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No hi ha ni un moment en què un ésser vivent no sigui devorat per un altre. Pel damunt d’aquestes nombroses espècies animals hi ha l’home, la mà destructora del qual no perdona cap ésser vivent; mata per alimentar-se, mata per vestir-se, mata per guarnir-se, mata per atacar, mata per defensar-se, mata per instruir-se, mata per matar (...). Quin ésser exterminarà aquell que ho extermina tot? És l’home qui té l’encàrrec de matar l’home.
Hace muchos años, cuando aquellas hermosas tierras apenas empezaban a ser la Costa del Sol, salí de Málaga en coche con dos amigos camino de un Gibraltar que entonces vivía con sus negocios de siempre y recibía turistas sin problemas. Era una hermosa mañana de junio, con el sol todavía muy bajo y una brisa marina deliciosa.
Al llegar a Estepona nos apeteció un cafelito y paramos en una plaza pero, al ser domingo, todo estaba cerrado, incluso los bares. No había gente a la vista. Sólo a la puerta de cierto café, desde una de las sillas dejadas fuera durante la noche, nos contemplaba un hombre ya anciano, pero de torso erguido, rostro de cuero y ojillos vivos bajo el sombrero redondo.
Todo era quietud, como suspendido en el tiempo, sin más ruido que el susurro de una fuente y el chirrido de los vencejos rasgando el aire con su vuelo quebrado. Íbamos ya a marcharnos cuando nos retuvo el sonido del cierre metálico del café al ser levantado desde dentro. En la puerta apareció un camarero que miró cómo nos acercábamos. Luego advirtió al viejo sentado y le habló. Pude escuchar la siguiente lección de buen vivir:
-¡Vaya, señor Fraswuito, a los buenos días! ¿Cómo usté hoy tan pronto levantao y en domingo?
-Ya ves tú, por eso. Como no tengo ná que hasé, he salío más temprano pá gosé.

| Vida honesta y ordenada, usar de pocos remedios y poner todos los medios en no apurarse por nada. La comida, moderada, ejercicio y diversión, beber con moderación, salir al campo algún rato, poco encierro, mucho trato y continua ocupación. |
La obra El Mètode Grönholm de Jordi Galceran es lo más parecido a morirse de risa mientras te apalean, es decir, algo increíble. Y aunque trata de un proceso de selección para un cargo ejecutivo de alto rango, a continuación voy a dejar volar mi pluma sobre las relaciones laborales que nada tienen que ver con las relaciones humanas, pues son interacciones entre elementos de producción, simples de cuantificar y fáciles de sustituir. Para la empresa somos piezas jugando en un tablero que no es nuestro, a un juego del que desconocemos las reglas salvo que cualquier mal movimiento nos puede eliminar. Esforzarse es loable, fijarse objetivos de superación personal también, pero prostituir nuestro intelecto para que los demás se alegren de que nuestra buena gestión suponga beneficios para la empresa es vil, porque por el camino quizá quedó un proveedor casi arruinado, unos operarios extenuados y un cliente engañado. Como no estoy de cara al público, nadie me felicitará por ser amable pues esa no es mi función, ni me tomarán en serio si sonrío cuando doy una orden. En cualquier caso, la obra de teatro tenéis que verla o quedáis despedidos.
Sabemos cómo se ha gestionado y desarrollado eso que hemos llamado el pensamiento único o pensamiento cero del que habla José [Saramago: “El pensamiento único, ni siquiera es pensamiento. Es más o menos, el pensamiento cero. (...) Ni siquiera nos referimos a un pensamiento único, como el que se instaló, por ejemplo, en la Alemania nazi. Ellos tenían un pensamiento único, equivocado y criminal, con las consecuencias que se vieron y las raíces conocidas. Ahora no. Ahora, sencillamente, no se piensa, domina el pensamiento cero. La aceptación de lo que existe sin criticarlo, sin intentar cambiarlo. Todos esperan que al día siguiente alguien proponga lo que hay que hacer y pensar, pero al día siguiente dirán «Sigo pensando en nada».”]. Hay que remontarse cronológicamente a la caída del muro de Berlín en el 89 y a la desaparición de la Unión Soviética en el 91. En ese momento, entre 1991 y el 1995, globalmente asistimos a la crisis ideológica más aguda y a la desesperación del pensamiento crítico. Se trata de un mazazo que, de una manera o otra, recibe, digamos, la izquierda en general. Aunque en definitiva, sobre todo en Occidente, la gente se mostraba extremadamente crítica con respecto a la Unión Soviética, en general, y con respecto al stalinismo, en particular. Vivimos un verdadero shock, a pesar de que todo el mundo podía desear esos acontecimientos, en la medida que las sociedades del Este parecían rechazar de manera colectiva y radical lo que había sido el socialismo en todos sus aspectos. No sólo en sus aspectos más autoritarios, más brutales, sino en todos sus aspectos.
He terminado de leer TOKIO BLUES (Norwegian Wood), de Haruki Murakami, antes de suicidarme. Temía morir antes de llegar al final, lo cual sería una pérdida irremediable, desconocer el final, claro. Pero aquí estoy y, la verdad, tampoco me tienta mucho ahora eso de cortarme un árbol o colgarme las venas, o algo así, que no domino mucho esas técnicas, más que nada por falta de práctica. Y hablando de árboles, me estoy yendo por las ramas en lugar de comentar que este libro me ha gustado mucho, demasiado, aunque recordarlo me pone triste, qué se le va a hacer, no es precisamente un libro que deje indiferente. En cualquier caso leedlo teniendo alguien querido al lado para que os pueda abrazar cuando sea preciso.Norwegian Wood (This Bird Has Flown) |The Beatles| |
Madera Noruega (Esta chica ha volado) |

Se dirigía un cura andando de una a otra parroquia, y como no logró atravesar el río porque bajaba muy crecido, se acercó junto a un parroquiano, que coincidió estar en aquel momento echando el agua a un prado, y le dijo:
- ¡Ay señor Ángel! Si me hiciese un favor... Quiero decir misa en la otra parroquia y no pude vadear el río. ¿Podría dejarme su burra?
- Sí hombre, sí -le contestó el labrador-. A pesar de que yo no soy hombre de misa, me agrada hacer favores a los clérigos para que el día de mañana intercedan por mí. Y como la burra resiste bien, podemos pasar los dos en ella.
Así pues se subieron los dos a la burra, y cuando se encontraban en mitad del río, empezó el cura a rezar pues ya el agua le llegaba a la sotana.
- ¡Ay señor cura, carajo! -le dijo el labrador-: no rece que esta burra es muy religiosa, y como se arrodille, vamos los dos a tomar por el culo.

| Aquest any serà bo per a tota mena d’afers: ho diuen els diaris. (Si puges al terrat prop de migdia hi trobaràs la casada del quart que pren el sol sense sostenidors. És joveneta encara i té els pits durs i una mirada blana, acollidora.) Aquest any serà bo per a tota mena de liaisons, perquè els pobres encara no s’hauran revoltat i en algun lloc remot esclatarà una guerra, programada per liquidar sobrants de gent i d’armes. Serà un bon any de pluges, aquest any, any de collites grasses, abundoses, i d’abundosos, grassos beneficis, que permetran als rics de practicar la caritat sense posar en perill la integritat de llurs hisendes. Naixeran cent poetes, aquest any, i vindran menys turistes, tal vegada perquè el sol ja no escalfa com abans o perquè al mar no hi queda cap sirena. Desmesurats i obscurs, els endevins prediran les desgràcies de sempre, i els bons, com de costum, predicaran la resignació i la concòrdia. La primavera serà dolça i breu i la tardor allargassada i tendra, i moltes noies sentiran que els bat la sang amb una força inconeguda i es llançaran a fer l’amor amb un fresc i agressiu entusiasme. No es preveuen miracles, aquest any, ni grans migracions, ni terratrèmols massa devastadors, ni cap d’aquelles disbauxes col·lectives que somouen els fonaments de l’ordre. Hi haurà morts a balquena, tant se val, però morts casolans, subsidiaris, i quatre morts il·lustres, que dissolts entre la massa amorfa passaran sense pena ni glòria. Serà un any com els altres, aquest any, amb els mateixos dies, els mateixos desenganys, i alegries, i sorpreses, i vents i calmes i captards i aurores; un any d’aquells que només el record pot convertir, fal·laç, en una estranya papallona; un any, per dir-ho clar, com l’any passat, i l’altre, i l’altre, i l’altre... |

I
El análisis de un caso particular es pretexto excelente para elevar la idea a una región superior en donde encontremos la clave de todos los problemas análogos. En la polémica sobre Napoleón he cedido gustoso a Casabianca la ventaja de los últimos cañonazos, y, habiendo sobrevivido a ellos, aprovecharé la oportunidad de explicar cómo se arraigan mis juicios en un substratum filosófico.
No se asuste el que lea: no seré necesariamente árido y pedante. No entiendo la filosofía al estilo profesoral. Creo que todo ser vivo tiene la suya, y tal vez todo cristal y todo átomo. Para mí no se trata de una ciencia, sino de la trayectoria que sigue el centro de gravedad de nuestro espíritu. Claro, cuanto más nos instruyamos, menos inhábiles seremos para retratar la marcha de nuestro firmamento interior. Cuanto más rico sea nuestro arsenal de expresión, nuestro catálogo de conceptos, imágenes y voces, menos opacos seremos a la mirada ajena. Estudiemos pues y experimentemos, pero no atribuyamos demasiado alcance a lo que traigamos de fuera. Lo de adentro es lo que importa, y eso no se aprende. Que lo haya y que lo descubramos, he aquí lo esencial; lo demás es accesorio. Los gritos más profundos de la vida han salido de hombres ignorantes. ¡Cuántos de esos gritos sublimes resuenan en nosotros aún, sin que podamos saber quién los lanzó! Vivimos de los genios anónimos mucho más que de los oficiales. Así nuestra industria y nuestra civilización toda vienen del fuego, arrebatado a la naturaleza por un desconocido titán prehistórico, mientras que la inmortalidad de ciertos clásicos no es sino la inmortalidad del pergamino. ¡Oh estupideces que el mármol hizo eternas! El aspecto físico de las cosas es el final de una serie, el término de una degradación. Lo real es invisible, y en cada uno de nosotros hay un mundo secreto.
Los místicos han sido los exploradores de ese mundo. Algunos se perdieron en él, otros lograron regresar y compusieron informes y oscuras descripciones de las playas que habían visto. Nuestro lenguaje, fabricado para la acción bajamente utilitaria, empapado de egoísmo y de lógica, es poco apropiado para traducir lo real. Por eso el misticismo se reduce a una experimentación interna, de seguro la única positiva, pero casi siempre inefable. Además, si bien la totalidad de los hombres están en contacto material con lo que les rodea, son muy raros los que estuvieron, siquiera un instante, consigo mismos. Nos ignoramos; el universo nos ha sido inútil. Llenos de tristeza, entregamos a la muerte nuestras almas intactas.
Para el que se asomó a los abismos de su propio ser, y sospechó las mejores posibilidades del destino, nada hay tan absurdo y repugnante como el afán común de acumular en exceso las energías exteriores. Aparece aquí la ruin noción de la propiedad. El avaro se figura que posee su oro; el guerrero, que posee sus soldados; el patrono que posee a sus siervos; el ambicioso, que posee el honor ¿Cómo es factible poseer lo que está a merced del azar? El oro es barro; los soldados y los siervos, fantasmas, y el honor, mentira. Si no nos poseemos, no poseemos nada, y los que no se poseen se mueren por palpar lo que es imposible poseer. Se posee lo que se es, y en cuanto se da. Para absorber lo externo es forzoso, como en una bomba aspirante, hacer el vacío; la sed de riqueza de esclavos y de gloria no es más que el signo del vacío espiritual. ¿Qué contraste con la plenitud interna del justo “Las delicias, la magnificencia, decía Sócrates a Antifón, he ahí lo que se llama felicidad: en cuanto a mí, estimo que si sólo a la Divinidad pertenece el no tener necesidad de nada, el tener necesidad de poco nos acerca a la Divinidad”.
La Divinidad necesita, sin embargo, entregarse, trabajar. Un Dios separado de su creación, ocioso y satisfecho, como el Vaticano lo exige, es algo repulsivo. Un Dios obrero, no. “Dios, dice W. James, completando a Sócrates, es lo que hay de más humilde, de más despojado de vida consciente o personal; es el servidor de la humanidad... Confieso libremente que no tengo el menor respeto hacia un Dios que se bastara a sí mismo: cualquier madre que da el pecho a su niño, cualquier perra que da de mamar a la cría, presenta a mi imaginación un encanto más próximo a mí y más dulce”. Desde nuestro punto de vista, Dios y genio son sinónimos. Todos somos Dioses. Si no lo fuéramos, si no encerráramos, más o menos escondida, una chispa de potencia creadora, no hubiéramos nacido. Todos somos genios; sólo el genio es. En unos duerme; en otros sueña. Nuestro deber consiste en cavar nuestra sustancia hasta hallarlo, para devolverlo después en la obra universal.
II
“El mundo invisible, el mundo secreto que llevamos dentro...”. Estas expresiones parecerán poco propias de un estudio filosófico. ¿Se puede hacer una filosofía de metáforas? Si el lector tiene paciencia, verá en otro artículo los motivos que nos inclinan a desconfiar de la lógica en uso, cuando se trata de tocar lo real. La lógica conduce a lo verdadero, mas para llegar a lo real es impotente. Lo verdadero es objeto de la ciencia; empleado en la utilidad común cambia de siglo en siglo. Lo real, objeto de la sabiduría es asunto que atañe directamente a cada uno de nosotros, Lo verdadero es exterior, lo real, interior. De lo verdadero nos servimos; de lo real vivimos, o por mejor decir, lo real es lo que vive. Lo verdadero exige los esfuerzos de nuestra razón, y la razón no es sino una parte de nuestro ser, lo real nos exige por entero. Un dialéctico puro es un mutilado. La humanidad no ha hecho caso a los metafísicos de gabinete, sino a los profetas, metáforas en acción. Hay en una metáfora más alma que en cien teoremas. Lo real no se explica: se siente y se ejecuta.
Pero bajemos a la región de las sensaciones ordenadas por la ciencia, esa ciencia helada y triste cuyo ideal - física matemática - es aplicar un sistema lógico a un conjunto de medidas. Encontraremos en la ciencia actual el rastro del mundo interno invisible, de tal modo es cierto que una porción cualquiera del universo constituye un símbolo de todo lo demás. Los griegos no tenían noticia de América, según he oído; tampoco la tenían de los enormes continentes de nuestro espíritu. Ignoraban las dimensiones del planeta y nuestras propias dimensiones. Para ellos, fuera de la conciencia no había nada. No se alejaron del luminoso círculo, centro de la inteligencia, y por eso lo que construyeron es tan claro, tan elegante, tan evidente y tan falso. Demostraron rigurosamente muchas mentiras, y Aristóteles, a través de la escolástica, nos emponzoña aún.
Somos ahora más humildes. Hemos comprendido que no es posible adivinar, que es preciso callarse y ensayar. Hemos hecho la geografía caminando, y la química ha salido de nuestras manos obreras. La naturaleza contesta siempre cuando se la interroga con angustia, y el objeto físico, es decir, el cadáver de la realidad, se ha estremecido bajo nuestra mirada. En nuestros laboratorios hemos descubierto lo inconsciente; hemos verificado que el lugar donde se fabrican nuestros conceptos, donde nuestros sentimientos se enriquecen y se afinan, donde el carácter se arma y teje la memoria su fantástica tela, es un taller inmenso que mueve sus engranajes en la sombra. Somos secretos para nosotros mismos. Nuestra raza y nuestra descendencia nos habitan sin que las veamos. En las tinieblas de nuestro cerebro se levantan los muertos para apoderarse de los vivos, y los vivos para apoderarse del futuro. La génesis del crimen es inconsciente, y la del genio también. Nuestras ideas, nuestras emociones, nuestros impulsos son una continua sorpresa. Asistimos a su desfile prodigioso sin saber de dónde surgen, cabellera de chispas desprendidas de la fragua oculta, y agitadas por el salvaje viento de la noche
En el paisaje infinito del espíritu, ¿qué es la conciencia? Un punto perdido: la linterna del vagabundo. Débil linterna que paseamos por las encrucijadas del pensamiento y de la voluntad, débil lógica humana, gesto de duda en un instante de pereza, ¡ilumínanos la profundidad de los bosques y de los mares! ¿Dónde está el yo, dónde empieza y dónde acaba? Y los otros yoes que aguardan detrás de la puerta, en la penumbra subconsciente o subliminal, ¿cuándo nos invadirán y nos devorarán? ¿Despertaré mañana asesino o santo?
Quizá nuestro yo se extiende hasta las estrellas más lejanas. Si mi brazo es mío, no es porque lo distingo y lo palpo, sino porque me duele, porque lo experimento de una manera real. Donde concluye el cuerpo, ¿concluye el conocimiento real del espacio? Si mi piel fuera transparente, ¿no creería, ante el espectáculo de mis intestinos laboriosos y palpitantes, pero insensibles, que aquel movimiento me es extraño por completo? Un cirujano me anestesia el brazo. ¿Deja de ser mío? La mujer estudiada por Charcot siente el pinchazo de un alfiler a un centímetro de la piel, en la atmósfera ¿Le pertenece ese centímetro de atmósfera? Y el conocimiento por los sentidos, el conocimiento aparencial, ¿no establece un lazo? Yo veo la estrella inaccesible, y la estrella ¿me ve?
¡Explicar lo real! Lo real se siente y se ejecuta, no se explica. Yo siento en mí el temblor de los astros; siento en mí abismos capaces de contener los que espantaban a Pascal: siento en mí el mundo invisible y secreto que trabaja; la energía específica y nueva en torno de la cual. por unos momentos, giran las cosas como no habrían girado nunca; siento en mi un total incoherente que necesita mudar de actitud y esperar lo que no ha sucedido todavía; siento en mí algo irresistible que se opone a la estéril repetición del pasado. y que ansía romper las barreras del egoísmo para realizar su obra inconfundible. Siento que soy indispensable a un plan desconocido y que debo entregarme heroicamente. Estoy seguro de que todos los hombres sienten como yo cuando se hace el silencio en sus almas; estoy seguro de que todos, al Comenzar a cumplir su noble destino, se reconciliarían con la muerte.
III
Descubrir la energía interior y entregarla para renovar el mundo; he aquí el altruismo. Es la obra de las más profundas corrientes del alma. El que se ha bañado en ellas percibe la superficialidad de la inteligencia pura. Percibe que esa lógica de que tan orgullosos nos mostramos es una fría herramienta, un sentido abstracto, incapaz por sí de crear el espíritu, como los sentidos físicos son incapaces de crear la materia.
Cada vez que el hombre ha intentado elevarse por la razón a una síntesis del universo ha fracasado lamentablemente. Los sistemas metafísicos tienen todos algo de grotesco. Es el contraste entre los medios y el fin, entre la solemne vaciedad de un lenguaje postizo y la realidad intangible que pasa riendo a cien leguas del sabio miope. Los tipos más imponentes de la tontería se encuentran entre los sabios. Pretender explicar lo real es signo de atrofia en la intuición. ¡Triste espectáculo el de un maravilloso talento a oscuras, como Santo Tomas, un Hegel o un Comte! La vida no se resuelve con silogismos; no es un problema de ajedrez.
La impotencia de la razón ha sido reconocida siempre por los pensadores razonables. Pascal lo ha dicho mejor que ninguno: “Padecemos una impotencia de probar invencible a todo dogmatismo; tenemos una idea de la verdad invencible a todo pirronismo”. De la verdad, es decir, de lo real, de lo real que obliga a la acción fecunda; de lo real que respira y se mueve. La razón será lo que se quiera, menos un motor. Pero no basta declararla imperfecta para lo práctico e inservible para lo trascendental. Es preciso darnos cuenta de su origen probable y de la región que habita.
En ciencia, la única verdad que se ha establecido es la verdad física. Tal verdad, que se llama hipótesis no posee virtud alguna de dominación sobre el tiempo; cambia de siglo en siglo y dentro del siglo. Está supeditada a la aparición del hecho bruto o sea de la sensación. Su papel es pasivo, su objeto, bajamente utilitario. Es un instrumento clasificador. Su insubstancialidad no ha dejado de ser notada por los profesionales. Para E. Mach, la hipótesis se reduce a una “economía intelectual”. Para Poincaré la verdad es lo que resulta “más cómodo”. El análisis moderno despoja cruelmente a la verdad científica de todo contenido real.
Observemos que la lógica -expresada por medio de las matemáticas- no se aplica sino a lo inorgánico, sin haber conseguido siquiera abrazarlo en su conjunto. La teoría más comprensiva y más reciente, que funda los fenómenos en las leyes electromagnéticas. suprimiendo el átomo material y afirmando el átomo eléctrico, renuncia a incluir en su programa la gravitación universal... La sencilla y clásica ley del buen Newton, la base de la majestuosa astronomía, sigue impenetrable. En cuanto al éter, nos pone al borde mismo del principio de contradicción: es imposible representar el elemento capital de nuestra ciencia. Y si abandonamos lo inorgánico, la noche se hace de repente. La biología, la psicología son un vago empirismo surcado por débiles tendencias; la sociología se forma de conjeturas pueriles. “La inteligencia, dice Bergson, está caracterizada por una incomprensión natural de la vida. Nos veríamos muy apurados para citar un descubrimiento biológico debido al razonamiento sólo...”.
¡Qué interesante es la coincidencia de Poincaré y de Bergson, los dos príncipes de la especulación contemporánea! Para ambos la inteligencia humana es geométrica. Poincaré, en su magnífico estudio sobre el espacio concluye: “Si no hubiera cuerpos sólidos en la naturaleza no habría geometría”. O sea: “Si no hubiera cuerpos sólidos no seríamos inteligentes”. Y Bergson: “Nuestros conceptos han sido formados a imagen de los sólidos... nuestra lógica es sobre todo la lógica de los sólidos... nuestra inteligencia triunfa en la geometría, donde se revela el parentesco del pensamiento lógico con la materia inerte...”.
Eso es el hombre: un animal que maneja la materia inerte y construye máquinas protectoras. Su inteligencia es de baja extracción: pertenece a lo exterior, a lo que menos importa. Lo que importa no es impedir que lo exterior nos penetre, sino que lo interior desborde. Lo que importa no es aislarnos, sino comunicarnos: no es cerrarnos, sino abrirnos. Bergson habla de materia inerte. Mejor sería hablar de materia muerta. Bien lo sentimos en los momentos supremos de nuestra emoción y de nuestra voluntad, cuando la pulpa fluida de nuestro ser rompe la helada corteza razonadora y lanza afuera su mágico surtidor de sangre, de lágrimas o de fuego. La inteligencia es una cosa muerta; es un arma del egoísmo. Así las uñas y los dientes están hechos de células muertas. Lo duro, lo que tanto amó Nietzsche, es lo muerto. La vida es ternura. Por eso no la comprendemos ni la comprenderemos jamás. La piedra no comprende a la brisa. Medimos las órbitas de los astros, y nos quedamos atónitos ante una flor. No nos comprendemos, puesto que vivimos, pero es igual. Lo esencial no es comprenderse, sino entregarse.
La energía interior, esencialmente nueva, destinada a lanzarse contra lo exterior para renovarlo, es una energía directora. No se la puede comparar con las energías que se manifiestan por los instrumentos de laboratorio y que se anotan en las estadísticas de todo género. No hay aguja que la señale, balanza que la pese ni cifra que la mida. Magnetiza el cosmos sin que los sabios, inclinados sobre sus retortas, la perciban. Los matemáticos triunfan porque no se descabala el ejército de fórmulas con que se ha aprisionado el espacio: los médicos exultan al declarar que el bisturí no ha tropezado con el espíritu. ¿Qué somos? Ázoe, carbono, agua y algunas cosas más. El problema está resuelto. Así, verificando que no falta ninguna pieza en la caja, la ciencia se figura haber ganado la partida. No se explica la realidad sin asesinarla. Entre lo vivo y lo muerto no existe diferencia; ésta es la victoria de la filosofía positiva. Tomad el compás: el cadáver no ha cambiado de estatura. Es el mismo. Vivía y no vive. Eso no significa nada. Antes vivía con arreglo a la química, y ahora, con arreglo a la química idéntica, se descompone. La vida es la muerte. ¿Y la conciencia? En verdad que estorba. ¿Qué es la conciencia de una máquina? Pero se trata de un detalle.
¡Desvariados! De tanto mirar por el vidrio de vuestros microscopios y de vuestros telescopios tenéis la mirada de los difuntos. Analizáis maravillosamente lo automático. No veis más que lo verdadero, y se os escapa lo real. Creéis tocar la sangre del universo, y no palpáis más que su osamenta. Archiveros de leyes, pendolistas de la experimentación, ¡qué regocijo el vuestro cuando la materia comparece ante vosotros y obedece al código de vuestros cálculos! Descubrid leyes y que se cumplan. Que el eclipse, previsto de mil años atrás, no se equivoque en una décima de segundo. Oh luna, oh sol, oh melancólicos luceros ¡sed dóciles! Que no se diga que habéis sido caprichosos, o que se os ha olvidado la lección; que no se diga que de los caldeos acá habéis añadido algo nuevo a las cosas. Obedeced; entonces el astrónomo exclamará “comprendo” y yo gemiré “bien muertos estáis”.
No quiero imitaros; no quiero obedecer; no quiero repetir. Estoy vivo: soy lo nuevo. ¿Qué tengo que ver con las leyes? Amontonadlas, juristas: no avanzaréis un paso hacia mí. Mi energía directora, hermana de la humilde energía celular que convierte los jugos oscuros de la tierra en pétalos perfumados, pasará a través de vuestras leyes como el viento cargado de gérmenes a través de una tela de araña. No romperé tal vez un hilo, no fallarán tal vez vuestras doctas previsiones; seguiré invisible para vosotros, pero habré pasado.
Hermanos: vivís; somos lo nuevo; estamos fuera de la ley. El manantial que brota de nuestras entrañas no ha sido probado por nadie. Fuera de la ley; fuera de las leyes científicas y sociales. Nos harán la autopsia mañana; hoy no. Demasiados obstáculos nos opone lo de fuera para que no evitemos los obstáculos de dentro. Arrojemos lejos de nuestro ser toda idea de orden establecido; todo respeto a la autoridad y al dogma; todo cariño a las tumbas. El amor a lo que fue es una voluptuosa cobardía. Convenzámonos de que el átomo de realidad que hay en nosotros no tiene historia.
El altruismo está fuera de las leyes. La adaptación al medio es una de las grandes filfas que nos cacarearnos los unos a los otros. ¿Se adapta al medio el cangrejo que para viajar lleva en las branquias una provisión de agua como el beduino la suya a bordo del camello? ¿Se adapta al medio la innumerable multitud que habita el fondo tenebroso de los mares, y que enciende allí sus lámparas fosforescentes, corno nosotros las nuestras en la noche? ¿Se adaptan al medio los óvulos que rodeados de iguales condiciones producen organismos diferentes? Llevad vuestro cuerpo a los hielos del polo, o al infierno ecuatorial. Vuestra temperatura no se alterará: os impondréis al medio o sucumbiréis. La vida es la conquista del medio, la transformación de lo exterior por el genio interior. Y vuestra industria, ¿qué es sino la fabricación de un medio artificial donde logremos cumplir antes el genio de nuestra especie? ¿Qué hace la humanidad, sino humanizar el universo?
Adaptarse a las leyes físicas, ser un conjunto de leyes físicas equivale a desaparecer. Adaptarse a las leyes tácitas o escritas de la sociedad en que estamos es desaparecer también. Hemos venido a ella para entregar nuestro genio a la obra común, y el genio es rebeldía. Es la rebeldía la que funda el orden superior. Son las leyes las que perpetúan el desorden. No es el altruista el revolucionario, sino el egoísta, el que entorpece la marcha moral de las energías creadoras. Ese juez que consulta un libro viejo para hacer el bien y no consulta su alma, es el introductor de la muerte. Pero nosotros mataremos la ley y reanimaremos el mundo.

Un Zar, hallándose enfermo, dijo:
-¡Daré la mitad de mi reino a quien me cure!
Entonces todos los sabios se reunieron y celebraron una junta para curar al Zar, mas no encontraron medio alguno.
Uno de ellos, sin embargo, declaró que era posible curar al Zar.
-Si sobre la tierra se encuentra un hombre feliz -dijo-, quítesele la camisa y que se la ponga el Zar, con lo que éste será curado.
El Zar hizo buscar en su reino a un hombre feliz. Los enviados del soberano se esparcieron por todo el reino, mas no pudieron descubrir a un hombre feliz. No encontraron un hombre contento con su suerte.
El uno era rico, pero estaba enfermo; el otro gozaba de salud, pero era pobre; aquél, rico y sano, quejábase de su mujer; éste de sus hijos; todos deseaban algo.
Cierta noche, muy tarde, el hijo del Zar, al pasar frente a una pobre choza, oyó que alguien exclamaba:
-Gracias a Dios he trabajado y he comido bien. ¿Qué me falta?
El hijo del Zar sintiose lleno de alegría; inmediatamente mandó que le llevaran la camisa de aquel hombre, a quien, en cambio, había de darse cuanto dinero exigiera.
Los enviados presentáronse a toda prisa en la casa de aquel hombre para quitarle la camisa; pero el hombre feliz era tan pobre, que no tenía camisa.

| Por un acuerdo tácito, conservas hacia todos ellos, sin otra distinción que la que impone el trato más frecuente con unos que con otros, la misma consideración que cuando entraron en tu vida, cada cual en el momento en que vinieron a reclamarlo tus expectativas. A cambio, ellos te han sido fieles en tus cambios de piso, en tus mudanzas, y han soportado con paciencia tus desaires y olvidos, en la seguridad de que ninguno de tus juicios habría de durar lo que los breves periodos de desánimo o indecisión en los que ni siquiera te sentías con fuerzas para sacarlos de sus cajas. (Ordenarlos ha sido muchas veces un modo de rectificar las cosas, de tomar posesión de un territorio nuevo). Y si te sobreviven, no será tanto por el azar que los conduzca a otras manos, o por piedad filial, como por esa voluntad que otros, tal vez, después de ti tendrán de devolver a sus palabras la condición de tiempo que tuvieron en los instantes que les dedicaste. Alguno morirá cuando tú mueras. |
Curiosa es nuestra situación de hijos de la Tierra. Estamos por una breve visita y no sabemos con qué fin, aunque a veces creemos presentirlo. Ante la vida cotidiana no es necesario reflexionar demasiado: estamos para los demás. Ante todo para aquellos de cuya sonrisa y bienestar depende nuestra felicidad; pero también para tantos desconocidos a cuyo destino nos vincula una simpatía.
Hay un componente erótico en la formalidad.
¿Dónde si no en la costumbre y ceremonia
Nacen la inocencia y la belleza?
William B. Yeats (1865-1939)
Imaginemos una ocasión especial, tal vez una cena elegante en el comedor de un palacio renacentista convertido en restaurante o en hotel, como tantos en las viejas ciudades de Europa. Lámparas de lágrimas y candelabros con velas imparten una luz tenue, alfombras mullidas protegen las antiguas maderas del piso, gobelinos de trescientos años cubren las paredes y frescos mitológicos decoran los techos. Ante las mesas redondas cubiertas con largos manteles y decoradas con orquídeas, se sientan los comensales, de gala, en sillas de respaldos tallados. Rubí y ámbar en las copas, el sonido apagado de las conversaciones gentiles, el tintineo de la plata contra la porcelana... Danzan los mesoneros, sacerdotes de una misa suntuosa, solícitos, irónicos, llevando y trayendo las fuentes con deliciosos manjares. Una pareja ocupa una de las mesas junto a la ventana. Los pesados cortinajes de brocado están abiertos y a través de los cristales se vislumbran los jardines en sombra, apenas iluminados por una luna tímida. La mujer, espléndida, va toda de terciopelo color sangre, con los hombros desnudos y dos magníficas perlas barrocas en las orejas. El hombre viste de negro, impecable, con botones de oro en la camisa. Mantienen las espaldas rectas y la distancia precisa entre la silla y la mesa, sus gestos son controlados, algo rígidos, como si se movieran en una acartonada coreografía, pero a través de sus gestos estudiados se percibe la atracción mutua como un río turbulento que amenaza con llevarse todo por delante. Bajo el mantel, las rodillas se rozan por azar y ese contacto, casi imperceptible, los golpea como una corriente poderosa; una llamarada iracunda sube por los muslos y enciende los vientres. Nada cambia en sus posturas, pero el deseo es tan intenso, que puede verse, palparse, como una niebla caliente borrando los contornos del mundo circundante. Sólo ellos existen. El mesonero se acerca para escanciar más vino, pero no lo ven. Tiemblan. Ella levanta el tenedor, abre los labios y desde el otro lado de la mesa él adivina el sabor de su saliva y la tibieza de su aliento, siente la lengua de ella moviéndose en su propia boca como un molusco sofocante y terrible. Se le escapa un gemido que, de inmediato, disimula tosiendo con discreción y llevándose la servilleta a la cara. Ella tiene la vista fija en la última ostra del plato de su compañero, una vulva hinchada, palpitante, indecente, mojada de leche oceánica, síntesis de su propio desvarío. Nada revela la turbación de ambos. En silencio cumplen con decoro, paso a paso, los ritos precisos de la etiqueta; pero no oyen las notas del pianista animando la noche desde un rincón del salón palaciego, los aturde el estrepitoso huracán del deseo en sus pechos. Fuerzas primitivas se han desencadenado: tambores y jadeos de guerra, un soplo de selva, de humus, de nardos podridos insinuándose a través del aroma delicado de la comida y el perfume femenino; imágenes de carne desnuda, de abrazos crueles, de lanzas inflamadas y flores carnívoras. Sin tocarse, el hombre y la mujer perciben el olor y el calor del otro, las formas secretas de sus cuerpos en el acto de la entrega y del placer, las texturas de la piel y el cabello aún desconocidas; imaginan caricias nuevas, jamás antes experimentadas por nadie, caricias íntimas y atrevidas que inventarán sólo para ellos. Una fina película de sudor les cubre la frente. No se miran a los ojos, observan las manos del otro, manos cuidadas que sostienen los cubiertos con gracia, van y vienen entre el plato y los labios, como pájaros. Elevan la copa en un brindis cargado de intenciones, por un instante las miradas se cruzan y es como si se besaran. Arden, aterrados ante la furia arrolladora de sus propias emociones, ella húmeda, él enhiesto, contando los minutos de aquella cena eterna y, al mismo tiempo, deseando que aquel suplicio se prolongue hasta que cada fibra de sus cuerpos y cada alucinación de sus almas alcance el límite de lo soportable, calculando cuándo podrán abrazarse, dispuestos a hacerlo allí mismo, sobre la mesa, delante de los mozos danzarines y toda aquella comparsa de fantasmas de gala, ella boca abajo sobre la mesa, las piernas abiertas, sus nalgas de ninfa expuestas a la luz de las lámparas vienesas, clamando obscenidades, él atacándola por detrás entre los pliegues de terciopelo granate, aullando entre platos rotos, manchados de comida, cubiertos de salsa, chorreados de vino, arrancándose la ropa a tirones, las perlas barrocas, los botones de oro, mordiéndose, devorándose. Aquella visión es tan intensa, que los dos oscilan al borde de un abismo, a punto de estallar en un orgasmo cósmico. Y entonces dos mesoneros aparecen junto a la mesa, se inclinan ceremoniosos, colocan ante ellos los platos cubiertos y con gestos idénticos levantan las tapas metálicas. Bon apetit, murmuran.

| DEL viejo membrillo la rama más vieja se quebró. Caída la encontré en la hierba. Herrumbrosa rama de membrillos llena, apagada y muda como la tristeza. El hacha fue haciendo melodiosa y lenta su trabajo. Un triste manojo de leña. Soñaban los golpes a calladas quejas. La tarde pasaba inhóspita y muerta. --- YO entonces pensaba: un día quisiera para mí la suerte de esa rama vieja. Cargado de frutos posarme en la tierra silenciosamente y dormirme en ella. --- EL viento de otoño subía. La huerta quedaba entre sombras. Cruzó una oropéndola. A mis pies estaba el montón de leña y una blanda capa de hojarasca negra. Se doraba el hacha con la luna llena. Quisiera... Qué importa lo que yo quisiera. |
[Jesús se dirige a sus discípulos:] ¿Cuándo convertiréis a los dos seres en uno, y cuándo haréis lo de dentro igual a lo de fuera y lo de fuera igual a lo de dentro, y lo alto igual a lo bajo? Cuando consigáis que el varón y la hembra sean uno solo, a fin de que el varón no sea ya varón y la hembra no sea hembra, entonces entraréis en el reino.
Cuando se dispone a desayunar, se detiene para comprar un periódico, pagándolo con monedas, un antiguo invento lidio. En el restaurante, se encuentra con toda una nueva serie de elementos prestados. Su plato está hecho de un tipo de cerámica inventado en China. Su cuchillo es de acero, una aleación obtenida por primera vez en el sur de la India, su tenedor es un invento medieval italiano y su cuchara un derivado de un original romano. Comienza su desayuno con una naranja del Mediterráneo oriental, un melón cantalupo de Persia o quizás un trozo de sandía africana. Con éstos toma café, una planta abisinia, con crema de leche y azúcar. Tanto la domesticación de las vacas como la idea de ordeñarlas se originaron en Oriente Próximo, mientras que el azúcar se elaboró por primera vez en la India. Después de su fruta y su primer café, pasa a los gofres, unos dulces elaborados mediante una técnica escandinava con trigo cultivado en Asia Menor. Sobre ellos vierte sirope de arce, inventado por los amerindios de los bosques del este. Como plato adicional puede tomarse el huevo de una especie de ave domesticada en Indochina, o finas tiras de la carne de un animal domesticado en Asia oriental que puede haberse salado y ahumado mediante un proceso desarrollado en el norte de Europa (...). Cuando nuestro amigo ha terminado de desayunar, se acomoda para fumar, una costumbre amerindia, consumiendo una planta cultivada por primera vez en Brasil, bien en pipa, procedente de los indios de Virginia, bien en un cigarrillo, procedente de México. Si es suficientemente robusto, quizá se atreva con un puro, transmitido a América desde las Antillas a través de España. Mientras fuma, lee las noticias del día, impresas en caracteres inventados por los antiguos semitas en un material inventado en China mediante un proceso inventado en Alemania. Mientras se entera de los acuciantes problemas que hay en el extranjero, dará las gracias, si es un buen ciudadano conservador, a una deidad hebrea en un idioma indoeuropeo por ser cien por cien estadounidense.
En un lugar muy remoto hubo una vez una pequeña aldea aislada en la que todos eran magos. Los aldeanos cumplían todos sus deseos simplemente con recitarlos junto al conjuro oportuno. Apenas había avanzado la tecnología más allá de lo básico, no era necesaria. Siquiera existía el reloj cuando el tiempo había sido también dominado y nadie necesitaba ese artefacto para recordarse esclavo de él. La gente vivía feliz aunque no era consciente de ello. Cierto día llegó un forastero, harapiento y cargando un pequeño hatijo con sus escasas pertenencias. Dijo conocer las extrañas habilidades de los lugareños cuando no se sabía de nadie que jamás hubiese marchado del lugar. Tras mucho insistir consiguió reunirlos a todos en la casa mayor. Su intención era explicarles lo que había más allá de las montañas. Les habló durante horas de miseria, violencia e injusticias; y, sin embargo, también de gente que se sentía viva porque luchaba contra todas las desgracias con las manos desnudas, sin más poder que el de pisar la tierra que la recibía al caer. Los aldeanos se miraban sorprendidos y poco a poco fueron sucumbiendo al extraño embrujo de las palabras del forastero, a sentirse avergonzados por sus poderes mágicos, por su vida fácil y, aparentemente, sin mérito que le diera merecimiento de ser vivida. Así todos a una clamaron que dejarían de utilizar la magia en ese mismo momento y lanzaron un último conjuro de limpieza, quedando sin poder alguno. Entonces el forastero comenzó a reír, “estúpidos, he sido enviado para eliminaros aunque me vaya la vida en ello, la magia no tiene cabida en el mercado global, sólo la explotación de la vana esperanza es rentable”. Y fallecieron lentamente de inanición pues nadie pudo salir de la casa, las puertas no tenían pomo, nunca lo habían necesitado antes.
| Decir adiós... La vida es eso. Y yo te digo adiós, y sigo... Volver a amar es el castigo de los que amaron en exceso. Amar y amar toda la vida, y arder y arder en esa llama. Y no saber por qué se ama... Y no saber por qué se olvida... Coger las rosas una a una, beber un vino y otro vino, y andar y andar por el camino que no conduce a parte alguna. Buscar la luz que se eterniza, la clara lumbre duradera, y al final saber que en una hoguera lo que más dura es la ceniza. Sentir más sed en cada fuente y ver más sombra en cada abismo, en este amor que es siempre el mismo, pero que siempre es diferente. Porque en el sordo desacuerdo de lo soñado y lo vivido, siempre, del fondo del olvido nace la muerte de un recuerdo. Y en esa angustia que no cesa, que toca el alma y no la toca, besar la sombra de otra boca en cada boca que se besa... |
-Gironella me dijo: “¡Espinàs es el Confucio catalán!”.
El caracol sintió la humedad en la entrada de su cáscara y comenzó lentamente a estirar el cuello y la cola. Estar con los ojos encerrados dentro de la cabeza gelatinosa le permitía verse a sí mismo, por lo que aprovechaba cualquier húmeda oportunidad para salir a ver mundo, que el interior no siempre es lugar que valga la pena conocer(se). Miró alrededor, primero a la izquierda y primero a la derecha, que con ojos tan flexibles era posible la simultaneidad. Por último concentró su mirada al frente y comenzó a avanzar, con calma y tranquilidad, que las prisas no son buenas. El cielo estaba despejado pero sobre él caían gotas saladas, cosa rara lejos del mar. Se topó de sopetón lento, por lo que poco sopetón era, con una pared inmensa, gigantesca, una montaña cuya cumbre se perdía en el infinito, teniendo en cuenta lo limitada que es la perspectiva de un caracol y lo exagerada que es la especie. Por la pared bajaba un reguero que se rompía en gotas saladas cerca del suelo, cayendo encima de donde el caracol había aparcado la noche anterior. Intrigado, comenzó su ascenso hacia el infinito cuando a los pocos centímetros, es decir, una hora después, llegó a la cumbre. Levantó un poco más la cabeza y estiró los ojos cuanto pudo para tener un poco más de perspectiva del terreno y, oh susto, vio que era una cara humana. Las leyendas caracolires hablaban de los humanos como seres terribles de velocidad asombrosa, seguramente estresados siempre, de los que era imposible huir. Pero esa cara no se movía, ni siquiera producía lágrimas, que eso eran, nadie estará sorprendido a estas alturas. Dormía placidamente después de llorar por un amor roto, por lo que se deduce fácilmente que el amor es como un bombón relleno pues es dulce y cuando se rompe salen lágrimas. El caracol intrépido dio media vuelta y volvió lo más rápido posible por donde había subido, es decir, ahora tardó cincuenta y cinco minutos. Una vez en el suelo se encerró en sí mismo y meditó introspectivamente sobre lo sucedido. Desde entonces los caracoles son hermafroditas.
| WHEN I am dead, my dearest, Sing no sad songs for me; Plant thou no roses at my head, Nor shady cypress tree: Be the green grass above me With showers and dewdrops wet: And if thou wilt, remember, And if thou wilt, forget. I shall not see the shadows, I shall not feel the rain; I shall not hear the nightingale Sing on, as if in pain: And dreaming through the twilight That doth not rise nor set, Haply I may remember, And haply may forget. | CUANDO haya muerto, amado, |
Al melancólico sólo puedo decirle una cosa: “Mira a lo lejos”. El melancólico es, casi siempre, un hombre que lee demasiado. El ojo humano no está hecho para esa distancia; su reposo son los grandes espacios. Cuando miráis las estrellas o el horizonte marino, vuestros ojos están completamente relajados. Si los ojos están relajados, la cabeza está libre, el paso se hace más firme, todo se relaja y suaviza hasta las vísceras. Pero no trates de suavizarte mediante la voluntad; tu voluntad, ejercida sobre ti, aplicada en ti, lo hace todo al revés y acabará por estrangularte. No pienses en ti, mira a lo lejos.
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.
La materia viva tiende a la pereza. Entre hacer y no hacer, mejor no hacer. Hacer no sólo significa gastar una energía muy difícil de ganar, también supone un alto riesgo de ser víctima de las necesidades energéticas ajenas. Para vivir hay que resolver la pereza inherente a ciertas funciones fundamentales: respirar, comer, beber, procrear, cuidar de uno mismo, cuidar de la prole, aprender... ¿Cómo se consigue tal cosa? ¿Por qué tengo que abandonar mi confortable guarida para salir por ese mundo incierto en busca de comida, bebida, remedios para la salud, o incluso de una pareja a la que convencer de una vida en común? ¿Por qué justamente ahora y no luego? ¿Por qué desvivirnos por unos descendientes en lugar de comérnoslos, lo cual sería, por partida doble, más económico? Un truco para que la materia venza su pereza intrínseca es recurrir al estímulo. El hambre (acuciante), la sed (monstruosa), el dolor (insoportable), la atracción sexual (urgente), la pasión amorosa (obsesiva) o la ternura (turbadora) que transmiten las inocentes crías, son estímulos para garantizar otras tantas funciones vitales. Los estímulos pueden ser burlados, no así las funciones que protegen. Nadie se muere de hambre, sino de inanición; es decir, se muere, en todo caso, de falta de hambre. Las especies vivas inapetentes hace ya tiempo que no están vivas. Está claro: toda gran función vital (toda aquella función que ayuda a la materia viva a seguir siéndolo) debe consagrarse por medio de un gran estímulo.
El político se levantó y se acercó hasta la palestra con estudiada parsimonia, nada es natural en quién pretende serlo. Colocó su fajo de papeles sobre el atril y se dispuso a comenzar el último discurso de la campaña. Miró de refilón la primera frase y, asombrado, se detuvo sobre el texto mecanografiado con nocturno empeño la velada anterior mientras, en la cama, su mujer se dormía finalmente sin haber sido querida. ¿Quién había borrado las grandes palabras? ¿Adónde habían ido a parar la “solidaridad”, la “libertad”, la “paz”, entre tantas otras? Comenzó a leer en voz alta esperando recordar las palabras adecuadas que llenasen los huecos, pero al llegar al primer vacío fue incapaz de continuar. No sólo habían desaparecido del texto sino también de su vocabulario. Los simpatizantes del partido lo miraban antipáticamente, ante lo que consideraban una muestra de pusilanimidad de su candidato. Pensaban que hubieran preferido alguien capaz de “salvar la patria”, pero no pudieron acabar de pensarlo pues el de se quedó suspendido ante un abismo de inquietante olvido. El deseo de “victoria” comenzaba a desvanecerse cuando ni esa palabra apareció para recordarles su objetivo. Una soledad espesa inundó sus almas cuando ya ni pudieron recordar al “amor” que hacía más soportable sus vidas. Era el fin, habían inflado tanto las grandes palabras que al final habían explotado.
Ya lo sabemos |
No són sempre els qui gaudeixen més de la vida els menys disposats a renunciar a la vida. Al contrari, els qui es diverteixen més són sovint els més despreocupats pel fet que un dia tot plegat s’acabi. Pot semblar una paradoxa, però, després d’una segona reflexió, ja no. Els qui no accepten de cap manera que la vida s’acaba, ja es troben en una zona mental límit. Saben que hauran de marxar aviat, per tant, ja són mig fora. El fet que els quedin cinc anys o cinquanta no és decisiu. Aquí rau la diferència amb els qui accepten que han de deixar la vida, sempre que no sigui de seguida. Els qui volen viure sempre no són els primers de llançar-se a la pista a ballar. No són el que en diem vividors. Els més llençats estan tan absorts amb el ball de la vida que no es deixen distreure pel pensament que un bon dia el ball s’acaba....y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.