
Por los pasillos de las oficinas ultrasecretas de Danone (sólo conocidas por Google) venía corriendo un señor con bata blanca y una probeta en la mano. Abrió de sopetón la puerta de uno de los laboratorios, sin hacer uso del identificador por iris ocular que no funcionaba desde que una trabajadora gallega le echase mal de ojo. Los compañeros desviaron su atención de los instrumentos en pos del intruso, menos Paco que estaba ensimismado mirando por microscopio cómo copulaban dos bífidus especialmente activos. “Pero bueno, que hay gente trabajando, un poquito de por favor”, dijeron al unísono. Ramón, el intruso, se detuvo en seco bajo el umbral, con la probeta en la mano y el sonrojo en las mejillas. “Lo tenemos, ¡lo tenemos!”, dijo. Sus compañeros se pusieron en pie de inmediato, menos Paco, y comenzaron a lanzar gritos de alegría. Por fin se había logrado una nueva generación de bífidus capaces de aniquilar los de la competencia. Bastaría un único yogur para que el cliente quedase inmunizado contra cualquier otro no patentado por Danone, ¡un hito de la ingeniería alimenticia! Entonces Paco apartó distraído la mirada del microscopio y mientras miraba con tristeza a sus compañeros dijo: “Haz el amor, no la guerra.”...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.