
Conozco desde hace ya muchos años las recomendaciones de todos los prontuarios para gobernantes para desenvolverse con posibilidades de éxito en los inclementes territorios del poder. Desde Maquiavelo a Gracián, una infinidad de autores insisten en la misma recomendación: en ciertos ámbitos de la vida en colectividad, y más concretamente, los que atañen más de cerca al uso y manejo del poder en cualquiera de sus formas, es preceptivo no fiarse nunca de los amigos.
He de confesar que, salvo excepciones, no he prestado demasiada atención a tan prudente y sabia norma, por entender que acaso la vida no merezca demasiado la pena si ni siquiera puedes depositar unas dosis mínimas de confianza y buena fe en las personas en las que has invertido algún capital de afectos y coincidencias de espíritu.
Este olvido de tan precavido principio me ha proporcionado sinsabores y sorpresas, cuando percibes que vínculos que pensabas sólidos y firmes se han debilitado a causa de la fatiga de los años, de la divergencia de intereses, de posicionamientos diferentes, incluso como consecuencia de interesadas activaciones desde instancias externas. O, simplemente, por ese pragmatismo creciente que emana del simple hecho de envejecer, pues la amistad parece asunto más propio de la adolescencia o la juventud, que es momento vital en el que los hombres albergan dentro de sí las intenciones más idealistas, limpias y pujantes. A veces, incluso el mero hecho de considerar el impulso amistoso puede ocasionar que te sitúen bajo el nada recomendable síndrome de Peter Pan.
Y al final, cuando comienzan a aparecer los recelos y las desconfianzas, las miradas furtivas, los campos de minas, los cepos trampas y otros ademanes del arsenal de gestos y conductas que advierten del engaño o la traición, decides refugiarte en la melancolía ante la índole intrínsecamente perversa de la condición humana o guarecerte al abrigo de los libros-testimonio o el memorialismo.
Pero junto a deslealtades o decepciones, tan escasamente práctico proceder te suscita también grandes satisfacciones, pues el comportamiento humano es tan proteico y cambiante que junto a las mayores miserias de las conductas ávidas de poder y en pos de la recompensa, también te topas con algunas gentes limpias, desinteresadas, espiritualmente impecables.