
Estoy encerrado, esperando al verdugo que me conducirá hasta el cadalso. Una soga pende en la horca, su lazo tiene la medida de mi cuello culpable. No he tenido tiempo de arrepentirme. Ha sido todo tan rápido: ayer sucedió, allí mismo me detuvieron y, hoy, me ejecutarán. Tampoco he tenido tiempo para tener miedo, ni valor para confesar lo que no fuese verdad. No he recibido visitas, nadie quiere verme. Sigo encerrado, esperando, sentado en el camastro, las manos en las rodillas. La penumbra de la celda se clarea gracias al amanecer, que se intuye al otro lado del ventanuco próximo al techo. No tengo reloj pero noto como pasa el tiempo. Suena una llave en la cerradura. Entran y me colocan una capucha. “Ha llegado la hora”, dicen. Un breve trayecto dando tumbos y me encuentro sobre las tablas, la soga al cuello. Alguien murmura una oración a mi espalda, será el capellán que no sabe lo que dice. Ayer fui un criminal, hoy lo son ellos que me matan....y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.