaje-a-la-gran-nada.jpgDe muy niño, en Orio, donde he nacido, mi abuelo solía llevarnos de paseo a la playa. Yo sentía una enorme atracción por unos grandes hoyos que había en la parte más interior. Solía ocultarme en uno de ellos, acostado, mirando el gran espacio sólo del cielo que quedaba sobre mí, mientras desaparecía todo lo que había a mi alrededor. Me sentía profundamente protegido. Pero ¿de qué quería protegerme? Desde niño, como todos, sentimos como una pequeña nada nuestra existencia, que se nos define como un círculo negativo de cosas, emociones, limitaciones, en cuyo centro, en nuestro corazón, advertimos el miedo -como negación suprema- de la muerte. Mi experiencia de niño en ese hoyo en la arena -ustedes habrán vivido momentos muy semejantes- era la de un viaje de evasión desde mi pequeña nada a la gran nada del cielo en la que penetraba, para escaparme, con deseo de salvación. En esa incomodidad o angustia del niño despierta ya el sentimiento trágico de la existencia que nos define a todos de hombre y nos acerca de algún modo a uno de estos tres caminos de salvación espiritual que son la filosofía, la religión y el arte. Que son tres disciplinas, podemos decir, de las relaciones del hombre con Dios, que se mezclan y conjugan en nuestro corazón, pero que técnicamente son distintas e independientes. El que se ha decidido concretamente en la vida por una de ellas, y el que no se ha decidido también, hallarán en los recuerdos de su niñez datos de una espontánea elección o inclinación por uno de esos caminos.

    CAPERUCITA ROJA (versión políticamente correcta) |James Finn Garner|

    Tema: S E N T I R ~ 08/05/2007 18:25 ~ Hay 15 comentarios.

    20070508182450-caperucita-roja.jpg

    Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
     
    Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.
     
    De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.
     
    -Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.
     
    -No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.
     
    Respondió Caperucita:
     
    -Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.
     
    Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.
     
    Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
     
    -Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
     
    -Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
     
    -¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
     
    -Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.
     
    -Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.
     
    -Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.
     
    -Y... ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!
     
    Respondió el lobo:
     
    -Soy feliz de ser quién soy y lo qué soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.
     
    Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.
     
    Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
     
    -¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.
     
    El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.
     
    -¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?
     
    Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.

    Melancholicus [Pliego de mediados del siglo XV]

    Tema: S E N T I R ~ 09/05/2007 22:46 ~ Hay 2 comentarios.

    20070509224939-melancholicus.jpg
    Gott hat gegeben vngehure
    mir melancholicus eyn nature
    glich der erden kalt vnd druge
    ertuar haust swartz vnd ungefuge
    karch hessig girich vnd bose
    ummudig falsch lois vnd blode
    Ich enachten eren noch frowen hulde
    Saturnus vnd herbst habent die schulde

    Dios me ha dado sin tasa
    melancolía en mi naturaleza.
    Como la tierra frío y seco,
    negro de piel y renqueante,
    desabrido, ruin, ambicioso, taimado,
    hosco, astuto, falso y apocado.
    No estimo a las mujeres ni la fama;
    Saturno y el otoño tienen la culpa.

    Elena |Jesús Jara|

    Tema: S E N T I R ~ 10/05/2007 20:19 ~ Hay 11 comentarios.

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    Una persona está trabajando en la oficina, cuando, de pronto, oye una voz que le llama. Mira a su alrededor y no ve a nadie. Continúa su trabajo, pero vuelve a escuchar la voz. Mira a todos sus compañeros, les pregunta, pero nadie se ha dirigido a ella. Por fin, se fija en su propia mesa y observa como una penita, blanca y pequeña como una aspirina, se dirige a ella y le pide que la coja y se la trague. Ella, como no sabe qué hacer, llama por teléfono a una amiga que sabe un poco de todo para pedirle consejo. Ésta le dice que ni se le ocurra acceder a la petición de la penita, y le da instrucciones precisas de lo que debe hacer. Entonces, nuestra protagonista coge un recipiente, mete en él a la penita y va al servicio. Allí, lo llena de agua, y lo vierte en el lavabo, haciendo así que la penita se pierda por el desagüe. Y es que las penas hay que ahogarlas antes de que se hagan grandes.

    Creer y pensar |José Ortega y Gasset| [primer capítulo de Ideas y creencias]

    Tema: P E N S A R ~ 11/05/2007 20:24 ~ Hay 1 comentario.

    20070501170137-creer-y-pensar.jpg

    I
    Las ideas se tienen; en las creencias se está. -“Pensar en las cosas” y “contar con ellas”.


     
    Cuando se quiere entender a un hombre, la vida de un hombre, procuramos ante todo averiguar cuáles son sus ideas. Desde que el europeo cree tener “sentido histórico”, es ésta la exigencia más elemental. ¿Cómo no van a influir en la existencia de una persona sus ideas y las ideas de su tiempo? La cosa es obvia. Perfectamente; pero la cosa es también bastante equívoca, y, a mi juicio, la insuficiente claridad sobre lo que se busca cuando se inquieren las ideas de un hombre -o de una época- impide que se obtenga claridad sobre su vida, sobre su historia.
     
    Con la expresión “ideas de un hombre” podemos referirnos a cosas muy diferentes. Por ejemplo: los pensamientos que se le ocurren acerca de esto o de lo otro y los que se le ocurren al prójimo y él repite y adopta. Estos pensamientos pueden poseer los grados más diversos de verdad. Incluso pueden ser “verdades científicas”. Tales diferencias, sin embargo, no importan mucho, si importan algo, ante la cuestión mucho más radical que ahora planteamos. Porque, sean pensamientos vulgares, sean rigorosas “teorías científicas”, siempre se tratará de ocurrencias que en un hombre surgen, originales suyas o insufladas por el prójimo. Pero esto implica evidentemente que el hombre estaba ya ahí antes de que se le ocurriese o adoptase la idea. Ésta brota, de uno u otro modo dentro de una vida que preexistía a ella. Ahora bien, no hay vida humana que no esté desde luego constituida por ciertas creencias básicas y, por decirlo así, montada sobre ellas. Vivir es tener que habérselas con algo: con el mundo y consigo mismo. Mas ese mundo y ese “sí mismo” con que el hombre se encuentra le aparecen ya bajo la especie de una interpretación, de “idea” sobre el mundo y sobre sí mismo.
     
    Aquí topamos con otro estrato de ideas que un hombre tiene. Pero ¡cuán diferente de todas aquellas que se le ocurren o que adopta! Estas “ideas” básicas que llamo “creencias” -ya se verá por qué- no surgen en tal día y hora dentro de nuestra vida, no arribamos a ellas por un acto particular de pensar, no son, en suma, pensamientos que tenemos, no son ocurrencias ni siquiera de aquella especie más elevada por su perfección lógica y que denominamos razonamientos. Todo lo contrario: esas ideas que son, de verdad, “creencias” constituyen el continente de nuestra vida y, por ello, no tienen el carácter de contenidos particulares dentro de ésta. Cabe decir que no son ideas que tenemos, sino ideas que somos. Más aún: precisamente porque son creencias radicalísimas, se confunden para nosotros con la realidad misma -son nuestro mundo y nuestro ser-, pierden, por tanto, el carácter de ideas, de pensamientos nuestros que podían muy bien no habérsenos ocurrido.
     
    Cuando se ha caído en la cuenta de la diferencia existente entre esos dos estratos de ideas aparece, sin más, claro el diferente papel que juegan en nuestra vida. Y, por lo pronto, la enorme diferencia de rango funcional. De las ideas-ocurrencias -y conste que incluyo en ellas las verdades más rigorosas de la ciencia- podemos decir que las producimos, las sostenemos, las discutimos, las propagamos, combatimos en su pro y hasta somos capaces de morir por ellas. Lo que no podemos es... vivir de ellas. Son obra nuestra y, por lo mismo, suponen ya nuestra vida, la cuál se asienta en ideas-creencias que no producimos nosotros, que, en general, ni siquiera nos formulamos y que, claro está, no discutimos ni propagamos ni sostenemos. Con las creencias propiamente no hacemos nada, sino que simplemente estamos en ellas. Precisamente lo que no nos pasa jamás -si hablamos cuidadosamente- con nuestras ocurrencias. El lenguaje vulgar ha inventado certeramente la expresión “estar en la creencia”. En efecto, en la creencia se está, y la ocurrencia se tiene y se sostiene. Pero la creencia es quien nos tiene y sostiene a nosotros.
     
    Hay, pues, ideas con que nos encontramos -por eso las llamo ocurrencias- e ideas en que nos encontramos, que parecen estar ahí ya antes de que nos ocupemos en pensar.
     
    Una vez visto esto, lo que sorprende es que a unas y a otras se les llame lo mismo: ideas. La identidad de nombre es lo único que estorba para distinguir dos cosas cuya disparidad brinca tan claramente ante nosotros sin más que usar frente a frente estos dos términos: creencias y ocurrencias. La incongruente conducta de dar un mismo nombre a dos cosas tan distintas no es, sin embargo, una casualidad ni una distracción. Proviene de una incongruencia más honda: de la confusión entre dos problemas radicalmente diversos que exigen dos modos de pensar y de llamar no menos dispares.
     
    Pero dejemos ahora este lado del asunto: es demasiado abstruso. Nos basta con hacer notar que “idea” es un término del vocabulario psicológico y que la psicología, como toda ciencia particular, posee sólo jurisdicción subalterna. La verdad de sus conceptos es relativa al punto de vista particular que la constituye, y vale en el horizonte que ese punto de vista crea y acota. Así, cuando la psicología dice de algo que es una “idea”, no pretende haber dicho lo más decisivo, lo más real sobre ello. El único punto de vista que no es particular y relativo es el de la vida, por la sencilla razón de que todos los demás se dan dentro de ésta y son meras especializaciones de aquél. Ahora bien, como fenómeno vital la creencia no se parece nada a la ocurrencia: su función en el organismo de nuestro existir es totalmente distinta y, en cierto modo, antagónica. ¿Qué importancia puede tener en parangón con esto el hecho de que, bajo la perspectiva psicológica, una y otra sean “ideas” y no sentimientos, voliciones, etcétera?
     
    Conviene, pues, que dejemos este término -“ideas”- para designar todo aquello que en nuestra vida aparece como resultado de nuestra ocupación intelectual. Pero las creencias se nos presentan con el carácter opuesto. No llegamos a ellas tras una faena de entendimiento, sino que operan ya en nuestro fondo cuando nos ponemos a pensar sobre algo. Por eso no solemos formularlas, sino que nos contentamos con aludir a ellas como solemos hacer con todo lo que nos es la realidad misma. Las teorías, en cambio, aun las más verídicas, sólo existen mientras son pensadas: de aquí que necesiten ser formuladas.
     
    Esto revela, sin más, que todo aquello en que nos ponemos a pensar tiene ipso facto para nosotros una realidad problemática y ocupa en nuestra vida un lugar secundario si se le compara con nuestras creencias auténticas. En éstas no pensamos ahora o luego: nuestra relación con ellas consiste en algo mucho más eficiente; consiste en... contar con ellas, siempre, sin pausa.
     
    Me parece de excepcional importancia para inyectar, por fin, claridad en la estructura de la vida humana esta contraposición entre pensar en una cosa y contar con ella. El intelectualismo que ha tiranizado, casi sin interrupción, el pasado entero de la filosofía ha impedido que se nos haga patente y hasta ha invertido el valor respectivo de ambos términos. Me explicaré.
     
    Analice el lector cualquier comportamiento suyo, aun el más sencillo en apariencia. El lector está en su casa y, por unos u otros motivos, resuelve salir a la calle. ¿Qué es en todo este su comportamiento lo que propiamente tiene el carácter de pensado, aun entendiendo esta palabra en su más amplio sentido, es decir, como conciencia clara y actual de algo? El lector se ha dado cuenta de sus motivos, de la resolución adoptada, de la ejecución de los movimientos con que ha caminado, abierto la puerta, bajado la escalera. Todo esto en el caso más favorable. Pues bien, aun en ese caso y por mucho que busque en su conciencia, no encontrará en ella ningún pensamiento en que se haga constar que hay calle. El lector no se ha hecho cuestión ni por un momento de si la hay o no la hay. ¿Por qué? No se negará que para resolverse a salir a la calle es de cierta importancia que la calle exista. En rigor, es lo más importante de todo, el supuesto de todo lo demás. Sin embargo, precisamente de ese tema tan importante no se ha hecho cuestión el lector, no ha pensado en ello ni para negarlo ni para afirmarlo ni para ponerlo en duda. ¿Quiere esto decir que la existencia o no existencia de la calle no ha intervenido en su comportamiento? Evidentemente, no. La prueba se tendría si al llegar a la puerta de su casa descubriese que la calle había desaparecido, que la tierra concluía en el umbral de su domicilio o que ante él se había abierto una sima. Entonces se produciría en la conciencia del lector una clarísima y violenta sorpresa. ¿De qué? De que no había aquélla. Pero ¿no habíamos quedado en que antes no había pensado que la hubiese, no se había hecho cuestión de ello? Esta sorpresa pone de manifiesto hasta qué punto la existencia de la calle actuaba en su estado anterior, es decir, hasta qué punto el lector contaba con la calle aunque no pensaba en ella y precisamente porque no pensaba en ella.
     
    El psicólogo nos dirá que se trata de un pensamiento habitual, y que por eso no nos damos cuenta de él, o usará la hipótesis de lo subconsciente, etc. Todo ello, que es muy cuestionable, resulta para nuestro asunto por completo indiferente. Siempre quedará que lo que decisivamente actuaba en nuestro comportamiento, como que era su básico supuesto, no era pensado por nosotros con conciencia clara y aparte. Estaba en nosotros, pero no en forma consciente, sino como implicación latente de nuestra conciencia o pensamiento. Pues bien, a este modo de intervenir algo en nuestra vida sin que lo pensemos llamo “contar con ello”. Y ese modo es el propio de nuestras efectivas creencias.
     
    El intelectualismo, he dicho, invierte el valor de los términos. Ahora resulta claro el sentido de esta acusación. En efecto, el intelectualismo tendía a considerar como lo más eficiente en nuestra vida lo más consciente. Ahora vemos que la verdad es lo contrario. La máxima eficacia sobre nuestro comportamiento reside en las implicaciones latentes de nuestra actividad intelectual, en todo aquello con que contamos y en que, de puro contar con ello, no pensamos.
     
    ¿Se entrevé ya el enorme error cometido al querer aclarar la vida de un hombre o de una época por su ideario; esto es, por sus pensamientos especiales, en lugar de penetrar más hondo, hasta el estrato de sus creencias más o menos inexpresas, de las cosas con que contaba? Hacer esto, fijar el inventario de las cosas con que se cuenta, sería, de verdad, construir la historia, esclarecer la vida desde su subsuelo.
     

    II
    El azoramiento de nuestra época. - Creernos en la razón y no en sus ideas.- La ciencia casi poesía.


     
    Resumo: cuando intentamos determinar cuáles son las ideas de un hombre o de una época, solemos confundir dos cosas radicalmente distintas: sus creencias y sus ocurrencias o “pensamientos”. En rigor, sólo estas últimas deben llamarse “ideas”.
     
    Las creencias constituyen la base de nuestra vida, el terreno sobre que acontece. Porque ellas nos ponen delante lo que para nosotros es la realidad misma. Toda nuestra conducta, incluso la intelectual, depende de cuál sea el sistema de nuestras creencias auténticas. En ellas “vivimos, nos movemos y somos”. Por lo mismo, no solemos tener conciencia expresa de ellas, no las pensamos, sino que actúan latentes, como implicaciones de cuanto expresamente hacemos o pensamos. Cuando creemos de verdad en una cosa, no tenemos la “idea” de esa cosa, sino que simplemente “contamos con ella”.
     
    En cambio, las ideas, es decir, los pensamientos que tenemos sobre las cosas, sean originales o recibidos, no poseen en nuestra vida valor de realidad. Actúan en ella precisamente como pensamientos nuestros y sólo como tales. Esto significa que toda nuestra “vida intelectual” es secundaria a nuestra vida real o auténtica y representa en ésta sólo una dimensión virtual o imaginaría. Se preguntará qué significa entonces la verdad de las ideas, de las teorías. Respondo: la verdad o falsedad de una idea es una cuestión de “política interior” dentro del mundo imaginario de nuestras ideas. Una idea es verdadera cuando corresponde a la idea que tenemos de la realidad. Pero nuestra idea de la realidad no es nuestra realidad. Ésta consiste en todo aquello con que de hecho contamos al vivir. Ahora bien, de la mayor parte de las cosas con que de hecho contamos, no tenemos la menor idea, y si la tenemos -por un especial esfuerzo de reflexión sobre nosotros mismos- es indiferente, porque no nos es realidad en cuanto idea, sino, al contrario, en la medida en que no nos es sólo idea, sino creencia infraintelectual.
     
    Tal vez no haya otro asunto sobre el que importe más a nuestra época conseguir claridad como este de saber a qué atenerse sobre el papel y puesto que en la vida humana corresponde a todo lo intelectual. Hay una clase de épocas que se caracterizan por su gran azoramiento. A esa clase pertenece la nuestra. Mas cada una de esas épocas se azora un poco de otra manera y por un motivo distinto. El gran azoramiento de ahora se nutre últimamente de que tras varios siglos de ubérrima producción intelectual y de máxima atención a ella, el hombre empieza a no saber qué hacerse con las ideas. Presiente ya que las había tomado mal, que su papel en la vida es distinto del que en estos siglos les ha atribuido, pero aún ignora cuál es su oficio auténtico.
     
    Por eso importa mucho que, ante todo, aprendamos a separar con toda limpieza la “vida intelectual” -que, claro está, no es tal vida- de la vida viviente, de, la real, de la que somos. Una vez hecho esto y bien hecho, habrá lugar para plantearse las otras dos cuestiones: ¿En qué relación mutua actúan las ideas y las creencias? ¿De dónde vienen, cómo se forman las creencias?
     
    Dije en el parágrafo anterior que inducía a error dar indiferentemente el nombre de ideas a creencias y ocurrencias. Ahora agrego que el mismo daño produce hablar, sin distingos, de creencias, convicciones, etc., cuando se trata de ideas. Es, en efecto, una equivocación llamar creencia a la adhesión que en nuestra mente suscita una combinación intelectual, cualquiera que ésta sea. Elijamos el caso extremo que es el pensamiento científico más riguroso, por tanto, el que se funda en evidencias. Pues bien, aun en ese caso, no cabe hablar en serio de creencia. Lo evidente, por muy evidente que sea, no nos es realidad, no creemos en ello. Nuestra mente no puede evitar reconocerlo como verdad; su adhesión es automática, mecánica. Pero, entiéndase bien, esa adhesión, ese reconocimiento de la verdad no significa sino esto: que, puestos a pensar en el tema, no admitiremos en nosotros un pensamiento distinto ni opuesto a ese que nos parece evidente. Pero... ahí está: la adhesión mental tiene como condición que nos pongamos a pensar en el asunto, que queramos pensar. Basta esto para hacer notar la irrealidad constitutiva de toda nuestra “vida intelectual”. Nuestra adhesión a un pensamiento dado es, repito, irremediable; pero, como está en nuestra mano pensarlo o no, esa adhesión tan irremediable, que se nos impondría como la más imperiosa realidad, se convierte en algo dependiente de nuestra voluntad e ipso facto deja de sernos realidad. Porque realidad es precisamente aquello con que contamos, queramos o no. Realidad es la contravoluntad, lo que nosotros no ponemos; antes bien, aquello con que topamos.
     
    Además de esto, tiene el hombre clara conciencia de que su intelecto se ejercita sólo sobre materias cuestionables; que la verdad de las ideas se alimenta de su cuestionabilidad. Por eso, consiste esa verdad en la prueba que de ella pretendemos dar. La idea necesita de la crítica como el pulmón del oxígeno, y se sostiene y afirma apoyándose en otras ideas que, a su vez, cabalgan sobre otras formando un todo o sistema. Arman, pues, un mundo aparte del mundo real, un mundo integrado exclusivamente por ideas de que el hombre se sabe fabricante y responsable. De suerte que la firmeza de la idea más firme se reduce a la solidez con que aguanta ser referida a todas las demás ideas. Nada menos, pero también nada más. Lo que no se puede es contrastar una idea, como si fuera una moneda, golpeándola directamente contra la realidad, como si fuera una piedra de toque. La verdad suprema es la de lo evidente, pero el valor de la evidencia misma es, a su vez, mera teoría, idea y combinación intelectual.
     
    Entre nosotros y nuestras ideas hay, pues, siempre una distancia infranqueable: la que va de lo real a lo imaginario. En cambio, con nuestras creencias estamos inseparablemente unidos. Por eso cabe decir que las somos. Frente a nuestras concepciones gozamos un margen, mayor o menor, de independencia. Por grande que sea su influencia sobre nuestra vida, podemos siempre suspenderlas, desconectarnos de nuestras teorías. Es más, de hecho exige siempre de nosotros algún especial esfuerzo, comportarnos conforme a lo que pensamos, es decir, tomarlo completamente en serio. Lo cual revela que no creemos en ello, que presentimos como un riesgo esencial fiarnos de nuestras ideas, hasta el punto de entregarles nuestra conducta tratándolas como si fueran creencias. De otro modo, no apreciaríamos el ser “consecuente con sus ideas” como algo especialmente heroico.
     
    No puede negarse, sin embargo, que nos es normal regir nuestro comportamiento conforme a muchas “verdades científicas”. Sin considerarlo heroico, nos vacunamos, ejercitamos usos, empleamos instrumentos que, en rigor, nos parecen peligrosos y cuya seguridad no tiene más garantía que la de la ciencia. La explicación es muy sencilla y sirve, de paso, para aclarar al lector algunas dificultades con que habrá tropezado desde el comienzo de este ensayo. Se trata simplemente de recordarle que entre las creencias del hombre actual es una de las más importantes su creencia en la “razón”, en la inteligencia. No precisemos ahora las modificaciones que en estos últimos años ha experimentado esa creencia. Sean las que fueren, es indiscutible que lo esencial de esa creencia subsiste, es decir, que el hombre continúa contando con la eficiencia de su intelecto como una de las realidades que hay, que integran su vida. Pero téngase la serenidad de reparar que una cosa es fe en la inteligencia y otra creer en las ideas determinadas que esa inteligencia fragua. En ninguna de estas ideas se cree con fe directa. Nuestra creencia se refiere a la cosa, inteligencia, así en general, y esa fe no es una idea sobre la inteligencia. Compárese la precisión de esa fe en la inteligencia con la imprecisa idea que casi todas las gentes tienen de la inteligencia. Además, como ésta corrige sin cesar sus concepciones y a la verdad de ayer sustituye la de hoy, si nuestra fe en la inteligencia consistiese en creer directamente en las ideas, el cambio de éstas traería consigo la pérdida de fe en la inteligencia. Ahora bien, pasa todo lo contrario. Nuestra fe en la razón ha aguantado imperturbable los cambios más escandalosos de sus teorías, inclusive los cambios profundos de la teoría sobre qué es la razón misma. Estos últimos han influido, sin duda, en la forma de esa fe, pero esta fe seguía actuando impertérrita bajo una u otra forma.
     
    He aquí un ejemplo espléndido de lo que deberá, sobre todo, interesar a la historia cuando se resuelva verdaderamente a ser ciencia, la ciencia del hombre. En vez de ocuparse sólo en hacer la “historia” -es decir, en catalogar la sucesión- de las ideas sobre la razón desde Descartes a la fecha, procurará definir con precisión cómo era la fe en la razón que efectivamente operaba en cada época y cuáles eran sus consecuencias para la vida. Pues es evidente que el argumento del drama en que la vida consiste es distinto si se está en la creencia de que un Dios omnipotente y benévolo existe, que si se está en la creencia contraria. Y también es distinta la vida, aunque la diferencia sea menor, de quien cree en la capacidad absoluta de la razón para descubrir la realidad, como se creía a fines del siglo XVII en Francia, y quien cree, como los positivistas de 1860, que la razón es por esencia conocimiento relativo.
     
    Un estudio como éste nos permitiría ver con claridad la modificación sufrida por nuestra fe en la razón durante los últimos veinte años, y ello derramaría sorprendente luz sobre casi todas las cosas extrañas que acontecen en nuestro tiempo.
     
    Pero ahora no me urgía otra cosa sino hacer que el lector cayese en la cuenta de cuál es nuestra relación con las ideas, con el mundo intelectual. Esta relación no es de fe en ellas: las cosas que nuestros pensamientos, que las teorías nos proponen, no nos son realidad, sino precisamente y sólo... ideas.
     
    Mas no entenderá bien el lector lo que algo nos es, cuando nos es sólo idea y no realidad, si no le invito a que repare en su actitud frente a lo que se llama “fantasías, imaginaciones”. Pero el mundo de la fantasía, de la imaginación, es la poesía. Bien, no me arredro; por el contrario, a esto quería llegar. Para hacerse bien cargo de lo que nos son las ideas, de su papel primario en la vida, es preciso tener el valor de acercar la ciencia a la poesía mucho más de lo que hasta aquí se ha osado. Yo diría, si después de todo lo enunciado se me quiere comprender bien, que la ciencia está mucho más cerca de la poesía que de la realidad, que su función en el organismo de nuestra vida se parece mucho a la del arte. Sin duda, en comparación con una novela, la ciencia parece la realidad misma. Pero en comparación con la realidad auténtica se advierte lo que la ciencia tiene de novela, de fantasía, de construcción mental, de edificio imaginario.
     

    III
    La duda y la creencia. -El “mar de dudas”.-El lugar de las ideas.


     
    El hombre, en el fondo, es crédulo o, lo que es igual, el estrato más profundo de nuestra vida, el que sostiene y porta todos los demás, está formado por creencias. Éstas son, pues, la tierra firme sobre que nos afanamos. (Sea dicho de paso que la metáfora se origina en una de las creencias más elementales que poseemos y sin la cual tal vez no podríamos vivir: la creencia en que la tierra es firme, a pesar de los terremotos que alguna vez y en la superficie de algunos de sus lugares acontecen. Imagínese que mañana, por unos u otros motivos, desapareciera esa creencia. Precisar las líneas mayores del cambio radical que en la figura de la vida humana esa desaparición produciría, fuera un excelente ejercicio de introducción al pensamiento histórico.)
     
    Pero en esa área básica de nuestras creencias se abren, aquí o allá, como escotillones, enormes agujeros de duda. Éste es el momento de decir que la duda, la verdadera, la que no es simplemente metódica ni intelectual, es un modo de la creencia y pertenece al mismo estrato que ésta en la arquitectura de la vida. También en la duda se está. Sólo que en este caso el estar tiene un carácter terrible. En la duda se está como se está en un abismo, es decir, cayendo. Es, pues, la negación de la estabilidad. De pronto sentimos que bajo nuestras plantas falla la firmeza terrestre y nos parece caer, caer en el vacío, sin poder valernos, sin poder hacer nada para afirmarnos, para vivir. Viene a ser como la muerte dentro de la vida, como asistir a la anulación de nuestra propia existencia. Sin embargo, la duda conserva de la creencia el carácter de ser algo en que se está, es decir, que no lo hacemos o ponemos nosotros. No es una idea que podríamos pensar o no, sostener, criticar, formular, sino que, en absoluto, la somos. No se estime como paradoja, pero considero muy difícil describir lo que es la verdadera duda si no se dice que creemos nuestra duda.
     
    Si no fuese así, si dudásemos de nuestra duda, sería ésta innocua. Lo terrible es que actúa en nuestra vida exactamente lo mismo que la creencia y pertenece al mismo estrato que ella. La diferencia entre la fe y la duda no consiste, pues, en el creer. La duda no es un “no creer” frente al creer, ni es un “creer que no” frente a un “creer que sí”. El elemento diferencial está en lo que se cree. La fe cree que Dios existe o que Dios no existe. Nos sitúa, pues, en una realidad, positiva o “negativa”, pero inequívoca, y, por eso, al estar en ella nos sentimos colocados en algo estable.
     
    Lo que nos impide entender bien el papel de la duda en nuestra vida es presumir que no nos pone delante una realidad. Y este error proviene, a su vez, de haber desconocido lo que la duda tiene de creencia. Sería muy cómodo que bastase dudar de algo para que ante nosotros desapareciese como realidad. Pero no acaece tal cosa, sino que la duda nos arroja ante lo dudoso, ante una realidad tan realidad como la fundada en la creencia, pero que es ella ambigua, bicéfala, inestable, frente a la cual no sabemos a qué atenernos ni qué hacer. La duda, en suma, es estar en lo inestable como tal: es la vida en el instante del terremoto, de un terremoto permanente y definitivo.
     
    En este punto, como en tantos otros referentes a la vida humana, recibimos mayores esclarecimientos del lenguaje vulgar que del pensamiento científico. Los pensadores, aunque parezca mentira, se han saltado siempre a la torera aquella realidad radical, la han dejado a su espalda. En cambio, el hombre no pensador, más atento a lo decisivo, ha echado agudas miradas sobre su propia existencia y ha dejado en el lenguaje vernáculo el precipitado de esas entrevisiones. Olvidamos demasiado que el lenguaje es ya pensamiento, doctrina. Al usarlo como instrumento para combinaciones ideológicas más complicadas, no tomamos en serio la ideología primaria que él expresa, que él es. Cuando, por un azar, nos despreocuparnos de lo que queremos decir nosotros mediante los giros preestablecidos del idioma y atendemos a lo que ellos nos dicen por su propia cuenta, nos sorprende su agudeza, su perspicaz descubrimiento de la realidad.
     
    Todas las expresiones vulgares referentes a la duda nos hablan de que en ella se siente el hombre sumergido en un elemento insólido, infirme. Lo dudoso es una realidad líquida donde el hombre no puede sostenerse, y cae. De aquí el “hallarse en un mar de dudas”. Es el contraposto al elemento de la creencia: la tierra firme.
     
    E insistiendo en la misma imagen, nos habla de la duda como una fluctuación, vaivén de olas. Decididamente, el mundo de lo dudoso es un paisaje marino e inspira al hombre presunciones de naufragio. La duda, descrita como fluctuación, nos hace caer en la cuenta de hasta qué punto es creencia. Tan lo es, que consiste en la superfetación del creer. Se duda porque se está en dos creencias antagónicas, que entrechocan y nos lanzan la una a la otra, dejándonos sin suelo bajo la planta. El dos va bien claro en el du de la duda.
     
    Al sentirse caer en esas simas que se abren en el firme solar de sus creencias, el hombre reacciona enérgicamente. Se esfuerza en “salir de la duda”. Pero ¿qué hacer? La característica de lo dudoso es que ante ello no sabemos qué hacer. ¿Qué haremos, pues, cuando lo que nos pasa es precisamente que no sabemos qué hacer porque el mundo -se entiende, una porción de él- se nos presenta ambiguo? Con él no hay nada que hacer. Pero en tal situación es cuando el hombre ejercita un extraño hacer que casi no parece tal: el hombre se pone a pensar. Pensar en una cosa es lo menos que podemos hacer con ella. No hay ni que tocarla. No tenemos ni que movernos. Cuando todo en torno nuestro falla, nos queda, sin embargo, esta posibilidad de meditar sobre lo que nos falla. El intelecto es el aparato más próximo con que el hombre cuenta. Lo tiene siempre a mano. Mientras cree no suele usar de él, porque es un esfuerzo penoso. Pero al caer en la duda se agarra a él como a un salvavidas.
     
    Los huecos de nuestras creencias son, pues, el lugar vital donde insertan su intervención las ideas. En ellas se trata siempre de sustituir el mundo inestable, ambiguo, de la duda, por un mundo en que la ambigüedad desaparece. ¿Cómo se logra esto? Fantaseando, inventando mundos. La idea es imaginación. Al hombre no le es dado ningún mundo ya determinado. Sólo le son dadas las penalidades y las alegrías de su vida. Orientado por ellas, tiene que inventar el mundo. La mayor porción de él la ha heredado de sus mayores y actúa en su vida como sistema de creencias firmes. Pero cada cual tiene que habérselas por su cuenta con todo lo dudoso, con todo lo que es cuestión. A este fin ensaya figuras imaginarías de mundos y de su posible conducta en ellos. Entre ellas, una le parece idealmente más firme, y a eso llama verdad. Pero conste: lo verdadero, y aun lo científicamente verdadero, no es sino un caso particular de lo fantástico. Hay fantasías exactas. Más aún: sólo puede ser exacto lo fantástico. No hay modo de entender bien al hombre si no se repara en que la matemática brota de la misma raíz que la poesía, del don imaginativo.

    Blade Runner |Ridley Scott| [parlamento final de Roy Batty, líder de los Replicantes]

    Tema: S E N T I R ~ 12/05/2007 18:54 ~ Hay 8 comentarios.

    20070510224315-blade-runner.jpg
    I've seen things you people wouldn't believe
    Attack ships on fire off the shoulder of Orion
    I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser gate
    All those moments will be lost in time, like tears in rain
    Time to die

    Bertrand Russell y el walkman |Juan Carlos Ortega|

    Tema: P E N S A R ~ 13/05/2007 12:43 ~ Hay 11 comentarios.

    20070513130715-bertrand-russell-y-el-walkman.jpgEstamos en el vagón de un metro, aburridos y cansados de mirar las caras de la gente. De pronto, recordamos que tenemos un walkman guardado en la mochila. Lo sacamos y, después de pelear con el tremendo lío del cable del auricular, pulsamos la tecla PLAY y empieza a sonar una música estupenda. En cuestión de centésimas de segundo, el vagón se ha convertido en otra cosa. Las caras de la gente parecen decirnos algo que, de algún modo misterioso, está relacionado con el sentimiento que esa música nos provoca.
     
    Llegamos a nuestra parada. Al levantarnos del asiento comprobamos que el cable de los auriculares se ha liado con un botón de la camisa. Con una vergüenza disimulada nos lo volvemos a poner en la oreja y salimos deprisa del vagón. Subimos las escaleras mecánicas y todo es rematadamente especial. La chica delgadita que tenemos delante, como consecuencia de la música que estamos escuchando, nos parece la mujer de nuestra vida. Un señor vestido de marrón, que en otro momento no nos hubiera provocado el menor interés, se convierte de repente en el depósito de todo lo mejor de la raza humana, un hombre colmado de valores, algo así como la bondad, la inteligencia y la ternura con piernas.
     
    QUÉ BONITO ES TODO
     
    Por fin empezamos a salir del túnel. Hace buen día. La luz del sol colorea ligeramente las ramas de un árbol. Nunca antes nos habíamos fijado en eso. Pero ahora, esa música arrastra nuestros ojos hasta allí.
     
    Estamos fuera. Miramos el cielo, la gente, las tiendas, los coches aparcados, las piernas de las chicas. Todo es profundamente misterioso. Las personas y las cosas se mueven al ritmo de nuestro walkman. Estamos presenciando un milagro.
     
    Pero tenemos que cruzar una calle y pensamos que no sería mala idea quitar momentáneamente la música. Es mejor tener los oídos despejados por lo que pudiera pasar. Uno nunca sabe en qué momento puede morir. Pulsamos la tecla STOP y... ¡de nuevo el mundo es vulgar! Cada persona se mueve a su propio ritmo, el ruido de la calle destroza la armonía de las cosas. Ha desaparecido la poesía.
     
    QUÉ NORMAL ES TODO
     
    ¿Por qué ha tenido que ocurrir eso? ¿Por qué juzgamos moralmente el mundo (la bondad del señor de marrón, nuestro repentino amor por la chica delgada, la dulzura de la gente que camina) dependiendo del estado de ánimo que nos provoca la ausencia o presencia de esa tonta melodía en nuestro walkman? Para contestar a esta pregunta detengámonos en uno de los hombres más inteligentes del siglo XX: el filósofo inglés Bertrand Russell.
     
    UN INGLÉS MILLONARIO E INTELIGENTE
     
    Rusell ha pasado a la historia por ser muchas cosas a la vez, y muy bueno en todas ellas: filósofo, divulgador científico, matemático, pacifista y, según ciertas leyendas, toda una máquina sexual. Uno de sus libros más accesibles se titula "La conquista de la felicidad". En él expone con una sencillez encantadora su visión del dolor, la fragilidad, la alegría y la tristeza de los seres humanos. Para entender su relación con nuestra historia del metro y los walkmans, leamos sus siguientes líneas:
     
    "(...) nuestra opinión de las cosas viene determinada por el índice de felicidad que poseemos. La alegría proporciona a los hombres ideales alegres y optimistas, y la tristeza ideales desesperados."
     
    El credo de alguien que está triste es pesimista. El credo de alguien que está alegre es optimista. Así de sencillo. Sin embargo, en la vida cotidiana, tendemos a pensar que las cosas funcionan al revés, que nuestra visión del mundo conforma nuestro estado de ánimo.
     
    Convencidos de haber alcanzado nuestra filosofía de la vida utilizando sólo la razón, pensamos que nuestro optimismo (o nuestro pesimismo) nos lleva a descubrir de forma racional lo tremendamente hermosa, o lo patéticamente horrenda que es la vida. Pero lo cierto es que una buena noticia en el trabajo, el beso inesperado de una chica o escuchar una determinada música en nuestro walkman consiguen transformar, no sólo nuestra visión del mundo, sino también nuestra filosofía de la vida.
     
    Bertrand Russell opinaba que una persona con una vida desgraciada tomará un credo desgraciado. Esto entra en clara contradicción con la idea común que afirma que es una señal de inteligencia ver las cosas profundamente oscuras. El pesimismo no es una señal de inteligencia, sino una prueba de tristeza.
     
    PODEMOS DECIDIR EMOCIONARNOS
     
    Por tanto, los sentimientos moldean nuestra visión del mundo. La música de nuestro walkman transforma las cosas en otras cosas. El sentimiento que ha entrado a través de nuestros auriculares ha manipulado nuestra visión del mundo por un momento, pero todos los sentimientos "llegan" por algún sitio (oídos, manos, ojos) aunque luego los transformemos y elevemos a otras categorías aparentemente más importantes.
     
    Nuestra canción preferida, por un instante, ha convertido la vida en más hermosa. No únicamente nuestra vida sino la Vida (recordemos los coches, las tiendas, la hoja dorada por el sol al salir del metro, las piernas de las chicas). Nuestra teoría sobre la bondad o maldad del mundo es posterior a nuestro estado de ánimo. Primero nos sentimos como nos sentimos y luego nos hacemos optimistas o pesimistas para que todo cuadre.
     
    Lo ideal, claro está, sería disponer de una especie de walkman incorporado, una cinta sin fin que nos fuera proporcionando esos momentos intensos que nos hacen ver la vida como algo hermoso. Al ser esto imposible, conformémonos con escuchar, de vez en cuando, dentro de un vagón de metro, nuestra canción preferida.

    · wave of mutilation |Pixies| [best of (1987-1991)] ·

    Tema: t e s o r o s ~ 14/05/2007 22:23 ~ Hay 6 comentarios.

    20070514220115-wave-of-mutilation.jpg

    El mayor inconveniente de la historia reciente es que uno suele haber participado, aunque no se haya conseguido suficiente renombre como para aparecer en las crónicas. Esta fama tampoco sería necesaria pues la mayoría de las veces ni siquiera las víctimas son recordadas como es debido, y para ser verdugo mejor no haber sido jamás. En cualquier caso, formar parte de la historia nos permite andar menos desnudos que al nacer y tener un pasado sirve para tener cuerda en conversaciones nostálgicas. Así que se comprenderá que escuchar el estupendo wave of mutilation, recopilatorio de los Pixies, es para mí lo más parecido a un viaje en el tiempo: universidad, rock alternativo y cervezas. En fin, qué tiempos aquellos, cuántos momentos memorables que no volverán ni falta que hace.

    Son símbolos |Andrés Trapiello|

    Tema: S E N T I R ~ 15/05/2007 21:33 ~ No hay comentarios. Comentar.

    20070515222410-son-simbolos.jpg
    SON símbolos los buques y la niebla,
    los jardines cerrados
    y las ciudades muertas.
    La paloma y el lobo
    híspido y solitario
    tanto como la orquídea o la azucena
    son secretos milagros.
    El caserón caído
    o el diamante tallado
    en el tabuco sórdido
    aguardan a que venga a rescatarlos
    de la oscura caverna
    la misteriosa mano.
     
    Son símbolos la vida y lo soñado
    y hasta la muerte misma,
    indescifrable y negra,
    es símbolo de algo.

    · Duda quirúrgica ·

    Tema: e s b o z o s ~ 16/05/2007 21:50 ~ Hay 6 comentarios.

    20070505174016-duda-quirurgica.jpgLe pregunté al doctor que me había abierto en canal si, en su incursión por mis entrañas, había atisbado lo que buenamente pudiese llamar alma. Atónito tras la mascarilla verde me llegó su voz con la respuesta: “Su alma, caballero, no reside en su interior, sino que la tiene a flor de piel, cabalgando los rayos de su mirada e impregnando el sonido de sus palabras”. Menos mal, yo que temía haberla perdido junto con lo extirpado.

    Credo de la cultura |Dietrich Schwanitz|

    Tema: P E N S A R ~ 17/05/2007 19:28 ~ Hay 9 comentarios.

    20070517202020-credo-de-la-cultura.jpgCreo en Shakespeare, en Goethe y en las obras canónicas reconocidas así en la tierra como en el cielo. Creo en Vincent Van Gogh, el retratista tocado por Dios, nacido en Groot-Zundert (Breda), formado en París y en Arles, que trabó amistad y se enemistó con Gauguin, que enfermó, enloqueció y se suicidó, que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre, de donde ha de descender para juzgar a los cultos y a los incultos. Creo en el poder de la cultura, en la vida eterna de los genios, en la santa Iglesia del Arte, en la comunión de los cultos y en los valores del humanismo. Por los siglos de los siglos, amén.

    Llença’t |Lax ‘N’ Busto| [cançó]

    Tema: S E N T I R ~ 18/05/2007 21:10 ~ Hay 3 comentarios.

    20070518214319-llenca-t.jpg
    Caus a terra molt avall,
    creus que no te'n sortiràs
    però amb els mesos te n'adones
    que tornes a començar.
     
    I a força de molt caure
    i de tornar-te a aixecar,
    veus que les coses no canvien
    però ja no ets qui eres abans.
     
    Doncs he estat ja cinc o sis,
    i sóc el que ara tinc.
    No vull pensar
    en el que arribarà demà.
     
    Llença't, cada instant
    és únic no es repetirà.
     
    I per què els meus pensaments,
    que sempre viuen en present,
    no conjuguen altres temps
    que el “faré el que no vaig fer”.
     
    Doncs avui o potser demà
    seré aquí o seré per allà.
    Seré un tros de l'univers,
    que no nota el pas del temps.
     
    El que faig a cada instant
    és la força que em fa gran.
    No vull pensar
    en el que arribarà demà.
     
    Llença’t, cada instant
    és únic no es repetirà.
    Sento que el cor
    ja no para de bategar,
    i diu que em llenci,
    que no pensi en tot el que vindrà,
    que un llapis mai no
    dibuixa sense una mà.

    La vasija agrietada |Desconocido| [modificado]

    Tema: S E N T I R ~ 19/05/2007 12:38 ~ Hay 11 comentarios.

    20070512181958-la-vasija-agrietada.jpg

    Un cargador de agua de la India tenía dos grandes vasijas que colgaban de los extremos de un palo que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón, mientras que la vasija rota sólo tenía la mitad del agua cuando llegaba.
     
    Durante dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía idónea para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque solo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.
     
    Después de dos años, la vasija quebrada le habló al aguador diciéndole: “Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir.”
     
    El aguador, apesadumbrado, le dijo compasivo:
     
    “Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.” Así lo hizo la vasija. Y, en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo del trayecto, pero de todos modos se sintió apenada porque, al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.
     
    El aguador le dijo entonces:
     
    “¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas, así que sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas. Todos los días las has regado y por dos años he podido recoger estas flores para decorar la tumba de mi madre.”

    El asalto a Notre-Dame

    Tema: P E N S A R ~ 20/05/2007 13:04 ~ Hay 6 comentarios.

    20070505175920-el-asalto-a-notre-dame.jpgA las once de la mañana del 9 de abril de 1950, cuatro jóvenes –uno de ellos vestido de pies a cabeza de monje dominico- entraron en Notre-Dame de París. Era en plena misa de Pascua; en la catedral había diez mil personas procedentes de todo el mundo. «El falso dominico», como le denominó la prensa –Michael Mourre, de veintidós años- aprovechó una pausa que siguió al rezo del credo y subió al altar. Comenzó a leer un sermón escrito por uno de los conspiradores, Serge Berna, de veinticinco años:
     

    Hoy día de Pascua del Año Santo
    aquí
    en la insigne iglesia de Notre-Dame de París
    acuso
    a la Iglesia católica universal de haber desviado letalmente nuestra fuerza vital hacia un cielo vacío
    acuso
    a la Iglesia católica de estafa
    acuso
    a la Iglesia católica de infectar el mundo con su moralidad fúnebre
    de ser la llaga que se extiende en el cuerpo descompuesto de Occidente.
     
    En verdad os digo: Dios ha muerto.
    Vomitamos la agonizante insipidez de vuestras plegarias
    pues vuestras plegarias han sido el humo pringoso de los campos de batalla de nuestra Europa.
    Sumergíos pues en el trágico y exaltante desierto de un mundo en el que Dios ha muerto
    y labrad esta tierra con vuestras manos desnudas
    con vuestras manos ORGULLOSAS
    con vuestras manos sin plegarias.

    Aniversario |José Ángel Buesa|

    Tema: S E N T I R ~ 21/05/2007 21:35 ~ Hay 4 comentarios.

    20070521213759-aniversario.gif
    Hoy hace un año, justamente un año.
    Y llueve como entonces en el atardecer.
    Y es una lluvia lenta, tan lenta que hace daño,
    porque casi no llueve ni deja de llover.
     
    Mi pena es una pena sin tamaño,
    en el tamaño triste de un nombre de mujer,
    aunque la gente pasa sin saber que hace un año,
    y aunque la lluvia ignora que llueve como ayer...

    La adúltera |Manuel Vicent|

    Tema: S E N T I R ~ 22/05/2007 21:50 ~ Hay 2 comentarios.

    20070522220501-la-adultera.jpg

    En el centro de una plaza pública había un saco lleno de piedras de buen tamaño. Eran piezas sagradas. A la sombra de los pórticos, que tamizaban una luz de cal viva, un centenar de hombres justicieros esperaba. Muy pronto llegaron unos esbirros arrastrando a la mujer adúltera, que fue recibida en silencio por todas las miradas mientras era depositada en tierra con los pies atados. A continuación un juez honorable leyó la sentencia y su voz se unió al balido de unas cabras que desde lejos participaban en la ceremonia. La muerte por lapidación para la mujer adúltera venía ordenada por el Libro Sagrado, el cual no daba resquicio al perdón, ni siquiera a la lástima. Una vez leídos los cargos, los hombres justicieros deberían acercarse a la víctima y armar su mano con una o varias piedras que había en el saco. Todos lo hicieron de forma decidida y después crearon un círculo alrededor de la mujer adúltera, que ya estaba arrodillada. No sucedió en una ciudad de Oriente ni de Occidente, sino en una plaza desolada bajo un cielo de diamante donde los relámpagos secos, a pleno sol, eran la única geometría con la que hablaba Dios. La mujer adúltera dobló su tronco hasta dar con su rostro en el polvo. Protegida la cabeza con las manos, sólo esperaba de sus verdugos la gracia de ser mortalmente herida con la primera pedrada. A una señal del juez que presidía la liturgia, los hombres justicieros levantaron el brazo, pero en ese momento, sin saber de dónde provenía, se oyó la enorme voz de un profeta que dijo: “Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Esa orden, que vino acompañada de un relámpago, paralizó a los verdugos. Con la piedra en la mano todos comenzaron a explorar su conciencia. Mientras la mujer adúltera mojaba la tierra con sus lágrimas, los hombres justicieros iban descubriendo dentro de la propia alma los deseos libidinosos que habían tenido, los hechos inconfesables que habían cometido y que aún permanecían impunes. Todos dejaron la piedra en el suelo y se alejaron, todos excepto uno. Era un hombre puro, libre de pecado, exento de toda culpa, el único legitimado para cumplir la sentencia, según el profeta. Cuando la mujer adúltera levantó el rostro, los pecadores habían desaparecido. En medio de la plaza sólo quedaba aquel hombre casto con el brazo armado. Mientras las cabras con sus balidos le pedían clemencia, el hombre lapidó a la adúltera, llevado por la crueldad que nace de la estricta pureza. Así se convirtió en asesino.

    · Batalla naval ·

    Tema: e s b o z o s ~ 23/05/2007 20:46 ~ Hay 8 comentarios.

    20070523211200-batalla-naval.jpg
    Tus labios son la línea de flotación
    contra la que lanzo torpes besos.
    Déjate naufragar entre mis brazos
    que saben a mar, amor, luz y cielo.

    Sin título |Anthony de Mello|

    Tema: S E N T I R ~ 24/05/2007 20:49 ~ Hay 2 comentarios.

    20070512174232-anthony-de-mello.jpg

    Por la calle vi a una niña aterida y tiritando de frío dentro de su ligero vestido y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me encolericé y le dije a Dios: “¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo?”
     
    Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche, de improviso, me respondió: “Ciertamente que he hecho. Te he hecho a ti.”

    LAS OLAS |Javier Alcibar|

    Tema: S E N T I R ~ 24/05/2007 22:39 ~ Hay 4 comentarios.

    20070524223857-las-olas.jpg
    De vez en cuando me sumerjo,
    doy un par de vueltas alrededor
    de mí mismo,
    escribo alguna palabra triste,
    -el fondo es triste-
    y salgo a flote
    a que me golpeen de nuevo
    las olas.

    · Marat-Sade |Teatre Tívoli| ·

    Tema: m i r a d a s ~ 26/05/2007 17:26 ~ No hay comentarios. Comentar.

    20070526165935-marat-sade.jpgLa Humanidad a lo largo de los siglos
    nunca se ha planteado una pregunta
    ¿qué es el dolor? Y ello por cuanto
    el enigma del dolor reenvía al acuciante
    problema del otro, del prójimo
    que está ahí mudamente ante nosotros,
    y es probable que exista.
    (Leopoldo Mª Panero)
     
    Sólo los locos y los niños dicen la verdad, por lo que lo que diga yo, si los demás me consideran cuerdo, será mentira. Así encaro un callejón sin salida, un viaje a ninguna parte que sólo se soluciona si cada uno de nosotros integra también su propia locura y deja jugar al niño que fue. Éste si que es un misterio de la santísima trinidad bien próximo y sin mayúsculas.
     
    La gente que muere en la bañera suele hacerlo por resbalar. A Marat lo asesinó Charlotte Corday en la bañera que aliviaba su enfermedad, el uno jacobino y la otra girondina, dos caras de la misma revolución. Pero esta muerte no es tan diferente de la típica pues Marat realmente murió en su revolución resbaladiza. Y nosotros, tantos años después, caminamos sobre sus logros aunque todavía no nos sintamos seguros. Tenemos miedo, miedo a vivir, a morir, miedo al miedo.
     
    La obra de teatro Marat-Sade de Peter Weiss, representada por la compañía Animalario, es un monumento de trapo (la escenografía son montañas de ropa usada), ¿un intento de amortiguar los golpes verbales que los locos lanzan indiscriminadamente? Nada hay más vano que interponer al puñal un trozo de seda, nadie debería de quedar sin verla.
     
    [Andrés Lima (director)] Hay una idea romántica (sobre todo en la izquierda burguesa) de la revolución como algo “bonito”. Pero la revolución es más “necesaria” que bella. Respirar no es bonito, sobre todo con una bomba de oxígeno.
     
    La revolución permanente y necesaria evitaría, en gran parte, el choque violento de ideas o necesidades, de clases y privilegios. El esfuerzo de cuestionamiento diario que surge del cambio de posición continuo en uno mismo nos hace que sea más fácil comprender al prójimo, ponernos en su lugar y darle fraternalmente la mano. Vivir con nuestras contradicciones y no imponérselas a nadie es ser un revolucionario y posiblemente un humanista.

    Ordenación sacerdotal de mujeres |José Antonio Marina|

    Tema: P E N S A R ~ 27/05/2007 17:13 ~ Hay 9 comentarios.

    20070519210230-ordenacion-sacerdotal-de-mujeres.jpgDurante muchos siglos esta decisión [la negativa de la Iglesia católica a la ordenación sacerdotal de mujeres] se basaba en la ancestral desconfianza y desprecio hacia la mujer. Tomás de Aquino dice que la mujer no puede ser sacerdote porque «vive en estado de infeción», y por ello no tiene la dignidad necesaria (Sum. Theol., Supl. 39, a.1). En este momento el rechazo no se funda ya en una creencia tan insostenible, sino en una interpretación de las intenciones de Jesús de Nazaret, que me parece traída por los pelos. Se afirma que si no eligió mujeres apóstoles es porque quiso que fueran exclusivamente hombres. Esto supone olvidar que en cada momento histórico hay imposibilidades reales dependientes de la situación. Volar no es una imposibilidad, puesto que ahora hay aviones, pero lo era hace dos mil años. La mujer en Palestina no podía ni siquiera testificar en un juicio: su testimonio no tenía ningún valor. ¿Cómo se la iba a elegir para testimoniar una doctrina? Sacar de esa imposibilidad circunstancial una prohibición permanente es como decir que puesto que Jesús no usó la televisión para predicar, los cristianos actuales no deben utilizarla.

    Yo soy Peter |Jorge Bucay|

    Tema: S E N T I R ~ 28/05/2007 21:05 ~ Hay 8 comentarios.

    20090206182631-yo-soy-peter.jpg

    Era una vez un bar de mala muerte, en uno de los barrios más turbios de la ciudad.
     
    El ambiente sórdido parecía extraído de una novela policíaca de serie negra.
     
    Un pianista borracho y ojeroso golpeaba un blues aburrido, en un rincón que apenas se divisaba entre la escasa luz y el humo de cigarrillos apestosos.
     
    De repente, la puerta se abrió de una patada. El pianista cesó de tocar y todas las miradas se dirigieron a la entrada.
     
    Era una especie de gigante lleno de músculos que se escapaban de su camiseta, con tatuajes en sus brazos de herrero.
     
    Una terrible cicatriz en la mejilla daba aún más fiereza a su cara de expresión terrible.
     
    Con una voz que helaba la sangre, gritó: «¿Quién es Peter?».
     
    Un silencio denso y terrorífico se instaló en el bar. El gigante avanzó dos pasos, agarró una silla y la arrojó contra un espejo.
     
    -¿Quién es Peter? -volvió a preguntar.
     
    Un pequeño hombrecillo con gafas separó su silla de una de las mesas laterales. Sin hacer ruido, caminó hacia el gigante y, con voz casi inaudible, susurró: «Yo... Yo soy Peter».
     
    -¡Ah! ¿Así que tú eres Peter? Yo soy Jack, ¡hijo de puta!
     
    Con una sola mano, lo levantó en el aire y lo arrojó contra un espejo. Lo levantó y le pegó dos puñetazos que parecía que le iban a arrancar la cabeza. Después le aplastó las gafas. Le destrozó la ropa y, por último, lo tiró al suelo y saltó sobre su estómago.
     
    Un pequeño hilo de sangre empezó a brotar de la comisura de los labios del hombrecito, que quedó semiinconsciente tirado en el suelo.
     
    El gigantón se acercó a la puerta de salida y, antes de irse, dijo: «Nadie se burla de mí. ¡Nadie!». Y se fue.
     
    Apenas se cerró la puerta, dos o tres hombres se acercaron a socorrer a la víctima de la paliza. Lo sentaron y le acercaron un whisky.
     
    El hombrecito se limpió la sangre de la boca y empezó a reírse, primero suavemente y después a carcajadas.
     
    La gente lo miró sorprendida. ¿Los golpes lo habían vuelto loco?
     
    -No entendéis nada -dijo. Y siguió riendo-. Yo sí que me he burlado de ese idiota.
     
    Los demás no podían evitar la curiosidad y lo asaltaron a preguntas.
     
    ¿Cuándo?
    ¿Cómo?
    ¿Con una mujer?
    ¿Por dinero?
    ¿Qué le has hecho?
    ¿Lo enviaste a prisión?
     
    El hombrecito siguió riendo.
     
    -No, no. ¡Yo me he burlado de ese estúpido ahora, delante de todos! Porque yo... ¡Ja, ja, ja! Yo...
     
    ...¡Yo no soy Peter!

    Para ser grande |Fernando Pessoa|

    Tema: S E N T I R ~ 29/05/2007 20:29 ~ Hay 2 comentarios.

    20070512184506-para-ser-grande.jpg
    Para ser grande, sé entero: nada
    tuyo exageres o excluyas.
    Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
    en lo mínimo que haces.
    Así en cada lago la luna entera
    brilla, porque alta vive.

    · Feo ·

    Tema: e s b o z o s ~ 30/05/2007 20:59 ~ Hay 16 comentarios.

    20070527121611-feo.jpgNunca me ha gustado mi aspecto, lo cual es uno de los pocos gustos que comparto con el resto de la gente. Nada más nacer, la comadrona le dijo a mi padre que esperaba ansioso: “ha sido feo”. Mi apodo en el colegio era “eso” y en el instituto todas las chicas tenían novio, o eso me decían. En la universidad me confundían con el bedel, que siempre son feos, por lo que a clase iba con mi carpeta para tomar apuntes y el proyector de transparencias para el catedrático. Terminé la carrera sin pena ni gloria, sin apenas molestar, pero mis compañeros no me dejaron aparecer en la orla. Cuando salía por la puerta de atrás de la universidad, tomé la determinación de terminar de una vez por todas con mi vida de feo. Al llegar a casa fui directo al lavabo y eché el pestillo, el metálico, se entiende. Metí los dedos en la nariz y tiré con fuerza en dirección a la frente. Un crujido me indicó que el tabique nasal había cedido. Seguí tirando hasta que la carne se desgarró en dirección a las orejas permitiendo, por último, arrancarme todo el cuero cabelludo y dejarlo colgando en la nuca como unas greñas de rastafari. Los labios los dejé en su sitio de momento pues podía tener sed antes de terminar y todo el mundo sabe que es muy difícil beber sin ellos. A continuación comencé a estirar los bordes del ombligo, lo cual me resultó molesto pues me producía cosquillas. En previsión me había metido dentro de la bañera pues rápidamente las tripas comenzaron a desparramarse por el fondo. Una vez haberle dado la vuelta completa al ombligo, como si fuese una cremallera alrededor de la cintura, tuve sed y bebí. Por suerte no había dañado ningún intestino pues no detecté pérdidas. Bajarme la piel hasta los tobillos fue fácil, como quitarse un pantalón. El sexo no lo toqué porque es pecado. Sólo me quedaba la piel del pecho y los labios que, utilizando la misma técnica habitual, me quité como si de un jersey se tratase. Una vez sin cueros y con el interior al aire me miré en el espejo y pensé: “La belleza está en el interior”.

    Carta de amor de Catulo a Lesbia [Roma clásica]

    Tema: S E N T I R ~ 31/05/2007 20:21 ~ Hay 8 comentarios.

    20070519210653-carta-de-amor-de-catulo-a-lesbia.jpgDame mil besos, luego cien, después otros mil, luego cien más, luego mil, después cien; por fin, cuando hayamos sumado muchos miles, embrollaremos la cuenta para no saberla y para que ningún envidioso nos pueda echar mal de ojo cuando sepa que nos hemos dado tantos besos.

    ...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.

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