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Hay días en los que el tiempo se detiene, nos mira a los ojos y nos dice: “Mañana iré más rápido que nunca”. Entonces comprendemos que hay cosas que nunca llevaremos a cabo, veremos escapar las oportunidades en un remolino tras el tiempo en fuga. Y estaremos quietos en medio del vendaval de horas que transcurren, habremos llegado a la mitad de nuestras vidas sin ser conscientes de haber vivido. Todo fue vano pues se trocó en pasado lejano, y el futuro resulta menos halagüeño en tanto que aún no existe. Mientras tanto el presente, ese instante inaprensible, se reirá a nuestras espaldas y no nos podremos girar para preguntarle el motivo. Y al final, si algún rastro queda tras nuestro será por haber arrastrado los pies.
| Desde este mismo instante seremos dos extraños por estos pocos días, quién sabe cuántos años... Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido, uno de esos que nadie confiesa haber leído. Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso, tu bajarás los ojos y apretarás el paso, y yo, discretamente, me cambiaré de acera, o encenderé un cigarro, como si no te viera... Seremos dos extraños desde este mismo instante y pasarán los meses, y tendrás otro amante: Y como eres bonita, sentimental y fiel, quizás, andando el tiempo, te casarás con él. Y ya, más que un esposo será como un amigo, aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo, y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha, se te empañen los ojos, al llegar una fecha. Acaso, cuando llueva, recordarás un día en que estuvimos juntos y en que también llovía. Y quizás no te pongas nunca más aquel traje de terciopelo verde, con adornos de encaje. O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta, cuando dobles la almohada con mano soñolienta. Y domingo a domingo, cuando vayas a Misa, de tu casa a la Iglesia, perderás tu sonrisa. ¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta que abanica al marido cuando ronca su siesta: Tras fregar los platos y de tender las camas, te pasarás las noches sacando crucigramas... Y así, años y años, hasta que, finalmente, te morirás un día, como toda la gente. Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre, y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre. Y no me importa quien pase después por un sendero, si me queda el orgullo de haber sido el primero. Y el vaso que embriaga mi ilusión y mi hastío, aunque esté en otra mano seguirá siendo mío. Por eso puedes irte mi pobre soñadora, pues si el reloj se para no detiene la hora, y tú serás la misma de las noches aquellas aunque cierres los ojos por no ver las estrellas. |
-Ambrosio, este trozo de pastel tiene una mancha verde, ¿es crema o moho?
Nuestra naturaleza biológica y trasfondo evolutivo puede ayudarnos a entender ciertos aspectos de la guerra. Como especie, incuestionablemente somos capaces de una agresión a escalas incomparables. Pero la capacidad para la violencia colectiva no explica la existencia de la guerra. Incluso aunque la agresión sea un rasgo universal, la guerra no lo es. Las sociedades guerreras luchan sólo ocasionalmente y muchas sociedades no conocen la guerra. Son circunstancias de la vida social las que explican esta variación. Pero la imagen de la humanidad sedienta de sangre, e inevitablemente avanzando para matar, es un poderoso mito y un importante apoyo para el militarismo de nuestra sociedad. A pesar de su falta de credibilidad científica, todavía habrá cabezas duras «realistas» que continúen creyéndolo, felicitándose a sí mismos por «el valor para enfrentarse a la verdad», totalmente ajenos al mito que hay detrás de su realidad.
Nunca creí en los Reyes Magos, siempre he sido muy perspicaz. Mis padres atribulados desistieron pronto de querer convencerme de semejante falsedad y acordamos simplemente respetar las formas externas que los ambientes infantiles imponían. Me sentía mayor y feliz al contribuir a que mis amiguitos de la guardería siguiesen en la inopia. Así que cuando el otro día compré un termómetro en la farmacia quise verificar su correcto calibrado. Nada más llegar a casa tomé un vaso, unos cuantos cubitos y me fui al lugar de experimentación escogido. Llené el vaso de cubitos y esperé a que comenzase la licuación. Cuando había descongelado más o menos la mitad introduje el termómetro: -1 ºC. ¡Imposible!, el agua congela (y, por supuesto, descongela) a 0 ºC. Evidentemente había tomado la precaución de tomar agua destilada y el experimento lo hice tumbado en la playa de la Barceloneta. Tras sacudirme la arena regresé airado a la farmacia:
Explicar la idiosincrasia de la ciudad de Ilhéus y sus habitantes provoca que los primeros capítulos de Gabriela, clavo y canela resulten un poco indigestos, además de que acceder con pretensiones de mucho calado provocaría el encallamiento en las arenas de su puerto. La novela se comienza a disfrutar cuando Jorge Amado nos presenta a su protagonista indiscutible, Gabriela, mujer de la clase de ciertas flores que se marchitan en los jarrones. Una preciosa historia de amor con olor a clavo, sabor a canela y tacto cálido.
INTRODUCCIÓN
XV. HACIA UNA CONSTITUCIÓN UNIVERSAL

Los discos suelen ser planos y redondos, por lo que los reproductores presentan una bandeja plana y estrecha en la que colocarlos. Pero spiritchaser de Dead Can Dance tiene, además, raíces que se hunden en la riqueza de los ancestros y los sonidos de la tierra, y ramas que llegan hasta el cielo de las armonías. Para colocarlo en el reproductor lo más aconsejable es olvidarse momentáneamente de estas características especiales (aquello que se olvida deja de existir), hasta que las arborescencias que aparezcan por los altavoces e invadan la habitación nos recuerden que hay músicas tan de este mundo que nos llevan más allá de él.
Harmonies of heaven and earth |Joscelyn Godwin|
In most musical instruments the resonator is made of wood while the actual sound generator is of animal origin. In cultures where music is still used as a magical force, the making of an instrument always involves the sacrifice of a living being. That being's soul then becomes part of the instrument and in the tones that come forth, the 'singing dead', who are ever present with us, make themselves heard.

| Tú le diste esa ardiente simetría de los labios, con brasa de tu hondura, y en dos enormes cauces de negrura, simas de infinitud, luz de tu día; esos bultos de nieve, que bullía al soliviar del lino la tersura, y, prodigios de exacta arquitectura, dos columnas que cantan tu armonía. ¡Ay, tú, Señor, le diste esa ladera que en un álabe dulce se derrama, miel secreta en el humo entredorado! ¿A qué tu poderosa mano espera? Mortal belleza eternidad reclama. ¡Dale la eternidad que le has negado! |

Cubierto de harapos, moqueando, con los ojos dilatados por la envidia y la boca hecha agua, el niño se aproxima al escaparate en donde rebosan pasteles, cestas de Navidad y los más apetitosos manjares que imaginarse uno pueda.
Sacude los pies para que la nieve no empape sus raídas zapatillas y aplasta el rostro contra el cristal, los labios se deslizan deformes por el vidrio saboreando bocados imposibles; salmón, pavo, langosta, no le motivan como las maravillas de nata y guirlache, los turrones y la tartas, el hojaldre y la fruta escarchada, pero sobre todo, lo mejor, si le dejaran estar ahí dentro por un minuto, lo primero que comería, hasta reventar, serían las figuritas de mazapán y el chocolate relleno de avellanas. Se le nublan los ojos, mazapán y chocolate con avellanas, casi nada, no sabría qué elegir primero, quizá las figuritas, hasta reventar, y le suenan las tripas sólo de pensarlo.
La dependienta, una delicada viejecita de pelo blanco, sale y le dice con voz cálida: «Nene, no te apoyes que empañas el escaparate y la nata no parece fresca, toma» y para que no se repita su mala acción le da un fuerte palmetazo, con la espátula de servir, en la cabeza.
El niño huye restañando la herida con un sucio pañuelo. Hay mucha gente en la calle, celebran las fiestas con gritos y llevan pegatinas, banderas y pancartas. Por los derechos humanos. Pro amnistía. Mili come coco. Contra la explotación del hombre por el hombre. Violación, castración. Comer y amar, todo lo demás es fascismo. Aprovecha para pedir limosna, pide para comer y nadie le hace caso, salvo el militante veterano, comprensivo, que se agacha y le dice: «Anda, majo, no seas reaccionario y repárteme las octavillas».
Aparece la cohorte de pretorianos, con el casco calado y el escudo en ristre, no se molestan en desenvainar las espadas, disparan desde lejos las pelotas de goma y se van. El niño recoge una, al menos tendrá con qué jugar, pero el municipal le reprende: «No seas ladronzuelo y devuelve la pelota, es propiedad del estado, yo te la daría, pero con el plan de austeridad no es posible».
Hambre, frío y cansancio hacen presa en el niño. No puede más, se sienta en el borde de la calzada y piensa con lágrimas amargas. «¿Habrá un niño más desgraciado que yo? ¿Por qué jamás nadie me ha regalado nada? ¿Por qué los Reyes Magos tampoco? Les puedo escribir. Queridos Reyes Magos, quisiera algo y ahora mismo, lo que se os ocurra, aunque no sea de comer, un bolígrafo, un chicle, una canica, una prueba de que existo y tengo derecho a existir». El guardacoches acudió solícito: «Te vas a quedar helado, chaval. Estorbas el aparcaje y me chafas las propinas, así que largo o te sacudo. Y no te dejes el paquete, so lelo».
Es un paquete grande, pesado, envuelto con papel de lujo con un lazo rosa. No lo dudó ni por un instante, los Reyes Magos habían escuchado su mensaje y aquí estaba el regalo. Lo abrió y no pudo dar crédito a sus ojos, magnífica, espléndida, fusiforme, con su punta color butano, tenía en sus manos el último modelo disuasorio de bomba A, referencia NATO 512-WE.
Una bomba tan nueva, limpia y práctica equivale en el mercado negro a una montaña de dólares.
O cincuenta hospitales de cien camas completamente dotados.
O a cien bloques de cien viviendas habitables y amuebladas.
O a diez mil tractores.
O al sueldo de cien mil maestros durante un año.
O a un millón de uniformes infantiles de fútbol con botas reglamentarias y balón ídem.
O a un kilo de chocolate con avellanas para cada uno de los cuarenta millones de niños a los que en todo el mundo se obliga a trabajar ilegalmente.
O a lo más sublime, cien figuritas de mazapán por cada...
El niño, distraído con sus cálculos, tropezó y la bomba se le cayó de las manos. Surgió una llama de un kilómetro de altura mil veces más brillante que el sol, las retinas se quemaron con el resplandor y los cielos fueron agitados por un viento huracanado. Las tuberías de gas y los depósitos subterráneos de gasolina estallan destruyendo las casas de alrededor, manzana tras manzana, fila tras fila, se desploman los edificio comerciales y de viviendas, la gente, perdiendo miembros y sentidos, marcha sobre pirámides de escombro sin posibilidad de huir, la capa de ceniza radiactiva llega hasta la rodilla, oculta abismos, sobresalen cables de acero calcinados, por el aire vuelan coches transformados en gigantescos cócteles molotov vomitando metralla y aceite en llamas, la ciudad es un mar de fuego que sigue ardiendo mientras queda algo por consumir, en pocos minutos se transforma en el rescoldo de un brasero monstruoso.
El niño se asustó un tanto con la explosión, pero lo que de veras le alarmó fue ver a la gente correr furiosa señalándole con el dedo: «Ha sido él. ¡Ha sido él! ¡Ha sido él!». Le rodearon. Del amenazador corro se adelantó un pretoriano con el escudo de plástico derretido. «¿Has sido tú?».
El niño, aterrorizado, trató de defenderse: «Ha sido sin querer, era mi regalo de Reyes».
El pretoriano se indignó: «Estúpido, ¿no sabes que los Reyes son los padres?».
Salió la viejecita de la pastelería esgrimiendo la espátula, el niño se cubrió la cabeza pero no hizo falta, los golpes cayeron sobre el casco guerrero: «El estúpido es usted, si le decimos la verdad a los niños, ¿qué ilusión les queda en la vida?».
El niño asintió con la cabeza. Los mayores no comprenden nada y encima se enfadan por cualquier cosa. Si seguía la corriente a la afable abuela de pelo blanco a lo mejor le sacaba, a pesar de los pesares, una figurita de mazapán.

| El ascensor de mi edificio no se detiene nunca ni en la primera ocasión, ni en la segunda oportunidad, ni en la tercera va la vencida, ni en la cuarta dimensión, ni en el quinto pino, ni en el sexto sentido, ni en el séptimo cielo, ni en el octavo... ¡mambo! pues mi piso es el noveno y hasta aquí subo andando. |

LA TRANSICIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL A LA SOCIEDAD MODERNA
LA FAMILIA NUCLEAR

| Venham cá amores novos que os vellos já me esqueceram, foram penas que voaram folhas secas que já arderam. Voam as velhas cantigas todas tem som lamentado, carregadas de fadigas longe do tempo passado. Quando vem ao pensamento uma lembrança divina vejo os teus olhos na noite que me acordaram de dia. Rosa que estás na roseira deixate estar que estás bem, que acima ninguem te chega a baixo nao vai ninguem. Está a lua parada por cima de essa janela, com sete rosas na mâo vou a roubar essa estrela. |
Las aceras son duras y están ligeramente por encima del nivel de la calzada, con un bordillo que nos protege como eximia muralla frente a los coches (fieros dragones humeantes... ¿te gusta metaforizar?). En la acera nos cruzamos con los demás y todos vamos a algún sitio, no precisamente el mismo para tranquilidad de las autoridades que velan por nuestra integridad y su orden. Y en este deambular nos olvidamos de que en la superficie misma de la acera, justo a ras de nuestras suelas, comienza el cielo.
| QUIEN busca libros viejos nada recuerda, mientras dura entre fechas, aun soñadas, dudosas. La tenue luz se entrega, un mar que sesga el alto estante, si cae allí de la ventana, ola serena borrando casi el nombre, arena al fin, el nombre deseado. Y cuando después, en un invierno, se abre el libro, un nuevo olvido bajo la lámpara se instala. No ese invierno, vienen en el olor de las páginas picadas con la humedad del ámbar, unas palmeras, el cielo en desnivel, y un oscuro mirar hasta cegarse. E igual que entonces se tiene la certeza. A pesar de aquella luz y de esta hora, tampoco los libros son la vida. |

Un hombre entra en una zapatería, y un amable vendedor se le acerca:
- ¿En qué puedo servirle, señor?
- Quisiera un par de zapatos negros como los del escaparate.
- Cómo no, señor. Veamos: el número que busca debe ser... el cuarenta y uno. ¿Verdad?
- No. Quiero un treinta y nueve, por favor.
- Disculpe, señor. Hace veinte años que trabajo en esto y su número debe ser un cuarenta y uno. Quizás un cuarenta, pero no un treinta y nueve.
- Un treinta y nueve, por favor.
- Disculpe, ¿me permite que le mida el pie?
- Mida lo que quiera, pero yo quiero un par de zapatos del treinta y nueve.
El vendedor saca del cajón ese extraño aparato que usan los vendedores de zapatos para medir pies y, con satisfacción, proclama «¿Lo ve? Lo que yo decía: ¡un cuarenta y uno!».
- Dígame: ¿quién va a pagar los zapatos, usted o yo?
- Usted.
- Bien. Entonces, ¿me trae un treinta y nueve?
El vendedor, entre resignado y sorprendido, va a buscar el par de zapatos del número treinta y nueve. Por el camino se da cuenta de lo que ocurre: los zapatos no son para el hombre, sino que seguramente son para hacer un regalo.
- Señor, aquí los tiene: del treinta y nueve, y negros.
- ¿Me da un calzador?
- ¿Se los va a poner?
- Sí, claro.
- ¿Son para usted?
- ¡Sí! ¿Me trae un calzador?
El calzador es imprescindible para conseguir que ese pie entre en ese zapato. Después de varios intentos y de ridículas posiciones, el cliente consigue meter todo el pie dentro del zapato.
Entre ayes y gruñidos camina algunos pasos sobre la alfombra, con creciente dificultad.
- Está bien. Me los llevo.
Al vendedor le duelen sus propios pies sólo de imaginar los dedos del cliente aplastados dentro de los zapatos del treinta y nueve.
- ¿Se los envuelvo?
- No, gracias. Me los llevo puestos.
El cliente sale de la tienda y camina, como puede, las tres manzanas que le separan de su trabajo. Trabaja como cajero en un banco.
A las cuatro de la tarde, después de haber pasado más de seis horas de pie dentro de esos zapatos, su cara está desencajada, tiene los ojos enrojecidos y las lágrimas caen copiosamente de sus ojos.
Su compañero de la caja de al lado lo ha estado observando toda la tarde y está preocupado por él.
- ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?
- No. Son los zapatos.
- ¿Qué les pasa a los zapatos?
- Me aprietan.
- ¿Qué les ha pasado? ¿Se han mojado?
- No. Son dos números más pequeños que mi pie.
- ¿De quién son?
- Míos.
- No te entiendo. ¿No te duelen los pies?
- Me están matando, los pies.
- ¿Y entonces?
- Te explico -dice, tragando saliva-. Yo no vivo una vida de grandes satisfacciones. En realidad, en los últimos tiempos, tengo muy pocos momentos agradables.
- ¿Y?
- Me estoy matando con estos zapatos. Sufro terriblemente, es cierto... Pero, dentro de unas horas, cuando llegue a mi casa y me los quite, ¿imaginas el placer que sentiré? ¡Qué placer, tío! ¡Qué placer!

| Rappelez-vous l’objet que nous vîmes, mon âme, Ce beau matin d’été si doux: Au détour d’un sentier une charogne infâme Sur un lit semé de cailloux, Les jambes en l’air, comme une femme lubrique, Brûlante et suant les poisons, Ouvrait d’une façon nonchalante et cynique Son ventre plein d’exhalaisons. Le soleil rayonnait sur cette pourriture, Comme afin de la cuire à point, Et de rendre au centuple à la grande Nature Tout ce qu’ensemble elle avait joint; Et le ciel regardait la carcasse superbe Comme une fleur s’épanouir. La puanteur était si forte, que sur l’herbe Vous crûtes vous évanouir. Les mouches bourdonnaient sur ce ventre putride, D’où sortaient de noirs bataillons De larves, qui coulaient comme un épais liquide Le long de ces vivants haillons. Tout cela descendait, montait comme une vague, Ou s’élançait en pétillant; On eût dit que le corps, enflé d’un souffle vague, Vivait en se multipliant. Et ce monde rendait une étrange musique, Comme l’eau courante et le vent, Ou le grain qu’un vanneur d’un mouvement rythmique Agite et tourne dans son van. Les formes s’effaçaient et n’étaient plus qu’un rêve, Une ébauche lente à venir, Sur la toile oubliée, et que l’artiste achève Seulement par le souvenir. Derrière les rochers une chienne inquiète Nous regardait d’un oeil fâché, Épiant le moment de reprendre au squelette Le morceau qu’elle avait lâché. -Et pourtant vous serez semblable à cette ordure, À cette horrible infection, Étoile de mes yeux, soleil de ma nature, Vous, mon ange et ma passion! Oui! telle vous serez, ô la reine des grâces, Apres les derniers sacrements, Quand vous irez, sous l’herbe et les floraisons grasses, Moisir parmi les ossements. Alors, ô ma beauté! dites à la vermine Qui vous mangera de baisers, Que j’ai gardé la forme et l’essence divine De mes amours décomposés! | Recuerda, alma mía, aquello que vimos |

Bien, pues... Cuando llegué me dijo usted que eso de madrugar es un vicio. ¿Lo decía en serio?
-Es posible. El abuelo Johnson aseguraba que lo era. Solía contar la historia de un hombre que debía ser fusilado al amanecer, pero no oyó el despertador y llegó tarde. Le conmutaron la sentencia y vivió cincuenta o sesenta años más. El abuelo decía que aquel caso probaba su teoría.
-¿Y usted cree que esa historia es cierta?
-Tan cierta como cualquiera de las que contaba Scherezade. Yo interpreto así la moraleja:
“Duerme cuanto puedas, porque acaso tengas que pasar mucho tiempo en vela”. Madrugar puede no ser un vicio, Ira, pero desde luego no es una virtud. Todo lo que demuestra el cuento del pajarito madrugador es que el gusano debió quedarse un rato más en la cama. No trago a la gente que presume de madrugadora.
-No pretendía hacer tal cosa, abuelo. Me levanto temprano como consecuencia de un hábito largamente cultivado: el hábito de trabajar. Yo no digo que sea una virtud.
-¿Qué: trabajar o madrugar? Ni lo uno ni lo otro es una virtud. No se produce más por levantarse antes: es como cortar un cabo de una cuerda y atarlo al otro queriendo hacerla más larga. En realidad, uno trabaja menos si se empeña en levantarse bostezando y todavía cansado. No se está ágil y se cometen errores que obligan a repetir la tarea, y este trajín resulta improductivo y engorroso, además de molesto para quienes dormirían hasta más tarde si el vecino no anduviera trasteando y haciendo ruido a horas intempestivas. El progreso no lo traen los madrugadores, Ira, sino los perezosos que buscan la forma más cómoda de hacer las cosas.
Salgo del coche a duras penas, supongo que daría algunas vueltas de campana, no lo recuerdo. Tampoco sé dónde estoy, ni siquiera qué momento es, pero hace sol aunque lo sienta frío. ¿Iba solo?, cómo saberlo si no recuerdo ni quién soy, volveré a mirar por si acaso. Me paso la mano por los ojos entelados de la sangre que noto correr desde la frente, estoy herido, los médicos dirán cuánto. Vuelvo sobre mis pasos y mis manos, me arrastro. Miro por donde antes estaba el parabrisas y ahora sólo quedan fragmentos en las esquinas, parecen telarañas de cristal, mi mente se dispersa con fantasías, ¿estaré a punto de desmayarme? Dentro del coche distingo un bulto inmóvil, aferrado al volante, el cinturón todavía puesto y la cabeza echada hacia atrás en un ángulo imposible. Me duele todo pero tengo que acercarme más, tengo que tocarlo y ver si está vivo, ver quién es para comenzar a recordar o, simplemente, saber a quién llorar. Adelanto el brazo y consigo aferrar un mechón de pelo. Estiro y la cabeza se mueve sin ofrecer resistencia, como un muñeco roto. Esa cara me resulta familiar, la reconozco casi al instante, no he sobrevivido al accidente.
| Enfants, regardez bien toutes les plaines rondes, la capucine avec ses abeilles autour, regardez bien l’étang, les champs, avant l’amour, car après l’on ne voit plus jamais rien au monde. Niños, mirad bien las llanuras que os rodean, la capuchina con sus abejas alrededor, mirad bien el estanque, los campos, antes del amor, porque después ya no se ve nada en el mundo. |

Cuentan que un teixarego descubrió una mañana, cuando se dirigía a la villa para realizar unas compras, a una serpiente bajo un gran peñasco en el borde del camino.
Había pasado su letargo invernal en aquel agujero y en primavera, al pretender salir, no le fue posible por haber aumentado de tamaño. Por muchos esfuerzos que realizaba no conseguía de manera alguna salir de allí.
Habiendo el buen señor comprobado que sin ayuda de alguien le esperaba a la serpiente una muerte segura, se compadeció de ella y acudió en su socorro.
Dejó la mochila sobre una pared, cogió una estaca de una cerca y la introdujo debajo de la roca. Hincó luego el hombro, y tras muchísimos esfuerzos, consiguió liberar a la serpiente.
Una vez la serpiente libre, le dijo al teixarego:
- Pues ahora te voy a comer.
- ¿Cómo? -le contestó-. Vaya agradecimiento que me haces. Yo que tenía tanta prisa, dejé sin hacer mis compras por ti, y pretendes pagarme ahora con esa moneda.
- Escucha -continuó la serpiente-: todo en este mundo es una trampa; aquél que hace bien recibe mal. Y, por el contrario, quien hace mal recibe bien. Así pues, tú que has hecho tanto bien debes recibir mal porque nadie puede escapar a su destino.
De poco sirvieron las súplicas y las razones de aquel pobre hombre: la serpiente no mudaba de parecer. Después de muchas discusiones le concedió la serpiente una oportunidad:
- Vamos a solicitar consejo a los tres primeros animales que hallemos -dijo la serpiente-: si dos de ellos aceptan tus argumentos, quedas en libertad; en caso contrario, será tu definitiva sentencia de muerte.
En vista de su difícil situación y de que sus pretensiones podrían ser comprendidas por los animales, aceptó la propuesta de la serpiente.
Fue el primer animal en aparecer un perro viejo y flaco. Se dirigió a él el teixarego y le habló de esta manera:
- Mira; venía yo de viaje y descubrí debajo de una roca a esta serpiente sin posibilidad alguna de salir. Perdí mi viaje para sacarla del agujero y me dice ahora que me va a comer: ¿qué piensas tú de todo esto?
- Pues creo que te debe comer -contestó el perro-. Mientras fui yo joven y fuerte, era apreciado y respetado por mis dueños; ahora que soy anciano y no puedo guardar ya sus rebaños, me maltratan y me matan de hambre. Con que es lícito que a ti te suceda otro tanto.
- Ya tienes un animal en contra -le dijo la serpiente a su futura víctima.
Poco más tarde apareció un ajado y fatigado lobo. Se acercaron a él y solicitaron igualmente su parecer acerca del pleito que enfrentaba al teixarego con la serpiente.
- Venía yo a la villa -expuso el teixarego-, cuando descubrí a esta serpiente bajo un peñasco sin lograr salir, y muriendo poco a poco de hambre. Sentí lástima y, perdiendo mi viaje, la saqué de allí, salvándola de una muerte segura. ¿Qué piensas de que pretenda ahora comerme?
- Debe comerte -sentenció el lobo-. Todo en este mundo es una trampa: quien hace bien recibe mal, y quien hace mal recibe bien. Era yo en mi juventud un lobo carnicero, feroz y muy veloz. Cazaba para los lobeznos todo cuanto comer querían. Ahora que soy viejo, me desprecian y me echan a dentadas de la madriguera y de la manada. De los favores de antaño nadie se acuerda. En tierra de lobos toca aullar como todos.
- Veamos o no a un tercer animal, ya tienes la disputa perdida -sentenció la serpiente.
Sin embargo, el teixarego, como quien se agarra a un clavo ardiendo, exigió que se cumpliera lo acordado y se escuchase al animal que restaba.
Encontraron finalmente a una zorra, y le expusieron las razones que les llevaba a requerir su juicio.
Una vez oídas las partes, permaneció la zorra pensativa durante un tiempo, al cabo del cual dijo:
- Siempre he presumido de ser justa e imparcial en mis juicios, y pretendo conservar este prestigio ganado. Si en verdad queréis escuchar de mí una sentencia justa, no hay más solución que regresar al lugar en donde acaecieron los hechos.
Regresaron, pues, todos al mismo lugar en el que el teixarego se había encontrado la serpiente. Una vez allí, solicitó la zorra que se colocara la serpiente en idéntica posición a como estaba antes de su liberación. Tan pronto como la serpiente empezó a enroscarse en el nido bajo la roca, retiró apresuradamente el teixarego los calzos y la estaca que todavía mantenían levantado el peñasco, y la serpiente quedó atrapada nuevamente en su lecho de muerte.
- Esta es mi inapelable sentencia -dijo la zorra-: deja abandonada a su suerte a quien tanto proclamó la desgracia ajena. Y puesto que te he salvado la vida -continuó la zorra-, espero que me recompenses por ello como me merezco.
- A nada de lo que me pidas podré negarme -contestó el teixarego-. ¿Qué es lo que tú más desearías?
- Lo que yo más en este momento ansío, es una nidada de pollitos con su gallina.
Eso está hecho, tengo yo en mi casa una gallina con sus pollitos; aguarda aquí mientras voy a por ellos, que no tardo nada en regresar.
Quedó la zorra relamiéndose y, pensando en el banquete que le esperaba, no lograba controlar su excitación.
Se encaminó, pues, el teixarego hacia su casa, y cuando llegó buscó un cesto de mimbre con una tapadera y metió en él un perro de caza en lugar de los prometidos pollitos. Regresó con la cesta junto a la zorra, impaciente ya por la tardanza del hombre, y le indicó que se colocara en unos prados situados debajo del camino, mientras desde arriba le iba sirviendo los pollitos de uno en uno.
La zorra, deseosa de empezar el festín cuanto antes, saltó a los prados y se colocó en posición de espera. Abrió entonces el teixarego el cesto y salió de él un enorme perro que, tan pronto como se percató de la presencia de la zorra, salió en su persecución.
La zorra, que descubrió el engaño de que había sido objeto, se lanzó en veloz carrera para huir del acoso del perro mientras decía:
Arriba pernas
e arriba zancas,
que neste mundo
sólo son trampas.
[Arriba piernas
y arriba zancas,
que en este mundo
todo son trampas.]

| La speme che rinasce in un col giorno. Dolor mi preme del passato, e noia Del presente, e terror de l’avvenire. [L’esperança que reneix junt amb el dia. Dolor em causa del passat, i avorriment Del present, i terror de l’esdevenidor.] |

| Yo te recuerdo cariño mucho fuiste para mí siempre te llamé mi encanto siempre te llamé mi vida hoy tu nombre se me olvida se me olvidó que te olvidé se me olvidó que te dejé lejos muy lejos de mi vida se me olvidó que ya no estás que ya ni me recordarás y me volvió a sangrar la herida se me olvidó que te olvidé y como nunca te lloré entre las sombras escondido y la verdad no se porqué se me olvidó que te olvidé a mí que nada se me olvida |
- ¿Cuando piensas comprármelo? - preguntó ella.
Cualquier artefacto trae consigo un libro de instrucciones. Sin embargo, al nacer venimos con un pan debajo del brazo, ¡ni siquiera un mísero manual abreviado del sobrevivir! Entonces debemos de aprender sobre la marcha e ir recopilando informaciones que nos servirán para redactar nuestra propia guía de uso, la cual terminaremos cuando desgraciadamente ya no nos haga falta.
Las brumas de la mañana son los fantasmas de los bosques que huyen al amanecer. En su ascenso sólo pueden arrastrar la negritud del cielo pues las ramas de los árboles fijan el azul en su inmensidad. Y el hombre que mira a lo alto se siente pequeño porque, a fin de cuentas, lo es.
Nuestro tiempo pasará por ser el tiempo de la desesperanza. La muerte de Dios, el debilitamiento de las Iglesias, el fin de las ideologías... Sin embargo, yo lo veo más bien como el resultado de la fatiga. Se creen desesperados porque están decepcionados... Pero si estuvieran realmente desesperados no se sentirían decepcionados. Nuestro tiempo no es el tiempo de la desesperanza, sino el del desencanto. Vivimos el tiempo de la decepción.
| Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante. Dejar huella quería y marcharme entre aplausos -envejecer, morir, eran tan sólo las dimensiones del teatro. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra. |
La desesperanza, no la tristeza. E incluso: la desesperanza contra la tristeza. Pues la tristeza nunca es sino la decepción por una esperanza previa. Y no hay esperanza que no se vea frustrada, que no tenga su cuota de tristeza e inquietud. Trampas del tiempo. Laberinto de vivir. Mientras que la verdadera desesperanza -si es que es posible- no podría ser triste: si lo fuera, no podría sino esperar el fin de su tristeza y se anularía en esta contradicción. Si la tristeza es un estado negativo, la desesperanza, en el sentido en el que yo la tomo aquí, es un estado neutro. Es el grado cero de esperanza. Nada más; nada menos. Es una suerte de estado sin porvenir (puesto que no hay porvenir que no incorpore esperanza), en el que precisamente se trata de evaluar la posibilidad y las consecuencias. La desesperanza es el presente mismo. Dicho de otra forma: la eternidad de vivir. La palabra, sin embargo, me incomoda un poco, lo confieso, por lo que en apariencia evoca de negativo o triste, por sus connotaciones melancólicas, de nostalgia o, para decirlo todo, de romanticismo. Si sintiera atracción por los neologismos, voluntariamente habría utilizado el de inesperanza, como hacía Mounier en un sentido, por lo demás, bastante próximo: «no el luto de la esperanza sino la constatación de su ausencia...». Pues bien, es un poco eso -esta constatación- lo que en definitiva querría pensar; hasta el final, si es posible, es decir, también hasta su límite y hasta ese extremo en el que la felicidad se convierte por su parte en algo pensable. Pero esta palabra de inesperanza no ha conseguido imponerse. Y además es de justicia. Pues la desesperanza, incluso la más neutra, nunca es un estado original. Supone siempre la fuerza previa de un rechazo. La esperanza es lo primero; por tanto, hay que perderla. La des-esperanza indica esta pérdida que no es en principio un estado sino una acción. La desesperanza viene siempre después. Es el búho de Minerva del alma, y su comienzo. Algo así como en la historia de los números la invención final del cero. El niño cree al principio en Papa Noel......y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.