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| Quisiera ser delincuente en un país sin leyes, un forajido al que ningún policía hace caso, para ocultarme entre los pliegues de tu cuerpo y acallar tu boca con besos sólo por si acaso. |

Mi padre tuvo durante algún tiempo en casa una incubadora artificial. Se trataba de una caja de madera, con la tapa de cristal, en cuyo interior, gracias a unas bombillas especiales, había una temperatura constante. Aunque nos dejaba contemplar el artefacto a cierta distancia, siempre quedó claro que el juguete aquel era suyo, lo mismo que el tren eléctrico. De repente, un día se presentaba en casa con un cucurucho de papel lleno de huevos que colocaba cuidadosamente en el aparato. Creo que los polluelos nacían al cabo de tres semanas, y la espera era excitante. Recuerdo haberme colocado clandestinamente en el desván, que era el lugar de la incubadora, y pasar horas en la contemplación de aquellos huevos, intentando imaginar las sustancias que se espesaban en su interior para dar lugar a ese curioso bicho de dos patas y pico que para mí, pese a su domesticidad, siempre tuvo algo de animal quimérico, como el ornitorrinco.
Muchas veces asistí al nacimiento de los polluelos, que se anunciaba con un leve temblor en el huevo. A continuación la cáscara se quebraba ligeramente en algún punto y enseguida aparecía el animal, amarillo, húmedo, perplejo. Lo más impresionante de aquel espectáculo incomprensible era precisamente el rostro de perplejidad del bicho. Miraba a un lado y otro con la expresión del que ha salido del metro en Marte por error. Una incubadora no es lugar para venir a este mundo.
-Y pensar que hay gente que no cree en Dios- decía mi madre intentando dar una clase de religión práctica.
Yo no decía nada, porque en casa estaba muy mal visto disentir de las manifestaciones teológicas, pero pensaba que los pollos de incubadora tenían todas las razones del mundo para ser unos ateos redomados. Quizá lo fueran. Ahora bien, visto cómo han evolucionado las cosas para estos pobres animales proveedores de dioxina, quizá hayan acabado creyendo en la existencia del diablo. Es lo que decía mi madre también en sus últimos días, al enterarse de los progresos de la ingeniería genética:
-Y pensar que hay gente que no cree en el diablo.
El gato no hace nada, simplemente es, como un rey. Está sentado, acurrucado, tumbado. Está persuadido, no espera nada y no depende de nadie, se basta. Su tiempo es perfecto, se dilata y se contrae igual que su pupila, concéntrico y centrípeto, sin caer en ningún afanoso y monótono goteo. Su posición horizontal tiene una dignidad metafísica generalmente olvidada. Nos tumbamos para descansar, dormir, hacer el amor, siempre para hacer algo y volvernos a levantar nada más haberlo hecho; el gato está para estar, igual que nos tendemos delante del mar sólo para estar allí, tendidos y abandonados. Es un dios de la hora, indiferente, inalcanzable.
| De los placeres sin pecar, el más dulce es el cagar, con un periódico extendido, y un cigarrillo encendido queda el culo complacido, y la mierda en su lugar. Cagar es un placer; de cagar nadie se escapa: caga el rey, caga el Papa, caga el buey, caga la vaca y hasta la señorita mas guapa, hace sus bolitas de caca. Viene el perro y lo huele, viene el gato y lo tapa. Total, en este mundo de caca, de cagar nadie se escapa. Qué triste es amar sin ser amado, pero más triste es cagar sin haber almorzado. Hay cacas blancas por hepatitis, las hay blandas por gastritis, cualquiera que sea la causa que siempre te alcanza, aprieta las piernas duro que cuando el trozo es seguro, aunque esté bien fruncido el culo, será, por lo menos, pedo seguro. No hay placer más exquisito, que cagar bien despacito. El baño no es tobogán, ni tampoco subibaja. El baño es para cagar, y no pa'hacerse una paja. Los escritores de baño son poetas de ocasión que buscan entre la mierda su fuente de inspiración. Vosotros que os creéis sagaz y de todo os reís, decidme si sois capaz de cagar y no hacer pis. En este lugar sagrado, donde tanta gente acude, la chica se pasa el dedo y el tipo se lo sacude. Caga tranquilo, caga sin pena, pero no se te olvide tirar la cadena. El tipo que aquí se sienta y escribir versos se acuerda, no me vengan a decir que no es un poeta de mierda. En este lugar sagrado donde acude tanta gente hace fuerza el más cobarde y se caga el más valiente. |
Quedaron atrás los años pasados en aquella esquina, blandiendo el bolso y contoneando las caderas como inequívoco reclamo. Sabido es que la edad no perdona a los que trabajan con su cuerpo. Y ella, cosa rara en el mundo laboral actual, había además disfrutado mucho con su trabajo, el cual era debido a una vocación desde bien joven y no consecuencia de una necesidad química o mafiosa. Pero había cumplido 65 años, ahora era pendonista.
Los especialistas no perdonan a los
aficionados el haber descubierto algo
que ellos no habían podido encontrar.
J. Steinbeck
La asociación era de tiempos conocida: el cura mojando los melindros en su «suizo», la señora de cierta edad incorporada en la cama con su caja de bombones, el niño con la pastilla de chocolate en ristre. Y el común denominador de los tres colectivos no era menos evidente: se trataba de personas que no practicaban aún, o que no tenían ya, una actividad sexual normalizada y convencional. ¿Cómo sorprenderse, pues, cuando ahora nos cuentan que la «química» del chocolate se parece a la del sexo y estimula los mismos sectores del cerebro? No conocíamos el nombre de la sustancia en cuestión, pero la propia experiencia nos permitía ya adivinar que el chocolate tenía algo de sucedáneo, de erzatz del sexo.
A menudo, la simple y estricta observación nos permite anticipar este tipo de conexiones antes de que la ciencia venga a descubrir en qué consiste exactamente. El profesor de física y aforista George Lichtenberg descubrió en 1977, y con la sola ayuda de su sensibilidad hipocondríaca, algo que la medicina de su tiempo rechazaba y que es hoy un lugar común: que el beber mucha agua sienta bien entre comidas y mal en ellas. Yo mismo, sin ir más lejos, he tenido alguna experiencia de este género con mis amigos. La que sigue es una de ellas.
Un día, Ricardo Bofill me llamó por teléfono a una hora tan intempestiva como las ocho de la mañana. Hacía tres o cuatro meses que no nos habíamos visto, y comenzó a explicarme con todos los pormenores el proyecto en que estaba trabajando. El primer minuto no entendí nada, el segundo comencé a entenderlo todo, el tercero le interrumpí en seco:
-Ricardo, has vuelto a fumar -dije.
-Sí, pero ¿cómo lo sabes?
Era evidente. Hablaba con claridad, precisión y contundencia. Había desaparecido el deje confuso o reiterativo que le había oído en los últimos tiempos. Y reconocí esta diferencia porque la había antes experimentado en mí mismo. En los catorce meses que pasé sin fumar, las ideas se me habían hecho espesas y romas, como si le hubiera salido barriga a mi cerebro. Habían perdido la chispa, la punta, esa última vuelta de tuerca que transforma un pensamiento en una iluminación, o que convierte una suma de palabras en algo vivo que nos sorprende en el acto mismo de emitirlo. Y también aquí, como antes con el chocolate, la analogía con la «química del amor» resultaba pertinente, de modo que respondí a Ricardo:
-Sé que fumas porque el tono y tino con que hablas me hace pensar que andas otra vez con dopamina en la sangre.
Y, al parecer, así era. O eso por lo menos es lo que sugieren Michael Liebowitz del N. Y. Psychiatric Institute y Helen Fisher, autora de La anatomía del amor (Anagrama, 1994). Según ellos, tanto la dopamina como la serotonina estimulan las sinapsis o conexiones entre las neuronas, especialmente en el sistema límbico que gobierna las emociones básicas como la alegría, la tristeza, el amor o el odio. La dopamina es una amina endógena que nos prepara y estimula para la emoción de igual modo que otra de ellas, la adrenalina, nos prepara y estimula para la acción. Ahora bien, Liebowitz sugiere que la descarga de esta anfetamina natural, que produce la excitación y euforia del enamoramiento, va siendo luego sustituida, a los dos o tres años de relación matrimonial, por la serotonina. Es ésta una amina que tiene efectos más parecidos al Prozac, la morfina y otros opiáceos, es decir, que reduce la ansiedad y produce el plácido bienestar asociado a una relación sexual estable sin grandes sobresaltos ni altibajos.
Hoy parece comprobado que también la nicotina actúa estimulando los neurotransmisores, tal como sospechaba yo tras mi conversación telefónica con Ricardo Bofill o luego de mi propia recuperación al volver a fumar. Pero hay aún dos cosas, pienso ahora, que hacen del tabaco una droga sin parangón, mucho más versátil y eficaz que las anteriores. En primer lugar, la posibilidad de administrarse la nicotina como en cuentagotas, de calada en calada, según la desazón o la ansiedad que produce una llamada telefónica, un encuentro comprometido o una página en blanco.
Todas las sustancias mencionadas y sus efectos están siendo hoy analizados. Pero antes del descubrimiento de los científicos está a menudo la experiencia de los aficionados -en este caso, de los colgados-, que sólo luego se verifica en los laboratorios. Antonio Escohotado nos ha dado muchos ejemplos de ello, y yo mismo, más modestamente, hace ya tiempo sospechaba que sexo, tabaco y chocolate eran parientes próximos -y ciertamente parientes míos.
Senyores i senyors,
| La muerte se puso una cara de monstruo una cara de monstruo horrible esperó y esperó detrás de la esquina salió al fin de la sombra como un trozo de sombra y el niño huyó más rápido que su propio alarido. Entonces la muerte se puso otra cara una vieja cara de mendigo esperó y esperó enfrente de la iglesia extendiendo la mano y gimiendo su pena y el niño no supo qué hacer con su piedad. Entonces la muerte se puso otra cara una cara de mujer hermosa esperó y esperó con los brazos abiertos tan maternal tan fiel tan persuasiva que el niño quedó inmóvil de susto o de ternura. Entonces la muerte sacó su última cara una cara de juguete inocente esperó y esperó tranquila en la bohardilla tan quieta tan trivial tan seductora que el niño le dio cuerda con una sola mano. Entonces la muerte se animó despacito más traidora que nunca y le cortó las venas y le pinchó los ojos y le quitó el aliento y era lo único que podía esperarse porque con la muerte no se juega. |
Sostuve su mirada el tiempo suficiente para demostrarle que era rabia y no afecto lo que pretendía. El primer puñetazo lo recibí en la mejilla izquierda y, como la Biblia ordena, multipliqué los peces al partirle una caja de boquerones congelados en la cabeza. Trastabilló ligeramente pero antes de ponerme a la defensiva recibí el segundo puñetazo en la boca del estómago. Expulsé el aire de golpe y tardé en recuperarlo nuevamente, lo suficiente para que el tercer puñetazo impactara en mi ojo derecho. Era mi oportunidad, los brazos en alto le dejaban al descubierto los pechos, maravilla de la naturaleza. Así a ojo (con el izquierdo) calculé que le vendría bien una talla 95 con una copa tipo B. Cada Navidad que pasa me es más difícil encontrarle el regalo adecuado.
Ciertamente no lo es el universitario que tritura conceptos, clasifica nociones y redacta sumas indigestas a fin de oscurecer las palabras del autor analizado. Tampoco lo es el técnico, por brillante o virtuoso que parezca, cuando se rinde a las retóricas nebulosas y abstrusas. Filósofo es aquel que, en la sencillez y hasta en la indigencia, introduce el pensamiento en su vida y da vida a su pensamiento. Teje sólidos lazos entre su propia existencia y su reflexión, entre su teoría y su práctica. No hay sabiduría posible sin las implicaciones concretas de esta imbricación.
-Mi amor ha servido a Dios durante largos años, mi voluntad ha obedecido por doquier a su voluntad. Pero un buen servidor lo sabe todo y también ciertas cosas que su amo se oculta a sí mismo. Éste era un Dios oculto, lleno de misterios. En verdad, su mismo hijo vino a él por caminos desviados. A las puertas de su creencia existe el adulterio. El que alaba a Dios como Dios del amor, no se ha formado una idea bastante elevada sobre el amor. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero, el que ama, ama más allá del castigo y de la recompensa. En su juventud, este Dios de oriente era duro y sediento de venganza; edificó un infierno para divertir a sus favoritos. Pero acabó por envejecer y hacerse blando, y tierno, y compasivo, pareciéndose más a un abuelo que a un padre; pero, pareciéndose todavía más a una abuela vacilante y decrépita. Con el rostro arrugado estaba sentado al amor de la lumbre, siempre inquieto por la debilidad de sus piernas, cansado del mundo, cansado de querer; y acabó un día ahogado por su excesiva piedad...
-Viejo papa -interrumpió Zaratustra-, ¿has visto tú esto con tus propios ojos? Es posible que esto haya sucedido así; así y también de otro modo. Cuando los dioses mueren, mueren siempre de muchas clases de muerte. ¡Pues bien! ¡De tal o cual manera, ya no existe! Repugnaba a mis ojos y a mis oídos; no quería echarle en cara nada peor. Yo amo todo lo que tiene transparente la mirada y que habla francamente. Pero él -bien lo sabes tú, viejo sacerdote- tenía algo de tu casta, de la casta de los curas..., era equívoco. Además, tenía el espíritu confuso. ¡Cuánta ojeriza nos cobró este iracundo por haberle comprendido mal! Pero ¿por qué no ha hablado con más claridad? Y si el defecto estaba en nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si había barro en nuestros oídos, ¡vamos a ver!, ¿quién lo había metido allí? A este alfarero que no había terminado su aprendizaje hubo demasiadas cosas que le salieron mal. Pero que se haya vengado en sus cacharros y en sus criaturas porque le habían salido mal..., esto fue un pecado contra el buen gusto. Dentro de la piedad hay también un buen gusto; este buen gusto ha acabado por decir: «¡Quitadnos a semejante Dios! ¡Antes mejor no tener ninguno, antes mejor organizar los destinos por cuenta propia, antes mejor estar locos, antes mejor ser Dios uno mismo!»
Estoy encerrado, esperando al verdugo que me conducirá hasta el cadalso. Una soga pende en la horca, su lazo tiene la medida de mi cuello culpable. No he tenido tiempo de arrepentirme. Ha sido todo tan rápido: ayer sucedió, allí mismo me detuvieron y, hoy, me ejecutarán. Tampoco he tenido tiempo para tener miedo, ni valor para confesar lo que no fuese verdad. No he recibido visitas, nadie quiere verme. Sigo encerrado, esperando, sentado en el camastro, las manos en las rodillas. La penumbra de la celda se clarea gracias al amanecer, que se intuye al otro lado del ventanuco próximo al techo. No tengo reloj pero noto como pasa el tiempo. Suena una llave en la cerradura. Entran y me colocan una capucha. “Ha llegado la hora”, dicen. Un breve trayecto dando tumbos y me encuentro sobre las tablas, la soga al cuello. Alguien murmura una oración a mi espalda, será el capellán que no sabe lo que dice. Ayer fui un criminal, hoy lo son ellos que me matan.
| Ya yo me enteré, mulata, mulata, ya sé que dice que yo tengo la narice como nudo de corbata. Y fíjate que tú no ere tan adelantá, porque tu boca e bien grande, y tu pasa, colorá. Tanto tren con tu cuerpo, tanto tren; tanto tren con tu boca, tanto tren; tanto tren con tu sojo, tanto tren... Si tú supiera, mulata, la verdá; ¡que yo con mi negra tengo, y no te quiero pa na! |
La Maga es la única que sabe qué es la libertad, aunque ella no sepa que lo sabe. Las caricias en el pelo son lo más próximo que ha estado del encadenamiento, el vaso de vodka lo más parecido a naufragar, y la música de jazz lo más cercano al desaparecer. Las discadas en El Club de la Serpiente son una liberación. Y yo estuve allí porque quise, debiera considerarme doblemente afortunado: por estar y por querer.
El término griego, apunta Voltaire, significa inmersión: «Los hombres, que se conducen siempre por los sentidos, imaginaron con naturalidad que quien lavaba el cuerpo lavaba también el alma». De ahí el bautismo, que consiste en «introducirse en el baño de lo sagrado». Eso es algo más que un símbolo: es un rito y, sobre todo, para los creyentes, un sacramento, que les permite formar parte de la Iglesia. Siempre me ha chocado que les sea impuesto a los recién nacidos: ¿por qué imponerles una pertenencia que no han solicitado, que no pueden rechazar ni comprender? Ahora pienso que no es tan grave, ni tan singular: tampoco pidieron vivir, ni ser franceses, ni llamarse Dupont o Martin. ¿Habría por eso que considerarlos apátridas, anónimos y nonatos hasta cumplir la mayoría de edad? Nadie escoge lo que es, ni su país, ni su nombre, ni su fe. Sólo se elige, y ya es mucho, entre cambiar o no. En honor de los conversos, los herejes y los apóstatas.
| Mi estimada vecindad: otra vez el basurero, sonriente y placentero, os felicita el día de Navidad. Qué de cosas os diría, relativas a mi oficio, de mi esmerado servicio, de mi probada hidalguía. No; sólo a deciros vengo, que el Dios que bajó del cielo, rellene el ardiente anhelo que de vuestra dicha tengo. ¡Oh, si mi hermana trompeta tan mágico son tuviera, que con sus ondas os trajera una Navidad completa! |

El xarlatà predica davant del pou. «Qui s’hi llanci de cap», diu, «serà feliç». Els que ens aturem a escoltar-lo refrenem la curiositat amb un posat incrèdul. Estem atents, però. D’una banda, perquè l’home sap fer-se escoltar i, de l’altra, perquè no tenim res millor a fer. A diferència d’altres pous, aquest es va fer popular quan, amb l’ajut d’una megafonia sensacionalista, el xarlatà va començar a anunciar-lo com si fos una atracció de fira. No cobra entrada, només demana la voluntat. Després de setmanes de pensar-hi molt, un dia m’hi llanço. Abans li pago el que em sembla just a canvi de sentir-li dir «seràs feliç», així, sense donar detalls. En un primer moment, l’excitació m’impedeix experimentar res especial. Caic, això sí que ho noto, i també percebo que el pou és molt fosc, i que el forat pel qual he entrat s’allunya ràpidament. sense veure-m’hi gens, sento que l’obscuritat s’eixampla i que, encara que en tinc cap prova, no estic sol. Crido. Torno a cridar. Com que ningú no respon, dedueixo que els altres també criden i que no els sento perquè cadascú deu cridar per a ell mateix. Caic. I encara caic més. No m’hauria imaginat mai que seria un pou sense fons. Però, quan em va temptar perquè m’hi llancés, el xarlatà no va especificar res, només va dir que, si ho feia, seria feliç. I el cert és que, mentre em precipito cap a una tenebra encara més intensa que la de fa una estona -o de fa mesos, o de fa anys, ara no té importància-, acompanyat per altres éssers que només intueixo, potser sí que sóc més feliç que no era abans. Però fa de mal dir perquè d’abans no me’n recordo, tu.
Estaba la otra noche empapándome en DVD de la magnífica serie Los Soprano, de David Chase, cuando en una escena me sentí totalmente identificado con los gangsters (sin acento, por favor), lo cual no deja de ser preocupante. Estaban en un restaurante dos de ellos, Tony Soprano y Artie Bucco, y se fijaban en un individuo, sentado a otra mesa con una mujer, que llevaba puesta, en plan presumido, una de esas gorras de baseball (perdonen, pero eso de escribir «béisbol» me parece tan ridículo como el estomagante «güisqui» que recomendó la Real Academia un día en que sus miembros debieron de ponerse hasta las cejas del mismo; o bueno, espero que fuera de whisky o whiskey, por el bien de ellos) con las que ahora se tocan numerosos imitamonas -también españoles- tras habérselas visto en el cine a todos los adolescentes embrutecidos que llenan las pantallas del mundo, a no pocos adultos puerilizados como el cómico Chevy Chase, y al ciento por ciento de gesticulantes raperos con mensajes muy profundos, Nietzsche era un pildorilla a su lado. Bien, los dos gangsters se ponían negros ante la visión del engorrado, y Bucco, a su vez dueño de un restaurante, comentaba cómo le enfermaba ver eso en su propio local; se sobreentendía que en esas ocasiones se mordía la lengua y tragaba quina. Entonces Soprano no podía más, se levantaba, iba a la mesa del falso bateador y sin más le soltaba: «Quítate eso». Tras brevísima sorpresa y timidísima resistencia, el tipo acababa por obedecer y se descubría. Soprano regresaba a su sitio y el maître (comprenderán que no escriba «metre») le daba las gracias en voz baja.
| Has d'estimar com si no et fessin mai mal Has d'abraçar com si fos la primera Has de ballar com si no et mirés ningú i has de pensar pel davant i pel darrere No has d'actuar encara que tinguis pressa No a la vida social que tant t'exigeixen No has de cantar si el que sona no t'agrada No has de plorar perquè et diuen que pateixen Autoorganitzador de passions no estimes els que vols i no vols els que t'estimen La família les mentides no poden anar passant La vida va corrent de forma contundent No has de sentir el que no vols sentir No estàs obligat a estar-ne enamorat Autoorganitzador...... Has d'escoltar perquè és “maco” escoltar Has de follar perquè és “maco” follar Has d'aprendre a viure com si no hi hagués demà i has de volar per tenir ganes de riure |

Un día llegaron unos hombres a la fraga de Cecebre, abrieron un agujero, clavaron un poste y lo aseguraron apisonando guijarros y tierra a su alrededor. Subieron luego por él, prendiéronle varios hilos metálicos y se marcharon para continuar el tendido de la línea.
Las plantas que había en torno del reciente huésped de la fraga permanecieron durante varios días cohibidas con su presencia, porque ya se ha dicho que su timidez es muy grande. Al fin, la que estaba más cerca de él, que era un pino alto, alto, recio y recto, dijo:
-Han plantado un nuevo árbol en la fraga.
Y la noticia, propagada por las hojas del eucalipto que rozaban al pino, y por las del castaño que rozaban al eucalipto, y por las del roble que tocaban las del castaño, y las del abedul que se mezclaban con las del roble, se extendió por toda la espesura. Los troncos más elevados miraban por encima de las copas de los demás, y cuando el viento separaba la fronda, los más apartados se asomaban para mirar.
-¿Cómo es? ¿Cómo es?
-Pues es -dijo el pino- de una especie muy rara. Tiene el tronco negro hasta más de una vara sobre la tierra, y después parece de un blanco grisáceo. Resulta muy elegante.
-¡Es muy elegante, muy elegante! -transmitieron unas hojas a otras.
-Sus frutos -continuó el pino fijándose en los aisladores- son blancos como las piedras de cuarzo y más lisos y más brillantes que las hojas del acebo.
Dejó que la noticia llegase a los confines de la fraga y siguió:
-Sus ramas son delgadísimas y tan largas que no puedo ver dónde terminan. Ocho se extienden hacia donde el sol nace y ocho hacia donde el sol muere. Ni se tuercen ni se desmayan, y es imposible distinguir en ellas un nudo, ni una hoja ni un brote. Pienso que quizá no sea ésta su época de retoñar, pero no lo sé. Nunca vi un árbol parecido.
Todas las plantas del bosque comentaron al nuevo vecino y convinieron en que debía de tratarse de un ejemplar muy importante. Una zarza que se apresuró a enroscarse en él declaró que en su interior se escuchaban vibraciones, algo así como un timbre que sonase a gran distancia, como un temblor metálico del que no era capaz de dar una descripción más precisa porque no había oído nada semejante en los demás troncos a los que se había arrimado. Y esto aumentó el respeto en los otros árboles y el orgullo de tenerlo entre ellos.
Ninguno se atrevía a dirigirse a él, y él, tieso, rígido, no parecía haber notado las presencias ajenas. Pero una tarde de mayo el pino alto, recio y recto se decidió... sin saber cómo. Su tronco era magnífico y valía muy bien veinte duros, aunque él ni siquiera lo sospechaba y acaso, de saberlo, tampoco cambiase su carácter humilde y sencillo. El caso es que aquella tarde fue la más hermosa de la primavera; las hojas, de un verde nuevo, eran grandes ya y cumplían sus funciones con el vigor de órganos juveniles; la savia recogía del suelo húmedo sustancias embriagadoras; todo el campo estaba lleno de flores silvestres y unas nubecillas se iban aproximando con lentitud al Poniente, preparándose para organizar una fiesta de colores al marcharse el sol. Quiso la suerte que una leve brisa acudiese a meter sus dedos suaves entre la cabellera de la fronda, tupida y olorosa como la de una novia, y bajo aquella caricia la fraga ronroneó un poquito, igual que un gato al que rascasen la cabeza, y luego se puso a cantar.
Como estaba contenta y en la plenitud de su vigor, prefirió de su repertorio una canción burlesca: la que copia el atenuado fragor del tren cuando avanza, todavía muy lejos, entre los pinares de Guísamo. Es la que más divierte a los árboles, porque lo imitan tan bien que muchos aldeanos que pasan por las veredas se dan a correr al escucharla, creyendo que el convoy está próximo y que les será difícil alcanzarlo. Con esto los árboles gozan como niños traviesos.
El pino, cantando en sordina entre los largos dientes de sus hojas, tenía un papel principal en el coro del bosque y merecía la fama de dominar la onomatopeya. Su propia felicidad, el alborozo pueril de aquella diablura, le movió a decirle al poste:
-¿No quiere usted cantar con nosotros?
El poste no contestó.
-Seguramente -insistió el pino, inclinando su copa en una cortesía- su voz es delicada y armoniosa, y a todos nos agradará que se una a las nuestras.
El poste silbó malhumorado.
-¿Y a qué viene eso? ¿Qué cantan ustedes?
-Imitamos a un tren remoto.
-¿Y para qué? ¿Son ustedes el tren?
-No -reconoció el pino, avergonzado.
-Entonces, ¿qué pretenden con esa mixtificación? Ya que usted me interpela, le diré que no encuentro seria su conducta.
-¿Quizá le agrada más la canción de la lluvia?
-No.
-¿Acaso la canción del mar?
-Ninguna de ellas. Este es un bosque sin formalidad. ¿Quién podría creer que árboles tan talludos pasasen el tiempo cantando como ranas? Yo no canto nunca, susurro apenas. Si ustedes acercasen a mí sus oídos, escucharían el murmullo de una conversación, porque a través de mí pasan las conversaciones de los hombres. Eso sí que es maravilloso. Sepan que vivo consagrado a la ciencia y que yo mismo soy ciencia y que todo lo que ustedes hacen a mi alrededor lo reputo como bagatela y sensiblería, si alguna vez me digno abandonar mis abstracciones y reparar en ello.
La opinión del poste pronto fue conocida en toda la fraga y ya no se atrevieron a entregarse a aquel entretenimiento que el árbol extraño y solemne, de ramas de alambre, acusaba de frivolidad. Llegó el verano y los pájaros se hicieron entre la fronda tan numerosos como las mismas hojas. El eucalipto, que era más alto que el pino y que los más viejos árboles, daba albergue a una pareja de cuervos y estaba orgulloso de haber sido elegido, porque esas aves buscan siempre los cúlmenes muy elevados y de acceso difícil. Un día en que su esencia se evaporaba al fuerte sol con tanta abundancia que todo el bosque olía a eucalipto, se decidió a conversar con el poste y le dijo:
-He notado que no adoptó usted ningún nido, señor. Quizá porque no conoce aún a los pájaros que aquí viven y no ha hecho su elección. Me gustaría orientarle, pues supongo que usted sostendría un nido con agrado. Nos convierten en algo así como un regazo maternal. Yo alojo a unos cuervos. No molestan, pero confieso que son poco decorativos. Quisiera recomendarle a usted las oropéndolas. Ya habrá visto que hay oropéndolas en Cecebre. Pues bien, cuelgan sus nidos con tanta belleza y originalidad que no desmerecerían de las que a usted le ennoblecen.
El poste crujió:
-¿Para qué quiero yo sostener nidos de pájaros y soportar sus arrullos y aguantar su prole? ¿Me ha tomado usted por una nodriza? ¿Cree que soy capaz de alcahuetear amoríos? Puesto que usted me habla de ello, le diré que repruebo esa debilidad que induce a los árboles de este bosque a servir de hospederos a tantas avecillas inútiles que no alcanzan más que a gorjear. Sepa de una vez para siempre que no se atreverán a faltarme al respeto amasando sobre mí briznas de barro. Los pájaros que yo soporto son de vidrio o de porcelana, y no les hace falta plumaje de colorines, ni lanzarán un trino por nada del mundo. ¿Cómo podría yo servir a la civilización y al progreso si perdiese el tiempo con la cría de pajaritos?
Estas palabras circularon en seguida por la fraga, y los árboles hicieron lo posible para desprenderse de los nidos y para ahogar entre sus hojas el charloteo de los huéspedes alados que iban a posarse en las ramas.
Sobre el tronco del pino resbalaron una vez diáfanas gotas de resina que quedaron allí, inmovilizadas, como una larga sarta de brillantes. De ellas arrancaba el sol destellos de los siete colores, y el pino estaba satisfecho de ser -tan esbelto, tan oloroso y tan enjoyado- una maravilla viviente.
-¿Se ha fijado usted en mis collares? -se atrevió a preguntar al vecino.
-Sí -aprobó esta vez el poste-; claro que usted llama collares a lo que no son más que gotas de resina. Pero la resina es buena: es aisladora (el pino ignoraba de qué), y es más digno producirla que dedicarse a dar castañas, como ese árbol gordo que está detrás de usted. Cierto es que, por muchos esfuerzos que usted haga, no conseguirá crear un aislador tan bueno como los míos, pero algo es algo. Le aconsejo que se deje dar unos cortes en el tronco, a un metro del suelo, y así segregará más resina.
-¿No será muy debilitante? -temió, estremeciéndose el pino.
-Naturalmente, debilita mucho, pero resulta más serio. No crea usted que eso se opone a hacer una buena carrera.
-¡Ah! -exclamó el árbol, que seguía sin entender.
-Hasta le favorece, si se me apura. Conocí varios pinos que fueron sangrados abundantemente, que trabajaron desde su edad adulta para la Resinera Española. Y ahí los tiene usted ahora con muy buenos puestos en la línea telegráfica del Norte, dedicados también a la ciencia.
Aquel año los vendavales de invierno fueron prolongados y duros. Durante varios días seguidos los árboles no conocieron el reposo. Incesantemente encorvados, cabeceando y retorciéndose, llenaban el bosque del ruido siniestro de sus crujidos y del batir de sus ramas. Les era imposible descansar de tan violento ejercicio y sus hojas secas, arrebatadas por el huracán, parecían llevar demandas de socorro. Temblaban desde las raíces hasta las más débiles ramas, y el viento no se compadecía. A la tercera noche, un cedro no pudo más y se desplomó roto. Las ramas de algunos compañeros próximos intentaron sostenerlo, pero estaban cansadas también y se quebraron y dejaron resbalar hasta el suelo al bello gigante, con un golpe que resonó más allá de la fraga. Todo fue duelo. El hueco que deja en un bosque un árbol añoso es tan entristecedor y tan visible como el que deja un muerto en su hogar. Únicamente el poste pareció alegrarse.
-Al fin se decidió a cumplir su destino -declaró-. Ahora podrán hacerse de él muy hermosas puertas, que es para lo que había nacido; no para esconder gorriones y para tararear tonterías. Y ustedes aprendan de él. ¿Qué hace ahí ese nogal? Otros muchos más jóvenes he tratado yo cuando se estaban convirtiendo en mesas de comedor y en tresillos para gabinete. ¿Y aquel castaño gordo, tan pomposo y tan inútil? ¿A qué espera para dar de sí varios aparadores? ¡Pues me parece a mí que ya es tiempo de que tenga juicio y piense en trabajar gravemente! ¡Vaya una fraga ésta! ¡No hay quien la resista! Si yo no estuviese absorto en mis labores técnicas, no podría vivir aquí.
Los pareceres de aquel vecino tan raro y solemne influyeron profundamente en los árboles. Las mimbreras se jactaban de tener parentesco con él porque sus finas y rectas varillas semejábanse algo a los alambres; el castaño dejó secar sus hojas porque se avergonzaba de ser tan frondoso; distintos árboles consintieron en morir para comenzar a ser serios y útiles, y todo el bosque, grave y entristecido, parecía enfermo, hasta el punto de que los pájaros no lo preferían ya como morada.
Pasado cierto tiempo, volvieron al lugar unos hombres muy semejantes a los que habían traído el poste; lo examinaron, lo golpearon con unas herramientas, comprobando, la fofez de madera carcomida por larvas de insectos, y lo derribaron. Tan minado estaba, que al caer se rompió.
El bosque hallábase conmovido por aquel tremendo acontecimiento. La curiosidad era tan intensa que la savia corría con mayor prisa. Quizá ahora pudieran conocer, por los dibujos del leño, la especie a que pertenecía aquel ser respetable, austero y caviloso.
-¡Mira e infórmanos! -rogaron los árboles al pino.
Y el pino miró.
-¿Qué tenía dentro?
Y el pino dijo:
-Polilla.
-¿Qué más?
Y el pino miró de nuevo:
-Polvo.
-¿Qué más?
Y el pino anunció, dejando de mirar:
-Muerte. Ya estaba muerto. Siempre estuvo muerto.
Aquel día el bosque, decepcionado, calló. Al siguiente entonó la alegre canción en que imita a la presa del molino. Los pájaros volvieron. Ningún árbol tornó a pensar en convertirse en sillas y en trincheros. La fraga recuperó de golpe su alma ingenua, en la que toda la ciencia consiste en saber que de cuanto se puede ver, hacer o pensar, sobre la tierra, lo más prodigioso, lo más profundo, lo más grave es esto: vivir.

| Te digo que te quiero, pero no te suena bien. Vuelvo a intentarlo con más énfasis, pero tampoco te convence. Nos miramos un rato, en silencio… y rompemos a reír a carcajadas. Pero en qué estaría pensando. Que se vayan al carajo las palabras. Te acaricio largamente las piernas, y te beso en la boca, y te muerdo la nariz, y… tú me dices que así sí. |
Y aquí se trata del todo. Como hijos de la cultura anal, todos nosotros tenemos una relación más o menos perturbada hacia la propia mierda. La separación de nuestra conciencia de la propia mierda es el más profundo adiestramiento que nos dice lo que tiene que suceder oculta y privadamente. La relación que se inculca a los hombres hacia sus propios excrementos suministra el modelo de relación que existe para con todas las basuras de la vida. Hasta ahora se las ha ignorado regularmente. Sólo bajo el signo del moderno pensar ecologista nos estamos viendo obligados a recoger nuestras basuras en la conciencia. La alta teoría descubre la categoría mierda; un nuevo estado de la filosofía natural se abre con ello, una crítica del hombre como un hiperproductivo animal industrial acumulador de mierda. Diógenes es el único filósofo occidental del que sabemos que ejecutaba consciente y públicamente sus ocupaciones animales y hay base para interpretar esto como parte de una teoría pantomímica. Ésta hace alusión a una conciencia natural que valora positivamente las vertientes animales de lo humano y no permite separación alguna de lo bajo o vergonzoso. Quien no quiera admitir que es un productor de basura y que no tiene ninguna otra posibilidad para ser de otra manera se arriesga a perecer asfixiado un día en la propia mierda. Todo está a favor de que admitamos a Diógenes de Sínope en la galería de precursores de la conciencia ecológica. La hazaña histórico-espiritual de la ecología, que irradiará incluso en la filosofía, la ética y la política, consiste en haber convertido el fenómeno de la basura en un tema «superior». A partir de ahora, ya no constituye un molesto efecto secundario; más bien se reconoce como principio fundamental. Con ello se rompen realmente las últimas posiciones escondidas del idealismo y el dualismo. Se tiene que ir al encuentro de la mierda de una manera distinta. Ahora se debe excogitar de nuevo la utilidad de lo inutilizable, la productividad de lo improductivo o, dicho filosóficamente, hay que descubrir la positividad de lo negativo y reconocer también nuestra competencia para lo imprevisto. El filósofo quínico es alguien que no se asquea. En eso está emparentado con los niños que todavía no saben nada de la negatividad de sus excrementos....y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.