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El día 23 de febrero de 2002 apareció en el correo electrónico de algunos de mis conocidos y amigos el número cero del Panfleto LAETUS. Se trataba de compartir fragmentos de textos que me habían impresionado, un revoltijo de experiencias entre las cuales también se colaban alguna vez las mías. La aventura duró hasta el 12 de octubre de 2005, día en el que envié a los buzones el número XXXIV. Y hoy, más de un año después, el panfleto resurge del olvido.
| El gran jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad. Queremos considerar el ofrecimiento porque también sabemos de sobra que, si no lo hiciéramos, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego. Pero, ¿cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña. Ni el frescor del aire ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podrían ser comprados? Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. La hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles, los pardos insectos... son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas. Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo y el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre: todos pertenecen a la misma familia. El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos, tendríais que recordar que son sagradas y enseñarlo así a vuestros hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces. Además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos. Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos. Y por lo tanto deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano. Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser. Tanto le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino como enemiga. Cuando ya la ha hecho suya, la desprecia y sigue caminando. Deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida de sus hijos y tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra dejando detrás sólo un desierto. No lo puedo entender. Vuestras ciudades hieren los ojos del hombre de piel roja. Quizá sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo. No hay un solo sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es que soy un salvaje y no comprendo bien las cosas. El ruido de la ciudad es un insulto para el oído. Y yo me pregunto: ¿qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa? Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos. Cuando el último piel roja haya desaparecido de esta tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por la pradera, entonces estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo. Porque nosotros amamos este país como ama el niño los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta tendré que poneros una condición: que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir. ¿Qué puede ser del hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad. Todo lo que le pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas. Debéis enseñar a vuestros hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos. De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado. El hombre no tejió la trama de la vida. Él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra algún día: nuestro Dios es el mismo Dios. Vosotros podéis pensar que ahora Él os pertenece lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan. Pero no es así. Él es Dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña provocaría la ira del Creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida. Sólo es uno de esos hilos y está tentando a la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí como la sangre de una misma familia. Si ensuciáis vuestro lecho, cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos. Pero vosotros caminaréis hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que por algún designio especial os dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines. ¿Dónde está el bosque espeso? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así se acaba la vida y sólo nos queda el recurso de intentar sobrevivir. |

| Esperando vivir algún día sientes que el entorno hiere, que tus amigos no lo son tanto y el trabajo un fracaso. Esperando vivir algún día ¿seguirás siempre esperando? |

| En lo menos que humano la pregunta a lo humano se adensa hasta cegar los pulmones. Como una tos de lumbre, como una mancha de deseo que se dilata hasta velarlo todo. Ojos del animal, del deficiente refractan la total biografía del mundo hasta que se detiene el tráfico del corazón. Ese instante agárralo por si abrazo. |

| De Almudena Grandes he leído Los aires difíciles, Las edades de Lulú y Malena es un nombre de tango, en este orden. El primero me pareció una novela magistral, con un estilo sobrio capaz de crear una ambientación completa con una sola frase (“Una soledad como una noche sin luna en el páramo llano donde se encuentran todos los vientos”). El segundo era un exceso incontrolable que costaba creer que fuese de la misma autora. ¿Cómo podía haber tanta diferencia entre una y otra? Al acabar ahora Malena es un nombre de tango me doy cuenta de que he encontrado el eslabón perdido: El origen fue una novela sexual (Lulú), después vino una visceral (Malena) y, finalmente, una cerebral (Juan y Sara). La novela es amarga (también la bilis lo es) y dulce (también los besos lo son). Malena muestra su vida y, sobretodo, sus motivos al lector en un intento de que éste le comprenda. Y el lector que se hace confidente no puede menos que sentirse satisfecho. |

| No me gustó ver european house (pròleg d’un hamlet sense paraules) pero me ha gustado haberla visto. Dice la sabiduría oriental (¿para los orientales existirá la sabiduría occidental?) que no es bueno sufrir pero es bueno haber sufrido. Y en este caso el sufrimiento es el extraño ritmo de la obra, tanto que no sabría decir si es rápida o lenta pues aunque las cosas suceden despacio la obra se hace demasiado corta. Por ello no la recomiendo pero sería conveniente que la vieseis. |

| Se inventó el DVD porque se decía que en un CD cabía poca cosa. Cada vez que escucho el CD con el álbum Disintegration de the Cure pienso que inventar el DVD era innecesario: bastaba con ser capaces de rellenar de música el espacio disponible y dejarse de canciones pobres que se pierden en el viento de un mal estornudo. En las canciones de este disco no cabe ningún instrumento más, no quedan vacíos que llenar, es simplemente perfecto. |
Feliz quien no exige de la vida más de lo que ella espontáneamente le ofrece, dejándose guiar por el instinto de los gatos, que buscan el sol cuando hay sol, y, cuando no lo hay, el calor donde quiera que el calor se encuentre. Feliz quien renuncia a su personalidad con la imaginación, y se deleita en la contemplación de las vidas ajenas, viviendo, no todas las impresiones, sino el espectáculo exterior de todas las impresiones ajenas. Feliz, en fin, el que renuncia a todo, y al que, por renunciar a todo, nada le puede ser ni arrebatado ni reducido.
Querido Carlos:
Gracias por contestar a mi carta: «Optimismo y felicidad», aunque no sé si con tu respuesta «Manuscrito de problemas irremediables con fines fatales» he llegado a comprender que la vida evoluciona dentro de una serie de problemas que, al no tener solución, imposibilitan la felicidad.
La verdad es que ya son muchas las ocasiones en que me abres los ojos y me haces ver la realidad de las cosas. ¿Recuerdas cuando te envié la carta: «La existencia de la libertad» y tú me contestaste con la de: «Utopía de un soñador coaccionado socialmente»? Ésa sí fue una forma de hacerme poner los pies en la tierra. Recuerdo que incluso insistí hablándote de ruptura y de derecho a escoger; entonces fue cuando me mandaste la inmejorable: «Destino irrevocable». Gracias.
Hoy he querido escribirte porque con tu última carta me he sentido un poco herido y he pensado que probablemente no la habría entendido bien. ¿Por qué criticas mi falta de ambición? Me dices que es fácil creer en la felicidad cuando uno se detiene sólo ante las cosas pequeñas. No dejo de repetir las palabras con que lo has ejemplificado (que son preciosas): «Cuando el ignorante se recrea en el canto del jilguero, el sabio lo analiza, y reconoce que es un llanto de dolor». ¡Jamás hubiese pensado que los pájaros llorasen tanto! A partir de ahora me compadeceré de su canto. Gracias.
Siempre has estado junto a mí para enseñarme lo que es la vida. Tú has hecho de mí una persona más responsable. Por cierto, te agradezco muchísimo la lista de problemas que has adjuntado a la carta. ¡No sabía que mi situación fuese tan deplorable! Te prometo que intentaré sonreír con menos frecuencia y, si lo hago por descuido, releeré la lista para darme cuenta de que no tengo motivos para hacerlo. Todo esto para decirte que siempre has sido un gran estímulo en mi vida, porque me has hecho sentir tan poca cosa que me he pasado la vida luchando por superarme. ¿Recuerdas cuando éramos niños? Tú siempre rompías mis juguetes y mi madre me los volvía a comprar. ¡Gracias a ti siempre tuve juguetes nuevos! Los triunfos de mi niñez y de mi adolescencia te los debo a ti. En el colegio nunca me dejaste copiar en los exámenes y eso me estimuló tanto en los estudios, que me convertí en el mejor de la clase. Yo nunca fui capaz de hacer lo mismo por ti y el dolor por verte suspender no bastó para hacerme fracasar. Perdón. La primera vez que dudé de tus buenas intenciones fue cuando a los dieciséis años intentaste robarme mi primera novia, no supe ver que lo único que pretendías era ponerla a prueba. Y así fue. Eso nos unió mucho, pero acabó por largarse con otro tipo que hubieses podido ser tú. ¡Cuánta razón tenías!
En tu carta me dices que tu matrimonio es un desastre y que tu vida, como la de todos, no vale nada. Sé que no eres una persona depresiva, sino que tu situación es deprimente y comprendo que no te guste hablar de los problemas de tu vida porque tu vida es un problema. A menudo me cuentas que las desgracias ajenas no son más que una repetición de tu propia vida y, por supuesto, nunca son tan importantes. No sabes lo triste que me siento. He leído tu carta una y otra vez buscando un solo detalle con el que sentirme identificado contigo. Le he preguntado a mi mujer por qué siempre intenta hacer que cada día sea maravilloso cuando en realidad no tiene por qué serlo. Para colmo me han ascendido. Te prometo que he intentado que no lo hicieran pero mi jefe no ha querido escucharme, dice que no hay nadie más cualificado que yo... ¿te imaginas? Yo, que soy un inconsciente, que ni siquiera soy capaz de analizar el mundo tal como es. Lo peor es que, aunque me avergüence decirlo, en ese momento me he sentido feliz. Perdóname. Tal como dijiste en tu carta: «Lo efímero del tiempo» la felicidad no puede durar, y por eso esta larga relación que nos ha unido durante años debe terminar. Sabes que no tengo remedio, en realidad creo que no te merezco. Imagino tu cara si supieses que después de leer tu carta me fui al cine con Luisa. Pero aún hay más... ahora me voy a una fiesta.
Espero que algún día todo el mundo esté a la altura de tus conocimientos. Yo ya no me siento capaz de seguir luchando contra mí. Siempre fui débil, como tú dijiste. Suerte con todo.
Tu fiel amigo,
Agustín

Se han difundido muchas teorías erróneas sobre la naturaleza del hastío. En general, se piensa que, cuando algo es nuevo e interesante, «hace pasar» el tiempo, es decir, lo abrevia, mientras que la monotonía y el vacío entorpecen su marcha y hacen que se estanque. No obstante, esto no es del todo exacto. Cierto es que la monotonía y el vacío pueden dar la sensación de estirar el momento, las horas, de manera que se «hagan largas» y aburridas; pero no es menos cierto que, en el caso de grandes o grandísimas extensiones de tiempo, lo que hacen es abreviarlas, neutralizarlas hasta reducirlas a algo nimio. A la inversa, un acontecimiento novedoso e interesante es sin duda capaz de hacer más corta y fugaz una hora e incluso un día, pero, considerando el conjunto, confiere al paso del tiempo una mayor amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos transcurren con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y carentes de peso, que el viento barre y que pasan volando. Lo que llamamos hastío, pues, es consecuencia de la enfermiza sensación de brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes períodos de tiempo, cuando transcurren con una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu. Cuando un día es igual que los demás, es como si todos ellos no fueran más que un único día; y una monotonía total convertiría hasta la vida más larga en un soplo que, sin querer, se llevaría el viento. La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se acelera, también se debe a la costumbre. Sabemos perfectamente que introducir cambios y nuevas costumbres es el único medio del que disponemos para mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo, en definitiva, para rejuvenecer, refortalecer y ralentizar nuestra experiencia del tiempo y, con ello, renovar nuestra conciencia de la vida en general.
Podrían hacerse muchas generalizaciones acerca de la historia del pensamiento occidental, pero, hoy por hoy, tal vez lo que se presenta con evidencia más inmediata sea que, desde el principio hasta el final, se ha tratado de un fenómeno abrumadoramente masculino: Sócrates, Platón, Aristóteles, Pablo, Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud... La tradición intelectual de Occidente ha sido producida y canonizada casi íntegramente por hombres y se ha inspirado predominantemente en perspectivas masculinas. Es claro que este predominio masculino en la historia intelectual de Occidente no se debe a que las mujeres sean menos inteligentes que los hombres, pero ¿se puede atribuir exclusivamente a las restricciones sociales? Yo pienso que no. Creo que hay en ello algo más profundo: algo arquetípico. La masculinidad de la mentalidad occidental lo ha invadido todo, ha sido fundamental, tanto en hombres como en mujeres, ha afectado todos los aspectos del pensamiento occidental y ha determinado su concepción básica del ser humano y el papel humano en el mundo. Las principales lenguas en que se desarrolló la tradición occidental, desde el griego y el latín, tendieron sin excepción a personificar la especie humana con palabras de género masculino: anthröpos, homo, l’homme, man, l’uomo, chelovek, der Mensch, hombre. Como ha quedado fielmente reflejado en el relato histórico de este libro [“La pasión del pensamiento occidental”], siempre ha sido «el hombre» esto o «el hombre» lo otro: «el ascenso del hombre», «la dignidad del hombre», «la relación del hombre con Dios», «el puesto del hombre en el cosmos», «la lucha del hombre con la naturaleza», «la gran conquista del hombre moderno», y así sucesivamente. El «hombre» de la tradición occidental fue un héroe masculino inquiridor, un rebelde prometeico biológico y metafísico que ha buscado sin cesar la libertad y el progreso, y que se ha esforzado permanentemente por diferenciarse de la matriz de la cual emergió y controlarla. Esta predisposición masculina en la evolución de la mentalidad occidental, aunque en gran medida inconsciente, no sólo ha sido característica de dicha evolución, sino que ha sido, también, esencial a ella.
Apaciblemente tumbado en la cama, mirando la gotera del techo, me aborda un pensamiento incierto, ¿es este mundo sólo para aquellos que progresan a costa de hundir en la desgracia a los demás? Es cierto, el techo necesita una reparación urgente, llamaré mañana mismo al albañil amigo de mi padre que se caso con la cuñada de mi tío Eufrasio. En la guerra civil mi tío luchó en el bando republicano por no salir de su pueblo, así que cuando ganaron los otros no tuvo ningún reparo en cambiar de bando. Sin embargo, por necesidad tuvo que emigrar a Alemania para ejercer su profesión de carpintero. Allí conoció a Hildegarda, la que más tarde sería su esposa y mi tía. Ella le dio dos hijos y una hija: Fulgencio, Melitón y Radegunda.
Encontrar buenos libros no es fácil y eso obliga a remover mucha paja antes de dar con la aguja que nos pinche con su lucidez. Por suerte, de tanto en tanto el esfuerzo se ve recompensado con un buen libro, novela en este caso, que nos pincha haciéndonos brincar del sillón de las ideas consolidadas, precisamente porque demuestra que lo que nos debería unir no son precisamente las ideas sino los sentimientos. Estoy hablando de Incerta Glòria de Joan Sales, ambientada en la guerra civil donde ganase quién ganase todos perdimos.
Copio a continuación la Confessió de l’autor del año 1956 que aparece en el libro a modo de prólogo:
The uncertain glory of an april day... Tot devot de Shakespeare coneix aquestes paraules —i si jo hagués de resumir la meva novel·la en una sola ratlla, no ho faria pas d’altra manera.
Hi ha un moment de la vida que sembla com si ens despertéssim d’un somni. Hem deixat de ser joves. Bé es veia que no ho podríem ser eternament; ¿i què era, ser joves? Ma jeunesse ne fut qu’un ténébreux orage, diu Baudelaire; potser tota joventut ho ha estat, ho és, ho serà. Una tempesta tenebrosa travessada de llampecs de glòria —d’incerta glòria—, un dia d’abril...
Un fosc afany ens mou durant aquells anys turmentats i difícils; busquem, conscientment o no, una glòria que no sabríem definir. La busquem en moltes coses, però sobretot en l’amor —i en la guerra, si la guerra se’ns entravessa. Tal va ser el cas de la meva generació.
La set de glòria es fa, en certs moments de la vida, dolorosament aguda; tant més aguda és la set com més incerta és la glòria de què estem assedegats; vull dir, més enigmàtica. La meva novel·la tracta precisament de copsar algun d’aquests moments en algun dels seus personatges. ¿Amb quin resultat? No sóc pas jo qui ho ha de dir.
Però sé que molt li serà perdonat a qui molt hagi estimat. En altre temps hi havia més devoció a sant Dimas i a santa Maria Magdalena; és que no corria tanta pedanteria com ara i la gent no tractava de dissimular amb tesis, missatges ni teories abstractes el fons apassionat que tots portem a dintre.
Som pecadors amb una gran set de glòria. I és que la glòria és el nostre fi.

| Y si otra vez nacieras, nos decías, volverías a dar los mismos pasos, a amar los mismos cuerpos, a ejercer el mismo oficio y a tener los mismos amigos que tuviste. Tan perfecta te pareció tu vida que en castigo merecerías volver y dar los mismos pasos que diste y mantener idénticas amantes y ejercer el mismo oficio. Merecerías otra vez nacer, mas con la suficiente inteligencia para captar el asco en tus amantes, la torpeza en tus pasos, el oprobio en tu sucio trabajo y el desprecio en los amigos que te aborrecimos. |
En el Anfiteatro Anatómico de la Real Academia de Medicina de Catalunya (siglo XVIII) hay una mesa de mármol con un agujero en el centro. Alrededor dos filas de asientos de madera muy elaborados y, tras ellos, unas gradas en elevada pendiente. Más arriba aún una galería con unas celosías desde las que la gente (especialmente mujeres) podían mirar sin ser vistas. Y en medio de la sala, a media altura, una gigantesca lámpara de múltiples brazos. La sala es ligeramente elíptica y en cada cuadrante está el busto de alguna celebridad médica, muertos que en lugar de pasar a ser polvo se convertían en piedra gracias a la admiración de sus discípulos. Frente a la mesa de mármol hay un asiento elevado de madera con su atril, el lugar del doctor. Entonces entraba el bedel empujando el carrito con el cadáver y lo colocaba encima de la mesa. Iba a comenzar la lección. El doctor daba concisas instrucciones al bedel que con parsimonia cortaba, seccionaba y extraía las vísceras que fuera menester; siempre ha sido de subalternos el trabajo sucio. Los líquidos infectos que nos pueblan se perdían por el agujero de la mesa, no queramos saber a dónde. El doctor peroraba, el bedel cortaba, los alumnos hacían bromas macabras, otros se mareaban pero lo disimulaban, qué bonita es la medicina siempre que no seas el enfermo. Un dúo de guitarra y saxo tocando temas colombianos a ritmo de jazz... desde el jueves y hasta el domingo se está celebrando el Festival de cultura del Raval 2006, con múltiples actividades gratuitas por el barrio. Y ayer estuve en el concierto que se celebró en el Anfiteatro Anatómico cuya acústica es una auténtica maravilla.
| La gente tiene, a mi ver, cinco razones para beber: un brindis, un amigo, o, si no, sed, o puede acabar teniéndola, o cualquier otra razón. |
El primer amor puede surgir desde la primera adolescencia hasta la tercera edad. Se dan casos de ancianos que han descubierto, ya en la residencia, que nunca habían estado enamorados como en ese momento. Repito de nuevo que el primer amor no es siempre el primero que se experimenta, sino el que queda fijado de forma indeleble, el que sirve de referencia y guía para las relaciones posteriores. El que algunos han dado en llamar «el gran amor», o «el amor de la vida» o «el amor verdadero».
"Hay que cuidarse de los animales; en el momento menos pensado se les despierta el instinto humano", Hernán Rivera Letelier.
Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa. Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda. Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás -empavesadas como fragatas- van a pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes, se enciendan y se apaguen como luciérnagas. Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo, a todos los que pasan por la vereda.
A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa, sentíamos también la belleza del arte y de la naturaleza como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a olvidarnos de nuestras terribles circunstancias. Si alguien hubiera visto nuestros rostros cuando, en el viaje de Auschwitz a un campo de Baviera, contemplamos las montañas de Salzburgo con sus cimas refulgentes al atardecer, asomados por las ventanucas enrejadas del vagón celular, nunca hubiera creído que se trataba de los rostros de hombres sin esperanza de vivir ni de ser libres. A pesar de este hecho -o tal vez en razón del mismo- nos sentíamos transportados por la belleza de la naturaleza, de la que durante tanto tiempo nos habíamos visto privados. Incluso en el campo, cualquiera de los prisioneros podía atraer la atención del camarada que trabajaba a su lado señalándole una bella puesta de sol resplandeciendo por entre las altas copas de los bosques bávaros (como se ve en la famosa acuarela de Durero), esos mismos bosques donde construíamos un inmenso almacén de municiones oculto a la vista. Una tarde en que nos hallábamos descansando sobre el piso de nuestra barraca, muertos de cansancio, los cuencos de sopa en las manos, uno de los prisioneros entró corriendo para decirnos que saliéramos al patio a contemplar la maravillosa puesta de sol y, de pie, allá fuera, vimos hacia el oeste densos nubarrones y todo el cielo plagado de nubes que continuamente cambiaban de forma y color desde el azul acero al rojo bermellón, mientras que los desolados barracones grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Y entonces, después de dar unos pasos en silencio, un prisionero le dijo a otro: «¡Qué bello podría ser el mundo!».
Ya me lo decía mi abuela cuando siendo niño hacía morros a una comida desagradable: "te quejas de vicio, piensa en todos aquellos que no tienen qué comer". Desconozco cual sería su verdadera intención al decirme aquello, pues las acelgas seguían sabiendo igual de apestosas y, encima, se añadía la pesadumbre de pensar en los hambrientos que no tenían mis asquerosas acelgas para llevarse a la boca. Después, mientras atravesaba los inestables años de mi adolescencia, cuando algún día me mostraba huraño y tristón, mi madre, fiel seguidora de las enseñanzas de mi abuela, me decía: "no estés triste, piensa en todos aquellos que están peor que tú", pensando cuando menos en lisiados y tullidos. Entonces me hundía aún más pensando en que debía de ser algo imbécil por no tener "verdadero motivo" para estar así, ni siquiera tenía el consuelo de intentar lesionarme gravemente, pues siempre habría alguien en peor estado que yo. Más tarde, cuando ingresé en la efímera juventud que tanto nos empeñamos en que dure, cuando algún día irradiaba felicidad y alegría siempre aparecía el amigo concienciado que, sutilmente, me hacía ver que era vergonzoso que yo disfrutase tanto cuando aún había tantas injusticias en el mundo pues, según él, mi disfrute equivalía a un espaldarazo al sistema capitalista que oprimía a los desfavorecidos... vamos, que me amargaba la fiesta. Y ahora, cuando los niños por la calle ya me dicen "señor, ¿nos pasa la pelota?" y ya no tengo derecho al "Carnet Jove", ahora que hasta me gustan las acelgas y hay ciertos amigos que he preferido olvidar, cuando estoy melancólico pienso en todos aquellos que son felices en algún lugar del mundo en ese preciso instante y me digo: "me quejo de vicio, seguro que hay alguien alegre en estos momentos".
| Pienso mesa y digo silla, compro pan y me lo dejo, lo que aprendo se me olvida, lo que pasa es que te quiero. La trilla lo dice todo; y el mendigo en el alero, el pez vuela por la sala, el toro sopla en el ruedo. Entre Santander y Asturias pasa un río, pasa un ciervo, pasa un rebaño de santas, pasa un peso. Entre mi sangre y el llanto hay un puente muy pequeño, y por él no pasa nada, lo que pasa es que te quiero. |

Aparte de sus famas centrales y discutibles (fútbol, parrillada, llamadas del Barrio Palermo), Montevideo incluye otra anexa celebridad, ésta sí indiscutible: posee el récord latinoamericano de asmáticos. Por supuesto, ya no cabe decir posee sino poseía. Justamente, es ese tránsito del presente al pretérito imperfecto lo que aquí me propongo relatar.
Yo mismo soy, pese a mis treinta y nueve años, aún no cumplidos, un veterano de la disnea. Dificultad de respirar, dice el diccionario. Pero el diccionario no puede explicar los matices. La primera vez que uno experimenta esa dificultad, cree por supuesto que llegó la hora final. Después uno se acostumbra, sabe que tras esa falsa agonía sobrevendrá la bocanada salvadora, y entonces deja de ponerse nervioso, de arañar empavorecidamente las sábanas, de abrir los ojos con desesperación. Pero la primera vez basta advertir, con el correspondiente pánico, que el ritmo de espiraciones e inspiraciones se va haciendo cada vez más dificultoso y entrecortado, para de inmediato calcular que llegará un instante en que los bronquios clausuren su última rendija y sobrevenga la mortal, definitiva asfixia. No es agradable. Tampoco es cómodo para los familiares o amigos que presencian el ahogo; su desconcierto o su impotencia se traducen a veces en auxilios contraproducentes. Lo mejor que se puede (o se podía) hacer, frente a un asmático en pleno ataque, es dejarlo solo. Cada uno sabe dónde le aprieta el pecho. Sabe también a qué debe recurrir para aliviarse: la pastilla, el inhalador, la inyección, la cortisona, el cigarrillo con olor a pasto podrido, a veces un simple echar los hombros hacia atrás, o apoyarse sobre el lado derecho. Depende de los casos.
La verdad es que el asma es la única enfermedad que requiere un estilo, y hasta podría decirse una vocación. Un hipertenso debe privarse de los mismos líquidos que otro hipertenso; un hepático debe seguir el mismo tedioso régimen que otro hepático; un diabético ha de adoptar la misma insulina que otro diabético. O sea (si queremos elevar el caló alopático a un nivel de metáfora): todos los islotes de Langerhans pertenecen al mismo archipiélago. Por el contrario, un asmático no perderá jamás su individualidad, porque la disnea (lo decía mi pobre médico de mutualista, para disimular decorosamente su ignorancia profesional sobre el escabroso tópico) no es una enfermedad sino un síntoma. Y aunque para llegar a la disnea haya que pasar previamente por la aduana del estornudo, lo cierto es que hay quien empieza el jadeo a partir de un sándwich de mariscos, pero hay otros que llegan a él mediante el polvillo que levanta un plumero, o al mancharse los dedos con papel carbónico, o al registrar en las fosas nasales la vecindad de un perfume, o al exponerse excesivamente a los rayos del sol, o tal vez al humo del cigarrillo. Para el asma, todo eso que Kant llamaba Ding an sich puede ser factor determinante. De ahí el sesgo casi creador de la disnea.
No es cuestión de caer ahora en un chauvinismo bronquial, pero los asmáticos solemos (o solíamos) hacer una pregunta que siempre sirvió para desconcertar a los críticos literarios no asmáticos: ¿habría concebido Marcel Proust su incomparable Recherche de no haberlo obligado el asma a respirar angustiosamente sus recuerdos? ¿Podría alguien asegurar que el célebre bollo de magdalena o los estéticos campanarios de Martinville no fueran el origen de lo que hoy llamaríamos su primera y bienaventurada disnea alérgica? No hay que confundir la disnea con la anhelación o el jadeo, proclama hoy la ciencia. No obstante, es probable que en época de Proust todavía se confundieran, y la disnea fuera casi anhelación, digamos un anhelo en desuso, o mejor aún cierta incómoda presión en la conciencia.
Los lectores que siempre han respirado a todo pulmón y a todo bronquio, no pueden ni por asomo imaginar el resguardo tribal que proporciona la condición de asmático. Y la proporciona (o la proporcionaba) justamente por ese rescate de lo individual que, a diferencia de lo que sucede con otros achaques, siempre aparece preservado en la zona del asma. ¿Qué podrán preguntarse, por ejemplo, dos crónicos de la próstata? No es conveniente, por razones obvias, entrar aquí en detalles, pero la verdad es que lo que rige para uno, rige para todos. Tal monotonía es asimismo válida para quienes se encuentran en la sala de espera de un cardiólogo, entre el segundo y el tercer infarto, o para quienes, homeopatía mediante, coleccionan en etiquetadas cajitas sus cálculos muriformes, o sea urinarios de oxalata cálcico. Desde los lejanos tiempos de los cuatro humores de Hipócrates, un gotoso siempre ha sido igual a otro gotoso. Pero un asmático, con respecto a otro asmático, no es igual (he aquí el matiz diferencial y decisivo) sino afín.
Por eso, hasta hace dos años (o sea hasta la aparición del CUR-HINAL) Montevideo era para nosotros los asmáticos una ciudad riesgosa, pero también una ciudad envidiable. Masonería del fuelle, nos llamó un resentido, reconozcamos que con cierta razón. Los asmáticos nos distinguimos y nos atraemos desde lejos. Un leve hundimiento del pecho, o un par de ojos demasiado brillantes, o una nariz que aletea casi imperceptiblemente, o unos labios resecos y entreabiertos; siempre hay algún dato físico que sirve de contraseña. Eso, sin contar con los detalles marginales: el bulto particular que forma en el bolsillo del saco el aparato inhalador, o el concienzudo interrogatorio al mozo del restorán sobre posibles riesgos de mayonesa, o la rápida huida ante una polvareda, o la discreta operación de abrir una ventana para que se despeje el humo de cigarrillos. Cuando un asmático reconoce alguno de esos rasgos fraternales, se acerca rápidamente al cofrade y entabla con él uno de esos diálogos que constituyen la sal de la vida disneica.
«¿Qué tal? Asma ¿verdad?» «Sólo nasal.» (Hay un poco de vergüenza en este reconocimiento, porque el asmático exclusivamente nasal está considerado como un neófito, como un aprendiz. Entre un asmático bronquial y otro nasal, existe la misma diferencia que entre un profesional y un simple idóneo.) Pero el cofrade puede ser también un bronquial, y entonces sí la camaradería se establece sin trabas: «Esta época es terrible.» «Como todos los otoños.» «¿Usted puede creer que para mí es peor la primavera?» «Mire, yo hace tres noches que no pego los ojos.» «¿Usa inyecciones o inhalador?» «Inhalador. Tengo miedo de habituarme a las inyecciones.» «A mí me pasa igual. Claro que desde que fabrican el líquido aquí en el país, ya no destapa como antes.» «¿Verdad que no? Se precisa por lo menos el triple de bombazos.» «¿Usted con cuántos bombazos se destapa?» «En los accesos leves, seis o siete; en los más fuertes, quince o veinte.» «A mí me recomendó el médico que nunca pase de diez.» «Sí, claro, pero siempre que use líquido importado.» «Bueno, yo siempre encuentro alguno que me trae dos o tres frasquitos de París.» Y así sucesivamente. El diálogo puede durar diez minutos o tres horas. Como cada asmático es un mundo aparte, un paciente aislado y personal, también su historial tiene originalidad e invariablemente atrae el interés del compañero.
Durante varios años sufrí una suerte de discriminación. A partir de una fiebre tifoidea (según consta en los archivos del Servicio de Certificaciones Médicas, durante la epidemia de 1943/44 fui el primer caso comprobado en las filas de la Administración Pública, excluidos los Entes Autónomos), comencé a padecer primero asma nasal, luego disnea. Sin embargo, el médico de la familia se obstinó en diagnosticar: fenómenos asmatiformes. Bajo esa denominación, yo me sentía absolutamente disminuido, algo así como un esnob del asma. Si se me ocurría abrir una ventana para que se disipase el humo de esos cigarrillos que no fumaba, y alguien se me acercaba solícito a preguntarme: «¿Es usted bronquial?», yo me sentía muy desalentado cuando me veía obligado a responder con inflexible franqueza: «No, no. Son sólo fenómenos asmatiformes.» De inmediato advertía que se me hacía objeto de discriminación: nadie me preguntaba por pastillas, inhalaciones, nebulizaciones, jeringas, adrenalina, hierbas curativas, u otros rasgos de veteranía. Fue un largo calvario, de médico en médico. Hasta me cambié de mutualista. Siempre la misma respuesta: «No se preocupe, amigo. Usted no es asmático. Apenas son fenómenos asmatiformes.» Apenas. Esa palabrita me molestaba más que todos los accesos.
Hasta que un día llegó a Montevideo un doctor suizo especialista en asma y alergia, e instaló un estupendo consultorio en la calle Canelones. Hablaba tan mal el español que no halló (así lo creo) la palabra asmatiforme, y me dijo que, efectivamente, yo padecía asma. Casi lo abrazo. La noticia fue la mejor compensación a los cien pesos que me salió la consulta.
De inmediato se corrió la voz. Confieso que contribuí modestamente a la difusión. Ahí comenzó mi mejor época de asmático. Sólo entonces ingresé en eso que mi resentido amigo llamaba la masonería del fuelle. Los mismos veteranos disneicos que antes me habían mirado con patente menosprecio, se acercaban ahora sonriendo, me abrazaban (discretamente, claro, para no obstruirnos mutuamente los bronquios), me hacían preguntas ya del todo profesionales, y comparaban sin tapujos sus estertores sibilantes con los míos. Entre los asmáticos propiamente dichos, nunca hubo discriminación religiosa, o política, o racial. Yo, que cursé Primaria y Secundaria en la Sagrada Familia, y que actualmente soy democristiano, he tenido formidables conversaciones especializadas, ya no diré con integrantes del Partido Nacional, con quienes tengo una afinidad extradisneica, sino con colorados agnósticos, con socialistas y hasta con comunistas.
A este respecto, tengo bien presente una noche en que nos encontramos (en una Embajada de atrás de la Cortina) un protestante, un batllista ateo, un marxista-leninista de la línea pekinesa, y yo. Los cuatro asmáticos. Jamás aprendí tanto sobre expectoraciones como en esa noche de vodka y cubalibre. El metodista hablaba de paroxismos previos a la expectoración; el agnóstico era un erudito en expectoración espumosa; el marxista dejó constancia de que sus accesos eran infebriles (vaya novedad) y de escasa expectoración. Entonces yo dejé caer mi frase morosamente acuñada: «No hay que confundir la disnea con la anhelación o el jadeo.» Los tres me miraron con repentino interés, y a partir de ese momento noté un nuevo matiz de respeto, y hasta diría de admiración, en el trato que me dispensaron.
La nómina sería larga, pero puedo asegurar que he hablado sobre asma con judíos, con negros, con diarieros, con changadores, con todo el mundo, bah. Confieso, eso sí, que mi único brote discriminativo aparecía cuando alguien me confesaba, con lágrimas en los ojos, que no padecía de asma sino de fenómenos asmatiformes. Si hay algo que no puedo soportar, es el esnobismo.
Claro, la época gloriosa no duró eternamente. Es decir, duró hasta la aparición del CUR-HINAL. Lo peor, lo más incómodo, yo diría lo fatal, fue que no se tratase de una droga descubierta en Finlandia, o en Argelia, o en el golfo Pérsico, o sea algo que uno pudiera ignorar olímpicamente o por lo menos no introducir al país invocando la escasez de divisas o cualquier otro pretexto sensato. No, lo peor es que se trata de un invento nacional. Alguien, un oscuro médico del interior, vino un día a Montevideo, convocó a una conferencia de prensa, y anunció que había descubierto una droga que curaba definitivamente el asma: CUR-HINAL. Sonrieron los periodistas, como sonreiríamos usted, lector, y yo mismo, si un vecino nuestro anunciara de pronto que él es el vencedor del cáncer. Sin embargo, el oscuro médico extrajo del portafolio un aparato inhalador y dirigiéndose a dos periodistas asmáticos, los invitó a que probaran el CUR-HINAL. Uno rechazó orgullosamente la oferta, pero el otro estaba en pleno acceso y se propinó dos tímidos bombazos. La disnea cesó como por encanto. Pero a veces también cesaba con los inhaladores tradicionales. El agregado asombroso consistió en que aquel jadeante cronista nunca más volvió a padecer asma. A lo largo de ocho o diez meses, los médicos hicieron sesudas declaraciones previniendo a la población sobre peligrosos contratiempos provocados por la droga; las autoridades pidieron prudencia, y hasta prohibieron la venta en farmacias. No obstante, el oscuro colega los venció (como dirían los marxistas no asmáticos) con la praxis. A los diez meses de aquella espectacular y demagógica conferencia de prensa, los comunicados médicos oficiales seguían apareciendo en los diarios, pero a esa altura, ya todos los asmáticos se habían curado. Un buen día, el Superior Gobierno, que siempre ha sido comprensivo con los vencedores, resolvió iniciar un sumario administrativo a todos los impugnadores del CUR-HINAL. El oscuro médico del interior fue nombrado Ministro de Salud Pública y propuesto continentalmente para el Nobel de Medicina.
Confieso que este último giro me deja totalmente indiferente. Quédese el doctorcito (que nunca fue personalmente asmático, ni siquiera asmatiforme) con su ingenua panacea. Lo que yo quiero mencionar aquí no es por cierto el encumbramiento del facultativo, sino la defección de mis cofrades. Al principio se formó, con la mejor intención, una Comisión Nacional del Asmático, que trató de poner orden en el imprevisto caos. Hay que admitir que cada asmático tuvo que luchar con su propia alternativa: darse cuatro bombazos de CUR-HINAL y aliviarse para siempre de estertores sibilantes y no sibilantes, de expectoraciones espumosas o sobrias, de toses secas o resecas, de paroxismos y jadeos; o seguir como hasta entonces, es decir, sufriendo todo eso pero sabiéndose partícipe de una congregación internacionalmente válida, sabiéndose integrante de una coherente minoría cuyo poder se afirmaba noche a noche. Personalmente, me pronuncié por la opción tradicionalista, por el asma clásico. Debo reconocer, sin embargo, que la unidad fue rápidamente corroída por la flaqueza corporal del ser humano. En la propia Comisión Nacional del Asmático, hicieron ominosa irrupción los bombazos sacrílegos del CUR-HINAL. Cierta prensa, generalmente bien informada, ha sugerido la posible infiltración de izquierdistas no asmáticos. Yo me resisto a creerlo: La cobardía corporal, he aquí la causa de esta disgregación suicida.
Poco a poco empecé a notar que todos mis antiguos amigos asmáticos pasaban a respirar con normalidad. Sus hombros agobiados volvían a su sitio primitivo. Su tórax se enderezaba. Sus estornudos pasaban a ser pobres, disminuidos y esporádicos. Su dieta volvía a incluir mayonesas. Empecé a sentirme solo, arrinconado, colérico, retraído. Un eremita en plena muchedumbre. Aquel mismo resentido que una vez me había hablado de una Masonería del Fuelle, me dijo ahora que yo era un rebelde sin causa. Y otra vez comprendí que tenía razón. Porque yo venía preservando mi disnea de toda corrupción, nada más que para sentirme miembro de un clan selecto, de una minoría escogida. Pero si mis compañeros de clan defeccionaban, si uno a uno iban vendiendo su dignidad de asmáticos por el mezquino precio de una salud masificada, entonces, ¿dónde quedaba mi extraño privilegio?, ¿a quién podría allegar mi bien razonada complicidad? Por otra parte, la conciencia culpable de los ex asmáticos, a esa noción secreta de su lamentable deserción, los llevaba (otra vez) a discriminarme, a mirarme con resentimiento, a guardar silencio cuando yo me acercaba.
Finalmente me vencieron. El día en que tuve conciencia de que yo era el único asmático del país, concurrí personalmente a la farmacia, pedí un frasquito de CUR-HINAL (ahora viene mejor envasado e incluye un aparatito inhalador) y me fui a casa. Antes de darme los cuatro bombazos de rigor, tuve plena conciencia de que ésa era mi última disnea. Juro que no pude contenerme y solté el llanto.
Hoy respiro sin dificultad y reconozco que ello significa algún progreso. Un progreso meramente somático. Claro que nunca volverán para mí los buenos tiempos. Yo, que fui entre pocos, debo ahora resignarme a ser uno entre muchos. Alguien propuso reunir a los ex asmáticos en una suerte de asociación gremial, concebida a escala panamericana. Fue un fracaso. Nunca hubo quórum y al final se disolvió con más pena que gloria. A veces me cruzo en la calle con algún ágil ex asmático (yo mismo subo los repechos sin problema) y nos miramos con melancolía. Pero ahora ya es tarde. Se trata de un proceso irreversible: para la plenitud no hay efecto retroactivo. Probamos a intercambiar frases como éstas: «¿Te acordás de cuando te hacías las nebulizaciones?», «¿Cómo se llamaban aquellos cigarrillos contra el asma que largaban un olor a pasto podrido?», «¿Preferías el líquido nacional o el importado?», «¡Qué tremendo cuando llegaba el otoño!, ¿verdad?» Pero no es lo mismo. No es lo mismo.

| Si alguien sabe de un filtro que excuse mi extravío que explique el desvarío de mi sangre, le suplico: Antes de que se muera el jazmín de mi vientre y se cumplan mis lunas puntuales y enteras y mis venas se agoten de tantas madrugadas en las que un muslo roza al muslo compañero y lo sabe marfil pero lo piensa lumbre; antes de que la edad extenúe en mi carne la vehemencia, que por favor lo diga. Contemplo ante el espejo, hospedado en mis sábanas, las señales febriles de la noche inclemente en donde el terso lino aulaga se vertiera y duro pedernal y cuerpo de muchacho. Ciño mi cinturón y el azogue me escruta, fresas bajo mi blusa ansiosas se endurecen y al resbalar la tela por mi inclinada espalda parece una caricia; y la boca me arde. Si alguien sabe de un filtro que excuse mi locura y me entregue al furor que la pasión exige, se lo ruego, antes de que me ahogue en mi propia fragancia, por favor, por favor se lo ruego: que lo beba conmigo. |

En cierta ocasión le preguntaron a un hombre experimentado en meditación por qué podía mantenerse siempre tan concentrado a pesar de sus muchas ocupaciones. Respondió: «Cuando estoy de pie, estoy de pie. Cuando ando, ando. Cuando estoy sentado, estoy sentado. Cuando como, como.» Quienes le habían preguntado tomaron de nuevo la palabra y le respondieron: «Eso hacemos también nosotros, pero ¿qué haces tú además?» Él les replicó: «No. Cuando vosotros estáis sentados, ya estáis de pie. Cuando estáis de pie, ya corréis. Cuando corréis, ya estáis en la meta.»

-Perdone, ¿usted cree en Dios?
-¿Cuál de ellos?
-El único y verdadero.
-¿Y cuál es ése?
-Jehová, claro. En esta revista le expli...
-¿Y qué dicen los otros dioses de que Jehová se autoproclame el único y verdadero?
-¿Los otros dioses? Que yo sepa no han dicho nada. Mire, en esta revis...
-Pues mientras no haya consenso no creeré en el suyo como único y verdadero.
Hay libros que nada más empezarlos sabes que la despedida será triste, no por el contenido en sí sino por el hecho de decirles adiós y enterrarlos en la estantería de los pretéritos. Es el caso. Resulta vano haberse limitado a un capítulo por día, como si de un tratamiento homeopático de felicidad se tratase, pues los días pasan y las capítulos son finitos. La última página llega y la última vuelta de hoja suena a final no sólo del libro. Entonces me imagino lo difícil que será encontrar otro que me haga sentir algo similar, y me pongo triste antes de tiempo pues vasto es el mundo y muchos los talentos.
La avinguda Carrilet de L'Hospitalet es anodina, a un lado la zona industrial con sus naves bajas y viejas, al otro los bloques de edificios como muralla de la ciudad habitada. Pasar por ella era ceñirse al hecho de pasar, mero trayecto que sólo sirve para acercarnos de un punto a otro. Así era hasta ayer por la noche. Ahora cada vez que pase por delante de la salamandra (av. Carrilet, 301) recordaré con satisfacción un piano de cola y un micrófono, recordaré un virtuoso capaz de arrancarle sonidos insospechados y una voz portentosa arrebatándonos los sentidos, recordaré a Deine Lakaien y su fantástico concierto, lo mejor que he presenciado en mucho tiempo.
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie.)
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
La rana de la charca estaba tomando la luna panza arriba sobre su nenúfar favorito cuando vio pasar una estrella fugaz. Rápidamente pidió un deseo, dio tres saltos seguidos, se zambulló, tocó el fondo, se subió de nuevo y dio otros tres saltos; tal como dicta la tradición ranil si se quiere ver el cumplimiento de los deseos estelares. Tumbada de nuevo vio pasar otra estrella fugaz. Suspiró, era consciente de que la tradición ranil dice que en el caso de una segunda estrella fugaz la misma noche hay que doblar los esfuerzos, triplicar para una tercera, cuadruplicar para la cuarta, etcétera. Así que pidió un nuevo deseo, dio seis saltos seguidos, se zambulló, tocó el fondo, salió a tomar aire, volvió a tocar el fondo, se subió al nenúfar y dio otros seis saltos. Agotada cerró los ojos por si acaso y comenzó a soñar con un paraíso pantanoso lleno de insectos. Y es que las ranas de antaño eran muy sabias y sabían que es mejor tener el menor número de deseos posible....y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.