
Tengo ante mi una carta: «Soy divorciada, con un buen trabajo, no tengo ningún gran amor, no tengo hijos, no tengo ni siquiera padres a los que acudir. Mi vida no es infeliz, por el contrario, está llena de intereses y gratificaciones. Sin embargo, a veces, me pregunto si no soy la personificación de un cierto tipo de egoísmo y de avidez. Entonces me respondo que esta pregunta es sólo el efecto del más estúpido condicionamiento femenino al sacrificio. Las mujeres fuimos educadas desde la infancia durante siglos con la idea de prodigarnos por alguien. En cambio, yo no tengo hijos, no tengo marido, no tengo a nadie por quien afanarme hasta la extenuación y por quien sufrir. Pero el viejo condicionamiento sigue obrando y me hace sentir culpable. Un varón, educado para afirmarse en el mundo, para pensar sólo en sí mismo, no sentiría nada parecido. Estaría feliz y contento, y basta»....y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.