
Vivir a base de afectos, de mis sentimientos, de agrados, de desagrados, buscando tal tipo de placer, huyendo de tal tipo de dolor, es encontrarse con una dotación muy precaria.
Precaria: porque si ha fracasado el pensamiento, si ha fracasado la voluntad, ¿cómo se puede pretender que medre la afectividad? La afectividad aislada es muchísimo menos de fiar que las dos facultades humanas mencionadas; es más una pasividad que algún tipo de fuerza.
La afectividad, cuando se enfrenta con la tecnificación como precipitado pragmático formal envolvente, recibe toda clase de heridas. Se percibe enseguida la dificultad del ajuste afectivo con esos entramados, con esas redes articuladas mecánicamente, técnicamente.
La afectividad se encuentra de entrada a disgusto en los procesos automáticos -ellos funcionan por su cuenta y naturalmente, la afectividad no se adapta bien; al revés, se encuentra más bien forzada por ellos-, y, por lo tanto, la primera reacción afectiva es
rehuir.
Pero este movimiento de retracción es doblemente peligroso. En la misma medida en que una afectividad se encuentra herida, vulnerada, “traumatizada” -si vale este término del que tanto se abusa- no sirve para nada normal.
Ahora bien, si eso es lo que pasa, encarar el futuro a base de la instancia afectiva es imposible. Cuando se intenta vivir desde la afectividad y ocurre de inmediato que la afectividad se retrae al chocar con la rigidez de la realidad, el resultado es la desorganización. Paradójicamente, en un mundo recargado de organización instrumental, el hombre afectivo se disuelve, va a la deriva.
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La afectividad, si se “traumatiza”, se retira, pero si intenta tomar la mano y se lanza a una actividad de tipo frenético, al final decae. Entonces llega a notar que necesita un aprovisionamiento de energía supletoria. En ese momento acude al estimulante, a la droga, a toda esa serie de procedimientos mediante los que se pretende devolver algún tipo de energía a la afectividad inexorablemente agotada en la misma medida en que se abusa de ella.