
Algunas imágenes, sean del cine, la fotografía o la vida -aquello a lo que asistimos-, permanecen en nuestra retina y son una parte importante de nuestros procesos asociativos, con frecuencia involuntarios. A mí, cuando leo en la prensa sobre el asesinato o el homicidio de una mujer a manos de su marido o novio o cortejador, o de quienes lo fueron y se niegan a dejar de serlo, se me aparece a menudo la imagen de la actriz Shelley Winters, sin duda porque le tocó interpretar ese papel de víctima al menos tres veces, o en tres películas memorables [“Lolita” de Kubrick, “Un lugar en el sol” de George Stevens y “La noche del cazador” de Charles Laughton]. Pero la asociación se produce también por un detalle: uno de los más llamativos y recurrentes en los casos de violencia doméstica o semiconyugal contra las mujeres es que -leemos- éstas rara vez luchan contra sus agresores, ni siquiera cuando las están matando. Tratan de huir o se cubren con las manos inútilmente, piden auxilio o en ocasiones imploran, pero casi nunca pelean ni tratan de devolver los golpes. La explicación más obvia -saben que ante la superior fuerza física de un varón tienen poco que hacer, o la batalla siempre perdida- no resulta muy convincente, porque aun así, aun sabiéndose que no hay esperanza para el más débil en lo que antiguamente se llamaba “desigual pelea”, el instinto de supervivencia lleva por lo general a cualquiera a defenderse con uñas y dientes. Y nunca mejor dicha esta expresión coloquial y tantas veces metafórica, porque muchas mujeres disponen tan sólo de eso, de sus uñas y sus dientes....y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.